jueves, abril 02, 2009

You'll never walk alone


Mi fiesta de cumpleaños fue anunciada en Facebook. Invité a toda la gente bonita que conocía y los cité en una cervecería del centro de Madrid en la que, además, se escucha buen jazz. Al llegar, descubrí que el dueño del local no sólo no sabía quién mierda era yo, sino que había olvidado la reserva que hice ¿no era para la próxima semana? preguntó, y yo dije no, es hoy; pero pensé: ni se te ocurra movernos de nuestras mesas gordo asqueroso, y bájate el cuello del polo que tienes más treinta, por dios. De los veinte invitados sólo aparecieron tres, y para colmo Sol, cansada (y aburrida), se largó a eso de la 1. Al menos mi hermana me regaló una camiseta de Kiss, salvandome del deshonor, y mis amigos (dos) y yo descubrimos que había más cervezas en el mundo que Heineken y Mahou.
Volví a casa muerto y mientras abría mi puerta me pregunté si en Lima las cosas hubieran sido igual de sosas.

Al día siguiente, fui a la fiesta de mi sobrino y le llevé una camiseta de Ben 10, sabiendo ya gracias mi hermano, que ese era su regalo soñado. Todos sabían que la noche anterior había celebrado mi cumpleaños pero aún así las preguntas gotearon por algunos lados.

- ¿Qué? ¿Han salido anoche?
- ¿Y no vas a hacer nada más, o sea, en tu casa? - traduzco: ¿no vamos a tener trago gratis?

Sin contar, claro, la infaltable abuela tocapelotas que te recuerda lo mono que eras de niño, y lo viejo y barrigón que estás, hijito, ay, qué mayores nos hacemos. Te dan ganas de soltarle: vieja estarás tú, oye, pero te callas, asientes, y huyes hacia la mesa llena de dulces para niños, y te zampas un marshmallow pensando "no hay dolor, no hay dolor". Sol me ve desde lejos y le hago una señal que significa "huyamos". Me despido de mi hermano que ya estaba calentando la cena que (él sí) ha hecho para todos y le digo que he quedado con unos amigos que, ahora sí, van a estar conmigo para celebrar mi cumpleaños. Gracias por venir, me dice, y le pido que no olvide que comeremos juntos en mi casa, sólo los viejos y los hermanos, el domingo al mediodía. Promete estar.

Ya de camino a casa, Sol y yo escuchamos el Hexágono, un programa de Radio3 con música francesa. Edith Piaf canta Sous le ciel de Paris S'envole une chanson hum hum/Elle est nee d'aujourd'hui Dans le coeur d'un garcon. Sonreímos y le digo que ojalá esta noche no nos dejen plantados estos hijos de puta. Pos casi. Teresa me había mandado un mensaje definiendo la puerta del Teatro La Latina como punto de reunión, a las 10 de la noche. Y allí estábamos, puntuales, solos, y cagados de frío. Vamos al café San Millán, digo, tomamos una copa de vino, y si hasta y media no dan señales de vida, nos largamos. Mando un SMS con mi ubicación y busco refugio.

Habría pasado media hora, cuando Rubén me llama, feliz cumpleaños, dice, ¿dónde está el Café ese?

Le hablo de las entrevistas que he tenido, y de cómo algunas tienen mejor pinta, le ofrezco, incluso, ayudarme si alguno de los proyectos llega a buen puerto. Él acepta encantado ofrece trabajar gratis y propone ir a algún sitio para picar algo rápido. Son ya las 11 y media cuando Teresa llama y dice que está en un bar cutre (sic) y que dejemos todo lo que estemos haciendo para ir a su encuentro. Le pido la dirección y ella, chica de barrio, no tiene ni puta idea y parece que le es muy difícil salir a la calle y ver las señales.
Rubén, Sol y yo intentamos seguir sus pistas, pero nos cansamos a los dos minutos y tras yo soltar un que le den por culo, nos metemos a una taberna a picar algo. Casi a la una, Rubén anuncia que se va a bailar, Sol conoce el sitio al que va, yo pregunto si hay muchas chicas y mi amigo dice que no, que él sólo va a bailar. Perplejo, lo despido y subo por la calle de la Colegiata pensando sólo en mi cama.

El domingo me levanto como si hubiera un temblor, pero ya es tarde, la carrera de F1 ha terminado. Me visto y salgo al mercado a buscar las piernas de cordero deshuesadas para preparar la comida: Piernas de cordero rellenas, y tarta de queso de postre. Mi familia llega puntual y, entre aperitivos, vemos la retransmisión de la carrera y nos morimos de risa cuando Massa, idiota como siempre, se sale de la pista, ese huevón tendría problemas hasta con mi Kia, digo, mientras llevo la humeante comida a la mesa.

Mi sobrino lleva puesta la camiseta que le regalé. Me pide que lo deje jugar con mi réplica del Mach 5, un silencio se apodera de mi casa pues todos saben que ni siquiera a mayores de 18 años les permito tocar mis cosas. Pero accedo, e incluso le doy mis dos transformers.
Mi hermano, que casi se está quedando dormido, me cuenta que la fiesta murió a eso de las 12, pero que algunos (los dos cansinos de siempre) se quedaron hasta las seis de la mañana y por eso no pudo irse a dormir tranquilo. Cuando pregunto que por qué no los largó me dice que el único de la familia capaz de hacer algo así era yo, forever, confirmo, por eso no hago fiestas en mi casa, porque siempre hay un camarón que se quiere quedar a dormir.
Mamá, para cambiar el tema, me recuerda que su amiga neoyorquina la visitará la próxima semana y yo, sin decirlo, deseo que no olvide el Patek Phillipe de Chinatown que le pedí. Papá abre un vino reserva especial que ha traído, es tu regalo, hijo, y brindamos por mí.

Veo a mis viejos, a mis hermanos y sé que ellos han sido lo único constante en todo mi tiempo. Las Teresas, Rubenes, y demás pasarán con los años y, who knows?, desaparecerán, pero mi familia nunca permitirá que yo camine solo. Y menos en mi cumpleaños, aunque nadie me regalara el Album Blanco de los Beatles.

lunes, marzo 23, 2009

Dormir conmigo


Siento que el sueño al fin llega, en forma de una nube negra que me va a envolver poco a poco. Y en ese rollito de primavera que son las paredes se cuelan muchas imágenes, mientras con mi último resquicio de voluntad veo que el reloj marca casi las 3 de la madrugada. Al quedarme dormido, al fin, recuerdo las veces que tuve que esforzarme para no dormirme ante un estímulo más que somnífero. Aburrimiento.

Me aburría con mi profesor de Educación Cívica: un curso cuyo temario estaba lleno de deberes, derechos, ciudadanía, civismo, respeto a los símbolos patrios y a memorizar la constitución que no había sufrido grandes cambios desde los setenta, así que si aprendrías, como yo, bien todo la primera vez, los cuatro siguientes años esa clase era un eterno deja . Intentaba entonces no dormirme mientras mi profesor (bizco) hablaba sobre cualquier cosa y yo lo veía a través de mis gafas de miope, astigmata, estrábico y legañoso. Apoyado sobre mi mano izquierda, con los ojos fijos, pensaba en llegar algún día a jugar en Alianza Lima.

Me aburría con mi ex, la actriz quinceañera, después de follar. El urólogo me dijo, después de sorprenderse de ver a un veinteañero en su consulta, que lo mío no tenía cura, que el sentimiento de culpa nunca me iba a dejar disfrutar sexualmente de esta chiquilla apetitosa, porque, en el fondo, yo sabía que era una relación prohibida. Por eso, acostado a su lado, solo quería dormir mientras ella hablaba de su colegio y el viaje de fin de curso. La veía de arriba abajo y deseaba que fuera Shemi, y así no habría complejos que valieran y follaríamos como tenía que ser. Con mis ojos fijos en los suyos, soñaba con los de otra, verdes, y otra sonrisa.

Me aburría, también, con Verónica, y más de una vez estuve a punto de dormirme cuando ella hablaba. Me contaba cosas de su familia (blablabla), de su hermana (blabla), de su tío (blablebloblubla), de su casa (blebli), de su novio (blablablablablablablablablabla), de sus tetas (bla), de su pelo(blablablablabla), y hasta de sus uñas. Bla. Yo la miraba reprimiendo el mayor de los bostezos y soñaba con que se callara de una vez, que se diera cuenta de que yo no era su novio, que no estaba allí para hablar, y mi cerebro prefería dormirme antes de dejarme entrar en el "terreno de los amigos" del que no hay retorno. Ella se aburrió antes, y me dejó tirado en el balcón de la facultad de Química, yo, resignado, me fui a casa a dormir una siesta de seis horas.

Me aburría, más, con mi tia en Liverpool. Desconectaba tanto cuando ella hablaba, para ignorar sus continuas quejas, que sin darme cuenta me quedé dormido con los ojos abiertos más de una vez. Una en Queen Square y otra en un pub oscuro. Fue agotador, pero al menos soñé con un Yellow Submarine y con encontrar a Paul McCartney al doblar una esquina de Mathew Street.

Me aburro, y eso no tiene remedio, en las entrevistas de trabajo. Sentado con la espalda rectísima combato al sueño contando chicas baywatch corriendo por la arena. Chicas a las que veo desde mi Ford Mustang, of course. Mientras el entrevistador me pide que enumere mis principales defectos, hablo como un autómata y dejo que vea mi reloj Mont Blanc para que preste menos atención a mis respuestas. Me trago el bostezo que echo de menos por las noches cuando me pregunta por qué salí de mi último trabajo y no respondo lo que quiero (ambos nos aburrimos de trabajar con un gilipollas al lado), abro al límite mis ojos, y, como siempre, respondo lo que quieren escuchar. En el metro,de vuelta, me duermo.

Me aburro, como todos, en los aeropuertos. Y no puedo dormirme porque hay ladrones por todos lados esperando a que cierre los ojos para quitarme mi maleta de piel que Sol me regaló no sé por qué. En la maleta llevo, siempre, lo esencial para sobrevivir unos días: tres calzoncillos, camisetas, chiclets, mi revista Esquire, un pendrive con música de los Beatles y Led Zepellin, pasta de dientes (pero olvido el cepillo) un desodorante minúsculo que compré en Casablanca y muestras gratis de perfume Armani. Resisto, entonces, pensando que ya dormiré en el avión, pero al subir compruebo que entre la señalización de las salidas de emergencia, el saludo del piloto, el paso de los carritos que venden cervezas y cocacolas, el ofrecimiento de lotería y tarjetas telefónicas, el anuncio de que ya nos acercamos a nuestro destino, el carrito de los cojones again, y alguien anunciando que estamos ya en el aeropuerto de destino, es imposible dormir.

El rollito me envuelve totalmente y respiro aliviado sintiendo que al fin me voy a dormir. Cierro los ojos y, feliz, sé que tendré pesadillas porque desde niño programé mi subconsciente para que me deje los sueños bonitos para el día, y así los uso para desconectar de la realidad, que, no sé si lo he dicho ya, me aburre.

viernes, febrero 27, 2009

La boda de mi mejor ¿amiga?


Cuando el Mongo supo que Mariana se casaba sintió un escozor en los huevos inexplicable. Era la misma sensación que tuvo cuando vio a Christopher Reeve en un video de Pimpinela, el mismo sentimiento de desazón que vivió cuando supo que las tetas de Pamela Lee eran falsas, la misma herida en el costado que lo hizo recapacitar al descubrir que la música de Erasure sólo le gustaba a los maricones. Se sintió un huevón al cubo.

¿Porqué no me lo diría? se preguntó.

O sea, hace mucho que ya no eran novios, ni nada, y ella había dejado clara su posición cuando una tarde, después del cine, el Mongo le dijo que quería estar con ella, que sí, que ambos tenían nuevas relaciones, pero qué mierda Mariana, vivamos el hoy. Ella lo miraba, intentando poner el máximo espacio de por medio en el pequeño habitáculo de su Peugeot, jugaba con su llave: la quitaba, la ponía, la movía, jugaba con el volante, no puedo Monguito, no me lo perdonaría. Esa tarde, el Mongo soltó mucho cordel y la lubina se sintió libre, con metros y metros de ventaja. Ok, dijo el huevas, respeto tu decisión, pero comprende que tenía que decirte lo que sentía; y se bajó del coche francés para volver a casa. Caminando pensaba, equivocadamente, ojalá rectifiques, lo vamos a pasar en grande juntos tú y yo, no sé porqué lo sé, pero lo sé. Iluso.

Pero Mariana, sabia, optó por el camino fácil y siguió regalándole sonrisitas al Mongo, y hasta algún besito en plan ay que mono eres, que él equivocadamente interpretaba como ya voy, espérame en el cielo, papito. Hasta que una tarde Charo, perruna, aprovechó que el Mongo estaba con la moral baja y le soltó eso de no me han invitado al matri de Mariana, ¿y a ti? El Mongo, sin cambiar el gesto y prestando, como antes, más atención a su helado que a Charo, dejó pasar unos cuantos segundos, deletreó en su mente la palabra paralelepípedo como hacía siempre en situaciones extremas y, ya cool, contestó: no, ni siquiera sabía que se iba a casar.
Charo, carroñera, le preguntó que cómo era posible, si eran tan amigos, no puede ser, yo juraría que tú ibas a estar en primera fila en la ceremonia. El Mongo, limpiándose la boca con una servilleta siguió viendo el ir y venir del tráfico de Lima y dijo de corazón, a lo mejor no somos tan amigos como parecía. Miró la hora en el Patek Philippe que heredó de su abuelo y dijo tengo que irme volando, ¿compartimos el taxi? Pero Charo, que ya lo conocía, leyó el asco en sus ojos y respondió que no, que ella se iba a quedar un ratito más.

- No entiendo - le dijo al taxista - no sé porqué lo ocultaría. No tiene sentido.
- Así son las mujeres, hermano, no siquiera el Froin ese las supo entender.
- Freud.
-¿Quién?
- Freud, me imagino que te refieres a Freud.
- Sí ese que dijo: "La gran pregunta que nunca ha sido contestada y a la cual todavía no he podido responder, a pesar de mis treinta años de investigación del alma femenina, es: ¿qué quiere una mujer?"- el Mongo estaba anonadado- fue ése Froig ¿no? Contesta pues hermano.

Ya en casa, el Mongo se dio una ducha de dos minutos. Fría. Subió a su cuarto y tirado en la cama con la vista clavada en el póster de Los Tres Chiflados se imaginó la boda de su lubina. Cogió lápiz y papel y, como cuando iba al mercado, hizo una lista de preguntas y respuestas.

- ¿Cuántas veces la he llamado? - Muchas.
- ¿Cuántas veces me ha llamado?- Un par, y siempre devolviendo llamadas.
- ¿Cuántas veces le he escrito? -Muchas.
- ¿Cuántas veces me ha escrito?- Un par, y siempre cuando pensaba que ya no le iba a escribir.
- ¿Cuántas veces te ha pedido una cita? - Nunca.
- ¿Cuántas veces te ha hecho sentir querido? - Nunca.
- ¿Cuántas veces? - Nunca.
- ¿Cuántas veces? - Ni una.
- ¿Cuántas veces?- No preguntes más, por tu bien.

Y entonces comprendió que Mariana no era su mejor amiga. Tiró el papel arrugado por la ventana y buscó algo entre las hojas de su libro de Nietzsche. Despechado, le echó una última mirada a los ojos preciosos de Mariana, qué buena estás hija de puta. Bajó a la cocina y tiró la foto a la basura. Cayó entre los restos del spaghetti, que por ironías del destino, fue lo que ella y el Mongo comieron en su primera cita. Su perro lo mira moviendo la cola y el Mongo le da un poco de esas bolitas que tanto le gustan, mojadas en Heineken, perro borracho, le dice, como tu dueño, cojudo.

Suena el teléfono y son sus amigos de la universidad; el Mongo dice que sí, que se anima, que va a la fiesta, y antes de colgar le dice a quien está al otro lado de la línea. ¿Sabías que Mariana se casa? Y la muy cabrona ni siquiera me llamó para contármelo. Al otro lado de la línea tenían puesto el manos libres y se oyen varias voces gritando qué chucha, vente y con un par de rucas te olvidas de esa huevada.
Minutos después cuelga, feliz de tener amigos más asquerosos que él, y sale a comprar una camisa en Gap; de camino borra el número de Mariana del móvil y apuesta consigo mismo que pasarán años, sino toda la vida, sin volver a saber nada de ella. El chico que le ha vendido la camisa le pregunta si la va a usar en una ocasión especial, no, contesta, es para celebrar que me he quitado un peso de encima.

- ¿Cosas del corazón? - pregunta, indiscreto y maricón Erasure.
- No, cosas del pie - firma el ticket de la tarjeta Visa y añade: - es que hoy me he quitado un uñero, y era de los bravos. Por eso soy feliz.

viernes, febrero 20, 2009

Báñate,causa


Odio a la gente que apesta. De niño huía de los locos callejeros, y de los indigentes, más por asco que por miedo.

En Lima, probaba mi resistencia pulmonar al subir al transporte público porque no importaba cuál fuera el destino final, si era un barrio bonito o feo, siempre, había alguien que apestaba. A veces tenía mala suerte y se sentaban a mi lado, y mi desesperación me hacía abrir la ventana y aspirar aliviado el olor a chanfaina que casi siempre tenía el centro de la capital. Había (y hay) asquerosos por todos lados, pero el récord del barrio lo tiene mi amigo Martín.
Trabajaba de taxista pirata, usando el carro viejo de su familia. Su horario preferido era la noche, porque las calles tenían menos tráfico y podía hacer más carreras. Además, de vez en cuando, algún borrachín se quedaba dormido en el asiento y él, le pasaba bola, o sea, le robaba todo lo robable. Una tarde nos faltaba uno para completar dos equipos de fulbito. Pensé en Martín, que me había pedido más de una vez que lo despertara cuando íbamos a pelotear.

- ¡Vamos a jugar, panzona! - grité, golpeando el cartón que hacía de luna en su ventana.
- Apúrate Mercedes Sosa - me secundó mi hermano- y saca una china para tu apuesta.

Martín salió como estaba, vestido todavía de taxista, y en la cancha se puso un short que llevaba en la mano. Jugamos toda la tarde, más por culpa de mi hermano que se dedicaba a contestar todos mis golazos con otro zapatazo de los suyos. No importaba que avisara a mis defensas que sus tiros siempre iban rectos, los muy maricones se apartaban, agachaban la cabeza, o, como Martín, se ponían detrás del arco, listos para recoger la pelota que salía despedida tras su Tiro del Tigre. Nos ganó la noche y nadie se llevó la apuesta, porque alguien gritó que teníamos fiesta en la casa de alguna y que si no llegábamos temprano no alcanzaríamos las chelas gratis que solía poner. Volamos a bañarnos, y juro que de mi cuerpo saldrían dos kilos de tierra que se perdieron por el desagüe de la ducha.
Perfumados y con nuestras mejores galas de barriobajeros llegamos a la fiesta. Martín ya estaba allí, con su ropa de taxista, y según su propia confesión, con el mismo calzoncillo de hace dos días.

-Tienes en la cabeza más mosquitos que Santa Rosa - le dije, aguantando la respiración.

Mis primeros días en Madrid coincidieron con el fin del verano de 2001. Estaba fascinado con la belleza extraña de las madrileñas y el perfume a hierbas y flores de mi barrio de Moratalaz, alrededor del Camino de Vinateros. Me encantaba sentarme en el parque a leer y a ver pasar a los viejos, que, a mis ojos, eran demasiados. Vamos al Retiro, propuso mamá una tarde de domingo, te va a gustar, ya verás. Dejé mi libro sobre la mesa del salón y subimos al autobús. El aire acondicionado me pasteurizó los pulmones, y, cuando me acomodaba con mamá para pasar mejor el viaje, un español se colgó del pasamanos para no caer en una de las muchas curvas del barrio de La Estrella. La pasteurización de mis pulmones se transformó en infección cuando el hedor de sus axilas invadió hasta mi último alveolo. Abrí la boca para respirar, en un acto reflejo aprendido en mi terruño, pero todo era inútil. Es normal, hijito,me consolaba mamá, acá las únicas que huelen bien son las chiquillas, los hombres apestan a sobaco, fritanga, tabaco o pacharán.
Bajamos en el Hospital del Niño Jesús y crucé a toda velocidad la calle Menéndez Pelayo. La gente que me veía creía que había robado algo y, al entrar en el Retiro aguantando la respiración , no pude evitar derribar a un colombiano disfrazado de Mickey Mouse que vendía caramelos. Tirado en la hierba respiraba a bocanadas y, decepcionado, comprendí que los apestosos estaban por todo el planeta. ¿Cómo puedes apestar a primera hora de la mañana? pregunté, y mamá sólo me contestó, llena de sabiduría, son cosas del Orinoco, que tú no sabes y yo tampoco.

Por eso, y ya con años de experiencia en el arte de la apnea en superficie, puedo soportar los hedores de Jose. Huele como cuando encuentras una camiseta mojada en una caja después de meses, le conté anoche a Sol, mientras devolvíamos el libro de Dumas que había terminado de leer; no lo entiendo, son las ocho de la mañana y el tío ya huele a estropajo, ¿no hay duchas en Guadalajara, o qué? Sol me mira, ya con sus comics que se llevará en la mano, y me suelta algo como tienes el olfato muy sensible, creo yo. Le confirmo que sí, que han sido muchos años hundido en el pozo de la miopía que hicieron que mis otros sentidos se agudizaran, soy como un hombre lobo, digo, huelo y oigo casi tan bien como los perros. Sol me dice que quizá el pobre Jose no ha tenido tiempo de poner una lavadora y está reutilizando su ropa sucia. Me llena de esperanza y me preparo para, al día siguiente, sentarme a su lado y respirar por una vez el olor a suavizante marca Carrefour que saldrá de sus ropas.
Pero no pasa.Es viernes por la mañana y mi apestoso compañero de pupitre se acerca, me saluda, y yo me imagino un campo de flores marchitándose, a Eva Green cayendo de su columpio al ver que nadie compra los perfumes que vende, a Jude Law cogiéndose la cabeza, impotente, porque a este hombretón castellano no a podido convencerle de que usar colonia no es de maricones. La clase empieza y yo pienso que serán seis horas larguísimas. Jesús, el profesor, borra la pizarra y dice su frase de todas las mañanas: ¿preguntas, chicos? Me animo, y levanto la mano, él me mira y, cuando me da la palabra suelto una pregunta en la que me juego la vida:

- ¿Puedo abrir la puerta para que esto se ventile?

lunes, febrero 16, 2009

Oscar goes to


- ¿Sabéis algo de Oscar? -pregunta Jesús, el profesor del curso de MCSA.
-No -mentimos Jose y yo-, no sabemos nada.

La verdad es que Oscar ya llevaba varios días quemado. Poco quedaba ya de el chico risueño de Vallecas que se sentaba a mi lado y que me ofreció, a buen precio, su abono de liga del Atlético de Madrid. Estoy hasta los cojones de este equipo, dijo, te lo dejo a precio de saldo: cien pavos. Me pregunté si yo hubiera sido capaz de vender así, a mitad del camino, a mi Alianza Lima (corazón). No. Fueron muchos los momentos (sobretodo en competiciones internacionales), cuando mi equipo blanquiazul me dejó con el culo al aire, siendo el hazmerreir de los lunes en el colegio, trabajo, barrio, cumbres nevadas, ríos, quebradas; pero nunca renuncié ni le dí la espalda. Eso no es de machos, me decía mi abuelo, mientras se iba del brazo de una de sus nuevas novias, eso no es de machos, oiga usted.

- Te doy 70 euros - propuse, aprovechando la bajada de pantalón de Oscar - ni un euro más.
- Puede ser - disimuló su alegría -, pero me lo dejas para los partidos de Champions. Que quién sabe cuándo volverá el Aleti a Europa con esos hijos de puta de los Gil como dueños del equipo.

Sellamos el casi pacto con un apretón de manos y volvimos a clase. Nos sentamos uno al lado del otro y, de repente, como si todos los espíritus rojiblancos se enseñaran con él y castigaran su desdén, su PC hizo unos ruiditos extraños, como retortijones cibernéticos, y se jodió. Oscar intentó reanimarlo pero había perdido el controlador de dominio principal de su Active Directory, y los dos routers que tenía montados en su infraestructura virtual tenían, en todas sus tarjetas de red, la misma MAC. Mi compañero de pupitre sólo atinó a soltar un ¡halá, chaval! y remató su diagnóstico técnico con un a tomar por culo la bicicleta.

- ¿Qué has hecho? - pregunté, maravillado ante tal cúmulo de desgracias.
- No sé colega - respondió, y juro que parecía querer hacerle el boca a boca a la CPU - sólo le he dado al botón de restaurar máquina en el VMWare.

El VMWare es, para quienes no lo sepan (como yo mismo, hasta hace un mes) un software que se encarga de crear una infraestructura virtual para fines didácticos. Usándolo puedes configurar servidores, clientes, routers, etc. Siempre y cuando tengas una máquina que responda a sus requerimientos de hardware. Sino, el cabrón no te replica entre los nodos que defines, elimina usuarios creados dentro de tus dominios, se rebela y cambia tus Ip's o, como me hizo a mí una tarde, no te deja crear más máquinas por eso de "poca memoria virtual". Yo lo soporté y dije ¿no quieres crear más máquinas? pos . Oscar, no se lo tomó tan bien, y, derrotado, nos anunció esa misma mañana, a la hora del café, que se largaba.

Intentamos convencerlo pero no hubo forma. Jose por empatía, y yo porque no quería perder un abono (del Aleti, que juega como el culo, pero abono al fin). Oscar incluso adelantó su partida y el jueves pasado, justo cuando empezaba ya lo más fácil del curso (Directivas de grupo) desapareció. Desde entonces, todos nos preguntan que si sabemos algo. Como nos pidió discreción, cosa que no entiendo, yo me limito a encogerme de hombros y a decir, creo que se ha pirado, su máquina era una mierda. Entonces, sin importar quién sea el interlocutor oigo eso de joder, pero si ya no quedaba nada, y vuelvo a encogerme de hombros y sigo bebiendo mi café americano, que me sirve a diario un camarero cubano, en un bar italiano, cuyo dueño es un señor que parece ser de Ecuador, y donde todos los viernes me robo el suplemento Metrópoli del Mundo.

Volvemos a clase y Jose, al encender su equipo, se encuentra con un pantallazo azul. La cagada, digo, y de las gordas, me confirma. Ahora las dos placas que me rodean han muerto oficialmente, Jose tiene que reinstalar todo y le pregunta a Jesús si es necesario. Él lo tranquiliza y le dice que sólo necesitaremos dos 2003 Server y un cliente XP. A mi compañero le vuelve el alma al cuerpo y yo, congelado, no sé si darle al botón de "restore" que parece hacerme ven, con el dedo, como hacen las sirenas cuando llaman a los marineros antes de hundirlos para siempre en el mar. Cierro los ojos y dejo mi suerte a merced de mi dedo, como hice en mi primera vez sexual, y las máquinas vuelven a la vida. Juro que oí trompetas y un Stradivarius. Tú nunca me fallas, le digo a mi dedo índice, justo antes de besarlo.

La clase termina y Jesús vuelve a acercarse a nuestra mesa, no hay ningún mail de Oscar, nos dice a modo de exclusiva; yo me encojo de hombros y digo, estaba muy quemado, su máquina era una mierda. Él se rasca la barbilla y me susurra, joder, pero si ya no quedaba nada, justo antes de decir en voz alta, mañana más chicos. Pero casi todos, como Oscar, se han ido ya.

martes, febrero 10, 2009

La suerte de la fea, la bonita la desea


Skipe es una máquina de chismes por IP. Te conectas y, con un buen micrófono, el ciberespacio proyecta tu voz mejor que un teléfono. Y más barato. Pepe me llama y me cuenta que la chata esa, ¿te acuerdas? la de la esquina, la que era amiga de tu tía, la de ojos verdes, esa pues huevón, ha tenido un hijo.

- No jodas - digo,sin saber todavía de qué está hablando mi amigo lejano.
- Si huevón, - respira - no te imaginas huevón - bebe algo que debe ser Pepsi - se ha casado huevón.

Pienso que mi amigo huevonea mucho al hablar, pero no lo interrumpo, total, debería estar agradecido de que me volviera a dirigir la palabra a pesar de que ni siquiera le dí un toque cuando estuve paseando por su Brooklyn hace unos meses. Cuando se enteró me mandó un e-mail fulminante y ridículo en las mismas proporciones; en él me decía que siempre me escribía y yo no le contestaba, que eso no era de amigos, que si no quería seguir con nuestra amistad debería mandarle poco menos que una carta notarial besada por el Papa para acabar con lo nuestro, que así no es pe' causa, que has pasado por mi barrio y ni me has avisado, huevón. Un escándalo mayúsculo, recuerdo. No sé por qué la gente exagera tanto cuando los pierdo de vista. Un tal Iñaki hizo lo mismo cuando dejé de quedar con él y, también via e-mail, me hizo saber su desazón ante mi alpinchismo. Eres un pasota, colega, me escribió, deberías valorar más la amistad que es un bien escaso, sentenció. Reconozco que me esfuerzo muy poco en mantener el contacto, le escribí, pero por eso tengo un blog, que usan mis amigos (mayormente) y cotillas (en algunos casos) para saber lo que me pasa.

Pero Pepe me había perdonado, y por eso ahora compartía detalles conmigo, que, confundido,no pude más y pregunté con el mayor rigor científico posible: ¿de quién mierda me estás hablando? Después de eructar sonoramente y gritar ¡In my bedroom for chrissake! How do you say bedroom in polish, you idiot? volvió a mí. Me aclaró las dudas y me explicó que una tarde estaba aburrido y se metió al hi5 a ver las fotos de los amigos de sus amigos.

- ¿Eso se puede hacer? -pregunté -, en Facebook sólo tus amigos pueden ver tus cosas.
- En hi5 ves todo, huevón, es la cagada. Entonces, resulta que veo que la gringuita esa estaba como amiga de una amiga.
- Y dijiste aquí voy.
- Claro, huevón, ni cagando me iba a quedar con la curiosidad.
- ¿Y ? - pregunto ya un poco aburrido. Pongo un disco de Genesis - ¿qué había?
-Fotos de ella, y de su marido, te mando una.

La recibí en segundos y cuando la abrí reconocí a la niña que tenía locos a mis primos por culpa de unos ojos verdes (¿quién me los quiere comprar?). A la hermana del zurdo con el que emborraché en una playa de Miraflores. A la amiga de mi tía, con la que tiraba rabanitos a los chicos. Y todas eran la misma persona.

- La conozco, huevas -exclamé - ¿ese es su marido?
- Si huevón. Parece un salsero ¿no? uno de esos que tocan las maracas en una orquesta de pueblo. Mira esa camisa, parece un panadero hincha del Sport Boys.
- Don't be cruel.
- ¡Cruel my ass!, ese gordo care'balde tendría que estar con una gorda fea como él. Por lo menos.

Recordé entonces una conversación con Ruth, una tarde de verano. Nos encontramos por casualidad, y, superando toda improbabilidad, nos sentamos a hablar en un parque mugroso .Me dijo que estaba harta de Lima, de la gente, de la hipocresía, de su familia, de su casa y de su pelo rubio, que pensaba teñir de negro. Yo miraba sus ojos verdes y sus piernas doradas. Me habló de mi tía, y le mandó besos. Yo soportaba, estoico, el viento fuerte que provocaban sus pestañas al moverse. Me dijo que mis amigos eran unos cerdos, sobretodo Pepe, que había salido con ella una vez y esa misma noche se la quiso llevar a la cama, y eso sí que no, cholo, yo no soy tan fácil. Asentí y le dí toda la razón mientras admiraba su lindo ombliguito.

- ¿No estarás dolido, compadre?- pregunté, y un silencio de varios segundos me dejó escuchar perfectamente la voz de Peter Gabriel en I Know what I Like.
- Puede ser - resucitó Pepe - pero eso no me quita la razón. Como dice la Chimoltrufia "hay cosas que ni qué".

Llaman a mi puerta y sé que son unas amigas que vienen a cenar, te tengo que dejar, brother, le digo, y él me dice que ok, que de todas formas tenía que bajar a Manhattan a comprar unas cosas para su restaurante. ¿Tienes un restaurante?, pregunto, interesado, y él contesta que claro, huevón, cuando vuelvas a Brooklyn te invito unas chelas, pero eso sí, como vengas con las fachas del compadre ése mejor ni se te ocurra, porque te meto un plomazo en los huevos. Le digo que no se preocupe, que me pondría mis mejores galas. Pero miento, porque sé que aunque llegue en sandalias mi amigo siempre me tendrá reservada su mejor mesa. Cierro la sesión de Skipe y no pierdo ni un segundo en mandarle un mail a mi tía: ¿Ruth se casó, sabías? Y su marido es más feo que el tuyo, escribo. Abro la puerta y allí están mis amigas, preciosas, como siempre.

- ¿Qué has cocinado? - pregunta la pelirroja.
- Arroz caldoso- contesto - pero me faltó tiempo para agregarle el conejo.

jueves, febrero 05, 2009

¿Qué quieres que te traiga, hijito?


Mamá y papá se han largado de vacaciones a Lima. Admito que cuando supe que lo harían entré en un estado catatónico, de shock, o sea, ¿pa' qué?
Decidieron en una de esas charlas amables que dicen tener (y que yo nunca he visto) que ya que había tanto tiempo libre con esto de la crisis, qué mejor manera de pasar el rato que bajar a Lima y ver a los amigos, y, ya de paso, asistir a la boda de la hija de una sus mejores amigas. Mamá buscó en la web de la compañía aérea información sobre el equipaje, usos y costumbres de las azafatas, menú del día y tiempo estimado de vuelo. Papá caminaba nervioso por Alcalá de Henares, me imagino que pensando lo mismo que pensaba yo antes de mi viaje a Perú, allá por el 2002: ¿cómo estará mi casa? ¿mis amigos estarán vivos? ¿o presos? ¿cuántos soles hay en un euro?

Una semana antes de su vuelo intergaláctico me encontré con mamá en el chat de gmail. Después de hacerle unas cuantas preguntas para comprobar su identidad y enterarme de que en su curso de informática le habían enseñado a usar el chat (¿?) le pregunté por cómo iban los preparativos. Me contó que se había comprado un vestido elegante para asistir a la boda, porque los vestidos del mercado central son para cholas, y que papá también había renovado en algo su armario. Me preguntó si quería algo y le dije que sí, pero que era difícil y no lo conseguiría, te vas a perder, le dije, quiero algo de una tienda que está por Cailloma, por la calle de las putas. Grande fue mi sorpresa, y mayor mi alegría cuando ella, conocedora de su marido, me soltó eso de ¿por las putas? dime nomás, chato, si voy con tu papá, él conoce, fijo.
Le pedí entonces una chaqueta (di casaca en Lima, sino no te entienden) Adidas, de las que usaba la selección de fútbol cuando ganaba partidos, y algunos pósters de cine originales (los vende una tía en el jirón Quilca).

Me prometió intentarlo. O sea, que no lo haría.

- Me voy a Abancay y allí seguro que tienen algo.
- No, mamá, no. Allí venden ropa horrible para gordos sin cuello y con culo de chofer.

Pasaron los días y mis viejos se largaron un jueves a medianoche. No sin antes recibir una llamada urgentísima e importantísima de mi hermana que, emocionada al máximo apuró hasta el último minuto de tolerancia en el avión y antes de que la azafata les hiciera apagar los teléfonos les comunicó quién había ganado la última edición de Gran Hermano.

Esa misma noche soñé que entraba en la tienda Adidas de la calle Fuencarral y sólo vendían la chaqueta, modelo Firebird, que tanto anhelaba. Me desperté entusiasmado y se lo conté a Oscar, mi compañero de pupitre en el curso de MCSA, que, coincidencias de la vida, era también un apasionado fan de esa prenda tan cool. Tengo tres, confesó, pero esa de Perú no la conocía. Pasamos el resto de la clase buscándola por internet y encontramos a un pavo que la vendía, en España, a 60 euros.
Le escribí con la intención de pedir rebaja, total, hay crisis. Me contestó pidiendo 80 euros más gastos de envío, y, obviamente, le dije que se peinara y que ya seguiría buscando alguien con un poco más de piedad y menos concha. No obtuve respuesta.
Se me ocurrió fabricarla y busqué en ebay "firebird+ adidas+ white+ red", pensando en comprarla y luego pegarle el escudo de la federación de fútbol. Un inglés ofrecía algo parecido a 10 euros, vintage, pero cuando le pregunté por mi modelito famoso me dijo que no sabía que existía, pero que si él no lo tenía, ya estaba descatalogado. Otro vendedor más despistado me preguntó si Perú pertenecía a Filipinas.

Si Jamiroquai la tiene, yo también puedo tenerla, me digo cada noche al dormir. Y esperanzado creo que mis viejos serán los reyes y me traerán el regalo prometido. Pero en el fondo sé que los milagros no existen y como mucho me darán un frasco de rocoto, un choclo y un sublime recalentado. De parte de tu madrina, hijito, que te quiere mucho.

miércoles, enero 28, 2009

La maciza del gym


Así como vino su fue.
Rubén y yo hablábamos de su rumana imposible, una chica rubia que trabaja en el Lario's Café de Madrid y que, según él, no le quita ojo de encima cada vez que él llega al bar las noches de los fines de semana. ¿Por qué no le hablas? pregunté como siempre, y él, confundiéndome más, contestó que era más fuerte que él, pero que había lago entre ellos, un no se qué, y que, si le hablaba, igual perdía el encanto. Su timidez me recordó a la mía, y una de mis tantos enamoramientos fugaces que duraron lo que dura normalmente una canción de Luis Miguel. Volvieron a mí, las Magalys, Shemis y demás y, rabioso, le dije, como no te espabiles va a venir un cabronazo y se la va a llevar. Mi amigo, impasible, siguió trabajando los tríceps y dijo mejor, un problema menos, dejándome turulato.

Y entonces, llegó ella. Morena, cabello ensortijado atado con una esas gomas que venden los chinos a 6 por 60 sesenta céntimos. Mallas y una camiseta blanca que dejaba ver sus abdominales. Levanté una ceja en señal de aprobación y mi amigo se mordió el labio inferior, confirmando el veredicto. Pasé a su lado, tanteando el terreno, y supe entonces que olía a rositas. Huele a rositas, corrí a decirle aRubén, no jodas, dijo él, y tras comprobar que mi sentido el olfato funcionaba perfectamente volvió hasta la prensa de piernas en donde yo estaba ya desparramado y dijo es la única piba que conozco que viene perfumada al gimnasio.
Su presencia no pasó inadvertida entre los demás forzudos, porque si por algo se caracteriza el gimnasio al que vamos es por su total y absoluta ausencia de ganado femenino. Sí, es machista, lo reconozco, pero como no es mi objetivo principal ir a ver culitos subir y bajar en los steps, nunca me había quejado de la falta de chicas ricotonas en la sala de musculación. Como los demás, me conformaba con la charla amena de Encarni, una mujer de sesenta años que viene a mover sus huesos y siempre nos trata como si fuésemos sus nietos putativos. Por eso, esta morena, alborotó el gallinero.

Mi ego me hizo creer que ella me miraba, y el cabrón de Rubén subrayó mi error. Entonces, envalentonado y empujado por mi actual situación ('cause I got too much life/ running to my veins/ going to waste) me coloqué en la cinta estática que había libre a su lado y, sin más, le dije te apuesto una caña a que llego antes que tú al espejo.
Mi amiga Rubila me dijo una vez que los graciositos son los que llevan, casi siempre, el gato al agua. Pues en este caso la gata reia de mis chistes y, minutos después, ya me hablaba como si nos conociéramos de toda la vida. Me dijo que tenía una amiga enana ninfómana que se dedicaba a ir por la noche madrileña preguntando a los chicos si se la querían follar. Alguno caerá, decía yo, y la morena asentía y con acento vallecano decía, ya ves chaval, la chiqui esa liga más que yo. Asumí entonces que no tenía novio, y adivinándome el pensamiento me dijo que ella iba libre por la vida, que lo había dejado con un bombero súper celoso y que ahora vivía con sus padres, pero los fines de semana dormía en casa de una amiga, ya sabes, no voy a llegar con mis ligues a la casa de mis padres, tío, ni de coña

Me la imaginé entonces, volviendo a casa de noche, en taxi, y siendo más manoseada que el jamón de degustación del Alcampo. Mi diablito interior me puso por un momento a su lado en ese taxi que, no sé por qué, era igual a los taxis de Londres.

Pasaban los minutos y yo calculaba mentalmente que, más o menos, había corrido en la cinta unos doscientos millones de kilómetros. Las rodillas me temblaban y bajé la velocidad, mientras veía a la morena hablar y hablar como un loro amazónico y descarriado. Sonreía y asentía y, desde lejos, Rubén me hacía señas como si fuera un entrenador de baseball. La morena comenzó a contarme algo de una fiesta de halloween y, cansado ya, le dije, ya me voy, hablamos otro día, y la dejé allí corriendo hasta Australia.

Pasó el fin de semana y el lunes siguiente la saludé desde lejos, aterrado por su verborrea. Rubén me contó que la había visto hablar con uno de los musculitos que, como ella, va al gimnasio perfumado, peinadito, y con zapatillas y camisetas de marca. Pasaron los días y cada vez nuestros saludos eran más esporádicos, la veía reír las gracias de otros y, con poco margen de error, una tarde solté desde el fondo de mi corazón dije ésta viene a buscar quién se la folle, y seguí con mis mancuernas. A la semana siguiente, la maciza desapareció. Rubén sospecha que se ha cambiado de gimnasio, yo creo que la pobre nos veía como nosotros a Encarni, con mucha ternura pero sin ánimo de lucro. ¿Ande andará?

lunes, enero 26, 2009

Cada domingo a las doce


- ¿Te han dicho que eres igual al cantante de Travis?
- Que sí, un huevo de veces.

Mi amigo y yo compartimos el poco de sol que chorrea de las nubes en Madrid. Hemos quedado para recorrer el Rastro, yo busco un Lp y unas revistas viejas, él necesita unos DVD's y unos calcetines de colores de esos que tienen un espacio para cada dedo. Son calenticos, dice. Nos metemos entre la gente y yo me escondo detrás de mis gafas robadas del H&M, unas japonesas miran a mi amigo y lo bombardean de flashes, él ya ni se molesta en sacarlas de su error y hasta se abraza a una, que, eufórica aulla algo en una lengua oriental y se va chapurreando un zenkiu, zenkiu, mister Healy. Seguimos bajando por la calle atestada de gente y me detengo, como siempre, frente al puesto de la mujer que vende ropa de la segunda guerra mundial. Me pruebo un abrigo del ejército suizo, 25 euros, dice la mujer, pero yo recuerdo que hace más de un mes, cuando vine con Arturo, me pidió 20.

- Ésta es una estafadora - susurro a mi amigo almoust famous.
- No, colega - me corrige - es la crisis. Agradece que no te ha pedido 30.

Le cuento que sigo metido en el curso de MCSA, que lo paga el estado y sólo tendré que soltar billete para los exámenes. Al menos así te distraes y no le estás dando vueltas a la cabeza, dice, mientras examina los primeros calcetines de la mañana. Horribles. Me dice que él sigue trabajando, pero porque en su trabajo no despiden gente, vendemos móviles, tío, a nosotros no nos ha pegado la crisis tanto como a otros. Veo una bufanda que me gusta, pago cinco euros y me hago con ella un nudo en el cuello que dura dos minutos, no hace tanto frío ¿no? ¿una birra?. Nos metemos a un bar cercano y, a grito pelado, pedimos dos cañas. Llegan acompañadas de un platito con cuatro aceitunas que parecen descartadas de un casting culinario. Suena algo de música, pero el ruido de la gente no deja escuchar qué es.

- No importa el país en que estés - grita mi amigo - puedes identificar a un español donde sea. Será siempre el único que habla como si estuviera sordo.
- Es cierto - confirmo, entusiasmado, como hago siempre que alguien comparte mis ideas -, incluso gritan más que los ingleses. Lo comprobé en el metro de Londres, habían dos españoles en el otro extremo del vagón y me enteré de toda su conversación.

Dejamos tres monedas de un euro en la barra y salimos sin preguntar si ese era el precio. Bajamos directamente hasta un puesto que yo conocía. Saludo al dueño, un cruce genético entre Buda y Bin Laden y le pregunto si tiene el Hunky Dury, de Bowie. No hay suerte, me ofrece el Aladdin Sane por 10 euros, pero me hago el interesante y le digo que ya vuelvo, que voy a buscar otra cosa. Me odia un poquito y mi amigo, que se estaba haciendo fotos con unas españolas que le dicen I lovyurmiusik, mientras él, imitando el acento escocés, agradece. Me saluda con la mano y me acerco, las chicas me anotan unos números telefónicos en una publicidad de menú indio y yo les prometo que se los entregaré a Francis.

- ¿Hablas con la gente de tu antiguo trabajo? - pregunta mientras aprueba con los ojos unos calcetines que no llevaría un payaso.
- Con un par de ellos - me llevo también unos, por probar - con los menos aburridos.
- Para ti todo el mundo es aburrido.
- Casi, casi todo el mundo.

El vendedor de DVD's está al lado del gitano de las revistas, quien apenas me ve llegar me dice que no ha conseguido todavía la Rolling Stone de noviembre del 2007 que tanto busco, es difícil, confiesa, hasta he llamado a la editorial y está agotada. El falso Francis Healy a tenido más éxito y, sonriente, llega con sus compras metidas en una bolsa blanca. Subimos hasta la calle Toledo, y nos sentamos en una terraza para que el sol nos pegue en la cara. Me bebo una cerveza más y suena la alarma de mi teléfono, avisándome de que Sol se ha despertado, porque son casi las dos. Me piro, digo, y le doy un abrazo a mi amigo de los domingos.

- ¿La próxima semana, misma hora, mismo canal?
- Puede ser, a ver si hay más suerte con mis búsquedas. Te pongo un mensaje en el Facebook.
- Ok, then.
-Oye.
- ¿Qué pasa?
- ¿Sabes que te pareces un huevo al cantante de Travis?
- Que te follen - dice, y se descojona.

viernes, enero 16, 2009

Sound Loaded


No aguanto el ruido en este antro. Mariana dijo que llegaría a las diez, y ya son diez y diez. ¿Y si me convierto por unos segundos en el Gato y pido un vaso de agua con hielo en el bar? No. Eso es demasiado mierda, incluso para mí. Hay una pareja en la mesa de enfrente, ella está sentada y él acaba de llegar con una jarra de cerveza que pone Heineken pero debe ser de las baratas, tus zapatos te delatan, piraña, esas Timberland han subido muchos cerros, deberías cambiarlas. No sé ni cómo te han dejado pasar. Ella se sirve un vaso, poquito nomás, cholo, parece decir. Él insiste, es espuma nomás, creo que le dice, la flaca lo mira y deja que haga lo que le dé la gana, lo mira y sus ojos dicen, sirve nomás, huevón, que ni borracha tiro contigo. El idiota baila, o tiene un gusano en el culo, no sé, pero se mueve, ella levanta las cejas, mira el reloj. La imito. Mariana de mierda, siempre llegas tarde, son diez y veinte ya, si me ven mis amigos aquí, solo, se burlarán. Cinco minutos más y me largo.
There you are, in a darkened room.

¿Ricky Martin? ¿Quién es el genio que pone una balada en un pub? Es una señal, me levanto y me largo, la verdad está allá afuera, no voy a esperar a esta cojuda ni un minuto más. Además, ¿Para qué me ha citado aquí? El portero me conoce, menos mal, sino, hubiera tenido que pagar la entrada como el resto del populorum. Me despido, ¿te quitas, flaco? pregunta, no, no, vuelvo en un toque, miento. La humedad de Lima me da una cachetada y mi camisa de seda se infla como mi obligo acabara de estornudar. Un taxi se para en la puerta del pub, baja Mariana. Maldita sea, si no estuvieras tan buena...
Le alarga un billete verde al taxista y no logro ver si son soles o dólares. Siempre paga en dólares, le he dicho que no lo haga, que pierde plata, pero dice que en el despacho le pagan así, y le da flojera ir al banco a cambiar esos billetitos con caras de presidentes gringos por otros asquerosos con caras de losers. Hay cambistas en cada esquina, le dije una vez, pero ella me mató con la mirada (preciosa) y moviendo su boca con forma de corazón dijo que ya cuando le faltara plata cambiaría sus dólares. Vino hacia mí, seria, y me dió dos besos, a la europea, como aprendió en su última visita a Madrid. Me descolocó su nuevo perfume. Ella lo adivinó y dijo "nosequé" de Jean Paul Gautier. Me llevó de la mano hacia el pub, dijo hola Rodolfo y el portero se la comió con los ojos. Mi mesa todavía estaba libre, pero ella quiso entrar en la zona VIP, very imbécil person, exclamé fastidiado, Mariana fingió no escucharme y también ignoró que le viera el culo a la azafata de Ron Pampero.

Mira Monguito, empezó, esto ya no tiene futuro. Yo no sabía si se refería a lo nuestro, al país, al fútbol, a mi camisa de seda azul, a su Cosmopolitan que bebía como si estuviera en una película, a mi peinado, o a la canción de Sangre Púrpura que sonaba por todo el local. Ya sé, dije, para no parecer tonto, me imagino que saldrás con otro. La clase personificada ni se inmutó, se limpió (no sé por qué: su lipstick seguía perfecto) el labio superior, y, sin cambiar el tono de voz, dijo no seas pendejo, te has tirado a mi amiga.

Manual del infiel: 1.- Niega todo. 2.- Siéntete ofendido. 3.- Gana tiempo.

- ¿Que qué? - indignación máxima - si tus amigas no me gustan, oye. No sé quién te ha ido con el cuento, pero si es un tío quiere algo contigo, y si es una tía, bueno, puede que también porque estás muy buena - nada, ni un gesto, ni una risita - pero lo normal es que vaya detrás de mí. Sea lo que sea, me ofende que lo dudes, Mariana, me duele, de verdad. Quiero estar solo.

Hice el amago de levantarme, pero ella levantó un dedo, y usando la telekinesis, logró que me volviera a sentar. Te han grabado, imbécil, escupió, y me han enseñado el VHS, cinco minutos de pura acción.
Levanté una mano como un autómata y cuando la azafata acudió al llamado pedí un vaso de Chivas con hielo, del verdadero, mamita, ya sabes que conozco al dueño. Mariana se recostó en el respaldo del sofá de piel y desde allí me miró. Me recordó a su viejo la noche en que, invitado a cenar fui diseccionado como el marciano de Roswell, ahora veía en los ojos de la que hasta hoy era mi amante el orgullo de su familia italiana, no había escape. ¿Salgo bien el video? me quise hacer el gracioso, pero ella no se rió, terminó su trago y tiró sobre la mesa al presidente Jackson, invito yo, dijo y se levantó sin hacer el más mínimo ruido. Intenté cogerle la mano pero una descarga eléctrica me lo impidió. Sacó un cassette del bolso y lo tiró en una papelera, segura de que la estaba viendo. Me mandó un beso volado y desapareció entre la gente que ya llenaba el local. Mi whisky llegó, tarde, y me lo bebí de un solo trago.

Debí parecer un loco escarbando en el tacho de basura, hasta que conseguí rescatar el video. Salí disparado y, sabiendo que Mariana ya no me daría oportunidad alguna, subí a un taxi rumbo a casa. Al llegar, puse el video para verme en acción. Humillado, comprobé lo que sospechaba: después de un poco de estática, en la pantalla aparecía Mariana haciéndome "no" con un dedo, niño malo, dijo, niño tonto, sabía que lo confesarías. Mi amiga es un puta, pero creía que tenías más clase. Hasta nunca.
CursivaApagué la tele y, sonriendo, subí a mi cuarto a dejar que un sueño reparador me dijera cómo hacer que Mariana me perdonara. Es demasiado inteligente para dejarla escapar, pensé en voz alta, y mi perro, que ya dormitaba, levantó una oreja y salió disparado. El cabrón se había vuelto a mear en la puerta de mi dormitorio.

viernes, enero 02, 2009

Vestida y alborotada (Are you O.K. Annie?)


Lateaba el año 1993, a muchos ya se nos había pasado la mierda esa de celebrar los 500 años del descubrimiento de América y pensábamos en otras cosas, como por ejemplo, la próxima Copa del Mundo en gringolandia. La gente de mi barrio apostaba a que ganaría Argentina con un Maradona recuperado a base de milagros y rutinas de ejercicios que ni el mismo Rocky soportaría. Yo asentía callado, como hago siempre que creo que mis interlocutores tienen menos coeficiente intelectual que yo, porque en el fondo confiaba en el rey de espadas que tenía Brasil: Romario.

Demás está decir que Perú no clasificó a ese mundial (tampoco).

Creo que el principio de los noventa, fue, sin temor a equivocarme, mi época más misia. Acababa de salir del colegio y, sin oficio ni beneficio, me dedicaba a vagabundear por las calles sin ton ni son. Subía de mi barrio a cualquier otro sin motivación especial y cuando me cansaba me sentaba a pensar en cualquier parque, tratando de encontrar la forma de convertirme en escritor sin que mi viejo pensara que era un maricón perdido y, de paso, sin morirme de hambre. Y así, sentado en un parque de La Punta, conocí a Matilda La Grande.
Era una de esas mujeres que para mi, imberbe vago, aparecía inalcanzable. Abrió El Comercio y sacó de su bolso un vaso con medio litro de algo caliente que parecía ser café. Como en las películas, pensé, cuando la gente se sienta en Central Park, y bebe café del Starbucks mientras lee el New York Times. Pero esto era el Callao, apestaba a harina de pescado y en el vaso había impresa publicidad de una pollería. Pasaban los minutos y estaba casi convencido de que, al fin, había conseguido hacerme invisible y me preguntaba si usaría mis poderes para hacer el bien o el mal, cuando Matilda me preguntó si tenía hora. Sí, cómo no, señorita, contesté, atado todavía a las respuestas dictadas por el colegio militar. Ella, obviamente, se cagó de risa.

- No soy tan vieja, papito - mintió - ¿cuántos me echas?
- No sé, ¿treinta? - dije, y me refería a los años.
- Te has pasado por uno - mintió otra vez -, tú tendrás unos quince ¿no?
- No, no, señorita - mierda - tengo diecisiete.

Un choro nos rondaba como una hiena, pero ella, más canchera que yo, se le quedó mirando durante un par de minutos, y él, descubierto, meó en una pared y se fue. Me preguntó si venía siempre a ese parque, y le dije que no, que había llegado hasta allí de casualidad, lateando, pero que ya me iba.

- No te estoy botando oye, chibolo. Lo que pasa es que ésta es mi banca.
- Ah - respiré, y la tuteé por primera vez-: ¿qué llevas en el vaso?
- Tones. Para los preguntones, sapazo.

Hablamos hasta que casi cayó la noche, que pinta el cielo del puerto de un naranja distinto, como de mandarina y si le echas un poco de imaginación ves al agua del mar evaporarse cuando el sol se hunde en ella. Le conté que no trabajaba, que no sabía que hacer y que me aburría un huevo. Ella me miraba sin decir nada y no me juzgaba cuando, con la certeza de no volverla a ver jamás, le dije que quería ganar plata y no tener que escaparme siempre de las fiestas cuando llegaba la hora de comprar trago. Entonces, abrió su bolso y me dio una tarjetita con su nombre, su teléfono, el logo de Pepsi, y Marketing Assistant impreso en letras negras, ven a verme el lunes, por ahí que te puedo dar chamba. Me guardé la tarjeta en el short y, después de agradecerle con reverencias japonesas me largué antes de que cambiara de opinión.

Matilda me incluyó, una semana después y tras testimoniales pruebas de selección, en el staff del próximo evento que Pepsi Music organizaba en Lima, un mega concierto, me dijo, y cuando pregunté de quién y ella respondió casi me da un ataque al corazón: Michael Jackson, cholo, ¿en qué planeta vives? Mi labor sería llevarle al señor Jackson todo lo que necesitara en su camerino, que si Michael quería helado de Lúcuma, yo lo conseguía; si al señor se le antojaba un lomo saltado, yo mismito corría a la cocina y amenazaba a quien sea para tenerlo antes de cinco minutos; si a Michael le daba calambre ahí estaba yo para hacer volver a circular la sangre; si quería escuchar chistes de Melcochita, yo mismo era.
Me dieron una identificación intransferible e infalsificable con "V.I.P. Guest" impreso, me la metí en el calzoncillo de vuelta a casa, y la escondí en la Biblia, hasta que llegara el día señalado: 12 de octubre de 1993. Faltaban todavía varios meses, pero la publicidad era asfixiante. Todos querían ir al concierto y yo no tuve que guardar el secreto porque cuando intenté contarle a mis amigos que era el rascahuevos oficial (pagado por Pepsi Music) de Michael Jackson me ignoraron como cuando me inventé que me había tirado a Mili delante de su prima la gorda, eres un mentiroso del carajo, dijeron, y no hice mucho por hacerles cambiar de opinión. Por las noches cogía la Biblia y comprobaba que mi identificación estaba allí todavía. Mis padres creyeron que al fin dios había entrado en mí, y cuando ellos pensaban que yo leía la Carta a los Corintios en realidad me imaginaba a Michael dándome las llaves de Neverland como propina por mis servicios prestados.

Pero pasaron dos meses, y el cabronazo canceló el concierto. Dijo que le dolía la espalda y los rumores sobre su afición por los niños eran ya demasiado fuertes, así que desapareció y no completó el Tour. El escenario se quedó armado en el Estadio Nacional porque nadie le pagó a los obreros e incluso se jugó un Universitario - Melgar en el que los recogebolas tenían que meterse entre los hierros cada vez que una pelota iba detrás del arco. Matilda y yo nos hicimos más que amigos, y, aunque lo nuestro no duró mucho porque ascendió y la mandaron a trabajar a USA, me enseñó algunos trucos que hasta hoy me sirven y son de gran ayuda con las mujeres: me enseñó a mentir. Nunca vi a mi querido Michael en concierto, ni estreché su mano, ni le llevé un tecito a su camerino, ni hicimos juntos el Moonwalker La única forma en que he podido verlo bailar, antes de que fuera totalmente blanco, ha sido descargándome el DVD de su "Bad Tour" por Internet. Qué cabrona, la Jackson.