lunes, octubre 06, 2008

Estargüars


Sol y mi hermana yacían en el sofá, después de haber estado bailando salsa toda la noche. Yo, homo sapiens, había preferido quedarme en casa la noche anterior, leyendo, durmiendo y soñando (no siempre en ese orden) después de observar asombrado como Messi y los suyos le habían metido seis al Aleti, dejando a mi tío el ingeniero (hincha del Kun) al borde del llanto.

Mi plan para el domingo era de pequeño burgués: levantarme tarde, comprar El País para ver si allí contaban algo del último accidente de Bayly (no, ni siquiera en el crucigrama), comer a eso de las 2 y salir a pasear por el centro ahora que no hace ni frío ni calor. Quería ver la exposición de Star Wars (o Estargüars, que es como se pronuncia en España) de la planta nueve de El Corte Inglés, y después bajar por Huertas hasta el museo CosmoCaixa para meterme en la historia de los Etruscos, que me había recomendado mi viejo. Sol, desde su rincón, alargaba una mano y se llevaba el vaso de té a la boca, mientras mi hermana me rogaba que le acercara los croissants. Ya no estoy para estos trotes, decía la pobre, siempre envuelta en una manta apestosa que rescatamos del trastero cuando supimos que se quedaba a dormir, las que apestan abrigan más, le mentí.

Compartí mi periódico con las damnificadas de la noche salsera, y después de comprobar que no había nada en la tele y que mi DVD se había jodido por enésima vez (lo devolveré, esta misma semana) anuncié que cocinaría algo en el Wok y me puse a picar verduras. Ellas, palomas agonizantes, aprobaron con un gesto mi iniciativa, y prometieron ayudarme con un siempre dudoso ahorita vamos, tú ve picando la zanahoria.
Después de comer, y del postre, me dispuse a salir a mi encuentro con una galaxia muy, muy lejana. Mi primito había estado el día anterior y por su entusiasmo supe que no me podía perder tamaño acontecimiento. Sol se animó un poco, quiero hacer algo, fueron sus palabras, y salimos hacia la Puerta del Sol, mi hermana volvió a su casa, y según mamá, entró en coma profundo apenas llegó, sin levantarse siquiera para atender las llamadas del Misterioso, que insistía cada veinte minutos.

Me recibió Yoda al salir del ascensor, y vi la mejor colección de figuritas de Star Wars de España. El dueño era un tal Luismi, que para mi suerte estaba allí con una amiga (que se lo quería follar, amos, eso se nota) explicándole todo el tinglado.

- Mira, éste es el soldado imperial que más me mola.
- ¿Cuál, Luismi de mi corazón, cual?
- Éste, - señalando sobre la cabeza del muñeco, a través del cristal de la urna -el verde.
- Ahhh, qué guay.
- Es un prototipo, ni se ha fabricado ni se fabricará, pero yo lo tengo por ser yo.
- Enséñame tu sable láser, Luismi, y llévame al lado oscuro.

Sol desfallecía entre R2D2 y Jabba y me compadecí de la mujer que, contra todo pronóstico, lleva conmigo más de tres años. Vámonos si quieres, le dije, además, si me quedo me voy a gastar todo mi sueldo en estas mariconadas. Bajamos los nueve pisos en el ascensor más veloz de Madrid, y subimos hasta la Plaza Santa Ana, con la intención de tomar un chocolate caliente en La Croissanterie, como hacíamos al principio de los tiempos. Estaba cerrada, y subimos derrotados hasta Tirso de Molina para volver a casa en metro y dejando a los Etruscos para mejor ocasión. De camino me imaginaba lo divertido que hubiera sido poder robar el traje de Darth Vader de la exposición, montar en la línea 1 en dirección a Vallecas y asustar a todo el mundo. Los niños hubieran alucinado y sus padres se hubieran hecho mil fotos conmigo: unos siendo ahorcados, otros fingiendo peleas con sables láser, otros abrazados, en plan futbolista.

Ya en casa Sol preparó algo de chocolate y esa fue nuestra cena. Vimos un capitulo de House y nos fuimos a la cama. Segundos después, ella dormía y por un segundo (no más) me puse en su lugar imaginando lo que siente cuando yo hago lo mismo, casi todas las noches, y no le doy opción a contarme las mil y una tonterías que tiene en la cabeza. Le hablé mientras dormía y le confesé que quería robar un C-3PO, que compraré un traje de Darth Vader, no, mejor de soldado imperial, y que ella, siempre, será mi única princesa Leia, y viviremos en Tatooine.

jueves, octubre 02, 2008

La calientavohues


Willy siempre se tocaba la nariz, no sé si porque dudaba de su limpieza, o si era verdad lo que decía Tomy: que era un efecto secundario de su afición a la cocaína. Llegaba a la oficina a eso de las 9, pero su andar desenfadado y su infalible sonrisa hacían que tanto la dueña de la editorial, como su marido, le dieran una palmadita en la espalda como único castigo. Lourdes estaba enamorada de él, desde siempre, pero él decía que no pasaba nada, que eran amigos, y siempre se les veía pasear por Lince, tomando juguito de papaya o comiendo salchipapas. O sea, amor misio, pero pagado por él, always. Tomy y yo lo llevábamos por el buen camino y lo animábamos a seducir a Lourdes, que tiene cara de vieja, sí, pero es lo que tienes a mano, huevas, apúrate porque el Fernando cualquier día te atrasa. Willy, no sé si caballeroso o huevón de campeonato, prometía siempre que, este sábado sí, sin falta, se llevaría al catre a la carevieja, después de sus habituales bailes en una discoteca de la avenida Arequipa.Pero no le hacía ni cosquillas.
Cuando Willy se compró su primer carrito, un Ford, hicimos que nos llevara a Kahuna’s. eran otros tiempos y entonces la discoteca era frecuentada por gente bonita y nosotros no podíamos ser la excepción. El pobre aceptó encantado y prometió que Lourdes vendría, y entonces sí, cuñao, me la hago como sea. El “como sea” me asustó un poco, la verdad, pero me apunté a la juerga esperanzado de encontrar algún famoso entre la gente, a la dalina chiquita bailando en bikini, por ejemplo, o en el peor de los casos a Maricielo Effio con un pareo ceñido a la cintura. Como sea, cuñao, como sea, seguía diciendo Willy mientras se alejaba por la avenida Salaverry, y Tomy y yo esperábamos la combi asesina que nos llevaba de vuelta al Callao.

Esperamos a Willy en la avenida Brasil, pensando en bajar luego por el zanjón hasta la Panamericana Sur. Ya me veía yo bailando entre la farándula y me imaginaba mi caramelo impreso a todo color en la sección “Gente” de El Comercio o Caretas. Cuando el Ford verde llegó a la esquina lo primero que saltó a la luz fue que Lourdes no estaba, tenía cólico, la excusó Willy, mientras se tocaba la nariz. Subimos y el ruido de Rick Astley nos envolvió.
Never gonna give you up
Never gonna let you down
Never gonna run around and desert you
- No importa huevón, - consoló Tomy, amplio conocedor del sector de los plantones – hay un huevo de hembritas en las discotecas del sur.
- ¿Qué? –luz verde, primera, acelerador – me llega al pincho, chato. Manya tengo un Fiorucci nuevo.
- Qué ficho.
- Cool – certifico, por decir algo.

Salimos del zanjón y estamos ya en la Panamericana. La oscuridad nos deja ver sólo las luces lejanas de alguna de las miles de barriadas que hay fuera de Lima, pueblos jóvenes con gente que ha venido del interior y se ha establecido en sitios sin agua ni luz, esperando que algún día el gobierno se compadezca y le de a su invasión el status de asentamiento humano. Willy cambia el casette y pone uno de Cindy Lauper, ¿eso es para maricones, no? pregunto, desparramado en el asiento trasero mientras Tomy juega con el volumen de la radio, que debe ser de 1984.
Así nos sorprendió la explosión del neumático, cagados de risa, y soñando con bañarnos en espuma en el sur de Lima.
Bajamos a ver el daño, pero la oscuridad nos impedía ver si era un hueco pequeño, grande, o habíamos atropellado un puerco espín. Descubrimos, sin mucha admiración, que el vendedor no había incluido gato, y tuvimos que levantar el chasis usando nuestras propias manos, mientras Willy cambiaba la llanta. Apúrate oe, gritábamos, pero nuestros gritos se ahogaban con el ruido de los coches que volaban buscando fiesta.

Media hora después retomábamos el viaje, pero ya sin esperanzas de llegar a Kahuna’s. Desestimé la idea de bailar al lado de Leslie Stewart y propuse parar en la primera discoteca que encontráramos. Nos recibió Thalía:

Eres piel morena
Canto de pasión y arena


- ¿Cuándo te la dio? – preguntó Tomy al ver una foto de Lourdes, que Willy sacó del bolsillo
- Anoche, se va de la empresa y me ha dicho que con eso la recordaré.

Llegó nuestra jarra de sangría y Willy metió dentro la foto de la carevieja, pa’ darle más sabor, dijo. Después del segundo trago, como los gusanos del mezcal, dejamos que Lourdes siguiera dentro del trago y seguimos bebiendo con la misma alegría de siempre. Te queda poco tiempo, brother, si no te la haces ahora, se te escapa de las manos. Mi amigo parecía ya saberlo, pero no le importó, bebió un poco más de sangría con Lourdes y se limitó a decir ojalá no reventemos otra llanta porque volvemos a Lima con la de respuesto, pirañas.
Un par de horas después, y en vista de la poca calidad del ganado zafamos culo, subimos al Ford y bostezando, a más de cien, contamos las luces para volver.

Bajé en Lince y me subí a un taxi, antes de que el Ford (o Willy) explotara. El taxista me preguntó que qué tal la noche, a mi amigo lo han shoteado, dije, una calientavohues, y está hecho mierda. El morenaje, gran pensador, movió su espejo retrovisor y me enfocó con él como si fuera una cámara de cine, tras unos segundos de silencio me dijo, un clavo saca otro clavo, chino, dile a tu pata que por un culito no se llora, y menos por el de una estrecha. Subíamos por la plaza Bolognesi cuando compartí ese axioma con Willy, por SMS.

miércoles, octubre 01, 2008

El uno, la otra, el perrito y la calandria


Mariana llega tarde a la cita con Charo, pero no importa, porque Charo llegará mucho después. El pub es bastante oscuro y a los dueños no se les ha ocurrido mejor idea para atraer jóvenes que poner videoclips en todas las pantallas. Frente a su mesa, Mariana puede ver cómo el negrito de 2Unlimited se mueve siempre igual, sin importar qué canción sea la que suene, menos mal que no se escucha nada, piensa. Algo vibra en su bolso y comprueba, una vez más, que es un mensaje de Pedro. Opciones de mensaje, borrar, confirmar, sí. Se conocieron en un despacho de abogados, una tarde en que ella hacía unas gestiones para papá, y él, estudiante en prácticas, quedó estúpido para siempre con su voluptuosidad. Obviamente las gestiones fueron realizadas con esmerada prontitud, tanta, que papá dijo algo así como tú te vas a encargar de esto Marianita, y cada mes tendrás 300 dólares más en tu cuenta. Era un buen trato, sólo había que llevar unos papeles dos veces al mes al despacho ese, donde encima, la atendían como si fuera la hija de Vladimiro Montesinos.

Pedro la esperaba cada quince días con sus documentos sellados, oleados y sacramentados, y le invitaba un café que ella rechazaba siempre. Mariana se limitaba a sonreirle como se sonríe a los súbditos y cuando el pobre leguleyo le confesó su más profunda admiración, ella se limitó a agradecer el detalle, qué lindo eres, Pedrito, pero esos chocolates se los das a tu tía mejor. Otro mensaje. Borrar, sí, cánsate, cholo. La puerta del pub se abre y Charo ve como Mariana guarda el teléfono con rabia dentro de su bolso de piel marrón. ¿Me ibas a llamar? pregunta, si sabes que siempre llego tarde. Mariana le dice que no, que sólo estaba borrando un mensaje, de ese que te conté, el tío que quiere acostarse conmigo, porque no creo que quiera otra cosa, le he dicho que estoy feliz con el Mongo, pero él insiste, dice que se conforma con ser el otro.

- Yo me lo tiraba – afirma Charo, innecesariamente – la vida es una, y tú misma dices que el Mongo no es muy bueno en la cama.
- ¿Cuándo te he dicho eso, oye?
- A mí no, a otra, pero todo se sabe, honey. Tírate al becario ese y se acabó.

Mariana pide un té inglés, y un muffin, Charo pide milkshake (y escupe un poco cuando pronuncia shake).El camarero mira sin pudor el escote de Charo, que a pesar del frío ha dejado al viento gran parte de su anatomía. Ella le devuelve la mirada y él se va, creyendo equivocadamente que tiene una mínima oportunidad, no le des alas, al pobre, eres una mierda, oye. El muffin está caliente y Mariana no pierde tiempo en morder un buen trozo, Charo se aburre, pero no se resigna a perder un tema jugoso.

- Y el Pedro ese, ¿está bueno?
- No está mal – muffin, té, muffin – pero es un poco cursi. Me regala cosas, es todo piropos, y es lo mejorcito de ese despacho lleno de viejos.
- ¿Entonces – sorbo al milkshake, limpiar labios con la lengua - cuál es problema?
- El Mongo, si él no existiera, sería otro cantar.

Suena el teléfono. ¿Es él? Mariana asiente con la cabeza, y Charo: pásamelo, pásamelo. Mariana dice hola, justamente estaba pensando en ti. Charo se tapa la boca y ahoga unas carcajadas, Mariana le hace shhtt, con un dedo sobre los labios, trabajando mucho, dice, no tengo tiempo para nada. Charo roba un trozo de muffin, poco, porque no quedaba más en el platito que su camarero enamorado ha dejado sobre la mesa, dile que venga, susurra, y Mariana la mata con los ojos. No sé, no creo que pueda, tengo las tardes a full, ya te llamo yo. Cuelga y se siente mal, por qué no le digo de una vez que nunca voy a salir con él, piensa en voz alta, hacerlo sería como decir, mira, aquí estoy, con las piernas abiertas ¿no? Charo se compadece y le dice no seas cojuda, no creo que piense eso, igual sólo quiere ser tu amigo. Pero Mariana sabe que no, que ha estado muy cerca del dulce abismo y de allí no se vuelve a la amistad, que si sigue adelante traicionará al Mongo, que pensándolo bien se lo merece porque hace meses que ni la toca. Fácil que quiere ir al cine, o a tomar un par de chelas; un chape nomás, y ya, sigue Charo, ignorando, como siempre, que es ignorada. Me voy flaca, dice Mariana y sale del pub sin más.

Saca el teléfono que le regaló el Gitano (¿qué sera de su vida?) y llama al Mongo, ¿Dónde estás, qué estás haciendo? Él le dice que en casa, estudiando para el examen que te conté. Ella le desea suerte y le pide que baje a su casa, aunque sea un rato, y pedimos una pizza o algo. Él no promete nada, ya te llamo, le dice y cuelga. A su lado, la niña lo mira a los ojos, y le pregunta que quién era, Mariana, le dice, pero no importa ahora, y la deja que vuelva a trepar sobre su pecho y que lo bañe con sus cabellos sueltos con olor a shampoo Ammen, ¿la quieres? pregunta ella, con toda el alma, bésame chibola, contesta él, y apaga el teléfono.

viernes, septiembre 26, 2008

Los Nisei de Trujillo


El primo Coqui, montado en su burrito llegó del norte a la capital. Mis abuelos, como siempre, lo recibieron con los brazos abiertos pues tanto él como su hermano mayor gozaban de la simpatía general y los veíamos con la condescendencia sana y adorable con que se ve a los primos de provincia. Mis tíos, seres con la crueldad porteña a flor de piel, jugaban a bañar al primo mayor: agarra al Chino, gritaban, y lo perseguían por toda la casa. El pobre Chino corría para mantener intacta su virtud, se escondía debajo de las camas, en el ropero, en cajas vacías, con los conejos, en el techo, pero cuando quiso esconderse tras las faldas de la abuela ésta lo metió de cabeza en la ducha, cerró la puerta y le dijo de ahí no sales hasta que te bañes.
Desde afuera se oía caer el agua y los alaridos del primo que con sus interminables, ay, brrr, ayayay nos convenció a casi todos de que estaba, al fin, limpiando sus ya cauterizados poros. Pero uno de mis tíos, el que miraba desde lejos con los brazos cruzados, no se tragó la farsa y en un descuido de la abuela pateó la puerta del baño y todos vimos como el Chino estaba sentado en el suelo, representando su papel, mientras el agua de la ducha se estrellaba contra la pared limpiecita.

Coqui y el Chino eran niseis, o sea, hijos de un japonés con un lugareño. La lugareña era su madre, hermana de mi abuelo y famosa por nunca haber sido vista, por ningún ser humano, sacando dinero de su bolsillo. Cada vez que la tía Juana bajaba a Lima, sus retoños la esperaban quietos, como dos corderitos. No es que se caracterizaran por ser extremadamente inquietos, pero cuando su madre estaba por llegar, ellos presentían su presencia, su aura, su Qi, e inmediatamente se peinaban como los gatos (literalmente) y se sentaban en el salón a leer La República, como buenos trujillanos apristas que eran. La tía abría la puerta y yo la veía descargar el contenido de su mochila ante mi abuelo, ignorando a mi abuela y dejándonos a todos los demás a la inútil espera de, a ver si ahora, soltaba un regalito la vieja tacaña ésta. Coqui y el Chino volaban a los brazos de su mami, y mi abuela salía disparada al mercado, de donde volvía diez minutos después con la bolsa de la compra reventando (nunca pude ayudarle a levantarla) y lista para cocinar, de mala gana, comida para veinte personas.
Una de esas tardes, mientras comíamos ollucos, la tía Juana le dijo al Chino el próximo mes te vas a Japón, ya lo hablé con tu papá, allá hay trabajo, no es necesario que mandes plata apenas llegues, puedo esperar una semana. El Chino la miró con sus ojos de ninja y nunca supe si su gesto era de alegría, tristeza, melancolía, o simplemente se había atorado con un trozo de charqui. Un mes después se fue a Narita, y nunca más volvió. A mi abuela le mandó un reloj de oro que segundos después se perdió en su ropero mágico, y a la tía Juana le regaló un equipo de sonido Sony, que usó para trancar la puerta de su casa.

El Coqui quería ser abogado, como Alan García, y por eso se quedó en Lima. O esa fue su idea inicial, pero me imagino que al ver el comportamiento de los demás, delincuentes juveniles en potencia, prefirió volver a Trujillo y bajar a la capital sólo para el veranito, no me vayan a malear estos limeños. No hablaba mucho, y yo a veces me lo imaginaba en un juicio, siendo despedazado por el fiscal del estado en el caso de Mamani contra Heredia, por la herencia de un latifundio. Veía a Coqui sentadito, en una esquina con camisa blanca y comiendo queso trujillano, soltando un tímido protesto su señoría, de vez en cuando, sólo para que recordaran que estaba allí. Dicen mis tías que un verano el Coqui se enamoró de la hija de la frutera, una morena de ojos bailarines que siempre nos daba las mejores manzanas. Una tarde, cuando el mercado cerraba, vieron al Coqui mover cajas de fruta con una agilidad hasta entonces desconocida, mientras la hija de la frutera desaparecía del lugar. El pobre trujillanito repitió la faena durante casi una semana hasta que descubrió que mientras él recogía los mangos el negro de la pescadería le arrimaba el plátano de la isla a su amada, que por lo que decían mis tías, no ofreció resistencia y recibió la fruta con pasión.

Fue el fin de sus ilusiones y meses después metió sus cuatro polos en una bolsa de Saga Falabella y se subió en el primer avión rumbo a Tokyo, para encontrarse con su hermano querido que ya estaba casado, se había reproducido, y hasta se bañaba todos los días, porque aquí Coquito, sale agua caliente de la ducha, te lo juro por Chiquitoy.

La tía Juana se quedó en Trujillo, decía que en Japón había mucho japonés y ella ya había conocido uno, lo suficiente, como para conocer a los demás. Dicen mis tías que de vez en cuando las llama (a cobro revertido) y les dice que el Coqui ha crecido, pero sigue igual del cojudo que siempre, un caído del palto es.

miércoles, septiembre 24, 2008

Murphy in da House


Murphy se ha casado y casa quiere. Le ha echado el ojo a una casita en San Borja, de 180,000 dólares, que a juzgar por las fotos, tiene muy buena pinta. El barrio parece tranquilo, y se puede uno imaginar en sus calles a niñas paseando en bicicleta y a abuelos leyendo el periódico en un parque cercano. Mi amigo no sabe que sé que se ha casado, no me dijo nada, y no me extraña pues su única conexión con mi realidad sería a través de la China, y con ella no hablo (nota mental: tengo que llamar al Nero).

Una hipoteca une más que un hijo, pero me imagino que en Lima, donde el novio paga siempre casi todo, incluso cuando se va al cine, los papeles de la casa estarán a nombre de Murphy, que firmará con su mano bionica el título de propiedad.
Cuando mi hermano y yo compramos el piso en Alcalá de Henares nos cegamos por la ilusión y todos los papeleos fueron insignificantes hasta que, por fin, firmamos las escrituras ante un notario que leyó con una velocidad increíble las veinte páginas del documento. Nos mirábamos el uno al otro, entre asustados y emocionados, y cuando el notario preguntó si todo estaba conforme, un acto reflejo inculcado en nuestros años de colegio militar nos levantó de golpe, y contestamos “¡sí, juro!” con el mayor fervor patriótico que ese despacho de abogados había visto jamás. Murphy, está programado para regatear (a no ser que la riqueza le haya actualizado el firmware) el precio final y antes de instalar sus máquinas de recarga de protones en el sótano, pedirá a un amigo electricista que le haga el cachuelo de cambiarle la instalación eléctrica, no quiero que vuelen los plomos de todo el barrio, cuñao, dirá, quiero que mi laboratorio pase desapercibido.

Cuando mi hermano y yo llegamos al piso nuevo, los antiguos dueños habían quitado todas sus cosas, y, en una muestra mayúscula de tacañería, se llevaron hasta los interruptores de luz y un par de focos. La casa parecía parte del decorado de El Pianista de Polansky, y antes de desmayarme por la impresión salí volando hacia el Ikea más cercano y compré unos muebles que, por suerte, a mi hermano le encantaron. Esa misma noche mi familia vino de visita y organizamos un pequeño brindis para celebrar la conquista. Cuando uno de mis tíos dijo que éramos los primeros solteros de la familia en comprar una casa, comprendimos un poco mejor la magnitud del hecho, y otra tía nos señaló con tres palabras el camino para vivir tranquilos: trabajo, trabajo y trabajo. Cuando todos se fueron, mi hermano y yo hicimos un último brindis, deseándonos suerte en la nueva aventura y nos fuimos a dormir sin más. Sol estaba conmigo esa noche y antes de que yo empezara a roncar me preguntó si estaría bien en su ausencia, creo que sí, le dije, pues no sabía aún que, meses después, cuando llegó mi cuñada, la vida me daría un vuelco asqueroso. No creo que Murphy cometa el mismo error. Seguramente la casa será sólo para él y su robotina, e intercambiarán procesos y flujos de datos por cada rincón y compararán el frio del piso, con el hielo del polo sur. Murphy llegará del trabajo y escuchará música, leerá un buen libro y de vez en cuando sonreirá recordando nuestros días de cine. Yo no le diré a nadie que fue Arturo el que me contó lo de su boda, pero sí me gustaría que mi amigo supiera que espero que su aventura hipotecaria termine mucho mejor que la mía. Al menos, por lo que veo, él tendrá dos plazas de garaje.

martes, septiembre 23, 2008

De día, beata. De noche, gata


Perdí de vista a Jorge cuando dejamos la universidad, él pensaba en poner un negocio y yo estaba (como ahora) perdido en mis dudas. Nuestra amistad fue legendaria en época universitaria, y, ahora que empezaba a dedicarme realmente a intentar recuperar las amistades perdidas decidí llamar a su casa e invitarlo a compartir un par de copas, en algún bar, mientras recordábamos épocas más felices.

Tuve mala suerte, ya que al otro lado de la línea telefónica no estaba mi amigo, sino su mujer: María de los Angeles. Mary pa’ los amigos y para quienes creemos que su nombre es el colmo de la ridiculez. Hola, digo, ¿está Jorge?. Me dice que no, y de inmediato pregunta, ¿quién llama? Quizá esta vez haya reconocido mi voz, pero siempre hará la misma pregunta, así me han enseñado, pues, dijo una vez, aunque sepa quién es no puedo ser tan confianzuda. Le digo mi nombre, y ella, super educada en colegio religioso, me dice hola, oye, a los años que sabemos de ti. Han pasado años, es verdad, los mismos que he echado de menos a mi amigo, los mismos que he vivido feliz sin tener que soportar a la ladilla de su mujer, que me enerva con su sola presencia. En un principio creí que era cosa mía, que quizá ella era víctima de una de mis extrañas animadversiones sin razón de ser; pero cuando se lo conté a un amigo en común me quedé más tranquilo con su dictamen: esa cojuda se cree la mamá de todos, dando consejos, por encima del bien y del mal, a la gente le llega al pincho y me alegro que a ti también.
Esa confesión fue un soplo de aire fresco a mi corazón, que moría por el complejo de culpa, mi amigo siempre había criticado a las chicas con las que salía, y yo, en cambio, nunca me atreví a decir ni una palabra contra Mary, aunque mi diablo interior se moría de ganas de darle una patada en la ingle.

- Jorgito se va a poner feliz, cuando le diga que le llamastes, ¿Dónde estuvistes?¿Te perdistes?
- No, no, para nada – digo, disimulando, haciendo como que no me importa lo mal que habla – sólo soy un ingrato del demonio.
- Hay no digas eso, flaco – horrorizada – es blasfemia, más bien refugiate en el Señor, él guiará tus pasos.

La imagino entonces corriendo a besar sus imágenes de Karol Wojtila, Ratzinger, el Señor de los Milagros y la Virgen de Luren, entre otros.

- Me refugio, me refugio. ¿Cuando vuelve Jorge?
- Jorgito ¿dices?
- Whoever.
- Ay que gracioso te pones cuando hablas en inglés. ¿te acuerdas la fiesta esa en que cantastes? Nadie te entendía oye, o sea casi nadie, Jorgito y yo sí, porque Sor Matilde me enseñó un poco de inglés, pero los demás te miraban como perdidos.
- Como diciendo ¿qué mierda canta éste?
- Ay, qué mal hablado eres, flaco. Intenta controlarte ¿ya? – me pide, y cambia su tono de voz – no te olvides que estás hablando con una señora ¿ya?

Como no puedo ver su cara no sé si está bromeando. De sobra sabe que sé que cuando se peleó con Jorge lo primero que hizo fue salir con un ex, un camionero de mierda con el que seguro rompió algún mandamiento. ¿Señora? Me digo que esta vez no la voy a mandar al diablo (que para ella sería lo peor que le pasaría, convencida de haberse ganado el cielo yendo a misa cada domingo), resistiré. ¿Cuándo vuelve Jorge? Pregunto. Jorgito, me corrige.
Respiro hondo, como aprendí en mi única clase de Pilates que, mira tú por donde, sirvió para algo. Dile que llamé, porfa, y que intentaré hacerlo otra vez. Me despido, pero ella no me deja escapar, como esas abuelas a las que les preguntas una dirección en la calle, y te cogen del brazo y te cuentan que en esa calle se le declaró su primer amor, allá por 1946, hijo, eran otros tiempos.

- Oye, flaco, ¿te acuerdas de Mariela? Se casó pues, y Dios la ha bendecido con dos niños preciosos.
- ¿Quién?
- Mariela, si salistes con ella un par de veces. ¿No te acuerdas? Hacían tan buena pareja, siempre le dije a Jorgito: me encantaría que el flaco volviera con Mariela”, pero tú nada que ver. Un tremendo eras.
- Ya me acuerdo – concedo, más para que se calle, miro el reloj y veo que han pasado cuatro minutos. Debe ser un récord – me alegro que esté bien, ya llamo otro día.
- ¿Estás ocupado? Parece que te quieres librar de mí, oye.
- Quiero – digo, hasta el pincho, y la remato: - es que hablas más que una cotorra.

A través del hilo telefónico oigo su respiración agitada. Me imagino sus ojos de loca mirando el auricular con odio, intentando matarme y deseándome todo lo malo, todo eso que su diosito le prohibe desear. Va a explotar, me digo, y por eso no cuelgo, porque espero, quiero, que me insulte, quiero que comience una batalla de exabruptos que estoy seguro ganaré. Sigue respirando como si la hubiera perseguido Lucifer, como si hubiera perseguido ella al Papamóvil en plan fan enamorada, y al fin explota: eres un maleducado, cambia, oye.
Me esperaba más, no sé, que me hubiera llamado mierda o miserable, algo más contestable, algo que me hiciera al menos fingir un poco de indignación.
- Cambia ¿ya? Una intenta saber de ti, de tu vida, y tú me cortas así, no es justo ¿ya? No es justo, ay, cuando le cuente a Jorgito seguro que deja de hablarte, - me amenaza – apenas vuelva le cuento. Enmienda tu camino flaco – se pone en plan madre Teresa – deja que la paz del Señor te acoja.
- ¿Qué paz? Oye, huachafa. – respondo, sin gritar - dile a Jorge que llamé, por favor. No sé si volveré a hacerlo porque seguro que le dirás que no me hable y él, cojudo al cubo, te hará caso. Le dirás que me he burlado de ti, de tus virgencitas y toda tu mierda religiosa y el pelele ese me escribirá un e-mail diciendo que he herido sus sentimientos al meterme contigo. La paz del señor sea siempre vosotros, podéis ir en paz. Hare krishna – y cuelgo.

Tiro el teléfono al sofá y busco en mis fotos a mis amigos de universidad. Jorge aparece sonriendo, y me doy cuenta que también está Mariela, rubia y con cara de mala. Recibo un mensaje en el Nokia, es mi hermana que me invita a su próximo cumpleaños. Sol entra al salón y me pregunta que con quién hablaba, con nadie importante, contesto, y agrego más información ¿recuerdas ese amigo del que te hablé? Resulta que he perdido su teléfono, y no creo que nos volvamos a ver. No sabe si consolarme, y me pregunta por mi última cena con amigos, muy bien, le digo, Laura estaba guapísima, su embarazo daba tanta ternura que te entraban ganas de abrazarla.

lunes, septiembre 22, 2008

Sin ti, niña mala


Estoy tirado en mi sofá azul, en posición fetal, intentando ver la tele sin marearme. La noche anterior estuve cenando en un restaurante mexicano con varios amigos, a los que no veía hacía mucho tiempo. En el restaurante había pintado un mural en el que mexicanos famosos estaban representados dentro de un ring de box, o de lucha libre, según se vea. Cantinflas, el Chapulín Colorado, Quico y Vicente Fernández son los únicos a los que logré reconocer. Varias jarras de margaritas y 180 euros después salimos del restaurante y tras un intento fallido de seguir de juerga volvimos a nuestras casas. Todos contentos y, en mi caso particular, en búho y algo borracho.
Cambio de canal y no hay nada interesante, suena el teléfono y cuando intento saber quién es escucho mi propia voz, con eco, y unas risas. Mamá me dice te hemos despertado, cariño, y yo le digo que no, que no pasa nada. Mi hermana me explica que llamaban sólo para probar el manos libres de su nuevo teléfono, entonces los odio un poquito y les digo que ya hablamos luego, y cuelgo. Tengo que limpiar un poco, pienso, pero sigo tirado en calzoncillos y veo que la noche anterior fui dejando un rastro de ropa al entrar en casa: los zapatos en la entrada, los pantalones en el baño, la camiseta de los Thundercats en la alfombra de la habitación. Me duermo otra vez.

Despierto varias horas después, como algo rápido y decido salir a que me dé un poco el aire. Aprovecho para comprar unas cosas en el Carrefour, donde las cajeras se extrañan de que, aún dentro, siga con mis Ray-ban puestas. ¿Tiene tarjeta club? Me pregunta una, y le digo que no con un movimiento de cabeza, firmo el recibo y salgo intentando balancear mi peso con las bolsas de la compra. Bajo el puente de Vallecas hay algo que parece ser una concentración de heavys, todos con melenas, sucios, vestidos de negro y encorvados. Paso entre ellos y su hedor a pelo sin lavar me marea aún más, la luz verde del semáforo parpadea, cruzo corriendo y la puta migraña aparece de nuevo. En casa, bebo leche con té, como dos bollos y me meto un ibuprofeno de 600 miligramos. La ropa vuelve a volar.

En la tele aparece una noticia del foro social de Malmo, a donde Sol se ha ido a trabajar de intérprete, hay imágenes de disturbios callejeros por parte de los antisistema, y represión policial. La llamo pero tiene apagado el móvil, le escribo un e-mail sabiendo que ya no lo leerá hasta que vuelva a casa, pero al menos así me quedo más tranquilo. Ana aparece en el Gtalk, holaaaaaaaaaaaas, escribe, muy buenas, respondo, y cierro la sesión. Que le den, no estoy de humor. Me aburro, pienso en la gente a la que no veo hace mucho, y la primera que viene a mi mente es Verónica. Escribo su nombre en Google y pulso el botón “Voy a tener suerte”. Aparece un enlace con el encabezado “la colita de Verónica tiene fanáticos”, y como estoy totalmente de acuerdo (si hubiera un fan club me uniría encantado), le envío el enlace a mi amiga, para que sepa que me he acordado de ella aunque nunca le escriba. Me siento mal por haber dejado a Ana con la palabra en la boca, me sirvo un martini para sentirme mejor. Pongo “Funny Games” de Haneke en el DVD, la original, no el remake, y saco algunas ideas para mi próximo día de aburrimiento. Cuando termina la película vuelvo a mi cama y me duermo otra vez leyendo un libro de Marsé: “Últimas tardes con Teresa”.

El domingo amanece lluvioso, así que me imagino que se cancela el partido de fútbol que tenía programado con unos amigos. Compro El País y veo cómo Nadal destroza a Roddick en la Plaza de Toros. Me llaman para ver el partido del Real Madrid en un bar de Carabanchel, pero no tengo ganas. Cuando deja de llover salgo a caminar un poco antes de que se sequen las calles, me gusta el olor a asfalto mojado y a hojas secas pisoteadas. Leo la entrevista que hace Elvira Lindo a Penélope Cruz y me asombra que haya escrito que la mandó al carajo en un hotel de Londres. Yo hubiera hecho lo mismo, pero sólo porque no soporto a Elvira Lindo, ni a Isabel Coixet, ya que estamos en plan confesionario. Vuelvo a casa y veo que Ana me ha llamado al móvil, mierda, pienso, no es la llamada que esperaba. Veo mis correos y una amiga que me ha pedido que no la vuelva a mencionar en el blog, me agradece por haber recordado su cumpleaños. Suena una alarma en mi móvil recordándome que tengo que ir a recoger a Sol al aeropuerto. Como si pudiera olvidarlo; llevo siete días pensando en lo largos que son los silencios cuando no está, y, como le confesé una vez: sin embargo, cuando duermo sin ti contigo sueño, y con todas si duermes a mi lado, parafraseando a Sabina.

Sale del terminal 2 de Barajas, cansada y llena de anécdotas. Me pregunta que cómo ha ido todo, y le digo que Contador ha ganado la Vuelta a España, que el Madrid metió dos goles y el Barça 6. Sonríe y me empieza a contar su viaje, le pido que espere a que lleguemos a casa para que me cuente todo con detalles. Espérate a que me acueste, ruego, y así me hablas mientras me voy quedando dormido. Ella asiente comprensiva, y le prometo contarle las cosas que he hecho en su ausencia, pero no le digo que cuando despierte tendrá un regalo en su almohada, sin dedicatoria ni lazos, una tontería que espero sirva para que sepa lo mucho que la he extrañado estos días de mierda.

viernes, septiembre 19, 2008

Sticky Fingers


Tengo una cuenta en Rapidshare para compartir archivos. Pero sobretodo para bajar cosas de internet sin tener que dejar el PC encendido toda la noche. Ahorro luz y salvo el planeta, que no es poco. Y con mi conexión dizque de 20 megas, las descargas directas van a velocidad de vértigo y tengo una película en 10 minutos. Rafa se interesó en el tema, pero tras un intento fallido de compartir mi contraseña de acceso rediseñó su estrategia y una tarde me pidió que le bajara películas y luego él me las pagaba.

- No, no – lo frené – eso es delito. Hazme una lista y te bajo cosas. Te todas formas no lo uso mucho, un par de discos de vez en cuando o capítulos sueltos de House.

Al día siguiente encontré en mi mesa un pendrive rojo sangre. En un primer momento creí que alguien lo había olvidado y lo dejé allí, solito, a la espera de que su dueño volviera tras sus pasos y lo recuperara. Apareció Rafa y me dijo, llévatelo, ahí dentro están los nombres de las cosas que quiero, para cuando puedas. Metí el pendrive en la mochila y al llegar a casa exploré el contenido seguro de que sería una recopilación de películas para niños, ya que mi compañero tenía un hijo de 3 años. Error. Dentro había una carpeta con mi nombre, la abrí y estaba llena de enlaces a páginas de búsqueda. Al hacer doble clic sobre cualquiera de ellas se maximizaba mi explorador Firefox y la pantalla se llenaba de títulos tan sugerentes como “Girl vs. Girl” o “How to Make your Girlfriend Squirt Orgasm”.

Muerto de risa, cumplí con mi promesa y bajé un par de esas pelis, además de unos cuantos capitulos de 90210. Pero me equivoqué y descargué la nueva edición, en la que sale Shannen Doherty vieja y con los brazos gordos, y entré en shock. Las protagonistas de mis sueños adolescentes se habían esfumado, Brenda y Kelly eran ahora señoras amas de casa, público objetivo de Talk Shows y fiestas de pueblo.

Al día siguiente dejé el pendrive, lleno, en la mesa de Rafa. ¿Qué tal la pesca? preguntó, y le dije que bien, que los peces eran de una especie inesperada pero que cada uno tiene sus gustos. Me sonrió y guardó presuroso su tesoro en el bolsillo del pantalón. Minutos después dejó sobre mi mesa una coca cola light y, más tarde, al volver de comer, mi monedero tenía una monedita de un euro más. No es que suela contar cada mañana mis monedas, pero sé que sólo tengo céntimos para la máquina de café, así que el euro resaltaba y el pago de Rafa no pasó desapercibido.

- No me pagues, colega – le digo, y le devuelvo la moneda.
- No es mía – sonríe – seguro que la tenías y se te había olvidado. Si es que tienes una cabeza…

Pasaron los días y, como bien dijo Rafa, me olvidé por completo del asunto hasta que una mañana, a primera hora, volví a encontrar el pendrive rojo sangre sobre mi teclado. No dije nada y me lo llevé a casa otra vez, en donde vi que el contenido era más o menos el mismo, pero que esta vez los temas habían variado y ahora, además de incluír material de una tal Ammy Winters & Friends, había uno que enganchaba desde el título: G-Spot Maximum Enjoy, Tutorial. Imaginé a Rafa entonces viendo los vídeos con su mujer, mientras el niño dormía, en su casa de la sierra de Madrid. Los imaginé en pareja porque sería muy triste (y terroríficamente premonitorio) imaginar a mi pobre compañero encerrado en una habitación de su casa, sabiéndose rechazado por su pareja, derrotado por la rutina, y desterrado a obtener placeres solitarios de forma periódica en vista de que los que se daban en pareja son cada vez más esporádicos. Descargar. La barra de progreso me decía que en 24:15 minutos tendría completos los 30 archivos, me olvidé y seguí con la lectura de Monster, un manga que acababa de descubrir y me tenía absolutamente enganchado.

Entregué la mercancía y le rogué al cliente que no me pagara. Me dijo que no me preocupase, y no sé por qué, no le creí. Llegó el fin de semana y cuando hacía una limpieza en mi disco duro encontré los archivos .rar que formaban parte del botín de guerra. La curiosidad pudo más y abrí el Tutorial en el que un tipo de horrible camisa realizaba un examen ginecológico profundo a una modelo que parecía disfutar, mucho, la auscultación. Salí corriendo hacia mi habitación y cogí papel y lápiz, maximicé el MediaPlayer y tomé nota, como si estuviera en una clase magistral. Aprendí mucho, más que en el propedéutico de la UNAC (aunque eso no es ningún mérito), y pulí algunos puntos en los que, según el gran profesor de la camisa estrafalaria, tenía debilidades. Velocidad, profundidad, inclinación, y soy testigo de que funciona al cien por cien pues al seguir los consejos obtuve como respuesta una explosión de luz y de color.
El lunes siguiente volví a ver el pendrive en mi mesa y le pregunté a Rafa si no le molestaba que le incluyera algunos discos, tú sabes, para variar. Dijo que no, gracias, que sólo lo que pedía. No lo culpo, sus videos orientativos deberían formar parte de las charlas prematrimoniales, y no me extraña que no tenga tiempo, siquiera, para escuchar el nuevo disco de Brian Wilson.

jueves, septiembre 18, 2008

Au revoir, les enfants (un vaso de chicha, un buen reloj)



La casona de la avenida Sucre todavía tenía puestas las luces navideñas que le hicieron ganar el premio que otorgaba el municipio de Magdalena. Un premio simbólico en estos casos: 1000 soles, que casi siempre volvían a las arcas municipales como concepto de pago de impuestos, arbitrios, y demás. Mariana está sentada en el sillón que su abuela compró en el Rastro de Madrid, en una tienda de antigüedades. Desde el segundo piso llega música, de violines y flautas, que debe estar escuchando su madre. Es la obertura –fantasía de Romeo y Julieta de Tchaikovsky, piensa, ¿por qué siempre escucha lo mismo? Sobre su regazo descansa una revista musical inglesa. Le gusta leer las críticas de discos, y si ve que alguno vale la pena se lo pide a los chicos de Disco Centro de la calle Shell, quienes con tal de verla volver se los prestan, pero nos los devuelves, ¿ya flaca?, o el jefe nos corta los huevos. Anota dos nombres: Pornograffit – Extreme y 39/SmoothGreenday. Suena el timbre, dos toques espaciados, pausa y dos toques más. Mariana se levanta y ve por la ventana. Putamare'. Abre la puerta, hola Gitanito, dice, ¿qué milagro que vienes por acá? Vine a traerte este humilde obsequio, responde él, sonriendo y le entrega un DVD de "Eyes Wide Shut" adornado con un lazo rosa. Muchas gracias, dice ella, ¿no gusta pasar a tomar una tacita de café? Él pisando ya el salón, ¿no será mucha molestia?, y ella, desatando el lazo y abriendo la caja del DVD, no es ninguna, pase usted. Y el Gitano, ya sentado, después de usted. Se cagan de risa, Mariana es una maestra en eso de romper el hielo.

El salón vuelve a ser invadido por flautas y violines. Siempre escucha lo mismo cuando mi viejo está de viaje, dice Mariana, parece que mi vieja no conoce otro compositor que no sea Tchaikovsky. El Gitano, siente un poco de compasión y su caballerosidad le impide corregir a su amiga, está claro que lo que suena son los "Cuatro tríos londinenses para 2 flautas y violonchelo", de Haydn, piensa.

- Me han dicho que te vas de viaje. ¿A la madre patria?
- No – responde él, y se acomoda en el sillón – no sé adonde voy, creo que a Marsella. La cosa es que me largo mañana.

Mariana pregunta si es donde hacen el jabón, y el Gitano sabe que bromea, que se hace la tonta sólo por molestarlo, que sabe que no es capaz de hacer con ella lo que hace con los demás, que no la mandará a aprender a leer, que seguirá sentado como un pollo hipnotizado. ¿cuando vuelves? Pregunta ella, y él responde que no sabe, que quizá cuando pase el frio de mierda este que hace en Lima en Junio, y así vuelvo cuando ya sea Primavera. Ella le cuenta que para Septiembre piensa subir a la hacienda de sus abuelos, en Trujillo, si llegas a tiempo te llevamos Gitanito.
Odia que lo llame así pero se calla, y sólo para desahogarse un poco pregunta ¿Llevamos? No vuelas sola este año, entonces.

Haydn deja que las flautas canten. Sólo falta que un duende aparezca saltando sobre los jarrones chinos y se pare de cabeza sobre la mesa de roble negro.

No pues, vamos el Mongo y yo ¿no sabías? Estamos juntos ahora. Haydn se calla de golpe y segundos después baja la madre de Mariana como si la acabaran de coronar como Señora Perú. Sólo lleva puesto un vestido de gasa blanca y unas sandalias, sin nada debajo y el Gitano se siente testigo de una aparición de la virgen. Buenas tardes, señora. Buenas tardes, joven, Mari, please, ofrécele algo de beber a tu amigo, estoy en el jardín por si acaso. Hasta luego señora. Chau, papito, chau, estás en tu casa. Mariana sigue a su madre y sabe dios qué le habrá dicho. Vuelve al salón con una jarra de chicha con hielo y dos vasos de esos que parecen hechos con cristales de la catedral de Lima. El Gitano los llena y se aclara la garganta, mucha azúcar, piensa, pero dice, sí sabía, lo sabe todo el barrio, dejaste la ventana abierta y todo el mundo vio como el culo del Mongo subía y bajaba sobre ti.
Ha usado su voz y tono de locutor de noticias para decir esto último, Mariana tampoco grita cuando le dice vete a la mierda Gitano, háblale así a tu vieja, oye. El Gitano se revuelve en el sillón. Yo sólo venía a decirte que no hay roche, que los dos son mis amigos y no pasa nada si lo has escogido a él.

- No es un perrito – Mariana deja la revista a un lado, lo fulmina con sus enormes ojos -, nunca te di esperanzas. Llévate tu DVD, flaco, ya no quiero tus regalos.
- Es para ti. No espero nada a cambio, nunca lo hago. No te molestes, Mariana, somos amigos y sólo quería que supieras que nunca haría nada contra el Mongo, es mi amigo también.
- Ni se te ocurra, huevón, mi familia tiene más plata que la tuya – le dice, porque sabe que eso es lo que más le duele. Se levanta del sofá y asomada a la ventana, ya sin verlo, lo remata -. Aunque lo muerda un perro en la calle, te echaré la culpa y al día siguiente mando un par de cholos a que te rompan las piernas o te metan una bala en los huevos.

El Gitano sonríe de lado y mira la hora en su reloj. Ya es tarde, dice y va hasta la ventana para dejar un besito de despedida en la mejilla de su amiga. Por eso me gustas, le susurra, porque tienes cojones. Así los encuentra su madre, que ha vuelto ya del jardín con una flor en el pelo. El Gitano le dice hasta luego señora, y ella lo despide con un gesto de la mano, como si formara parte de un desfile. Mariana lo ve subir en su Land Rover y alejarse por las calles horribles de la ciudad sin mirar atrás. Coge el teléfono y llama al Mongo, ha venido el Gitano, le cuenta, dice que se va a Francia. El Mongo le dice que también ha pasado por su casa, todo chévere, sin broncas, me ha dejado su Z3 para que lo cuide ¿quieres que te recoja, no sé, a eso de las siete? Ella responde que sí, que venga, pero mejor vemos una película, tengo una nueva de Kubrick que me acaban de regalar. Haydn vuelve a inundar su casa, ¿qué suena? Pregunta el enamorado, al otro lado del teléfono, es mi vieja, responde Mariana, que ha puesto el Lago de los Cisnes, again.

miércoles, septiembre 17, 2008

Entrevista con las vampiras


El restaurante Botin es el más antiguo del mundo. Nunca había estado en ese sitio, que yo recuerde. Mis amigos ya estaban allí, hemos llegado cinco minutos antes, para que no nos cambies la mesa, cabroncete, me dice uno. Sonrío y les recuerdo que prometí no volver a hacerlo, porque sé que a Lucía no le hace mucha gracia comer en la terraza, aunque sea verano y las vistas sean espectaculares, ella, siempre, tiene frío. Tenemos una mesa de siete y somos cinco, el camarero nos pregunta si seguiremos esperando a los otros dos o preferimos cambiarnos de mesa. Me encojo de hombros y me sirvo un poco de rioja, Esteban le pide que nos deje esperar un poco más y cuando se va nos dice, a ver si deja de tocarnos los cojones, que es la segunda vez que nos pregunta lo mismo.

He llegado solo. Sol y yo rompimos por enésima vez en Queen Square y no me ha parecido buena idea que me acompañe a la cena. Desde esa noche horrible en Liverpool no hemos vuelto a hablar del tema, y aunque las aguas se hayan calmado bastante desde entonces, prefiero que cada uno salga con sus amigos, por ahora. Mis amigos lo saben y cuando preguntan por ella respondo está en casa, sin más, y no hay repreguntas. El camarero andaluz se acerca otra vez, pero en ese mismo momento llega otra pareja, amigos de mis amigos, y ellos me presentan como el loco del que te hablé, el que escribe y lee sin que nadie le ponga una pistola en la cabeza. Ella me sonríe y me dice que le gustan mis historias, y que le encantaría conocer un poco mejor a alguno de mis personajes, a mí también, confieso, y nos sentamos los siete derrotando al camarero que ya no nos puede quitar la mesa ni confinarnos a esa mesita de cuatro que había en una esquina. ¿Qué tal está el cochinillo? pregunta Pedro, y el chico que lleva una placa con su nombre (Manolo, of course) dice que muy bueno, y tras una seña de mi amigo lo anota en su libreta. Yo pido unas patatas a lo pobre y merluza a la riojana. La pareja nueva pide lo mismo para los dos: ensaladilla rusa y pollo al ajillo. No puedo dejar de notar que las novias de mis amigos hablan entre ellas de algo que debe ser sumamente divertido, pues han dejado al pobre camarero de pie, con el lápiz listo para anotar lo que ellas se van a meter entre pecho y espalda. ¿De qué habláis, si se puede saber?

- De la tía esa, la de tu blog – dice Lucía que es morena, algo rechoncha y de senos abundantes.
- Sí, - corrobora Marian, la nueva novia de Estreban. Es rubia, delgada y de sonrisa colgate – ya no escribes nada sobre ella.

Son personajes, miento, escribo de muchas personas que a veces ni siquiera existen. Manolo pregunta una vez más qué van pedir, y ellas piden algo que ni siquiera escucho porque estoy agradeciendo al cielo que el camarero haya cambiado el tema, dándome segundos de aire. Mis amigos saben perfectamente que no me gusta hablar de lo que escribo, que comencé con el blog para no tener que escribir e-mails y que fue convirtiéndose en una especie de letrina en la que soltar todas esas historias que piden salir de mi cabeza, como sea. Por eso ahora están mirando a sus novias, que parecen tener entre ellas una gran complicidad, pero no se dan por aludidas y es Lucía la encargada de seguir con la entrevista. ¿Entonces, Juliette no existe? O sea, en realidad, digo. Miro a Pedro, como me miraba mi viejo cuando mi perro se cagaba en el salón y me decía con los ojos controla a tu mascota, huevón; pero mi amigo me responde, también con los ojos, esto me supera brother, luego te pago unas birras para que me perdones. Estoy solo, tenía que haber traído a Sol, total, estos últimos días casi no hemos peleado, y si ella estuviera aquí la gorda tetona ésta no me estaría interrogando. Sí y no, contesto, y cojo un trozo de pan como si fuera un trozo de madera y yo fuera un naufrago del Titanic.

- Esa no es una respuesta – dice Marian, y juega con uno de los cien rizos rubios que adornan su cara casi perfecta – es peor que esas pelis en las que al final todo era un sueño.
- Pues los Serrano terminó así, y hubo un huevo de gente que la vió – me ayuda Esteban. Y le sirve a su novia un poco de vino.
- Todos gilipollas - sentencia.

Agradezco el cable levantando mi copa, pero Marian no parece haberse quedado satisfecha. Ella y Esteban están juntos hace poco, días, de hecho es la primera vez que los veo juntos, mi amigo es famoso por su volubilidad. Hoy una rubia, mañana una china. Quiero cambiar el tema, hablo del último disco de Paul Weller y pregunto si alguien lo ha escuchado, la pareja nueva contesta al unísono, como un ser de dos cabezas, que ellos sí, y que en el video promocional sale uno de los Gallagher. Insisto, dice Marian, tocahuevos, y mi amigo la mira decidiendo no volver a salir con ella, los personajes se construyen en base a vivencias, a hechos, nadie tiene tanta imaginación, ni siquiera Stephen King. Además si Lucía te pregunta algo, creo que deberías contestar con algo más que monosílabos. Impresionante: guapa y con cerebro, extraña combinación. Esteban le dice cállate un poquito, anda, pero yo le hago una seña para que se tranquilice ¿quieres una entrevista? Pregunto, y ella abre los ojos como una niña frente a un helado y dice que sí. Shoot, blondie, digo, y me recuesto sobre mi silla con la copa de vino en la mano derecha.

- ¿Todo lo que escribes te ha pasado, o sea, en realidad?
- Creo que sí, pero la realidad supera largamente a la ficción. Si escribo la verdad tal cual, estaría en la cárcel.
- Tenías amigos ricos – dice Lucía, como si me conociera de toda la vida, y eso me divierte - ¿por qué ya no sales con ellos?
- Todo aburre – contesto, me siento inmune, invisible – quería conocer gente más simple. Como tú... comprenderás.

Mis amigos sonríen divertidos, orgullosos. La entrevista continúa.

- ¿Has tenido que pedir disculpas por algo escrito?
- No, beatiful Mariansorbito de vino, soy Lord Byron -, pero una vez borré una historia en la que ponía a la mujer de un buen amigo como una loca. Él me lo pidió y yo accedí de buena gana.
- ¿Tu pareja no se siente ofendida por cómo la pintas? – dice el monstruo de dos cabezas – no sé, además siempre hablas de tantas chicas.
- Nunca, – ahora soy el Conde Drácula, y me limpio los labios con una servilleta de tela -, ella lee cosas más interesantes y no creo que haya leído más de tres de mis crónicas.
- Esta es más personal – anuncia Lucía, que vuelve a la carga - ¿hasta donde llegaste con la tía buena?

Mis amigos dejan las risas y me miran de lado, avergonzados, miden el impacto y comprueban que sigo allí, intacto. Está claro que ellos pagarán la cuenta. Hasta donde ella quiso, contesto, y ahora soy yo mismo, por que esa fue su última voluntad. O sea, ¿nada? pregunta la pareja, que empieza a ponerme nervioso con tanta coordinación. No, contesto, nada. Como mucho, una vez estuvimos en su coche, y ella me preguntó ¿si te digo que sí, qué pasa? Y yo dije ya veremos hasta donde llegamos. Lucía ahoga una risita diabólica y dice, qué pringao, y yo contesto pa' servirte. Pedro dice que ya está bien, que este tema ya aburre, y llama a Manolo, que acerca la cuenta. No hago el más mínimo intento de pagar.

Salimos del restaurante y Marian parece haber decidido también que ésta es su última noche con Esteban. Me pide perdón por si me ha hecho sentir incómodo, y yo le digo sin mentir que no pasa nada, que me encanta ser el centro del universo. Bajo hacia la Plaza Mayor y vuelvo a casa extrañado de que tantas personas lean lo que escribo, y le den más importancia de la que le doy yo mismo. Al día siguiente encuentro un e-mail de la parte femenina de la pareja, que ahora sé que se llamaba Lola en el que me dice que estuvo encantada de conocerme y pregunta si voy a escribir sobre lo que pasó la noche anterior. Le digo que no, que yo sólo escribo fantasías, que jamás me atrevería a contar cosas reales, porque eso es muy aburrido, guapa, casi tanto como dos personas que piensan, hacen y dicen lo mismo.

lunes, septiembre 15, 2008

El amigo que encontré


Desde niño he sido calificado como raro, tanto, que no tenía amigos imaginarios. Todos los demás los tenían. Pepe tenía uno que era mitad transformer mitad zorro (Foxwave), los mellizos jugaban con alguien llamado Bobo, y mis primas con algo que mis tías decían que era el alma de una mujer andina, afincada en una de sus muñecas rubias y que sólo bebía té Hornimans. Creo que el fantasma se llamaba Martita, alias gringa chola. Yo prefería ver estos fenómenos paranormales desde la tribuna, y engañaba a Pepito diciéndole que Foxwave había venido a verme la tarde anterior, para contarme que él dormía con un pijama de Hello Kitty. Mi amigo, horrorizado, no sabía si creerme o no, y siempre se iba a casa casi convencido de que el producto de su imaginación era un traidor con pistolas láser.

Con el paso de los años, quise crearme un amigo imaginario, y decidí que sería más raro que el de Pepe, y por supuesto, menos lenguaraz. La primera figura fue Kato, el fiel escudero del avispón verde. Papá decía que una vez vio a un chino, en los bares del Callao, pelear como él, y me inivitaba a aprender alguna forma de arte marcial. Entonces Kato venía a mi casa mientras él estaba en el trabajo y me enseñaba a dar patadas voladoras. Tres dientes menos en mi hermano, medio juego de platos roto, y una luxación en el tobillo después hicieron que despidiera a Kato, que desapareció volando en un dragón de color amarillo.
Viéndome deprimido, mamá me regaló un libro, el primero de muchos. Y con cada aventura sentía que el personaje principal era una especie de escolta que iba conmigo a todos lados.

Así, durante años, a mi lado estaban siempre (uno a la vez) personajes tan dispares como Huckleberry Finn, Aureliano Buendía, Luke Skywalker, Gregorio Samsa, Jesucristo, Dorian Gray, Mephistófeles, Optimus Prime, Lex Luthor, y hasta Michael Knight, pero éste llegó a través de mi televisor de 14 pulgadas y fue desterrado rápidamente cuando supe que su Pontiac Trans Am no hablaba en realidad. Los personajes de los libros me fascinaban por haber vivido cosas impresionantes, inalcanzables para el común de los mortales. Por eso, creo, que el último de ellos (Joaquín Camino) me resultó un marciano literario por ser tan terrenal, burdo y mediocre, humanizado al punto de que casi (si no en su totalidad) llegaba a ser el alter ego de su creador: Jaime Bayly. Entonces lo convertí en mi nuevo amigo imaginario, pero a éste no le hablaba, era una relación unidireccional: él escribe, yo leo.

Lo conocí en Madrid, por casualidad, cuando tomaba un café (esa es otra historia) con Luis Fonsi en un céntrico hotel. Una de las chicas que estaba con nosotros dijo mira, es Jaime Bayly, señalando al mostrador de recepción. Yo llevaba un libro suyo en la mochila: “La Noche es Virgen”, y otro que le acababa de comprar a mamá: “Los amigos que perdí”. Me acerqué a Jaime y le pedí que me los firmara, cosa que amablemente hizo. Se despidió con la mayor cordialidad y me dijo que había quedado a comer con Mario, y, como cualquier peruano, no tuve que preguntar a qué Mario se refería. Volví a mi mesa y Luis Fonsi me preguntó si ese era el mismo Bayly que tenía un programa de televisión en Miami, sí, creo, que sí, respondí, y seguimos hablando de su falso idilio con Olga Tañón. Mi café se había enfriado.

Los años pasaron y de vez en cuando me preocupaba por averiguar qué estaba haciendo mi amigo imaginario en esos momentos. Vi que presentó un monólogo en Argentina, que escribía la misma columna para varios periódicos, que tenía un programa en la televisión peruana (odiado por los presidentes) y que vivía a caballo entre Lima y Miami. Fue desde allí que me llegaron sus últimas noticias: un amago de censura por parte del dueño del canal de televisión en el que trabaja, después de que Jaime se quejara en el aire repetidas veces por el frío glacial que hacía en el set donde grababan el programa. Recordé entonces las mini batallas que libro con mis compañeros de oficina por regular el aire acondicionado, y vino a mi mente la vez en que Rafa envió un e-mail a la jefa de recursos humanos y asuntos varios que está de baja por maternidad, indignado por el uso indebido del aire acondicionado y ganándose (más) la antipatía generalizada. Bayly, en cambio, recibió muestras de apoyo de algunos sectores de la prensa (excepto la peruana, of course), logró que la gerencia de MegaTV se retractara y sigue grabando el programa en Miami, en el que pasa la mayor parte del tiempo burlándose de Fidel y de su amigo Chávez.

Me gusta este amigo imaginario, no sabe secretos míos, así que no los contará como hizo Foxwave, y si quiero saber qué le pasa en esos momentos por la cabeza sólo tengo que ver su programa o leer sus columnas. Que más o menos es lo mismo que hacen mis amigos, valiéndose de este blog. Creo que no lo desterraré, como a Kato, y se quedará conmigo por algún tiempo más, junto a Mephistófeles, al que por más veces que le he pedido que se largue, está siempre allí para iluminarme el camino más divertido de la vida.