miércoles, septiembre 10, 2008

Te están buscando, matador


Al niño piojo lo conocí más muerto que vivo. Llegaba yo a la universidad, tarde, y eso tranquilizaba mi andar. Desde lejos vi un tumulto cerca de la puerta principal, entre los curiosos reconocí a alguno de los Barbieris, al guachimán más cobarde del mundo, y al choro de las cuatro de la tarde, que me hizo hola con un movimiento de cabeza. Quise pasar de largo pero el tumulto me lo impidió. Me acerqué a ver qué se cocinaba y en el centro vi un amasijo de huesos rotos y un rostro bañado en sangre. La sirena de una ambulancia nos dispersó y alguien le gritó al enfermero los hemos llamado hace media hora, carajo, y el hospital está acá al lado; el morenaje ni se inmutó y recogió al niño piojo con una espátula, para embarrarlo luego en una camilla y llevarlo a urgencias del Hospital del Callao.
Seguí mi camino y me imaginé que el pobre era la víctima de un atropello. Más de una vez yo mismo había escapado de la muerte cuando un bocinazo en el último segundo me había sacado de mis pensamientos etéreos, pobre huevón, pensé, lo han atropellado y se han dado a la fuga.
Los balcones de mi facultad estaban, como siempre, llenos de gente. Pasé el primero de ellos, en el que ahora anidaban los alumnos de los primeros ciclos, y al llegar al segundo comprobé que todos hablaban del incidente. Con el paso de los minutos supe que no fue un accidente.

Hans era un tío amable, de metro ochenta y brazos musculados. Su chica era graciosa, medía metro y medio y tenía una mirada matadora. Yo la había conocido por casualidad, una noche que seguí a Tito a una fiesta en un barrio escondido de la luz solar. Entonces me interesó más su prima, con la que pasé momentos olvidables, pero divertidos, mientras los demás disfrutaban de la fiesta animada con música de Oscar D’León. Tito me dijo que la chatita era de la facultad, él la había conocido gracias a que repitió todos los cursos de primer ciclo y ahora la tenía como compañera de estudios. Ah, que bien, dije yo, y me bajé de su taxi, seguro de que jamás volvería a una fiesta con él. Alguna vez la vi en la universidad, pero fue ella la que me recordó nuestro primer encuentro, te manda saludos mi prima, me dijo, y yo respondí muchas gracias, dile que es inolvidable, sin saber siquiera (sigo sin recordarlo) si su prima era rubia, morena, o tenía un cuerno en mitad de la frente.
A Hans lo conocí gracias a Pilsen Callao y de inmediato supe que era un espécimen extraño en la panda de borregos con la que le tocó entrar a la universidad. Quise traerlo al lado oscuro, pero su sentido común le hizo quedarse con sus amigos iniciales, aunque cada vez que se unía a nosotros, los Pezuña, lo adoptábamos como miembro honorario. Jugábamos al fútbol, nos emborrachábamos, alucinábamos juntos con los gritos de Paola y, sin que nadie lo supiera, censurábamos muchas de las actitudes del líder de los Barbieris, el marrón es buena gente, concedía, pero a veces debería desahuevarse un poco. Cuando supe que la Chata de la fiesta estaba con él, sentí pena por Tito. Mi pobre amigo no podía competir, en teoría, con un ser tan divertido, él, que como mucho sabía un par de chistes de taxista, quedaba opacado por la imagen de Hans que la primera vez que tuvo que hablar frente a todos los alumnos se enfundó una camiseta con el lema “Instructor de Sexo: primera lección gratis” para vencer el miedo escénico. Un crack, un Pezuña honorario.

Por eso me extrañó mucho cuando supe que el culpable de las lesiones en el, ya maltrecho de nacimiento, cuerpo del niño piojo era mi nuevo amigo. Según me contó una de las Barbieris (que juraron hacer voto de silencio sobre el tema), después de sufrir mis agradables torturas, el herido pasó varios meses en el hospital y hasta se hicieron colectas para que se reconstruyera su cara con el menor de los daños a posteriori. El Hans parecía poseído, me decía mi informante, querían separarlos pero él seguía dándole patadas y puñetazos. El motivo del encontronazo: lo que podría calificarse de la osadía de David ante Goliat, o lo que es lo mismo, el niño piojo confesando su amor a la chica de Hans.

Personalmente, siempre creí que una patada bien dada era suficiente en estos casos. Y lo que me dijo mi informante desnuda no me pareció suficiente razón para tamaña paliza. Hans era mi amigo, y no lo creía capaz de desangrar a un ser infinitamente inferior a él en fuerza, y huir luego como una hiena por las calles de la Ciudad del Pescador.
El siguiente cuatrimestre el niño piojo volvió a la vida y también a la universidad. Hans y la chata rompieron el contrato de su amor barato, quedaron como amigos, y se dijeron adiós. Él siempre decía eso de Neil Armstrong es Neil Armstrong, cada vez que le mencionábamos que su eterna novia de bolsillo había pasado a otras manos, ¿tú sabes quién fue el segundo hombre en la luna? Entonces, pe’ cuñao. No hubo más rencillas y mientras él llegaba a nuestras fiestas con una rufla distinta cada vez, el niño piojo y la chata, dicen, dejaron crecer su amor sangrante y hasta tuvieron prole.

Nunca creí lo que me contaron. Hans una vez humilló a su líder, y luego al finalizar una clase pidió disculpas delante de todos, sin importarle que algunos de nosotros no supiéramos de qué mierda estaba hablando. Hacer eso es de valientes. Nunca vi a la nueva pareja, que yo recuerde, pero una vez que salía de noche de la universidad el guachimán más cobarde del mundo se me acercó y, buscando complicidad me dijo, oye chino, ¿te acuerdas del patita que abollaron hace tiempo? Lo he visto metiéndole mano a una de su vuelo, en el gallinero. Fingí asombro y le dije la próxima quiero fotos, y salí persiguiendo a Shemi que treinta metros después subió a un Ford Taurus, conducido por un flaco que se parecía a Batistuta. Neil Armstrong es Neil Armstrong, pensé, y casi de inmediato dije en voz alta, pero a mí no me importaría ser el segundo hombre en esa luna.

lunes, septiembre 08, 2008

Sex on the Bitch


Mi hermano tiene dos perfiles en Youtube. Tatiana ha comenzado el proyecto 365 días en Flickr. Sol ha colgado las fotos de sus vacaciones en Facebook. Mi hermana ha hecho lo propio en hi5, aderezando el contenido con un Photoshop suyo como portada de Vogue (me parto). Mamá me llena el correo de spam. Quedo con mis amigos a través del e-mail (hoy en el kiosko de Bilbao, la noche promete, mañana no hay que trabajar). Pero, aún rodeado de el uso y abuso de Internet, la charla sexual que tuve con una vieja amiga, hace poco, reinventa el concepto de ciberespacio.

Estaba yo desolado por no poder encontrar entradas baratas para el concierto de Coldplay. Llevaba horas enviando correos a los revendedores que aparecían en segundamano.es o mundoanuncio.com, pero ninguno parecía apiadarse de mi situación y cuando escribía algo como “compro dos entradas, sólo puedo pagar 120 pavos por ambas”, recibía una no muy diplomática respuesta: “vaserqueno, me pagan 100 por cada una”.
Decidí, entonces, que Chris Martin tendría que esperar para verme entre el público, saltando y cantando, y que con el dinero que me pedían los revendedores podría comprarme un billete de ida y vuelta a Casablanca, con hotel incluido, y estar allí un fin de semana viviendo a cuerpo de rey. Al revisar la confirmación de easyjet en mi cuenta de Gmail, vi que mi vieja amiga estaba disponible para chatear. Habla, jugadora, escribí. Hola, perro, contestó, ¿y ese milagro?
Y nos metimos en una de esas charlas que hacen que el chat valga la pena.
Me contó que había estado trabajando en muchas cosas, que era feliz, y que estaba soltera. Le conté que había estado trabajando en muchas cosas, que era infeliz y que estaba soltero. Se cagó de risa, y me dijo que no cambiaba, como polystel, aunque pasen los años. Me extrañó su soltería, porque meses atrás me había contado, con la mayor ilusión del mundo, que tenía pareja, que lo respetaba full time, y que era la luz de sus ojos.
Eso en Lima significa aquí me quedo, si hay que ir se va, pero ir pa , es tontería. Le dije que era rara su soltería, ¿dime adónde va el amor, que olvida?, y ella contestó que así estaba mejor, libre, como el ave que escapó de su prisión, y puede al fin volar. Así es mejor flaco, puedes agarrar con quien quieras. Asu. Le pregunté ya con fervor periodístico si había quemado las enseñanzas familiares, esas que te dicen que un novio es para toda la vida y que llegues virgen al matrimonio. Me confesó que no le había contado a sus viejos lo de la pérdida de la virginidad, ni sus relaciones pre matrimoniales, que no hablaban de eso, pero que ellos se la olían. Pero tienes 30 años, escribí, en mayúsculas y con signos de admiración, para hacer notar mi sorpresa. y ella contraatacó, preguntándome que qué tal yo, si había gozado de las españolas.

Le dije que sí, que antes de estar de novio me enrollé con alguna, pero nada del otro mundo. Son muy gritonas, generalicé, alimentando su morbo. Yo no grito, respondió, sólo gimo. Entonces miré a los lados, seguro de que eso era una cámara escondida o algo así. Fueron instantes de duda, alimentados por el trauma de hace unos años cuando tenía cibersexo con una mientras estaba en el aula informática de la Carlos III; entonces me metí tanto en la conversación (jugosa) y no vi llegar al administrador de red, que me echó haciendo el mayor escándalo posible para que mi caso sentara precedente. ¿Pero gimes en plan mmm, como si comieras un helado D’Onofrio o en plan grrrr, perrea, perrea? Pregunté cuando ya supe que no había moros en la costa. Ni uno ni otro, en plan Dencorub, contestó, calor que penetra, calor que alivia.

Sobretodo penetra, dije yo, ya embalao’. Entonces, ella dijo algo que me bajó toda la moral, de golpe: es que el acto hay que hacerlo bien, disfrutarlo. Y yo, ¿el acto?, y ella, sí, el acto, el acto sexual, y yo, oe, habla bien oe, di tirar, cachar, follar, repeat after me. Ella dijo que nunca había podido decir cachar, en su vida. Entonces, empezando a aburrirme, le pregunte, ¿pero cachas o no cachas? Y ella escribió, que sí, mucho, con uno que había conocido. Cuenta, flaca, rogué, no hay nada en la tele.
Lo suyo surgió cuando quedó con su futuro amante una tarde, para tomar cerveza en la playa, entonces yo vivía sola, en mi depa, después de las chelas, nos acostamos sin más. No lo podía creer, ella que siempre cierra sus e-mails con una bendición en plan que la virgen te acompañe era más perra que yo, lo cual, es bastante saludable y no muy difícil de conseguir, desgraciadamente.
Le hice la ola, y le dije que ya estaba bien de ser una cholita aguantada, que deje que se la follen como a una mona, que la vida es una sola. Ahí, ahí, me dijo, a tirar que el mundo se va a acabar. Y desapareció del chat.

Recordé entonces todas aquellas intentonas inútiles de implantar esa filosofía zen en la mente de mis chicas objetivo. Pasaron ante mis ojos las (pocas, pa’ que nos vamos a engañar) veces que quise llevarme al huerto a aquellas que me hacían temblar las rodillas, esas que me secaban la boca, con las que me salía la risa (más) estúpida, a las que les hablaba con canciones, porque no es que sea mi trabajo es que es mi idioma.
Cuando iba a cerrar la sesión, ella volvió a aparecer y me confesó que ese amante suyo era un ex, como tú flaco, dijo, haciéndome recordar algo que ya había olvidado, a un ex te lo puedes tirar cuando quieras, subrayó, y yo me pregunté ¿Dónde he escuchado eso antes? Hablamos un rato más, siempre de sexo, y ya sin ningún morbo, al menos por mi parte. Me preguntó que cuando fue la última vez que me había enamorado, porque ella sabe que me pasa con frecuencia, y le dije que hace unos meses, pero que no fui correspondido y quedé vestido y alborotado. Nos deseamos suerte, y luego de un muy respetuoso “folla mucho, desde el fondo de mi corazón”, nos despedimos hasta la próxima vez.

Volví a buscar entradas para el concierto de Coldplay, pero la suerte, como en último enamoramiento (Why, Juliette, why?), me dio la espalda. Raphäel había actualizado su perfil de Facebook, me habían contestado en el foro de televisión digital, tenía dos powerpoints nuevos de mamá, mi hermano había subido un vídeo de Pedro Suárez Vértiz, Easyjet me decía que necesitaba mis datos de viajero para entrar en Marruecos. Puse un DVD de Los Soprano y me tiré en el sofá. Cuando Tony le dijo a un policia Grasso, te faccio el culo, cosí, me imaginé a mi vieja amiga intentando decir “ mamá, he cachado más que la coneja de mi abuela” sin ponerse roja como un tomate, y a su viejita respondiendo, con la mayor naturalidad del mundo, ya sé hijita, ya sé; haz como yo: reza dos padrenuestros y asunto solucionado.

Yo adoro a mi madre querida, yo adoro a mi padre también


Zico me ha enviado un vídeo sacado de un canal evangélico (Popular TV), imagino que con la mejor de las intenciones. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa. Hace un mes, días más días menos, él y yo hablábamos de la presión social por crear una familia. Zico es el personaje perfecto para este tipo de charlas amigables y que deberían hacerse con un buen vino delante, porque él y yo venimos de entornos bastante parecidos, y lo más normal (estadísticamente hablando) es que nuestras ideas congenien de forma natural.

Pero no fue así.

Mi amigo me dijo que él ya tenía un hijo, y que yo debía hacerlo también porque la familia es el núcleo de la sociedad desde los tiempos de los Incas y que nuestro deber es afianzarla, y qué mejor afianzamiento que un hijo, ¿no?, mi estimado briso. Me permití discrepar, desde mi posición de single orgulloso, y le dije que tener un hijo porque la sociedad te empuja no era para mí una motivación y que ya estaba acostumbrado a las bromas familiares del tipo ¿qué pasa sobrino, no marchan tus soldados? A las que respondo siempre con un no, tío, soy esméril forever and ever. Además, le dije, si tienes hijos te limitas mucho en el campo profesional, matas la relación de pareja, no puedes quedar con los amigos ni viajar tanto como antes, o sea, dejas de vivir tu vida para adecuarte a la del engendro. Tras minutos de silencio, mi amigo me dijo que esa actitud era muy egoísta, que no traer hijos al mundo para vivir a lo grande era un muestra, más, de mi egocentrismo.
Le contesté que sí, gracias, y que me alegraba que no hubiera olvidado mi teoría aquella en que la tierra giraba alrededor de mí. Reímos y él siguió contándome cosas sobre su hijo, y me sentí feliz porque mi amigo era feliz. Cada uno encuentra la felicidad a su manera, él viendo a su hijo crecer como las abuelas ven crecer sus geranios, y yo paseando por Europa y saliendo al cine sin tener que escoger una película para niños (aunque anoche vi Mamma Mía! just to make her smile).

Debes casarte, briso, ya te estás quedando solterón, me aconsejó, y le respondí que si me casaba no lo haría sólo porque "ya es hora". Eso lo hace todo el mundo, hasta la tía buena. Yo no soy así, brother, le dije, yo no hago las cosas porque ya toca hacerlas. Zico siguió teorizando sobre mi vida, imagino que fascinado por su amigo errante, oveja que quiere escapar del rebaño del señor. Me dijo que no era mi culpa tener ese modo de pensar, que era culpa de la sociedad en que vivía, Europa te ha cagao, decía, ahí las familias están desestructuradas. Le pedí que me definiera esa desestructuración, pero no pudo hacerlo, aunque creo que sé a qué se refiere.

En Latinoamérica, algunas parejas siguen juntas por inercia, por costumbre, por un respeto cojudo al matrimonio y por un temor infame al qué dirán. Algunas mujeres son dependientes (por suerte cada vez menos) de sus maridos y para ellas sería un trauma de grandes proporciones dejar atrás su matrimonio de mierda, trauma económico y familiar, pues su propio entorno la tildaría de “separada” y eso, en el tercer mundo, es un estigma. Si no, mi abuela hubiera mandado a la mierda a mi abuelo, hace siglos. Un separado es un fracasado, un cobarde, un leproso con el que hay que tener cuidado. Los hombres intentan que sus mujeres no trabajen, yo me saco la mierda trabajando, ella que cuide a los hijos, dicen, y así el machismo perdura sobretodo en las clases más bajas, que es también en las que se suele ver al cielo cuando las cosas van mal, esperando que diosito las arregle. Un círculo vicioso.

Mira esto, ojalá te ayude, rezaba el encabezado del vídeo. Lo vi, y confieso que, independientemente del gran respeto y cariño hacia mi amigo que me cree un ser desalmadamente europeizado, me reí un montón, con la tertulia aquella en que el tema principal era la desestructuración de la familia en Europa, donde se casan los gays, y se aprueban leyes de divorcio express, donde se legisla el aborto y donde se apoya la inserción laboral de la mujer, donde se facilita que los niños se envuelvan en actividades culturales mientras los padres trabajan, donde las parejas esperan a tener pan de sobra antes de traer una boca más a este mundo en el que nadie sabe cómo hizo el huevón ese de la barbita para multiplicar los panes y los peces. Milagro, dicen que fue. Milagro es que un chico como yo, criado en un mundo machista en el que el que tiene más hijos es el más hombre, haya sabido encontrar su propia identidad, lejos de lo que decían los amigos, los tíos, papá, y el profesor de religión que se levantó a una alumna y la dejó embarazada antes del matrimonio.

Luis Miguel tuvo su primer hijo a los 36, Zico, me quedan algunos años todavía para alcanzarlo. Ego me absolvo, in Nomine Patris, et Filii et Spiritus Sancti. Somos amigos, y si aguanté tu pezuña durante años, compréndeme, varón, si decido vivir mi vida no como dice la sociedad católica (en cuyo nombre se han cometido las mayores atrocidades de la historia moderna), sino como me sale de los cojones ¿ya? Mándame más vídeos de esos porfa, son más divertidos que los capítulos del Chavo del Ocho, y como diría él: bueno, pero no se enoje.

viernes, septiembre 05, 2008

Hace tiempo, que vivo, sin ella


Has cumplido 26 años, hermanito, y siempre recordaremos tu nacimiento porque llegó después de la última participación de Perú en un mundial. Era septiembre del ’82, y en los colegios todavía discutíamos sobre si a los peruanos les había afectado mucho la noche valenciana, antes del partido contra Polonia. Yo me limitaba a jugar imitando a los ídolos de mi viejo y de vez en cuando me salía una jugada de esas que dejaban a los transeúntes maravillados ante tanto talento precoz. Ese año acabó con los rumores aún latentes que hablaban de la magia negra usada por los de Camerún para derrotarnos, y nuestro abuelo juraba que uno de sus amigos había amanecido con la cabeza vuelta hacia atrás, si eso no es brujería, compadre, decía, dígame usted qué es.

Pasó el tiempo y algunos de los jugadores del mundial anterior, por no decir todos, seguían en la selección. La fase de clasificación para México ’86 nos emparejaba con los argentinos y algunos otros más, a los que despachamos con facilidad. Argentina nos eliminó sufriendo los rigores de nuestro fútbol destructivo, si a eso se le puede llamar fútbol, y vimos por televisión cómo ese Maradona que anulamos a punta de patadas ganaba el mundial y hacía campeones a diez más. Yo me quedé con la imagen de la pierna rota de Franco Navarro y me dediqué los siguientes tres años a imitar su facilidad para golear a los equipos rivales y a las féminas, no siempre en ese órden. Tú, hermanito tenías ya cuatro años, y una tarde mientras nuestro otro hermano y yo discutíamos sobre si Alianza sería campeón este año, te olvidamos en un parque de Arequipa. Un policía te devolvió, cagado, y hasta ahora mamá no nos ha perdonado la travesura.

A Italia ’90 la veíamos ya demasiado lejos. Había surgido una generación nueva de peloteros (aquí nació el término, despectivo, para diferenciarlos de los futbolistas de verdad) que gustaban de la noche igual que sus antecesores, pero que no rendían igual que ellos en la cancha. No recuerdo quién nos eliminó, brother, esos partidos fueron como una gran noche negra. El Perú estaba hundido en un gran apagón por culpa del terrorismo que vivía sus años de más poder y a muchos nos asustaban más las bombas y el caos reinante en el país que el fracaso futbolístico, y nos llegaba al huevo si le habíamos metido uno o dos goles a Colombia. Tenías ya ocho años y siempre estabas con nosotros, eras la mascota oficial de nuestra mancha de vagos, quitándole el puesto al Níspero. El goleador de ese mundial fue un albañil apellidado Schillacci, que no tuvo ningún mérito más en su carrera deportiva.

USA ’94 fue el mundial del desgaste. Entrabas en la adolescencia y ya te podíamos dar patadas jugando al fútbol. Comprendías, como nosotros, que nuestras opciones eran mínimas, a pesar de que Chile había sido castigado por la FIFA al fingir su arquero una lesión cortándose la ceja con una hoja de afeitar. Se habían formado grupos de clasificación, como en Europa. Obviamente, nos eliminaron con mucha facilidad, (hicimos un punto, gracias Pepe) y pasaron Colombia, liderada por un genial Valderrama, y Argentina que ganó en repechaje a Australia con un gol, increíble, de Batistuta.

Estuvimos muy cerca de jugar en Francia ‘98, siempre se lo digo a Sol. Pero ese empate con Ecuador en Lima (maldito Zegarra, siempre te odiaré) nos dejó fuera por un miserable punto. A partir de entonces llegó el declive, imparable. Contratamos como entrenadores a Maturana, Autuori, y lo que es peor: a Chemo del Solar. Los fracasos se acumularon y ahora la FIFA ha publicado el ránking en el que aparecemos como los últimos en Sudamérica. Nunca vi a mi selección ganar, la vi en un mundial, pero entonces yo estaba más atento a las aventuras de Sport Billy y Naranjito, y para el ridículo que hicimos en España ’82, pienso que es mejor que ni yo, ni tú, lo viéramos. Perú nunca más estará en un mundial, a menos que lo organicemos. El fútbol ha evolucionado y nosotros seguimos jugando como en Argentina ’78. Algunos de nuestros peloteros han logrado emigrar, y cuando vuelven al país, les pasa como a mí, que me paso 15 días sin saber dónde estoy y porqué me demoré tanto en escapar. Colombia y Ecuador nos pasan por encima, y si alguna vez fuimos buenos, era porque los demás países se dedicaban a otras cosas (como Venezuela al baseball, por ejemplo). Ahora que todos se toman el fútbol en serio, no nos queda más que servir como relleno en el fixture.

Feliz cumpleaños hermanito, yo creo que el fútbol de Perú se perdió contigo en el parque de Arequipa (o antes). A ti te rescató un policía, a nuestro fútbol no hay dios que lo salve.

jueves, septiembre 04, 2008

El río suena, y ciento volando


No recuerdo quién me dijo que el de la cartera gorda y la mujer del escote no podían estar liados. ¿No has visto a su mujer?, dijo, no tiene nada que ver con la del escote. En ese momento ese argumento me valió para dejar crecer la duda y, con el paso del tiempo, olvidar mi idea de un posible romance entre ellos dos. Es verdad que la mujer del de la cartera ganaba por goleada a la del escote, que de un tiempo a esta parte se vestía cada vez más putón. La mujer era elegante, rubia, en sus primeros cuarenta bastante bien llevados quizá con ayuda de un buen gimnasio y tratamientos de belleza. La del escote, en sus tardíos treinta, se negaba a dejar atrás los veinte y no aceptaba con dignidad el paso del tiempo, escondiéndose en falditas, shorts, jugueteos y actitudes que le quitaban mucha credibilidad y había provocado que su jefe directo soltara en la última cena de empresa al coordinador de marketing un comentario que, sin pedirlo, llegó hasta mi mesa: Si es que parece una puta, joder, con esas medias de mallas y los tacones rojos.

La tarde que la mujer vino a la oficina, bajó como Grace Kelly de su Audi azul, que dejó cruzado en la salida del parking de la empresa. Nadie dijo nada, y los machos cabríos del mundo TEC nos limitamos a ver cómo ella subía las escaleras con la gracia de la esposa de Roger Rabbit. Era tarde ya y yo sólo pensaba en irme a casa, el autobús no llegaba y noté que, una vez más, había dejado mis llaves en el cajón del escritorio. Subí detrás de ella y, juro que sin querer, vi que llevaba tanga debajo de su pantalón de lino, perfectamente planchado, y en mi mente ella ocupó el trono de Mejor Culo del Mundo Libre, que antes ocupaba otra. Le abrí la puerta y entró como si la oficina fuera suya, me extrañó que su entrada no estuviera acompañada de mil flashes, y la voz que no consigo recordar de quién era seguía retumbando en mi cabeza con eco inlcuído: ¿No has visto a su mujer? (er, er, erer).

Cogí mis llaves y salí volando, no quería estar en la oficina por más tiempo. De reojo vi a Grace Kelly llegar a la mesa de su marido, y llevarlo del brazo a la cocina. Me fui pero al día siguiente, mientras comía, supe qué pasó gracias a uno de esos bocachanclas que abundan en mi entorno. Según el informante, Grace Kelly le dijo, con mucha tranquilidad, que sabía lo de la del escote. El de la cartera no negó nada, y dicen que dijo a esa, que te hace hablar, yo le debo las cosas que hace mucho tiempo tu ya no me das, café en mano. El aire se podía cortar con un cuchillo y alguien que quiso beber algo de agua antes de volver a casa escuchó a Grace Kelly convertirse en Lucía Galán y contestar, sin gritar siquiera pero echando fuego por los ojos a esa, ¿qué le puede costar hacerte feliz una hora por dia?, a esa no le toca vivir ninguna tristeza todo es alegria.
- Estás exagerando, brother – digo incrédulo al que me está contando la historia – esto es una canción de Pimpinela.
Puede ser, dijo el chismoso, pero eso fue lo que pasó más o menos. El de la cartera sacó su altivez y dijo si quieres te la presento, y ella, riendo le dijo, sí que venga, y él para qué, y ella para decirle “te lo regalo”, y él ¿qué quiere probar?, y ella, que recoja tu mesa, que lave tu ropa y todas tus miserias. Le dije al informante que se callara, que no podía comer con tanta risa y él se fue, me imagino que feliz por soltar su chisme. Que algo de cierto tendría, porque el de la cartera se ha tenido que comprar otra casa y se ha separado de Grace Kelly, que se ha quedado con el niño, la casa, los coches y los amigos. Él, me imagino, retoza por las tardes con la del escote sin importarle su tardía adolescencia ni que uno de sus ojos mire a Burgos y el otro a Moratalaz.
Los hombres a veces no pensamos con la cabeza y cambiamos la clase por lo chabacano, lo seguro por lo volátil, las tetas por las carretas. Grace Kelly debe estar muerta de risa en su chalet del norte de Madrid y cuando su niño, que es calcado al de "El Orfanato", le pregunte por qué papi no viene a cenar, seguramente le contestará, porque está con Eliza Doolittle, mi amor. Y el niño seguirá jugando, sin entender nada, sobre la alfombra persa, sabiendo sólo que pronto hay que ir a dormir porque viene el amigo de mamá.

miércoles, septiembre 03, 2008

Si tú me dices ven


Tengo la mejor camiseta del bar, y además le he puesto una chapa con la frase “Back in the USSR”. El Cavern está lleno, a reventar, pero hemos conseguido la mejor mesa, y yo ya llevo unas cuantas Pints encima. Mi tío está grabando la actuación de unos argentinos que interpretan temas de la primera época de los Beatles, especialmente del “Live at the BBC”. Canto todas, y mamá baila cuando suena “Twist and Shout”, yo admiro minutos después la capacidad de mimetización del bajista que interpreta perfectamente “A Taste of Honey”. Mi tía admira la piel perfecta de los chicos, y los mira enamorada. Sol se aburre un poco. Voy a buscar un par de pintas más, anuncio, mi tio me da un billete de cinco libras, pago yo, dice y yo me voy contento como un niño que va a comprar caramelos. Hay un busto de John Lennon, una guitarra firmada por él mismo, reproducciones de carteles de los 60’ anunciando conciertos de Gerry & The Peacemakers, una chaqueta de Michael Jackson, un bombo firmado por Ringo, y mil cosas más que distraen mi atención. Tengo los ojos secos y en mi rango de visión nublada aparece una rubia vestida con ropas del Sargent Pepper, adaptadas para realzar su figura femenina. Nice t-shirt, mate, me dice y sé que no tengo que explicarle el significado del Number Nine, bajo la cara de Paul McCartney, ni el mensaje Turn me On Dead Man, que rodea al número. R U the next?, pregunto, y ella dice que sí, y le digo que conozco a su manager. Who? Pregunta, y le explico que conocí a su manager esa misma tarde.

Estábamos perdidos, en Queen Square, y buscábamos Mathew Street. El mapa que nos habían dado en la oficina de información no era muy específico y sólo mostraba las calles principales. Voy a preguntar, dije, y el primero en pasar a mi lado fue un gordito, calvo y amable, que sonrió cuando le pregunté el nombre de la calle. Me preguntó si me gustaban los Beatles, y le dije que sí, que estaba en la ciudad para participar en la Beatle’s Week; me too, dijo, kinda’ I mean i’m really involved in it. Le pregunté si trabajaba en algo relacionado, y dijo que no, que sólo era un fan, pero que un grupo suyo, de chicas, tocaría esa noche en el Cavern y me señaló el nombre (que olvidé dos minutos después) en el programa de actuaciones que él mismo se había confeccionado buscando información en Internet. Le dije que intentaría estar allí, pero dudaba que coincidiera con las chicas, él me dejó en la esquina del Hard Day’s Night Hotel, pues me acompañó hasta allí para que no me perdiera y nos despedimos amigablemente. Estaba feliz de haber encontrado un amigo de Liverpool, y miraba absorto la facahada del hotel cuando por detrás llegó Sol y me espetó, no estás solo, ¿sabes?, hemos tenido que seguirte sin saber a donde ibas.

Traté de contarle todo esto a la chica rubia del bar, pero mi pereza no encontró las palabras en mi diccionario McCollins cerebral. Me dio vergüenza pedirle que me dedicara una canción, y estoy seguro que se fue pensando ya me ha tocado el borracho pesado de todos los conciertos.

Volví a mi mesa con dos pintas de Guiness, y los argentinos ya se estaban despidiendo. Mi tía se había soplado sus dos copas de vino, y tuve que volver a la barra a buscar más provisiones. Desde allí divisé a mi nuevo amigo que, ahora con una camiseta blanca estaba con las chicas, a un lado del escenario, preparando los instrumentos. Dejé en mi mesa el vino para mi tía y una sidra para Sol y me acerqué a saludar a mi amable guía. Por suerte, me reconoció, y la chica rubia no pudo evitar su asombro al comprobar que no solo coqueteaba con ella (que también) sino que además mi historia era cierta. Good Luck, ladies, dije y me senté a disfrutar del show.

Cuando ella cantó “Oh Darling” no pude evitar levantarme (entre otras cosas porque unos alemanes borrachos se pararon justo delante de mi mesa) para ver mejor sus gestos o el movimiento de sus manos sobre el bajo. Me vio desde el escenario y me guiñó un ojo (no sé si en inglés o castellano), en un gesto que me imagino que hace siempre, cada noche, con alguien del público, al azar. No sé si mi tío lo notó, y yo sonreí mandando un beso a la chica, al bajo, a la canción y al momento. Acabó su actuación y fui al baño a mojarme un poco, porque el Cavern no se caracteriza precisamente por su gran sistema de ventilación, y estaba sudando a mares. ¿Nos vamos? dijo alguien y asentí, satisfecho ya por una noche. Fuera del bar encontré a la guitarrista que apuraba un cigarro, la felicité por su solo en “Helter Skelter”, me agradeció y seguí bajando por Mathew Street buscando con mi familia uno de esos taxis ingleses en los que caben 6 personas. Esa noche soné con la rubia que me cantaba mientras yo escribía un libro, los dos in a boat on a river, with tangerine trees and marmalade skies.

martes, septiembre 02, 2008

Blame it to the Boogie


Mariana y el Mongo, el Mongo y Mariana. Se veía venir, dice el Gitano, son igual de aburridos los dos. La chispa parece que surgió en el restaurante Giorgio’s, cuando por culpa de múltiples cancelaciones cenaron solos, un catorce de febrero. No hubo romanticismo ni huachaferías, ni flores ni chocolates, ni besos ni te quieros, se pasaron la noche entera hablando mal de sus amigos y riéndose como locos, molestando a las otras parejas del lugar, que, ellos sí, vivían su amor Candy Candy de cupidos y conejitos blancos. Se bajaron una botella de champagne y aceptaron gustosos las fresas que el dueño del restaurante les regaló, offro io, les dijo, sonriendo cómplice.

Un violinista llegó a su mesa y el Mongo le dijo, tócate Bittersweet Symphony, alargando un billete de 5 dólares. Segundos después los primeros acordes inundaban el lugar y varios novios no pudieron evitar llevar el ritmo con sus cabezas, mientras las novias ponían una expresión de ¿dónde mierda he escuchao' yo esto antes? Mariana empezó a cantar y el Mongo le hacía los coros, No change, I can't change, I can't change, I can't change / but I'm here in my mold , I am here in my mold. Al llegar al final, il crescendo, ambos se levantaron y bailaron como si formaran parte de una película de Fellini. Dejaron un par de billetes gordos en la mesa, y salieron sintiendo ya los efectos del alcohol. La brisa del mar les dio un sopapo y tuvieron que buscar un parque en el que sentarse a recuperar el correcto funcionamiento de sus hipotálamos. O intentarlo al menos. Tirados sobre la hierba, miraban al cielo pobre en estrellas de Lima. Mariana empezó a reírse como una loca, el Mongo se contagió y así estuvieron por más de cinco minutos, uno sin saber cómo parar de reír y el otro sin saber por qué empezó a hacerlo.
- Oye flaca, te acuerdas de la comadre esa de mi universidad? – dice el Mongo, secándose las lágrimas, roto todavía por la risa.
- Sí, sí. La que te compraba cosas.
- Esa, esa. Alucina que me dijo que estaba embarazada.
- Puta, la cagada – dice Mariana y se sienta a duras penas, apoyándose sobre su mano derecha.
- No, no, no pasó nada, con esas me pongo dos condones. Le dije que no podía ser, tranquilazo, y a los dos días me dijo que fue falsa alarma.
- Qué pendeja.
- Pendejaza, la mandé a la mierda, otra vez.
Lo ayuda a levantarse y caminan parque abajo, viendo de reojo a las parejas que retozan entre los arbustos. La policía se emplea a fondo en estos días, es la época en que se reportan más robos y violaciones, sufridas en su mayoría por tortolitos que consumaban su amor entre las sombras y que fueron sorprendidos por algún infame. Mira Mongo, dice Mariana, mira como ese sube y baja el culo como si estuviera bailando un reggae.
La calle por la que vuelven al barrio es famosa como nidito de amor improvisado, incluso en épocas no festivas. Allí se han reunido, según los rumores, hasta presidentes con primeras damas, no siempre del mismo país, y las autoridades han salvaguardado el lugar con luces acordes y flores multicolores. Mariana tropeza, el Mongo la ayuda, siguen riendo y caminando, ahora abrazados porque ya es la tercera vez que el alcohol insiste en tirarlos por los suelos. Doblan la esquina, y les llega el ruido de una fiesta en un local de moda, al que ya no van porque se ha pacharaqueado. El Mongo la mira y nota que uno de los tirantes de su vestido se ha roto y cuelga travieso. Hace calor en Lima, es época de carnavales. Mariana lo mira y le arregla el pelo Nirvana que lleva largo sobre los ojos, te vas a caer otra vez, si no ves por donde caminas, y ahí sí que no te recojo, chibolo. Llegan a casa de Mariana, y ella abre a duras penas la puerta ganándole la pelea a la cerradura bailarina. Entran y se desploman sobre la alfombra persa que su viejo trajo de uno de sus viajes, ¿dónde están ahora?, pregunta el Mongo mirando al techo abovedado, en Zurich, dice ella, viendo no sé qué de unos bancos. Mañana, cuando haya amanecido, ni él ni ella recordarán en qué momento se quitaron la ropa ni cómo llegaron a la cama que mamá compró en New York.

- El Mongo y Mariana - dice el Gitano, todavía al teléfono - son tal para cual, un par de aburridos.
- Pero qué buena está la jodía – dice la voz, al otro lado de la línea.
- Buenaza. Y como te metas con ellos te saco el hígado.

lunes, septiembre 01, 2008

Apóllame, varón


No hay ni una mesa libre. Son de color amarillo, como las paredes, han copiado la asquerosa decoración original del local limeño. En la entrada, una caricatura de un pollo con los brazos abiertos da la bienvenida al Norky’s, y debajo se puede leer pollos al carbón.
En los barrios populares de Lima, y me imagino que en los de todo el Perú, hay una tradición no escrita bastante simple que consiste en que cuando recibes tu primer sueldo, llevas a comer Pollo a la Brasa, a tus más allegados. O sea, te pagas un pollo, como se dice. Yo no lo hice, con mi primer sueldo me compré un par de CD’s de Luis Miguel: “20 años” y “Busca una Mujer” que entonces me recordaban a Magaly con fervor juvenil. Nadie me dijo lo del pollo hasta que muchos meses después, un amigo me preguntó si había llevado el pollo a mi vieja. Intrigado le pregunté si me estaba vacilando y me dijo que no, que eso fue lo primero que él hizo con su sueldo de vendedor de zapatos, en una tienda de la Plaza Castilla. Le confesé que no había hecho nada por el estilo, mamá siempre decía que mi sueldo era para mí, y yo me lo había tomado al pie de la letra, además, en mi casa comíamos tanto pollo que no nos salían plumas de puro milagro. Llévale un pollo, huevas, me dijo, se va a alegrar bastante. Nunca lo hice.

Un pollo, para llevar, le digo al camarero que anota mi pedido en una libreta comprada en los chinos. Si te esperas un toque te consigo una mesa, chino, promete. Olisqueo el ambiente de este espacio de Vallecas, y dudo si sentarme al lado del gordo de la gorra de Pilsen o entre la señora que da de comer a sus hijos. Para llevar, nomás, le digo, gracias. El tipo se va y le pido a la chica de la barra una cerveza para esperar mi festín, porque aunque el lugar sea demasiado perucho para mi gusto, no puedo negar que el pollo a la brasa está bastante bueno. Ella dice ahoritita, y desaparece bailando una salsa de los Latin Brothers. Me siento y aprovecho para ver que en la tele hay puesto un DVD pirata de música negra, y entre las deficiencias del video creo reconocer al Zambo Cavero, entre lo que parece ser una fiesta patronal de una de las mil quinientas vírgenes o de los trescientos santitos inútiles que tiene el Perú. Creo que lleva un hábito del Señor de los Milagros, ¿o es la tele que pone todo de color morado?
La barra del ¿bar? está decorada con botellas de Inca Kola, Pilsen y Cristal, una foto de Sarita Colonia, dos ekekos, y un cactus. Al lado, sobre la caja registradora, cuelga un almanaque con publicidad de envíos de dinero y más allá, casi llegando a la cocina, hay una cesta con revistas latinas. En una vitrina, iluminados, se ven unos vasitos con gelatina y flan, la luz los hace ver radiactivos, y no sé por qué, me entran unas ganas locas de comprar uno. Sarita Colonia me mira, se parece a Ketty.

La chica bailarina vuelve, pero no trae mi cerveza. Pregunto extrañado y ella dice ay, verdad, ahora te la traigo, flaco; agradezco y le digo que no se moleste, que ya no tengo sed, mientras me pregunto si en mi camiseta pone algo así como tutéame nomás, con confianza”. Un par de peruanas de espaldas anchas y cuello inexistente hablan de un marido que no tira bien, hablan a voz en cuello como se hace en España, y me entero que él es seis años mayor que ella, que ya no es lo mismo, que ella se aburre, y que las pocas veces que follan la pobre gorda tiene que fingir el orgasmo. Me muero de ganas de soltarle ¿no te has visto en el espejo, comadre? Agradece las pocas veces que te menean, porque podría ser la última. Aparece una nueva chica bailarina, de ojos negros piel canela, que me llegan a desesperar, y trae mi cerveza en la mano, ¿todavía la quieres? Pregunta, y me imagino que soy el protagonista de una campaña cervecera de verano, que estoy en Naplo, y me la bebo como si fuera un alka-seltzer. ¿Qué le pregunto? ¿Qué le digo? Hace mucho que no veo una peruana guapa, sólo me sale: ¿sabes algo de mi pollo?, y ella, creo que poniéndome una equis mentalmente, se va prometiendo averiguar algo al respecto.

Dos minutos más tarde vuelve a escena el camarero y me dice disculpa, chino, me olvidé venir a decirte que no hay pollo hasta dentro de una hora. Respiro hondo y busco con la mirada a la morenaza que ha desaparecido con tal rapidez que creo que sólo ha sido producto de mi imaginación. Salgo y el pollo mal dibujado me hace adiós con las alas. Me alegro de haber hecho mejores regalos a mamá, cosas mil veces mejores que un mísero pollo a la brasa, aunque para eso tuve que esperar a mi sueldo número 42.

Ryanair (vayamier)


Me he levantado a las cuatro y media. Tengo un vuelo a las 6 y pienso llegar una hora antes al aeropuerto, por si acaso. Tengo miedo a las complicaciones de último minuto, no todos los días un avión explota en la pista de aterrizaje y eso es exactamente lo que ha pasado ayer, cuando hacía las maletas. Show must go on. He facturado en línea y no tengo que hacer cola, es mi primera vez en Ryanair y mis tíos están acojonados porque esta aerolínea tiene mala fama y días antes canceló todos los billetes que se habían reservado a través de agencias de viaje, nosotros no tenemos problemas (los tranquilizo mientras me acomodo la bolsa de viaje, preciosa, que Sol me ha regalado) hemos hecho la reseva a través de su propia web. Están deseosos de llegar, ella ha estudiado inglés durante meses y él hace bromas sobre si veremos a McCartney o a la Drag Queen, en Buckingham Palace.

Todo son risas, hasta que el idiota del mostrador de facturación ve la maleta de mano de mamá y hace un gesto como de vaserquenoseñora, le pregunto si hay un problema y dice no sé si le van a dejar subir con eso al avión. La maleta tiene el tamaño justo especificado, pero mamá la ha llenado tanto que no sé como no ha reventado ya. Esta hinchada por los cuatro costados (la maleta) y nos preguntamos si no sería buena idea facturarla en lugar de la maleta de mi tía, que sólo lleva cuatro cremas y un shampoo. No le hagas caso a ese idiota, digo, y pasamos el control de seguridad sin problemas. Tras unos minutos de deambular por el duty free llegamos a la puerta de embarque y comprobamos que el idiota del mostrador es el mismo que recibe a la gente. En nuestras narices le dice a una pareja que su maleta es muy grande y que no los dejará subir al avión. Me acerco y le pregunto si podemos todavía facturar la maleta, dice que sí, que un compañero suyo está todavía en el mostrador. Mamá y yo corremos, pero sólo ella puede pasar el control y yo me quedo hablando con la mujer policía, que, no sé por qué, pide refuerzos. Mamá vuelve minutos después, sudando, y con su maleta, no había nadie dice casi sin respiración. Cojo su maleta y con cara de toro rabioso, llego hasta el idiota que vería la muerte en mi rostro y nos deja pasar. Sin más.

Los aviones de Ryanair son lo más parecido que hay a un bus tercermundista. Nos sentamos en los asientos que quedaban libres y pusimos las maletas donde pudimos. Mi asiento todavía tenía sudor visible del pasajero anterior y, como el resto del pasaje, no tenía la opción de reclinarme para soñar rumbo a Liverpool. Me puse los tapones para los oídos, pero aún así pude escuchar en dos idiomas, a las azafatas presentarse y señalar las salidas de emergencia. Intenté dormir.
Diez minutos después, los altavoces del avión soltaban la voz del piloto que se presentaba, tarde, y cuando ya había logrado conciliar algo el sueño, a pesar de la mala postura y los dolores que empezaban a asomar en mi cuello. Me importa una mierda como te llames, mamón, pensé, y me puse una máscara para dormir, convencido ya de que aunque era un vuelo a las seis de la mañana, los señores Ryanair no se dignarían a atenuar, aunque sea un poquito, las luces. Más por cansancio que por comodidad, me dormí.

Treinta minutos más tarde, una voz asquerosa anunciaba la venta de loterías, despertando a medio mundo con la promesa de ganar euros, un coche y viajes en esta maravillosa compañía. Qué cutre, dios, dije, pero ella no se inmutó y siguió con la cantaleta de que podíamos ser millonarios. Cuando pasó por mi asiento, rasca rasca en mano, la fulminé con la mirada pero no se le borró la sonrisa Black Hole Sun de la cara. Hija de puta, pensé, ahora sí que no voy a poder dormir. Me quité la máscara de los ojos, y vi a Sol roncar en su posición avión: de lado y con la cabeza apoyada en la mano izquierda. La envidié mucho y la maldije un poquito. Caminé hacia el baño y vi a las azafatas hablar despreocupadamente. ¿Tenéis coca cola? Pregunté, con la mejor de mis sonrisas trasnochadas. La de la derecha dijo espere en su asiento, y la de la izquierda hizo si, ajá, exactamente, con la cabeza. Sin saber qué era lo que había pasado volví sobre mis pasos y me encontré con mis tíos, que me devolvieron mi chaqueta del Bershka, que había tirado al salir corriendo con mamá. Ya en mi sitio, abrí un libro en inglés que había sacado de la biblioteca. Era la historia de una chica midclass que vive en Brooklyn y que tras estudiar becada en un colegio de niñas ricas trabaja en lo que sea, sin saber que eso llevaría su vida por senderos…plop. Me dormí otra vez, con el libro abierto, la boca abierta y juraría que hasta roncaba. Hasta que la voz chillona, que ahora reconocía como de la azafata de la derecha, dijo señores pasajeros no olviden que en nuestro bar disponemos de un amplio surtido de bebidas, frias y calientes, licores y bocadillos. Despertó entonces lo más vil de mi ser y deseé que ella hubiera estado en el avión estrellado el día anterior. Cuando llegó a mi sitio me dijo, ahora si te puedo dar la coca cola, y yo le susurré en inglés al oído, métetela por el culo, pero no me entendió.

Llegamos al aeropuerto John Lennon con veinte minutos de antelación. En los controles había un niño con síndrome de down que hacía pataletas y retrasaba la salida de todos los demás, yo incluido. Le conté a mi tía que ahora se hacían análisis al feto para saber si tendría esa deficiencia, y le confesé sin pudor que si me dicen algo así, le bajo el pulgar al futuro hijo que sólo sería una carga para mí y para la sociedad. Totally agree, me dice, aunque siempre pueden trabajar en Ryanair. Salimos a buscar un autobús que nos lleve al hotel, en el que nadie nos recibe y ni siquiera teníamos las habitaciones preparadas. Esto promete, digo, y todos sabemos que necesitamos, ya, una taza de café.

lunes, agosto 18, 2008

Más sabe el diablo


No puede ser, el payaso no falla, nunca me había fallado. Todo es culpa de la idiota esa, que siempre está diciendo que si su viejo se entera, me va a matar. El Mongo baja por la calle polvorienta, pateando piedras y mirando con asco a todo el que se le cruzaba, dejando salir toda su bronca con los pobres transeúntes. ¿Quién te compra la ropa, compadre? ¿Qué me miras, huevón? ¿Te debo? Tuvo suerte de llegar a casa intacto, aunque el primo de la Charapa estuvo a punto de arrojarle una piedra, por la espalda, como era su costumbre.
Puso un disco de Dolores Delirio, y se tiró en la cama a pensar. Qué mal has quedado, huevas, se decía, una chibola te ha dejado hecho mierda, has sido más rápido que Flash. Recordó a su abuelo, y la conversación que tuvieron cuando el Mongo encontró sus botellitas de la felicidad, mientras buscaba una revista deportiva. Es Ginseng, Jalea Real, Maca y ancas de rana, le dijo, un levantamuertos que me hace mi casera del Callao, para cumplir con las chibolas, buenazo. El Mongo, que entonces tenía 12 años, no entendía nada y el abuelo deslenguado no se guardó nada al momento de la explicación, era su nieto preferido y cada vez que le hacía una pregunta se la contestaba sin miramientos: ¿la vecina está loca? ¿qué es una querida? ¿para qué son estas botellitas marrones?.

Lo sentó en sus piernas y le contó que, a veces, algunas chicas del club de vóley que él tenía (y que había ganado casi todos los campeonatos del barrio), le hacían ojitos y él no las podía decepcionar. Entonces, cuando veía que la cosa no funcionaba, se tomaba un sorbito de su preparado y, listo el pollo, cumplía como los machos. El abuelo siempre estaba sonriente, y las jugadoras (de vóley) llegaban a su casa después de cada partido ganado. El Mongo se guardó el secretito de la virilidad, pensando en utilizarlo como chantaje cuando quisiera algún regalo especial. Pero no fue hasta esa tarde/noche cuando intentaba recordar la receta y la dirección de la casera del Callao para comprar el menjunje, volver a la casa de la chibola y hacerle girar los ojos como si fuera una máquina tragamonedas de la avenida Wilson.

No podía recordar la maldita dirección, y le daba vergüenza preguntar al abuelo. En la universidad buscó algo más de información y una amiga suya le dijo que era psicológico, que tenía complejo de culpa por tirarse a una chibola tan chibola y eso complicaba la situaçao, chochera. El Mongo se quedó un poco más tranquilo, pero le faltaba algo, buscó a una ex y le dijo dime la verdad y quítame esta duda. Ella, dolida aún por la ruptura de meses anteriores, se negó a confirmar o desmentir la temprana impotencia del Mongo, que, acorralado, y sin armas con que defenderse, recurrió a lo más bajo, rastrero y ruin que un ser humano puede hacer. Le dio un par de besos engatuzadores y se la llevó a un hotel cercano a la universidad. De camino recibió un mensaje del Gitano (al que ya le había contado su humillante secreto) en su Ericsson recién comprado: Monguito, dice Mariana que eso te pasa por cacherito. Sorry, vendí tu secreto por un cuarto de pollo.
La cagada.

En el hotel, la ex no opuso mucha resistencia y un par de batallas después, el Mongo recuperó la sonrisa, la autoestima y nos vemos con Los Panchos, la besó en la mejilla, oye que esto ha sido un error, que mejor que no nos acostemos más, tu tienes tu enamorado, blablaba, y la subió en su combi. Mandó un mensaje al Gitano: ya te cagaste huevón, le voy a decir a todos que matas mendigos por las noches.
Volvió a su barrio de mierda y preparó la escena del crimen. Ella llegaría pasadas las seis y el Mongo copió una canción cualquiera en mil post-it. El último papelito estaba pegado en la puerta de su habitación con una sonrisa dibujada. La chibola entró, el Mongo le dijo acércate más, y más, y más, pero mucho más, y ella cerró las ventanas del cuarto, buscando la oscuridad.

Dos minutos después (como mucho), ambos miraban al techo infinitamente insatisfechos.
- Pero con la otra ¿campeonaste? – pregunta Mariana, divertida y ahogando la risa.
- Sí – dice el Mongo – pero con la chibola, nancy.

Salen de Larcomar y bajan caminando por el malecón. Un fumón se acerca y les pide un sol. Le dan una moneda y se aleja diciendo gracias varón, tabuenaza tu gringa. Mariana vuelve a respirar (siempre aguanta la respiración cuando ve un vagabundo) y mientras acaricia la cabeza del Mongo, le dice mándala a la mierda Monguito, ya te lo hemos dicho un huevo de veces. Él, mirando al mar, sólo quiere recordar, como sea, carajo, cuál era la dirección de la bruja del Callao. ¿Era por Sáenz Peña, o por Mariscal Cáceres? Aparece otro SMS. Mariana le quita el Ericsson y lo lee en voz alta, me gustó mucho nuestro remember, flaquito, y se ríe a carcajadas. Esta cojuda no entiende, dice. A lo lejos, esforzándose un poco, pudieron ver un Toyota blanco con las lunas empañadas que saltaba a un ritmo bastante conocido.

La Paloma de Mirella


Allí estaba yo, sentado en mi sofá, aburrido, comprobando que el cable HDMI de mi reproductor DVD se había jodido y preguntándome con quién podría ir a la fiesta de La Paloma, en Madrid. El Nero estaba descartado, tenía apenas un par de días en la ciudad y no lo quería agobiar pues ya habíamos comido juntos esa tarde, con visita al museo Reina Sofía incluida. La China: paso. María tenía no se qué de un cuñado con un quiste, Rubén suele salir con el último metro.

Marqué el número de Mirella, y contra todo pronóstico, hablamos. Me dijo que no tenía ni idea de qué fiesta le hablaba, pero que vendría, así nos vemos y te cuento que viene Betsy. La cosa se animaba, por un lado al fin tenía con quien ir a la fiesta y por el otro tendría noticias de una gran amiga de mi época universitaria: Betsy, mi compañera de chilingui.
Como era de esperar, Mirella llegó tarde y la esperé en el Café San Millán, uno de esos bares de viejos alrededor de la Latina. Martini en mano recordaba la última vez que nos vimos, en el Friday’s, hace casi un año. El Nero y yo nos habíamos acordado de ella esa misma tarde, qué casualidad, Mirella, ah si, me dijo, la que estaba buena, tenía su hija y nunca te hizo caso, briso. Esa mismita. Bajamos por las calles de La Latina hacia las Vistillas, donde estaba todo el cachondeo, de camino le pregunté que qué tal todo, hace un año que no nos vemos. Me contó que se había cambiado de empresa, que estaba harta de la otra y que ahora tenía un novio, francés. Dale mi más sentido pésame, le dije, estar con una peruana, mmm, no sabe en lo que se ha metido. Compramos dos minis, de sangría para mí, y cerveza sin alcohol para ella y nos metimos entre la gente. Cantaba Conchita. Linda ella, con su guitarra y su voz dulce, me hacía olvidar el olor a gallineja frita que invadía el lugar y neutralizaba mi Egoïste de Chanel.

Me contó que Betsy estaría de paso en Madrid, solo un fin de semana, porque la mayor parte del tiempo estaría en Barcelona haciendo una especialización de esas raras que nunca sé para qué sirven. Cuando venga seremos ¿no?, me dijo con su mini de cerveza en la mano, de cabeza, le dije emocionado y brindamos como si todavía estuviéramos en la universidad y no hubieran pasado tantas cosas en nuestras vidas. Noté que me miraba de forma extraña, como comprobando algo, hasta que al fin se animó y me dijo estás flaco, o sea, no flaco, pero has adelgazado un montón en comparación a lo que estabas. Ese a lo que estabas, lo recuerdo sin ningún cariño cuando ella misma me dijo mirándome a los ojos que estaba gordo, causando en mí un trauma mayúsculo, no porque me lo dijera, sino porque comprobó algo que el espejo y la balanza me venían diciendo por entonces. Le confesé el efecto de su comentario en mi auto estima y le expliqué cómo cien tallarines con huevo menos y millones de abdominales más, el resultado lo tenía ante sus ojos negros.

- Lo siento, no quería ofenderte - me dijo.
- Tranquila, incluso te lo agradezco.
- Ahora estás bien, - dijo, guiñando un ojo - en la universidad eras demasiado tela.
- Lo sé. No sé cómo pude ligar tanto, comprendo que no me hayas dado bola, entonces.

Conchita terminó de cantar y bajamos caminando hasta Huertas, donde hicimos una parada técnica para tomar un par de cervezas más, descansar los pies y hablar un poco de todo: los franceses, las relaciones a distancia, los hijos, los padres, los amigos, la universidad, el Perú, Madrid, alquileres, piscinas, playas, el sur de Francia, dietas (y me hizo comer churros, la muy cabrona), taxis, autobuses y el búho, que el L2 te lleva a tu casa y el N10 me lleva a la mía.
Nos despedimos en Cibeles, y al día siguiente le escribí interesándome por cómo había llegado y mandándole una foto de la cantante que amenizó nuestra noche. Me contestó prometiendo llamarme cuando Betsy esté en Madrid.
Ya me imagino esa super juerga que, si es la mitad de divertida que mis noches universitarias, será de puta madre.
Sol llamó y le conté mis andanzas palomeras, hablamos hasta que se acabó la batería del teléfono y entonces me tumbé en mi cama a leer El País. Phelps había conseguido 8 medallas de oro en las olimpiadas y Bolt había batido el récord de los 100 metros, prácticamente caminando.

Ya no llamé a nadie, me dormí, y no sé porqué esa noche soñé que era un camaleón, reptando por las paredes de la universidad del Callao y saltando sobre los cuellos de todas las chicas guapas.