viernes, noviembre 10, 2017

Mi Chester sabe

Mi Chester me acompaña desde todas mis muertes. Como a mí, se le han saltado botones, y se la ha desgarrado la piel. Ha perdido relleno y color en la piel. Se le ha macerado el olor.
Alguna mancha ha quedado en él, como en mí, como se quedan las manchas de lluvia en las gárgolas de Notredame. Si buscas bien, en mi Chester, puedes ver cada etapa de nuestra vida juntos: un té a medias y un sudor compartido, un gemido en la noche y una tarta esponjosa, una moneda sin gastar y una vida extra sin usar en el juego.

En mi última Refundación, que bien podría haber garabateado Asimov hasta arriba de cocaína, decidí, hace meses repintar las paredes y cambiar muebles, y libros, y discos y películas y, en menor medida pero igualmente impactante, mi peinado noventero: pasé de Filipo Inzaghi a Beckham de M30. La pintura de las paredes pasó de blanco sucio a blanco impoluto, de azul cobalto a azul cielo, de crema oficina de Hacienda a crema oficina de catequesis. Vendí algo de Ikea y tiré mesas de mierda que alguien (quizá yo, nunca lo recordaré) recogió del contenedor una tarde de aburrimiento o nostalgia de tiempos de escasez. Vendí mis libros de Manfredi y compré otros de Taschen, regalé a Vargas Llosa y eché de menos mi colección García Márquez (abandonada en Lima), compré libros de bebés y los puse 3 días después a la venta en wallapop. Vendí un lote de singles en vinilo por 30 euros y con eso pagué el transporte de una librería (sólo el transporte, la librería me costó un huevo y la mitad del otro) en madera de nogal a una ricachona de Nuevos Ministerios que tenía un salón tan grande que en él cabía un carrusel en el que jugaban sus nietos cuando la visitaban los domingos. Las películas viejas que me regaló mi última suegra las tiré directamente a la basura.

Pero el Chester no se toca. 

Él, como yo, atónito, veía como estos seis últimos meses me cambiaban la vida. Como mi recién adquirida afición a engañarme desparecía de a pocos, y mi voluntad de hierro volvía con fuerza, pero dudando, como un toro que sale del redil en la Feria de Otoño. Otoño que este año, gracias al cambio climático, llegaba con 3 meses de retraso. Mi Chester, ya cubierto con la manta de invierno como yo, decidió que la barra de sonido ya no nos gustaba, que el cuadro de Biarritz ya no tenía razón de ser, que esas tazas con iniciales mejor al trastero. Decidió también que la planta nueva molaba, pero si se moría pues nada, ¿qué le ibamos a hacer?, que esos sujetalibros eran de lo mejor que había en casa, que el mueble de cocina fue el mejor aporte que pudo haber en estos meses. 

Ahora, con la calefacción puesta, mi Chester es como siempre el mejor refugio. Al lado izquierdo he puesto el tocadiscos, para poder escucharlo desde cerca. El lado derecho se queda vacío y poco a poco va recuperando su forma y olor original. Se enfría y lo dejo que se enfríe. Será así, le digo a una amiga mientras compartimos un té, las cosas no se pueden forzar. Mételo a wallapop, me aconseja.
Sonrío como Giuliano Gemma cuando lo amenazaban por la espalda en Texas, sin perder la mirada de mi bebida. ¡Ni de coña!, sentencio, y sigo pensando en las cosas que quedan por cambiar tras mi última muerte.

martes, mayo 09, 2017

No sé si soy

No sé si soy un buen bailarín.

De niño siempre fui el alma de las fiestas. Moviéndome como un gusano epiléptico al ritmo de una danza tribal cuando sonaba cualquier tambor. Nadie me superaba y me encantaba ver cómo mis amigos me observaban envidiosos desde el sofá de sus padres, comiendo arroz con leche de cumpleaños. Ahora no, ahora los bachateros y bachateras se mueven como salamandras en celo y yo los observo comiéndome las uñas, preguntándome si alguna vez (realmente) supe bailar.

No sé si soy un buen futbolista.

Mis tobillos ya no giran con precisión y si mando una pelota a la esquina del arco, termina en un lateral de la cancha o asustando a las palomas que dormían en algún àrbol de Moratalaz. No desbordo a nadie, no encuentro espacios y mi fondo físico es parecido al de Cassano cuando estaba en el Real Madrid. Duele pensar en la época en que me sorprendía a mi mismo con lo que hacían mis pies con la pelota, y la alegría al salir siempre de una cancha. Ahora sólo voy por la cerveza.

No sé si soy simpático

Últimamente descubrí que puedo sonreír más, gracias a Alice, que lancia in aria il mondo e lo riprende al volo, trasforma un pomeriggio in un capolavoro e mi fa stare bene quando io penso a lei . Pero cuando su luz se apaga me quedo pensando en que tampoco pasaría nada si no vuelvo a ver a esta gente del curro con la que me esfuerzo en quedar de vez en cuando, y a la que le caigo tan bien. Así que organizo cosas como un paintball carísimo, sólo para verificar mi tirón, y se apunta todo dios.

No sé si soy un sociópata

Yo siempre fui un grunge, pero acabaron los noventas y el hecho de no adaptarme a las normas sociales, la ausencia de empatía y el tener siempre en las fotos cara de modelo de Rembrandt pasó de ser cool a convertirse en síntomas de una enfermedad que yo asociaba a gente como El Chacal. El nihilismo encontró peligrosos sinónimos en google y los enterados de twitter usaron mis posts para analizarme y recomendarme un psicólogo argentino. Fui. Y sólo obtuve como gran recompensa conocer un bar perfecto al lado del metro Diego de León.

No sé si soy buen hijo

Visito a mis padres una vez por semana y les llamo unas cuantas más. Me gusta aburrirme con ellos, tumbado en su sofá viendo Netflix o pateando mercadillos cutres de Madrid. No les he comprado una casa ni un coche ni nada en los 8 días fantásticos del Corte Inglés. No les he dado nietos ni otro tipo de disgustos. De vez en cuando les pido que pasen por casa porque me vienen a instalar la fibra y mamá aprovecha para organizarme el cajón de calcetines. Dejando siempre a la vista mi cajita de piel donde guardo los condones.


No sé si soy buen amigo

Hace mucho que no hablo con mi amiga, la de New York. Me aburro como un padre de familia  más cuando visito a mi amigo con hijos y con el que no los tiene sólo hablo de fútbol o el crecimiento del IBI. Ya no intento forzar cenas o tardes de cervezas y abandono grupos de whatsapp como quien se va de un bar lleno de guiris. Los escucho cuando me cuentan sus cosas, y opino, pero no hago likes en sus tweets ni los sigo en instagram.


No sé si soy un buen Escritor

Pero si has leído hasta aquí, puede que vaya bien encaminado.

lunes, marzo 27, 2017

Rorschach Decaf

- Buenos días, dígame.
- Pues me ha mandado mi médico, por que le dije que no reacciono como antes a las cosas.
- ¿A qué se refiere con "a las cosas"?

Planta en la esquina. Tumi peruano en la pared. Cero luz natural.

- O sea, a que antes me gustaba hacer cosas. Escribir, cantar, aprender a tocar algún instrumento y dejarlo por la mitad, tener facebook. No sé, lo normal, ¿sabe? Imagino que como todo el mundo ¿no? Pues ya no. Ya no escribo, ni cuando puedo ni cuando quiero. Nada. Pocas ganas de salir a correr como un runner mongolo o jugar al futbol los domingos por la mañana.Y además está lo de mi tío.
- ¿Qué es lo de su tío?
- A ver, es un poco largo. 
- No se preocupe.
- Vale. Nos fuimos a una casa rural por Navidad. Los 300 que somos en mi familia. Tíos, primos de los que siempre confundo el nombre y no saben quién soy, maridos, mujeres y special guests. Y todos se la pasaron de lujo ahí jugando, corriendo, bailando, bebiendo y quién sabe si hasta follando, que no creo, pero bueno, todo puede pasar. Yo en cambio, me aburrí como una ostra. Sólo quería estar sentado en una silla de la terraza bebiendo una birra y viendo hacia las montañas horribles de Soria. Al fresco y con gafas oscuras..

Moqueta horrible. Silla de bar. Reloj de Ikea.

>>Y la nochebuena va mi tío y me dice que me envidia, que ya quisiera él tener mi edad y mi vida. Que él tiene dos hijas y curra mogollón y que ni las ve, casi. Que qué bien me lo he montado ahí con mi piso con piscina y mis vinilos y tal. Mientras yo asentía flipando, con un botellín de Mahou en la mano,  pensando: ¿Me estás vacilando? ¿Estaré muerto por dentro?
- Hombre no, ¿es usted depresivo?
- No creo, no. Aburrido quizá.
- ¿Ha tenido tendencias o  pensamientos suicidas?
- ¿Yo? ni de coña.
- ¿Bebe alcohol?
- Una cerveza al llegar a casa, y alguna copa cuando salgo. Poco más.
- ¿Cocaína, hachís?
- ¿Que si tengo o que si quiero?
- ¿Cómo?
- No no, o sea, que no.
- ¿Disfruta de las cosas que hace?
- Las que me gustan, sí. Pero cada vez es más difícil.
- ¿Cómo difícil? Cuénteme por favor.

Teclado de plasticorro blanco mal limpiado. Monitor culón de los antiguos. Pentium Inside.

- Pues mire, es fácil. 
- Dígame.
- Ejemplo. Mis amigos se han puesto a tener hijos, y ya es imposible quedar con ellos incluso para ver una película. Como mucho vienen a ver un partido y tienen que dejar acostados a los niños, o sea, llegan al segundo tiempo. O digo Vamos a ver la nueva de Star Wars chavales, y dicen Sí, venga, voy con los peques, y al final no, se van a ver una de Pixar y termino solo en la fila VIP del Cinesa un miércoles a las 6 de la tarde. Que no me molesta, al final he descubierto que me mola más ir solo al cine. 
- Entiendo. prosiga.
- O mira, como cuando dijimos de quedar un domingo de birras y al final uno tuvo que irse al club de padel con su cuñado, otro ni se acordó, y el último nos mandó una foto por wasap con las uñas pintadas de Frozen, con el texto "jugando con la peque".
- Frozen
- Correcto.
- Es normal, Madrid es grande y es difícil quedar siempre con la gente. No veo nada raro en usted. ¿Ha probado cambiar de amigos?
- En eso estoy. Ahora, si conozco gente donde sea, cuando sea, les doy una oportunidad. Antes tenía que sentir feeling para pedir los números de teléfono. Ahora ya no.El otro día le di mi número a una follower de twitter y todo. Muy mona, por cierto.
- Eso está bien, y apuntarse a clubs y demás. Con temas afines a sus gustos, claro. 

Pelo rubio bien peinado. Colgante guay, diadoras.

- Y le dije : Eso es de viejos ¿no? El otro día vi un grupo de esos en un bar. Son muy típicos: la gorda salida, la divorciada, el cincuentón con Vans, el calvo que va de guay; no sé. No me veo en esos grupos. Sobretodo porque me gusta ser el que va de guay, y no soy calvo. 
- Que hijo de puta ¿en serio le dijiste eso?
- Sí tío. o sea, en ese momento me di cuenta que la sesión ya era un desmadre. Veía que me interesaban más los ojos de la psiquiatra que las preguntas que me hacía. Desde que me dijo que no tenía ninguna psicopatía y que mi médico de cabecera se había columpiado, tío, como que ya pasé bastante. Respondía sin presión.
- Sin presión, como esta birra de mierda.
- Como esta birra de mierda, sí. 
- Solo a ti se te ocurre venir a birrear a lavapiés, que aquí están acostumbrados a las yonkilatas.
- Putos podemitas.

Pulsera feminista. Camiseta con calaverita de colores. Egoïste Platinum.








viernes, noviembre 25, 2016

Ladre con Ella

Siempre me ha gustado bajar a escribir a este parque de la Place Adolphe Max, en medio de Pigalle, el barrio de los prostíbulos. Aunque hoy no tenga ideas, después de cien reuniones de directorio.
Aquí en otoño te ves rodeado de señoras con abrigos de Monoprix que fuman como carreteros o ricachones de traje a medida y moto Guzzi vintage. Te sientes en una especie de mashup entre los mundos de Haneke y Almodóvar. 
Mi cuaderno es el de siempre, y no tiene wifi, así que jamás lo enseño en los aeropuertos. Las hojas en blanco, como a las que me enfrento ahora, también son las de siempre.

O igual es mejor decir me enfrentaba, porque cuando regateaba entre mal copiar a Vian o Cohen, un ladrido tibio me trajo de vuelta a la tierra. Fue uno de esos sonidos que sabes que son para ti, porque se te guardan en el subconsciente de forma involuntaria y los reconoces por reflejo. Como el silbido de un amigo o la bronca de una mujer.

El ladrido era de Gemma, una perrita encantadora que se volvía loca porque la correa (que sujetabas tú, fingiéndote  ajena a todo. Incluso a mi colonia, que Gemma ya había reconocido) no la dejaba correr hacia mi. Desde mi banco recordé las tardes en que jugábamos en Montmartre, cuando su dueña y yo compartíamos un piso destartalado. Las mañanas en que me acompañaba a buscar el periódico y sólo ella entendía mi francés en construcción. Las noches de sofá en las que descubrí que también a los perros les puede gustar una peli de Jason Statham. 

Saludé con la mano, y quisiste venir corriendo, pero al volver a sentir el tirón sobre tu cuello, te sentaste sobre tu rabo. Confundida. 

- Hey - dije, en voz alta - ¿te has equivocado de barrio?
- Hola - no tenías más remedio - perdona, no te había reconocido. ¿Qué haces en París?
- Ya sabes - sin mirarla, agachado mientras te acaricio -, tenía una reunión de trabajo. En la Défense, pero mi hotel está aquí al lado.
- Ah. Que casualidad.
- No no, ninguna. Me gusta el barrio.
- Encontrarnos digo.
- Eso sí. Una vez en años. 

Me dices que tienes prisa, que unos amigos te esperan. Te digo que te creo, que yo en cambio hago tiempo hasta la hora de la cena. Me preguntas que qué tal Madrid y te cuento que un poco raro, que empiezan a salir veganos de debajo de las piedras y que el metro se rompe siempre. Recuerdas el trasbordo de Diego de León, yo el de Legazpi. Reimos, nos quedamos en silencio y cuando miramos hacia abajo te vemos mover la cola. Feliz.

- Bueno, vuelvo a mi parque - anuncio, como quien dice "Me voy a las Bahamas".
- Sí, sí - despiertas - yo tengo que irme ya.
- Con tus amigos.
- Con mis amigos, sí.

Nos damos dos besos y a ver si quedamos la próxima vez que estés en París, y claro que sí, y así nos ponemos al día con más tiempo, y por supuesto, y salúdame a tus padres, y tú a los tuyos, y me ha encantado verte, y a mi también. Pero ninguno pide al otro el número telefónico.

De camino a mi banco de la Adolphe Max sabiendo ya sobre qué escribir me giro de repente, sólo para ver si me mirabas. Si, como yo, tú también me echabas de menos pero no podías decirlo. Si, como yo, tú también querías pasar de esos amigos de mierda para estar conmigo.
Y sí, porque antes de doblar la esquina te quedas quieta, tiras de la correa y me lanzas un ladrido de adiós que se oye hasta el Moulin Rouge. Y te hago adiós con la mano justo en el momento en que una mujer choca conmigo y me ladra "Il faut faire attention, Monsieur!". 


lunes, noviembre 14, 2016

Chris y yo

Al otro, a Chris, es al que se le ocurren las cosas. Yo vago por Madrid buscando amores y me pierdo siempre, queriendo, al oler la rosaleda del Retiro; de Christian me llegan cosas por correo, sus facturas, sus revistas y hace años lo que decían de él sus amigos en Facebook.
A mi me gusta la carne buena, el café, el impresionismo, el jazz, el cine y la prosa de Borges; a él, al otro, también. Pero él lo usa para intentar brillar entre los lodos de bloggers de pacotilla o mujeres low cost. No puedo decir que nos llevamos mal; yo me dejo llevar por la vida para que Christian pueda escribir sus cosas, para que su fábula me inunde y al final también yo me deje crecer bigote y beba brandy en una copa Pompadour. Ha escrito algo reseñable, no lo niego,  usando recursos literarios de esos que se le dan bien. Yo, en cambio, creo que mis letras no deben siquiera gastar medio papel de un tintorero.
Chris vuela, yo ando; Chris viaja, yo facturo; Chris ama, yo soporto; Chris vive,  yo existo.

Y no estoy seguro de quién escribe esta página.

martes, octubre 04, 2016

Clorophilia

Me han dicho que es malo odiar a la gente. Y que incluso, ¿quién lo diría?, está mal visto decirlo en voz alta. Pero lo que nadie me había explicado es que uno de los peores sitios para dejar del lado ese odio, era la cola de entrada a un polideportivo municipal.

Justamente para evitarlo, llamé un par de días antes al teléfono que aparecía en google, con la intención de llegar con la mayoría de las cosas preparadas. Tras doscientos cincuenta y cuatro tonos de llamada, alguien (aún con la boca llena) cogió el teléfono.

- Diga?
- Hola, quería saber los horarios para las clases de natación - detallé, en una línea, como manda la normativa ITIL- para adultos - rematé y me puse un poquito rojo.
- Pero usted sabe nadar?
- Esto, no. Por eso quiero ir a clases justamente.
- Entonces tiene que hacer una prueba de nivel - mastica, sorbaco de coca cola, trago - para saber dónde meterle.
- Meterlo.
- ¿A quién?
- Nada, olvídelo. ¿Me decía?
- Que la prueba de nivel es a las 18:30. Martes y jueves.
- Tengo que llevar algo, imagino.
- Chanclas y gorro de piscina. Y bañador, claro está.
- Claro está
- Por si acaso
- Ya.

Salí un poco antes de la oficina, y llegué con tiempo suficiente para meterme a un chino a comprar el gorrito reglamentario. No encontré un carajo, así que, derrotado, pedí ayuda a la señora que acomodaba unas horribles flores de plástico.

- Perdone, ¿gorritos de piscina? - sonrisa amable, siempre smile.
- ¿Golditos?
- No no, Go-rri-tos. Para la piscina.
- Piscina
- No piscina, sólo el gorro.
- ¿Golo?
- Gorro señora - a tomar por culo la sonrisa - un gorro para nadar en la piscina - hago el gesto de nadar, el gesto del gorro, el gesto de quitarme el pelo de la frente. Ella me mira dos segundo y luego me da por perdido y sigue con sus flores.

En el polideportivo tendrán máquinas, me digo, y escapo.

A medida que me acerco voy viendo ya, con el horror que se ve desde lejos un papelito en el parabrisas del coche, como de la puerta del polideportivo sale una fila de gente. Ancianos, adultos, mujeres, niños, perros y un ciclista con una camiseta que ponía "Soy vegano". Me pongo detrás y lo apuñalo mentalmente con un tenedor de los que se usan en las barbacoas.

Espero dos días en la cola, y finalmente llega mi turno. Vengo a lo de la prueba de nivel de natación, digo a través del micro del cristal antibalas.
- Los horarios están en la pizarra.
- Ya los vi.
- Ah ¿y hoy hay?
- Sí, por eso vengo.
- Pues pase, no hay que hacer cola para esto.

Me cago en la puta.

Me meto como un forastero en un saloon y un viejo con polo verde me detiene desde su mesa del poder. Voy a la prueba de nivel, digo, por milésima vez, ya sin verlo ¿Por dónde paso? Me señala la izquierda con la mano y tiro. Desde lejos escucho que me dice algo de meterme al vestuario antes. Entro, y como es de esperar, está asqueroso.
Pero, esto es Retiro, pienso; ¿cómo será el polideportivo de San Blas?
Hay un padre vistiendo a su hijo de unos cinco años y al lado, secándose la polla decrépita, un viejo de unos trescientos años. Esto, seguro, tiene que ser ilegal en Missouri o algún estado de esos. Me pongo el bañador, las chanclas y el gorrito de mierda que he comprado en una máquina expendedora. Me cuelgo la toalla al hombro y cruzo la puerta que pone "Entrada Piscina (Ducharse Antes)".

- Perdona chica socorrista de culo perfecto, ¿la prueba de nivel?
- Allí, en esa esquina.
- ¿Donde está la señora de azul?
- Esa señora es la profe.
- Fuck.

El agua es de un color turquesa marchito, como se vería un pitufo tras morir desangrado. Está lleno de niños con trozos de corcho atado a los brazos.

- ¿Sabes nadar? - pregunta la gorda de azul, nada más verme llegar.
- No. O sea sí, pero flotar no.
- A ver, hazte un largo.
- No creo que llegue, me cansaría a la mitad y me hundiré como una piedra.
- Entonces no sabes.
- Eso me lo podríais haber dicho por teléfono - digo, levantando la única ceja que me queda fuera del gorrito.
- Venga, tírate desde la mitad y trata de llegar al final.

Llego sin problemas hasta el final, me sorprendo yo mismo y me giro hacia la gorda sonriendo, en plan Phelps. Pero ordena:  "Ahora de espaldas". Niego con la cabeza y la cabrona ni siquiera se aguanta las ganas de sonreir.  La veo escribir algo en un papelito y salgo.

- Nivel básico - decreta - ve a la recepción y pregunta. Pero creo que ya no hay plazas.

Vuelvo a los vestuarios sólo para secarme un poco y ponerme una camiseta. El viejo asqueroso sigue allí, secándose la polla esta vez delante de un gordito que apura un bocata. Mientras escapo de ese mundo de vapor y chanclas pienso que igual es mejor gastarme el dinero de estas clases en una cuenta premium de Netflix. Elegí un mal día para dejar de odiar a la gente.







miércoles, agosto 31, 2016

La Vie de Mimí

No hay nadie en la piscina, colonizamos la mesa como si fuese una de esas islas de ultramar, plantando la botella de tinto de verano cual bandera del imperio veraniego. El aire caliente de Madrid ha matado ya a las avispas y casi ni las hormigas se atreven a salir de casa si hay que caminar bajo el sol. Mimi se sienta a mi lado y quedo, sin querer, en medio de la pareja de amigos que ha venido a visitarme. Yo acabo de volver del taller.
Espejos retrovisores doble espectro: 75 euros más IVA.

- ¿Qué tal Ibiza? - pregunta, mientras busca el móvil en su bolso de esparto.
- Bien - intento no ver mucho su escote - Aunque la parte esa que es como de cartón piedra, la del puerto, eso me recordó a Benidorm y quise salir corriendo.
- Ya. Petao de guiris.
- Y despedidas de soltero - dice Manu.
- Y alemanas gordas - remato, y nos reimos todos.

Mimì se quita de un solo movimiento el vestido y mi amigo y yo la miramos embobados. Le cae el pelo rubio sobre la cara redonda de niña bien. El naranja fosforito del bikini resalta su piel quemada.
Crema de coco, PH neutrer forever skin: 19€

- Estás negraca - digo y trago un sorbo de tinto fresquito, para calmarme.
- Si! - feliz - esta semanita en la playa ha sido genial.

La vemos irse a la piscina y Manu y yo le hacemos adiós con la mano. Ni he terminado el movimiento cuando le pregunto a mi amigo si al final se petó a su ex, o a la chica esa del instituto que lo había contactado por facebook. Me hace un gesto para que hable más bajo pero le digo que su novia está bajo el agua, no nos oiría a menos que se follase a Aquaman. Maqueta de Atlantis, Bandai : 244€ + gastos de envío.

- Nada tío, estuvimos de birras y ya.
- ¿En serio? Pero si me has dicho que no follas hace 2 meses. Yo estaría ya a punto de explotar y me valdría cualquiera.
- Ya y yo, que me estoy matando a pajas, tú. Pero es buscarse líos. Hasta la he bloqueado en facebook por si me quiere etiquetar.

Mimi nada como una sirena naranja fosforito. El agua de la piscina es transparente y la cara del socorrista dice que está rogando al cielo que esa rubiaca se ahogue; al menos un poquito. Veo de refilón a mi amigo que sigue moviendo los labios, asiento, y me sirvo un trago largo. Tinto de verano y hielos del chino: 4,20 €.

- ...así que ahora duermo en el sofá, porque Mimi dice que ronco mucho.
- A mucha gente le pasa - lo consuelo - mis padres duermen separados por lo mismo.
- Nos pillaremos un piso con dos habitaciones, que me estoy reventando la espalda.
- ¿Pero no habeis probado cosas nuevas? No sé, viajar y tal.
- Es lo mismo, una situación de mierda. Pero eso sí, con paisajes distintos.
- ¿Qué paisajes? - nos interrumpe Mimí, que lleva chorreando agua como si la hubiese pintado Botticelli.
- Los que se ven cuando uno está de viaje - respondo, porque mi amigo se ha tragado hasta los hielos de la copa.
- Uf sí tío. Que no te he contado - toalla al suelo, flota en algodón de azúcar y aterriza rubísima en el césped artificial- que nos fuimos a la playa. Tres amigas, bueno, tres amigas y estuvimos en las calas ahí haciendo nudismo ¿sabes? Y yo no hice porque me da vergüenza y tal pero molaba verlo y que la gente es superlibre ¿sabes? Pero claro, se te mete la arena por el culo y molesta así que luego menos mal que cuando me estaba duchando con mi amiga en el hotel..
- Espera ¿cómo?
- Sí, que estábamos en la ducha y mi amiga me ayudaba con la arena ¿sabes? Por que era dificilísimo llegar y...
- ¿Te duchas con tu amiga?
- Si ¿por?
- No sé, es raro - digo, pero Manu no me apoya; ya ni rechista. Está como perdido viendo una hoja que flota sobre el agua.
- Pues lo hacemos desde niñas.
- De niñas tiene un pase, yo que sé en plan jugando. Pero es la primera vez que sé de tías de 30 años que se duchan juntas. Sin un saxofón sonando como música de fondo, quiero decir.
- Jajajajaj - ríe, como un delfín - eres un cachondo. Me voy, que sólo venía a por más vino.

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- Manu, tío. Eso no es normal.
- Paso tío. Si se van siempre de vacas, desde que tienen 13 años duermen juntas.
- Es que..
- Y se prueban ropa en Intimissimi. Y se burlan de nosotros, sus novios, cuando van borrachas. Que si no sabemos follar o yo que sé.
- ¿En serio? Joder.
- Al final te acostumbras.

El que no se acostumbra, claro está, es el socorrista. Que se ha puesto un libro en la entrepierna, imagino que para que no se le note la alegría de ver a Mimi ir y venir en esas aguas donde normalmente a estas horas no nada nadie más que una señora de 80 años. Que lo llama jorge, cuando su verdadero nombre es David.
Nos acabamos el tinto y Manu ya se ve más relajado. Se ofrece a ayudarme con el coche roto, pero le digo que don't worry, que mi hermano me conseguirá unas piezas del desgüace. El calor no baja peeo la piscina ya es pura sombra y la pareja decide acabar su visita. Los acompaño al coche y cuando mi amigo arranca le hago adiós a Mimí que me lanza un beso volado.

Me tumbo en el sofá y pongo una peli con Jodie Foster. Una en que se lía con Sayid de Lost y luego aprende a dispararle a las cosas. Me aburre soberanamente y no logra sacarme una idea de la cabeza. Una idea que con el paso de los minutos se va convirtiendo en propósito. Un propósito que se desmaya y se transforma en desgano. Un desgano que fermenta y al final no es más que una frase, que se repite en bucle, tanto que me arrulla hasta que caigo rendido:

"A Mimí le gustan las tías más que a un tonto un lápiz"


miércoles, junio 29, 2016

MDMA

Y busco como mover las piernas, porque no me da. Pruebo al menos el dedo gordo del pie, sí, el gordo, que ese es el más fácil y es con el que de niño jugaba a coger cosas. Como los monos de las pelis de Johnny Weismuller. ¿Qué son? ¿Las seis o las siete? Puta droga. Póntelo en la lengua dijeron, será divertido dijeron. Y sí, baile hasta morir y sintiendo todo y disfrutando todo. Mucho mejor que estar borracho, que la mitad de las cosas se pierde pero ahora estoy aquí sentado y mis piernas no van y ha subido uno al andén que quiero reirme y no puedo. Soy Oliver Atom atropellado, soy Nobita en leyenda urbana.

Camiseta negra. Piercing de delfin en la nariz. Metro cincuenta. Pulseritas mierder. Zapatillas blancas y piratas. ¿Es hombre, mujer, o ecuatoriano?

Y muevo dos dedos de la mano izquierda, esos que tanto te gustaban y donde nunca me dejabas llevar anillos, y sí, se mueven. Pero la señora que está sentada enfrente me ha mirado raro. Quiero decirle que qué mierda quiere, señora; pero paso. Soy Chita tetrapléjica, soy un andaluz tras la Feria de Abril, soy Maradona en USA '94. Próxima estación Núñez de Balboa.

Vestidito melón. Se transparentan un poco las bragas, del Intimissimi calculo. Sandalias blancas y uñas de los pies pintadas. Whatsapp onfayer. ¿Descendiente directa de Nefertiti?

Y muevo los labios, como estirándolos y un beso suena en mitad del vagón. Me hago el loco y miro al techo, a las puertas, a Nefertiti, al del piercing de delfín y a mis dedos que siguen moviéndose bien. Recorro cada uno de mis dientes con mi lengua adormecida sólo para volver a sentir eso tan rico que siento cuando voy al dentista. Soy Bardem en Mar Adentro, soy la frase que nunca dijo Rambo, soy Kurtwood Smith al final de Robocop. Proxima estación Sainz de Baranda.

Chupa biker del Rastro, camiseta de Los Ramones (dime una canción, you punk), pelo blanco sin lavar y jeans levis de otro. Chicle de hace dos horas. ¿Dónde dejaste la máquina del tiempo, abuelo?

Y muevo medio cuerpo fingiendo un escalofrío, y mi pelo de Ex-Menudo cae sobre mi cara. Lo recojo con la mano izquierda y ya de paso veo en mi reloj que llevo dos horas dando vueltas en la puta línea 6. Mi culo dice hola, buena señal. Me rasco la barbilla con el dorso de la mano y me hace cosquillas mi mentón mal afeitado, Joey Ramone de mercadillo me da la espalda y apreta frenéticamente el botón de apertura de puertas y yo lo odio until the end of the time. Soy Clarita en 3D, soy Christy Brown sin talento, soy el amigo negro de Malcom in the Middle. Próxima estacion Conde de Casal.

Chanclas de piscina y calcetines con dibujos de una baraja, shorts de padel y camisa abotonada hasta el último botón del cuello por si a alguno nos quedaba la duda de su retraso.

Creo que siento la pierna derecha. Pruebo un poco y mi rodilla no va bien, no gira, o no la siento girar. Pero estoy hasta el rabo ya y me agarro del pasamanos como si fuese el bastón del último Moisés. Toda la fuerza de mis brazos da para levantarme y espero, sudando como un desgraciado, a que la voz diga Próxima Estación Pacífico. Lo dice y veo fijamente a la puerta, esperando a que se abra para saltar fuera. Pero cuando lo intento se cruza una gorda a la que le cerraban la nevera o algo y me tira al suelo al querer salir antes que nadie. Todos me ayudan pero soy Tyson tras conocer a Buster Douglas, Materazzi contra Zidane, Daniel San sin Miyagi.

- Tiradme en el andén porfa - ruego - que esta es mi parada.


lunes, junio 06, 2016

Los vecinos de Lucha

Soy Moncho Huertas, o Uertes o Werts, no lo sé porque nunca lo he visto escrito, sólo escuchado, así que podría ser Werts o Uertes o Huertas, mi padre, dicen, era un vendedor de jabones que un día llegó al pueblo y dejó preñadas a más de la mitad de las mujeres de mi barrio, a mi madre de mi, a la señora Lucha, que era puta, de mellizos, a la negra tamalera de un negrito que luego fue futbolista y llegó a la selección y metió muchos goles, y a una quinceañera evangelista de una niña super rubia de la cual yo me enamoraría desde los dos años hasta los 16, cuando se largó con un motorista vago de la esquina y me rompió el corazón, la señora Lucha era puta porque los demás decían que lo era, yo nunca la vi con nadie, ni marido tenía, pero a sus hijos nunca les faltó de nada, uno era mestizo y gordito como ella y el otro dicen que se parecía al jabonero, blanquiñoso y siempre sonriente, yo tampoco me parecía al jabonero, yo era chinito y flaco y el mellizo mestizo era mi mejor amigo, una tarde cuando unos niños del colegio le dijeron que su mamá era puta él los atacó mal como dicen que ataca un toro toreado, y yo, como era mi amigo, ataqué también y me lleve dos patadas en la espalda, una camisa rota y el robo de todos mis libros, al negrito pelotero nadie lo insultaba, aunque fuera buenísimo en matemáticas y en historia y dibujase bien y todo, nadie lo odiaba, pero yo sí, no por negro ni por ser hijo también del jabonero, que yo entonces no lo sabía, si no porque chupaba todo, los lápices, las reglas, todo, y le apestaba la boca, entonces si se sentaba a tu lado en el colegio, porque claro, ibamos todos al mismo colegio, te apestaba las cosas, y yo Moncho Huertas o Uertes o Werts no lo sé porque nunca lo he visto escrito, sólo escuchado, así que podría ser Werts o Uertes o Huertas, aprendí a dibujar escondiendo mis colores, para que no me los chupe, el mellizo blanquiñoso resultó ser un hacha con las mujeres, a los 10 era el preferido de la hija del farmacéutico, a los 12 de la sobrina del profe de física que tenía 20 y ya a los 14 iba en scooter y le gustaba hasta a la emolientera de la esquina del mercado, un día lo encontramos tirado en una esquina, sin la mitad de los dientes y en calzoncillos, lo llevamos a su casa y los días siguientes, sin verlo más, nos dejamos llevar por las historias de la viejas, que si se había follado a la mujer del pollero, que si a la del verdulero, que si a la del coyote, que lo descartamos porque entonces estaría muerto y flotando en el río, nunca supimos la verdad, la señora Lucha lo mandó a Estados Unidos, o a Yuesei, o a USA no sé como se dice porque cada uno lo nombraba de una manera diferente y nunca lo vi escrito, el mellizo mestizo, que era mi amigo, también estaba enamorado de la hija rubísima de la evangelista, si yo le regalaba una flor, él le regalaba dos, si yo cantaba una canción en la kermesse, él le grababa un casette, si yo la esperaba a la salida de la panadería para andar juntos hasta su casa, cuando llegábamos él ya estaba allí, en la puerta, la amistad es débil si hay mujeres de por medio, me dijo mi abuelo un día, y se me grabó a fuego en el alma, ensayé declaraciones, me probé camisas, cambié de peinados y bañado en colonia la esperé como siempre en la esquina, la esperé hasta que los panes se acabaron, y, derrotado, fui a buscar a mi amigo a felicitarlo por haberla conquistado, lo encontré llorando por todo, porque se olvidó de comprar pan, porque su hermano se había vuelto gay en Estados Unidos, o Yuesei o USA, porque su vieja no era puta pero todos creían que era puta, y porque la hija rubísima de la evangelista se había escapado con un vago motorista de los de la esquina y nadie la había visto desde la noche anterior, yo me alegré un poquito porque podía odiar de verdad a quien se había llevado a la quinceañera ricotona, que no lo he dicho, pero se llamaba Mili, la mamá de Mili se pasó el día yendo a casa de las amigas de su hija y no señora aquí no está, no señora aquí tampoco, que va señora, esa es una bandida y no dejo a mi hija que se junte con ella, nosotros en el barrio esperábamos el desenlace que por entonces tenían esas cosas, o sea, que la hija iba a aparecer caminando diferente y con el pelo lavadito, mientras que el desflorador vecino aparecía dos horas más tarde, volviendo de un supuesto partido con los amigos del puerto, pero la mamá de Mili no, ella seguía creyendo en la virtud de su hija, en que no podía ser que se haya ido con ese vago de mierda que encima es cholo y chatito, mejor se hubiese ido con el hijo del de la farmacia que hasta tiene carro y todo, pero la señora Lucha, que ahora resulta que no era puta aunque todos decían que sí, le dijo déjala que esa vuelve sola, y la llevamos a la posta a que le hagan una bajada de reyes, el mellizo mestizo y yo nos miramos seguramente pensando lo mismo, pero antes de decir nada, apareció por una esquina la quinceañera rubísima, felicísima, limpita limpita y juraría yo que con las caderas más anchas, fue como cuando un tractor te da las largas en la carretera, entonces murió mi inocencia y me dediqué a buscar la manera de tirarme, yo también, a la quiniceañera, casarnos y ser felices y que llevase mi apellido, Huertas, Uertes o Werts, como chucha se escriba, que ya no sé.

lunes, mayo 02, 2016

En esto creo

Mi padre siempre me dijo de niño que, antes de recibir la pelota, yo ya tendría que saber a quién iba a pasársela, que eso me daría segundos de ventaja vitales contra cualquier rival. Uso ese consejo para todo, dentro y fuera de la cancha.

Mis hermanos son las personas más desorganizadas que conozco. Y yo juego a organizar todo. Es como que la hormiga tuviese de hermanos a 3 cigarras, Pero los quiero igual, aunque me pongan muy nervioso cuando se acerca una cena familiar y no sepa hasta horas antes si van a ir o no.

Me encanta New York, creo que es la única ciudad del mundo en la que me he sentido realmente invisible cuando he querido y potentado minutos después. 

Todas las pelis que tengo en casa son las que me han hecho sentir cosas, sin importar mucho su calidad. Puedes encontrar "Soldado Universal" o "Karate Kid" al lado del pack de Kubrick.

Siempre digo "por favor" y "gracias". Incluso cuando te estoy insultando

Hace mucho que no creo en dios, más o menos al mismo tiempo en que dejé de esperar que venga un ovni a abducirme en invierno. En verano no, que me pilla mal con las vacaciones y eso.

No sé hacer cuentas mentalmente. Antes de tener un smartphone me tenía que fiar de los camareros, podía pagar perfectamente 5 veces más lo que valían las cosas. Encima, para evitar pasar vergüenza, pagaba todo con tarjeta y no veía el ticket. Ahora uso la calculadora del Iphone.

No sé si alguna vez fui un cornudo, pero sospecho firmemente que sí, que lo fui. Con premeditación y alevosía, además.

He intentado tocar la trompeta, la guitarra, el tambor y sueño con el piano. Pero he fracasado en todo estrepitosamente, hace falta ser constante y muy disciplinado, atributos que olvidé cómo usar en 1987. De lo contrario ahora tendría un grupo de rock famosísimo.

Siempre me enamoro de la misma.

Tengo pocos amigos, imagino que es porque siempre intento que la gente que me conozca bien.

Odio la leche. ¿Has visto una vaca de más de 15 años bebiendo leche? ¿A que no? No más preguntas, su señoría.

Todo eso de ser vegano o de los libros de autoayuda me parece una gran chorrada universal. ¿Por qué cerrarse puertas que otros lucharon tanto para que nos las encontrásemos abiertas al nacer?

Cuando empecé con lo de las citas a ciegas, me preguntaba siempre por qué no le habría gustado a ésta o a aquella. Ahora me produce el mismo efecto que perder el autobús un domingo soleado.

Si pudiera decirle algo a mi yo del pasado sería "Relax, causa, no es tan importante".

lunes, abril 18, 2016

La campeona

Súbete una cocacola, porfa.
Ok, dije, y pensé así compro unos condones, desde aquí veo una gasolinera.
Gracias. Es el 3º D, llama al telefonillo, que te abro.
Estás muy guapa, dije, pero pensé, no te beso ni de coña, esa cara es de tener una neumonia de caballo, bonito piso, todo Ikea
Siéntate, lo siento por el catarro, pero te lo dije, llevo una semana así.
No, si lo importante era vernos, y no tardar la vida en llegar hasta aquí joder!, que he pasado mil rotondas, cada una más fea que la anterior. Así que hoy con un café, nos ponemos cara ¿no?
Sí, ¿te ha costado mucho llegar?
¡Qué va! con el GPS es más fácil, pero. en serio tú, ¿quién cojones vive en Humanes por voluntad propia?, si esto es más feo que una nevera por detrás. Calles rotas, árboles tristes, gente en chandal por las calles.
Ya, yo en media hora estoy en el centro...
Los cojones
...sólo tengo que coger la carretera blablaba que la pillo en blablabla y arreglao.
Ya, ¿te despelotas o qué?
Voy a tender la ropa de mis hijos ¿vale? Que justo ahora había puesto una lavadora.
Vale, que bajón tío, sólo le faltaban los rulos en el pelo y la bata de la abuela. Así que me levanté, tío, porque había una vitrina ahí que parecía de esas que ponen en la entrada de los polideportivos y me entró la curiosidad. Y estaba llena de trofeos con figuritas de alguien levantando la pierna muy alto, o metiendo puñetazos al aire. También había diplomas y uno que otro dibujo horrible de esos que hacen los niños. Y va y me pilla cotilleando.

Son mis trofeos de karate. Soy subcampeona de la Comunidad de Madrid y campeona absoluta de Humanes
¿Tú? o sea, ¡¿tú?!
Sí, o sea, fumo mucho como habrás visto, que ya llevo casi dos desde que has llegado. Pero lo llevo bien, cuando tengo torneo no fumo en todo el día. Mi entrenador me dice "no fumes me cago en todo" pero yo fumo y le digo "a ver Manolo, luego gano ¿no?, pues no me toques la polla...
Sí, así, "no me toques la polla"? yo flipaba.
... así que me fumo mis Fortuna y plin.
Plin. Dios.
Yo no fumo.
Haces bien. Cuando están mis hijos intento no fumar, pero me dicen "mami hueles raro". Tienen problemillas ¿sabes? los dos. Así que les explico con calma: "mami fuma porque es nerviosa, pero vosotros no debéis fumar ¿vale?" Siempre dándole ejemplo ¿sabes? Para que luego diga el gilipollas de mi marido que no sé criar a mis hijos. Que le den por culo a él y a la soplapollas de su madre.
¿Marido? Pero ¿no estabas separada?
Sí, pero no divorciada, estoy en ello. ¿me sirves un poco de cocacola?
Claro, claro no me vaya a dar una patada de grulla o algo. Vaya choni, y no paraba de hablar la tía
¿Cómo no voy a saber yo criar a mis hijos? Me cago en todo, si mi niña ha sacado sobresaliente en inglés, espera que te traigo las notas
No, no es nece...
Que sí, espera.

Me bebí tres sorbacos de cocacola y casi me asfixio. Me di golpecitos en el pecho y sentí los condones que me había metido en los bolsillos. ¿Te imaginas que me descubre con condones?

Mira, dice y abre la libreta en plan orgullo e madre. Yo hace rato que me quiero largar, tú. Espera que me limpio los mocos. [insertar sonido de mocos de abuelo aquí] Bueno, que mis hijos tienen problemillas ¿vale? Pero yo les tengo paciencia y nos sentamos y vemos las cosas y me dice "mami, no sé como se dice "entre" en inglés" y yo le digo "bitguïn" y ella "no entiendo" y yo "dónde están tus ojos...y tu nariz...pues la nariz está bitgüin los ojos" y ella "ay mami gracias, soy happy".
Claro, claro, miro el reloj, veryjapy
Es que tiene problemillas ¿vale? tiene el Trastorno de Déficit de Atención. Y el pequeño también. Y yo. Pero me medico ¿sabes?
112, ¿sí?, una pizza con queso y dos orfidoles. Pero, ¿medicarse en plan una pastillica y ya? ¿o en plan electroshock? - le solté, sí tio, ya total no la iba a tocar ni con un palo y sólo quería salir huyendo. Espera, rotonda, que esta mierda de barrio está petado de rotondas horribles.

Oye, que me tengo que ir en breve.
Ya, yo también he quedado aquí en el bar de abajo.
¿El de la esquina, el de las mesas de plástico?
Sí, ¿pasa algo?
No, ¿qué va a pasar?

Le di el abrazo ese de "hasta nunca", tío. Bajé sus escaleras horribles y oscuras y subi a mi coche más rápido que Michael Knight. Puse "casa" en Google Maps y salí escopetao. Ahora ya estoy por Getafe, que es horrible también pero al menos me lo conozco de cuando iba a la universidad...que va, paso, en cuanto llegue a casa le mando un mensaje de despedida, sabes que soy un gentleman aunque estén locas...¿dónde estáis entonces? ¿Bo-Ffin? Llego en media hora, pídeme una Guiness larga, me hace falta como el comer. Puto meetic, me doy de baja mañana. Te dejo que está la poli.

miércoles, diciembre 09, 2015

Chibolo Sur

Mis abuelos se separaron cuando mi padre era un niño. De esa separación nacieron dos familias, y de esas dos familias varios puñados de medios hermanos, que, en el mejor de lo casos, eran mis tíos de cariño. Entre esos tíos había de todo: un ratero desafortunado, una cocinera experta, un periodista frustrado, una cantante sorda, un crack en los estudios, un policía y hasta un hijito de mamá que se pasaba pegado a la falda de mi abuela y que, según decían mis tías, aprovechaba sus momentos de soledad para hacerse pajas furiosas viendo con amor una foto mal cortada de Olivia Newton-John, que tenía pegada en el cabecero de su cama.
Y ese tío, el pajero, fue el que me llevó por primera vez a ver un partido de Alianza Lima.
Él en realidad quería llevar a mi primo Javicho, hincha confeso de Alianza Lima y cuyo máximo sueño era jugar en Alianza, o, en el peor de los casos, pertenecer al Comando Sur. Pero Javicho jugaba al fútbol con la eficacia de un canguro. Entonces,  Javicho se conformaba con saber todo sobre los jugadores de Alianza. Sabía si  eran hijos de algún ex futbolista, si habían metido goles en la segunda división argentina, o si Elejader Godos los había elogiado una tarde de radio. Javicho, terminado el partido improvisado frente a la puerta de casa, en vez de sentarse con nosotros a hablar, corría a ver mi tio, el pajero, a contarle cómo había intentado imitar a tal o cual jugador. Todos adorábamos a Javicho, pero mi tío más, era su hijo imposible con Olivia Newton-John.
Por eso, cuando Javicho me dijo que mi tío lo iba a llevar al próximo partido de Alianza en Matute, no me sorprendí. Me jodió, sí, porque llevaba pidiéndole a mi padre que me llevara más o menos desde que nací. Así que, adolorido, esa noche mientras cenábamos solté la bomba.

-        -  Javicho se va a Matute el domingo. Lo lleva mi tío Dino.
-        -  ¿Ah sí? – respondió mamá, mientras me servía más estofado.
-      -Sí ¿por qué él va siempre a todos lados, y yo no, má? – pregunté, para luego soltar mi envidia a tope: – Si encima es una bestia en el colegio y su abuela tiene que ir cada dos por tres a hablar con los profesores.
-          -Hijo, no hables así de tu primo – me regañó – no hay que ser envidioso.

Me tragué el orgullo con las papas huayro del estofado. Terminé de cenar, leí un poco y me quedé dormido mientras mi hermano menor me hablaba de no sé qué estupideces suyas.
Al día siguiente, cuando llegué a casa con otro 18 en inglés en la mochila que ya ni enseñé, mamá me dijo que mi tío Dino me estaba buscando. Fui cagado de miedo, pensando “ya verás, como sepa que fui yo el que le pintó bigotes a las calatas de sus revistas”. Lo encontré preparándose un cebiche de jurel, con su inseparable amigo Cabeza è Comba y, casi sin mirarme, me dijo “Dice tu papá que tú también puedes venir al estadio, así que el domingo vamos Javicho, tú y yo”. No supe reaccionar, me quedé helado. Ni siquiera tengo camiseta de Alianza ni nada – pensé-, y eso seguro que es obligatorio para entrar, como la insignia del colegio cuando toca desfilar o algo así. Miré a mi tío, al jurel, a mi tío one more time, a los limones, a la cebolla morada, al rocoto, a Cabeza è Comba y solté, desde el fondo de mi corazón de niño aliancista feliz e ilusionado:

-         -  Oe Combita ¿Tú no vas a Matute?

Y se cagaron de risa. Combita era de la “U”.

El domingo, a las 6 de la mañana, yo ya estaba listo y en la puerta. Javicho vino a buscarme como a eso de las 2. Tenía la camiseta de Alianza, el short de Alianza, las medias de Alianza y unas adidas negras con rayas blancas. Yo parecía Nobita, el niño que acompaña a Doraemon y mamá me había planchado hasta el calzoncillo. Mi tío nos subió al vuelo en un micro destartalado que tardó más o menos unos cuatro días en llegar desde nuestro barrio del Callao hasta la Victoria, y nos dejó como a 20 kilómetros del estadio. Cuando llegamos a la puerta de la tribuna sur, que era la nuestra, yo ya no me parecía en nada al niño peinadito que había salido de casa y Javicho tenía la camiseta tan empapada de sudor, que parecía que había jugado tres campeonatos relámpago.  Mi tío, piadoso, nos compró una botella de agua de 10 cl. Para los dos.  Entramos.
A mí, Matute, me pareció inmenso. La gente cantando, el olor a árnica, el césped verde en casi toda la cancha, el señor que iba pintando con cal las áreas, el túnel desde donde se vería cómo salían los jugadores, en fin, todo era fútbol. Me sentía el niño más feliz del universo.

-       -Gracias tío Dino, por traerme – le dije, con sinceridad y toda la educación que me habían dado mis padres.
-         - De nada – respondió, sin mirarme – tu viejo ha pagao la entrada, yo no.

Y entonces vi como una bolsa llena de orines le explotó en la cabeza al señor que estaba sentado a nuestro lado.  Se rió su mujer, sus hijos, mi tío, Javicho y todo el Comando Sur. Yo estaba cagado de miedo. Cuál sería mi cara de espanto que mi tío Dino me dijo que no me preocupara, que ya había pagado pato ese gordo, que la próxima bolsa de pichi iría ya para otra zona, que ya nos habían bautizado.
Del partido no recuerdo nada, imagino que por el miedo constante a ser golpeado por algún otro excremento o a que las bengalas que explotaban a medio metro de nosotros me volasen algún dedo de la mano, como a los niños que salen en las noticias en Navidad. Al salir del estadio bajamos andando por una de las calles principales, siguiendo a la marea de gente aliancista que iba cantando feliz, creo que tras haber ganado el partido. Javicho y yo íbamos abrazados, moviendo la boca sin saber la letra de las canciones, como hacíamos en el colegio con la segunda estrofa del Himno Nacional, cuando de pronto una explosión enorme hizo que todos corrieran en dirección contraria. Mi tío alzó en peso a Javicho y lo tiró por encima de unos matorrales, yo, más ágil, hice lo mismo casi al mismo tiempo que él y, agachados, esperamos a que pasaran los policías con sus bombas lacrimógenas y patrullas barriendo contra todo y contra todos. En cuanto la cosa se tranquilizó, nos subimos a nuestro micro y volvimos a casa. Papá me esperaba en el paradero, mi tío le dijo que unos huevones le habían tirado un botellazo a un patrullero y habían hecho la cagada, Papá asintió, me dijo anda a la casa yo de acá te veo y yo dije “Gracias tío” y obediente, me fui. Mamá estaba bajándole la basta a mi uniforme, cuando me vio llegar.

-         - ¿Qué tal hijo? – me preguntó – hueles a meado.

-        -   Mamá – le dije, abrazándola – ha sido el mejor día de mi vida. Seré aliancista forever.

miércoles, septiembre 02, 2015

Trina naranja

- Deberías llevarte a mi hijo, tío - me dice, así sin más - un día a un museo o algo.

Ya me he tomado un café más negro que el futuro de un portugués, pero aún así no reacciono. Mi vaso de trina ve cómo lo muevo y los hielos suelan clin clin clin, mientras sigo escondido tras mis Rayban de siempre. No respondo.

- Tú siempre vas a esas exposiciones guays. A mi hijo le vendría bien ir contigo, le gustas.

¿Por qué no me salen historias nuevas? De niños, de padres, de bodas o algo. Clin clin clin. Una historia de muertes, de engaños, de carros o putas. Una puta que se enamora de un ciego en la puerta del Carrefour, ella le mete un euro en la botella cortada plástica por la mitad y él sin verle la cara de putísima pintarrajeada le dice Gracias Señora y eso la conmueve hasta las lágrimas. Y se enamora hasta que al ciego lo mata un carro cuando, meses más tarde, sale de follar con ella y de pedirle matrimonio.

- A la de electricidad esa que me contaste. Sí, esa en Gran Vía a la que fuiste con la pelirroja rarísima esa que luego te dió largas y no volvió a quedar contigo ¿te acuerdas? - clin clin clin - Pues las lucecitas de mierda esas igual le gustan a éste. Si míralo, no deja la puta PSP.

¿O alguna historia que le haya pasado a otro? Sí, eso puede ser. Algo con cocaína, marihuana, una gorda que huela mal y pis de gato en la esquina de la librería, sí. Y él pregunta si todos esos tomos de leyes son suyos y la gorda que huele como a queso dice que no, que estaban en el piso cuando llegó, pero que esos de aquí abajo sí que son suyos, sí. Y él mira como fingiendo interés y sólo se salva Milan Kundera, pero ese tampoco lo ha leído y él se la tira y se bebe la cerveza y patea al gato y se va. Patea cosas al volver a casa, por culpa de la cocaína malísima. Y le llega un mensaje de su novia embarazada.

- O no. Al Matadero.
- Nunca he estado en el Matadero.
- ¿Ves? Nosotros fuimos a pasar la mañana tio, y habia como cosas para niños y adultos. Esa es buena opción.

Clin clin clin, más aguado que al principio. Pasa un caballo y el viejo se mueve porque sabe que su autobús no vendrá. Y baja andando por la calle de piedra buscado casas que alquilar. Y ve una, y cuando empieza a apuntar el teléfono una mujer le dice que ella es la dueña que si quiere se la enseña. Que hay gasoil y no le gustan los perros así que prohibidos los perros porque si no tengo perros yo para qué mierda tengo que soportar los perros de otros ¿no?  Bueno señora, suerte y todo eso hija de puta. A ver si el gasoil explota y se quema usted y su fobia a los perros, amargada de mierda y si eso la llamo que estoy viendo más casas, sí.

- O al cine, por último.
- Vi Inside Out y...
- Uy no, esas mierdas no tío. Que pintan al padre como un loser y no hay parejas gays, o sea, falta modernidad. No no. Mejor los Minions, que así no piensa tonterías mi hijo.

De gays, sí. Clin clin clin. Que se conocen en una librería de esas de Malasaña, con luces guays y colores guays y clin clin clin, y qué raro que alguien lea ya a Boris Vian y me salgo a fumar ¿vienes? Y la calle se llena de erasmus italianos borrachos y uno les sonríe y les llama froci maledetti y los putos ignorantes les devuelven la sonrisa porque no han hablan más idiomas que el suyo, pero sí que ven películas sólo en versión original. Y oye vamos a mi piso y tú de qué vas maricón de mierda, y le estampa la cara contra un ford focus y lo deja ahí para que lo atienda un latero paquistaní. Que se lo folla.

- ¿Entonces?
- Voy a por agua.


viernes, agosto 21, 2015

Cachetada de payaso

Falso es el Patek Philippe que llevo brillando en la muñeca, y falsa es su hora.

Falsan son las extensiones de la morena de vestido verde que baila eso de yo yo, yo me paré un taxi yo yo, yo me paré un taxi, mientras camina hacia mí (para pasar a mi lado, sin verme, como hacen las mujeres con las columnas de los parkings) con una copa de color naranja fosforito. Falsa como su vaso de plástico. Falso como el sonido surround de este bar de mala muerte.

Falsa es la risa de un señor, que viene hacia nosotros para presentarnos a su sobrina pechugona. No me creo que sea su sobrina, digo, y cuando pregunta que por qué respondo que porque la acaba de besar en el cuello, y eso, estimado señor, mis tíos no me lo han hecho en la vida. Así que o en mi familia son muy raros o usted es el chulo de esta fresca, o quiere llegar a serlo. Su reacción no es falsa, se va con su tema a otro lado. Minutos después la sobrina está ya colgada del cuello de otro incauto. Yo, cuando me mira, sonrío, falsamente.

Falso es el sí que le he dado a Vicky, cuando me ha preguntado si hay química entre nosotros. No hay ninguna, nos enrollamos y ya. Pero he respondido con falsedad porque su pregunta también venía con falso ímpetu: a ella se la bufa tanto como a mí, y sólo quería saber si me importa que se haya follado un irlandés el jueves, haya dormido en casa de un toledano el viernes y haya dejado plantado a un pobre desgraciado el domingo, mientras yo estaba en la playa. Le dije que no, sin falsedad, y nos reimos desencajando la mandíbula, golpeando una mesa de falso aluminio.

Falso es el abrazo que le di al idiota del curro, en su último día de trabajo. Falso es el mail que mandó, despidiéndose de todos, falsos fueron los 3 euros que no puse para su regalo y falsa fue mi presencia en su despacho, cuando la mongola de la oficina se puso a inflar globos y le entregó dos muñecos y una tarjeta firmada por todos. A lo que él, reaccionó agradecido y nosotros nos conmovimos falsamante.

Falsas son las esperanzas de ver nuevamente a un ligue, tras nuestro polvo de una noche, y falsos son los motivos que se dan para no volver a quedar. Cada excusa parece sacada de mi manual de veinteañero y no muy falsas son las risas al verlas llegar.

Falsa es mi ex, que dice que nació para ser feliz no para ser normal, y se folló a un niño bien en cuanto la dejé, y luego dejó a este por un policía salsero de Barcelona, al que dejará cuando le dé por visi.tar Siberia y se folle a un esquimal.



viernes, julio 03, 2015

Leaving Green Sleeves

A Lina

- Sal, ¿qué haces aquí? - dijo mamá.
- No sé - respondí, doblado en el sofá como una zarigüeya no nacida -, si estos siempre dicen de salir y al final no va nadie.
- Yo me quedo aqui - amenazó -, si no hay problema. Que mañana como con tus tías y subir a Alcalá pa volver es tontería, Tú vete y diviertéte, mongo.
- Enga, me ducho.

Salí de casa pensando en tomarme dos y volver, y eso mismo iba pensando al entrar en la boca de metro: De refilón ví como una señora que antes cojeaba había recuperado de golpe la elasticidad en las piernas para saltar los tornos y colarse. Corre, salta, me mira, me ignora, se larga, la imito, me engancho, casi me caigo, recupero la cordura, me acomodo el pelo de Menudo y pico en los tornos como el asalariado responsable que quiero ser.

Próximo tren: 5 minutos. Bien.

Reviso twitter, nada. Mails: 2, uno de linkedin y otro de mi taller, que no me han conseguido la puerta del coche y toca esperar una semana más. Llega el tren. Hay un músico que debe ser de mi pueblo, terminando de destrozar una canción de Los Panchos a ¿ritmo? de zampoña, dos rumanas en leggins de colores que tienen pinta de haber sido comprados en el Primark y una guiri mega-arreglada que seguramente bajará en Atocha. Carne del Kapital. Me siento al fin. El asiento está caliente.

Nota mental: no sentarse nunca justo después de un gordo. Todo huele a cheetos.

Luca me espera desde hace un par de minutos ya, ha vuelto a ganar en esa competencia amistosa que tenemos por quién es más puntual. Pagas la primera ronda, me dice, y yo asiento mientras los dos miramos a una pelirroja que cruza la calle Barceló como si estuviera rodando un anuncio de Aqua di Giò. Bajamos por Divino Pastor sin rumbo fijo y empezamos a arreglar el mundo. Le hablo de mi última ruptura, me pregunta si estoy afectado, me descojono, y dice Lo tomaré como un no. Me habla de su despedida de soltero en Italia, pregunto que cuándo será, y me mira extrañado, sabiendo que me estoy haciendo el loco porque asume que estaré en Venezia cuando a él le toque vagar por la calles borracho y vestido de azafata.

- ¿La primera aquí? - señala un bar mierder de Dos de Mayo, petado de modernos.
- Venga, sí, - respondo - pero rápido tío, que aquí estos pijoflautas te arman igual una manifa en cero coma. Sin dejar de hacer fotos con sus Iphone6.

Cerveza. Vaso. Barra. Camarera borde. Cerveza. Cinco Euros. Aire.

Bajamos por La Palma sin rumbo y llegamos a una plaza que yo no conocía, con el encanto del Madrid bohemio, pero sin la carga de erasmus borrachas ni pueblerinos que quieren molar. Hay torres antiguas y un colegio, hay palomas tardías y una rata seca en una esquina, hay chicas guapas y chicas feas, hay negritos vendiendo pelis, hay gitanas vendiendo flores, lo que no hay son mesas libres. Conozco un mexicano que está guay, dice mi amigo, y yo apruebo con un microscópico levantamiento de mis hombros que todos los que me conocen bien saben que quiere decir whatever, tío. Se nos acerca la camarera.

Cuaderno viejo y manchado de guacamole. Lista de espera de 40 minutos. Huele a margarita. A nombre de Luca.

Nos metemos al primer bar cercano, a esperar, bebiendo la segunda de la noche. Botellín de Mahou. Brindis. Offro io, si rilassi. y empiezo a sacar información a mi amigo sobre sus vacaciones de verano; no sabe que no iremos con el Venezia, pero que sus amigos madrileños planeamos una realidad paralela y esta reunión nocturna es vital para nuestros planes. Entre confirmación y confirmación de fechas, Luca vuelve a preguntar por Mèlanie y le cuento que no llegó a nada porque no tenía sentido, nos habíamos conocido en mi cumple y, a pesar de salir a cenar sin stress un par de veces más, era obvio que no teníamos nada que hacer juntos. Pero le propusiste irte de finde a la playa, me pregunta, y respondo que sí, porque me gustaba su compañía y estaba seguro que sería divertido estar juntos en el bungalow de Santa Pola, y que, a pesar de que esa invitación la hizo sentir vértigos justificados y huyó como Speedy González, sigo creyendo que es buena chica y le deseo lo mejor. Sabes que soy un romántico tío, follar con chicas guapas me enamora.

Tiburón con vestido. Pasa directa hacia el baño, como el que mató a Tony Soprano.

Quise seguir hablando sin quitarmela de la cabeza, ni a ella ni a su vestido, y claro, perdí el hilo de lo que estaba diciendo. Metí in extremis en mi post-it mental algo de que no podíamos irnos la primera semana de Agosto y por suerte Luca interrumpió mis pensamientos diciendo voy a saludar, que está allí mi ex inquilina. Asentí y cogí una revista mientras escudriñaba el bar en el que habíamos caído: paredes de colores y barra mal llevada, mesita con libros, dos ventanas y una única puerta de escape en caso de incendio o terremoto o ataque de Godzilla, una hoja de firmas al lado de la revista con una petición de la Asamblea de Radical Chics de Malasaña al Ayuntamiento para que los perros pudieran hacer yoga canino en la Plaza del Dos de Mayo los segundos jueves de cada mes; firmé  - me pareció una petición razonable - y seguí con mi birra.
Mandé un whatsapp al grupo secreto: Maricas, la despedida tiene que ser la segunda semana de Julio (emoticono de flamenca, emoticono de billetes volando). Luca me llama.

- Te presento a mi ex inquilina.
- Perdona por quitarte la diversión - me dice ella, sonriente.

Dos besos. Huele a aloe vera, incienso y chill-out.

- Que va - respondo - si ya nos estábamos quedando sin conversación.
- Esta es mi amiga - nos dice, señalando a la que me quitó el hilo de la conversación. Y quiero ser Tony Soprano, pero soy Chrissy Moltisanti - hemos salido a dar una vuelta.

Dos besos. Pecas. Un olor a tabaco y Chanel, una mezcla de miel y café.

- Tenemos mesa ahora en el mexican. Si os queréis acoplar, sois bienvenidas - ofrezco.
- Sí - me ayuda Luca - veniros.
- No sé, nos apetece dar un paseo blablablablabla - veo tus pecas y muero - no teníamos intención de cenar, blablabla, así nos da el fresco blablablabla.


De lejos vemos que la chica que huele a guacamole y margaritas nos hace una seña. Te vas. Tenemos mesa. Luca quiere saber más de la tarde en que rompí con Mèlanie (¿o rompió ella conmigo?) y le cuento que me dijo que por culpa de los 42 tíos como yo con los que se había acostado los últimos 3 años, sin protección, ella tenía el virus del papiloma. Le digo, con detalles, cómo esa misma tarde volé a la clínica Ruber para hacerme todos los exámenes que incluía el pack cheap fucker, y cómo me compré un par de Reebok blancas para celebrar que, por dentro, seguía limpio e inmaculado de infecciones sexuales. Están volviendo tío, me interrumpe Luca, pero estoy distraído viendo a las paredes rojo intenso del mexicano, pensando que igual ese es un color más acorde a un restaurante chileno. Nos acoplamos, dice la ex inquilina, y yo sonrío, al ver tus pecas one more time.

Que cosas bonitas, que con los ojos no vemos.

Llegan los nachos, la jarra de margaritas, una cosa que parecen fajitas pero no son fajitas y saben a kebab. Hablamos de viajes, de amigos, de meditación, de drogas, de ayahuasca - y se me ponen los ojos como platos -, de yoga, de Italia, de España, de Colombia y de Perú. De los bailes, de las modas, de mi pelo y de la sed, del calor, de los turistas, de Carmena y de los perroflautas, de las manifestaciones, de las calles, de los bares y otra jarra de margarita por favor, del baño del local, del camarero que ha resultado ser vecino mío del Callao, de Jairo Varela y de irnos de copas, que ya nos están echando de este mexican de medio pelo.

Te dejo ir por delante. Ese vestido te queda pintado. Guiño codazo guiño.

Nos llevaste a un bar, y por el camino perdimos a tu amiga, que desapareció cansada entre la riada de modernos en bermudas y chanclas que yo sólo uso cuando estoy en la piscina de casa. Dentro del garito la música era bastante aceptable y el primer trago de mezcal que nos invitaste me entró con la suavidad de un sorbo de agua tras el desierto de Sechura. Probé a echarte la sal sobre el cuello, para saborearlo mejor, pero, sabiamente, rechazaste mi oferta. Luca me miró sonriendo y en cuanto te descuidaste preguntó ¿me piro, tío? ¿cómo lo ves? Le respondí que qué va, que estábamos divirtiéndonos, que no pensaba mover ficha esta noche. Vengo en son de paz, me mentí en voz alta.

Vuelves. Segundo shot de alcohol. Bum. I sang my songs, I told my lies.

Pasan las horas entre risas, pies pegados en ese bar que, según se va yendo la gente, se desnuda como un antro sin limpiar. Nos hacemos unas fotos con Luca que es fan de los selfies y cuando salimos y te comes un durum te ruego que me lleves contigo. No he venido a ligar, me dices, y te miento que da igual, que lo que quiero es huir de esa noche que ya es muy larga. Te dan un durum, pagas y le metes un bocado tiburonesco. Mi amigo está fuera hablando con unos borrachos y yo aprovecho para escapar. El sol empieza a salir tímidamente por Malasaña, y lo mejor es que has aceptado, no sé en qué momento, huir conmigo.

Calle Fuencarral. Durum en el escote. Te ayudo. Besazo. 

- Vamos a tu casa. En la mía está mi hermana - digo, per pienso: ¿hermana? ¿qué hermana?
- No puedo, tengo visitas también.
- Ya, bueno, mi hermana está en el sofá - digo, pero pienso: he dicho hermana otra vez, cuando quería decir mamá ¿qué cojones me pasa? -  así que si no hacemos ruido, todo bien.
. Venga sí, vamos. Además, no tenemos que follar.
- Claro, claro - digo, nos metemos al metro y pienso: ¿hermana? what the fuck!

Llegamos a casa de día y robas lavanda de una esquina. Mamá sigue durmiendo en el sofá, y no ha leído el whatsapp que le he mandado diciendo voy con una amiga, si oyes ruidos huye a por un café. Entramos a mi habitación y junto a tu vestido, caen también tus bragas a plomo. Nos hace gracia todo y disfrutamos como se tiene que disfrutar de estas cosas, porque una aventura es más bonita cuando olvidamos que hace mucho pero mucho rato amaneció. Sonríes, hablamos, me pides que apague la luz para intentar dormir. Lo hago y noto que se cuela ya el sol por las rendijas y que Drácula nos mira después mi poster de cine. Cierras los ojos y yo también, empiezo a roncar como una bestia, parpadeo y han pasado 3 horas.

Then I saw you naked, in the early dawn.

Al despertar, pocas horas después, te pregunto si ronqué mucho y me dices que al principio pero luego no molestaba. Me dices que te gusta como huele mi cama, y como huelo yo, te digo que me gustas y que quiero verte one more time, y digo tu nombre compuesto, suave, susurrando dentro de tu boca, que así mola más. Sonríes, nos vestimos y vamos a buscar un café decente porque confieso entonces que el que tengo en casa es lamentable. Salimos y mamá ya no está, se ha ido a la comida que tenía con sus hermanas, imagino. Y sigo preguntándome en silencio ¿por qué cojones dije "hermana" cuando tenía que haber dicho "mamá"?

Sol potente en la calle. No hay gafas, Café, zumo de naranja y miradas perdidas. Cara escombro la mía, tú guapísima.

Desde la mesa de la cafetería ves llegar un autobús y me dices que ese es el tuyo. No pregunto si es verdad, y te acompaño como el gentleman que me han enseñado a ser. Llegamos a tiempo y antes de subir te cuelgas de mi cuello y susurras un chau, gracias por todo que suena a despedida en el muelle del Titanic, pero no soy Jack Dawson, soy Daniel San. Hablamos luego, y vemos cuando quedamos respondo tímidamente, pero sé que ya no me escuchas. Cruzo la calle y veo como el autobús te lleva dentro. Huelo mis manos para recordar tu olor y desando mis pasos para robar lavanda del mismo punto en que horas antes la robaste tú. Pero soy torpe y sólo consigo que vuelen hojas y despierto a una avispa que me persigue entusiasta varios metros hasta que, premonitoriamente, pasa de mí por ponerse a jugar con un charco de agua. Vibra mi bolsillo. Iphone. Mensaje de mi hermano.

- Mamá nos ha enseñado tu wasap de esta mañana. Que cague de risa hermano (emoticono de risa con lágrimas, emoticono de pulgar levantado, emoticono gato sacando la lengua).

Busco tu autobús, pero ya se lo ha tragado la calle que arde al sol del poniente. Vuelvo a casa y duermo dos meses. Al despertar, Drácula seguía alli.

viernes, abril 10, 2015

Calle, calle nomás

No sé por qué mierda siempre digo que soy de puerto, si nado menos que un pollo. Y es que cuando la gente me pregunta que si soy de Lima, digo que sí, pero del Callao. Como si eso significara más para ellos que lo que me dijo una chica cuando afirmó que era madrileña, pero no, no. Era de Coslada. Y Coslada no es Madrid, es Coslada, eso lo sabe todo el mundo.

En ese Callao del que me vanaglorio como de un lunar en el párpado, la tele Westinghouse en blanco y negro de mis viejos era como una ventana a un mundo que molaba más que el mío. Del que siempre me quería ir. Yo sentado en el suelo fresquito y sin alfombras veía Transformers cools, Gobots retardeds, a Maradona, a Tiffany-Amber Thiessen (de joven), a la novia rubia del gordo Jamie Lawson y a Michael Knight con su pelazo y sus polos azules marcaombligo. No tenía Ipad, ni youtube así que tocaba ver lo que echaban en cuatro canales de mierda a los que, como a los parientes cansinos, les acababas cogiendo cariño.

Mamá, indestructible, nos dejaba ser mientras ella era y sabiendo que no había nada malo en la pantalla esa que nos pudiera hacer ser cómo no quería que fueramos. Mi hermano y yo salíamos entonces a la calle, cuando ya nos dolían los ojos de imaginarnos los colores que diferenciaban a Superman de Batman y habíamos terminado la tarea miserable que algún profesor mal pagado (pero bien intencionado) nos había puesto para esa tarde.
En la calle siempre estaban los mismos: El negro, el cholo, el engreído, la niña mona que ya apuntaba maneras, su hermana mayor que confirmaba las maneras y las mañas que todos intuían en la menor, un retrasado y un perro que era de todos.

Nadie tenía Iphone, había que hablar y contarse cosas.

El negro contaba entonces, sentado en cuclillas como una momia Paracas, que su abuelo se estaba tirando a una vieja desmuelada, borracaha y a la que sus hijos habían abandonado; una mujer misteriosa y a la que nunca vi, pero que siempre supe que era mencionada en cada tertulia como La Chilindrina. La Chilindrina es una mierda, decía, Le ha robado el marido a mi abuela, conhesumare.

El cholo nunca se sentaba, nos miraba a todos como desde lo alto de Sacsayhuaman y de vez en cuando se limitía a reirse de las mierdas que contábamos. Su risa era como de hiena, aunque en la sierra de Perú creo que no hay hienas, pero igual se reía como eso. Era cholo, se podía reír como le diera la gana. A veces lo acompañaba su hermana enanita, pero desaparecía minutos después sin que nos diéramos cuenta.

El engreído era hijo de policía y siempre traía algo nuevo cada tarde. Obviamente, se lo robábamos y lo tirábamos al techo más cercano. Hasta que un día, hasta las pelotas, bajó con el revólver de su viejo y nadie tuvo huevos de quitárselo. Nadie, excepto yo, que de niño ya mostraba mis dotes de máximo imbécil del universo. El engreído forcejeó como pudo, y fue una lucha intensa. Cuando estaba yo ya a punto de apoderarme del revólver y matar a todos mis amigos por accidente, su viejo policía apareció, se acercó, nos rechuchó, le metió una bofetada a su hijo que le hizo bizquear y se fue a casa blandiendo el revólver como si hubiese ganado él solito la Batalla de Ayacucho.

La niña mona se llamaba Mila y luego fue más puta que las gallinas. Pero era mi amiga. Todos estábamos enamorados de ella, olía bien, siempre iba limpia, pedía las cosas por favor; un peligro de mujer. Eso sí, nunca la dejamos jugar al fútbol con nosotros, porque no, Mila, eso no es para chicas, a eso sólo pueden jugar mis primas, que tienen en las piernas más pelos que yo.

Su hermana mayor era de la selva, por alguna razón misteriosa, porque si viejo nunca había estado en la selva pero su mamá sí, y a esa no la mirábamos nosotros, si no nuestros padres. La llamaban la Charapa y cuando pregunté porqué me dijeron que era una tortuga de río que siempre estaba cachando. No entendí hasta que llegué a la universidad y conocí a muchas chicas de ls selva, ya de mi misma edad. Entonces volví al barrio y busque a la hermana mayor de Mila, que ya tenía dos hijos de diferente color y el pelo reseco.

El retrasado era mi mejor amigo. Nunca he tenido un amigo más sincero que ese, ni creo que lo vuelva a tener. A veces lo dejaba fuera de mi equipo y él esperaba ahí, sentado, hasta que acababa el partido. Yo jugaba y lo veía de reojo y seguía sonriendo, sin odiarme. Yo estaría enfadado hasta hoy si me hubiesen hecho lo mismo, pero él jamás me reclamó ni eso ni nada.

Por eso, ahora que me preguntan que de dónde soy, digo siempre que soy del Callao. Porque allí se quedó mi amigo el retrasado, la Charapa, el negro, el cholo, su hermana invisible y el perro, del que no he dicho nada porque ese perro es todos los perros.

martes, enero 28, 2014

Au revoir les pirañas

Cuando Ely me dijo que no podía follar conmigo, no quise insistir.

Había sido todo idea suya, desde el principio, pero yo me había dejado arrastrar como un niño flaco al que llevan al McDonalds. Días antes de llegar a Lima me dijo que mejor no, que vivía con su novio, que él la quería mucho, que no lo veía justo. Yo leía esos whatsapps en la bici estática del gym, cagado de risa. Respondí que no pasaba nada, que no iba a insistir, que luchara por esa relación, que merecía ser feliz.

La verdad es que ya había quedado con una que estaba más buena que ella.

Mi cita (la tía buena, no Ely) me llevó a un restaurante a la orilla del mar, con pianista con frac, mesa al lado de la ventana tan cerca al mar que casi podia lavrme las manos en él y con menú acorde. Yo, para no faltar a mis costumbres gañanas adquiridas en Madrid, llegué 30 minutos tarde. No por mi culpa, es verdad, pero tarde al fin. Me senté disculpándome y llamé con una seña sutil al camarero. Pedí una jarra de sangría para ir bebiendo mientras mirábamos la carta. Ella me hablaba y yo pensaba en eso de se había desarrollado más de lo que pensé, hola que tal cómo te va? que lindo cuerpo tienes vamos a pasear, aproveché para mandar un SMS (no desde mi Iphone, dejado a buen recaudo en casa) a mis padres confirmándoles que el taxista no me había robado todo mi dinero en un cajero automático, ni me había tirado al Rímac completamente desnudo.
Esa noche todo salió tan bien que creía que de verdad el Perú había cambiado en los 300 años que estuve fuera. Grande fue mi sorpresa cuando al día siguiente fui de compras al centro.

La ropa era igual de horrible, las calles estaban igual de sucias y la gente era igual de maleducada. Subí a un taxi creyendo que estaba en Europa y cuando el taxista me dijo que no iba hasta mi casa porque su licencia era falsa no sabía si reir, llorar, gritar o llamar al policía que estaba comiéndose un sanguche de pollo en una carretilla ambulante. Al final un pirata aceptó llevarnos pero apenas subimos mi viejo le pidió que quitase a Camilo Sesto (Perú es el único lugar del mundo donde suena Camilo Sesto), que ya estaba hasta las pelotas de él. El taxista pirata, sin dejar de sacarse los mocos y como mejor respuesta ofdegüorld le dió a un botón de su asqueroso salpicadero. Vimos entonces iluminarse la pantallita de lo que parecía ser un GPS roto para mostrar a nuestros atónitos ojos un programa en vivo de alguna televisión regional. Con música andina y chola bailando a juego. Mamá pensó en voz alta: "¿eso es legal? lo de la tele en el coche digo, la chola seguro que sí", mi viejo echó de menos a Camilo Sesto mientras trataba (inútilmente) de subir el cristal de la ventanilla trasera, y yo pregunté qué cómo cojones cojía la señal la mierda de tele esa. El tipo respondió "satelital", sin siquiera mirarme y siguió saltándose los semáforos.

Al día siguiente decidí no arriesgar más y no salí de casa nada más que para cenar con mis amigos de la facultad. En Miraflores of course, mirando al mar, of course, todos súper cool, of course. Llegué tarde, of course; otra vez por culpa de los taxistas. Comprobé con una mirada que todos aquellos que se inscribieron por facebook, al final, esa noche tenían algo mejor que hacer. No pasa nada, me dije, y me senté a la mesa con los que buenamente podian haber venido, bebimos, picamos una cosa rara llamada tequeños o algo así, pagamos y nos largamos al piso que una amiga se había comprado en pleno centro de Miraflores. "Señor, usted no ha visto nada" le dijo al portero nada más entrar y terminamos así la noche: bebiendo en un sitio tranquilo hasta que me entró sueño, me levanté del sofá de piel repujada y me fui.

Al llegar a casa vi que Ely me había mandado un mensaje diciéndome, que ahora, tras verme, se lo había pensado mejor y que lo de su novio no era tan serio. Me cagué de risa one more time y me dormí, pasando de contestarle. Al día siguiente me escribió, pero ya había entendido la indirecta y sólo me dijo que los que no habían podido venir se morían por darme un abrazo, que por favor, que no me vaya de Lima sin verlos, que ella también se apuntaba.. No me hice de rogar, total, a eso había venido, además de al bautizo de mi sobrina. Quedamos en comer al día siguiente: todos a la 1 de la tarde, en la puerta de la facultad. 

Como era de esperar sólo estaba mi amigo Arturo, los demás, ni rastro. Le sugerí a Arturo subir a un taxi y que les den por culo a los otros. Le dió pena y llamó a uno, que dijo que sí, que ya venía, que había tenido un "percance" y llegaría en una hora. Recordé que antes de irme odiaba eso de Lima, la gente impuntual, pero me dije que ya daba igual, sugerí a mi amigo rabiar en silencio y esperar tajándonos con Pilsen Callao. 5 soles cada una. Antes paseamos un poco por la facultad y vi: mi pupitre viejo, una pizarra nueva (pero sucia), una placa de graduados sin mi nombre, el mismo césped de hace 20 años, el sitio de las fotocopias con quien parecía ser la hija de la chica anterior de las fotocopias, a la nueva tía buena de la facultad que no estaba tan buena, a un gordo que me saludó efusivamente me hizo una foto y me dijo hasta la próxima y no reconocí, la entrada al baño con la señora que cobraba 10 céntimos por mear 50 por cagar, un cajero automático inútil porque los estudiantes son tan miserables como era yo entonces, dos cáscaras de plátano en una papelera y otra vez la placa de graduados sin mi nombre. Cuando llegó mi otro amigo, se me olvidó toda la bronca, nos reimos, nos abrazamos y fuimos a La Punta en su 4x4 nuevo, a comer porque nos estábamos cagando de hambre.

Sentados frente a un cebiche igual de bueno que el que como en Vallecas de vez en cuando, recordamos tiempos pasados, que no mejores, y nos reimos juntos de esa vida que ahora parecía lejanísima. Algunos sacaron fotos de sus hijos, otros que llegaron luego se declararon Testigos de Jehová, y uno me regaló una camiseta conmemorativa del último evento de hackers que él mismo había organizado en Lima. Volví a casa un par de horas después, en un taxi sin aire acondicionado, feliz y viendo pasar las calles sucias de Faucett llenas de más caos que hace 300 años.
Al llegar a casa me conecté al Wi-Fi y recibí un whatsapp de la chica que me acompañó en esa primera cena al lado del mar. Me preguntó que qué tal con mis amigos y le dije, sin mentir, que esas cosas son las que hacen que valga la pena haberse sumergido voluntariamente en el caos horrible que es Lima. 

Y que lo volvería a hacer. Con dos cojones.