jueves, agosto 14, 2008

Los Cuentos de la Cripta


- Hola guapetón.
- Buenos días, Teresa, - contesto sonriente - has llegado tarde hoy, ¿qué pasa, te has quedado dormida?
- No, no, he llegado antes que tú, pero estaba regando las plantas.
- A ver si no matas éstas.
- Uy, no digas eso, que lo pasé fatal – se pone una mano en el pecho, drama queen -. Esas ya estaban medio muertas cuando entré, a éstas hasta les hablo, porque hay que hablarlas, a las plantitas, para que crezcan.
- Eso lo vi en una peli de Almodóvar.
- No veo cine español.

Está confirmado ya que iré solo al cine. Anoche Sol volvió a dar signos de vida y después de contar su alegría por la medalla de oro en lucha, que Francia ha obtenido en los juegos olímpicos (¿Perú ha ido?), me confirma que llegará minutos antes de que salgamos para Liverpool. El hotel está ya reservado, y tenemos uno también en Londres para el fin de semana, porque quiero pasear por el mercado de Camden, y Notting Hill. Abro mi correo y en el gtalk aparece Zico. Habla pezuñento, le digo, hola briso, me contesta.

- Oe, viene el Nero. Ya le dan visa a cualquiera – escribo, no hay ningún jefe a la vista, puedo chatear tranquilo.
- Si compare’, oe recógelo pe’.
- No creo que pueda, pero hemos quedado en tomar unas chelas, cuando esté en Madrid.
- Oe briso, ¿por qué no escribes la historia del Nero?
- Lo he intentado, pero cada vez que empiezo me cago de risa – confieso, sin exagerar.

La historia a la que Zico se refiere no es la biografía del Nero, sino un episodio caricaturesco, de esos que se cuentan en noches de borrachera y nadie suele creer. Estábamos todos en casa de Quique Pucusana, éramos los de siempre: Vázquez, Zico, la Kika, el Nero y yo, y alguno que otro invitado sorpresa como Ely que vino con un par de amigas. Compramos trago y la idea era emborracharnos frente al mar, alumbrados por una fogata, como en las películas gringas, o el Chavo en Acapulco. Bajamos hacia la playa y por el camino vimos enormes grillos que Quique Pucusana se apresuró a decir que habían salido de no se sabe dónde, pero que no era normal que hubiera tantos por las calles. Matamos algunos al caminar, Zico dijo que eran una de las siete plagas, se acerca el fin del mundo, causa. Ely se rió, y su risa sonora lleno el callejón en el que buscábamos leña; una de sus amigas, Marisol, quiso imitar su risa pero no tuvo éxito y Vázquez se apresuró a decir es buena gente pero tiene la risa de Skeletor.
No había estrellas y la noche era, más bien, fea, con tantos grillos volando alrededor. Algunos eran más grandes que mi mano. Uno se paró en la cabeza de Marisol, y murió al instante, creo que de un infarto. Pasamos por debajo de un puente y nos tiramos en la arena frente a la casa de Gisela Valcárcel. Intentamos quemar la madera, pero el fuego nunca encendió y nos quedamos allí, con frío, bebiendo ron como cosacos para intentar calentarnos. Las botellas iban y venían, también los chistes, las bromas, y las miraditas furtivas en plan mira que buena estoy, y si tú me dices ven lo dejo todo. Me entretenía pensando en que iba a cruzar ese mar muy pronto y mis amigos no lo sabían. Quise levantarme a dar una vuelta por la playa, y entonces noté el efecto del ron barato en forma de un mareo que me sentó en la arena otra vez, como si la brisa del mar me hubiera dado un manazo en toda la cara. El Nero bebía más que nadie. Él y la Kika hablaban de una flaca que trabajaba frente a la universidad y de la que la Kika estaba templada hasta los huesos, aunque nunca quiso admitirlo. Una vez hasta le cantamos una de Nirvana en plan serenata, como premio ella se chapó a la Kika detrás de unos matorrales, dejándolo sedita y enamorado para el resto de sus días. Echo una felina, diría Zico, una enamorada.

Se me ocurrió que podía unirme a ese grupo, pero la Kika reaccionó de mala manera. No a mi incursión en su espacio, sino a algo que dijo el Nero (y nunca me contó). Se quitó la ropa más rápido que Clark Kent y después de correr por la orilla se metió a las heladas aguas, en pelotas. El Nero gritaba desde fuera, Kika, kika, vuelve, huevón, la oscuridad no nos dejaba ver si seguía vivo, pero después de unos momentos de angustia lo vimos salir a cien metros de distancia de donde estábamos con el pelo empapado y el sexo encogido. Lo secamos, y tras un rato de incertidumbre el Nero rompió el hielo y se metió medio litro de ron, él solito. No sé por cuanto tiempo más bebimos, pero debió ser mucho porque terminé durmiendo en el cuarto de las chicas, mientras mis amigos dormían todos en la habitación de al lado. Fui el primero en despertar, con una resaca del carajo y el espejo del baño me devolvió mi primera imagen lamentable después de una borrachera, imagen que me acompaña hasta el día de hoy. Miré a través del cristal a mis amigos y me recordaron la vez en que encontré una camada de perritos en el mercado. Golpeé la ventana y Vázquez abrió un ojo. Segundos después su cara de llenó de pavor, se cogió la garganta con ansiedad y aguantando el vómito salió disparado del cuarto. Cuando abrió la puerta entendí su desesperación, pues un poco del aire enrarecido escapó de su prisión y me envolvió por unos segundos. Putamare, gritó, el Nero nos ha reventado a pedos mientras dormía. Nos mojamos la cara para despejarnos y esperamos un par de minutos sólo para comprobar que Zico salía, a rastras, y escupiendo la poca saliva que uno tiene por las mañanas.
- Ese Nero ha comido basura – dijo Vázquez
- Es el peor pedo de la historia – dije – deberíamos darle un premio.
- Un desatorador – dijo Zico, todavía mojándose la cara.

Vázquez fue a buscar su cepillo de dientes en la maleta, y nosotros lo acompañamos, imaginándonos que si tiramos un fósforo al cuarto del Nero, que seguía dormido, fijo que había una explosión casi nuclear. Se reventaban todas las lunas de Pucusana, dijo uno, el Nero saldría más Nero de la explosión, huevón, dijo otro, puta que huele a perro que se ha bañado en el río, no, peor, dije yo. Volvimos al baño y Vázquez entró solo, Zico y yo nos sentamos en el suelo, respirando por la boca, por temor a que el hedor siguiera en el ambiente.
La puerta del baño se abrió de una patada y Vázquez salió temblando, su cara estaba blanca y sus ojos desorbitados. Lo sujetamos de las axilas y él sólo se limitó a señalar hacia el baño, como señalan los niños al malote que le ha quitado el caramelo. Zico y yo comprobamos entonces el motivo del susto: Marisol salía del baño, en camisón, sin maquillaje, despeinada, y echando espuma (después descubrimos que era pasta de dientes) por la boca. Dejamos de mirarla al instante, temerosos de convertirnos, ahí mismito, en piedra.

El escándalo despertó al Nero, que salió envuelto en una frazada y rodeado de una especie de nube verde. Tanta bulla, carajo. Nos alejamos un poco, esperando a que el aire despejara sus olores nocturnos. Después de diez minutos lo dejamos sentarse a nuestro lado. Le contamos lo sucedido y no podía creerlo. Como la puerta del cuarto seguía cerrada creímos que era buena idea hacerlo sentir su propio pedo, sale de ti, dijo Zico, es como un hijo. Abrimos la puerta y aguantamos la respiración. En el suelo, muertos y juraría que con expresión aterrorizada, encontramos más de 40 grillos.

- No sé si podré escribir eso – le digo a Zico, en el chat - el Nero es buena gente, y además sería muy larga la historia.
- Escríbelo Briso, - me anima - escríbelo para cagarme de risa.

miércoles, agosto 13, 2008

La verdad está allá afuera


Aburrido en casa, un viernes por la noche miro al techo preguntándome si no habrá algo más divertido que hacer. Es más de la una de la madrugada y no tengo sueño, hace dos horas estaba sentado en un teatro de Madrid viendo el musical “La Bella y la Bestia” y una vez más, he sentido más simpatía por los malos (Gastón, en este caso) que por los buenos. Pongo la radio, y hojeo una revista de cine, esperando quedarme dormido pronto. Pensando en ti, recordándote, descubro cada amanecer.
Musiquita de película de miedo barata en la radio y una voz conocida empieza a contar historias de misterio, que a mí, me hacen reír. Pero esta noche, cuando menciona la palabra OVNI, se gana algo de mi atención. El locutor cuenta la historia de un piloto de combate que, no solo ha visto un OVNI, sino que además ha combatido con él. Interesante. Ese piloto, se llama Oscar Santa María, es peruano y su aventura data de 1980. ¿Qué hacía yo en 1980? Tenía cuatro años, así que seguramente pasaría mis tardes viendo dibujos animados, es fácil que el episodio haya pasado desapercibido para mí, entonces.
Establecen comunicación telefónica con el piloto Santa María, y éste cuenta que efectivamente, se enfrentó a un objeto no identificado, en la base aérea de La Joya, departamento de Arequipa, el 11 de abril de 1980. El locutor, emocionado como con casi todas las chorradas que cuenta cada noche, dice algo así como país de misterios el suyo, teniente, ¿llegó a tener a tiro, alguna vez, a ese objeto?. Dejo la revista a un lado, la cosa se pone sabrosa. Así es, caballero, dice el piloto, era un objeto con una cúpula pavonada, como un foco partido por la mitad, con una base ancha de metal que hacía que todo brille, cuando me acerqué y cuando lo vi completo, me di cuenta que no tenía toberas, alas, ventanas, antenas, nada, era una superficie muy lisa por arriba y por abajo. Le disparé una ráfaga de aproximadamente 38 obuses, que son del diámetro de una botella de gaseosa. Pero el objeto quedó intacto.

Cáspita, Batman
, pienso, éste tío le ha disparado a un platillo volador. Qué huevos. El locutor, ya al borde del orgasmo, le pregunta que por qué no se publicó antes la historia, ¿Por qué tanto silencio, teniente Santa María, por qué, ah, por qué? El piloto, ya embalado, dice que se guardó silencio para evitar aglomeraciones periodísticas, pero desde la creación del centro de investigación de la Fuerza Aérea del Perú, allá por al año 2000, se han desclasificado los documentos y se me ha autorizado a colaborar con las pesquisas, y a hablar con los medios de comunicación. El locutor, imagino que sudoroso y arañando la mesa, repregunta, o sea, que hay más gente que presenció este encuentro, a lo que Santa María responde con un afirmativo, que me hace estallar en carcajadas.

Entonces, dice el locutor, los aparatos electrónicos de la base detectaron el OVNI, y Santa María responde que no, que el controlador de la base le dijo después que su Sukhoi 22 se veía en el radar dando vueltas, pero que no se obtenía eco del otro objeto. Impresionante, remata el locutor, entonces, es usted el único piloto vivo que ha disparado a un OVNI, pero el piloto FAP lo baja de las nubes y le dice negativo, caballero, hay un piloto iraní, de nombre, de nombre... oecareperro ¿cómo se llamaba ese iraní que le disparó al platillo volador?, (silencio) , no tengo esa información, ahora mismo, desconozco.

Me estoy meando de la risa. El locutor, ya en la etapa de reposo posterior al clímax, agradece al piloto FAP Oscar Santa María su participación en el programa, su valentía y arrojo, que nos permite a nosotros, esta noche, obtener un poco más de luz, sobre este, a veces oculto tema de los objetos voladores no identificados. El piloto, dice ya, ya, de nada, hasta luego. Y se corta la comunicación.

Recuerdo entonces, tras apagar la radio, el "Incidente Copello", por el que una cantante adolescente limeña, (que está buena) tuvo quince minutos de fama gracias a que en su videoclip aparecían extraños objetos voladores surcando el cielo "¡Puta, hay miles de huevadas blancas en el cielo!", dicen que gritó el director del videoclip, en vivo y en directo, en la radio nacional. Se generó una gran alarma social y hasta se creó un comité de sabios para analizar la situación. Ninguno de ellos llegó a mejor conclusión que un avispado periodista el cual, siguiendo los manuales del sentido común, volvió tras los pasos de ese incidente. Averiguó el día, la hora, y las condiciones atmosféricas en que se grabó el videoclip. Siguió ese rastro de migas de pan, y comprobó que los objetos voladores que surcaban el cielo, dibujando parábolas incomprensibles, y generando gran conmoción, no eran nada más que globos plateados que habían sido soltados en una ceremonia realizada en el Estadio Nacional, a plena luz del día. El Incidente Copello pasó a ser una anécdota, y dicen que el local usado por el comité de sabios para analizar el caso será pronto una pollería.

A este paso cada avistamiento, tendrá la misma veracidad que los gritos que soltaba el Chavo del Ocho para avisar a Don ramón que el Señor Barriga había llegado a cobrar la renta. Imagino al locutor radial saliendo por su ventana a escudriñar el cielo cada vez que escuche el grito “¡ya llegó el platillo volador!”.

A veces llegan cartas


Leo tus correos, Marta. Pero son pocas esas veces. No es falta de cariño, te quiero con el alma, pero mis predicciones no fallan y cada vez que llega un correo tuyo, es un powerpoint. Ya ni los abro. Al principio lo hacía, creyendo que entre tanto spam habría al menos un par de líneas del tipo hola, cómo estás, pero nancy, ni una palabra tuya y leer mails con chistes de Alan García no bastarán para sanarme.
No voy a negar que cuando la cosa se calma en el trabajo abro uno que otro de tus correos. Últimamente con la crisis económica que asola Europa, (crisis europea, que significa ya no me voy de crucero, pero sigo tirando de tarjeta de crédito para vivir como vivía antes) tengo mucho tiempo libre durante mi jornada laboral. Entonces, busco como un perro hambriento en la papelera de mi cuenta de gmail y encuentro todos tus correos, que datan de fechas anteriores al Grammy de Gianmarco.
Casi todos comienzan con un RV:RV:RV: seguido a continuación de títulos como “Susurros” “¿Persona o Juguete?” o “ Si no me lo envías, yo entenderé”, terminando el asunto del e-mail con un, nada motivante, adjetivo calificativo esdrújulo y rimbombante: “Buenísimo!!!!!!”. Así, mínimo con seis signos de admiración.

Entonces, compruebo que no hay nadie a mi alrededor y abro, al azar, total todos serán iguales, uno de tus correos. A ver, ¿qué será bueno pedir?, mmm, no me decido, ah, ya, éste que pone “FW: : El borrachito,,ja,ja,ja,,” (sic). Una pantalla negra oscurece mi lugar de trabajo y, en letras verdes, Arial 54, se lee “EL BORRACHITO”. En mayúsculas, para que no haya lugar a dudas. Todavía no me río, pienso, y esas letras verdes sobre fondo negro, parecen más un cartel de chamán que otra cosa. Pulso enter, llaman a la puerta, ¿quién será?. Pantalla minimizada, hola ¿qué hay? Oye, ¿tienes tú la nueva EP4D? No, yo no, igual está en alguno de los cajones de Juanjo, pero está de vacaciones. Ah, vale, luego la buscamos. Ok, pero tranquilito ¿eh?, sin prisas. Sí, sí, que yo tampoco quiero jaleo.

Alt+tab, la pantalla negra vuelve a aparecer, pero ahora las letras son naranjas y la fuente ha pasado a ser Arial 18. La misma chola con diferente calzón. “Un borrachito entra en un autobús y empieza a gritar:¡Todos los tipos que van atrás son unos maricones!, ¡Los desgraciados que están a mi lado son unos cabrones! ¡Y los que van adelante son todos unos comemierdas!". Este chiste me suena, pienso, creo que lo ha contado Melcochita alguna vez. Enter. Mas fondo negro, más Arial 18, más chiste “El chofer, al oir eso, indignado, frena bruscamente, por lo que los pasajeros se desequilibran. El chofer para el autobús, agarra al borrachito por el cuello de la camisa y le pregunta, amenazador : A ver so hijo de puta, repite si te atreves, desgraciado...¿quiénes son los maricones, los cabrones o los comemierdas?" Mmm, ya sé el final de esto, le leo igual: “Y contesta el borrachito tranquilamente: ¡Qué coño voy a saber...¡con ese frenazo los has mezclado a todos!"

Hazme cosquillas.

Quiero escribirte, Marta, pedirte una vez más que me cuentes como está el barrio, quién le ha puesto los cuernos a quién, quién ha muerto, cómo estás, y sobretodo, cómo está mi madrina. Dirás, con razón, que si quiero saber todo eso debería llamar, marcar el número telefónico que es uno de los tres o cuatro que sé de memoria, e investigar cómo van esos retazos de mi vida que aún quedan en el Callao. No llamo por la simple y sencilla razón de que cada vez que lo hago, en lugar de alegrarme, me entra un depresión enorme, y me quedo varios días tirado en el sofá como si fuera un gato viejo, ciego, gordo, y cojo, que solo espera que llegue una gata con mortaja y guadaña a decirle ven minino, ya se ha acabado esta huevada. Por eso no llamo, Marta, porque la gente, no sé porqué, se emociona al oír mi voz, has llamado, qué milagro, me dicen, y me siento un mierda, un cabrón, un malagradecido, o sea, confirmo lo que soy. Por el teléfono me transmiten sus pesares, sus frustraciones, sus añoranzas y cuando preguntan que qué tal me va, solo puedo responder que bien, que normal nomás, cuando sé que, comparada con su situación, mi vida es estratosféricamente más tranquila, nos separan unos cuantos kilómetros, pero si vuelvo tendré la sensación de estar en otro planeta.

Desde el egoísmo que tan bien conocen mis amigos, te pido, amiga, que me escribas. Sigue mandándome esos chistes de mierda si quieres, aunque eso no me asegura que lo haces pensando en mí (la impersonal lista de direcciones que rodea la mía, me quita algo de exclusividad, la verdad), pero de vez en cuando mándame aunque sea dos líneas, un hola, cinco centavitos de felicidad.

martes, agosto 12, 2008

Con un lomo y dos chelas


El sitio tiene cuatro mesas, ocho sillas y un par de bancas para familias numerosas. Allí preparan el mejor lomo saltado de mi mugriento barrio. Mi hermano estará hoy todo el día en la universidad, no me queda otra que comer fuera, no voy a cocinar y comer solo, es un poco deprimente y hoy no estoy de humor. Me siento en una mesa que se supone es para dos personas, al segundo se me acerca la mamá de Rosa. Ella cocina, atiende, limpia, y cobra en ese restaurante improvisado que cuenta conmigo como fiel cliente. Hay noches en que mi hermano y yo llegamos con nuestros platos y pedimos comida para llevar. Llevamos nuestra propia vajilla no por asco, que también, sino porque el restaurante es tan misio que ni siquiera ofrece esos tuppers asquerosos de papel aluminio para poder llevar tu comida a casa.
¿Qué va a comer, joven? Pregunta amable, y yo, como siempre, contesto un lomo señora, un lomito bien despachao. Se va sonriendo y me quedo pensando en mis cosas, en la hija del doctor (que no es doctor) que hace tiempo viene a mi casa, según ella, como amiga de mis hermanos, pienso en la universidad, en que queda poco para terminar la carrera y no sé ni mierda de programación, pienso en las moscas que ahora se están sobando las patas delanteras sobre mi mesa, como esperando un descuido mío para poder posarse sobre mi comida que está a punto de llegar.

Antes que el lomo saltado, veo aparecer a Richard por la puerta del local. Él estuvo en el ejército porque no tenía otra cosa más que hacer, expulsado del colegio más de una vez, borracho y sin oficio obtuvo en la vida militar una opción para hacer carrera. De eso hace dos años. La gente del barrio decía que, ahora, estaba un poco loco. Me ve y le hago hola con las cejas, se acerca, putamare’ que mala suerte.
Habla Clark, me dice, no molesto ¿no? Le digo que no, que nada que ver, y viendo sus hombros ahora anchos por tantas flexiones me pregunto si sería hoy tan fácil partirle la nariz como hice hace ya más de dos años, cuando jugando al fútbol me dio una patada trapera. ¿Un par de chelas? Propongo, esperando desde el fondo de mi alma, que diga que no. Acepta. La mamá de Rosa llega con mi humeante plato, es un espectáculo, color, y aroma perfectos, he intentado reproducirlo en casa y aunque no soy mal cocinero, debo confesar que hasta el dia de hoy no he podido obtener el mismo resultado, y aquí le dejo un poco de rocoto, joven que sé que le gusta, agradezco, y le digo usted me cuida como si fuera su yerno, señora, y ella explota en una carcajada abundante y me salpica un poco de felicidad, y de saliva. Richard se llama en realidad Richard Roy, sus viejos, de origen humilde y provinciano, quisieron asegurar a su hijo con un nombre gringo, creyendo que así le abrían las puertas de Xanadú, cuando tuvieron otro retoño, al parecer la inspiración se les acabó porque a éste último no se les ocurrió llamarlo de otra forma que Roy Richard. Por eso, los del barrio, a uno le llamábamos Roy, y al otro Richard, porque el primer nombre siempre es el más importante, ¿no?.

Richard pide un agüadito, que no es más que una sopa de arroz, con pollo y algo de verduras. No tarda nada en llegar, ya estaba listo, no es como el lomo saltado que tiene que ser preparado al instante. Con la sopa llegan también las dos cervezas. Pido un vaso más, no me gusta la costumbre peruana de compartir vaso, me da bastante asco. Mis amigos ya lo saben, y Richard, aunque no sea mi amigo, ha compartido conmigo ya varias borracheras y sabe que nunca puedo beber de un vaso que no sea el mío. La mamá de Rosa también lo sabe, no sé porque no se había anticipado a mi petición, me siento un poco decepcionado. Y, compadre, ¿qué es de tu vida? pregunto, y él me cuenta que desde que ha salido del ejército no encuentra trabajo, cachuelos nomás, hay, dice, y yo tengo que asegurarme el rancho, mi viejo jode todos los días. Mirándolo pienso que he tenido suerte en la vida, mi hermano y yo somos los únicos del barrio que hemos pisado la universidad, y que parece que terminaremos la carrera antes de cumplir treinta años. Tenemos siempre comida en la mesa, y las pocas penurias que pasamos las ignoramos con un peruanísimo “ya mañana se verá” que nos da algo de esperanza, Esperanza que nuestros vecinos sólo relacionan como el nombre de la mujer que vende cerveza y querosene, en una esquina asquerosa y meada hasta el infinito por los perros y borrachos del lugar. Le recuerdo que estuvo trabajando en la construcción, y que ganaba buena plata, me dice que sí, que estuvo chambeando en eso, pero que en esa chamba la gente tomaba mucho y él, cuando se emborracha, se cruza. Inocente, pregunto cómo es eso de cruzarse, y Richard me cuenta que en el ejército le hacían comer pólvora, y según él, eso te jode el cerebro, por eso, cuando tiene alcohol en la sangre, se transforma, como Hulk, me cruzo Clark, feo me cruzo, y el otro día hasta le pegué a mi viejo, que es un conchesumare, pero es mi viejo. Le digo que todo el mundo le ha pegado a su viejo alguna vez, y él me dice tú no, y yo le confieso, no por falta de ganas, sino porque si mi viejita se entera se pondría muy triste, y ahí sí que sería verdad eso de a mi me duele más que a ti. Nos reímos y levantamos los vasos llenos de cerveza, como si fuésemos un par de vikingos venidos a menos. Las dos cervezas se han terminado, mi lomo y su agüadito también. La mosca revoltosa se ha ahogado dentro del vaso de Richard, éste retira el cadáver con los dedos y, usando el dedo medio y el pulgar, lo lanza lejos, como si fuera un incómodo moco. ¿Dos más? Pago yo, dice. Acepto, encantado.

Mientras nos destapan las botellas, vemos entrar a una chica típica de mi barrio: mal arreglada, bajita, pelo negro muerto y masticando un chicle de dos horas. Es el tipo de chica que verías en un concierto de música chicha. Richard cambia el gesto cuando la ve, y recuerdo que mi hermano me había contado algo ya de las andanzas de nuestro vecino. ¿Esa es la Chilindrina? Pregunto, y él me hace shhh con los dedos, pero ya es tarde, ella lo ha visto y se acerca. La mamá de Rosa la mata con la mirada, guardiana de sus clientes, parece que sabe más que yo sobre el lío de estos dos, y le pregunta ¿qué va a comer? La Chilindrina dice nada seño, vengo a buscar a mi enamorado nomás. Una vez más me hace gracia la forma que tenemos los peruanos de llamar a nuestras parejas: mi enamorado/a. En mi caso la palabreja era casi blasfema porque había salido con muchas chicas y no sentía, en absoluto, nada por ellas siquiera cercano al amor. Pero Richard sí, y disculpándose conmigo se levantó de la mesa, cogió por el brazo a la Chilindrina, y se fue, sin pagar las cervezas. No se preocupe joven, oigo que dice alguien a mi espalda, no le cobro las cervezas. Agradezco el gesto, pago el lomo y salgo, la mamá de Rosa me dice vuelva cuando quiera, y vuelve presurosa a la cocina. En la esquina me encuentro con Roy, que pregunta si he visto a su hermano, le digo que sí, que se ha ido con La Chilindrina. Putamare exclama, no le digas a nadie, Clark, pero la Chili está en bola, susurra, y se larga no sin antes recordarme que tenemos partido al día siguiente, y de decirme que provecho con la hija del doctor (que no es doctor) que ha preguntado por mí. Vuelvo a casa feliz, por la suerte que tengo, tengo casa, comida, nunca he estado en el ejército, y la hija del doctor (que no es doctor) está buena.

lunes, agosto 11, 2008

Ando buscándote en Japón, ando buscándote en Nueva York


Sol ha desaparecido, como mis abdominales, y mis ganas de luchar por el beso de la muerte. La última vez que supe de ella estaba varada, en Tokyo, esperando que la dejaran subir en algún avión que volviera a Europa. Volvía de pasar un par de semanas en Nueva Caledonia, una de esas islas paradisiacas que aún poseen los franceses como rédito de su época colonizadora. La isla(s) está(n) en el suroeste del Océano Pacífico, y durante un tiempo fue usada como una gran cárcel con vistas al mar; luego, a finales de los noventa, logró su autonomía pero sigue formando parte de territorio francés. La gente de Nueva Caledonia tiene la nacionalidad francesa, llevan pasaporte francés, y como ellos, pueden decir que son campeones del mundo.

Cuando Fred y Sandrine decidieron establecerse allí, a mí, sedentario tradicional, me pareció una locura su actitud nómade. La aplaudí, es verdad, especialmente cuando supe que por ser franceses (de verdad) y decidir trabajar en las islas, recibirían un plus en sus sueldos. Sin mencionar el hecho de que no tendrían que preocuparse más por los fríos inviernos de la France, que siempre le daban un adorable color rojo a la nariz de Sandrine. Empacaron sus libros, discos, y la guitarra y volaron al paraíso. Sol nunca más podría visitarlos sin gastar mucho dinero, pues dentro de un par de meses cumplirá la edad límite que permite Air France para viajar con descuentos por ser hija de un piloto de la compañía. Yo comprendí este hecho (si no lo hubiera comprendido, no habría habido diferencia, la verdad) y acepté pasar mis vacaciones solo, en Madrid, mientras ella disfrutaba con sus amigos.

Y vaya si lo hizo: submarinismo, viajes en avioneta, paseos por el mar en el barco que Fred ha comprado junto a unos amigos, senderismo, y mucho descanso. Ella estaba feliz, y me lo decía en cada uno de sus e-mails en francés, que comprendo cada vez mejor, asombrándome a mi mismo de mi evolución involuntaria en esa lengua.
Se suponía que cuando acabara su periplo isleño, tomaría una avión de vuelta a casa, la suya, en Brest, no la nuestra, en Madrid.

Ese era el plan, pero en la escala en Tokyo se quedó en tierra porque el avión ya iba muy lleno, la alojaron en un hotel de lujo en la ciudad y le prometieron que intentarían subirla en el próximo vuelo a París. Y fue entonces cuando le perdí la pista. Dejé pasar un día completo, calculando mal las distancias, las horas de vuelo, el jet-lag y la discordancia neuronal. Al segundo día, ya inquieto, intente llamarla recordando que había puesto mucho énfasis en meter su cargador en la maleta, para poder mandarnos SMS cuando nos entrara la nostalgia romántica (en mi caso, los domingos por la tarde), pero siempre obtuve como respuesta el mismo mensaje: “información gratuita de Orange, blablabla”.

Le escribí un par de correos electrónicos, cortitos, imaginando que ya estaba en París con Delphine y que ésta se había puesto ya de parto y eso había motivado que Sol se olvidara de informarme sobre su retorno. Tampoco hubo respuesta, así que me quedan ahora mil dudas, no sé si está en París, no sé si sigue en Tokyo, no sé si ha leído mis e-mails, no sé si ha perdido el cargador de su teléfono, no sé si llegará antes del miércoles para acompañarme al estreno en España (un mes después que en todo el mundo, as usual) de “The Dark Knight”, y espero que Al menos llegue puntual a nuestra cita. Defino: en estos casos, cuando ella vuela lejos, quedamos en vernos en alguna ciudad. Esta vez la escogida es Liverpool, pero el vuelo sale desde Madrid y no le queda más opción que volver, a diferencia de ocasiones anteriores en que yo he llegado con mi maletita al hombro y feliz de la vida, a Roma o París, para poder cenar juntos. Mamá pregunta que cuando vuelve la francesa, yo contesto que conociéndola llegará cinco minutos antes del embarque a Liverpool. Nos reímos y seguimos despedazando el pollo que hemos comprado sin saber que al día siguiente nos infectará el aparato digestivo. Yo sigo esperando que ella dé signos de vida, pero por si acaso, ya he escrito a Dario un correo, sugiriéndole que me acompañe a ver la última de Batman. Él, como siempre, no ha contestado mi e-mail. Al final, iré solo al cine, ya verás.

viernes, agosto 08, 2008

Los secretos de my sister


Mi hermana y el Misterioso vuelven a estar juntos. Lo conocí una noche en que preferiría haberme quedado dormido en una hamaca, con un mojito en la mano derecha y una morena de ojos verdes en la izquierda, en lugar de estar en una de esas reuniones familiares de las que suelo huir como huyen los perros de las explosiones.
Era simpático y educado, y mientras yo me emborrachaba a morir para disimular mi aburrimiento, él hablaba con alguien sobre economía. Su interlocutor no tenía mucha idea del tema, y eso lo noté hasta yo, que ya llevaba varias copas fluyendo por mi torrente sanguíneo; me acerqué sin mucho sigilo y quise intervenir en la conversación. El Misterioso me miró interesado, quizá preguntándose cómo conseguía mantenerme en equilibrio, el interlocutor, molesto por mi interrupción, me espetó en la cara que yo no sabía nada de índices bursátiles o PBI’s. No suelo rebatir argumentos de gente que me menosprecia, casi siempre tienen razón, pero quién sabe porqué, en ese momento me animé a decir, tengo un máster en administración de empresas, justo antes de resbalar y caer sobre una de mis tías y bañarla de ron Cacique.

La relación siguió su rumbo normal, y una tarde mi hermana me pidió prestado mi coche para irse de viaje con el Misterioso. Yo no lo usaba mucho (ahora tampoco, la verdad, prefiero ir en transporte público y aprovechar para leer o escuchar música) y se lo di encantado, total, como decía uno de mis amigos en Lima: las hermanas no son pa' tí, son pal' pueblo. Al recibir las llaves, el misterioso abrió el capó del Kia, revisó el aceite, los bornes de la batería, las luces, los frenos, el embrague y después de asentir un par de veces para sus adentros se llevó a mi hermana con rumbo a un parador, en Cuenca. Dicen algunos que papá me odió un poquito por facilitar que su hijita desapareciera unos días en compañía de un hombre, pero cuando ese rumor llegó a mis oídos simplemente lo consideré como una raya más al tigre, total, papá y yo no somos precisamente un ejemplo de armonía ni lo seremos jamás. Nuestra relación es un ejemplo de que lo cortés no quita lo valiente, así que mientras no me haga una reclamación oficial, yo no me daré por aludido. Mi coche volvió sano y salvo, que era en el fondo lo único que me importaba, y cuando mi hermana se compró un Micra nunca me dejó, siquiera, que lo arrancara. El Misterioso se ha cansado ya de conducirlo.

Una tarde, Sol, que además es amiga fiel de mi hermana. Me pidió que dejara de mencionar al Misterioso en su presencia, pues habían dicho que hasta aquí hemos llegado, y my sister, como es normal, no quería que la sigamos bombardeando con nuestras bromas. Juro que mis hermanos y yo lo intentamos, pero, más pudieron nuestros genes pendencieros del Callao, y la torturamos durante unos meses, hasta que encontramos algo más interesante que hacer. Ella se dedicó a sus estudios y de él no supimos más en mucho tiempo.

Pero llegó la navidad.

Mi hermano estaba comprando juguetes a su hijo, en una conocida tienda famosa por sus ofertas y porque todos los juguetes, sin excepción, se venden cubiertos por una generosa capa de polvo. Mientras movían cajas buscando uno de los personajes de Cars, mi sobrino descubrió a mi hermana y dio la voz de alerta a sus padres. Mi hermano jura que cuando giró la cabeza hacia donde mi sobrino apuntaba con el mayor de los entusiasmos vio a mi hermana empujar al Misterioso como si fuera una pelota de playa, y el pobre terminó sepultado bajo una montaña de muñecos de Dragonball. Al volver a casa, mi sobrino me contó la historia mientras mi hermano asentía divertido a cada parte de la narración. Busqué a Sol, pero ella dijo que no podía contarnos nada, que era secreto de confesión, y ni siquiera valiéndome de mis (pocas) artes seductoras pude averigüar algo.

Di el caso por cerrado, hasta que una noche mamá me contó, a modo de comentario, que mi hermana había vuelto con el Misterioso. Está contenta, me decía, y yo decía ah, bien, me alegro, mientras bajaba de Internet una película de John Carpenter. Como ya era oficial, Sol se limitó a demostrar su poder diciendo yo ya lo sabía, y yo la odié un poquito y le prometí que cuando tuviera un secreto jugoso no lo compartiría con ella. Ambos sabemos que no puedo con mi genio, y en cuanto tenga algo interesante se lo diré. Por eso sabe lo mucho que me gustaba la tía buena, sabe del novio de Ely que roba perfumes en el aeropuerto, conoce el lesbianismo de Beatriz y la bipolaridad de Juanjo, y también le he contado que la novia de Manrique lo ha abandonado y que su desmuelada mujer acaba de aterrizar hace poco en la península, auspiciada por una de mis tías.

Ahora mi hermana y el Misterioso pasean por Alcalá de Henares aprovechando las fiestas de verano. Los imagino sonrientes, felices, y no puedo reprimir la alegría, como cuando se ve a dos koalas abrazados porque sí. Hace poco ella me ayudó a trapichear un Nokia N81, que obtuve by the face gracias a la inocencia de Vodafone. Durante el proceso, me hablaba de su novio y yo sentía en su voz esa contentura de la que hablaba mamá. Me imagino que ahora que tiene el Micra ya no necesitará que le preste mi coche otra vez, pero si lo hace se lo daré encantado y así me aseguro una revisión de aceite gratuita. Lo único que me jode es que, seguramente, cuando me llame, Sol ya sabrá de qué va el tema, y me sonreirá triunfal como lo hace cada vez que me gana al jugar al Cluedo.

jueves, agosto 07, 2008

Los últimos días de la prensa


La primera vez que salí en los periódicos yo debía tener unos diez años. Mi profesora me inscribió, contra mi voluntad, en un concurso de ortografía y semántica para el que no estaba, en absoluto, preparado. Me entró pánico, no por favor, señorita, le imploré, no me obligue a ir a ese concurso de lornas. Ella insistió con toda la dulzura del mundo, y usó como base un argumento que no yo, ni nadie, podía rebatir en aquél entonces: eres el único que sabe escribir y leer correctamente en este colegio de mierda, y no le digas a nadie que he dicho mierda en tu delante. Fui a casa y le conté a mamá lo que me esperaba, y ella, emocionada al máximo de que su hijo sea el tuerto rey en la tierra de los ciegos, me ayudó a mejorar lo que hasta entonces era mi cultura literaria (basada en cómics). Me hizo leer a Vallejo, Vargas Llosa y hasta el diccionario que entonces guardábamos en lo alto de una repisa, en una esquina oscura de casa. El diccionario se convirtió en mi mejor amigo, especialmente después de que descubrí entre sus páginas un folletín erótico titulado “Memorias de una pulga”, que devoré con ardor.
El día del concurso llevaba el librito ese en mi mochila, me quedaban unas diez páginas para terminar de leerlo. Me imagino que eso me sirvió como combustible para llenar cada una de las casillas del examen con la mayor rapidez del mundo. Hasta que llegué a la palabra “taciturno” y se me preguntaba su significado y/o sinónimo. Estaba perdido, no tenía ni puta idea de qué significaba la palabreja y, mediante señas, se lo hice saber a mi profesora que esperaba fuera y me observaba a través de un cristal. Ella se deshizo en mímicas inútiles, yo dejé el espacio vació, quedé segundo y me precipité al baño a terminar de leer. En la foto del periódico salgo sonriendo, abrazado a mi mochila y, por suerte, nadie notó la pequeña erección que asomaba debajo de mis pantalones escolares.

La segunda vez, estaba ya preparado mentalmente. Trabajaba en una revista y me había familiarizado de golpe con el olor de la tinta, las prisas de una redacción y la fama efímera que puede ofrecer un artículo bien escrito. El Comercio, decano de la prensa peruana, se interesó en la revista y vino una tarde, porque sí, a entrevistar al director general, que para colmo, era mi tío. Ya había pasado otras veces, él estaba de moda por haber sido el primero en publicar revistas latinas en España, y por eso no era raro que una tarde viniera Telemadrid y a la siguiente Antena 3 (creo que en un reportaje de esos, salgo cayendo pesadamente sobre unas cajas). La periodista de El Comercio era una rubia de ojos vivaces y labia educada. Hizo unas cuantas preguntas, grabó las respuestas en una Casio comprada seguramente en Hiraoka y después, para sorpresa de todos los que allí estábamos, hizo una foto grupal. Pusimos nuestra mejor sonrisa, seguros de que esa foto no se incluiría en el reportaje.
Una semana después mis amigos limeños me bombardeaban de e-mails diciendo que había aparecido en el periódico del domingo, que chévere tu chompa, que quién era la rubia de al lado y demás comentarios periodísticos altamente recomendables. Uno escaneó la página y me la mandó. Era gracioso verme allí, sonriente, y con una panza naciente, mientras en la misma página aparecía publicidad de una pollería con un lapidario slogan que decía “como todo lo que puedas, barriga llena corazón contento”.

La tercera, espero que haya sido la vencida. Acababa de entrar en el mundo de las impresoras industriales y tuve que asistir, en plan muñeco de peluche, a una feria especializada. Llegué puntual, embutido en mi traje recién comprado, elegantioso, como diría Cantinflas, y preparado para reventarme los riñones y sonreír a diestra y siniestra. Me pusieron al lado de un prototipo japonés, la primera impresora industrial capaz de borrar, ella solita, lo que había impreso anteriormente. Me aprendí el discurso: sí, el papel es más caro, pero aunque cueste veinte veces más puede reutilizarse 500 veces, como mínimo. Dentro de mi, la verdad, no creía que eso pudiera interesarle a nadie. Pero a los pocos minutos estaba rodeado de cámaras y micrófonos. Primero llegó la reportera de “Madrid Directo” una negrita guapa que me prometió sacarme, como no, en directo, pero que empezaría su reportaje con el portátil irrompible, que también hacía furor entre los asistentes. Vi de cerca como ella, impetuosa, tiraba el portátil al suelo como si fuera una bolsa de hielos de la gasolinera y, mientras la pantalla se iba a babor, y el teclado a estribor, cortó la transmisión en vivo. Qué cague de risa. Luego llegó otra reportera, bastante más guapa y nerviosa, que dijo ser de la televisión de Castilla-La Mancha y a la que le hice toda una demostración profesional del funcionamiento del maravilloso prototipo mientras que, a la vez, espiaba su escote y me grababa para siempre la forma de su ombligo en la memoria. Cuando terminó de entrevistarme, apagó su cámara y me preguntó si quería ver cómo había quedado. Acepté más por estar un rato más a su lado, y ambos comprobamos que la entrevista se había perdido para siempre porque ella había olvidado las cintas de grabación en Guadalajara. Le di mi tarjeta, y le hice el gestitocall me” a lo Austin Powers, obviamente, nunca la volví a ver. Recuperándome de esa desdicha me encontró un reportero italiano, de una revista llamada “datacollection”. Yo no tenía ni idea de que existiera algo así, contesté a un par de preguntas, posé para unas fotos, y lo vi marcharse con andar cadencioso hacia el bar, en donde se quedó dormido. Una semana más tarde el director general mandó un e-mail a todo el departamento con el título “debut de nuestro nuevo fichaje”. Adjuntaba un PDF con páginas de la revista datacollection, y a todo color, se me veía feliz, elegante, y enseñando con el mayor garbo posible una hoja en blanco. El pie de foto ponía “la primera impresora capaz de reciclar papel”. Reenvié el e-mail a mamá, esperando que eso le alegrara el día, me contestó a los pocos minutos y además de felicitarme añadió un comentario al final de su correo: “al menos en esta foto no se te ve el pájaro levantado”.

Ex Man


La única “ex” que sigue escribiéndome fielmente es Ely. No sé porqué lo hace, quiero creer que en el fondo de su ser guarda todavía un sentimiento especial, cariño bueno (para soñar), o, en el peor de los casos, nostalgia por aquellos años en que las patas de gallo no aparecían aún en su cara y ambos éramos jóvenes y lozanos. Entonces, ahora que la lozanía nos empieza a abandonar, seguramente mi recuerdo le sirve como reclamo para recuperar en su memoria esos días anteriores en que la risa y el estruendo eran una constante en nuestra despreocupada vida.
Me ha enviado una foto en la que estoy, como siempre, haciendo el payaso, me rodea un grupo de buenos amigos con los que pasé momentos olvidables pero divertidos. No fue la mejor época de mi vida, pero fue bastante menos aburrida que la actual. Durante los días en los que se desarrolla la acción de aquella fotografía, mi vida era un constante ir y venir de experiencias de todo tipo, y estoy seguro que a quienes están en esa foto les pasaba lo mismo. Ely mira hacia abajo, hacia el punto en el que yo estoy haciendo una pirueta al lado de Carlitos. Creo que para entonces él ya había olvidado a Liz, o al menos eso era lo que todos creíamos.
Le agradezco la foto con un mail de dos líneas, ¿para qué más? Cierro mi correo y a la vez me pregunto quién tendrá la foto en que estoy con La Kika, Miguel Cabezón, el Nero y Vázquez. Sospecho que Brisa la guarda en una especie de altar budú e invoca nuestros espíritus cada 14 de febrero, en plan Mum-Ra.

El otro extremo de las “ex” lo ocupa otra de la que no que no puedo siquiera escribir su nombre, porque temo que algún día termine la carrera y, ya convertida en una abogada, me denuncie por difamación, daños y perjuicios, coitus interruptus y mal de ojo. Lo nuestro terminó en plan pacífico, la distancia fue el olvido y así lo comprendimos una tarde de otoño español, cuando las hojas caían de los árboles y la peseta terminaba de desaparecer. Seguíamos hablando de vez en cuando, y como buenos ex que éramos, la tensión sexual existía y a veces nos divertía creer que algún empleado de Telefónica se ponía cachondo escuchando nuestras conversaciones. No sé porqué, se aficionó a detallarme sus juegos eróticos con su nuevo novio, y hasta me lo presentó una tarde que vino desde Barcelona sólo con ese fin. No me pareció mal tipo, y si no recuerdo mal, no la he vuelto a ver desde entonces. Pero claro, call me irresponsible, aún después de conocer a su nuevo consorte, no me resistí a las confesiones de sex shop que me hacía a través de las ondas. Así pasaron años, y la única forma de cortar ese flujo no solicitado de información era proponiéndole una cita, en alguna ciudad perdida, a lo que ella como noble y fina chica que era, decía que no con el mayor de los énfasis y no poca indignación. Pero a los tres meses, otra vez la burra al trigo.

En la película “El otro lado de la cama”, una ensalada de tópicos y canciones del pop español, hay una escena en que los amigos hablan en un bar madrileño. Uno de ellos, taxista creo recordar, dice algo así como “un tema: las ex, a una ex te la puedes follar cuando quieras”. Tal afirmación se cumple si no en el cien, en el noventa por ciento de los casos. Y me imagino que basado en ese resquemor, miedo, o como se quiera llamar, es que la última llamada de mi ex cuentacuentos terminó en un cruce verborreico que sólo sirvió para que ella prometiera no llamarme nunca más y yo le confesara, con la mayor sinceridad posible, que me importaba una mierda. Pasaron los meses y, fiel a su palabra, no volvió a dar signos de vida, y yo fiel a mi palabra no lo noté, hasta que descubrí sorprendido su incursión en mi perfil de hi5, abierto al mundo porque no hay nada que esconder. O sea, ¿en qué quedamos? Un escalofrío me recorrió el cuerpo y quise imaginar que lo había hecho por accidente, rechacé cuatro o cinco mensajes de gente que quería ser mi amigo virtual y desparecí por unos días de ese punto del ciberespacio.

A una ex te la puedes follar cuando quieras. ¿Cuántas neuronas habrá quemado el guionista para escribir esa frase? Ya me gustaría a mí que fuera cierto, pero, que una chica te bese en la mejilla y te diga que le gustas, ¿vale para considerarla una ex? (díganme que sí, por favor, y corro tras una que yo me sé). Es un tema de discusión digno de cualquier batiburrillo televisivo, porque, si discuten sobre si la henna es cancerígena, ¿por qué no pueden incluir mis dudas existenciales?
Lo ideal sería que todas aquellas personas que han pasado por tu vida tengan de ti un gran recuerdo, como persona (bien), como amante (mucho mejor) o como amigo (esto ya como premio consuelo, medalla de bronce). Pero si no se da el caso, tampoco hay que romperse la cabeza pensando en qué se hizo mal. No le puedes gustar a todo el mundo, y menos si viven en Barcelona.

martes, agosto 05, 2008

Saca la mano, saca los pies


Frente a un Ice Tea, sentado en el Starbucks de Las Cortes, escucho entusiasmado el relato de mi nueva amiga, acerca del concierto de Rubén Blades. Me cuenta que la gente se sabía todas las canciones, cosa que para ella, que fue en plan experimentación como fui yo una vez a un concierto de música africana, era algo imposible. Yo bailaba, decía, y los demás cantaban las canciones de principio a fin, y se supone que era salsa. Le expliqué que para los latinos, Blades era más que un salsero. Él, junto a Lavoe, Willie Colón y Celia Cruz, forman los pilares de la salsa. Ella escucha atenta mi historia, y luego hablamos de más cosas: The Beatles, jazz, teatro, cine, ensaladilla rusa, y un perro que pega su nariz en el cristal mientras su guapa dueña nos sonríe cuando nota que he derramado mi té. Nos despedimos y mi amiga ofrece acercarme a casa, le agradezco el gesto pero llego antes metro.
Apenas bajo las escaleras el calor sofocante me golpea la cara como si fuera el aliento de un dragón. Ha subido el precio del abono mensual de transportes, podrían al menos gastar algo en aire acondicionado ¿no? Llega el tren y no hay asientos, no importa, sólo son cuatro estaciones las que me separan de mi sofá, mi tele y una copa de vino. Estoy de pie, colgado del pasamanos, preguntándome si el perro olisqueador era un Bulldog o no, frente a mí hay una pareja mayor que habla de sus cosas, al lado suyo va sentada una china que lee un periódico en inglés y lleva zapatillas alemanas. Próxima estación Tirso de Molina. Del lado opuesto del vagón llega un tipo con pinta de indonesio, desnutrido y con los ojos saltones, me recuerda a los yonkies del Callao, además se viste igual que ellos. Hace sonar los dedos, como Fonzie, para que me aparte de su camino. El gesto me pilla desprevenido, con la guardia baja, y no hago más que apartarme sin quitarle la mirada de encima, a su paso empuja con las piernas las rodillas de la china y de la pareja, el marido lo mira con recelo y algo de asco.

Se abren las puertas y baja un poco de gente, el aire corre y aprovecho para llenar mis pulmones un poco más. Se cierran las puertas y el tipo sigue en el tren, ahora veo que lleva una bolsa de papel en la mano, y que su cara parece más sudamericana que la de Manco Cápac. Se pega sospechosamente a una rumana que, seguramente cansada de trabajar, no lo nota. Todos los demás vemos, entre sorprendidos e indignados, cómo la mano del ladrón se desliza bajo la bolsa de papel para empezar a abrir el bolso de la rumana, que sigue pensando en sus cosas.
Mamá sufrió, a finales de los noventa, un robo similar. al llegar a su destino comprobó que le faltaba la cartera de su bolso, y con ella había desaparecido el sueldo del mes. Cuando buscó a la policía del metro para denunciar el robo, el agente la miró de arriba abajo y le espetó "son tus paisanos los que vienen a robar, así que no te quejes", humillada e indignada, salió del metro cagándose en todos los muertos del policía, y ya fuera, sólo pudo limitarse a llorar sentada en un parque de Moratalaz.
Lo miro a los ojos, como diciéndole sé lo que estás haciendo, pero él me sostiene la mirada y me rindo ante tamaña conchudez. Qué sirvengüenza, qué lisura, carajo diría mi abuela. Próxima estación: Atocha Renfe. El tren se mueve bruscamente al entrar en la curva de la estación y la mano del ladrón mueve el bolso de la rumana, que ahora sí, nota la incursión, el allanamiento, y mira desde su metro ochenta el metro sesenta del ratero. Éste le da la espalda y baja presuroso perdiéndose entre la multitud que corre a buscar su tren.

Qué impotencia, joder, qué impotencia, dice el marido, que golpea con un puño el lateral de su asiento, perdonar pero estas cosas me ponen negro, perdonar. Yo le digo que se tranquilice, que todos lo estábamos viendo y nadie hizo nada. Una chica que está parada a mi lado me da la razón y dice, claro, encima si te metes te puedes llevar un puñalada o algo, no merece la pena. La mujer mayor cuenta que a ella la amenazaron unos ladrones y aunque sabía que no le harían nada, la paranoia la persiguió durante meses, y no se sentía segura ni en la panadería de su barrio. La rumana nos mira sin entender nada de lo que hablamos, la chica prudente baja en Menéndez Pelayo y yo me pregunto si esta gente no tendrá otra opción para ganarse la vida. ¿Por qué cruzar el océano, sólo para robar? Esta es la gente que nos da mala imagen, diría mi viejo, que como yo, ha visto ya varios robos en el metro y tampoco ha hecho nada. ¿Para qué? Próxima estación: Puente de Vallecas. Me despido amablemente de mis ocasionales compañeros de viaje, bajo del tren y en el andén veo a una mujer que cargada de bolsas es recibida por los que parecen ser sus hijos. Ella luce cansada, y ellos la llenan de caricias y besos que la reconfortan. Debe ser su día libre, pienso, seguro que trabaja como interna en una casa de ricachones. Salgo junto a ellos y la noche nos refresca a todos, uno de los hijos saca una botella de su mochila y se la ofrece a su madre, que acepta gustosa. Ellos van hacia Vallecas y yo en dirección contraria. Me quedo con su imagen y mientras bebo un copa de vino, ya en mi casa, pienso que esta gente, trabajadores incansables, es la que nos da buena imagen, y sé que mi viejo estaría de acuerdo conmigo.

lunes, agosto 04, 2008

Las de la intuición


He traído dos pechugas de pollo, una manzana y he comprado una coca-cola (light) de la máquina de la cocina. No hay nadie más en la mesa, y eso es muy raro porque a esta hora se supone que ya ha llegado, al menos, Bea. Entra Rubén, abre sus cuatro tupper y dos minutos después llega Adán. ¿Qué pasa, tronco? Dice uno, hoy, con corazoncitos, dice el otro. No sé de qué hablan, ni pregunto, total, hace tiempo que me he rendido y ya no intento entender sus chistes, así como ellos tampoco entienden los míos. Me miran sorprendidos de que no pregunte nada y yo, haciéndome el interesante, sigo entretenido pensando en las pechugas (de pollo). Ya hablarán.

Adán dice que debe ser el calor, tío, ahora las pibas se ponen menos ropa. Sorbo a mi coca-cola, empiezo a imaginar ya de qué hablan.

Rubén contesta, que sí, colega, pero es que esta piba debería cortarse un poquito, que tiene hijas, tronco. Tiene hijas, ya sé de quién hablan. Ella se sienta en lo que desde mi posición serían las 2100. Es delgada, alta, coqueta, y su cara algo trajinada muestra aún signos de una belleza simple que se va apagando con el paso de los días. Siempre me ha caído bien, es de esas personas que van de frente, además, cuando bebe, se pone muy cariñosa y más de una vez me ha regalado un par de caricias como si le recordara al gato (llamémoslo Bobo) que perdió durante su niñez.

Sigo a lo mío, total, ya sé de que va el tema. Pechuga pa’ dentro, cocacola, agua, lechuga, pechuga, pechuga, lechuga, tomate cherry, más cocacola. Venga tío, me interpelan, ¿nunca le has visto las bragas?. Pechuga en la tráquea y lechuga que vuelve al plato. ¿Locualo? Uno de ellos insiste, las bragas, si se le ven a cien metros, tronco. Reconozco entonces que nunca me ha dado por ahí, más por desinterés que por cobardía, no es de las que me coma con los ojos, precisamente, remato. Ellos dicen que tampoco es una de las que se llevarían al huerto, pero que la tía usa un día sí, y el otro también, minifaldas de quinceañera, que se agradecen en las quinceañeras, pero que en ella hace que parezca que en vez de piernas, le cuelgan dos hilos de la tela. Nos reímos, despiadados, crueles, hijos de puta, y desvío la conversación a las adolescentes borrachas, que ellas sí, enseñan y mucho los viernes por la noche, cuando se duermen despatarradas en el metro.

Termina la hora de comer. Ahora que mi jefe está de vacaciones tengo más libertad de movimientos, y ya con el tema in my mind miro, como quién no quiere la cosa. Allí estaban, amarillas, con flores y algo rotas. Debe ser la única vez que he desviado la mirada con tanta rapidez, incluso creo que mi movimiento fue demasiado obvio porque ella se acomodó la falda con la mano izquierda, mientras que con la derecha seguía trabajando en sus cosas. Avergonzado, no miré más, y las 2100 quedaron vetadas durante el resto del día.

Al día siguiente Rubén se me acerca y, con mucha discreción me dice, ayer florecitas, ¿eh? Asiento incómodo, me han descubierto y ahora soy uno más de su clan. Me siento y despacho los tres correos diarios que me llegan, leo algo, busco información, imprimo algo y cuando voy a recoger lo impreso allí estaban, azul como el mar azul, azul como una lágrima cuando hay perdón, tan puro y tan azul que me embriagó el corazón. Ahora ella parecía no haber notado mi indiscreción, porque, aunque a veces esté con las piernas abiertas no es, creo, una invitación para que los demás rebusquemos con la mirada en aquél rincón. Digo yo. El caso es que no importaba el momento del día, la hora, lo que hiciera, cada vez que giraba hacia mi izquierda, estaba allí la marea azul.

Al final del día, ya sabía cuál sería el tema de conversación, que si ésta no folla lo suficiente, que las hijas la tienen loca, que si está pidiendo algo a gritos. Me inventé una historia, como siempre, y cuando empezaron con el tema, le dije a Rubén, que la de las bragas lo miraba de mala manera, te mira el paquete, tronco, ¿no te has dado cuenta? Se puso blanco y estuvo mudo hasta que Adán nos dejó en el metro. Cuando llegó el tren rompió su silencio, y me preguntó ¿en serio, tío, me estaba mirando? Le dije que igual era mi imaginación, y lo dejé más tranquilo. Han pasado ya varios días sin que ninguno de los dos mencione el tema, y eso me ha dado mucha tranquilidad porque no hay nada que odie más que las conversaciones monotemáticas. Además, ella se ha ido de vacaciones.

Happiness is a warm gun


¿Por qué empezar este post con preguntas? ¿Por qué mis tostadas contradicen la Ley de Murphy, y caen sobre el lado sin mantequilla? ¿Por qué Mariah Carey parece haber enloquecido tras su ruptura con Luis Miguel?¿Por qué las piscinas llevan tanto cloro? ¿Por qué Alfonso tenía esa noche una Beretta, bajo el asiento?

Lima suele ser una ciudad hostil, lo es para los limeños, así que me imagino que debe ser absolutamente horrible para los turistas. Alfonso era chileno, y estaba en la ciudad de vacaciones. Le pregunté varias veces si no había otro sitio más bonito para vacacionar, no sé, ¿Cuzco, tal vez? Él decía que a Cuzco podía ir después, pero que su reto de este año consistía en conocer las capitales de Sudamérica, y por eso estaba conmigo en ese bar de la plaza San Martín. Me contaba que la que más le gustó fue Buenos Aires. Es la más europea de todas, afirmaba, y yo tenía que creerle, sobretodo porque entonces yo no había visto Europa y él, hijo de exiliados políticos, había vivido a caballo entre Londres y París. Hablaba inglés como un Lord pero cada vez que chapurreaba el idioma de Dumas parecía más el Pitufo Pintor que Astérix. El bar en el que estábamos era uno de mis favoritos, rodeado de gente bohemia, escritores y pintores, música de fondo al volumen justo, y paredes decoradas con primeras planas del Comercio, antiguas y amarillentas, en las que aparecen noticias como la muerte de Banchero Rossi, el golpe de estado de Velasco, o el éxito mundial de “La Ciudad y Los Perros”. Alfonso bebe su café como si el mundo se hubiera detenido y yo me pregunto si el de la barra es Bryce Echenique. No, pero se parece un huevo.

Salimos a caminar por el Jirón de la Unión, es ya de noche aunque sean las ocho y las luces de neón nos invitan a un cine, a una pollería, a comprar oro, o artículos de piel; nos venden discos, ropa, comida china y relojes, baratos flaco, son Citizen, por mi marecita. Los olores inconfundibles de los anticuchos abren el apetito y nos paramos a pedir un par de raciones. Le digo que son trozos de corazón, pinchados en un palo a modo de brocheta, Alfonso, me guiña un ojo y se come dos de un bocado, mastica lentamente, como si fuera su última comida en la vida, y después de beber un poco de cerveza para ayudarse a tragar me confiesa que le ha encantado, mil veces mejor que las arepas de mierda que comí en Bogotá. Yo casi no he probado mi anticucho, sólo como comida callejera cuando conozco al ambulante: anticuchos en Jesús María, cebiche en Saenz Peña, papa amarilla con rocoto en la avenida Abancay.

Bajamos por el jirón Huancavelica, Alfonso ha dejado su escarabajo de alquiler en un parking de la avenida Tacna. Esto está lleno de ópticas, me dice, y le cuento que en una de ellas trabaja un chico de mi barrio, amigo de mis tíos, que me consiguió unas gafas Hermès graduadas, a muy buen precio. Tenemos que volver otro día, contesta entusiasmado, y seguimos bajando sin prisas, disfrutando lo que podemos, aunque yo me he dado cuenta ya que nos siguen desde que paramos en el anticuchero, y no le he dicho nada a mi amigo. Es un gordo con una gorra de camionero, es de noche, no sé por qué lleva gorra, ha parado en los mismos escaparates que nosotros, y también giró a la derecha en Rufino Torrico, cayendo en mi trampa sutil, porque podríamos haber seguido perfectamente por Huancavelica y llegar a Tacna mucho mucho más rápido. Ratero y huevón, pensé, tendrías que disimular mejor. Nos mira de vez en cuando, debe estar tasando nuestra ropa, nuestros relojes, la cadena de oro que Alfonso no se ha querido quitar, a pesar de mis consejos.

Llegamos a la esquina de Emancipación y giramos a la izquierda. El ratero hace lo mismo, ya sin sutilezas, se pone a la derecha apuntando al reloj de mi amigo, sin saber que el mío es mejor. Lo veo reflejado por los cristales del banco mientras finjo interesarme por una promoción, deposita 500 soles y llévate esta vajilla Melamine Presidente. Llegamos a la esquina de Tacna y Emancipación, una suerte de 5Th Avenue limeña, aquí solían estar los mejores cines, los mejores teatros, los mejores coches, ahora lo más interesante es la tienda de turrones con la cara de Don Ramón en la puerta. Amago, como si fuera a comprar, pero salgo por una puerta lateral. El ratero hace lo mismo, es hora de avisar a mi amigo, nos siguen, le digo, quítate el reloj y la cadena. No me hace caso, una extraña aureola de seguridad lo acompaña, si le hubiera hecho la misma advertencia a alguno de mis tíos españoles ya habrían parado un taxi y estaríamos bajando por la Plaza Castilla a toda velocidad. Alfonso siguió caminando tranquilo y bajó al parking silbando, como si con él no fuera la cosa. Me senté en el asiento del copiloto y desde allí vi como mi amigo sacaba la Beretta de debajo de su asiento y le encajaba un silenciador, un Weihrauch, decía, de media pulgada, una belleza, mi ángel de la guarda. No veía un arma desde que Pepito bajó el Smith & Wesson de su viejo, deseé que el ratero hubiera tenido un ataque de lucidez y decidiera abandonar la persecución. No fue así y dos segundos después le estaba poniendo a mi amigo un verdugillo en la garganta.

-El bobo y la cadena, conchetumare’ – gritó, asustador – o te hinco.

Creo que recuperé el sentido cuando pasábamos por debajo del reloj de la avenida Argentina. Alfonso iba silbando “Don’t Worry Be Happy” y yo sólo atiné a preguntarle ¿Lo has matado? Me dijo que no con la cabeza, y noté la decepción en su gesto, no podrá tener hijos, confesó, le he metido un balazo en los huevos, justo después de que te desmayaras. Recordé entonces el brillo de la Beretta al salir como un flash, recordé la cara de horror del ratero, recordé a mi amigo apuntándole, y después ya no recordé más. Alfonso me dejó en mi barrio, te escribiré desde Montevideo, me promete. Me siento en un parque a pensar un poco en lo que acaba de pasar, llega Mili y me ve allí, mirando al infinito, me tapa los ojos con las manos y pregunta ¿quién soy? Reconozco su perfume y le doy un beso sonoro en la mejilla, ¿qué te pasa, huevón? Pregunta divertida, nada, le digo, y nos vamos caminando mientras trato de disimular que todavía me tiemblan las rodillas.