lunes, mayo 16, 2011

La solitudine del senderismo

Rubén me aconsejó, una tarde de cine de esas que te importa una mierda la peli que proyectan pero que compras las entradas igual y te metes al cine con unas palomitas secas que se te meten entre los dientes (pausa pa respirar) y un aquarius de limón porque el de naranja es muy ácido o sino unas nubes porque las otras gominolas no me gustan sólo me gustan las nubes, que buscara una alternativa diurna a mi aburrimiento. Las nocturnas, dijo, las controlas bien. Imagino que se refería a la amiga de Magaly que llegó a Madrid y de la que recibí el encargo de mostrarle la ciudad. Cuando Maga me preguntó si su amiga se lo había pasado bien esa noche, no mentí y le respondí que sí... que muy bien.

Pero volviendo a lo de buscar alternativas diurnas, la verdad es que yo no le veía mucho sentido. O sea, ¿pa' qué? Si siempre se me había dado bien eso de quedarme en casa, leyendo, escribiendo, escuchando música o simplemente estando tirado en el sofá, imaginando que soy un gato preñado. Pero mi amigo insistía (mientras en la pantalla George Clooney intentaba convencernos de que podía ser un francotirador que vende nespresso) en que ya casi había pasado un año desde lo de Sol, entonces, ya que era obvio que lo había superado, ¿por qué no intentar algo más serio? Y esa seriedad no llegaría a mi casa, llamando a mi puerta como un cartero comercial.

- Pereza tío - susurraba para no molestar a los otros espectadores - ¿para qué complicarme la existencia si me divierto así?
- Por que no siempre vas a ser joven. Mola tener novia, tío. Yo voy a decirle a Inna que deje a su pibe y se venga conmigo. Creo que me dirá que sí.
- Esa tía es un caso perdido, Ruben. Te lo digo yo, si no te las cepillado en el primer mes, olvídate.

Acabó la peli y le prometí a mi amigo que al llegar a casa buscaría algo que hacer durante el día, los findes. Pero le puse como condición que él tendría que venir conmigo. Aceptó, y lo único que se me ocurrió fue buscar rutas de senderismo; cosa que odiaba a muerte hasta que Sol me obligó a ir un par de veces y que al final descubrí que no estaba tan mal, respirando aire puro, pisando hierba, sintiendo el sol en la cara, y todas esas mierdas rurales. Obviamente, como estábamos mal, nunca le dije que me molaba eso del senderismo y ella se quedó para siempre pensando que yo era un chico de ciudad al 100%. Pues no, Sol, ahora por tu culpa también me gusta jugar al campesino de vez en cuando. Merci bien.
La única ruta disponible era una que estaba en no sé qué pueblo de nombre impronunciable de la sierra norte, pero para inscribirse había que darse de alta en un foro. Lo hice, pero la cosa no tenía buena pinta cuando las preguntas del registro estaban relacionadas con mis aficiones, los libros que leía o los garitos a los que solía ir. Me inscribí igual y llamé a Ruben para decirle que igual nos íbamos a pisar mierdas de vaca el finde siguiente. No le hizo ni puta gracia: había quedado en comer con Inna, para celebrar el cumple de su novio.

- ¿Me lo estás diciendo en serio? eres gilipollas.

Colgué y me metí en mis feeds de google, a ver unos cuantos tumblrs a los que sigo con ferocidad. Me saltó un aviso en el móvil de que tenía un e-mail nuevo. Lo abrí creyendo que era Rubén diciéndome que había recuperado su dignidad, que no comería con Inna y su novio y se vendría conmigo a la sierra norte. Pues no, era un mensaje del foro al que me había inscrito, el nick del remitente era "auditorera" y me saludaba efusivamente, dándome la bienvenida a esa, su comunidad. Me extrañó muchísimo la familiaridad del recibimiento, así que cerré el tumblr y me metí al foro para investigar un poco más sobre ella. Casi me caigo de espaldas cuando descubrí que la auditorera no era otra que Helena una chica de origen francés que había sido expectorada de la empresa por loca, bipolar y, según dicen, por tener arranques paranoides. Además, era fea como un dolor.

- Sí, Helenita - escribí - aquí me tienes. Un colega me inscribió a traición en este foro - mentira bellaca - igual nos vemos algún día. Un abrazo.

Obviamente, no fui al senderismo ese pues imaginé que todos los integrantes del grupo llamado "gente guay" serían como Helena, o como lo denominó Iván cuando se lo conté " un mar de callos". Intenté darme de baja en el foro, pero al parecer los desarrolladores no contemplaron la idea de que alguien hubiese entrado allí por error y no existía la opción de "eliminar cuenta". Ahora ignoro los mails que me llegan con asuntos tan imaginativos y divertidos como "Citas rápidas 7 minutos, bar de Noviciado" "Visita grupal al Jardín Botánico. Traer camiseta verde" o "Hazte un cine, en V.O. Happythankyoumoreplease". Si quiero campo me tiro panza arriba en el Retiro hasta que las ardillas se acostumbran a mi, y me pasan por encima, pensando con nostalgia en el día en que subía lomitas fingiendo desgano, mirando de lejos (y comiendo fuet) a la jubilada que parecía pasarselo en grande con sus botas de montaña del Decathlon y a Sol, que me hacía "hola" con la mano desde lo alto de unas rocas. Fuck, I miss her!

jueves, mayo 12, 2011

Mis calzoncillos


El de la suerte #1 se rompió tras un partido de fútbol decisivo. Nos enfrentábamos a los asquerosos de Transplame (un barrio casi tan mísero como el nuestro, llamado así en honor a la fábrica que lo rodeaba) con menos efectivos de los que pensábamos. Lo bueno era que venían a nuestra cancha: un espacio de piedras y tierra con seis maderas levantadas a duras penas en forma de arco. Metí dos goles, casi nos pegan, uno de Transplame se folló a Angie (la tía buena de mi barrio) mientras jugábamos y yo, cuando me disponía a marcar el tercero sufrí un agarrón traicionero que vino inmediatamente acompañado de un "rassss". Volví a casa, lavé el calzoncillo y lo dejé en el cajón a modo de recuerdo. Una tarde papá lo encontró y después de que le explicase que Roxana no tenía nada que ver con la rotura esa, ambos le dimos cristiana sepultura.

El de la suerte #2 se perdió, tras una aventura fugaz con Cecilia, en un hotel de mala muerte. Ambos vimos esa noche, tumbados en sábanas usadas por millonésima vez, como Fujimori disolvía el congreso. Ella me preguntó si eso afectaría a sus familiares, allá en el lejano Mollendo. Yo la miré y sólo le respondí que no se preocupara, que Arequipa era otro país, que eso de un golpe de estado no tendría porqué afectarlos. Apagamos la tele, nos dedicamos a lo nuestro y al día siguiente ella se fue por su lado y yo por el mío. Obviamente no dije nada sobre el hecho de no encontrar mis calzoncillos y fui sintiendo el roce del cariño de mis jeans hasta llegar a casa. Años después se lo conté a mamá una de esas tardes en que nos burlamos de mis ex y me dijo que igual Cecilia los había robado para hacerme brujería, que los de Mollendo son todos chamanes comegatos. Esa podría ser una buena explicación a mi estupidez crónica.

El de la suerte #3 lo compré en mi único viaje de regreso a Lima, junto con otros 300 de algodón de primera calidad por los que pagué en total 2 euros y medio. Con él me emborraché en la playa, volví a casa no sé cómo, pero antes me enrollé (o eso dijo ella) con Erica en el asiento trasero del Toyota blanco de Milton. Volví a Madrid y lo llevaba puesto cuando conocí a Sol, y cuando dejé a Guisella llamándola desde un locutorio. Cuando el pobre empezó a sufrir el desgaste del agua con cal de Madrid, pensé seriamente en bañarlo en bronce y tenerlo como trofeo en casa, en algún lugar oculto de las miradas curiosas. Pero una tarde de borrasca otoñal salió volando del tendedero de Moratalaz con tal fuerza que sospecho que cayó en la M-30, sobre algún camión de transporte de frutas.

El de la suerte #4 lo compré en Albacete. Después de una tarde de piscina, en la que su influjo y una gitana de 150 kilos me salvaron de morir ahogado. De regreso en el hostal sequé el calzoncillo en la ventana y decidí que no lo usaría más que para situaciones extremas como clases de vuelo o entrevistas de trabajo. Sol y yo fuimos a cenar caracoles, y al volver pasamos la peor noche de nuestras vidas retorciéndonos de dolor en nuestra cama. Al día siguiente descubrimos que la frase "Albacete, caga y vete" tenía muchísimo sentido y salimos pitando de ese pueblucho. Camino a Valencia, recordé que mi calzoncillo salvador seguía colgado de la ventana del hostal. En Valencia nos pusieron una multa por mal aparcamiento.

El de la suerte #5 lo llevaba la noche en que Julio y yo quedamos para comer por la calle de la Reina. Esa tarde, un desconocido tiró la blackberry de Julio dentro de una copa de whisky, yo me quedé sin batería y no pude saber (hasta el día siguiente) que Patricia me esperaba en una disco pija de Madrid. Bajamos a Santa Ana y allí estaban Marie-Flore y Jean-Michel borrachos. Nos fuimos todos, ya pedos, a bailar al Berlín Cabaret y la casualidad quiso que Laura estuviese allí también, que bailemos y que a la mitad del baile una borracha Marie-Flore me tocara el trombón delante de todos. Flipando, me alejé a otro ambiente pero mi ebria amiga me perseguía cual zombie para seguir toqueteandome cada vez que yo me descuidaba. Harto, me giré y le dije "bueno qué?...nos vamos?" dijo que no y se ahogo en una mezcla de risa y vodka. Bajé a casa, me duché y le prendí fuego al calzoncillo en mi piscina sin agua. Es el fin de un ciclo, repetí una y otra vez, borracho, mientras veía como las llamas lo consumían.

miércoles, mayo 04, 2011

Seis razones, seis


Mamá se ha ido a Lima con dos maletas, tan llenas, que ha tenido que quitar cosas en plena cola de facturación. La pobre siempre le había comprado los billetes a su amiga, la de la agencia de viajes de Gran Vía, que por el día es oficinista y empresaria de éxito y por las noches suelta alaridos en bares peruanos, diciendo que eso es música folclórica. Intentamos convencerla de que pillase el vuelo en una página de vuelos baratos, pero al final le pidió a mi tío (el ex forrao) que le consiguiese un viaje barato de vuelta al barrio.

No fui al aeropuerto a despedirla y en lugar de eso acompañé a un amigo a buscar unas nuevas gafas de sol, después de que perdiese sus Armani bailando como una loca en el Berlín Cabaret. Mientras recorríamos las ópticas me preguntaba por qué mamá tiene tantas ganas de volver, y yo no. Y encontré seis razones para justificar mi pereza a volar a Lima:

1.- Su madre vive allí, la mía aquí. Eso puede ser un gran aliciente. Pero la teoría se cae rápido por su propio peso, pues si las cosas son como siempre, estarán juntas mediodía y después mi abuela se pirará a alguna de esas misas de difunto (a las que es aficionada confesa) o a una jornada de recogimiento eclesiástico y papal; mientras mamá huye de la casa materna one more time para irse con sus amigas de toda la vida, aunque sea a latear por el Jirón de la Unión. Pasando, me quedo en Madrid.

2.- Amigas. Las suyas están allende los mares, las mías everywhere. Mis amigas de toda la vida viven en New York. Alguna más gorda que otra, es cierto, pero amigas al fin. Y las de la facultad siguen allí, si, pero son un caso perdido. Una tiene 300 hijos y dos perros, los perros son los más guapos. Otra parece un anuncio de teletienda, de esos que muestran como puedes fortalecer tus músculos, y da miedo, es una versión femenina de Conan. Algunas me escriben mails que me hacen sangrar los ojos de lo mal escritos que están. Aún así, me encantaría verlas, pero no tanto como para pagar mil pavos por el viajecito.

3.-El barrio. Mamá tiene uno de toda la vida; yo me mudé mogollón. Por eso, si voy, me pasará como la última vez, que nadie me conocía y tuve que decirle a los ladrones que yo era vecino de siempre, que me devolviesen mis reebok, que conocía a su padre, que él y yo nos habíamos emborrachado hacía más de seis años. Sí, antes de que lo metieran a la cárcel, papito, ya arranca nomás ¿ya?.

4.- Las compras. Mamá conoce sitios donde la ropa es súper barata, yo tengo como máximo logro haber pillado una chaqueta de Dior en un mercadillo de Grau. Así que no me motiva ni siquiera el hecho de saber que la ropa de Burberry y de Abercrombie es hecha en Cañete, a doscientos kilómetros de Lima. Además, he contactado por Internet a esa gente que "se encuentra" la ropa que cae de los camiones y le he dado a mamá un par de teléfonos para que visite sus pisos francos y me traiga unas cuantas camisas. Le he aconsejado, también, que vaya acompañada de mi primo Giomar, que tiene cara de reggaetonero y servirá de buen salvoconducto.

5.- La comida. Es insuperable y aunque siempre creí que la forma de cocinar de mamá era la mejor del mundo, pronto supe que estaba equivocado. Pues cuando ella partió, mi hermano y yo replicamos sus platos a la perfección y en poco tiempo la superamos. Teníamos tal variedad de ingredientes que a mí me salió la vena cocinera y ganamos los kilos que nuestra adolescencia nos negó. Hasta que me lesioné en el gym y descubrí que sí, que mu rico todo, pero sino hacía ejercicio como un poseso, la comida peruana (engullida a diario) te convierte en un gordo sin cuello que parece un ornitorrinco con estudios. O sin estudios, eso depende del barrio. Así que mejor sigo en Madrid y, sólo de vez en cuando, me empujo un lomo saltado en un sitio guay.

6.- La juerga. Allí una fiesta no acaba hasta que alguien se pelea. Si te vas antes eres aburrido, un monse, si no te quedas hasta el amanecer dormido en tus vómitos significa que no te has divertido. La gente bebe toda del mismo vaso y yo soy asquerosito. No mamá, paso, me quedo en Madrid. Que sí, que dan whisky adulterado pero eso se arregla bebiendo antes en un bar bueno, o en casa. Y no es necesario poner la música a todo volumen, ya para eso se va a la discoteca. Nice, mom, pero me quedo en Madrid. Paso de gente bailando haciendo filas como si estuviesen en un campo de concentración.

Mi amigo no encontró sus gafas. Yo llamé a mamá, que me contó que un joven peruano la había ayudado con sus maletas y ya estaba sentada en el avión de Air Europa que la llevaría a pasar un mes y medio de relax. Le deseé lo mejor, porque sé que sus mejores amigas la esperan con ansias y colgué. Apenas llegué a casa, supe lo que tenía que hacer para asegurarme también ver a mis amigos, sin aguantar las chorradas de Lima. Me metí en internet a ver cuando era la próxima oferta para ir a New York. Es en Junio.

viernes, abril 29, 2011

Los Puentes de Madridson


Me he perdido los tres últimos puentes de Madrid. O sea, esos findes largos en los que la gente aprovecha para salir volando de la ciudad y buscar algún destino, lejos de las torres de Chamartín. En el primero del año, mis amigos se fueron a Francia, Murcia, Cáceres y Sevilla. Yo me quedé en casa planeando mi viaje a New York (física y económicamente) y pensando con la boca echa agua en todas las tiendas que visitaría, las fiestas a las que iría y en Magaly y las cosas que con ella haría. Mis amigos volvieron del puente con menos dinero y cero regalos para mí que, nada vengativo, les traje algunas camisetas de "I love NY" para regalar a los tres primeros en llegar a mi casa cuando celebramos mi cumpleaños. Mientras ellos olvidaban su primer puente del año en cero coma, yo paseaba por el East Village y me metía en una librería de viejo durante horas, decidiendo si comprar un ejemplar más de El Conde de Montecristo o una de esas biblias ilustradas con grabados que tanto me gustaban de niño y leía como lo que son: una de las mejores historias jamás inventada.

Luego vino otro puente, el de Semana Santa, que tampoco aproveché. Y no lo hago desde que, en mi primer año en España, vi cómo todo el mundo buscaba desesperadamente un plan para esos días grises y me contagié como gilipollas. Busqué, entonces, un sitio al que viajar entre los chorrocientos mil que aún me quedaban por descubrir. La India y Egipto quedaban a años luz de mi bolsillo y terminé subido (solo, con un bocata de chorizo como equipaje de mano) en un autobús de la Avenida de América con rumbo a Barcelona. Caminé por Paseo de Gracia y me enamoré del Parc Güell, pero también me aburrí a muerte cuando descubrí que la Semana Santa, sin importar si cae a primeros, a mediados, o a finales de abril; es siempre un periodo pasado por agua en el que la gente te mira mal si pides un buen filetaco en cualquier restaurante. Así que este último puente, mientras Marie-Flore huía a Lille y Julio a New York, yo me quedé tumbado en el único punto del planeta en el que el sol pegaba con dulzura: El Retiro. Leí el libro de Kundera que compré en Brooklyn y no eché de menos nada. Hice siestas eternas que sólo interrumpían las ardillas e imaginé con cierta malicia a los pobre padres primerizos que en ese momento pelearían con su hijo de tres años en algún lugar de la costa, porque el nene quería ir a la playa aunque estuviese cayendo un chaparrón de tres pares de cojones. Os jodéis.

Ahora, que empieza el tercer puente, de Mayo, que no si es por el día de la Madre o por el del Trabajo (que yo creo que son sinónimos, pero esa es otra rayada de la que escribiré un día de estos), pienso quedarme en casa también, y, como mucho aprovechar one more time de la ciudad en la que vivo que en días como estos mola más. Porque:

  • No haces cola para entrar en los garitos .
  • No tienes que abrirte paso a codazos para llegar a la barra a pedirte un whisky, entre niñatos que beben lo más barato del lugar, con aires de agente secreto.
  • El metro no está petado, la gente no huele mal ahí abajo, porque pocos curran esos días.
  • Puedes pasear por la ciudad sin verte arrastrado por alguien que camina como si fuera a perder el Last Train to London.
  • Los museos no están llenos de señoras que están ahí sólo para aprovechar el aire acondicionado.
  • Hay menos posibilidades de que algún cani se equivoque de sesión en el cine, se siente a tu lado y se pase criticando tu película de Haneke porque no entiende una mierda. En los puentes, ese cani se ha ido a su pueblo a fardar de las cosas guays que hace "en Madrí".
  • Haces la compra con tu paz. Y las cajeras no sonríen (nunca lo hacen) pero al menos no pasan por el escaner los huevos que acabas de comprar con una velocidad endiablada, como si fueran un explosivo radioactivo a punto de estallar. (De hecho, cuando no es puente, alguna vez estallan, le dan a un botón rojo y viene una cajera que por su gesto parece llevar muchos años en esto del "cabreamiento cajerístico" limpia todo con una bayeta que huele a pies y te dice que tienes que ir tú, el cliente, a buscar otro paquete de huevos porque ellas "ya lo pasaron por el escaner". Acojonado, porque ella tiene una bayeta apestosa y tú no, vas a por los huevos y si eso de paso pillas un paquete de salsa de tomate de marca, para calmarla).
  • Aparcas de putamadre.
  • No hay atascos.
  • Hay descuentos en el Teatro Español, y ya no me tengo que sentar en el último asiento de la fila de al lado del techo. Que sí, se ve bien, pero mola más abajo, y ver así bien a Aitana Sánchez-Gijón.
Esta noche antes de salir de copas con las francesas compraré provisiones para estos tres días. Prepararé mis aposentos y como decía Michael voy a relax my mind, lay down and groove. A los que se vayan al pueblo y eso, mil gracias, por dejarme la ciudad.

lunes, abril 25, 2011

Sábado Crucis


A Cecilia le gustaba más mi pelo largo, como el de tu perfil del facebook. Le digo que me lo corté en una barbería de Chelsea, en New York, a la que entré cuando estaba cansado de caminar. Magaly nos contactó en el facebook y yo, sinceramente no me acordaba ni cómo era ella. Sólo recordaba que se moría por mi amigo Toño, hace más de 20 años. Cuando me dijo de quedar, me pregunté que cómo nos reconoceríamos, ella contestó yo no me olvidaría de ti. Entonces debí sospechar, pero como soy toli...

Magaly insistió mucho en que saliera con ella, por eso de que no conocía la ciudad mucho y demás. Ok, le dije, pero que no espere peruanadas porque yo de eso no gasto. Y entre procesiones, comilonas y el gol de Ronaldo al Barça en la final de la Copa del Rey, le mandé un mensaje por facebook, en plan hola, soy yo, ¿qué tal por Madrid? quedamos cuando quieras. Me contestó al nanosegundo y me dijo que si eso salíamos un día a bailar y me dejó su número de teléfono. Yo estaba más pendiente de buscar mis gotas para los ojos (Hyabak, pero que siempre pido como Tsyapka, por una extraña razón) que en pensar en quedar con ella. Encima había un rumor en la oficina de que la mitad más uno pasaba de hablarme por cotilla y tuve que fingir (por recomendación de un tercero) que esas cosas me importaban. Hablé con Estefi, con Esther y Silvia pero sólo esta última entendió la lógica de mi razonamiento:

- Vamos a ver, Silvia, yo, que paso de la gente, yo, que invito 6 personas de 80 a mi cumple (sorry por no incluirte, by the way), yo, voy a perder mi tiempo para contarle al mundo que dos pibas pillaron en la última noche de juerga. Venga ya.
- Tienes razón, Chumi. Pero ellas creen que sí.
- Me la sopla - confesé y terminó así mi cruzada por limpiar mi imagen.

Así que quedé con Cecilia el sábado de gloria. Llegó 30 minutos tarde y me pilló chateando con Magaly por el móvil.

- ¿Que dice?
- Que nos lo pasemos bien y subamos fotos al feis.
- Mandale saludos.
- Ya apagué el chat. Y si haces fotos no me etiquetes, porfa.

La llevé a un sitio pequeñito, que Julio me había enseñado, donde las Caipiroskas. Pedimos dos y nos contamos un resumen de nuestras vidas pasadas. Ella estaba separada con dos niñas, yo separado y el niño era yo; ella acababa de llegar a Madrid, yo llevaba ya diez años y era hincha del Aleti; ella nunca había estado enamorada de Toño sino de mi, pero de eso ya hace mil años jajajaja; yo nunca había estado enamorado de Magaly, sólo me gustaba una niña de otro barrio pero ni recuerdo su nombre jejejeje; a ella le gustaba mi pelo un poco más largo, y a su prima y a su vecina Mary también; yo no sabía donde vivían ellas exactamente ¿al lado de los Figueroa? ¿o de los Reyes? Mi tío se casó con una de los Reyes.

Salimos del garito y ella dijo que le apetecía un buen whisky. Recordé entonces uno de los pocos lugares sin garrafón (al menos tan escandaloso) de los alrededores y bajamos hasta allí. Pedi dos Johnnies y cuando pagué con tarjeta la camarera me dijo, con guiño incluido "eres paisa, lo imaginaba" y Cecilia flipó un poco. Yo le devolví las copas y le dije, por ese gusto ponnos un poco más de whisky, anda. Y coló. Sentados en una mesa con velitas ella me contó que igual retomaba sus estudios, y yo le dije que después del máster decidí no estudiar más porque descubrí que no servía de nada; ella me contó que parlaba un po d'italiano y que pensaba subir a Roma dentro de poco, yo le dije que yo ya había ido dos veces; me dijo que le gustaban mis ojos, le dije que cada uno me había costado 1000 euros en una clínica de láser de la Castellana. ¿Quieres bailar?

- ¿Te gusta este sitio? Se llama Berlín Cabaret y es lo único decente que hay por aquí.
- Sí, es muy... rojo.

Bailamos, pedimos la copa de garrafón que te dan con la entrada, un tío de Vallecas me dijo que Cecilia estaba buenísima y yo le propuse cambiarla por su novia. Me dijo que no, al menos esta noche. Sonó I just can't get enough y eso se volvió Sodoma y Gomorra.
Magaly me escribió al día siguiente preguntándome si había ido todo bien con su amiga.

- Buf- contesté.
- ¿Ese buf es de aburrimiento o de satisfacción.?

Preferí no responder. Soy un gentleman.

viernes, abril 15, 2011

Ay cosita linda, mamá


Anoche, anoche rompí contigo y tú no lo sabes.
Me aburre que me preguntes cosas, si voy a verte voy a lo que voy. Paso de escuchar tus historias, ¿o no ves que yo no te cuento las mías? Desde un principio dijimos que nada de enamoramientos y vas y me dices que si no me ves me echas de menos. Mu tierno, sí, pero no me agobies, anda.

Anoche, anoche rompí contigo y estuve a punto de decírtelo.
Te lo iba a decir cuando abriste la puerta y estabas en pijama. ¡Venga ya! Sólo te faltaban los rulos esos de Doña Florinda y una crema de pepinos all over the face. Me dieron ganas de decirte "no soy tu marido, tía. Cúrratelo un poco". Pero me callé y me bebí tu cerveza.

Anoche, anoche rompí contigo a eso de las once.
Veía mi reloj mientras no dejabas de hablar y yo pedía auxilio a Jared Leto que bailaba en la tele, en un video de 30 Seconds to Mars, infaltable en KissTV. El cabrón se lo estaba pasando bomba con una tía cañón mientras tú, (rubia natural sí, eso que te llevas ¿por qué te tiñes de castaña, by the way?) me decías que si no fuera por las clases de Pilates que das no llegabas a los 2000 al mes.

Anoche, anoche rompí contigo cuando me metías prisa.
O sea, ¡no, tía! ¿no sabes que hay millones de mujeres que se quejan de lo contrario? Yo me tomo mi tiempo, disfruto, y me gusta que quien está conmigo disfrute. Mis años de onanismo han pasado, blondie, si tú ya estabas, al menos espérame que yo ya llegaría. Damn it!

Anoche, anoche rompí contigo tras tu pregunta final.
No. No estaba grabando lo que pasaba en tu habitación con el móvil que estaba en tu salón. El Bluetooth no sirve para eso, loca de los cojones. Paranoica. Si lo primero que hice después de fue coger el móvil es porque tenía mensajes ¿sabes? Tú fumas, vale, pues yo veo mi facebook. Y si no me crees I don't really care. Ahí te quedas.

Anoche, anoche rompí contigo al bajar tus escaleras.
Borré tu número del teléfono. Porque estás buena que te cagas, pero loca como una cabra. Borré tus mensajes también y tus e-mails. Te he bloqueado en el facebook y agradezco al cielo no tener amigos en común contigo. Pasando de ti, me subí al coche y puse la SER para comprobar que el Villarreal estaba en semifinales. Me alegré por ellos y volví a casa. El mensaje que vi era de Magaly: se había liado con un gay en el East Village de Manhattan. Contesté: well done, bitch!

lunes, abril 11, 2011

Mi voto no es secreto.


No me gusta la política, o mejor dicho, dejó de gustarme cuando descubrí que ni organizando reuniones y marchas contra Fujimori se cambiaba el resultado que los de arriba habían definido. Por eso iba siempre a votar como un renegado, vestido casi con ropa de jugar al fútbol, a diferencias de los viejos ceremoniosos que para ese día vestían sus mejores galas. Algunos lo hacían por respeto a ese acto cívico que era elegir al nuevo presidente, otros simplemente por si algún canal de televisión los pillaba metiendo su voto en la urna, y sonreír así de punta en blanco. Mis abuelos eran de esos.

La última vez que voté en Lima lo hice con la convicción de quien ya sabe que abandonará el barco y metí mi voto en la urna como si metiera una petardo en una caja de grillos. Escribí "Arriba Alianza" sobre los símbolos de los partidos y me fui tan pancho a beber un jugo de papaya. Fuera me esperaban mis amigos y alguno que otro ex compañero de colegio que, al haber nacido el mismo año que yo y en el mismo barrio, había tenido la suerte de encontrarse conmigo en la cola de acceso. Hola, me decía el pobre desgraciado y yo respondía con un levantamiento de cejas que decía ¿quién coño eres? mientras apuraba el paso huyendo de una conversación no deseada casi siempre basada en: ¿qué tal?¿qué haces ahora?¿te acuerdas del López? Se casó ¿tienes hijos ya?. Pasando.

Cuando la última elección de Alan, yo ya vivía en Madrid, con Sol, y huía de la peruanada como quien huye de la peste. Si me entraban ganas de comida peruana iba siempre al mismo restaurante (uno de los pocos con manteles y servilletas de tela) y hacía siglos que había dejado de leer El Comercio por internet. Por eso, cuando dejé mi coche aparcado cerca de la Casa de Campo y tuve que caminar los doscientos metros que me separaban de mi mesa el trayecto se me hizo eterno. Vi vendedores ambulantes de papa rellena, de causa y cebiche. En las escaleras del metro una mujer ofrecía cortes de pelo a buen precio y un poco más allá el listo de turno vendía fundas paras DNI con el escudito de Perú, sin las cuales no se puede entrar a votar. Al llegar al pabellón que nos habían acondicionado para las votaciones me encontré una cola de mil quinientos metros de largo. A tomar por culo, exclamé, y Sol secundó la moción. A punto de rendirme y de volver a casa sin cumplir con mi deber vi cómo una mujer le daba su recién nacido a un hombre y éste le daba a cambio cinco euros. Curioso, me acerqué con mucho sigilo y descubrí que todo se trataba de un negocio: ella alquilaba a su hijo y los clientes entraban sin hacer cola diciendo que el niño estaba malo y no podían esperar. Llamé a mi hermano, le pedí prestado a su hijo y en media hora estaba ya toda mi familia fuera. Me prometí que sería mi última votación.

Por eso ayer me quedé en casa durmiendo como un oso mientras mi familia se preparaba toda para ser los primeros en votar por PPK o Keiko (la hija gorda de Fujimori). Nadie quería votar por Humala, que, además de ser cholo, tenía en su currículum haber intentado un par de ridículos golpes de estado. Yo me levanté con mi paz, me exprimí unas naranjas y me compré el Esquire de Abril con John Malkovich en la portada. Borré las últimas huellas que quedaban de los tacones de Cris en mi casa y me tumbé en el sofá a ver "Blue Blood", una serie a la que estoy enganchado más por sus exteriores neoyorkinos que por la calidad de su guión. Como al mediodía comprobé que Marie-Flore seguía enfadada conmigo por haber preferido a Susana al hacer las invitaciones a mi cumpleaños; llamé a mi hermana para ver si los votantes querían comer conmigo, ya que estaban todos around my place. Me dijo que no, que volvían al pueblo, pero antes me contó una de esas cosas que explican el cómo soy: resulta que todos llegaron a tiempo al Ifema sólo para descubrir que su mesa no estaba puesta y no había nada preparado para votar. No estaban ni siquiera los suplentes encargados de vigilar el proceso y pasados cinco minutos (la tolerancia en mi familia es mínima) mi viejo se puso a gritar como un loco, indignado hasta el tuétano porque (sic) a pesar de estar en Europa nos portamos como si estuviésemos en Lima. Un hombre se acercó a calmarlo y papá lo mando a tomar por culo, con tan mala (¿o buena?) suerte de que ese hombre era el Cónsul de Perú en España y las cámaras y micrófonos de EFE estaban captando todo el momento. I love my family, molamos más que los Simpson.

Mi hermana me lo iba contando y yo me descojonaba en la cocina, mientras me preparaba unos penne rigatti. Terminé de comer y subí al Retiro a tumbarme en topless a hacer la siesta con mi revista y un libro de Santiago Roncagliolo que sirvió como almohada (porque no tiene otra utilidad). Al volver a casa vi que una amiga limeña le había puesto "te vi en la tele, chola!!!" a mi hermana en su muro del facebook. Suspiré, sonó el "cling" del microondas que avisaba que mi té estaba listo y respiré aliviado al saber que me importa una mierda quién gane las elecciones en Perú.

miércoles, abril 06, 2011

No way, Mckay


La ves, te sonríe, bailas, hablas, bailas más, Shakira, David Guetta y Papanamericano; la cosa se calma, la miras one more time, le dices algo al oído y le besas el cuello. No te empuja. Un poco tiempo después le propones "tomarte la última en tu casa". Vale, dice. Bien. Pero, ¿qué pasa en el trayecto? ¿Qué hacer? ¿Qué decir? A continuación una lista de grandes cagadas de la humanidad, entre las que (obviamente) incluyo las mías.

La insoportable levedad del ser:
- Es que lo acabo de dejar con mi novio, y yo no suelo hacer eso - dice, mientras te va metiendo mano en pleno taxi.
- Shht - interrumpes - da igual si lo haces siempre, ya verás como lo vamos a pasar bien.
- ¿Perdona? ¿Siempre?- separación brusca, mirada al retrovisor del taxista - déjeme aquí porfa.

El señor de los anillos:
- ¿Y hace cuánto tiempo que estás en Madrid?
- 11 años.
- Ah mira qué bien. Yo vivo aquí hace 6, cuando mi marido...
- Tu ¿qué, perdona?
- Mi marido. Consiguió un trabajo de segurata en una empresa - lo imaginas: dos metros, calvo, vestido de negro, coche tuneado y esposa tuneada - y por eso nos vinimos de Valencia y...
- Oye me siento mal, creo que me han dado garrafón. ¿Te importa darme tu teléfono y te llamo otro día?

Nothing "Gili":

- Joer, no estoy pedo ni nada. El taxi ha venido super rápido.
- Sí, si, es que vivo al lado del centro. Este whisky es muy bueno, me lo regaló mi hermano.
- ¿No tienes JB?
- ¿Qué es eso?
- Whisky, siempre bebo eso con Red Bull. ¿Y esa música, qué es?
- Miles Davis.
- Pon los 40, mejor.
- Ok, si quieres. Mierda, pásame el libro ese porfa, que lo vamos a mojar.
- De qué es.
- De arte. Botticelli, Modigliani...
- ¿Esos jugaban en la Juve?
- Are you fuckin' kiddin' me? Get the fuck outta here!!

Cuando Harry conoció a Sally

- Me encanta tu casa. Esta lámpara es chula.
- No digas nada, niño. Túmbate - baila y se quita el vestido de un tirón.
- Preciosa.
- Gracias, ¿quieres beber algo?
- Vino, si tienes.
- Vuelvo en nada.
Te quedas esperando, y de golpe oyes un grito electrizante. Te levantas corriendo y ves a la chica tapándose con un trapo de cocina, gritándole a un pervertido que la observaba a través de la ventana. Le insulta, llama a la policía que llega a los dos minutos. Te vas a casa preguntándote por qué la gente no sabe que en IKEA las cortinas son super baratas.

La Vita non è Bella:

- Mi piace molto la tua bocca.
- E troppo utile, Chiara. Con il labbro faccio spazio.
- Haha, ¡stronzo!. Attenti, non voglio innamorarti, eh.
- Tranquila. Non è possibile
- ¿Ah no? ¿Perché?
- Percho io sono ancora innamorato d'un altra.

La Ciudad y Los Perros:

- Al NH de Ciudad de Barcelona -pido, y el Mercedes vuela.
- Oiga ¿se folla mucho en el taxi? - pregunta ella, medio pedo.
- Depende, hay noches que se triunfa - responde el taxista - a vosotros, por lo que veo, se os ha dado bien.
- Uf no crea - responde, mientras yo admiro sus piernas eternas - yo a este chico le tengo que ver a diario, no puedo aunque quiera.
- ¿Cuanto es?
- 8 con cincuenta.
- Tenga.
- Que triunfes.
- Va ser que no.

lunes, abril 04, 2011

Entre Madrid, New York y La Tila de mamá.


Temblando en mi cama con sudores fríos y una depresión de caballo me preguntaba en qué me había equivocado en mi vida para llegar en ese estado a mi cumpleaños 35. Gilipollas yo (ahora puedo evaluarlo y ver que la tristeza que me ahogaba la provoqué yo mismo, porque quería) pensaba en todas las cosas que mis amigos neoyorquinos tenían: casas, hijos, mujeres fieles en apariencia y un backyard donde hacer barbacoas. Daba vueltas en mi cama aún alcoholizado, con un máximo de 15 horas de sueño acumuladas en 6 días y pensaba en todas las mujeres que habían pasado por mi vida. Sólo recordaba el nombre de tres con cariño. Quise llamarlas. Me dije, "no, nunca" y seguí temblando como un flan.

Hace rato que había amanecido y la absenta que bebí con Bea seguía haciendo que mis oídos zumbaran. Si tú bebes yo bebo dijo, e Iván desde mi sillón vintage aprobaba el reto cagado de miedo y diciendo a mi ni me miréis, cabrones. Cris aplaudía, guapísima, y Susana me miraba con terror. Slurp. Mi lengua sabía a todos los alcoholes al final de la noche. ¿Por qué nos dan un reservado, guay, con sofás y mesa de billar y no nos dan marcavasos? Creo que bebí whisky, ron, zumo de piña, zumo de nada y un poco de sudor de Estefi. Una tía que no se donde salió bailó sobre nuestra mesa de billar y nosotros la ignoramos como a un músico ambulante. Recuerdo más, las horas no pasan, quería dormir en esa cama que a Esther le pareció tan bonita horas atrás. Qué guay, ¡es roja! gritó mientras yo reía complacido.

Intento invertir mi posición para ver si así pillo el sueño de New York pero sólo logro marearme más y siento nauseas. Las mismas que sentí cuando vi a Elena enrollarse con el amigo de Julio delante de todos, después de que minutos antes (sin venir a cuento) me dijese que no pensaba besarme porque para ella yo era sólo el graciosito de la ofi. Qué decepción. Ya me estaba despidiendo de todos cuando lo dijo. Salí huyendo de su propuesta de ir a un after, y mi camino hacia el metro con los primeros rayos del sol en la cara fue de total desazón y confusión. Cuando Susana me llamó horas después y le conté lo de mi depresión mañanera me soltó, como siempre, una de esas frases que me encantan y hacen que quiera que sea mi amiga para siempre : "A ti no te gusta Elena, tío, No se te ve, pero te jode que se haya enrollado con otro y no contigo porque eres hombre, punto". Zas. Salgo de la cama, los vasos vacíos dicen hello y llamo a mamá sin quitarme la imagen de Elena follando con el amigo de Julio en algún piso de la zona norte de Madrid. Macho adolorido.

Subí volando por la carretera y en el trayecto recordé mis caminatas por Manhattan. Las barbería de Chelsea, las casas de Litte Italy, los cafés al lado de Central Park y el olor a mierda de caballo. Pensé en mis amigos y sus vidas, en la sonrisa eterna y la voz de niña de Magaly, que me acompañó la mitad del tiempo, en el Bronx y en las margaritas bien batidas. Vi one more time la estación de Penn Station, a la que llegaba cuando subía de Long Island al Midtown a comenzar mis paseos y la tienda de Abercrombie donde descubrí que soy un misio que no siempre puede comprar todo lo que quiere. Me pasé la lengua por los labios sólo para comprobar que ya se había curado la quemadura que me hice con el té hirviente de un Starbucks e intenté buscar algún resquicio (que obviamente ya no había) de mis adorados Snaples. Vi los jardines de Brentwood y los de Garden City y cuando casi me duermo como hice en el tren, comprobé que no tenía gasolina suficiente para llegar a Alcalá de Henares. Entrada en boxes.

Llegué a Alcalá al mediodía y mamá y mi hermana me ayudaron mogollón a remontar el bajón. Mamá me dio manzanillas y mi hermana me hizo ver que todo venía por los 6 días de juerga que lleva en el cuerpo, más el no dormir, más que me hacía mayor y el páncreas ya no regulaba bien y el perrito y la calandria me habían provocado un síndrome pre-menstrual de tres pares de cojones. Comí, me tumbé en la cama de mis padres como hacía cuando de niño tenía pesadillas y me dormí durante tres horas. Antes, puse en el facebook una nota de agradecimiento a todos por los buenos momentos pasados durante estos días. Pocos sabían que esos días casi perfectos terminaron con mi resistencia numantina al alcohol (al que ahora respeto más que a las olas del Pacífico) y conmigo tiritando en varias camas y con un mantel que compré en los chinos roto porque a alguien se le enganchó en el cinturón.

Al final del domingo, cuando más echo de menos alguien con quien acurrucarme (con depresión o sin depresión), mi hermano me llama y me dice que baja a verme. Cenamos juntos en casa y entre que ya he dormido, comido y demás, me encuentra de muchísimo mejor humor. Me dice que es normal lo que me ha pasado, que me pasará más veces porque soy un tío muy cerebral y busco errores en todo de forma involuntaria, por qué no en mi propia vida. Aún así, añade, te veo en la mejor forma desde que llegaste a España, te relacionas con la gente, intentas quedar, salir, ya no asumes que lo tienes todo ganado. Ya no eres el gilipollas que eras a los 24 años. Nos reímos juntos y le agradezco la visita. Me siento mejor, soy un gilipollas de 35 en plena forma, y antes de tumbarme a dormir recuerdo la última cosa de la noche: Bea y yo bailando con las narices pegadas y los dedos entrelazados. Mis amigos, juntos por mí en Madrid y en New York, música de fondo, bebidas y risas. Cierro los ojos seguro de que dormiré bien, tranquilo y dispuesto a vivir mejor este año que comienza.

lunes, marzo 21, 2011

Primavera non è più


Anoche, antes de dormir, me dio mi clásico ataque de primavera. No es alergia, no. Es peor.

Cuando era niño, creía que era porque, además de la proximidad de mi cumpleaños, la llegada de la última semana coincidía con el inicio del año escolar. Entonces, se acababan mis días de verano (en Lima, el mundo está al revés) y veía a mamá forrar cuadernos y libros, preparar el uniforme del cole y decirme vez tras vez que me tenía que cortar esos pelos. Yo me negaba, pues papá había decidido que ya estaba bien eso de peluqueros que venían a casa con sus tijeritas y sus perfumitos y que yo debía ir, como todos mis amiguitos, a la peluquería del barrio. Lo odiaba. El peluquero me sentaba en la sillita esa con forma de caballo y me cortaba el pelo usando navajas. No tijeras, navajas, que afilaba en una tira de piel atada en un lateral del caballo. Veía la navaja subir y bajar y me sentía como un pollo de mercado a punto de ser degollado.

- Mami, mira que no me mate, porfi- imploraba, con la barbilla pegada al pecho e intentando ver mi reflejo.
- No pasa nada, papi - decía mamá, mientras hojeaba una revista.

Salíamos de la peluquería, yo con un corte de pelo que parecía un niño de peli de postguerra española. Esas crisis me duraron hasta los trece años, cuando aprendí a escaparme a casa de una amiga con madre peluquera. Cambiaba besos a la hija por cortes de pelo a tijera.

Las crisis adolescentes ya las asociaba a eso de que la primavera la sangre altera y, además de sentarme en cualquier banco de mi colegio sólo para chicos, pensaba en salir apenas pudiese a buscar a las chicas del colegio femenino de al lado. Casi todas eran feas. Pero Magaly no. la esperaba siempre en una esquina, y ella llegaba con sus dos amigas, la gordita y la enana. Creo que el hecho de ser tan guapa, y haber sido elegida reina de la primavera tantas veces le había generado un trauma pequeño que la obligaba a representar a pequeña escala su Comunidad del Anillo. Mis amigos, carroñeros máximos, distraían a la hobbit y al orco y yo me iba con mi Elfa por los parques del Callao. Poco me duró la alegría, pues una tarde primaveral, apareció el Elfo máximo (mientras nosotros veíamos un sunset, con música de Luis Miguel) puso su tabla sobre las piedritas de la playa, se sacó la camisa y bailó sobre las olas de espuma. No la culpé por dejarme, pues el surfer me gustó hasta a mi. Hasta que cumplí los dieciocho, temblaba por las noches previas a la primavera, temeroso de sufrir un nuevo y humillante desamor.

Pasada esa edad, la primavera me mostró su mejor cara. Las chicas comenzaban a mostrar el ombliguito, tiradas panza arriba en el césped de la facultad y yo, desde un balcón estratégico, disfrutaba el paisaje. Un día, sazonado con algunas birras, bajé de mi atalaya y me acerqué a una rubita que me había llamado la atención por dos cosas: leía un libro de Saramago y las piernas le brillaban como si estuviesen hechas de mármol rosa. Me acerqué, con mi libro en la mano (yo también leía al portugués) y le pregunté si ella también creía (como mamá) que yo ardería en el infierno por culpa de que me gustara tanto "El Evangelio Según Jesucristo". Sara me dijo que no, y que si acaso nos encontrábamos en el infierno sería por culpa de mi sonrisa diabólica y de su facilidad para mandar a la mierda a los idiotas. Nos hicimos amigos, comenzamos a salir, y una tarde la besé en los pabellones abandonados de la uni. Un día me dijo que la esperase frente al pasillo de coches. Aproveché entonces para llevar a mis mejores amigos de entonces y, de una vez, presentarles a la chica de la que llevaba semanas hablando. La vimos llegar en una carroza, rodeada de flores y globos y enfundada en un vestido de Bella Durmiente. La universidad entera la había escogido como reina de la primavera.

- Te la tiras? - preguntó Tomy, románticamente.
- Todavía no - respondí, babeando - dame tiempo.

Pero anoche. Anoche entre los estertores de muerte del último domingo de invierno, me vinieron otra vez los sudores fríos. Recordé al peluquero y su navaja, al caballo que sonreía como poseído, a mis libros, a mis cuadernos, mi pantalón gris rata de uniforme, los desfiles, los colores verdes, cartulinas, a mamá y mis poesías del día de la juventud. Recordé a Sara, a Magaly, a la conjuntivitis y a Tomy. En ese orden. Era casi medianoche y en El Larguero hablaban de lo mal que jugó el Aleti y de que Nadal había perdido ya casi la final de Indian Wells. Cogí el móvil y abrí los contactos. El primer nombre que aparecía era el de costumbre, el que sigue al "AAA" que pidió la Cruz Roja que marcásemos como contacto de emergencia. Casi te llamo. Pero no era momento de hundirme, la noche era cálida y me dormí deseando dos cosas: pasármelo bien en Nueva York esta primavera, y que no me dé conjuntivitis, comme d'habitude.

lunes, marzo 07, 2011

Carnaval tiene la culpa


Otro carnaval más que pasa y yo que no voy a la fiesta del Círculo de Bellas Artes. Siempre he querido ir en plan disfraz veneciano, con mi máscara blanca y bailar en el salón de actos como si formase parte de "Eyes Wide Shut". Pero , este año tampoco ha habido nadie con quien me apeteciese ir.

Yulia, Cris, Vero y Bea salieron rumbo a un pueblo perdido de León para ponerse ciegas de comida y alcohol, intercambiando disfraces y ánimos hasta terminar exhaustas y roncas de tanto...todo. Me llegaron algunas fotos del evento, una con una tabla de carnes en la que calculo que hay un jabalí entero y otras en las que mis compañeras de oficina están disfrazadas de viejas. Coincido con Carlos en que, viéndolas así, no nos enrollábamos con ellas ni hartos de vino. Adorables viejecitas: ¿me dais la paga?

Mi carnaval empezó en Boggo, un restaurante de la calle Velázquez, bebiendo cuatro copas de garrafón con Julio e Iván. Hablamos de todo y todas y mientras Iván y yo compartíamos proyectos futuros Julio me mandaba un whatsapp, en el que ponía "mira, a la tía de tu izquierda se le ve el culo cuando se mueve. Y tiene una verruga en la nalga". Miré sin disimulo, pero no pude llegar a la misma conclusión. Pedí una copa más y me la bebí casi de un trago porque Iván ya se iba a casa, y había llegado a vernos en su moto BMW y con el viento, tío, y medio pedo, no me arriesgo y su putamadre. Yo ya quería fiesta. Voló en su megamoto rumbo a su chalet en Barajas. Yo, confiado en mi instinto, doblé a la derecha en María de Molina y cuando quise retomar mi izquierda para buscar Príncipe de Vergara, me distraje y (aún hoy no sé cómo) terminé en Nuevos Ministerios. A las diez y media estaba ya en casa y le mandé un mensaje a Iván para saber si había llegado bien. Me wassapeó tres caritas felices.

El sábado subí a Alcalá a comer con mamá, que me había invitado comme d'habitude. Después de una siesta de tres horas, desperté con ganas de fiesta y salimos a ver el desfile de carnaval. Nos encontramos con veinte pitufos en la plaza de Los Santos Niños y cuando bajamos por la calle Mayor vimos también a los extraterrestre de "V", a un equipo de fútbol americano y a seis barbies dentro de sus cajas. En la plaza Cervantes escuchamos el pregón dado por una karateca campeona del universo a la que nadie conocía y cuando ya me empezaba a sentir seco propuse bajar a un bar a meternos unos cuantos tragos. Descubrí entonces que mi adorado Tony Roma's se había convertido en una taberna de barrio y que los "chicken fingers" que ya saboreaba tendrían que ser reemplazados por tosta de lomo o hamburguesa Rusty. Vimos el partido del Barça y salimos a ver si seguía la fiesta. Raquel me wassapeó y me dijo que si quería quedar con ella, sobre la 1:30. Esta se pincha, susurré, a esa hora no quedo con nadie.

En la plaza ya tocaba la orquesta de turno y el público seguía disfrazado. Papá vio con poco asombro cómo yo me acercaba dando vueltas hacia una Pantera Rosa que giraba como Bisbal. Bailamos "Esclavo de tus Besos" y cuando sonó el Waka-Waka terminamos nuestra relación. El aire invernal me pegó en la cara de golpe e imaginé a la pobre Yulia tiritando en León, con sus piernas bonitas al borde de la congelación. Vamos a ver al Aleti, ¿no? propuse, y mis padres secundaron la moción.

En casa, tirado en el sofá, recibí la llamada de Rubén que decía que se rajaba, que pasaba del cumple de Vero. Mierda, Rubén, contesté, sabes que no puedo ir solo. Pilar apareció en el chat del facebook y dijo que tampoco salía, que mucho frío, que Raquel estaba loca por querer quedar a la una y media. El Aleti ganó 3-1 y, pasada la medianoche, decidí que ya tenía bastante de carnavales. Cogí las llaves del mercedes y me despedí de mis padres. Mamá me pidió que le avisara cuando llegase a casa para saber que estaba bien. Lo hice: le envié por wassap tres caritas felices.

miércoles, marzo 02, 2011

Willy Fucks


Mi primer viaje de verdad fue a un nevado de los Andes, con mis amigos del cole. Uno de ellos no soportó la altura (3200 m.s.n.m.) y se desmayó en plena ascensión. Cuando coronamos la cima, lo veíamos desde arriba como una estrella de mar abandonada en la nieve y forrada de Timberland. Me lo pasé muy bien: comí pan con moscas, bebí vino barato, cené en plena calle y dormí congelado en un hostal de medio pelo. Esa noche descubrí que los profesores también follan y mis amigos y yo nos pasamos el día siguiente bombardeandolos con indirectas del tipo "Profe, ¿por qué tiene ojeras si nos acostamos a las nueve?". Traje de recuerdo una réplica del lanzón monolítico de Chavín de Huantar que duró un año cogiendo polvo en la cómoda de mamá.

Mi segundo viaje fue otra vez a la sierra peruana. Esta vez con amigos de la facultad, que no quisieron creer en mi abstinencia alcohólica y aprovechando mi poca fuerza de voluntad me llenaron de alcohol las venas antes siquiera de que bajáramos del autobús. Conocí la ciudad de los baños del Inca borracho y descubrí que allí las chicas eran guapísimas hasta que hablaban y no se les entendía una mierda. Tenían un acento extraño de erres arrastradas y eses silbantes que me confundía. Me pasé las noches de fiesta intentando hablar con ellas y casi siempre terminaba con alguna turista inglesa o alemana. Traje de recuerdo un queso, una botella de vino que llegó a Lima completamente seca y una resaca del carajo.

Mi tercer viaje fue a Madrid y sólo cargué mi maleta con libros y discos. Volé solo y a mi lado se sentó un hombre que no se decidía entre leer un libro de Química, uno de Voltaire y una revista de coches. El pobre tenía un problema de próstata y se levantaba cada diez minutos al baño. Yo creo que a la altura de las Bahamas, ya meaba aire. Bebí vino y whisky y una azafata me mandó a tomar viento cuando le pedí que me regalase su pin de Iberia, me dormí mal y llegué a Barajas sudando por culpa de que cuando salí de Lima era invierno cerrado y aquí comenzaban ya con fuerza los primeros ardores del calentamiento global. Me llevé de recuerdo la mantita del avión, el libro de Voltaire (La Henriade) de mi compañero de viaje y la certeza de que siempre, siempre, me pediré ventanilla en los vuelos que haga de aquí hasta que muera.

Mi cuarto viaje (paja) fue a Valencia. El de Barcelona es mejor olvidarlo porque esa ciudad es bonita, pero está llena de catalanes. Llegué en autobús, y mamá (que aún cree que tengo 10 años) insistió hasta el hartazgo en ir a despedirme a la estación de Conde Casal. Llegué al piso vacío de mi tío y tuve que comprar de segunda mano una nevera, dos sillones, y una cómoda para meter mi ropa. Caminé por la arena caliente y descubrí que el Mediterráneo nunca está frío y siempre tienes la sensación de que alguien se acaba de mear a tu lado. Descubrí también mi adicción a la paella y a tirarme al sol en plan lagarto, sabedor de que no hay ladrones de monedas al lado. Me traje de recuerdo a Sol, que me duró ocho años.

Mi quinto viaje fue a París. Me quedé en casa de unos amigos cerca de Nation y disfruté mi primer reveillon con cientos de miles de personas al lado, la última noche del año en Champes Elysees. Bebí vino, comí foie, caminé acompañado por la rues más románticas del mundo y visité las tumbas de Victor Hugo y Dumas. Me quise tumbar al sol en Tulleries pero no había sol, y compré en las tiendas de Montmartre en lugar de osar siquiera meterme a las galerías Lafayette. Descubrí lo que es el aire frío del Sena y decidí volver, al menos una vez al año, a esa ciudad con tanto encanto en la que nunca me gustaría vivir. Traje como souvenir llaveros, camisetas y una foto al lado de la torre Eiffel que apenas enmarqué rodó por los suelos y se quedó para siempre con el cristal rajado.

Mi sexto viaje fue a Marruecos. Llegué de noche y el aire seco me dio un bofetón nada más bajar del avión. Quise volver a Madrid a la media hora, horrorizado de que existiese un lugar más caótico que Lima (de donde venía huyendo, al fin y al cabo) y más poblado. Fui convencido de buena gana para quedarme y al día siguiente disfruté de esa civilización desconocida para mí. Vi riads, palacetes, souks, y burkas. Olí curry, pimientos, naranjas y mil especias. Sentí el calor de la gente y el de una cobra que un ambulante bromista me colgó en el cuello. Me dormí cansado en el jardín de un rey y confundí al príncipe con un dependiente de Western Union. Me traje de recuerdo un juego de mesa hecho con maderas y piedritas y unas Converse All Star falsas (que por cierto, no sé donde coño están).

Mi séptimo viaje fue a Roma. Vagué por las calles como un desgraciado, sabedor de que lo que fui a buscar con tanto ahínco ya no existía más. Conocí la casa del papa y vi su colección de tesoros que era tan extensa que terminó por aburrirme e interrumpí la visita para echarme la siesta en sus jardines, al lado de una escultura con forma de piña. Me emborraché de vino blanco y vomité pescado en el muro de Marta con tanta furia y despecho que la pobre tuvo que mandar a pintar la habitación después de mi visita. Me colé en un tren y mi gran sonrisa hizo que la azafata me colase en el vuelo del día siguiente cuando, por mi culpa, perdí el ansiado vuelo de regreso a casa. Descubrí que soy capaz de aprender un idioma en tres meses y me traje de recuerdo un Colosseo horrible que estuvo en el recibidor de casa durante un tiempo y una réplica de La Donna y el Ermellino que mamá tiene hasta hoy.

Mi octavo viaje (joer, sí que viajo, sí) fue a Liverpool, para celebrar que en Toshiba estaban a punto de despedirme. Me empapé de Beatles hasta la médula y bebí pintas como si no hubiera mañana. Viaje en ferry for once in my life y me alojé en una casa de las afueras en la que siempre encontraba, al volver de mis paseos a un adolescente que me saludaba con un desganado, Hi, mate. Estuve a punto de ir a un partido de fútbol, pero preferí romper con mi novia en Queen Square y comer beans & eggs para ahogarme en la pena y los gases. Me traje de recuerdo una taza del Cavern y un parche de Rubber Soul que cosí una tarde de domingo al bolsillo de mi chaqueta de los conciertos.

Mi noveno viaje fue a la capital del mundo. Llegué al JFK de día, con sueño y hablé inglés de Tailandia cuando los agentes de aduanas me preguntaron que qué coño quería yo en New York. Fui de rebajas, y desayuné Snapples y muffin sentado en la hierba de Central Park. Hablé con las ardillas en español y en inglés con un mexicano. Compré en Gap, Barnes & Nobles, Bloomingdales y Chinatown. Bebí margaritas en Broadway y escuché jazz en vivo en un bar de Harlem. Comí en un diner como Tony Soprano y bebí coca cola hasta reventar en un Friday's de Time Square como Mirella. Me traje de recuerdo un reloj Montblanc y las ganas de volver, ya con más calma. Con mi paz. Y por eso me largo allí a celebrar mi cumpleaños. Me recogerá Oscar del aeropuerto, dormiré en casa de John y saldré de fiesta y de compras con Magaly.

Me encanta esto de tener amigos cosmopolitas.