jueves, febrero 03, 2011

Homeofobia


Odio estar enfermo, de lo que sea. En primer lugar porque, desde niño, he demostrado una cobardía pluscuamperfecta a la hora de enfrentarme a cualquier síntoma, pero también porque vivía en un barrio popular en el que los remedios caseros eran, siempre, cada uno más extravagante que el anterior.

Tuve paperas hace churrucientos años. La cara se me puso como una pelota y mamá me encerró en casa para evitar el contagio a mis hermanos. Me aburría a morir, y mis juguetes y cuentos comenzaron a volverse repetitivos al segundo día de enfermedad. Entonces, escapé por una ventana aprovechando que mi enclenque cuerpo cabía por las rendijas. Una vecina me encontró vagando en pijama y me devolvió a casa sano, salvo y cachetón. Oí cómo le explicaba a mamá la preparación de un remedio casero hecho a base de pimienta de cayena reducida a polvo, mojada con chorritos de vinagre y aplicada en plan empaste sobre la zona inflamada. "En un día se cura vecina" le dijo, convencidísima. Mamá le agradeció mi rescate, pero apenas cerró la puerta escuché como susurraba "qué cayena ni qué ocho cuartos, las pastillas que nos dio el pediatra y punto". Impaciente como era yo, aproveché otro de los miles de descuidos de mi veinteañera madre para buscar los ingredientes de la poción mágica en la cocina. Cambié la cayena por rocoto y el vinagre lo confundí con vino, preparé el menjunje y me pinté la cara como si me fuese a enfrentar a un piel roja.
Mamá tardó dos horas en lograr que dejase de llorar y dormí dos noches con una toalla húmeda en la cara para aliviar el ardor. Conciliaba el sueño prometiendo venganza eterna a la vecina.

Años después, cuando ya no cabía por las rendijas de la ventana. Mis amigos y yo robamos dos bandejas de huevos del camión de reparto. Los huevos, casi siempre, venían de unas granjas vecinas, en las que, además de gallinas, patos, conejos y cabras, también vivía alguno que otro primo lejano de papá. Nos escondimos en casa de los mellizos y, allí, improvisamos una tortilla inmensa que sirviera tanto para calmar nuestra hambre como para borrar toda clase de pruebas. Comimos como desgraciados y bebimos toda la cocacola que había. Cuando volví a casa vomité tres veces por el camino (la última en los pies del cura, que nunca perdonó tamaña ofensa a sus sandalias franciscanas) y llegué a mi cama sudando frío. Mamá creía que eran mis últimos minutos de vida, porque, entre mis delirios, le dije que me habían envenenado y mis temblores y espasmos ayudaban en mucho a sostener mi delirio de espía secreto descubierto y atacado en plena misión. Mamá fue a buscar un taxi, y me dejó al cuidado de una vecina. Cuando volvió (esto me lo cuenta ella, yo ya me había desmayado), encontró a la mujer, orinando sobre unas toallas y dispuesta a ponérmelas sobre la panza.

- ¿Qué haces, loca de mierda? - gritó mamá.
- Esto es bueno, vecina - argumentó - el calor de la orina hará que los cólicos paren. Ya vas a ver.

Obviamente, mamá echó a patadas a la loca esa y me llevó el brazos a que me aplicaran un enema. De camino, tiró las toallas a la basura. Estuve a dieta blanca durante una semana y me aficioné al pollo de por vida. Se me caducan los huevos con facilidad.

Antes de cumplir los dieciocho, quise estudiar algo en la universidad, lo que sea, pero que sirviese para estar al menos cinco años más en el cascarón de papá y mamá. Escogí una ingeniería, estudié durante meses y me inscribí en un examen algo caro de ingreso a la universidad. Durante días escuché que eramos 15000 alumnos para 500 plazas, que el sistema educativo anterior al gobierno actual había sido demasiado blando y que ahora los examenes de acceso serían más duros, que había gente que sufría ataques de ansiedad, y mogollón de chorradas como esas. Una de las mujeres de mi abuelo, al verme en ese estado tenso, me recomendó que la noche anterior bebiera dos tazas de tila, bien cargadas, y que así dormiría super relaz. (lo dijo así, "relaz", y en ese momento debí sospechar). Como en casa no teníamos de eso, asumí que cualquier infusión serviría y herví un litro de agua con dos puñados gordos de hojas de hierbaluisa. Cogí "Cien Años de Soledad" y, con mi jarrita de infusión al lado, me preparé a dormir. Cosa que conseguí en pocos minutos. Al día siguiente, en pleno examen, sentía una necesidad extrema de liberar flatulencias acumuladas y todo yo era un retortijón. Recordé al tío del pueblo que siempre pedorreaba cuando se quedaba dormido en nuestro salón y reprimí al máximo mis ansias de liberación. Creo que fue el examen más rápido de mi vida, ni siquiera me detuve a pensar las respuestas y tuve mucha suerte en conseguir una de las notas más altas. Lo primero que hice al salir (escopetado) del aula, fue dejar que mi aparato digestivo lograse lo que buscaba desde que desperté esa mañana y minutos después corrí a la biblioteca de la facultad sólo para comprobar las propiedades mágicas y digestivas de la hierbaluisa, que, además de relajante, también había sido usada desde tiempos de la Colonia como un poderoso laxante.

Hoy, he visto como un grupo de personas protestaban frente al Instituto Homeopático de Madrid. La protesta ha sido original y divertida, sin ruidos. Se han juntado allí a "suicidarse" zampándose 20 comprimidos homeopáticos cada uno, como los que usaba Sol cuando ella y yo nos conocimos, y que (sí, Sol, lo confieso ahora) un día, aburrido y cabreado con ella, cambié sus homéopathie granules por caramelitos Pez. América y sus amigos, tras ingerir dosis alarmantes de somníferos homeopáticos, sólo han conseguido el mismo efecto que tengo yo tras ver mi nómina: descojonarse. Al ver el vídeo que está en Ustream imagino qué habría pasado si yo no hubiera tenido unos vecinos o familiares tan frikis con eso de los remedios caseros. Quizás, equivocado, habría seguido creyendo en ellos y ahora trabajaría con subvenciones del gobierno en el Instituto Homeopático. Habría visto desde la ventana a los protestantes ingerir las pastillitas entre risas y, escondido detrás de la cortina, desde mi ignorancia, los habría maldecido.
¡Mierda!, pero ahora que lo pienso, al menos habría tenido oportunidad de hablar con América. De sólo pensarlo, me han entrado ganas de beber un litro de hierbaluisa para relajarme.

lunes, enero 31, 2011

¿Cómo repartimos los amigos?


- Joder - escribo en mi chat de facebook, versión móvil - he tenido una pesadilla que te cagas.
- Cuenta - escribe Giovanna, al otro lado del mar - soy "toda ojos".
- Pues resulta que estaba con mi ex, en un pueblo perdido de España, de esos bonitos con torres y puentes de piedra. Habíamos subido hasta allí, no sé por qué, a ver la última película de Almodóvar. Es una tradición que teníamos: ella veía las de Harry Potter con su hermana, y conmigo las de Almodóvar. Se pasó la peli ignorándome, y cuando salimos, por más que le hablaba, no me contestaba.
Cuando llegamos a donde yo había dejado el coche (iluminando el camino con mi móvil, porque no se veía nada) resulta que no lo encontramos. Yo juraba que sí, que lo había dejado allí, pero ella no me hacía caso. Volvió sobre sus pasos y lo encontró a unos diez metros más arriba, sin el seguro echado. Se sentó en el asiento del conductor, arrancó y se fue sin mi.

- Tu ex? Sol?

- Sí esa. Me dejó allí, tirado. El coche era viejo, un VW escarabajo verde turquesa.

- Turquesa? Tú sabes distinguir los colores?

- Eh, ¿si? Bueno, el caso es que caminé sin rumbo por el pueblo, confundido porque me dejase. Veía a la gente coger sus coches y pirarse. Quería subir en alguno de ellos para que me acercase a casa, cuando apareció Nacho. Y también me ignoró.

- Nacho? el Nacho del barrio? el horrible?

- Sí tía, ese.

- Pero si lo odiabas, ¿por qué sueñas con él?

- No sé, el caso es que al ver que me ignoró lo saludé yo. Le cogí del brazo y le dije "hola, tío" y él fingió alegrarse, tanto, que me dio dos besos (asquerosos) en plan argentino. Me dijo que iba a una fiesta por ahí, por el pueblo, que si quería apuntarme. En ese momento, recordé que me caía como una patada en el culo y le dije que en otra ocasión, que esperaba a unos amigos para cenar. Se fue, se fueron todos los coches, el pueblo se quedó completamente a oscuras, y desperté. ¿Tú sabes interpretar sueños?

- No, nada, cholo.

- No me llames cholo. - corrijo - No sé flaca. Está lleno de simbología y ahora que te lo he ido contando, se me han ido apareciendo las ideas.

- ¿Qué ideas? A ver dime.

- El pueblo viejo representa los lugares en que Sol y yo vivimos, las situaciones, por eso lo de película. Al no verme, Sol demuestra que para ella yo ya no existo, por eso se va en un coche viejo sin mí, el coche viejo es lo que quedaba de nuestra relación, que se fue con ella.

- Guau.

- Espera que sigo. Nacho representa todo aquello que dejé atrás por Sol y a lo que intento volver al no tenerla a mi lado. Tú por ejemplo, sin ofender. O amigos a los que no había hablado en años y que intenté volver a entrar en su círculo, dejándolo al final por pereza o simplemente porque ellos pasaron de mi culo. Los coches que se van son las oportunidades que dejo pasar de reconstruirme y la oscuridad final es el miedo...

- a estar solo.

- Sí, eso es. Exacto. Oye, Giova, gracias por escuchar.

- De nada, ya te tocará a ti.

- Cuando quieras.

Cierro los ojos y duermo. Al día siguiente, cerca del mediodía, despierto y me siento en el PC a escribir. Después de varias páginas sin sentido, me aburro y me meto en el facebook. Encuentro a Sol en el chat.

- Anoche tuve una pesadilla horrible, contigo.

- Mmmm, ¿eso es bueno, o malo?

- Te cuento, resulta que estábamos en un pueblo...

Cuando termino de contarle el sueño, ella se queda un minuto sin escribir respuesta. Luego, finalmente pone en el chat:

- Un segundo, teléfono.

Y no vuelve a escribir nada más. Cierro el facebook a la media hora, pongo el Spotify, y sigo escribiendo. No me queda más que resignarme a que Sol se fuera con el VW, y creo que podré acostumbrarme a la oscuridad sin tener que llamar, jamás, a Nacho.

martes, enero 25, 2011

Юлия


La conocí de casualidad, y la primera frase que salió de mi boca no fue, digamoslo así, el ejemplo de la amabilidad. Tampoco es que me considere el más grande diplomático del mundo, pero lo cierto es que de un tiempo a esta parte he logrado convertir mi antiguo despotismo en un simpático pasotismo estrella. A lovely twat, o, como me llamaba Laura (cuando me quería): asquerosamente majo. Esa primera noche le confesé que odiaba escuchar más de tres canciones de salsa seguidas, ella correspondió confesando también que sólo bailaba cuando superaba la tasa de alcoholemia, por muy mucho. Qué angelito más simpático, pensé mientras el taxista me llevaba a casa.

Pasó algún tiempo y nos hicimos amigos virtuales. Chateaba con ella más de lo que chateo con gente a la que conozco desde hace muchos años. A veces desde el móvil, a veces en el curro, a veces en casa, y una vez desde una biblioteca. Me habló un poco de su familia, y de su gato gordo, vi fotos de sus medias corridas e imagino que ella vio alguna mía en la que una vaquilla tuberculosa me pasa por encima. Inspiró algo de lo que escribo y comentó alguna de las canciones que publico en mi perfil de facebook. Una tarde, cuando Cristina me gritó en medio de la oficina "si quieres salir con mi amiga, llámala tú, no tienes que invitarme también" entendí dos cosas: que Cris y yo yo éramos ya tan amigos como para haber compartido un mal día en todo el sentido de la palabra, y que era el momento de una gran demostración de cariño. Me levanté de mi sitio y fui hacia Cris, la abracé y le di un beso en la mejilla susurrándole "no te utilizo, terremoto, eres mi amiga y sabes que te quiero". Mi amiga sonrió y volví a mi sitio intentando no pensar en el trasfondo de sus palabras.

Volvimos a vernos meses después de nuestro primer encuentro y me senté a posta a su lado, ya seguro de pasar un buen rato. Nos burlamos de una cubana que parecía un travesti, de Carlos que babeaba por Bea, de lo caros que eran los cocktails, de lo cutre que era el sitio, de la camiseta de un pobre desgraciado. Huimos en mi coche hacia otro lado, con Carlos de copiloto, y terminamos en un antro de medio pelo que hedía a garrafón. Jugué con su cinturón de Moschino, ella se burló de mis movimientos Chayannescos, y lo mejor llegó cuando, sin dejar de bailar dijimos al unísono que queríamos bailar "Memories" de David Guetta. Ve a pedirla, No ve tú, No ve tú, que estás más buena que yo. No hizo falta, el DJ la puso y nos miramos flipando. Le dije que la llamaría para quedar otro día, los dos. Dijo que sí, que la llamase. La vi irse en un taxi.

Llegaron las fiestas: navidad, cenas, año nuevo, cenas y juerga, los reyes magos, más cenas y el asqueroso roscón. Definimos un día, más por definir, una tarde de chat en que ambos coincidimos en que sería guay vernos y beber un par de copas de vino. Sugerí un bar que me encanta, por Recoletos. Dijo que sí. Pero al final, como casi siempre pasa, no pudimos ninguno de los dos. Ella estaba cansada y yo odiaba al mundo por haber roto el Mercedes Benz en una rotonda de Alcobendas. El mecánico dijo que el coche no había pasado un mantenimiento en su vida. Días después me invitó a un concierto de rock, al lado de mi casa. No me apetecía mucho, la verdad, y le dejé claro que si iba, era sólo por ella. Recuerdo que dijo "Que sí, que sí. Cuando llegues me llamas, ¿vale?" La encontré acompañando a Cris, mientras ésta fumaba. Cris, fumadora acostumbrada a la intemperie, había salido del bar con abrigo, ella, tiritaba como un pollito mojado. Me quité la chaqueta de los conciertos (una del Bershka que aguanta los chorros de cerveza, y que adorné con un parche de los Beatles que compré en Liverpool) y la puse sobre sus hombros. El concierto fue una mierda y mientras yo bebía ignorando la guitarra desafinada, ella me dijo "o sea, que eres adicto a mis guiños". A lo que respondí, "es totalmente cierto, true story" sin dejar de mirarla. Cris y su grupo propusieron subir hasta el centro de Madrid. Ella se fue con ellos, yo, volví a casa.

De vacaciones, volví a mi vida. Algunas noches salí con Iván o Julio, por separado, y en ambos casos regresé a casa hecho mierda y sin recordar absolutamente nada de las chicas con las que había estado. Resacoso y vago, me volqué en escribir, leer y dormir. Terminé todas las temporadas de Skins, Misfits, Mad Men, How I Met Your Mother, The Big Bang Theory, y Romanzo Criminale. Imaginé entonces que estaba llevando la misma vida que Yulia decía que llevaba su gato gordo, y recordé (tirado en la cama, con los pies apoyados sobre el muro) una de nuestras conversaciones en las que me recomendaba una serie llamada "Californication", te va a encantar el personaje, me dijo. Corrí a descargarla de internet. He visto cuatro capítulos, y me gusta mucho. Va de un tío que es adicto a las mujeres, que escribe, pero cree que lo que escribe es una mierda, a pesar de que todo el que lo lee dice lo contrario. Hank Moody (¡qué apellido más conveniente!) es un entrañable cabrón que vive la vida como le viene (ni siquiera se preocupa en lavar o cambiar la luz rota de su Porsche, como si esperase a que el coche un día lo deje tirado, ¿en alguna rotonda?), ama a su familia con todas sus fuerzas y se esfuerza en construir algo nuevo, cuando ha comprendido al fin que lo rompió años atrás, no tiene arreglo. No sé por qué, pero me encanta la serie, Yulia. Has dado en el clavo con el personaje que me engancharía. поздравления.

viernes, enero 14, 2011

Super Totó Bro


Yo creo que mi primo se mató porque su mamá era puta.
Cuando dejó a su marido y se vino a vivir con nosotros, la gente del barrio señalaba a mi tía creyendo que no se enteraba y ella, altiva, los ignoraba como ignoraba dios a Job y a su lepra. Totó y yo escuchábamos los rumores y nos mirábamos confundidos, era nuestra época de las primeras preguntas: ¿cómo se folla? ¿por qué a mi prima le han salido tetas, pero sigue siendo fea? ¿qué significa puta? Fuimos con nuestras preguntas adonde Supermán, que en ese tiempo era mi padre (luego la kriptonita de los años le quitó sus poderes), y él, desde su Fortaleza de la Soledad, nos miró como siempre, o sea, sin vernos, y nos dijo que una puta era una vedette. Una de esas mujeres que baila con poca ropa, como las que salían al final del Show de Benny Hill. Entonces, a Totó y a mi nos pareció super cool que su mamá fuera puta y no fue hasta varios años después cuando (ya entendidos en la materia) tuvimos que romperle la boca a un vecino por repetir ese adjetivo al referirse a mi tía.

Yo creo que mi primo se mató porque nunca le fue bien en los estudios.

Totó no pudo ir a los mismos colegios que fui yo. Yo pasé un examen de ingreso super difícil con la gorra después de que mi segundo premio en Literatura a nivel provincial (que gané con 7 años) me diera un currículum inusual entre la población que me rodeaba. Totó también tenía logros de su época escolar: terminarla sin piojos, con todos sus dientes y sabiendo fumar; pero no sirvieron como garantía en los colegios buenos. Lo inscribieron en un par de colegios con directores poco pacientes y de ambos lo expulsaron. Cuando me lo contaba nos reíamos a carcajadas, sentados en plena calle e imaginando un mundo gobernado por todos aquellos que no habían terminado de estudiar. Cuando le dije que pensaba entrar a la universidad se alegró mucho y dijo que, como en el cole, aprobaría todo sin estudiar. Tuvo razón el hijoputa. Por eso cuando me gradué lo busqué y quise pagarle un par de cervezas, pero no me dejaron llevárselas a su celda.
Cursiva

Yo creo que mi primo se mató porque la vida le llegaba al pincho.

Cuando mi tía lo abandonó y se fue a vivir con su tercer (¿o cuarto?) marido, Totó se quedó en casa de mi abuelo. Mis tíos lo adoptaron como adoptaban a los cachorritos callejeros que de vez en cuando se encontraban por la calle. Y con ese mismo afán lo dejaron a su suerte unos meses después. Totó se buscó la vida en una serie de trabajos: pintor, electricista, mecánico y follador de viejas. Pero en ninguno alcanzó el culmen de su formación profesional. Una noche que mis amigos y yo bajábamos mamados por las calles del Callao, terminamos, no sé si por casualidad, en una de esas calles con locales de luces rojas y mujeres solícitas en sus puertas (vamos, un sitio de putas), y allí trabajaba Totó, vigilando el local. Habían pasado años desde la última vez que nos vimos, pero nos fundimos en un abrazo de varios minutos que hizo que las chicas pensaran que yo no iba allí a buscar calor femenino. Le pregunté por su mamá (sin esperar que me dijera que estaba por ahí cerca) y el me preguntó por la mía. Tras media hora de conversación lo dejé ahí fuera y me reuní con mis amigos. Sentado, y mientras una morena se me subía a las piernas sin que yo lo pidiese, vi como Totó susurraba a mis amigos algo, uno a uno. Luego me confesaron, aterrados, que mi primo les dijo que "como me malearan, los encontraría y les cortaría los huevos con un cuchillo de plástico".

Yo creo que mi primo se mató porque creyó que era un estorbo.

Papá se lo había dicho de forma indirecta, cuando yo (niño chivato donde los haya, rozando el hijoputismo), le conté que Totó me había querido enseñar a fumar, a orillas del río Rímac. Papá lo sentó en nuestro minúsculo salón y le dijo que fumar era un vicio, muy malo, pero que si él quería hacerlo era libre, siempre y cuando no me llevara con él.
Su vieja se lo dijo, de forma directa, cuando dio a luz gemelos y le confesó que ya no tenía espacio para él en su nueva casa. Abundó en detalles al decirle que quería comenzar una vida con su nuevo marido, que él ya podía trabajar ya que los estudios no eran lo suyo y que si seguía por esa senda sería un mal ejemplo para sus hermanitos, uno con nombre de Papa y el otro con nombre de estrella belga de cine de acción.
Mis tíos se lo espetaron cuando lo condenaron a vivir en un cuarto que más parecía una celda y no le ofrecían más que malos ejemplos que él nunca supo comprender. No tuvo la agudeza de entender que todas las mierdas que ellos hacían a diario eran sólo para mostrarle el camino que no debía seguir.

Yo creo que mi primo se mató porque tenía más huevos que muchos.

Desde que tengo uso de razón he escuchado a gente quejarse de lo mal que le va en la vida. Que si no tengo el trabajo de mis sueños, que si la mujer que quiero no me quiere, que si no tengo un buen coche una buena casa o unos dientes bonitos, que si no puedo pagar mi hipoteca, que si soy un estorbo, que si no tengo amigos, que si nadie me quiere. Normalmente he mostrado empatía hacia esos especímenes, pero, de vez en cuando, cuando estoy cansado y la vida de los demás me la pela contesto con un rotundo "¿por qué no te matas?" En ese momento el quejoso de turno se calla, me mira con miedo, sonríe y dice algo como "joder, no es para tanto, ¿no?" Y yo lo imagino cagado de miedo.

Yo creo que mi primo se mató porque no había nada en la tele. Porque entendió que la vida es una sola y, como en Super Mario, descubrió que a través de las chimeneas estaba el atajo hacia la casa del dragón. No supo ser paciente y quiso terminar el juego antes que todos los demás. No entendió que lo que mola es cagarla una y otra vez, ganar vidas, y volver a empezar. Se equivocó al creer que nadie lo echaría de menos.

miércoles, enero 12, 2011

Una mujer especial.


María vive sola. Se divorció, vendió sus vinilos, sus cuadros, su tele y dos sofás. Le recomendaron que se comprase un perro pero le pareció muy triste. Odia a los gatos. Y nunca había fumado un porro hasta hace unos meses.

María baja los sábados al mercado del barrio. Compra carne y pollo (el pescado lo pilla entre semana en el super, ya limpio y en su bandejita de plástico), unas frutas y dos lechugas. Lo de las lechugas no sabe por qué lo hace, si se le pudren en la nevera, siempre. Congela la carne y el pollo y destapa una birra al llegar a casa, se tumba en el sofá y ve alguna serie o película que se ha bajado de internet. Todos los sábados por la tarde hace siesta, es sagrado.

María vive los domingos con gente. O nada, o juega al voley o camina por las calles, dependiendo del clima de Madrid esa tarde. Compra una revista en el kiosko y la tira sobre la mesita de su salón, lee un libro y pone música en el spotify cuando muere la tarde. Plancha como una cabrona.

María llamaba a su ex, de vez en cuando. Le contaba sus cosas, le hablaba de la vida, le explicaba sus proyectos. Hasta que una tarde de otoño, animado por esas confidencias, el ex le contó que salía con otra, y que las cosas iban bien encaminadas. María dejó de llamarle, y esa noche se folló un cubano de sus clases de salsa.

María llama al cubano de vez en cuando, cuando le aprieta el zapato. El cubano la visita, se la cepilla y se va. Todo bien, todo acordado, todo vacío. Una tarde María compartió con el cubano un par de porros y el encuentro parecía una manual de Tantra. Al final, el cubano abrió su corazón y preguntó "tú, ¿no sientes necesidad, a veces de querer a alguien?". Ahora María prefiere tocarse a llamar al follador psicoanalista.

María no hizo nada especial ni en navidad ni en año nuevo. Se quedó en su chalet escuchando la pirotecnia ajena. No llamó a sus hermanas ni puso felicitaciones en su muro del facebook. No tiene internet en el teléfono. Nadie le mandó, desde el extranjero, un saludo por whatsapp.

María tiene ahora un amigo para cada cosa. Uno para ir al cine y comentar las pelis. Uno para el museo. Uno para ir a bailar. Pero una tarde me contó que lo más difícil es buscar ese amigo con el que se pueda sentar a hablar una tarde frente a una copa de vino. Lo intentó con uno y se aburrió tanto que fingió que le entraba una llamada urgentísima al móvil: me voy que tengo que salvar el mundo, la bomba atómica está a punto de estallar en Tangamandapio. El pobre tarado se lo creyó.

María tiene también otro ex, más antiguo, que le mandó fotos en pelotas y con el que quedó después de mucho tiempo. Se vieron una noche en su casa, hablaron, y cuando se despidieron, ella le pidió un beso. Por que sí, era la noche perfecta para equivocarse, con Madrid húmedo. Él dijo que si iba de ese palo mejor que no se volvieran a ver. Ella le abrió la puerta del coche, lo dejó en su hotel y bajó descojonada por Castellana, viendo las luces de navidad.

María compra como loca. Le dan subidones al encontrar ropa de marca superbarata. El bolso perfecto para sus zapatos. Esa oferta en ebay que nadie más parece haber visto en el mundo mundial. Duerme con su pijama Ralph Lauren, sola. Y sus amigas dicen que si va así de pija, los tíos la mirarán con miedo, como a alguien superficial. La gente cree que es rica y gana una pasta.

María es un ángel caído. Da un pasito pa' lante, y dos pasitos pa' atrás. Y yo no pienso volverle a coger el móvil, porque esta tía da mal rollo.

lunes, enero 10, 2011

Lunes in red


Soy un hombre sin coche. Y lo soy desde que el pasado miércoles mi Mercedes muriese como murió, como diciéndome que no le gustaba esto del año del murciélago. Se paró de golpe al entrar en una rotonda de la Moraleja y yo, incauto creía que se trataba de un pinchazo, sin importancia. El mecánico me ha dicho que serán más de 1000 euros, importantes, los que me cobrará.
Hoy vine a currar en el coche de mi hermana: pequeño, rojito, aromatizado, con muñequitos y discos de shakira. Me lo prestó después de duras negociaciones y sólo después de que le jurase (en vano) que le pondría siempre el seguro ese en forma de bastón que ella suele poner entre volante y embrague. No sé pa' qué, porque el coche tiene bloqueo automático si le quitas la llave. Le di la primera vuelta el sábado por la noche, respondiendo a una invitación de Yulia a tomarme una copa en un bar cercano a casa. Dos cervezas después, estaba ya en mi cama leyendo a Saramago y pensando en el partido del día siguiente (en el que no marqué ni un solo gol)

Volviendo a hoy, mi primer lunes del año, con coche rojo y música de Shakira (que no pude quitar porque no sabía dónde coño estaba el botón para pasar al disco siguiente) había atasco en la carretera, niebla, chicas maquillándose y gordos sacándose los mocos dentro de sus coches. Llegando a Chamartin estuve a punto de bajarme y abandonar todo, total, what if?. En eso, me sangró la nariz, imagino que por el frío one more time. Consciente de que podía manchar el cuello de mi camisa celeste, que me había pasado la tarde anterior planchando, me taponee la nariz con la mano. Mi guante de piel se manchó. Llegué al polígono asqueroso donde trabajo, aparqué, me limpié la nariz y me cagué en todo.

Entro en la ofi, me quito el abrigo y la mitad de la people ha venido a currar con un jersey rojo. Como yo. Parecemos los mecánicos de Ferrari. La directora de RRHH me pregunta que si ido de rebajas este finde. Esto, no, como mucho le sujeté las bolsas a mi madre en Cortefiel. La directora de Riesgos me hace una foto con su Blackberry, una más para su colección, según me ha contado Julio que la oyó hace poco alardear de sus dotes de paparazzi. La directora financiera me ve pasar, no dice nada, me acerco a hablar con alguien de su equipo y sale como una loca de su despacho sólo para gritarme, en francés: "No distraigas a mis chicas, tienen mucho trabajo, te lo digo en serio". Je flippe.

Voy a mi sitio y mi compañero, al que creía de vacaciones, está sentado ya con su camiseta guarra y sus vaqueros roídos por un gato. No puedo evitar pensar en Paquirrín cada vez que lo veo, una vez incluso le dije "las camisas no pican, ¿sabes?" Hoy no fui tan cabrón. Marta, la de marketing, viene a saludarlo y de paso lanza un hola que contesto. Él es uno de sus mejores amigos y como la semana pasada no estaba la pobre se refugió en mi grupo de colegas. ¿Qué pasa Martita? le dije ¿ya eres amiga nuestra ahora que estás "gañán free"?. Los vi bajar a desayunar juntos, mientras le pedía a Julio que me acompañase a tomar un café. El pobre dijo que no con el mayor de los apuros: la directora financiera, su jefa, salía ya de su despacho con el hacha, encore une fois.

Bajé con Elena. Y comprobé que he podido al fin controlar mi babeo en su presencia.

Me siento a leer mis mails y veo que la empresa ha organizado una reunión con un jefe jefazo de Francia que vendrá a a motivarnos en un bar poligonero. La reunión es a las 6 de la tarde, justo la semana en que salgo a las 5. Me levanto y le digo a la jefa de RRHH que no iré, que tengo cita con el narizólogo y que si eso me lo cuente el miércoles por la mañana, mientras tomamos un café. Me mira, sonríe y me dice que mi jersey es muy bonito, es de Gant¿no?. (¿WTF? ¿qué coño les pasa a las mujeres de esta oficina?). Miro hacia otro lado, huyo y entra Patri, tarde como siempre, y me coge del brazo, descojonada. Me cuenta que ha recibido una llamada de Antonio y que creía que era su hermano y le ha dicho que no le toque los cojones, que se deje ya de gilipolleces y que a ver si de una vez por todas se da una ducha, joder. Minutos después de silencio telefónico ha descubierto que quien le llamaba no era Antonio, su hermano, sino Antonio, su becario.

Pienso: y eso que aún no son ni las doce. Vaya año del murciélago mespera.

jueves, diciembre 30, 2010

Gone (2010)


Mis canciones:

- Memories / David Guetta (feat. Kid Cudi).- Bailada hasta la saciedad con mis amigos, pedida mentalmente a un DJ, oída en los atascos y publicada un par de veces en mi perfil de facebook. El ritmo es tan (pero tan) básico que no he comprado el disco por temor a despertar un día y comprobar que mi colección de Cd's de Led Zeppelin, Beatles y Nirvana me ha abandonado por cutre.
- Cornerstone / Arctic Monkeys .- La historia del déjà-vu que sufre el protagonista hasta que al final se cansa y decide creer no lo que ven sus ojos, sino lo que le salga de los cojones, es buenísima. La disfruté en concierto en Madrid y la canté con el alma ebria.

Mis sitios:

- El Retiro.- No me mudaré de este barrio en la vida. Soy capaz de vivir en un cuchitril, pero tengo seguir al lado de este parque el mayor tiempo posible. Mudarme a Moratalaz no es una opción, y volver a Carabanchel sería para mí la ruina.
- El cine.- Ha sido mi año de reconciliación con las salas de cine. Descubrir que con un abono podía ahorrarme euros y euros me motivó. Además, era el sitio de reunión con mis amigos para ver buenas pelis. Ojo: también vi "Salt" de Angelina Jolie. Vaya mierda.
- El sofá de mamá.

Mis mejores juergas:

- Mayo. Capea de Iván. Absenta. Tía sin nombre a mi lado al despertar. Perdí gafas y un cárdigan.
-Julio. Bolos que no jugué, whiskies que no pagué y fin de fiesta en Fortuny mordiendo el cuello de Bea.
- Septiembre. Sala Morocco. Caminé hasta Cibeles sin necesidad porque había Metro, y Julio perdió su cartera y la Blackberry. Ninguno de los dos le pidió el teléfono a la tía con la que bailé toda la noche.

Sitios banneados:

- Last Drink. Antro.
- Wok de Dr. Esquerdo.
- Florida Park.

Me di de baja en:

- Gol TV.
- Mis clases de francés.
- Sol\Laura\Verónica.

Me di de alta en:

- Spotify.
- Teléfonos con Internet.
- Los guiños de Yulia\La risa explosiva de Cris\Los SMS de Marie-Flore.

Momentazos:

- La furgoneta de "Inception" que tarda más de media hora en caer. (DiCaprio está muerto al final, ¿no?)
- El gol de Simao ante el Recre. Gritado en el mismo Vicente Calderón.
- El gol de Iniesta, y las vecinas de mi tía bailando en topless en la piscina para celebrarlo.
- La vaquilla pasándome por encima, y yo sin recordarlo aún.

Me llamaron (y no merezco):
- Tigre.
- Rancio.
- Salido.

Me llamaron (y lo merezco):
- Gilipollas.

domingo, diciembre 26, 2010

Sobras de navidad



Después de pasar una de las mejores noches de navidad, con su consiguiente día después de pereza total, desperté en casa tras un sueño más que reparador preguntándome qué hacer. La respuesta vino del cielo (literalmente) pues al abrir mi ventana y verlo de color azul me dije a mi mismo que era un día perfecto para uno de mis paseos. Uno de esos que mis amigos califican de raros y que Sol dice que nunca quería hacer con ella.

Busqué un par de monedas en la bolsita esa que le compré a los chinos y me las metí al bolsillo. Jersey naranja de cuello vuelto, jeans, guantes de piel, chaquetón verde militar (del ejército suizo) comprado en el Rastro, mis primeros botines (que han cumplido ya ocho años), Ray-Ban aviator, música. Todo listo. Espero el 10 frente a la parada donde me despedí de Yulia dos veces, después de una noche que comenzó con cubanos y terminó con Chayanne, y al subir al bus pago con una monedita. Presiono la pantalla táctil de mi teléfono y comienzan los primeros acordes del "Saxophone Colossus" de Sony Rollins. Mientras el bus sube por Cavanilles, veo de reojo la calle de Susana y recuerdo cómo, el último miércoles, comimos juntos para que ella me contara sobre su nuevo trabajo súper bien pagado y yo le hablase de mis sospechas de que, antes de navidad, Iván sería despedido. "No me equivoqué" pienso al llegar a Atocha, y miro desde detrás de mis gafas de sol cómo una turista perdida compara su mapa de Madrid con el que hay en las marquesinas de cada boca de Metro. Mi amigo fue despedido a la hora de comer y la jefa de RRHH me acusó, por chat, de haber sido yo quien difundió el rumor de su despido.

- Eres un chivato. ¿Qué pasaría si te van a despedir y todo el mundo lo sabe menos tú?
- Me encantaría. Pero no soy un chivato, es difícil cuando paso de hablar con la mitad de la oficina.
- No lo niegues. Hay más chivatos que tú, que lo sepas.
- Me da igual, yo sólo hablo con mis amigos. 2.

Me bajo frente al Prado y camino con las manos en los bolsillos hacia el Starbucks de Plaza Neptuno. El de siempre. No hay cola y al llegar al mostrador encuentro al típico universitario smiley. Le pido un tazo tea medium y el tío no me entiende. Asumo entonces que su pelo rojo no es de Inglaterra, sino de Cáceres y le digo que me ponga un tazo té, mediano. Le pago con un cheque gourmet, vacío dos bolsitas de azúcar moreno en mi christmas cup, y me largo. Cruzo otra vez el Paseo del Prado y paso frente a la ampliación del museo. Anuncian una exposición de Rembrandt. No me apetece ahora. Sigo recto por la Calle de la Academia y desemboco en el Retiro, justo frente al Paseo del Marqués de Pontejos, con sus arbolitos recortados en círculos, sus espejos de agua y sus mariconadas diversas. Paro, me quito un guante, cambio de disco y paso de Sonny Rollins a un disco con canciones de los 90. "Bittersweet Symphony" de The Verve me da la bienvenida al parque y camino como si estuviese en un videoclip, incluso me parece que la sombra de mis pies va al ritmo de la música.

La canción termina cuando estoy a punto de llegar a la Plaza de Honduras, con su fuente de grifos y un hombre que está en una actitud que no sé descifrar. Suena ahora "More Human Than Human" de White Zombie (con sus gemidos iniciales que horrorizaban a mamá)y, mientras le doy un sorbo a mi Earl Gray tibio veo a un par de padres solteros correr detrás de sus hijos. Se notan que son solteros porque van arreglados, los padres casados van en chándal. Un tío sube la avenida de Cuba (que yo voy bajando) haciendo footing sin camiseta. Me pregunto, ¿hay necesidad, tío? Madrid está a -5º, damn it!. Llego a la estatua del Ángel Caído cuando comienzan los primeros acordes de "Wonderwall" y recuerdo a Delphine diciendo que yo parecía una rock star, mientras sólo me preocupaba de llevar bien el cochecito con su pequeña Anna dentro. Me apoyo en una farola y disfruto durante un par de minutos de mi té, de Oasis, de la estatua y de mi look de rock star. Le guiño un ojo a una mamá, pero no me ve porque llevo gafas oscuras.

Sigo mi caminata por el Paseo de Uruguay, esquivando ciclistas y patinadoras sexys, con "No Rain" de Blind Melon de fondo musical. Inconscientemente chasqueo los dedos, pero no suena nada porque llevo guantes. Sonrío y pienso en el grupo de facebook "Yo también me he reído cuando iba solo por la calle". Un balón de fútbol llega a mis pies y cuando lo quiero patear llega un padre que yo creía soltero, que me agradece por haberlo detenido. Su mujer (superhot) llega con el niño y me sonríe. Yo quiero ser así de cool cuando me case, pienso, pues esa pareja parece sacada de un catálogo de Hilfiger.

Me pierdo entre los jardines que están entre la Rosaleda de Cecilio Rodriguez y el Invernadero (que más parece un criadero de gatos) y voy cantando al comprobar que nadie me ve "believe...believe in me" pues suena ahora "Tonight, Tonight" de Smashing Pumpkins que me acompaña hasta la puerta que desemboca en la Calle del Poeta Esteban de Villegas. Al salir y esperar el semáforo donde dejé a Carlos una noche en que iba borracho como una cuba, comienzan los primeros acordes de "Loser" de Beck. Cruzo. Bajo por Cavanilles a paso lento, aprovechando el lado de la calle en la que aún pega el sol frío que tanto me gusta. Una señora pelea con su perro, que pasa de cruzar hacia el lado sombrío de la calle, que te muevas, le implora, pero el perro se queda acostado sobre su panza. Quiero ser ese perro.

Cruzo Juan de Urbieta con "The World I Know" de Collective Soul. Pienso en el regalo que me ha hecho mi hermano (una botella de Cardhu) y lo guapo que estaba mi sobrino con su corbatita y su sombrero. Él ha escogido su ropa, me contaba su padre, vio a Peter con sombrero y le moló, así que quiso que le comprásemos uno. Mi padre tiene hacia él los mismos complejos que tenía conmigo, al verme lejos del standard, creía que era tonto, o marica. Mi sobrino, como hacía yo entonces, ha descubierto que la mayoría de sus compañeros de clase son tontos y pasa de estar con ellos. Si con siete años le hubiese pedido a mi padre que me comprara un sombrero, estoy seguro de que se hubiera reído en mi cara.

Llego a Doctor Esquerdo con "Hurt" de Nine Inch Nails y paso frente al café donde una vez Sol y yo hicimos el amago de entrar, en la misma esquina donde dejé atrás (para siempre) a Laura. Me pregunto entonces, sin dejar de caminar, si me equivoqué en algo esos días. Seguro que sí, pero no me arrepiento (o si lo hice se me pasó enseguida). Paso frente a un escaparate y veo unas Persol, colección Steve Mc Queen. Las quiero. Miro otra vez hacia el cielo cuando explota la última guitarra de la canción y todo sigue color azul. Mi color favorito. Bajo por Valderribas con el riff sonando todavía en mi cerebro.

Me detengo en la calle de Los Pajaritos porque allí vive mi canario mas querido: Elena. En esa esquina la dejé la noche de la cena de navidad, después de que la descubriera viéndome bailar con Bea, mientras ella hablaba con otro tío que (dicen, yo no lo vi) había estado toda la noche metiéndole fichas. Miro hacia la puerta de su garaje, donde dejé mi coche una vez, y recuerdo sus últimos dos besos fríos de esa noche cuando le dije que me iba a casa. Comienza "November Rain" de Guns N Roses.

Me la sé completa y recuerdo la insistencia de mi hermano menor para que vaya a su academia a cantar, porque en su clase de canto falta nivel. Me imagino entonces poniéndole como condición que me deje cantar esta canción, con un piano de cola negro, en su próximo festival. Con las bailarinas de Fama que trabajan para él como coristas y un guitarrista real disfrazado de Slash. Llego a mi calle cantando "I know that you can love me, when there's no one left to blame" y abro la puerta de casa riéndome de la estupideces que imagino. Me quito los cascos, cierro las ventanas (ya está bien de airear la casa), fuera botas, me tumbo en mi sofá y pongo los pies sobre la mesa. Entonces descubro que me he puesto dos calcetines distintos y me pregunto si, al ver eso, Delphine creería aún que parezco una rock star.

martes, diciembre 21, 2010

Traigo yerba santa


Mi amiga, la yerbera, me confesó que tenía una plantación de marihuana en su ático de Arturo Soria. En principio no creí nada de lo que me decía e imaginé que se trataba de uno de esos Mind Games que yo solía hacer en mi época escolar para descubrir si mis nuevos amigos eran o drogadictos, o raterillos de tres al cuarto, o, en el peor de los casos, maricones. Ella me dijo que trataba su planta con mucho esmero y que había leído libros y libros para documentarse.

- Pero - jugué - ¿y tus vecinos no dicen nada? Verán alguna hoja asomar por la ventana, digo yo.
- Nop. Hemos hablado ya y a veces vienen a fumarse un piti - respondió, señorial.

Mi amiga, la yerbera, me dijo entonces que si quería me daba una muestra gratis. Y yo le dije que pasaba, que no me gustaba fumar, y mucho menos marihuana.

Por eso, cuando le conté la historia a Marie-Flore, y nos reímos juntos, no me imaginé la que se armaría. La cabrona se burló de mi amiga yerbera delante de su jefe y minutos después ésta me amenazó de muerte por chat. Se me pusieron los huevos de corbata en el primer instante, pero luego pensé ¿qué va a hacerme? ¿mandarme unos sicarios para cerrarme el pico? Eso sí, Marie-Flore y yo tuvimos una bronca del copón porque había traicionado mi confianza. Después de minutos de argumentación, la francesita me pidió disculpas y se encargó, ella misma, de aclarar la situación con la yerbera. Lo noté porque dejó de mirarme con ojos asesinos desde su mesa cada vez que me levantaba a beber de la botella o a hacer pis.

Un mes después le conté la historia a mi amigo Dario, que me instó a pedir muestras gratis, total, tienen que ser cojonudas al hacerlas ella misma, ¿no? Fue el empujón que necesitaba, además, era más fácil pedirle marihuana a la yerbera a comprar cervezas para llevar en mi próxima quedada para ver el fútbol. Google talk, on:

- ¿Tienes yerba?
- No se lo dirás a nadie, ¿no?
- Que no...
- Es que ella es una Directora, tío. Me acojoné cuando me dijo que..
- Relax. Será entre tú y yo.

Llegué a casa de mi amigo con mi paquetito envuelto en papel aluminio y me senté pesadamente en su sofá. Su hijo dormía y su mujer parecía no estar de muy buen humor. El partido estaba a punto de comenzar. Tío, le digo, revisa el bolsillo de mi chaqueta, el que tiene un parche de los Beatles. Minutos después, mi amigo ya iba por la mitad del canuto, verlo era ver la portada del "Catch a Fire" de Marley y cuando me ofreció le dije que pasaba, que todo para él, que estaba mal de la tripa. Media hora después, lo vi tumbado, con los ojos rojos, mirando al techo. Me provocó el mismo miedo que a su mujer, la que, con la mayor de las educaciones, me mandó a tomar por culo.

Mientras bajaba hacia el metro, con la mitad de mi cargamento, vi de reojo como unos policías municipales registraban a unos hippies zarrapastrosos y les quitaban dos paquetitos de las mismas características que el que llevaba yo en el bolsillo. Pasé por en medio de la requisa y uno de los policías me abrió paso, ignorando los ladridos de su irrespetuoso perro al que mandó callar con un sonoro "¡te calles, coño!, que dejes pasar al señor"

Señor.

María me llamó justo antes de entrar al metro para invitarme a una cerveza en la Lonja de Moratalaz. Llegué en media hora y la escuché quejarse de estar en el paro, del clima, de los hombres, de las mujeres, de sus antiguos compañeros, del Feng Shui, de la menopausia que no es menopausia pero parece menopausia, de las becarias, del Pilates. Cuando vi la cosa no remontaba abrí mi bolsillo y le di el resto de mi paquetito. Me miró en silencio y dijo: "mejor lo fumamos en mi casa".
Sentado en su salón recuerdo mi primera época madrileña, cuando vivía exactamente en ese barrio, en un piso casi idéntico al suyo, viendo el mundial de Japón y Corea con mi padre y mi hermano. Cuando se lo quise contar, se había dormido con el porro en la mano y la boca abierta. Aproveché para huir.

El lunes siguiente, al llegar a trabajar me encontré con mi amiga yerbera en el ascensor. La saludé con un levantamiento de cejas, y no intercambiamos palabra durante el trayecto. Pero cuando sonó el "ding" de llegada e hice el amago de salir me cogió del brazo y me preguntó, a bocajarro:

- ¿Qué tal mi plantita?
- Cojonuda - respondí - cualquier día te pido más.

jueves, diciembre 16, 2010

Tarjetas de Navidad


Mamá compraba siempre las tarjetas más bonitas del barrio, en el mercado central de Lima. Yo, hijo mayor, fiel escudero (y niño sin presupuesto para tener niñera), la acompañaba año sí y año también en sus compras navideñas.
Subíamos a un bus destartalado que nos llevaba en un viaje de casi una hora hasta la Plaza Castilla, gobernada por una estatua de Ramón Castilla desde lo alto y poblada casi en su mayoría por negritos que él liberó años atrás. Desde allí subíamos por Emancipación y yo no soltaba la mano de mamá, veíamos las tiendas Oechsle y yo no soltaba la mano de mamá, cruzábamos la Av. Abancay, Hiraoka, el Registro Civil de Lima, y yo no soltaba la mano de mamá. Entrábamos en las galerías del mercado y entonces mamá, todos los años, me perdía.

Y es que mamá siempre aprovechaba el viaje para comprar especias en los puestos mayoristas: rocoto, ají panca, huacatay, y otros mejunjes que luego usaría con mucho esmero y arte en nuestras comidas diarias. Papá lo agradecía, mis hermanos lo agradecían, yo lo agradecía, y mis tías camagüeys también lo agradecían, pero en silencio. El caso es que cuando mamá se metía de lleno en la zona de especias yo me mareaba, pero como no quería quejarme y así arriesgarme a perder mi condición de eterno acompañante a los viajes "a Lima" me callaba como un cabrón y simplemente me quedaba paradito en la entrada sin que mamá (ocupada escogiendo el mejor ají amarillo) notase mi ausencia. Entonces, ya libre y aburrido vagaba por los pasillos del mercado jugando con la ropa, tocando todo lo que tenía un letrerito de "no tocar", viendo cómo mataban a los pollos, los desplumaban y luego exponían sus cadáveres colgados del cuello, imaginando que la zona de juguetes era el paraíso y viendo el disfraz original de Storm Trooper que nunca (hasta hoy) fui capaz de comprar. Allí, en la juguetería es donde mamá siempre me encontraba.

Con las especias en la mano (y de vez en cuando algo de bofe) salíamos del mercado hacia uno de los jirones adyacentes a la calle Capón. Era el barrio chino, así que no era extraño que, entre tanto paisano, de vez en cuando apareciese un chinito corriendo detrás de un gato. Mamá decía que lo perseguía para matarlo y servirlo después en uno de esos apetitosos platos chinos, tan famosos a nivel nacional. Justo detrás de la calle Capón estaban las imprentas, no sé desde qué siglo. Allí mamá pedía mi opinión y el señor de la imprenta me ponía sobre la mesa algo así como trescientas mil tarjetas, todas diferentes. En menos de cinco minutos yo había escogido ya seis modelos, y mamá, como todos los años los separaba en cuatro grupos: para los amigos queridos, para los conocidos, para su familia, para la familia de papá.

- ¿Ves? - me decía - por eso te traigo, porque tienes buen gusto.

Yo me hinchaba como un sapo y, de la mano de mamá, hacia todo el camino de vuelta preguntándome si Papá Noel vendría disfrazado de persona normal a comprar los juguetes en esa tienda inmensa y si algún día me regalaría el traje de Storm Trooper. Mamá llenaba los sobres con su letra perfecta y lo enviaba a cada destinatario. Yo también me encargaba, durante todo el mes de diciembre, de filtrar las tarjetas que nos mandaban (y sabía, sin decirlo, si mamá era considerada "amiga", "conocida", familia", o "familia de papá", con sólo ver la tarjetita de los cojones).
Hoy, casi 30 años después, las tarjetas navideñas, o "Christmas" casi han dejado de existir y han dado paso a tarjetas virtuales que todos enviamos por Internet con un par de clics. Yo estoy buscando la forma de escapar de la cena navideña de empresa y he comprado mis regalos en noviembre, antes de que las tiendas pusieran sus luces de colores y villancicos horribles. Mi hermana preguntó en facebook si jugaríamos al amigo invisible y no le contestó ni dios. Yo creo que Papa Noel se ha olvidado para siempre del traje de Storm Trooper que pedí hace siglos. ¡Qué hijo de puta!

martes, diciembre 07, 2010

Y te sueño


- ¿De qué ex hablas cuando dices "mi ex"?
- De ti. Sol no será mi ex, oficialmente, hasta que no salga, de verdad, con otra tía.
- No - refutas - es tu ex desde el día siguiente que lo dejáis.
- Igual sí - sorbo al té - me da igual.

Madrid está frío y desierto, la gente se ha pirado a buscar más frío: a la sierra, a Andorra, a Suiza, a Chile (en ese orden de pijismo). Tú, has venido buscando calor. Giangrossi era mi sitio favorito de la Latina para tomar un té y hablar, pero la última vez que estuve pusieron la música tan alta que no entendía ni lo que pensaba, y creí, asustado, que había empezado a pensar en otro idioma. Por eso te he traído a una tetería cerca de mi casa, con sus banquetas y sus sofás de Marruecos, y sus lamparitas de Marruecos, y sus teteras de Marruecos y sus camareros de Marruecos. Pero el té, sabe a té de Mercadona. ¿En qué momento te ha cambiado la cara?

- ¿Qué cara? - preguntas, extrañada, tocándote las mejillas.
- La tuya, ahora ya no eres tú. Eres Magaly.
- ¿Y quién coño es Magaly?
- Mi amiga de Lima. La que vive en Queens ahora.
- ¿Y me parezco o qué? Tío, eres raro.

Me acojono tanto que pido la cuenta. Pagamos y bajamos la calle hasta un semáforo que nadie respeta. Cruzamos y te miro pensando en que igual las gotas que me echo en los ojos han caducado y hacen ahora las veces de LSD. Doctor Robert. Me dices que aún es pronto para volver a tu hotel y te ofrezco venir a casa, que no está muy lejos. Tengo sopa de pollo, si quieres. Dices que sí. Tu cara cambia otra vez y ahora, ya empezando a acostumbrarme, te digo te sienta bien ese vestido gris.

- Gracias, había dudado ¿sabes? todo el mundo tiene un vestido de invierno como éste.
- Con rebequita negra a juego - añado, sin decirte que ahora tienes la cara de Cecilia.
-Justo, pero a mí me queda mejor, ¿a que sí? - das una vuelta, te veo el culo.- ¿Queda mucho para tu casa? Tinc fred.
- No, no. Es la calle siguiente.

Entramos y lo primero que haces es plantarte frente a mi librería Billy, repleta de libros. ¿T'agrada llegir?, preguntas, y digo que sí, y deja ya de hablar en catalán, joder, que me pones nervioso. Me tumbo en el sofá y vienes a mi lado, con un libro de Mario Puzo que no piensas leer. Me miras y tu cara a vuelto a ser la tuya, reconozco esos ojos que algún día pintaste con unas lentillas verdes de los chinos, y se te rompió una dentro del ojo ¿te acuerdas? ¡Cómo olvidarlo! mi padre estuvo quitándome los trocitos durante horas.

- Bueno - pregunto con la sonrisa de medio lao' - ¿vas a querer la sopa de pollo?
- No sé, quizás luego. Si me da hambre.

Suena el teléfono y cuando me giro a verlo ya no estoy en el sofá, sino en mi cama. Cubierto como una larva por el edredón. Es Marie-Flor que me invita a pasar el día en la nieve. Le digo que no, que paso, que odio el frío, que no entiendo esto de los skies y que si algún día voy sería el peor compañero de nieve porque me quedaría sentado frente a la chimenea con un libro y una taza de té caliente. Odio el chocolate. Tu es fou, mon coco. Cuelga, porque tiene que irse al Decathlon a comprar ropa térmica. Yo veo la hora y son ya las 5 de la tarde.
He dormido tres horas y no sé ni con quién coño he soñado.

viernes, diciembre 03, 2010

Se mi lasci ti cancello


Me olvidé de ti cuando llegó el invierno.

No fue fácil porque normalmente olvido las cosas de forma involuntaria, como cuando vuelvo a casa a comprobar si he cerrado con llave, o cuando me pregunto mil veces durante el día si desconecté (o no) la plancha. Alguna vez he olvidado dónde estoy o qué día es, después de una larga siesta sabatina. Pero cuando nos despedimos en el metro, una tarde, y decidí que no quería quererte más, se me hizo todo cuesta arriba.

No podía olvidarte porque habías dejado el calendario en mayo, con la foto de Laurel & Hardy, y a mi siempre me dio pereza pasar las páginas. Entonces, al entrar en la cocina, lo veía de refilón y recordaba el mes exacto en que saliste de casa. Contra todo pronóstico, al estar en tu cocina no me ponía triste, sino enfadado conmigo mismo por dos cosas: ver que no había pasado la página en todo el sentido de la palabra y también porque ya no me quedaban platos ni vasos limpios, y era hora de limpiar un poco.

Tampoco podía olvidarte cuando estaba en el Retiro. Allí comenzó todo y el hecho de ver a gente con sus niños, y recogiendo sus cacas, con sus perros, y recogiendo sus cacas, con sus abuelos, y recogiendo sus cacas, me hacía pensar que no había nadie a mi lado para soportar mi mierda. Vagaba al lado del estanque ese donde van todos los novios chinos a hacerse fotos y me dormía leyendo algún libro de Faulkner, ahogado por sus elipsis. Al despertar, era de noche, y volvía triste a casa, sin zapatos pues no había nadie a mi lado para cuidarme y entonces los ladrones aprovechaban mi sueño rocoso para desvalijarme.

Pude olvidarte la primera vez que fui solo al cine. Luego de que te dejara en la puerta, al descubrir que habías acudido acompañada a nuestra cita. Que te follen, pensé, pero me arrepentí al instante. Entonces compré una entrada para "Shutter Island" y disfruté solo de la superpeli de Scorsese en la que un tío prefería seguir hundido en su esquizofrenia para vivir una vida más o menos normal. Tres horas después salí del cine seguro de que no te habría gustado la peli y pensando que no era tan malo esto de comenzar a ir, solo, a algunos lugares. Cine: ok. De compras: ok. Antes de volver a casa me hice la tarjeta de socio del Cineplex.

Comencé a borrarte más cuando mi amiga catalana, con la que compartí algo más que amistad hace siglos, apareció en escena, con la gracia del actor secundario Bob. Hablamos de mil chorradas y me reí como no me había reído en años . Tras nuestra penúltima llamada, me quedé sentado en mi coche nuevo y me pregunté qué diferencia había entre ella y tú. La respuesta llegó al día siguiente, al despertar: con ella se me murió el amor, contigo, el deseo. El instant karma hizo que las hojas cayeran, que durmiera como un tronco y que pudiera volver a escuchar a Benjamin Biolay sin que se me hiciera un agujero en el pecho igual al que se me hizo cuando murió el Rey León. Me iba a querer enrollar con ella siempre, a ti, te iba a querer forever. Esa noche salí con Cristina y sus amigas.

Me olvidé de intentar olvidarte al día siguiente de nuestra última cena. Cuando me contaste que tu nuevo amigo italiano te había regalado por tu cumpleaños un viaje a la Toscana, para ir a verlo. Al lado de eso, mi mísero CD de Amaral, comprado de rebote en el Alcampo de Alcobendas era como un chicle que se pide al salir de juerga. Esa mañana, no sé cómo, salté de la cama, limpié la casa, puse un disco de Luis Miguel, canté, escribí mucho de mi libro, salí con mis amigos y cuando me di cuenta ya era lunes y estaba feliz. Tres días después entendí de lo que me había pasado, cuando papá me dijo que estabas súper flaca y mi hermana me enseñó tus fotos en un convento y pude verlas, sonreír y pensar: qué guapa es, la querré por siempre, y ya no duele.

- ¿Cuanto falta para los dos meses sin ver a Sol, que te prometiste? - pregunta el Kun, mientras cenamos.
- Ni idea, tío - suelto.

Fuera, Madrid está ya con luces de navidad, la gente va con abrigo, bufandas y ha caído la primera nevada. Casa Parrondo está a rebosar y el Kun le paga una botella de vino a las chicas de la mesa de al lado. Yo aprovecho el desconcierto para terminarme el chuletón. Ha llegado el invierno, y, por primera vez en mucho tiempo, puedo sonreír de verdad.