domingo, agosto 29, 2010

Sol, arena y mar


Tú estabas subiendo en coche por la Costa Azul mientras yo, lobo solitario, volaba hacia Valencia después de anular mi billete a Girona. El cambio me costó 35 euros, por si lo quieres saber. Que sí, que es de mal gusto hablar de dinero, pero soy yo el que escribe.
Mi vuelo no tuvo retraso y llegué al aeropuerto de Manises sin complicaciones. No se parecía en nada al sitio en el que un millón de años atrás esperé a Sol, cuando vino a pasar unos días conmigo al sol, desencadenando el Big Bang de un eterno Sheldon Cooper. Los pasillos estaban limpios, no olían a pis, y los techos abovedados parecían un bosquejo de la impresionante Terminal 4 del aeropuerto madrileño. Salí a la calle y la calle tampoco me era familiar, me acerqué a una chica de camisa celeste, (que fumaba, bebía café y comía un kit kat a la vez) y le pregunté dónde se toman los autobuses. Con un gesto de su gorda cabeza me indicó que arriba, a la derecha.

Recordé, mientras subía por el minúsculo ascensor, mi invitación in extremis a Vero, tentándola a acompañarme. Respondió a mi invitación como respondería un musulmán ante un plato de cerdo estofado.

- ¿Este autobús va al centro?
- Los Hermanos Corsos...interesante.
- ¿Eh? No, no, a la Gran Vía de Fernando el Católico.
- No, niño - soltó la conductora (pelo corto, gafas Arnette, reloj Casio) del autobús - lees a Dumas, "Los Hermanos Corsos".
- Ah, si. Me gusta mucho.
- A mí también - silencio incómodo, un euro treinta que grita "cogedme", me trago el chicle - yo te aviso cuando lleguemos, guapo.
- Ok....gracias - digo con voz de pito, y me voy hasta el asiento caminando como si el piso estuviera enjabonado.

Llego a mi destino después de atravesar la parte antigua de Valencia, la más porteña. Y llamo a Carlos, que me ha dicho antes que haga eso, que el timbre no funciona. Subo. Me siento en su sofá que huele a los perros que recoge de albergues y pienso si fue buena idea ahorrarme 100 euros al no pagar un hostal al lado de la playa. Me pregunta por mi tío, el de la revista, que antes se codeaba con Ricky Martin y ahora promueve a un cantante gordito del Perú que más parece un vendedor ambulante de rocoto. Le cuento cosas de mi trabajo, de Sol, de mi vida en Madrid y de mis próximos viajes a París y New York. Entra Robert, su amigo austriaco.

Nunca sabré si Carlos es gay, y Robert su novio, o si simplemente mi amigo es tan perezoso que evita las penurias de las relaciones de pareja y Robert solo es uno más de sus perritos acogidos. Hablo con él, me dice que está harto de Valencia, que las valencianas son muy falsas (así molan más, acoto, pero no le hace gracia), Carlos lo interrumpe y le dice que no puede generalizar, y que, además, no sale tanto como para tener una opinión formada. Robert ignora la interrumpción y dice, no sé por qué, que estuvo un año viviendo con su pareja, en otro piso, pero que eso terminó con esa persona y volvió a vivir con Carlos, que ya tenía perro. Yo, para compensar su confesión, le conté que no tenía perro, ni pececitos, siquiera, que Sol y yo ya no estábamos juntos, pero que si alguna vez venía a Madrid podría alquilar un pastor alemán, sólo para hacerlo sentir como en casa. Carlos se descojonó, Robert, no entendió mi humor. Hablamos hasta que llegó la noche, húmeda, despiadada. Dormí en la misma habitación de siempre, soñé con camisetas rojas, caminatas a iglesias con sus santos griales, subidas a las torres de Quart y la otra, caminatas por el barrio judío, con salsa de Marc Anthony, con arroz negro en el Canela, con mojitos, con visitas a urgencias, con compras en el Mercadona, con la arena de la Malvarrosa, con tu primer topless y yo guardando la compostura, con la postal que te iba a mandar desde aquí pero no enviaré nunca porque Julio me dijo que era de gilipollas hacer eso, con pollastre, con el cuento que te escribí, contigo...y con Sandrine.

Al día siguiente me desperté en paz conmigo mismo y metí en mi bolsa de playa una toalla, un mp3, una botella de agua de dos litros, una ensalada césar del Mercadona, la última GQ y un libro de Faulkner. Vete en metro, es más rápido, me aconsejó Carlos, y Robert, sin dejar de leer periódicos austriacos por Internet, secundó la moción. Lo hice y descubrí con agrado que el metro, a pesar de estar comunicado como el culo, con miles de escaleritas y curvas que me recordaban a la terminal 2 de Barajas, estaba bastante más limpio que los metros de París y Roma. Llegué a la playa, busqué una sombrilla y una tumbona, pagué 7 euros y dije en voz no muy baja: que le den por culo al mundo, antes de tirarme bajo el sol como un lagarto. Dos chicas, tumbadas a mi lado, ahogaron muy mal una risita. Dos minutos después, le vent de Levante había convertido mi bien trabajado cuerpo, embadurnado en loción Nivea, en un muñeco de arena de apariencia ridícula. Esta vez las chicas, ya más sueltas, se descojonaron de mi abiertamente. Les di mi mejor sonrisa fuck-off y caminé derrotado hacia el mar. Huelga decir que repetí esa operación cada veinte minutos. Leí toda mi revista, abandoné a Faulkner en el capítulo 4 (de 7) cuando el protagonista mata al oso y acaba con todo el simbolismo del libro, ¿Por qué Willy? ¿Por qué siempre me haces lo mismo con tus putos libros?, escuché toda la antología de Los Beatles, a Luis Miguel, a Lady Gaga y a David Bowie. Me pregunté si el tanga de una morena dolería, en caso de usarlo yo, y me pregunté también si era necesario que el tío cuadrado de turno se pusiera a hacer flexiones delante de dos quinceañeras de aspecto nórdico. Más loción nivea, por aquí, un poco más por allá. No, no quiero sombreros, gracias. Tampoco gafas, tengo las mías. Mierda, me queda un cuarto de litro de agua y parece que la acabo de hervir. Señor Chiringuito: ¿tienes helados? Maxibon, gracias. Me duermo.

Abro los ojos, veo a una rubia que me mueve como si yo fuera un borracho tirado en algún callejón londinense.

- Ehhh... ¿qué pasa?
- ¿Está bien, señor? Creo que le ha dado un golpe de calor.
- ¿Un qué? - me incorporo, botella de agua por inercia - no, no creo.
- ¿Cuánto tiempo lleva al sol?
- No sé ¿qué hora es?
- Las seis.
- Pues seis horitas, échale.

Me recomendó que me bañara en el mar de vez en cuando, que bebiera agua aunque no tuviese sed, que evitara los ejercicios físicos en horas de máximo calor, y que si me notaba raro acudiera al puesto de la Cruz Roja. Si cada vez que me dicen que soy raro fuera a la Cruz Roja, me tendría que empadronar allí, respondí, con la peor de mis sonrisas.Todos se habían ido ya, las niñas risueñas, las quinceañeras nórdicas, los vendedores, el tío cuadrado y hasta el viento de Levante. Pensé que una siesta con aire acondicionado no me vendría mal después de dormir tantas horas al sol y recogí mi mierda, dispuesto a volver.
Lo del golpe de calor debió ser verdad, porque, aturdido, decidí volver en autobús en lugar de usar el metro. Obviamente me equivoqué y terminé en una rotonda desangelada donde lo máximo que podía hacer era esperar otro autobús o caminar dos kilómetros (en el día más caluroso del año) hasta la estación de tren. Subí al Circular, y pregunté a una chica por la parada más cercana a la Gran Vía de Fernando el Católico. Mi cerebro hervido no estaba como para ponerme yo a buscar calles que me resultasen familares.

- El Oso - respondió.
- ¿Eh?
- Faulkner, El Oso -dijo, señalando mi libro lleno de arena.
- Ah, si. Un poco pesado.
- Si, me gusta más La Gran Escapada.
- Lo que tú digas, guapa...¿me dices donde me bajo, please?
-...
-¿Hola?.


lunes, agosto 23, 2010

Que buena que está tu prima


- Me gusta observar a la gente - confesó Jorge, una noche de Vistillas sobre el viaducto de Madrid.
- A mi también - contesté, sin dejar de ver el culo de Beatriz; pero pensé: "para poder escribir después".

Lo malo viene cuando el punto de observación son mis amigos. Entonces me siento raro, e impotente ante el hecho de que, por más que intento, no puedo evitar analizar cada situación común, y ya no digo las especiales. Porque este domingo era especial.

Antonio volvía de Lima, a donde había huido después de confirmarnos (también después de un partido de fútbol) su divorcio de mi tía favorita. Todos los sospechábamos, y a algunos nos sirvió de inspiración para cortar una relación que no iba a ningún lado. Pero cuando nos dijo que ya habían firmado todo y que él se iba a Perú por tres semanas prometimos guardar luto hasta su vuelta, cuando volveríamos a hablar más del tema.
Durante ese tiempo a cada uno de nosotros (amigos y familia política, aunque suene incompatible) nos llegaron varias versiones referentes a los términos del divorcio. Mamá decía que ella tenía que pagar dos millones de euros de indemnización, alguno me contó que él debía vivir a base de colacaos durante 15 meses, tras los cuales tendría derecho a usar de vez en cuando la piscina del chalet (previa ITV). No hice caso a nada y cada vez que me llegaba un rumor nuevo, desconectaba, y pensaba en la escena de "Malena" en la que el niño protagonista espía a una Bellucci espectacular.

Llegué a la cancha puntual, y encontré allí a mis hermanos, mi tío, y mi padre. Hablaban de Ozil y del partido en que el Barça le había roto el culo al Sevilla la noche anterior. Me senté en el suelo con ellos, y vimos llegar, poco a poco, a los demás. Nadie comentaba nada sobre el retorno de Antonio y yo asumí que, ahora, el tema estaba zanjado. Nos pusimos a jugar con la pelota, esperando a que llegaran los demás. El sol de Madrid era brutal y me pegaba en la cabeza como un lanzallamas. Pateé un par de veces la pelota Adidas de mi hermano y la mandé a cuarenta metros de donde la quería poner. Formamos dos equipos y alguien llamó a Antonio, que llegó tarde, como siempre.
Lo vi tranquilo, lo abrazamos y vimos que había traído camisetas de fútbol para algunos de nosotros. Me tocó una de Inglaterra, que me quedó como un guante. Jugamos un segundo partido que duró diez minutos, hasta que mi hermanito bailarín se dislocó el dedo del pie (quinto metatarsiano, dirían en las noticias deportivas). Paramos todo, compramos cervezas y el bombardeo comenzó:

- Orlando no ha venido porque no le dan permiso...tú, Kun, ya no necesitas permiso ¿no?
- Mira venden ese piso, son 600 mil euros. Tú, Kun, ¿a cuanto vendes el tuyo? Porque te lo has quedado tú, ¿no?
- ¿Qué tal por Lima, tio? Has comido rico...imagino
- Tenías que haber jugado en el equipo de solteros, ¿no?
- Yo he jugado en el de casados - repliqué - y no lo soy.
- Tu eres divorciado también, Totti.
- Qué buena que está tu prima.

Se acabaron las cervezas y me sentí orgulloso de que, a pesar de las necesarias bromas, todos habían sido civilizados con el Kun. Algunos, como mis tios, tuvieron más problemas y roces entre ellos y nadie buscó romperle las piernas, como me temí desde un principio. Imaginé que si lo del divorcio les hubiera pillado con quince años menos, igual las cosas habrían sido diferentes. Pero ahora, nadie podía tirar la primera piedra porque (pongo mis manos al fuego) todos habían querido tirar a sus parejas por la ventana, más de una vez.
Concertamos una cita para dentro de quince días, cuando el sol estuviera más débil y volvimos a casa. Yo me duché tranquilo y con la conciencia idem por no haber mostrado mi vela en un entierro que no era el mio, y por no haberle roto las rodillas al colombiano idiota (que trajo Antonio) que le dislocó el dedo a mi hermanito bailarín.

jueves, agosto 19, 2010

Un día sin furia (casi)


Me tomé un día de descanso para olvidarme del mundo, y el mundo no se olvidó de mi. Le dije a mi jefe, mejor no descanso, que todavía hay muchas cosas pendientes; él me agradeció el gesto, pero me dijo que me fuera el miércoles ya, que sino, igual mataba a alguien.

Desperté como a las 8, por costumbre, y enredado en las sábanas como si fuera un paracaídas, como siempre. Puse el teléfono en modo avión para evitar que alguien del trabajo me llamase. Me levanté, pisé mi alfombra y me dije: stop, look and listen baby, that's my philosophy. No sé por qué, coño hice eso. Me vi en el espejo y mi pelo estaba perfecto, así que pasé de ducharme, me tiré en el sofá y terminé de ver la tercera temporada de Mad Men. Nice. Quise ver el primer capítulo de Treme (se lee Tree-mei) y mi disco petó. La pantalla pasó a negro como en el final de Los Soprano, y no hubo marcha atrás. No estoy pa esto, me dije, desayuné y salí rumbo al gym.

Paré antes en un chino para comprar una codera, y proteger así mi nervio cubital que de vez en cuando me da toques de atención para hacerme saber que no está recuperado del todo.

-Chino, quiero una codera.
- ¿Codela?, delecha pasillo.

El pasillo de la derecha tenía velas aromáticas que no huelen, juguetes que atragantan niños, hilos de colores enrededados y lapiceros que no pintarán jamás. Giré a la izquierda, y, al lado de los posters de Hanna Montana, estaban las coderas, las muñequeras, las rodilleras y la almohadita esa de los cojones que usamos todos en el avión y que te dejan el cuello pintado de azul.

- Un eulo cochenta.

En el gym, entre serie y serie, publiqué mi estado del facebook. Dos minutos después comprobé que a tres personas le gustaba que ya estuviera en el gym, y uno comentó que no debería madrugar en mi día libre. Más razón que un santo. Mientras volvía a casa, Susana me dijo (por sms) que me esperaba a las cinco en el bar en que Laura y yo rompimos por tercera y definitiva vez. Lo tomé como una broma de las suyas, me reí y le respondí con un "ok", sólo por joder. Comí mafaldone y me dormí otra vez, despertando un par de horas después por culpa de una vieja que no sabía que la calle no es un mercado y gritaba como si la vida le fuera en ello. Madrid es un pueblo grande, y esas cosas pasarán siempre.
Salí de la cama, puse un disco de Lenny Kravitz y me duché cantando "Again". Me preguntaba, mientras el agua fría me resbalaba por la cara, si valía la pena o no, seguir intentando retomar mi relación con Laura, porque, como le dije un día, nosotros teníamos una relación, bubu, extraña, indefinible, pero relación al fin. Y ella estuvo de acuerdo con mi afirmación. Pero ahora las cosas habían cambiado, desde que hice una bomba de humo de las mías y la dejé parada en Doctor Esquerdo, y me fui sin decir ni chau, me puso la cruz. Por eso, cuando cantaba all of my life, where have you been... me decía a mi mismo que ya estaba bien de tanta mierda, que era mejor dejar las cosas tal cual, total, hay mogollón de gente en la oficina con la que hablo una vez por semana, y, aunque me doliese reconocerlo, Laura, mi bubu, ahora prefería ser parte del conjunto, y salía de mi diagrama de Veen.

Me vestí y subí por Valderribas hasta la tienda de informática, donde cambié mi disco roto por uno nuevo y aproveché para comprar otro cable alargador de audio para poder escuchar música en el trabajo. Con mi bolsita horrible, esperé a Susana en un banco de la calle Cavanilles. La vi llegar, rubísima, super fashion con sus jafas ray-ban modelo Jackie-O, igualitas que las lleva Katie Holmes, me las regaló mi man, y subimos hasta Juan de Urbieta buscando un bar, para terminar en una tasca torera justo frente a mi gimnasio. Uno de esos sitios españoles en los que el dueño cree que poner una cabeza disecada de toro es cool. Hablamos de Marie-Flore (a quien odia) de Natalia (a quien respeta) de Julio (al que recuerda con cariño) y de la oficina (a la que no añora en lo más mínimo). Me contó de sus vacaciones en Saint-Tropez y me dijo que ver tanto lujo la hizo sentir más pobre que nunca, ya sé donde está mi lugar, hijo ¿sabes?; le conté que iría pronto a ver a mi amigo gay en Valencia y que los chicos de la ofi y yo siempre estábamos jugando, hablando de tías y de deportes. Como todos, ¿no?

- Pues no, allí fuera también hay hombres.
- Todo tiene su momento, blondie. Te aseguro que cuando me tengo que comportar como un hombre, lo hago bien.

Pasaban las horas y la falta de aire acondicionado hizo que la charla pasara a ponerse tensa. Vimos nuestros relojes y nos despedimos. Antes de irse me dijo, one more time, y no sé pa' qué, que yo no tenía ninguna oportunidad con Laura, porque ella estaba super enamorada de su novio, y no quería pensar en más cosas.

- A Laura no le gusta que diga otra persona lo que ella piensa - objeté.
- Tú que coño sabrás lo que le gusta o no le gusta. Como cuando dijiste "a Laura no le gustan los regalos" y yo le regalé algo y le gustó.
- Pues igual no quería regalos míos. Y lo que del "pensar" me lo dijo ella misma, yo no voy por ahí diciendo cosas que me invento.
- No sé, chico. Yo sólo te digo que no tienes oportunidad.
- Vamos a ver, Susana, eso lo sé. Pero no porque me lo digas tú, sino porque me lo dijo ella...y para mi es la única opinión que importa.
- Ah, pues nada...no discutamos venga.
- Si eres tú la que ha querido hablar de trabajo. Ese es un tema de trabajo.

Pagué la cuenta y regresamos sobre nuestros pasos. Ya más calmados, me contó que sigue bien con su novio y que la vida de mujer sin trabajo le durará por lo menos hasta Octubre que es cuando empezará de verdad a buscar algo. Le deseé suerte y le di cuatro besos, en el mismo semáforo en que la dejé varias semanas atrás. Me pidió que nos volvamos a ver, le dije que me hiciera un hueco en su agenda como hoy, que seguramente estaría libre.

- Tú siempre estás libre - respondió. Y casi la pateo.

Volví a casa seguro de tres cosas: que pasaría mucho tiempo antes de que volviera a ver a Susana, que tenía un disco duro nuevo y que mis intentos (todos) con Laura habían llegado a su fin.

jueves, agosto 12, 2010

Tenía tanto que darte


¿Has bajado por Gran Vía, manos en los bolsillos, escuchando "En esta Habitación"? Yo sí, y parece que vas en un puto videoclip. La gente pasa y pasa y no se entera de que forma parte del decorado. Alguna te mira, a ti y a tu tupé, y se imagina cosas o se pregunta ¿quién ha peinado a este pobre desgraciado? Pasas frente al asqueroso Zahara y ves que lo están transformando en una tienda de ropa. Tropiezas con un indigente y entonces crees formar parte, tú mismo, de una viñeta del cómic"Watchmen". La canción acaba al llegar a Callao, y pisar las primeras baldosas horribles que forman ahora su plaza peatonal. No queda nada de la semirotonda donde a Solenne y a mi nos echó la bronca un policía hace mil años, por colarnos por el carril de autobuses, mientras reíamos felices en nuestro primer viaje en coche por el centro de Madrid. Feu vert, cruzo.

¿Has quedado con tu ex, meses después de haber roto? Yo también, y horas antes me debatía entre la vida y la muerte y entre la camisa verde militar y el polo Hilfiger. Me pregunté ¿Y si llevo el Hilfiger iré más fresquito? Y me respondí: ¡efectivamente, no! y me puse la camisa verde, por fuera de mis jeans Gap. Al llegar al restaurante japo que había escogido Sol, lo primero que pensé fue en si era tan temprano que los pobres aprendices de Hirohito no habían abierto aún la puerta de acceso. Antes de entrar, me llama Rubén y me cuenta que si en Salou hay alemanas, que si en no sé donde hay inglesas, y yo pienso: pero si tú no le entras ni a las feas, tío. Le digo que ya he llegado al lugar de mi cita, que es un sótano y voy a perder la cobertura. Más o menos, es verdad.

¿Alguna vez has llegado antes que tu cita, y te has sentado en la mesa, solo? A todos nos pasa, y todos, creo hacemos lo mismo: pedir algo para beber y leer la carta de principio a fin. Dejo la banqueta para Sol, porque le encantan las banquetas desde que estuvimos en Marruecos y la lucecita de la lámpara hace que me duelan los ojos, rojos. Tienen toro, que no sé qué es, atún y sushis, sashimis, teriyakis, makis, y, of course, anisaki. La japo pregunta si está buena el agua que pedí y yo contesto que sí, que como debe ser, el agua no sabe a nada. Veo mis mails antes de que llegue Sol y descubro que Iván nos ha invitado a su casa con piscina, a comer al día siguiente. Contesto y le sugiero a Julio que se ponga un tanga con la bandera de Colombia impresa. Veo mis feeds de Google y leo un artículo sobre vampiros, lo reenvío a Susana, que es fan de de Twilight y aprovecho para contarle que esta tarde he preguntado a Laura por qué ha dejado de hablarme; a lo que contestó: tú yo no hablamos porque, igual, no hay nada interesante que decir.
Llega Sol.

¿Se te han volteado las tripas, sólo con oír la voz de una mujer? Es espectacular y a mí, sólo me ha pasado con ella. Llega con su vestidito rosa, sonriente, y su pelo casi ha recobrado su color natural. Se lo hago ver y me dice que ya no se tiñe con tanta frecuencia. Me gusta. ¿Cómo te va, mi amor? Pienso, pero digo: ¿Bueno, cómo te trata la vida? Mientras, trato que mis rodillas vuelvan a recuperar su firmeza perdida desde que la vi sonreír. Pedimos cuatro mierdas carísimas que comemos muertos de risa, sobretodo después de que la japo se acercó a nuestra mesa para decirnos que, la cremita verde fosforito, se mezclaba con eso que parecía soja. Le cuento mis aventuras y ella me habla de cosas que yo debería ya saber. Le confieso, entonces, que la he bloqueado en el facebook, por miedo a que un día publicara que tenía nuevo novio. Me dice que soy más valiente que ella, que siempre ve qué hago, en qué pienso, y los vídeos que subo. Ella pide de postre Vómito de Hello Kitty y yo Diarrea de Hulk. Ella se lo come, yo, dejo que se derrita con la lucecita japo.

¿Has sentido alguna vez, una patada de caballo en el apéndice? ¿Has intentado parar un tren con una mano? ¿Has imitado a Superman, saltando de un segundo piso? ¿Has metido por segunda vez el dedo mojado en un enchufe? ¿Has lanzado una pregunta, esperando que te mientan? Ya, ME TOO. Y cuando me respondió que no, que no estaría sola en Italia, que iba a La Toscana con un italiano que acababa de conocer, me di cuenta que las cosas siguen, que si estoy bien o si estoy mal, al universo le da igual, todo sigue alrededor. ¿Y tú...sales con alguien? No, soy asquerosamente majo, y me quedaré mucho tiempo en el terreno movedizo de la indecisión, presumo. Le pago un helado en el Nebraska y bajamos caminando hasta Tirso de Molina, para colarnos en el metro, juntos, por última vez. Le digo que, sí, estoy derrotado, pero sigo pensando que mis energías se gastarían de forma más efectiva intentando volver con ella que comenzando una relación nueva. Me dice que no, que alguien habrá allá afuera para mi, me da un beso y se baja en Pacífico, dejando lo que queda de mi cuerpo dentro del vagón del metro.

- Chicos, ayer cené con Sol.
- Eres gilipollas.
- Ya. ¿Alguna vez habéis intentado algo, sabiendo de antemano que teníais todas las de perder?
- Eh...sí.
- Pues eso.


miércoles, agosto 04, 2010

Woke up this morning


Dimanche. Un hostal de Alicante. 19:00 hrs.

- Espera que me ducho, tío, y nos vamos a comer algo por ahí.
- Pero nada de sitios pijos, tronco. Que ayer nos clavaron 7 pavos por una tosta de Camembert con dos mejillones.
- Tranqui, vamos a la zona guiri. Esta noche quiero comer alemana en su salsa.

Entro en la ducha. Me quito el short pensando en no sé qué mierda sentimental. Claro, como soy tonto, no recuerdo que el piso está mojado e intento quitármelo de un solo movimiento. Error, mi pierna derecha queda atrapada dentro de la prenda y la izquierda, floja, no responde a estímulo alguno. Resbalo, mi boca se acerca al borde del plato de ducha e imagino mis dientes volando como freesbies playeros. No. Estiro el brazo, el izquierdo, porque el derecho (inexplicablemente) aún sujeta el short de camuflaje que compré en Jules de Marseille. Mi brazo izquierdo toca el suelo, y, un segundo después mi esperanza de salvamiento desaparece cuando lo veo resbalar sobre el suelo enjabonado, dibujar un ángulo imposible y terminar golpeando la pared de forma sonora. Crac.

- Creo que me roto algo, tío.
- ¡No me jodas! ¿Estás bien?
- Creo que sí. Pero esta noche, no salgo.

Lundi. Oficinas centrales. 17:20

- Bueno gente, me voy, que tengo cita con el "codólogo".
- ¿Para lo de tu caída misteriosa en Alicante?
- Sí. Para eso.
- A mi me dijo que se cayó en la playa, jugando al voley.
- A mi que fue en plena faena.
- A mi, nada... pero me lo imagino. Perraco.

Bajo por la A1 casi volando y cuando paso por el radar de la M-30 levanto un poco el pie del acelerador. La clínica está bien, meto el coche al parking y, sin ver más, subo las escaleras.¿Traumatología, por favor? No tengo que esperar. Cool. Ventajas del seguro privado. Paso a consulta y las luces se apagan de golpe, el doctor ni lo nota. Me mueve el brazo como si fuera un joystick de Atari y me dice que no tengo nada roto, pero que tengo inflamado el nervio cubital. Me imagino cubitos de hielo alrededor de mi codo, y un segundo después el doctor me dice que pida rehabilitación y que me ponga hielo alrededor del codo, que no es grave, que ya pasará. Bajo al parking y veo que por veinte minutos, la puta clínica me cobra dos euros. No aceptan tarjetas y tengo que salir a buscar un cajero. Pago. Salgo volando y pienso en una ducha, ya.

Encore lundi. Chez moi. 20:00 y pico.

El agua caliente, en verano, es para maricones. Canto una de Calle 13 mientras me ducho y me repito mucho en la parte de "deja de tapalte, que nadie va a retlatalte, levántate...ponte high tell".
Salgo de la ducha, y me enfundo un boxer como única vestimenta. ¿Nestéa frio? Sí. ¿Los Simpson y la Filosofía? También. ¿Llamarte para contarte cómo me ha ido en el doctor? Paso, no creo que te importe, siempre era yo el que llamaba ¿recuerdas? Me tiro en el sofá y abro el laptop para subir la canción de Calle 13 al facebook. La vieja de al lado hace demasiado ruido hoy, oigo sus conversaciones con Piolín como si estuvieran dentro de mi salón, también. Intento ignorarlos durante unos minutos, pero cuando no puedo más y giro mi cabeza hacia la derecha, sólo para maldecirla...y veo un boquete enorme en la pared del salón, a través del que puedo ver su cocina, y ella, a mí, semidesnudo. Si sus cataratas le dejan.
Me visto rápidamente y llamo a su puerta (por un momento pensé en pasar por el agujero, pero descarté la idea). Oiga, vieja, que ha roto mi pared...¿hola?...¿vieja?....Piolín. Sale a recibirme un rumano con ropa de trabajo y la vieja sigue inmóvil en su sofá viendo Tele5. Oye rumano, me habéis roto la pared, mamones, el pobre se coge la cabeza y mira para todos lados, como si no entendiera. Pero sé que sí lo ha hecho y remato: ahora me lo arregláis, que eso no se puede quedar así.

- ¡Tú no eres mi vecino!. Mi vecina era una rubia...mu maja.
- ¿Qué? - me asusto - ah, está usted viva, señora.
- Tú tienes que haber venido hace poco.
- Depende, a su edad, ¿dos años y medio, es poco?
- ¿ De dónde eres?¿Tienes trabajo?¿DONDE ESTÁ MI VECINA? ¿LA RUBIA?
- Oye, Dimitri, escúchame - la ignoro, mientras ella recorre su piso de arriba abajo-. Tienes que arreglar esto.
- Sí sí - balbucea - yo arreglo, yeso y ya está ¿sabes?...y seca y se pinto, ¿sabes?, no problema.
- Lo que sea, Petrescu, pero me lo arreglas on the fly.

El rumano termina de reparar mi pared, le doy una birra y le digo que lo llamaré cuando se seque el yeso para que pinte la pared. Me desvisto one more time, y me tumbo en el sofá con los ojos cerrados. Pienso en gaviotas, sol arena y mar; en un cebichito mojado con Pilsen Callao y en mis amigos poniéndome cangrejos bebés en los calzoncillos; me parece oler el mar del Callao, que huele a mierda pero es mi mar al fin y al cabo, y es mar de verdad con olas acojonantes y todo, no como las playas del Mediterráneo con olas homosexuales que sólo sirven para el disfrute de las inglesas de 100 kilos. Me abro una Carlsberg y busco algo para ver en mi disco duro. Sol aparece en el chat y el cuore me da un vuelco. Le cuento que ha habido otro divorcio en la familia, además del nuestro, y matizo la prensa rosa con mis últimos accidentes. Llenamos el chat de "jajajajas" y nos despedimos con la misma promesa incumplida que nos hacemos hace meses "a ver si nos llamamos y quedamos, si eso". Cierro el facebook y pongo un capítulo de "Curbe your enthusiasme", Cheryl le dice a Larry:

- I thought you don't like to talk people.
- That's not true - responde él - I don't like to talk people I know. I don't have this problem with strangers.

Me parece LA frase que define mi vida. Aplaudo, solo en mi salón, a las 23 y pico de la noche. Me responde el eco.


lunes, julio 26, 2010

Tú te acostumbraste, a todas esas cosas.


Cuando Mirella me dijo que me esperaba en el Orange Bar, cerca de Argüelles, yo no tenía la más mínima idea de en qué me estaba metiendo. Subí en metro hasta San Bernardo y desde allí tuve que caminar gracias a las super obras que gobiernan Madrid en verano. A medida que iba bajando por Alberto Aguilera iba reconociendo calles, tiendas, bares, en un progresivo deja que culminó cuando, al llegar al Corte Inglés, descubrí que el Orange Bar no era otro que el Chesterfield Café, que había cambiado de nombre vendiéndose al mejor postor. En ese bar, hace más de ocho años, conocí a Sol.

- Mirella me cagüen tus muertos - pensé en voz alta.

Entré y descubrí al minuto que el bar conservaba el aire cutre de antaño y fui directo hasta la barra a pedir la cerveza que incluía mi entrada. Sólo cerveza de barril, me dijo el camarero cuando le pedi una Carlsberg, es lo que incluye la entrada. Lo dicho, la cutrez madrileña representada. Desde la barra veía a niños de catorce años, adultos trasnochados y más de un tarado que no ha leído Esquire o GQ en su vida y cree que puede ir a los garitos con bermudas y sandalias. ¿Dónde me he metido?, me pregunté, y avancé hasta el escenario, donde empezaba el concierto de Funky al que Mirella me había invitado. O sea, invitado es un decir, porque pagué mi entrada, a pesar que la chica de mi facultad conocía a la cantante: una búlgara con la mirada más súper golfa que yo había visto en años.

Cuando acabó el concierto, y después de ignorar a la prima fea de Mirella (a la menos fea, al menos le dije "hola"), pregunté ¿qué hacemos?, apenas es media noche. Y recibí como respuesta una proposición terrorífica: ir a una discoteca peruana a celebrar la independencia del Perú.

- ¿No te parece tonto celebrar la independencia de España, en España? Osea...
- No pues oye, vamos nomás, está bien el sitio.
- ¿Bien?¿Bien, cómo? ¿Como ésto de bien? ¿O mejor?
- Más o menos como ésto, pero con más luz. Ya sabes que a los peruanos nos gustan las fiestas recontra iluminadas, pues.
- A mi no, pero con tal de que no haya gilipollas con bermudas o que parezca que vienen de llenar techo...venga una copa y ya.

Salimos del Orange/Chesterfield/Suputamadre y al llegar a Alberto Aguilera la prima menos fea de Mirella pregunta si Tribunal está muy lejos, porque lleva tacones. Le respondo que no, pero me da pereza caminar con esa compañía y (mientras mentalmente me digo "quédate, igual ellas tienen amigas interesantes") paro un taxi. El taxista es peruano, pero no me corto:

- No sé chicas. Un sitio peruano en Madrid, eso no puede ser bueno.
- Hay show y todo, cholo...
- No me llames así, porfa.
- Ay, perdone usted señor pijo. Como te decía, tocan de todo, salsa, merengue, cumbia...
- Pero. ¿No decías que se podía comer?
- Claro, pues. Es como una peña.

Tragué saliva. El taxista ahogó una risa. Por la ventana del taxi vi a dos alemanas, borrachísimas, cayendo en plena Glorieta de Bilbao. Quise ser ninja, tirar una bomba de humo y desaparecer. Déjanos acá nomás, hermano. Bajamos por la Corredera Baja de San Pablo y a medida que los números de las calles iba aumentando, el número de gente guay disminuía. Lejos iban quedando, incluso, los típicos perroflautas de Madrid que, cerveza en mano, acostumbran beber en la calle. Mirella, de repente, paró en seco frente a un letrero que ponía "C stumbres" y me aclaró, al verme confundido, que el verdadero nombre era "Costumbres" pero, se le ha caído la "o", pues, flaco.
Una gordita (adicta al arroz con pollo, afirmo) nos cobró 3 pavos por entrar y yo pregunté, porque sino reventaba, si esos 3 euros incluían una ración de rachi. Dijo que no. Bajamos unas escaleras hediondas, forradas en terciopelo rojo, y en el descenso vi de reojo a Seina, la empresaria/cantante folclórica/personaje/amiga de mi madre, y, como tiene que ser, le rehuí la mirada; no vaya a ser que me reconozca as usual y me cante allí mismísimo el mejor de sus huaynos ancentrales, con ayayayayyyys incluídos. Eso sí que no.
Al finalizar la escalera, encontramos a los hermanos de Mirella (mis hermanos...un amigo de la facultad) y a un calvo gordo que, en Lima, sería cobrador de combi o arreglador de tumbas del cementerio Baquíjano, pero que aquí, en Madriz, en Europa, tenía un polo Lacoste, y ostentaba el grandísimo título de novio de la prima menos fea de Mirella, a quien, gracias a la luz deslumbrante del local, empecé a descubrir un rebelde mostacho. No sobra decir que el 80% de los danzantes (de algo que parecía ser una cumbia unplugged) vestía bermudas de jugar al padel y camisetas del Decathlon. Los hermanos de Mirella incluídos.

Un vaso llegó a mi mano, y yo, absorto, bebí su contenido para, segundos después, comprobar que la gente lo llevaba compartiendo durante varias rondas. Qué asco. Dejé de mirar a la family de mi amiga universitaria y desvié mi atención hacia la pista de baile, intentando contener el vómito que se manifestaba, no sé si por beber del mismo vaso que los demás o por el polo sin mangas tipo Nadal que llevaba uno de los asistentes, que, ebrio, intentaba sacar a bailar a una mujer con dientes de oro. La cumbia se convirtió en salsa y negué por primera vez, sin sentirlo, cuando el hermano mayor de Mirella me preguntó "no serás pituco, ¿no?" Una joven sin cuello y vestida de negro nos dijo que había una mesa lista para nosotros. Ilusionado, pensé que esto sería como el "Sachún" de Barranco, donde sólo le daban mesa a la gente cool. Grande fue mi decepción cuando nuestra mesa tenía un mantel de papel, que más parecía una servilleta gigante de un Kebab de Gran Vía y estábamos sentados al lado de un par de borrachos que no dejaban de hablar de su estancia en la prisión de Lurigancho. Descubrí que, en el antro, el hecho de tener mesa te aseguraba tener un vaso para cada comensal y me bebí de un trago la cerveza de la jarra, que en ese momento me supo a Champagne.

- Bueno ¿qué opinas? - me preguntó la ex tia buena de mi facultad.
- Es...pintoresco.
- Venimos siempre - afirmó el hermano menor de forma innecesaria - está bien este sitio pa meterse unas chelas.
- Sí - dijo el tío calvo, meganovio de la prima menos fea -, aquí la gente es zanahoria, cholo. Te metes unas chelitas, comes un cevichazo y nadie te jode.
- Ah - dije, tomándome las pulsaciones.
- El que canta es bueno - dijo la prima menos fea, para inmediatamente gritar: - AHHH ES MI CANCION, RASPADILLA - y salir disparada hacia la pista de baile.
- ¿Raspadilla? - pregunté, inocente yo.
- Así le decimos peeee ¿no ves que es pelao? - me espetó el hermano mayor - ¿no la paras? oe, causa¿de qué barrio eres, ah?
- Del...ejem...del Callao.
- Ah, chucha...suave contigo, entonces.
- No, no, brother. Tranquilo, no pasa nada.
- ¿Seguro que no eres un pituco, un pijito de esos?
- Noooo,¡que va¡ - negué por segunda vez - yo soy más de barrio que los columpios.

Busqué con la mirada las posibles salidas, a lo Jason Bourne, y descubrí que sólo podía volver por las mismas escaleras por donde había entrado, que el gordo de la mesa de al lado era zurdo y no comía cebolla; que la mujer de los dientes de oro se sabía de memoria las canciones del Gran Combo; que la pareja que no dejaba de besarse estaba vestida con ropa del Primark y que él tenía un bulto extraño en sus medias blancas de deporte; que la única tia pasable del local estaba rodeada por cuatro amigas feas y acosada por dos tíos que parecían salidos de un partido de fulbito (sudor incluído); que el tío calvo que se follaba a la prima menos fea de Mirella me miraba de forma extraña, y amenazante. ¿No nos conocemos de algo, causa?

- Mirella - le susurré - voy a desaparecer en breve.
- Ya, me imaginaba.

Sonó una canción que supongo era super conocida por la reacción del populorum y aproveché el barullo para salir corriendo, sin despedirme de nadie. Al llegar a la puerta la gordita adicta al arroz con pollo me preguntó si iba a volver, a lo que respondí con un ¡ni de coña! que me salió del alma y no dejó lugar a dudas. Ella, sin dejar de mascar chicles me espetó a modo de insulto: ¡qué pijo! Y yo, por no escuchar gallos, le dije que sí, que qué pasa, que soy pijo y que no volvería a pisar esa mierda de sitio, y salí sin más, dejando atrás para siempre a los bailarines en bermudas y zapatillas blancas.
Cabreado, caminé hasta Tribunal, y desde allí bajé por Fuencarral. Ya en Fuencarral, me dije que no estaría de más caminar hasta Gran Vía, y en Gran Vía se me ocurrió bajar hasta Cibeles, buscando un taxi. Ya en Cibeles, los taxis eran escasos y, harto del mundo, me subí a un autobús nocturno de esos que por un euro te regresan a casa sin hacer preguntas.
Durante el camino, revisé mis mensajes y vi que Marie-Flore quería comer conmigo al día siguiente. Le dije que sí, que tenía partido de fútbol, pero que después podíamos vernos. Quedamos en La Latina para comer en Los Huevos de Lucio y me dije a mi mismo que ya estaba bien eso de jugar al autóctono. Respiré aliviado al saber que tengo opciones, y que puedo ser peruano sin creer que eso significa ir a bailar siempre a esos antros de mala muerte que sólo sirven como focos de exclusión social. Al bajar del autobús me vi reflejado en una marquesina y me imaginé atrapado en ese mundo, vestido como con pantalones pirata y con cadenas de oro pobre colgadas del cuello. Me reí de mi ocurrencia y entré en mi casa, tiré la ropa sobre mi sofá nuevo y me dejé caer sobre la cama. Al despertar, vi un mensaje de Marie-Flore:

- Je t'espere a deux hores à La Latina, feignasse. N'oubliez pas tes commerages :)

Contento, me fui a jugar al futbol con mis amigos en Moratalaz. Al llegar, les conté que, por una noche, había descendido a los infiernos, pero que huí de ellos apestando a ají panca.

viernes, julio 23, 2010

Blondie (Call me)


-Tío, tenemos que hablar mañana con Julio.
- No sé, ¿no será un poco violento?
- Ya. Pero mejor aclararlo. Le voy a llamar.
- No, no...mejor mañana bajamos a tomar un café y se lo decimos.
- Sí, mejor en persona.

Colgué y me puse una camiseta sin planchar directamente del tendedero. Habíamos quedado a las 8 y media en un bar de La Latina y mi intención era llegar tarde. Ya llevaba un whisky puesto. Cuando entré en el bar la mitad de los invitados ya había llegado y, en el medio de todos, Susana lucía radiante y más rubia que nunca. Me alegró verla así, feliz y sin tener que preocuparse por las perradas que le hacía su jefa. Desde lejos, y mientras saludaba a los demás (Estefi me preguntó que cuanto tiempo había estado decidiendo mi look, y me pellizcó un pezón) la envidié un poquito por tener los cojones de dejar todo con tal de estar tranquila. Los mismos cojones que, en su día, tuve yo y que hoy debo haber usado hasta el último cartucho cuando comenzó el Año del Mapache. Julio me llama.

- Oye, ¿dónde estas?
- En un sitio que se llama ...¿cómo se llama esto?
- Los huevos de Lucio - me responde una desconocida.
- Los huevos de Lucio, Julito. Y está en la Cava...
- Baja - desconocida, again.
- En la Cava Baja, el número no lo sé.
- ¿Y cómo se llega allí? Tú sabes que yo sólo conozco el Berlín Cabaret.
- Cuando llegues me llamas, marica.

Susana se acerca y le doy dos besos. Le digo lo guapa que la veo y se sonroja, porque sabe que no sé mentir. Te voy a echar de menos, blondie. Desde el otro lado de la barra, veo a Silvia llorar y me acerco a preguntarle qué pasa. No sabía que era tan emotiva y me imagino que la intensidad del momento ha podido con ella. No es así. Ella, como yo, tiene los ojos operados con láser y el humo del cigarro de Natalia la está destruyendo. Huye conmigo y nos posicionamos, mal, al lado de Estefi, que no para de comer croquetas. Y me pellizca un pezón, one more time.

- ¿Dónde está tu novio?
- Bah, es un soso - responde Silvia, secándose las últimas lágrimas.
- Venga, no lo llames así.
- Es verdad... pero es mi soso.
- Mu rico.

Las copas van y vienen y la comida, solo va. Julio llega con Cristina y mi amigo al instante ya está posicionado al lado de los huevos rotos con patatas; Cristina, al lado de los tíos (El lobo de Twilight, y sus amigos). Piernacas. Helena, a la que había estado ignorando sin querer, viene justo en el momento en que Esther y yo estábamos comprobando cuál de los dos tenía la piel más suave. El macizo de la empresa, me dice, y me acaricia el pecho sin piedad. Tranquila, no soy tu mulato, le respondo, y desvío la atención hacia la historia en que, una noche de oscuro invierno, Helena quiso cepillarse al guardián de su edificio (un dominicano de veintipocos años) usando el truco de "se me han volado los plomos". Reímos con ella cuando, al finalizar su narración, nos dice que el mulato le ha prometido un tour por sus playas, cuando ella esté libre. Los imagino, con mi cuarta copa en la mano y acariciando a Esther, corriendo por las playas dominicanas al son de una bachata de Juan Luis Guerra. Él, va atado a una correa que ella guarda con celo.

Iván me llama y le paso el teléfono a Natalia. Dos minutos después me lo devuelve, dice que no viene, que quiere hablar contigo. Paso. Le doy el teléfono a Cristina que huye con él hacia la calle y vuelve cinco minutos después, Culo Inmenso dice que quiere hablar contigo. Me rindo y contesto:

- Tío, no voy. Estoy en pantalón corto
- ¿Y qué? El lobo de Crepúsculo también está en shorts.
- Estoy sudado.
- Jajajaja. Hablamos mañana, perraco.

Cuando Julio, ya sazonado, me incita a bajar al Berlín Café, huyo con Susana. La noche ha terminado para ambos y bajamos en un coche que tiene puesta en la radio música para las masas. El coche nos deja en la calle Cavanilles y bajamos, agradeciendo al actor secundario Bob por habernos acercado a casa. Nos despedimos y ella prometió llamarme cuando volviese de su tour por la Costa Azul. Sí, sí, contesté, y ella insistió, que sí, tío, que te llamaré y quedaremos y eso. Quise creerle, pero yo dije lo mismo a mis amigos de Toshiba cuando me fui y después ni siquiera acepté sus invitaciones de Facebook. Le di dos besos y bajé solo hasta casa. Intentado recordar el nombre de la canción que antes sonaba en el coche.

- Lalalalalalalalalalalalalalala ....my eyes...¿qué coño sigue?

jueves, julio 15, 2010

Down Under


Cuando le dije a Sol "este año, mi propósito es ser mejor persona", mentí como un bellaco. Y no mentí de forma consciente, no, lo hice apoyado en mi voluntad de ser aceptado (mínima) y atacado por mi (máximo) ego que se resistía a ver decrecer de forma alarmante mi lista de amigos en hi5. Corría el año 2007 y yo me había dado cuenta que decir abiertamente lo que pensaba me estaba hundiendo en la escoria.

Me hundí en lodo catalán cuando le dije a una chica que la dejaba por Sol. Fui sincero y le confesé que estaba enamorado de otra, mientras recibíamos la miserable lluvia de un año de sequía, sentados en el Paseo del Prado. Ella me juró amor eterno y dos meses después me enteré que, entonces, ya tenía novio. Años después me condenó al olvido y yo le perdí el rastro. Una tarde, contestó a una de esas cartas cursis que mando por navidad a todos mis amigos y retomé el contacto, sólo para que mi subconsciente la tratara mal, empujado por mi sentimiento de culpa, y lograse que, one more time, me dedicara la mejor de sus maldiciones. En forma de escupitajos. Años después logré, sin querer, establecer contacto, pero siempre me recuerda de una u otra forma que, señor, no soy digno de entrar en su casa, y que sólo una palabra mía bastará para cagarla.

Me hundí en barro chalaco cuando dejé plantados a mis amigos del barrio en mi última (espero) visita a Lima. Ellos que me habían escrito cartas llenas de buenaventura y que, once in a while, pedían información de mis aventuras europeas, quedaron para siempre en el cajón del olvido en el que tengo mis Thundercats, mi camiseta de Alianza Lima, el libro de Ecuaciones Diferenciales, el disco de Topo Gigio, unas zapatillas rojas tipo Chapulín Colorado, un condón "Sultán" y el pasquín "Memorias de una Pulga". Paseé por Lima solo, pateando latas y comprobando que mis sentidos arácnidos seguían alertas ante la presencia de raterillos ocasionales, siempre vestidos con zapatillas sucias y escondidos bajo una gorra asquerosa, con publicidad en la frente. Cuando mi pandilla supo que había pasado por la ciudad, sin llamarlos siquiera, me olvidaron para siempre. O mejor dicho, hasta que el facebook me presentó en sus sugerencias automáticas de amigos, y ellos, al menos de forma virtual, me volvieron a aceptar en sus vidas para dejarme ver cómo abrían galletitas de la suerte o ganaban una vaca en sus Farmville de los cojones.

Me perdí en Mordor cuando le dije a mi tío, el ingeniero, que no iba a la fiesta de cumpleaños de su hija porque no tenía ganas. Mamá, me dijo, con gran sabiduría, que a esas cosas se va aunque no se quiera. Que es familia. Que hay que estar si o si. Yo, díscolo salmón, fui contracorriente y pasé olímpicamente de cumpleaños, fiestas y demases para volcarme (mal) en mi relación de pareja. Mi familia materna me hizo la cruz, y me perdí bodas bautizos y comuniones. Así pasaron varios años, hasta que, no sé por qué, un día me invitaron a una comunión en una casa ruralen las afueras de Madrid. Contra todo pronóstico, no había que pagar nada por formar parte de la celebración y, animado por la nueva incursión a la familia que se me presentaba acudí vestido con mis mejores galas. Mi coche explotó en el camino a Cuenca y fui rescatado por mi tío, el ingeniero (lo qué es la vida), que se quedó conmigo hasta que llegó la grúa y me llevó, después, en su coche destartalado hasta la fiesta, donde mi entonces amada esposa y mi familia nos recibieron con sinceros aplausos. Esa noche me prometí seguir siendo mala persona con quien no valía la pena, y abrazar sólo a los que aprecian mis abrazos.

Me hundí en el río de La Velilla, cuando confundí las señales de Laura y creí que le gustaba que le dijera lo que pensaba.Todo el tiempo. La pobre se cansó, con razón, de su amigo Luis Miguel y rechazó sin piedad mis piropos, la tarde en que España llegó a la final del Mundial de Sudáfrica. Es una putada, porque la ves a diario, dijo Rubén, pero yo no lo creo. Simplemente dejaré de decirle las cosas que pienso, y como todo es bonito, y no quiere que le diga cosas bonitas, mis silencios serán largos. Comeremos de vez en cuando, hablaremos de sus problemas informáticos y, ¿who knows? algún día coincidiremos en las pausas, mientras ella fuma esos cigarros que le dejan un olor a abuelo de pueblo y yo bajo a respirar el aire caliente del norte de África, bebiendo té helado, y viendo a las Chonis que hablan tan alto. ¡Dios!

Me hundí en el mar de Brest, cuando perdí a Solenne. Y me comen las langostas azules. Pero no duele. Es una sensación extraña contemplar como los restos de lo que fui, no se parecen en nada a lo que soy. Observo a las langostas comer mi yo antiguo, que tirita, porque el mar de Brest es frio de cojones, y es como estar en un acuario de barrio. Me dan ganas de decirles "se están dejando un dedo, ese, el del medio, que es el más jodido", pero no hablo langosta y ellas siguen, a su ritmo, comiendo los restos de mi naufragio mental mientras mi nuevo yo sale a flote y sólo se preocupa por buscar alguien con quien ir a ver "Toy Story 3".

martes, julio 13, 2010

Deux femmes dans la nuit


- ¿Hace cuanto tiempo que no escucho un disco de Alejandro Sanz? - me pregunto mientras subo por Ayala en un taxi, para reunirme con mis amigos.

Madrid me encanta cuando es gobernada por su cielo azul, africano, y sus balcones se dejan de complejos y muestran flores, banderas y alguna que otra mesita para tomar el vermut, con rubia en bikini incluida. Entro al Lateral de Velasquez y Julio, Helene y Marie-Flore ya están allí. Han pedido una jarra de sangría. Hablamos de todo un poco, comemos casi nada y nos hacemos confesiones sin sentido. Helene está radiante. Tiene 37 años, un marido y dos hijos y nada de eso ha hecho mella en su elegancia francesa. Debe ser descendiente directa de Maria Antonieta, pienso.

- ¿Por qué las tías usan tacones, si no saben caminar con ellos.
- Parecen velociraptores.
- Ouais, specialment Marta. Mais je pense que elle fait ça...
- Porque está enamorada de su jefe.
- Hahaha...Quel con!

Devoramos las tapas mientras Marie-Flore mira a un rubio de la mesa de al lado, Helene parece que anuncia Ferrero Rocher, yo miro disimuladamente a una chica castaña que debe tener la misma edad que Estefania y que pesa lo mismo que pesaba ella cuando entró a trabajar a la empresa, antes que se hinchara el culo a gominolas y risketos. Julio...no sé qué mira. Suena su teléfono y es su amigo colombiano, primer compañero de piso y maestro de juergas. Le dice que se nos una un poco más tarde, como a las 12 que pensamos ir a Gavana.

- ¿Ah, si? - pregunto a Helene, que me dice que ella ya fue una vez...pas mal.
- No venga con zapatillas - aconseja Julio por teléfono - que sino usted no entra.
- Sont sympa les colombienes - susurro a Helene, y aprovecho para embriagarme con su perfume -. Ils vouvoyaient tout le temp!
- Oui -me sonríe. Pienso, sin dejar de verla: Ah dios, yo quiero una de estas.

Pagamos, subimos a Gavana y está cerrado. Pasamos por el O'live y yo me pido un mojito para entrar en ambiente. Un venezolano bilingüe inglés/español (y marica) nos da la brasa al hablar sin parar y a un nivel de decibelios que la ley prohibe. Llega el amigo de Julio, y, después de corroborar que el veneco es maricón, bebe un tinto de verano. Marie-Flore, que ahora está sentada a mi lado, me pincha el brazo con la palmerita de su margarita. Ah putain! exclamo, y ella se descojona. Bajamos Velasquez hablando huevadas.

- Imagina que te tienes que cepillar a Natalia.
- Ni de coña, hijoputa - respondo.
- Mais, pourquoi pas? - suelta Marie-Flore - elle est une bombe sexuelle!
- Si, en Melmak.
- C'est quoi Melmak?
- No conoces a Alf?
- Oui, bien sur.
- Donc, c'est la-bas qu'il habite. Avec tous les Natalias.
- Hahahahaha...c'est vrai!

Cuando al fin entramos en Gavana, sólo vemos que 17 euros después hemos accedido a un recinto que hiede a pies y que está poblado por putas y viejos calvos que visten como el culo. Nos bebemos la copa y salimos volando, rumbo a Garamond. Allí nos reciben tres gogos que bailan al son de Lady Gaga y más personas (fijo) de las que el local permite. Me pido un Johnnie y alcanzo a mis amigos, que ya han buscado un sitio en la mezzanine del local. Suena La Bilirrubina y llego bailando como un muñeco. Me cierran el paso tres pijas, que me rodean y bailan conmigo. Sensor Terminator On: ésta, buenas tetas; ésta, culito recio, fijo que hace spinning; a ésta le fallan los dientes (puto Iván, ¿para qué me has enseñado a ver eso?).

- Esta es mi amiga -me dice una, y me lanza a los brazos de una gordita mona vestida con una malla de pescar de la que cuelgan golosinas - baila con ella.
- Come unas gominolas - me pide - sin usar los brazos.
- Ok - grito, y de reojo veo a mis amigas susurrando algo que no es necesario susurrar, porque seguramente será en francés y aquí nadie entiende un carajo.

Vuelvo al grupo y el amigo de Julio me dice "no cayó lo que tenía que caer" a lo que no me queda más que encogerme de hombros. Suena Mika y bailo con Helene. Julio, ya está con los brazos levantados, y cantando "love love me, love love me" con todas sus fuerzas. Las canciones van pasando, bailo con las dos, sin parar, me suda todo el cuerpo y, a eso de las 3 y media, Marie-Flore se rinde y me pide irnos. Acepto y me despido del lugar( al que no creo volver porque no quiero pagar 15 euros por una copa), para salir a buscar el coche de las chicas.

- Te llevo chico- me dice en español - si ne sont pas onze kilometres.
- No, no - respondo - vivo aquí al lado.

Me dejan en Doctor Esquerdo, y les hago una seña para que recuperen la M-30, rumbo a la Moraleja. Bajo mi calle (con 60 euros menos) pensando en que no está mal esto de salir en plan amigos con tias que ya tienen la vida hecha, con hijos, ex maridos, y los ovarios ya curtidos de nuestras estupideces. Mola.