viernes, agosto 08, 2008

Los secretos de my sister


Mi hermana y el Misterioso vuelven a estar juntos. Lo conocí una noche en que preferiría haberme quedado dormido en una hamaca, con un mojito en la mano derecha y una morena de ojos verdes en la izquierda, en lugar de estar en una de esas reuniones familiares de las que suelo huir como huyen los perros de las explosiones.
Era simpático y educado, y mientras yo me emborrachaba a morir para disimular mi aburrimiento, él hablaba con alguien sobre economía. Su interlocutor no tenía mucha idea del tema, y eso lo noté hasta yo, que ya llevaba varias copas fluyendo por mi torrente sanguíneo; me acerqué sin mucho sigilo y quise intervenir en la conversación. El Misterioso me miró interesado, quizá preguntándose cómo conseguía mantenerme en equilibrio, el interlocutor, molesto por mi interrupción, me espetó en la cara que yo no sabía nada de índices bursátiles o PBI’s. No suelo rebatir argumentos de gente que me menosprecia, casi siempre tienen razón, pero quién sabe porqué, en ese momento me animé a decir, tengo un máster en administración de empresas, justo antes de resbalar y caer sobre una de mis tías y bañarla de ron Cacique.

La relación siguió su rumbo normal, y una tarde mi hermana me pidió prestado mi coche para irse de viaje con el Misterioso. Yo no lo usaba mucho (ahora tampoco, la verdad, prefiero ir en transporte público y aprovechar para leer o escuchar música) y se lo di encantado, total, como decía uno de mis amigos en Lima: las hermanas no son pa' tí, son pal' pueblo. Al recibir las llaves, el misterioso abrió el capó del Kia, revisó el aceite, los bornes de la batería, las luces, los frenos, el embrague y después de asentir un par de veces para sus adentros se llevó a mi hermana con rumbo a un parador, en Cuenca. Dicen algunos que papá me odió un poquito por facilitar que su hijita desapareciera unos días en compañía de un hombre, pero cuando ese rumor llegó a mis oídos simplemente lo consideré como una raya más al tigre, total, papá y yo no somos precisamente un ejemplo de armonía ni lo seremos jamás. Nuestra relación es un ejemplo de que lo cortés no quita lo valiente, así que mientras no me haga una reclamación oficial, yo no me daré por aludido. Mi coche volvió sano y salvo, que era en el fondo lo único que me importaba, y cuando mi hermana se compró un Micra nunca me dejó, siquiera, que lo arrancara. El Misterioso se ha cansado ya de conducirlo.

Una tarde, Sol, que además es amiga fiel de mi hermana. Me pidió que dejara de mencionar al Misterioso en su presencia, pues habían dicho que hasta aquí hemos llegado, y my sister, como es normal, no quería que la sigamos bombardeando con nuestras bromas. Juro que mis hermanos y yo lo intentamos, pero, más pudieron nuestros genes pendencieros del Callao, y la torturamos durante unos meses, hasta que encontramos algo más interesante que hacer. Ella se dedicó a sus estudios y de él no supimos más en mucho tiempo.

Pero llegó la navidad.

Mi hermano estaba comprando juguetes a su hijo, en una conocida tienda famosa por sus ofertas y porque todos los juguetes, sin excepción, se venden cubiertos por una generosa capa de polvo. Mientras movían cajas buscando uno de los personajes de Cars, mi sobrino descubrió a mi hermana y dio la voz de alerta a sus padres. Mi hermano jura que cuando giró la cabeza hacia donde mi sobrino apuntaba con el mayor de los entusiasmos vio a mi hermana empujar al Misterioso como si fuera una pelota de playa, y el pobre terminó sepultado bajo una montaña de muñecos de Dragonball. Al volver a casa, mi sobrino me contó la historia mientras mi hermano asentía divertido a cada parte de la narración. Busqué a Sol, pero ella dijo que no podía contarnos nada, que era secreto de confesión, y ni siquiera valiéndome de mis (pocas) artes seductoras pude averigüar algo.

Di el caso por cerrado, hasta que una noche mamá me contó, a modo de comentario, que mi hermana había vuelto con el Misterioso. Está contenta, me decía, y yo decía ah, bien, me alegro, mientras bajaba de Internet una película de John Carpenter. Como ya era oficial, Sol se limitó a demostrar su poder diciendo yo ya lo sabía, y yo la odié un poquito y le prometí que cuando tuviera un secreto jugoso no lo compartiría con ella. Ambos sabemos que no puedo con mi genio, y en cuanto tenga algo interesante se lo diré. Por eso sabe lo mucho que me gustaba la tía buena, sabe del novio de Ely que roba perfumes en el aeropuerto, conoce el lesbianismo de Beatriz y la bipolaridad de Juanjo, y también le he contado que la novia de Manrique lo ha abandonado y que su desmuelada mujer acaba de aterrizar hace poco en la península, auspiciada por una de mis tías.

Ahora mi hermana y el Misterioso pasean por Alcalá de Henares aprovechando las fiestas de verano. Los imagino sonrientes, felices, y no puedo reprimir la alegría, como cuando se ve a dos koalas abrazados porque sí. Hace poco ella me ayudó a trapichear un Nokia N81, que obtuve by the face gracias a la inocencia de Vodafone. Durante el proceso, me hablaba de su novio y yo sentía en su voz esa contentura de la que hablaba mamá. Me imagino que ahora que tiene el Micra ya no necesitará que le preste mi coche otra vez, pero si lo hace se lo daré encantado y así me aseguro una revisión de aceite gratuita. Lo único que me jode es que, seguramente, cuando me llame, Sol ya sabrá de qué va el tema, y me sonreirá triunfal como lo hace cada vez que me gana al jugar al Cluedo.

jueves, agosto 07, 2008

Los últimos días de la prensa


La primera vez que salí en los periódicos yo debía tener unos diez años. Mi profesora me inscribió, contra mi voluntad, en un concurso de ortografía y semántica para el que no estaba, en absoluto, preparado. Me entró pánico, no por favor, señorita, le imploré, no me obligue a ir a ese concurso de lornas. Ella insistió con toda la dulzura del mundo, y usó como base un argumento que no yo, ni nadie, podía rebatir en aquél entonces: eres el único que sabe escribir y leer correctamente en este colegio de mierda, y no le digas a nadie que he dicho mierda en tu delante. Fui a casa y le conté a mamá lo que me esperaba, y ella, emocionada al máximo de que su hijo sea el tuerto rey en la tierra de los ciegos, me ayudó a mejorar lo que hasta entonces era mi cultura literaria (basada en cómics). Me hizo leer a Vallejo, Vargas Llosa y hasta el diccionario que entonces guardábamos en lo alto de una repisa, en una esquina oscura de casa. El diccionario se convirtió en mi mejor amigo, especialmente después de que descubrí entre sus páginas un folletín erótico titulado “Memorias de una pulga”, que devoré con ardor.
El día del concurso llevaba el librito ese en mi mochila, me quedaban unas diez páginas para terminar de leerlo. Me imagino que eso me sirvió como combustible para llenar cada una de las casillas del examen con la mayor rapidez del mundo. Hasta que llegué a la palabra “taciturno” y se me preguntaba su significado y/o sinónimo. Estaba perdido, no tenía ni puta idea de qué significaba la palabreja y, mediante señas, se lo hice saber a mi profesora que esperaba fuera y me observaba a través de un cristal. Ella se deshizo en mímicas inútiles, yo dejé el espacio vació, quedé segundo y me precipité al baño a terminar de leer. En la foto del periódico salgo sonriendo, abrazado a mi mochila y, por suerte, nadie notó la pequeña erección que asomaba debajo de mis pantalones escolares.

La segunda vez, estaba ya preparado mentalmente. Trabajaba en una revista y me había familiarizado de golpe con el olor de la tinta, las prisas de una redacción y la fama efímera que puede ofrecer un artículo bien escrito. El Comercio, decano de la prensa peruana, se interesó en la revista y vino una tarde, porque sí, a entrevistar al director general, que para colmo, era mi tío. Ya había pasado otras veces, él estaba de moda por haber sido el primero en publicar revistas latinas en España, y por eso no era raro que una tarde viniera Telemadrid y a la siguiente Antena 3 (creo que en un reportaje de esos, salgo cayendo pesadamente sobre unas cajas). La periodista de El Comercio era una rubia de ojos vivaces y labia educada. Hizo unas cuantas preguntas, grabó las respuestas en una Casio comprada seguramente en Hiraoka y después, para sorpresa de todos los que allí estábamos, hizo una foto grupal. Pusimos nuestra mejor sonrisa, seguros de que esa foto no se incluiría en el reportaje.
Una semana después mis amigos limeños me bombardeaban de e-mails diciendo que había aparecido en el periódico del domingo, que chévere tu chompa, que quién era la rubia de al lado y demás comentarios periodísticos altamente recomendables. Uno escaneó la página y me la mandó. Era gracioso verme allí, sonriente, y con una panza naciente, mientras en la misma página aparecía publicidad de una pollería con un lapidario slogan que decía “como todo lo que puedas, barriga llena corazón contento”.

La tercera, espero que haya sido la vencida. Acababa de entrar en el mundo de las impresoras industriales y tuve que asistir, en plan muñeco de peluche, a una feria especializada. Llegué puntual, embutido en mi traje recién comprado, elegantioso, como diría Cantinflas, y preparado para reventarme los riñones y sonreír a diestra y siniestra. Me pusieron al lado de un prototipo japonés, la primera impresora industrial capaz de borrar, ella solita, lo que había impreso anteriormente. Me aprendí el discurso: sí, el papel es más caro, pero aunque cueste veinte veces más puede reutilizarse 500 veces, como mínimo. Dentro de mi, la verdad, no creía que eso pudiera interesarle a nadie. Pero a los pocos minutos estaba rodeado de cámaras y micrófonos. Primero llegó la reportera de “Madrid Directo” una negrita guapa que me prometió sacarme, como no, en directo, pero que empezaría su reportaje con el portátil irrompible, que también hacía furor entre los asistentes. Vi de cerca como ella, impetuosa, tiraba el portátil al suelo como si fuera una bolsa de hielos de la gasolinera y, mientras la pantalla se iba a babor, y el teclado a estribor, cortó la transmisión en vivo. Qué cague de risa. Luego llegó otra reportera, bastante más guapa y nerviosa, que dijo ser de la televisión de Castilla-La Mancha y a la que le hice toda una demostración profesional del funcionamiento del maravilloso prototipo mientras que, a la vez, espiaba su escote y me grababa para siempre la forma de su ombligo en la memoria. Cuando terminó de entrevistarme, apagó su cámara y me preguntó si quería ver cómo había quedado. Acepté más por estar un rato más a su lado, y ambos comprobamos que la entrevista se había perdido para siempre porque ella había olvidado las cintas de grabación en Guadalajara. Le di mi tarjeta, y le hice el gestitocall me” a lo Austin Powers, obviamente, nunca la volví a ver. Recuperándome de esa desdicha me encontró un reportero italiano, de una revista llamada “datacollection”. Yo no tenía ni idea de que existiera algo así, contesté a un par de preguntas, posé para unas fotos, y lo vi marcharse con andar cadencioso hacia el bar, en donde se quedó dormido. Una semana más tarde el director general mandó un e-mail a todo el departamento con el título “debut de nuestro nuevo fichaje”. Adjuntaba un PDF con páginas de la revista datacollection, y a todo color, se me veía feliz, elegante, y enseñando con el mayor garbo posible una hoja en blanco. El pie de foto ponía “la primera impresora capaz de reciclar papel”. Reenvié el e-mail a mamá, esperando que eso le alegrara el día, me contestó a los pocos minutos y además de felicitarme añadió un comentario al final de su correo: “al menos en esta foto no se te ve el pájaro levantado”.

Ex Man


La única “ex” que sigue escribiéndome fielmente es Ely. No sé porqué lo hace, quiero creer que en el fondo de su ser guarda todavía un sentimiento especial, cariño bueno (para soñar), o, en el peor de los casos, nostalgia por aquellos años en que las patas de gallo no aparecían aún en su cara y ambos éramos jóvenes y lozanos. Entonces, ahora que la lozanía nos empieza a abandonar, seguramente mi recuerdo le sirve como reclamo para recuperar en su memoria esos días anteriores en que la risa y el estruendo eran una constante en nuestra despreocupada vida.
Me ha enviado una foto en la que estoy, como siempre, haciendo el payaso, me rodea un grupo de buenos amigos con los que pasé momentos olvidables pero divertidos. No fue la mejor época de mi vida, pero fue bastante menos aburrida que la actual. Durante los días en los que se desarrolla la acción de aquella fotografía, mi vida era un constante ir y venir de experiencias de todo tipo, y estoy seguro que a quienes están en esa foto les pasaba lo mismo. Ely mira hacia abajo, hacia el punto en el que yo estoy haciendo una pirueta al lado de Carlitos. Creo que para entonces él ya había olvidado a Liz, o al menos eso era lo que todos creíamos.
Le agradezco la foto con un mail de dos líneas, ¿para qué más? Cierro mi correo y a la vez me pregunto quién tendrá la foto en que estoy con La Kika, Miguel Cabezón, el Nero y Vázquez. Sospecho que Brisa la guarda en una especie de altar budú e invoca nuestros espíritus cada 14 de febrero, en plan Mum-Ra.

El otro extremo de las “ex” lo ocupa otra de la que no que no puedo siquiera escribir su nombre, porque temo que algún día termine la carrera y, ya convertida en una abogada, me denuncie por difamación, daños y perjuicios, coitus interruptus y mal de ojo. Lo nuestro terminó en plan pacífico, la distancia fue el olvido y así lo comprendimos una tarde de otoño español, cuando las hojas caían de los árboles y la peseta terminaba de desaparecer. Seguíamos hablando de vez en cuando, y como buenos ex que éramos, la tensión sexual existía y a veces nos divertía creer que algún empleado de Telefónica se ponía cachondo escuchando nuestras conversaciones. No sé porqué, se aficionó a detallarme sus juegos eróticos con su nuevo novio, y hasta me lo presentó una tarde que vino desde Barcelona sólo con ese fin. No me pareció mal tipo, y si no recuerdo mal, no la he vuelto a ver desde entonces. Pero claro, call me irresponsible, aún después de conocer a su nuevo consorte, no me resistí a las confesiones de sex shop que me hacía a través de las ondas. Así pasaron años, y la única forma de cortar ese flujo no solicitado de información era proponiéndole una cita, en alguna ciudad perdida, a lo que ella como noble y fina chica que era, decía que no con el mayor de los énfasis y no poca indignación. Pero a los tres meses, otra vez la burra al trigo.

En la película “El otro lado de la cama”, una ensalada de tópicos y canciones del pop español, hay una escena en que los amigos hablan en un bar madrileño. Uno de ellos, taxista creo recordar, dice algo así como “un tema: las ex, a una ex te la puedes follar cuando quieras”. Tal afirmación se cumple si no en el cien, en el noventa por ciento de los casos. Y me imagino que basado en ese resquemor, miedo, o como se quiera llamar, es que la última llamada de mi ex cuentacuentos terminó en un cruce verborreico que sólo sirvió para que ella prometiera no llamarme nunca más y yo le confesara, con la mayor sinceridad posible, que me importaba una mierda. Pasaron los meses y, fiel a su palabra, no volvió a dar signos de vida, y yo fiel a mi palabra no lo noté, hasta que descubrí sorprendido su incursión en mi perfil de hi5, abierto al mundo porque no hay nada que esconder. O sea, ¿en qué quedamos? Un escalofrío me recorrió el cuerpo y quise imaginar que lo había hecho por accidente, rechacé cuatro o cinco mensajes de gente que quería ser mi amigo virtual y desparecí por unos días de ese punto del ciberespacio.

A una ex te la puedes follar cuando quieras. ¿Cuántas neuronas habrá quemado el guionista para escribir esa frase? Ya me gustaría a mí que fuera cierto, pero, que una chica te bese en la mejilla y te diga que le gustas, ¿vale para considerarla una ex? (díganme que sí, por favor, y corro tras una que yo me sé). Es un tema de discusión digno de cualquier batiburrillo televisivo, porque, si discuten sobre si la henna es cancerígena, ¿por qué no pueden incluir mis dudas existenciales?
Lo ideal sería que todas aquellas personas que han pasado por tu vida tengan de ti un gran recuerdo, como persona (bien), como amante (mucho mejor) o como amigo (esto ya como premio consuelo, medalla de bronce). Pero si no se da el caso, tampoco hay que romperse la cabeza pensando en qué se hizo mal. No le puedes gustar a todo el mundo, y menos si viven en Barcelona.

martes, agosto 05, 2008

Saca la mano, saca los pies


Frente a un Ice Tea, sentado en el Starbucks de Las Cortes, escucho entusiasmado el relato de mi nueva amiga, acerca del concierto de Rubén Blades. Me cuenta que la gente se sabía todas las canciones, cosa que para ella, que fue en plan experimentación como fui yo una vez a un concierto de música africana, era algo imposible. Yo bailaba, decía, y los demás cantaban las canciones de principio a fin, y se supone que era salsa. Le expliqué que para los latinos, Blades era más que un salsero. Él, junto a Lavoe, Willie Colón y Celia Cruz, forman los pilares de la salsa. Ella escucha atenta mi historia, y luego hablamos de más cosas: The Beatles, jazz, teatro, cine, ensaladilla rusa, y un perro que pega su nariz en el cristal mientras su guapa dueña nos sonríe cuando nota que he derramado mi té. Nos despedimos y mi amiga ofrece acercarme a casa, le agradezco el gesto pero llego antes metro.
Apenas bajo las escaleras el calor sofocante me golpea la cara como si fuera el aliento de un dragón. Ha subido el precio del abono mensual de transportes, podrían al menos gastar algo en aire acondicionado ¿no? Llega el tren y no hay asientos, no importa, sólo son cuatro estaciones las que me separan de mi sofá, mi tele y una copa de vino. Estoy de pie, colgado del pasamanos, preguntándome si el perro olisqueador era un Bulldog o no, frente a mí hay una pareja mayor que habla de sus cosas, al lado suyo va sentada una china que lee un periódico en inglés y lleva zapatillas alemanas. Próxima estación Tirso de Molina. Del lado opuesto del vagón llega un tipo con pinta de indonesio, desnutrido y con los ojos saltones, me recuerda a los yonkies del Callao, además se viste igual que ellos. Hace sonar los dedos, como Fonzie, para que me aparte de su camino. El gesto me pilla desprevenido, con la guardia baja, y no hago más que apartarme sin quitarle la mirada de encima, a su paso empuja con las piernas las rodillas de la china y de la pareja, el marido lo mira con recelo y algo de asco.

Se abren las puertas y baja un poco de gente, el aire corre y aprovecho para llenar mis pulmones un poco más. Se cierran las puertas y el tipo sigue en el tren, ahora veo que lleva una bolsa de papel en la mano, y que su cara parece más sudamericana que la de Manco Cápac. Se pega sospechosamente a una rumana que, seguramente cansada de trabajar, no lo nota. Todos los demás vemos, entre sorprendidos e indignados, cómo la mano del ladrón se desliza bajo la bolsa de papel para empezar a abrir el bolso de la rumana, que sigue pensando en sus cosas.
Mamá sufrió, a finales de los noventa, un robo similar. al llegar a su destino comprobó que le faltaba la cartera de su bolso, y con ella había desaparecido el sueldo del mes. Cuando buscó a la policía del metro para denunciar el robo, el agente la miró de arriba abajo y le espetó "son tus paisanos los que vienen a robar, así que no te quejes", humillada e indignada, salió del metro cagándose en todos los muertos del policía, y ya fuera, sólo pudo limitarse a llorar sentada en un parque de Moratalaz.
Lo miro a los ojos, como diciéndole sé lo que estás haciendo, pero él me sostiene la mirada y me rindo ante tamaña conchudez. Qué sirvengüenza, qué lisura, carajo diría mi abuela. Próxima estación: Atocha Renfe. El tren se mueve bruscamente al entrar en la curva de la estación y la mano del ladrón mueve el bolso de la rumana, que ahora sí, nota la incursión, el allanamiento, y mira desde su metro ochenta el metro sesenta del ratero. Éste le da la espalda y baja presuroso perdiéndose entre la multitud que corre a buscar su tren.

Qué impotencia, joder, qué impotencia, dice el marido, que golpea con un puño el lateral de su asiento, perdonar pero estas cosas me ponen negro, perdonar. Yo le digo que se tranquilice, que todos lo estábamos viendo y nadie hizo nada. Una chica que está parada a mi lado me da la razón y dice, claro, encima si te metes te puedes llevar un puñalada o algo, no merece la pena. La mujer mayor cuenta que a ella la amenazaron unos ladrones y aunque sabía que no le harían nada, la paranoia la persiguió durante meses, y no se sentía segura ni en la panadería de su barrio. La rumana nos mira sin entender nada de lo que hablamos, la chica prudente baja en Menéndez Pelayo y yo me pregunto si esta gente no tendrá otra opción para ganarse la vida. ¿Por qué cruzar el océano, sólo para robar? Esta es la gente que nos da mala imagen, diría mi viejo, que como yo, ha visto ya varios robos en el metro y tampoco ha hecho nada. ¿Para qué? Próxima estación: Puente de Vallecas. Me despido amablemente de mis ocasionales compañeros de viaje, bajo del tren y en el andén veo a una mujer que cargada de bolsas es recibida por los que parecen ser sus hijos. Ella luce cansada, y ellos la llenan de caricias y besos que la reconfortan. Debe ser su día libre, pienso, seguro que trabaja como interna en una casa de ricachones. Salgo junto a ellos y la noche nos refresca a todos, uno de los hijos saca una botella de su mochila y se la ofrece a su madre, que acepta gustosa. Ellos van hacia Vallecas y yo en dirección contraria. Me quedo con su imagen y mientras bebo un copa de vino, ya en mi casa, pienso que esta gente, trabajadores incansables, es la que nos da buena imagen, y sé que mi viejo estaría de acuerdo conmigo.

lunes, agosto 04, 2008

Las de la intuición


He traído dos pechugas de pollo, una manzana y he comprado una coca-cola (light) de la máquina de la cocina. No hay nadie más en la mesa, y eso es muy raro porque a esta hora se supone que ya ha llegado, al menos, Bea. Entra Rubén, abre sus cuatro tupper y dos minutos después llega Adán. ¿Qué pasa, tronco? Dice uno, hoy, con corazoncitos, dice el otro. No sé de qué hablan, ni pregunto, total, hace tiempo que me he rendido y ya no intento entender sus chistes, así como ellos tampoco entienden los míos. Me miran sorprendidos de que no pregunte nada y yo, haciéndome el interesante, sigo entretenido pensando en las pechugas (de pollo). Ya hablarán.

Adán dice que debe ser el calor, tío, ahora las pibas se ponen menos ropa. Sorbo a mi coca-cola, empiezo a imaginar ya de qué hablan.

Rubén contesta, que sí, colega, pero es que esta piba debería cortarse un poquito, que tiene hijas, tronco. Tiene hijas, ya sé de quién hablan. Ella se sienta en lo que desde mi posición serían las 2100. Es delgada, alta, coqueta, y su cara algo trajinada muestra aún signos de una belleza simple que se va apagando con el paso de los días. Siempre me ha caído bien, es de esas personas que van de frente, además, cuando bebe, se pone muy cariñosa y más de una vez me ha regalado un par de caricias como si le recordara al gato (llamémoslo Bobo) que perdió durante su niñez.

Sigo a lo mío, total, ya sé de que va el tema. Pechuga pa’ dentro, cocacola, agua, lechuga, pechuga, pechuga, lechuga, tomate cherry, más cocacola. Venga tío, me interpelan, ¿nunca le has visto las bragas?. Pechuga en la tráquea y lechuga que vuelve al plato. ¿Locualo? Uno de ellos insiste, las bragas, si se le ven a cien metros, tronco. Reconozco entonces que nunca me ha dado por ahí, más por desinterés que por cobardía, no es de las que me coma con los ojos, precisamente, remato. Ellos dicen que tampoco es una de las que se llevarían al huerto, pero que la tía usa un día sí, y el otro también, minifaldas de quinceañera, que se agradecen en las quinceañeras, pero que en ella hace que parezca que en vez de piernas, le cuelgan dos hilos de la tela. Nos reímos, despiadados, crueles, hijos de puta, y desvío la conversación a las adolescentes borrachas, que ellas sí, enseñan y mucho los viernes por la noche, cuando se duermen despatarradas en el metro.

Termina la hora de comer. Ahora que mi jefe está de vacaciones tengo más libertad de movimientos, y ya con el tema in my mind miro, como quién no quiere la cosa. Allí estaban, amarillas, con flores y algo rotas. Debe ser la única vez que he desviado la mirada con tanta rapidez, incluso creo que mi movimiento fue demasiado obvio porque ella se acomodó la falda con la mano izquierda, mientras que con la derecha seguía trabajando en sus cosas. Avergonzado, no miré más, y las 2100 quedaron vetadas durante el resto del día.

Al día siguiente Rubén se me acerca y, con mucha discreción me dice, ayer florecitas, ¿eh? Asiento incómodo, me han descubierto y ahora soy uno más de su clan. Me siento y despacho los tres correos diarios que me llegan, leo algo, busco información, imprimo algo y cuando voy a recoger lo impreso allí estaban, azul como el mar azul, azul como una lágrima cuando hay perdón, tan puro y tan azul que me embriagó el corazón. Ahora ella parecía no haber notado mi indiscreción, porque, aunque a veces esté con las piernas abiertas no es, creo, una invitación para que los demás rebusquemos con la mirada en aquél rincón. Digo yo. El caso es que no importaba el momento del día, la hora, lo que hiciera, cada vez que giraba hacia mi izquierda, estaba allí la marea azul.

Al final del día, ya sabía cuál sería el tema de conversación, que si ésta no folla lo suficiente, que las hijas la tienen loca, que si está pidiendo algo a gritos. Me inventé una historia, como siempre, y cuando empezaron con el tema, le dije a Rubén, que la de las bragas lo miraba de mala manera, te mira el paquete, tronco, ¿no te has dado cuenta? Se puso blanco y estuvo mudo hasta que Adán nos dejó en el metro. Cuando llegó el tren rompió su silencio, y me preguntó ¿en serio, tío, me estaba mirando? Le dije que igual era mi imaginación, y lo dejé más tranquilo. Han pasado ya varios días sin que ninguno de los dos mencione el tema, y eso me ha dado mucha tranquilidad porque no hay nada que odie más que las conversaciones monotemáticas. Además, ella se ha ido de vacaciones.

Happiness is a warm gun


¿Por qué empezar este post con preguntas? ¿Por qué mis tostadas contradicen la Ley de Murphy, y caen sobre el lado sin mantequilla? ¿Por qué Mariah Carey parece haber enloquecido tras su ruptura con Luis Miguel?¿Por qué las piscinas llevan tanto cloro? ¿Por qué Alfonso tenía esa noche una Beretta, bajo el asiento?

Lima suele ser una ciudad hostil, lo es para los limeños, así que me imagino que debe ser absolutamente horrible para los turistas. Alfonso era chileno, y estaba en la ciudad de vacaciones. Le pregunté varias veces si no había otro sitio más bonito para vacacionar, no sé, ¿Cuzco, tal vez? Él decía que a Cuzco podía ir después, pero que su reto de este año consistía en conocer las capitales de Sudamérica, y por eso estaba conmigo en ese bar de la plaza San Martín. Me contaba que la que más le gustó fue Buenos Aires. Es la más europea de todas, afirmaba, y yo tenía que creerle, sobretodo porque entonces yo no había visto Europa y él, hijo de exiliados políticos, había vivido a caballo entre Londres y París. Hablaba inglés como un Lord pero cada vez que chapurreaba el idioma de Dumas parecía más el Pitufo Pintor que Astérix. El bar en el que estábamos era uno de mis favoritos, rodeado de gente bohemia, escritores y pintores, música de fondo al volumen justo, y paredes decoradas con primeras planas del Comercio, antiguas y amarillentas, en las que aparecen noticias como la muerte de Banchero Rossi, el golpe de estado de Velasco, o el éxito mundial de “La Ciudad y Los Perros”. Alfonso bebe su café como si el mundo se hubiera detenido y yo me pregunto si el de la barra es Bryce Echenique. No, pero se parece un huevo.

Salimos a caminar por el Jirón de la Unión, es ya de noche aunque sean las ocho y las luces de neón nos invitan a un cine, a una pollería, a comprar oro, o artículos de piel; nos venden discos, ropa, comida china y relojes, baratos flaco, son Citizen, por mi marecita. Los olores inconfundibles de los anticuchos abren el apetito y nos paramos a pedir un par de raciones. Le digo que son trozos de corazón, pinchados en un palo a modo de brocheta, Alfonso, me guiña un ojo y se come dos de un bocado, mastica lentamente, como si fuera su última comida en la vida, y después de beber un poco de cerveza para ayudarse a tragar me confiesa que le ha encantado, mil veces mejor que las arepas de mierda que comí en Bogotá. Yo casi no he probado mi anticucho, sólo como comida callejera cuando conozco al ambulante: anticuchos en Jesús María, cebiche en Saenz Peña, papa amarilla con rocoto en la avenida Abancay.

Bajamos por el jirón Huancavelica, Alfonso ha dejado su escarabajo de alquiler en un parking de la avenida Tacna. Esto está lleno de ópticas, me dice, y le cuento que en una de ellas trabaja un chico de mi barrio, amigo de mis tíos, que me consiguió unas gafas Hermès graduadas, a muy buen precio. Tenemos que volver otro día, contesta entusiasmado, y seguimos bajando sin prisas, disfrutando lo que podemos, aunque yo me he dado cuenta ya que nos siguen desde que paramos en el anticuchero, y no le he dicho nada a mi amigo. Es un gordo con una gorra de camionero, es de noche, no sé por qué lleva gorra, ha parado en los mismos escaparates que nosotros, y también giró a la derecha en Rufino Torrico, cayendo en mi trampa sutil, porque podríamos haber seguido perfectamente por Huancavelica y llegar a Tacna mucho mucho más rápido. Ratero y huevón, pensé, tendrías que disimular mejor. Nos mira de vez en cuando, debe estar tasando nuestra ropa, nuestros relojes, la cadena de oro que Alfonso no se ha querido quitar, a pesar de mis consejos.

Llegamos a la esquina de Emancipación y giramos a la izquierda. El ratero hace lo mismo, ya sin sutilezas, se pone a la derecha apuntando al reloj de mi amigo, sin saber que el mío es mejor. Lo veo reflejado por los cristales del banco mientras finjo interesarme por una promoción, deposita 500 soles y llévate esta vajilla Melamine Presidente. Llegamos a la esquina de Tacna y Emancipación, una suerte de 5Th Avenue limeña, aquí solían estar los mejores cines, los mejores teatros, los mejores coches, ahora lo más interesante es la tienda de turrones con la cara de Don Ramón en la puerta. Amago, como si fuera a comprar, pero salgo por una puerta lateral. El ratero hace lo mismo, es hora de avisar a mi amigo, nos siguen, le digo, quítate el reloj y la cadena. No me hace caso, una extraña aureola de seguridad lo acompaña, si le hubiera hecho la misma advertencia a alguno de mis tíos españoles ya habrían parado un taxi y estaríamos bajando por la Plaza Castilla a toda velocidad. Alfonso siguió caminando tranquilo y bajó al parking silbando, como si con él no fuera la cosa. Me senté en el asiento del copiloto y desde allí vi como mi amigo sacaba la Beretta de debajo de su asiento y le encajaba un silenciador, un Weihrauch, decía, de media pulgada, una belleza, mi ángel de la guarda. No veía un arma desde que Pepito bajó el Smith & Wesson de su viejo, deseé que el ratero hubiera tenido un ataque de lucidez y decidiera abandonar la persecución. No fue así y dos segundos después le estaba poniendo a mi amigo un verdugillo en la garganta.

-El bobo y la cadena, conchetumare’ – gritó, asustador – o te hinco.

Creo que recuperé el sentido cuando pasábamos por debajo del reloj de la avenida Argentina. Alfonso iba silbando “Don’t Worry Be Happy” y yo sólo atiné a preguntarle ¿Lo has matado? Me dijo que no con la cabeza, y noté la decepción en su gesto, no podrá tener hijos, confesó, le he metido un balazo en los huevos, justo después de que te desmayaras. Recordé entonces el brillo de la Beretta al salir como un flash, recordé la cara de horror del ratero, recordé a mi amigo apuntándole, y después ya no recordé más. Alfonso me dejó en mi barrio, te escribiré desde Montevideo, me promete. Me siento en un parque a pensar un poco en lo que acaba de pasar, llega Mili y me ve allí, mirando al infinito, me tapa los ojos con las manos y pregunta ¿quién soy? Reconozco su perfume y le doy un beso sonoro en la mejilla, ¿qué te pasa, huevón? Pregunta divertida, nada, le digo, y nos vamos caminando mientras trato de disimular que todavía me tiemblan las rodillas.

jueves, julio 31, 2008

Sonríe, eres más viejo


Odio mis cumpleaños. El último lo celebré vestido de Meteoro, pero fue simple y llanamente por burlarme de mí mismo, en un acto de autoinmolación treintañera que siempre me perdonaré.
Por lo general mis cumpleaños sirven para recordarme que ha pasado un año más sin conquistar el mundo, 365 días más en que no he conseguido hacerme millonario, chorrocientas horas en que no he podido comprarme un Ford Mustang y un huevo de segundos en que no he podido darle una patada en los huevos al Papa.

Por ese instinto asesino y a la vez huevón, natural en todos los descendientes de los Incas, intento pasármelo bien en ese día tan señalado. Normalmente dejaba que mi vieja, gran fanática de cualquier fiesta que hubiese a su alrededor, organizara mi agasajo; onomástico decían en mi barrio cuando se querían poner finos, pero quedaban muy mal, horrible, tan vulgares como un futbolista nuevo rico (sí, Ronaldinho, me refiero a tí).
La pobre, con el mayor de los amores del mundo, preparaba un pastel de esos que le salían horribles, invitaba a mis amigos que me caían muy bien, y a mis primas que me caían muy mal(tengo mil fotos a su lado, que guarda mamá bajo llave para que no se me vuelvan a quemar por accidente). Ambos grupos llegaban sin regalos bajo el brazo, lo que hacía que la reunión no tuviera, siquiera, un aliciente en forma de muñeco de He-Man o pantalón de Oechsle. Yo soplaba las velitas y aguantaba abrazos, fotos y risitas, porque mamá era feliz.

El año en que nos cambiamos de barrio quiso hacer lo mismo, pero allí no tenía amigos, y mis primas no podían venir. La fiesta se canceló, y yo descubrí, a modo de mejor regalo del mundo, que no tener amigos, o no presentárselos a mamá, era una garantía de pasar un cumpleaños como tiene que ser: desapercibido.

Algunas personas sí tienen afición por los cumpleaños. Cuando comencé a salir con Sol me di cuenta de que ella era infinitamente más sensible que yo (lo comprobé cuando cerraba los ojos en las escenas sangrientas de C.S.I.) y le preparé una gran sorpresa para su cumpleaños. Reservé mesa en un restaurante y, previo soborno, antes de los postres teníamos un guitarrista que le cantaba, en exclusiva, el cumpleaños feliz. Ella aceptó gustosa el regalo y entonces comprendí un poco a mamá y su fiebre por los cumpleaños, aunque nunca entenderé porqué ella jamás notó mi cara de asco cuando mi prima, la gorda, corría a abrazarme antes de romper la piñata, para soltarme inmediatamente después de que el pastel recibiera el primer corte. Al salir del restaurante le pedí a Sol que me esperara un segundo, volví a entrar y le quité diez euros al músico mientras le miraba a los ojos y le decía ¿no se te ocurrió cantar otra cosa, genio?

Y es que no hay canción más estúpida en el mundo que el Happy Birthday. No se han roto la cabeza con la letra, y cuando ésta termina empieza la musiquita en plan vodevil, que es aguantable cuando aparece de la nada Chaplin, pero así, con el sonido del órgano desenfrenado y tus parientes aplaudiendo, como que no. Su variante castellano-latina es aún peor, y de esa mejor ni hablar.

Mi vida adulta ha traído un nuevo género de cumpleaños. Ahora, tengo que llegar al trabajo con una caja de galletas bajo el brazo y dejarlas en el comedor de la oficina. Al completar ese ritual, debo apresurarme a enviar un e-mail a tutiplén para que mi mundo laboral sepa que esas galletas no las trajo un duende, sino yo, y las chicas puedan llenarme de besos. La última vez que lo hice, me puse filosófico y en el mail escribí “He dado 32 vueltas al sol, para celebrarlo dejo unas galletas en la cocina. Chicas: acepto todo tipo de besos”

Gané el dudoso honor del mail más gay del año, entre mis compañeros de oficina y bajo votación secreta

Esa misma noche, Sol me llevó a un restaurante a cenar. Durante toda la comida deseé (como antes deseaba una bicicleta) que nadie saliera de la cocina con una guitarra, charango, ukelele, o cualquier otro instrumento musical a cantarme el cumpleaños feliz, te deseamos a ti. Por suerte eso no pasó, y el máximo agasajo llegó cuando, por cumplir años ese día, no tuve que pagar mi cena. Al volver a casa encendí el teléfono y vi que mamá me había mandado un mensaje de felicitación a las 00:01 de ese mismo día. Como siempre, fue la primera en recordarme que ya era un año más viejo. Y ella también. I love you, mami.

Bulbasaur


La teoría general era que, al nacer, algún desgraciado le cortó las rodillas. El Mongo y sus amigos lo adoptaron como mascota oficial cuando lo encontraron sentado frente a la casa de Mariana, con uno de sus tangas en la boca. Bulbasaur nunca quiso confesar como lo consiguió.
Era lo que, en el argot popular se denomina un perro chusco. Que es el equivalente a una mezcla indiscriminada de razas, originada según las leyendas, cuando una perrita de alta alcurnia salió a pasear con su dueña por las calles del entonces limpio centro de Lima y sufrió el ataque indiscriminado de una jauría de perros callejeros. La aristócrata vio, horrorizada, como su mascota pasaba de perro en perro, y comprobó, con la menor de las sorpresas, que lo que en un principio era una lucha por el honor perdido se convirtió con el paso de los minutos en un disfrute interminable. Para la perra. Maggie, que así dicen que se llamaba, tuvo seis perritos, cada uno de ellos de distinto color. Los cachorros fueron abandonados a su suerte en el Rímac y sus descendientes perpetuaron el ritual reproductor por los siglos de los siglos. Así, 200 años después, Bulbasaur apareció de la nada, como sus ancestros.

Mariana lo odiaba. Le voy a dar veneno, decía cada vez que se lo encontraba, dormido o recostado sobre sus patas delanteras, que eran diez centímetros más cortas que las traseras. No sé cómo hace para entrar en mi casa y llevarse mis calzones. El Mongo intentó saber su secreto. Se escondió durante todo un día detrás de una turbia cortina y desde allí vigilaba a Bulbasaur que, como si se sintiera observado, miraba en dirección de su espía cada cinco minutos. ¡Perro de mierda!, gritó el Mongo cuando llegó la noche, y le tiró una botella de plástico. La mañana siguiente Bulbasaur no estaba en su lugar habitual, pero al mediodía apareció en la esquina con un tanga de Mariana y un calzoncillo de su observador, sobre los cuales dormía plácidamente.

Los otros perros del barrio, chusquísimos como él, le tenían cierto respeto. Ni siquiera el Tenebroso, un perro enorme y negro que parecía tener algún cromosoma de gran danés, se atrevía a ladrarle al verlo pasar. Decían las malas lenguas que un día Bulbasaur fue atacado por un perro extraño que lo cogió con las fauces y lo lanzó repetidas veces contra un bloque de hormigón, y que éste no ofreció resistencia. Al terminar de sufrir el ataque se levantó sobre sus patas traseras, más largas que las delanteras, y se fue con la cabeza en alto a pesar de su deformidad. El perro forastero apareció al día siguiente muerto, vomitando espuma, y con un calzón talla XXL enfundado sobre la cola, a modo de mortaja. Después de eso los perros callejeros (y algunas personas) solían dejar, a modo de ofrenda, un poco de su festín basurero allá donde a Bulbasaur le diera la gana de echarse a dormir.

Mariana cumplió su promesa de envenenarlo varias veces. Hasta la noche en que mientras retozaba de lo lindo con uno de sus novios en el salón de su casa, vio como Bulbasaur bajaba las escaleras con una caja de condones en la boca. Su afortunado visitante se dio por aludido y le dijo qué buena, flaca; sabía que te morías por que nos acostemos, pero ésta es la forma más original de pedirlo que he visto en mi vida. Ella, roja como un tomate, se acomodó el vestido, abrió la puerta y le dijo con la mayor de las educaciones que se fuera a que lo cache un burro ciego. Bulbasaur salió caminando con total normalidad, y antes de cruzar la puerta miró a Mariana como diciéndole, eso te pasa por dejarme carne con veneno para ratas, mamita.
Cuando ya el barrio empezaba a acostumbrarse a él, cuando ya se había ganado el respeto de su raza, cuando ya Mariana dejó de intentar envenenarlo, cuando ya al Mongo no le quedaba ningún escondite para sus calzoncillos, Bulbasaur desapareció para siempre. La gente se movilizó como si se tratase de un niño perdido. En cada esquina pegaron copias de un dibujo hecho por Mariana y que llevaba en la parte inferior la frase “vuelve a casa, asqueroso”. El Mongo intentó pensar como él, y se preguntaba dónde estaría yo si fuera Balbasaur, pero sólo podía imaginarse a sí mismo revolcándose como un cerdo en el cajón de la ropa interior de Mariana. Los meses pasaron y el sol quemó cada una de las copias del dibujo. El perro no apareció y nadie supo, nunca, cómo hizo para destapar de golpe las intimidades de los personajes del barrio. El Tenebroso se convirtió en la sombra del perro malote que fue, y más de una vez se le vio comer hierba mientras otro perro, con bastantes menos kilos, lo montaba por detrás formando una imagen digna del National Geographic. Mariana y el Mongo no tuvieron otro tema de conversación durante meses y sus ropas quedaron, para siempre, en el lugar en que debían estar. Ella nunca confesó que tenía enmarcado el dibujo original de Bulbasaur, y él no le dijo a nadie que había bautizado a ese perro chusco con el nombre de un Pokémon.

martes, julio 29, 2008

Tú sí que vales


Las conversaciones más jugosas pueden ocurrir en el lugar menos pensado. No es necesario tener frente a ti una buena botella de vino, estar sentado en un prado verde o respirar el aroma de un buen café en Roma. Que sería lo suyo, sí, pero a veces, cuando menos te lo esperas, las situaciones, los astros, o lo que sea se vuelve propicio para una de esas charlas que ni la mejor mesa redonda podría conseguir. Estaba yo tirado, cual muñeco de trapo, en un banco del gimnasio, esperando a que pasara, cadenciosamente, el minuto de rigor que el calvito monitor del gimnasio me ha recetado entre serie y serie de ejercicios. Pensaba entonces en mis cosas: discos de Travis a devolver, si caería algo de sol sobre la piscina a esa hora, lo flaca que era la chica de los ojos verdes que hacía abdominales frente a mi.

Llegó un argentino y se sentó en el banco de al lado. ¿Qué hacés, cómo andás?, Bien, le dije, y él, descarrilado sin razón aparente, me soltó, he roto con mi piba, dice que porque soy un soso en la cama. Sentí mi cara arder, y abrí los ojos como un personaje manga. Busqué una salida pero los espejos del gimnasio me confundieron más que a Bruce Lee en “Enter the Dragon”, ¿un soso? Dije por cumplir, eso depende de los gustos. El ché solo quería hablar, hubiera dado lo mismo si el que estaba en frente hubiera sido un jubilado, un taxista, o un muñeco a tamaño natural de Bart Simpson. Dice que no le digo guarradas, que ella quiere más cosas, que me la folle bien, que no improviso. Mi minuto de descanso había pasado y con un gesto le pedí que siguiera hablando mientras me refugiaba en mis diez repeticiones de Press de Banca. Hice doce. No sé que quiere esta mina, si a veces ella parece una muñeca inflable, ¿me entendés? Es como cogerte a una muñeca, está buena la hija de puta, pero ha habido veces que el que ha fingido los orgasmos soy yo. Recoloqué la barra y, sudando, ya no sé si por el esfuerzo o por la incomodidad de servir de confesor a un tipo con el que jamás había hablado más de dos palabras, me arranqué con la segunda, maestro. Yo que sé, brother, a veces, hay que pedir las cosas, si te resignas acabas odiando, aunque sea un poquito, a la otra persona. No sé si él iba a contestar, sus ojos decían que sí, que iba a decir algo, pero en eso, la flaca de los ojos verdes se nos acercó y dijo, así sin más, yo lo dejé con mi novio porque sólo me pedía mamadas. Supe que nunca la vería igual, pero sólo pude atinar a decir, ah, comprendo, y ella, y yo quería más, pero claro, el siempre con el mismo cantar, y yo, y tú no pedías cosas, no improvisabas, y ella, sí, pedía, pero él casi nunca tenía ganas, pensaba en motos todo el día, y yo, ¿en motos? ¿qué tiene que ver?, y ella, no sé, así estuve años, porque lo quería, y el argentino, ¿y no le pusiste los cuernos?, y ella, casi, pero por idiota no lo hice, y yo, ¿por qué por idiota?, y ella, porque él me los ponía a mí, con una dominicana que conoció en el curro, y yo, ah, eso lo hizo bailar merengue. Y nos reímos los tres.

Creí que con esa risotada colectiva el tema había quedado zanjado y busqué un par de mancuernas de 14 kilos, para hacer aperturas. Terminé la primera serie de 12, y cuando abrí los ojos, allí estaban otra vez mis dos contertulios. ¿Vos nunca tenés problemas? Me preguntó, inquisidor, el argentino del que ni siquiera sabía su nombre, sus ojos negros deberían tener algún embrujo que me impidió mentir, , confesé, sí, pero no puedes gustarle a todo el mundo, hubo una que dijo que nunca la dejé satisfecha. La flaca de los ojos verdes se sentó a mi lado, y, rodeándome con su brazo derecho, me dijo casi al oído, eso es muy relativo, lo importante es pasárselo bien aunque no sea con tu pareja, que la vida son dos días, además habrán otras a las que has hecho blanquear los ojos. Asentí, y varias imágenes volvieron a mi mente, rápidas, fugaces, pendejísimas y felices. Creo que al argentino le pasó lo mismo, porque su rostro se iluminó por un momento. Blanquear los ojos, que gran frase.

Las sesión iba terminando, y mientras yo hacía mi última serie de press francés, el argentino trabajaba la espalda en el remo, y la flaca de los ojos verdes jugaba un poco en el step, seguramente feliz de haber ayudado a dos niños desvalidos. Recogí mi toalla azul, y me despedí. A él le dí una palmadita en el hombro, y a ella le guiñé un ojo, gesto que devolvió con un besito volado. Cuando salí la escuché decir, recuerda, la vida son dos días, y volví a casa con una sonrisa en la cara que me duró hasta que me quedé dormido, solo, con un libro al lado y escuchando a mi vecino agasajar a su pareja. Las paredes de mi edificio son muy delgadas.

lunes, julio 28, 2008

Súbete a mi moto


¿Besabas como nadie se lo imagina?, y además olías a gasolina, igual que la mar de Ventanilla en calma, igual que un golpe de mar. La moto era de tu tío el policía, pero te dejaba usarla, contradiciendo todos los consejos, habidos y por haber, de las señoronas del mercado: que se va a quemar las piernas, que esa no es forma de ir por las calles, que la niña se va a perjudicar por ir con las piernas tan abiertas a esa velocidad. Yo, te soñaba en silencio desde mi rincón de la tienda del chino, comiendo canchitas dulces o bebiendo chicha morada. Te veía pasar a mil por hora, y los dos años que me llevabas de ventaja se me hacían un muro infranqueable, mucho más que mi innata cobardía y/o tu grandiosa desfachatez. Usabas la moto hasta para ir al cine de barrio, ese antro pulgoso frente a la comisaría donde veíamos películas que llegaban con meses de retraso, porque si querías estrenos tenías que bajar a Saenz Peña, a los grandes cines del Callao, y hasta allí, mis viejos no me dejaban ir a menos que fuera llevado de la mano de un adulto responsable. Y yo ya tenía doce años. Mientras mis amigos se emborrachaban y fumaban Hamilton, yo me quedaba en casa leyendo a Esopo. ¿Y tú?

Una tarde te encontré en el parque, quitando no se qué (me imaginé que era una ardilla) del tubo de escape de la Suzuki blanca esa que hacía juego con lo que te pusieras. Ya no podía ver a nadie sobre ella, y cuando la usaba tu tío la imagen se me antojaba obscena, descolocada y hasta blasfema. Me acerqué hasta ti, y creo que a tus ojos yo era como esos pajaritos que piden pan. Me sonreíste y dijiste algo así como a ver si no se vuelve a ahogar esta chatarra, que estoy recontra apurada. La cabalgaste y para mí eras She-Ra, cuando de un pisotón la hiciste rugir me quedé sordo para toda la tarde y te vi desaparecer en las calles cochambrosas de nuestro barrio olvidado de dios. Tus cabellos al viento doblaron la esquina diez segundos después que tú.

Mis amigos decían que eras un marimacho, pero yo sabía que sólo era ardor interno por no haber recibido jamás ni siquiera una de tus miradas. Mis tíos, los malotes, robaron una vez tu moto, pero tu tío el policía la recuperó y hasta hizo que ellos le consiguieran neumáticos nuevos, que desgastaste rápidamente en un par de curvas. Yo solía ir en triciclo, y a modo de pasajero llevaba una bombona de gas. Pedaleaba como un poseso y los perros caminaban a mi alrededor, imagino que divertidos por la pintoresca visión. Cuando escuchaba el rugir de tu moto, me bajaba del triciclo y caminaba a su lado, disimulando no sé para qué, porque pasabas como una avispa reina y yo ni por casualidad entraba en tu campo de visión. Cuando cumplí trece y tú ibas a llegar a los quince, convencí a Pepito de que le pidiera a su viejo que nos enseñara a usar la moto. Costó trabajo pero después de prometerle (ambos) que no romperíamos las lunas del barrio en dos meses, y que además dejaríamos de matar palomas, Pepe mayor aceptó ser nuestro profe. Su afán docente murió cuando el Nero, contradiciendo todas las leyes de la física, quiso hacer un caballito y fue arrastrado veinte metros por la moto, dejando por el camino trozos de pantalón y retazos de su pierna. Asqueroso.

Cuando cumplí los quince, y tú tenías diecisiete, te encontré por casualidad mientras iba a pagar unas facturas que papá me había encargado. Llevaba las manos en los bolsillos para asegurarme de que el dinero siempre estaba allí, y tenía los cinco sentidos alertas, por si algún ladronzuelo salía de detrás de un poste de teléfono. Aún así, no escuché llegar tu nueva vespa, que paraste a mi lado para decir te llevo, chino, que voy de camino. Me subí y me así de tu cintura. Al principio te cogía como si fueras un gato de porcelana, pero después de la primera curva te abracé como se abraza a una tabla en un naufragio. Era como “Vacaciones en Roma” pero tú eras más Gregory Peck y yo Audrey Hepburn. Me dejaste en la puerta del banco y desde allí vi como Willy, el guapito del barrio, te metía la lengua hasta la garganta y te llevaba en su Datsun con rumbo más que conocido. Tu vespa se quedó encadenada al parque, y mi única satisfacción fue no perder el dinero con el que pagué las facturas de luz, agua, teléfono y una multa por no poner la bandera nacional en 28 de Julio.

The Continuing Story of Pablo Mármol


La biblioteca de Vallecas está llena. Los sillones baratos (2) están ocupados por viejas que ojean por milésiva vez el Lecturas o el Qué me Dices! que han traído de casa. Él las maldice, putas viejas, sólo vienen por el aire acondicionado. Busca en la sección de discos un par de CD’s de Dio y coje también un libro de ciencia ficción y uno de cuentos para su hija, a la que ha dejado jugando con la Wii. Camina por su barrio y odia a todo el mundo, a los sudamericanos que han invadido sus calles, a las rumanas que están buenas y ni lo miran, a los negros, que venden bolsos falsos de Dolce&Gabana. A todo aquél que no es de su familia. Desde su ventana ve un campo de fútbol, pero nunca ha pateado una pelota, aunque se llena la boca para hablar del Real Madrid o de España campeona de Europa. Nunca ha hecho un gol de cabeza, ni a acertado un lanzamiento de tres puntos, y mucho menos ha ganado un set. Tiene cuatro amigos, raros como él, que lo han acompañado al último concierto de Metallica, vestidos todos con camisetas compradas por sus mujeres y jeans. Hablan de sus cosas mientras beben cerveza, y miran con el rabillo de ojo a un grupito que, alegre, disfruta también de la noche pero sin renegar del mundo.

Vuelve a casa y pone la tele, su programa favorito es Gran Hermano, y se sabe, además, todos los chismes de la farándula. Si este se acostó con el otro, que si ella le puso un juicio a su jefa, y no te pierdas el último capítulo de Aída, humor intelectual al máximo nivel. Pablo Mármol, duerme al lado de su mujer que ha quedado elefantosa después del parto y reniega de su puta suerte y de los pelos que deja, contra su voluntad, en la almohada.

Despierta muy temprano, coge dos bollos de la alacena y sale rumbo al trabajo. Odia a todo el mundo que va en el metro, sube al máximo el volumen de su walkman y trata de que nadie lo toque, al bajar, en la avenida de América. Lo veo llegar, y me hago el loco, sigo con mi libro. Él me ve también y se acerca a mi asiento, me quito un headphone, sólo to be polite, y él, annoying, dice no hace falta que dejes tu music, mr. people. Mi sonrisa no me jodas sale sin que la pueda controlar y nos vamos juntos, pero no revueltos, en el bus al trabajo. Al llegar me siento en mi mesa y él en la suya. Estoy seguro que hoy, también, descargará todas sus frustraciones sobre mí, pero yo, como siempre, sabré que a las cinco y media, seré un poquito más feliz que él y los que lo rodean, porque a mí al menos me pagan por aguantarlo.

lunes, julio 21, 2008

Per Qualche Figurine in Più


La tienda de mi abuela era fría, húmeda, y era allí donde me sentía más seguro. Por esos días, mi débil cuerpo era perseguido por el matón del barrio que tenía como hobby principal patear mis pulmones y golpear mi hígado. Entonces, entre los cromos de Navarrete, mi tranquilidad aumentaba y, con ayuda de furtivas y míseras propinas pude llegar a casi completar todos los álbums que coleccioné, entonces.

El primero de ellos fue el de Superman, que compré simplemente porque una de mis tías había conseguido una edición especial, coloreada, que habían regalado con no se qué periódico local. Me moría de envidia al ver a Christopher Reeve azul y rojo en su álbum, mientras que en el mío, el gris hacía muy difícil distinguir a los buenos de los malos. Nunca conseguí la figura 89, se supone que en ella estaba Otis escapando de la furia de Lex Luthor.

Papá decía que mi primer álbum completo fue el del mundial de España ’82. Pero eso no es verdad, del todo, es cierto que nosotros pegábamos los cromos (o figuritas, como les decíamos de cariño), pero él los compraba y cada tarde llegaba con un fajo de veinte o treinta sobrecitos que hicieron más fácil el coleccionismo, quitándole a la vez la emoción de conseguir figuritas sin pagar, jugando a las canicas, o al trompo en la calle. Visto ahora, esa debe ser la primera manifestación del recurseo en el peruano promedio. Nunca conseguimos la figurita del polaco Lato, sospecho que la editorial Navarrete la vetó después de los 5 goles que Polonia le metió a Perú, al eliminarla.
Gracias a la ayuda inestimable de mi abuela que me daba (sin saberlo) figuritas gratis, pude casi completar varios álbums: Ciencias Naturales, El Porqué de las Cosas, Sport Billy, y un largo etcétera. Y entre todos ellos, el que siempre quedará en mi memoria será el de Artes Marciales que sí llegué a completar valiéndome de un truco que, casi al final de mi carrera coleccionista, aprendí. Todos sabíamos el engaño de Navarrete de definir, en cada álbum, una figura imposible de conseguir. Pero lo que casi nadie sabía, y mi abuela me contó, es que esa figurita imposible era distinta según el lugar de Perú donde se distribuyera el álbum. En esa época, sin ebay, ni Internet, ni e-mail, era todo un trabajo de chinos conseguir alguien que conociera a alguien que pudiera traer, desde Moquegua por ejemplo, la figura 14 del álbum de Artes Marciales, esa en la que Bruce Lee rompía una jaula de canarios de un zapatazo. Surgió entonces la mágica figura de mi abuela, que, moviendo sus contactos Navarreteros hizo que yo, su nieto golpeado por la vida (y por el matón del barrio, no nos olvidemos), pudiera al fin llenar el álbum y ser el primer humano sobre la faz de nuestra tierra en conseguirlo. Me sentí especial, único, la última cocacola del desierto, y ya para completar la faena, mi alegría se multiplicó por N cuando supe que al llenar el álbum tenía derecho a pedir un regalo, relativo al tema de la colección, en la misma editorial. Esa fue mi primera gran disyuntiva, la duda máxima, mar tierra, tierra mar, espada del augurio quiero ver más allá de lo evidente, ¿pierdo mi álbum o renuncio al premio?
Nunca había ganado nada, así que mi abuela y yo fuimos a recoger el premio a las destartaladas y mugrientas oficinas de editorial Navarrete, en pleno centro de Lima. Con el dolor de mi alma, corazón y vida entregué mi álbum llenecito y un gordo sudoroso me preguntó qué quieres Nun Cha Ku o Kimono, y como yo no sabía qué era un Nun Cha Ku, pedí un Kimono. Llegué al barrio triunfal, pero no montado en un burro ni abanicado por nadie, en lugar de eso mis amigos me rodearon y yo les dejé tocar mi Kimono nuevo, blanco e impoluto con nula ventilación y que empezaba a hacerme sentir los rigores del verano limeño.

¿Puedes dar una patada voladora? Preguntó uno, y yo, in character, salté hasta el árbol más cercano y de una patada le rompí la más débil de sus ramas. Cuando comprobé que el matón del barrio había visto mi exhibición, una pequeña luz de esperanza se encendió en mí y por un momento creí que mis días de apaleamiento moral y físico habían terminado. Grande fue mi sorpresa cuando él, matón donde los haya, me envolvió en una triple Nelson y me derribó sin encontrar mayor resistencia. Me quitó el kimono, las sandalias, un chocolate y cincuenta céntimos que llevaba en el bolsillo. Cuando se fue, mis amigos se acercaron a recoger lo que quedaba de mí y me llevaron hasta la tienda de mi abuela. Sentado ahí dentro le confesé a la madre de mi madre que mis días como coleccionista habían acabado, ella, comprensiva total y enterada ya de mi última paliza, me acarició la cabeza y me regaló un muñeco del Chavo del Ocho, en ese momento sólo pude pensar en meterle el muñeco por el culo al hijo de puta que me quitó el Kimono.

¿Dónde se duermen tus ojos chinitos?


La China y yo quedamos en vernos, como mil veces antes, sabiendo que no lo haremos. Esta vez, como pasa siempre que la llamo, está apagado su teléfono, entonces voy a la cocina, me sirvo un trago y de reojo veo la pila de platos sucios de la cena anterior, dejo la copa en la mesa y me pongo a limpiar mi propio estropicio. Cuando termino, recojo la copa y me tiro en el sofá a escuchar un disco de Ismael Serrano. Cierro los ojos y me olvido de volver a llamarla, y así pasará otro mes. Otra forma de intento de cita se me presenta cada jueves, siempre, a la hora de comer. Es el día que he elegido para meterme algo caliente entre pecho y espalda y dejar el tupper en casa. Camino entonces rumbo al centro comercial, a la mesa que antes compartía y pido medio menú, a modo de pequeño homenaje. Marco el número de la China, timbra dos veces y, al fin, contesta: Hola, a los años. Ella jura que siempre que me llama mi teléfono está apagado, no le creo, primero porque se ha robado mi excusa y segundo porque cuando me dijo eso la última vez activé el servicio de aviso de llamadas perdidas y ahora, cada vez que reinicio mi Sharp McLaren me aparecen mensajitos en pantalla del tipo “llamada perdida de fulano de tal, a eso de las 6”. Así que cuando me aconseja, entre risitas, que no apague el teléfono, quiero mandarla al carajo, pero me callo y pienso que mejor ir con ella que ir al cine solo. ¿Cuándo quedamos China?

Dice que los fines de semana está libre, que ha cambiado de trabajo, y bla bla bla. A medida que avanza la conversación recuerdo porqué no la llamo tan seguido y miento al decirle que ya la llamaré para confirmar dia y hora. Cuelgo. La camarera dice de postre tenemos flan, natilla, fruta y helado. Pregunto si tienen, además, por una de esas casualidades de la vida, arroz con leche o pudin. Se va sonriendo y dos minutos después me trae una copa de arroz con leche helado, que como con el mayor de los miedos porque la canela se me hace demasiado similar al rastro que dejan las polillas al comerse la madera. Pago y me largo. Bajo hasta una tienda de ropa y me pruebo un par de pantalones, robo unas gafas de sol que no usaré jamás y vuelvo al trabajo. Me meto en Internet y descubro un ciclo de cine en el Círculo de Bellas Artes. Veré “Let It Be”.

Al día siguiente me encuentro con María y le cuento mi aventura cinematográfica, ella me pide que la próxima vez que vaya al cine, le avise, que fijo que me acompaña. Esa misma noche se lo cuento a Sol, que me aconseja que salga más, que llame a mis amigos, que busque a Verónica que no sé nada de ella desde hace mucho. Le hago caso, pero Vero está en la frontera con Francia, hablamos un rato y de fondo escucho gritos que me desconcentran. Llamo entonces a María y le digo que pienso ir a ver Hancock, ella confiesa su ardor por Will Smith y, sin saberlo, nos apuntamos a ver la peor película de superhéroes en mucho tiempo. Salimos del cine y caminamos por Malasaña hasta llegar a un bar de la Plaza del Dos de Mayo. Tomamos un par de copas y nos conocemos mejor. No está mal esto de quedar con gente, quizá Sol tenga razón y debo dejar de ser tan selectivo. Se hace tarde y le digo a mi acompañante que bua, que sueño, yo creo que me voy; ella dice que caminará un poco, y luego pillará un taxi. Me meto al Metro y llego a casa con el tiempo justo para caer rendido en un sueño profundo y reparador, no sin antes terminar de leer el "Adolf" de Osamu Tezuka, que me ha cautivado de principio a fin.

Al día siguiente le cuento a Sol mis aventuras y le prometo seguir intentando, como con el rasca de la lotería, hasta volver a encontrar alguien con quien me lo pase bien. Pongo la tele, y cuando enciendo el teléfono me aparecen cuatro mensajitos, todos iguales, que ponían algo así como “Llamada perdida de la China, un huevo de veces, anoche”. Suspiro aliviado, y pienso que la próxima vez, en unos cuantos meses, cuando vuelva a hablar con ella, le creeré cuando diga te he llamado, pero tu teléfono estaba apagado. Meto en el reproductor un DVD de Los Soprano y me olvido del mundo durante lo que queda de domingo.

lunes, julio 14, 2008

Denise ¿Who?


Hablo por casualidad con el tío nuevo del almacén, y descubro que también es peruano. Como yo. Tiene una camiseta que pone “soy peruano ¿y qué?" en el pecho, con grandes letras blancas que, imagino son Verdana cuando podrían haber sido, mejor, Helvética. Recuerdo entonces la camiseta roja con letras blancas que mi hermano me trajo de su penúltimo viaje a Lima (afición cara e inútil, la de los viajecitos al terruño, que nunca podré comprender) el mensajito es “Te Amo Perú” y tiene, como no, su banderita infaltable a modo de acento en la “U” de Perú. Me la puse una vez para dormir, creo, y soñé con Toledo y Martha Chávez. Cuando me entra la peruanada, como mucho, veo "El Francotirador" por internet, o le pongo una escarapela al peluche que mis amigas de la universidad me regalaron cuando escapé de Lima. Algo que hago cada 28 de Julio, a modo de ritual ashaninka.

El paisano me habla de su barrio, en Los Olivos, y yo le pregunto si conoce a una tal Denise Arregui, que un día apareció, no sé como en mi perfil de Facebook. No me suena, flaco, responde, dándole una vuelta más a su oloroso cau-cau. Sí, le digo, tienes que conocerla, yo he buscado por Internet y parece que salía en Buenos Días, Perú, pero que le llegó al pincho eso de contar tragedias y se largó del canal. Él, busca en su memoria, me imagino que entre imágenes de Gisela Valcárcel, películas malas de Pancho Lombardi y alguna canción de los Nosequién o de Tongo. No caigo, dice, y me hace gracia lo de "no caigo", porque hace mucho que no lo escuchaba. Me dice que me olvide de la tal Denise, que fijo que no me conoce, ni querrá, ¿pa' qué perder el tiempo, cuñao? dice que él conoció el sábado a una peruana en los bajos de Orense, que facilita nomás, fue con él a su casa. Congratulations, digo, pero por su mirada sé que no me ha entendido; entonces cambio lo dicho por Provecho, brother, y ya se siente más suelto. Se explaya contra mi voluntad, y dice que a esa chata ya le había echado el ojo unas semanas antes, que habían cambiado teléfonos pero nada más. Contrataco, piensa brother, Denise, tenía un programa en Canal N, creo que es un canal de cable, el programa era de arte, teatro y no sé qué más. El sigue engullendo su cau-cau, aprovechando que ahora hablo yo, pero sin dejar de masticar me dice que en su barrio no había cable, ni robado, y cuando iba a la casa de su cuñado veían el fútbol nomás. Y entonces la chata llegó a mi casa, y después de tres cubatas ya estábamos ahí, matatiru en el sofá, y con la ventana abierta, cuenta, orgullosísimo de su gran conquista y sin darse cuenta de que a mí, su historia, me importa una mierda. O menos.

Dejo que mi silencio le haga entender, pero él, como buen conversador sabe que si no me dice algo que me interese me perderá para siempre. Denise, Denise, ¿no es una flaca de pelo negro, simpaticona? Sí, sí, digo, huevón al cubo porque su descripción corresponde al 70% de las peruanas, podría ser Cati Caballero, Melania Urbina, Ximena Lindo, Maricielo Effio o la tamalera de mi barrio. Sí, si, esa, Creo que hasta tenía un grupo de rock y cantaba en Barranco, me imagino que de ahí la conoceré. Pero nunca la he visto en la tele, porque calculo que apareció cuando yo me fui del país. Mi conversador compañero remata con un gran seguro, seguro, esa debe ser, pero no la ubico. Y yo, que me siento engañado ignoro el resto de su relato erótico-festivo-afrolatinocaribeño.

Al volver a mi sitio abro mi perfil de Facebook, y veo otra vez su cara sonriente, pero no puedo ver el detalle de sus fotos. Seguramente nunca nos hemos visto, pero me mata la curiosidad y le mando un mensaje, una solicitud de amistad para ver sus fotos, un mensajito en la botella que sé que no responderá “hola, ¿nos conocemos? Hagamos amigos, amigos, amigos, cada día más amigos” le doy al botón de enviar, pero sé que no contestará y me quedará la duda eterna. Al menos, no será como Mirella, a la que encontré en hi5. Ella sí que resultó ser amiga mía, pero cuando conoció a Sol y supo que era mi novia, no quiso salir conmigo nunca más. ¿Why, Mirella, why?

Minutos después, cuando ya había olvidado casi el tema, mi paisano apareció por sorpresa y me dijo que el viernes tenía una pollada, que si me apuntaba. Muy agradecido, le dije, pero creo ya he quedado con unos amigos. Para la próxima. Se va y retomo el poco trabajo que tengo en verano. Se me ocurre que quizá me quiera comprar mi camiseta roja, y llevarla orgulloso el próximo 28, a lo Chorri Palacios.

El ataque de los chicos cocodrilo


Puede que no exista algo peor que hacer trámites en Lima. Siempre, por muy mierda que sea el papeleo, hay que madrugar, aunque sea para pagar las facturas atrasadas de la luz. Además, una vez en la cola, hay que estar atentos a los que se cuelan, a los choros, a las vendedoras de pan con camote, a que cambien de ventanilla porque sí, y a mil cosas más. Y allí estaba el Gitano, con su walkman Sony importado de japón y un minidisc dentro con música de Foo Fighters y No Doubt. Tenía que renovar su pasaporte español, y la embajada estaba plagada de gente que buscaba a toda costa salir del país. Le habían dicho que los españoles no hacían cola, que eso era para cholos, que en diez minutos estaba fuera. Por eso esa mañana no se preocupó en madrugar, ni en nada. Llegó a la embajada en el MG verde de su viejo y lo dejó en doble fila. Cuando un guachimán negro de chompa marrón se acercó a decirle eso de buenos días caballero, mueva su auto por favor, él lo miró con displicencia y le dijo no pasa nada jefe (pronunciando jefe con mucho sarcasmo) voy a estar un toque nomás, y se fue como si con él no fuera la cosa. Ya desde donde dejó el MG podía ver la interminable cola, pobre gente, pensó, de éstos sólo el diez por ciento podrá tener una visa, o menos. Algunos tenían pinta de haber dormido allí, y ahora vendían la cola a 50 lucas.

En otra época, el edificio podría haber sido la casa de algún aristócrata inglés, que al ver la cosa extraña en que se iba convirtiendo la ciudad decidió largarse con sus chivas a otra parte. Debería haber prohibido que la pintaran de ese horrible color crema-colegio al venderla, pensó el Gitano, pero otra chompa marrón lo sacó de sus cavilaciones. ¿A dónde va caballero? Le dijo, y él enseñó su pasaporte español como única respuesta. ¿Viene a hacer algún trámite? Preguntó la chompa y el Gitano dijo no, vengo a ver a mi tío, el embajador. La chompa marrón se sintió herida en su orgullo, toda la vida había sido puteada por la sociedad, por los pitucos como éste que se creen la mamá de los pollitos, no pues, hermano, así no es varón, y ahora se le presentaba la oportunidad de hacer valer la autoridad que le habían conferido de 8 de la mañana a 3 de la tarde, ya te jodiste blanquiñoso.

- No puede pasar, caballero, la cola está a su derecha – dijo la chompa marrón, y le señaló con la mano la interminable fila de gente que esperaba entrar a la embajada.
- O sea que tengo que hacer esa cola. No jodas, brother.
- Además, ya hemos repartido los tickets, así que sólo si a secretaría le sobra tiempo, usted podría pasar. Eso si es que tiene usted el documento respectivo de obtención de citas, caballero, que no veo por ninguna parte.

Entonces el Gitano comprendió que no debía haber vacilado al pobre guachimán. Ya bastante tenía con ser negro en Lima, el pobre, se dijo. Miró a la cola de reojo y vio cómo la gente empezaba ya a señalarlo, algunos tenían en su mano un ticket rosa, con un número impreso, como los que dan en España en la cola de la pescadería. Los otros, los del fondo, sólo esperaban por esperar, estaba claro que aunque tuvieran todas sus fotocopias en orden, planchaditas y en su carpeta de plástico, no iban a pasar.

- Mira hermano – dijo –esto lo podemos arreglar, voy a entrar un toque nomás, a renovar mi pasaporte.
- No se puede caballero – respondió la chompa despiadada – deje libre la puerta por favor.

El Gitano retrocedió, como los pumas, pensando en el momento en que saltaría a la yugular de la chompa marrón. Fue allí cuando, de entre la gente que tenía ticket, surgió el Gato, que dijo hola choche, ¿qué es de Mariana? El Gitano no sabía quién era ese que lo saludaba con tanta efusividad, no lo recordaba de ninguna fiesta en las playas del sur, ni almuerzo en el Jockey Club, ni cena en el Lawn Tennis. ¿Te conozco? Preguntó, y el Gato sin inmutarse dijo que sí, que era amigo de Mariana, que se habían visto una vez en Larcomar. Nos tomamos una chela en una mesita, viendo el mar, hacía un frio del carajo y te quitaste dejando un billete de 20 lucas en la mesa. Nada, no venía ninguna imagen a la mente, pero mientras el Gato hablaba, el Gitano vio que la chompa marrón que cuidaba la puerta dejaba su posición desguarnecida, y su lugar lo ocupaba una camisa azul, con cara más española sobre los hombros. Voy a achicar la bomba, gallego, le escuchó decir, para desaparecer en segundos dentro de la embajada.
El gato seguía hablando, intentando por todos los medios que el Gitano lo reconociera, y ¿quién sabe?, le pueda prestar unas veinte lucas para el taxi aunque luego se fuera en combi, pero éste lo dejó allí, y sin decir ni chau enfiló hacia la camisa azul a la que, con toda la educación del mundo y pronunciando las zetas como Camilo Sesto, le dijo que venía a renovar su pasaporte, porque iba a ver a sus tíos de Zamora y tenía la documentación caducada. La camisa azul dijo que sus padres también eran de Zamora, ¿de qué pueblo es tu tío? Preguntó, y el Gitano utilizando al fin sus excelentes conocimientos geográficos respondió de Ribadelago, provocando en la camisa azul una alegría sin igual, porque mis padres no son de allí, pero anda que no conozco gente yo en Ribadelago, pasa paisano pasa, y dile a la Maite que vas de parte de Seferino.

El Gitano cruzó el detector de metales y cuando éste pitó enseñó desde el otro lado su Tag Heuer a la camisa azul, que le hizo pasa pasa con la mano. Preguntó por Maite y le señalaron una ventanilla, en la que una mujer muy amable le renovó el pasaporte en diez minutos. Al salir, en la puerta estaba otra vez la chompa marrón, que vio extrañada como el Gitano salía con su pasaporte nuevecito y chip RFID para entrar en USA sin problemas. La camisa azul estaba a diez metros, y le gritó, como hacen los españoles, saludos para la tierra, a lo que el Gitano contestó con una sonrisa fingida y un chau con la mano. Camino al MG vio de reojo al Gato, que esta vez, resignado, ni siquiera intentó acercarse. En el parabrisas tenía tres multas que arrugó y tiró al suelo, cuando acomodaba los retrovisores vio que una chompa marrón se acercaba, puso la primera, aceleró, y cuando comprobó que no había nadie en su carril soltó el freno, dejando tras de sí una nube de polvo, al Gato, a las chompas marrones, y a la gente con su ticket rosado.

viernes, julio 11, 2008

Shotting Hill


Nadie pudo salir esa noche. Entre embarazos, viajes, vacaciones de verano (para tí), y niños llorones, mis amigos decidieron que la noche de ronda, triste pasa. Busco en mi disco duro algo para ver. Puede ser Gattaca, la ha visto todo el mundo menos yo. También podría poner el DVD de “Blade Runner” que prometí a Dario que vería un día de estos, no, mejor no, esperaré a terminar el "¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?" de Philip K. Dick para poder comparar. Dejo que la suerte elija y poso mi dedo en un lugar cualquiera de la pantalla. Veré “Notting Hill”. Sin subtítulos y sin mariconadas. Qué guapa era Julia Roberts hace diez años, nada que ver con la señorona de “Charlie Wilson’s War”.

She may be the face I can’t forget/A trace of pleasure or regret/May be my treasure or the price I have to pay

Hugh Grant le acaba de manchar la camiseta con naranjas recién exprimidas. Tengo el teléfono al lado. Marco. Me imagino que mi nombre debe haber aparecido en su pantallita, no la culpo si es que decide no contestar. Contra todo pronóstico, lo hace. Hola, dice, y me siento el más cabrón sobre la faz de la tierra.
Meses atrás había prometido llamarla. Pero por esas cosas que uno nunca prevee, no lo hice. Juro que lo iba a hacer, un par de veces empecé a marcar su número y justo en ese instante algo me hacía colgar el teléfono. Lo que fuera. Un perro que se cruza, el recuerdo de una tarea pendiente, la certeza de que las doce de la noche, nunca, es un momento oportuno para llamar a alguien y decir ¿qué tal?
Julia Roberts ha aceptado cenar con Hugh Grant, en el cumpleaños de su hermana.

She may be the beauty or the beast/May be the famine or the feast/May turn each day into a heaven or a hell.

Siento no haber llamado antes, flaca, de verdad. Justamente ayer me acordé de ti. Ella, educadísima gracias a los mil libros que ha leído, a los sitios que ha conocido, o yo que sé gracias a qué, me dice que también se acordó de mí, pero que yo prometí llamarla y por eso ella no lo hizo. Le digo que quedamos en llamarnos, sin más, pero ella me recuerda que prometió llamarme tres veces, y si después de esos tres intentos yo no quedaba con ella para vernos, hablar, abrazarnos y olvidarnos del mundo, entonces ella simplemente dejaría de intentarlo, ¿recuerdas que te dije eso? Pregunta y yo, francamente no me acuerdo de una mierda, pero creo que por muy infantil que parezca el planteamiento, tiene sentido. No quería ser una de las idiotas que te llama para salir contigo, me dice, y remata sin acritud, como leyendo las noticias, a las que les dices una palabra de cariño y ya está.
Me quedo mudo, ¿cómo he dejado que esta tía quiera olvidarse de mí? Mili, Alan la tenga en su gloria, tenía razón y soy un pavo que merece morir la próxima navidad, con un kilo de manzanas metidas por el culo. Hugh y Julia juegan en un jardín cerrado, es noche cerrada en Londres, y en Madrid también.

She may be the love that cannot hope to last/May come to me from shadows of the past/That I’ll remember till the day I die.

Olvídate de eso, ruego, un poco jodido por haber sido descubierto in fraganti, en mi papel de alpinchista, mejor cuéntame cómo te ha ido todo este tiempo ¿Eres feliz mi bien? Sin engañar porque a mi puerta el amor nunca volvió. Ella me habla de la piscina de su edificio, que nadie la usa y la pobre chica Baywatch (que más parece que va a bailar Juana La Cubana) se aburre que te cagas. Quiero aprovechar para hacer una broma y digo como yo, que me cago por ti, flaca. Pero ella me humilla y dice creo que eso de “me cago por ti” viene en un libro de Dickens, y me deja mudo otra vez. Sigue con su monólogo y yo me hundo cada vez más en el sofá, recordando su pelo negro, su risa y sus salidas brillantes de todas las trampas que le ponía cuando hablábamos. Recuerdo sus manos, se ceja rota y las notitas que dejaba en mi mesa, cada vez que podía. Eres un pavo, dice Mili, pavo, pavo, pavo, y Hugh Grant encuentra a un Baldwin en la habitación de Julia Roberts y sale del Ritz, desolado.

She may be the reason I survive/The why and wherefore I’m alive/The one I’ll care for through the rough and ready years.

Le pido salir un día y tomar algo, ella dice que está ocupada, mucho, con unos proyectos personales y promete llamarme en cuanto tenga tiempo libre. Me lo merezco, pienso, pero digo, perfecto, estaré esperando tu llamada, aún sabiendo que no llamará jamás. Le quiero contar mil cosas, pero ella dice que me tiene que dejar porque ha llegado su novio y van a ir a jugar a los bolos y después a cenar al Pizza Jardín. Odio el Pizza Jardín, es como comer en la Isla de Gilligan, ok, vete y pásatelo bien, por los dos, le digo y cuelgo. La película casi termina y Julia dice que se quedará intefinitely en Londres. Musiquita, blablabla, día soleado (raro) y niños jugando. odio al mundo, pero me odio más a mi mismo por ser tan imbécil, por frenarme cuando me debería haber dejado llevar, por olvidarme a veces que la vida es un ratito y no hay tiempo para prejuicios y estupideces. Ojalá hayas engordado, Mili, y ahora tu culo parezca un helipuerto