viernes, abril 29, 2011

Los Puentes de Madridson


Me he perdido los tres últimos puentes de Madrid. O sea, esos findes largos en los que la gente aprovecha para salir volando de la ciudad y buscar algún destino, lejos de las torres de Chamartín. En el primero del año, mis amigos se fueron a Francia, Murcia, Cáceres y Sevilla. Yo me quedé en casa planeando mi viaje a New York (física y económicamente) y pensando con la boca echa agua en todas las tiendas que visitaría, las fiestas a las que iría y en Magaly y las cosas que con ella haría. Mis amigos volvieron del puente con menos dinero y cero regalos para mí que, nada vengativo, les traje algunas camisetas de "I love NY" para regalar a los tres primeros en llegar a mi casa cuando celebramos mi cumpleaños. Mientras ellos olvidaban su primer puente del año en cero coma, yo paseaba por el East Village y me metía en una librería de viejo durante horas, decidiendo si comprar un ejemplar más de El Conde de Montecristo o una de esas biblias ilustradas con grabados que tanto me gustaban de niño y leía como lo que son: una de las mejores historias jamás inventada.

Luego vino otro puente, el de Semana Santa, que tampoco aproveché. Y no lo hago desde que, en mi primer año en España, vi cómo todo el mundo buscaba desesperadamente un plan para esos días grises y me contagié como gilipollas. Busqué, entonces, un sitio al que viajar entre los chorrocientos mil que aún me quedaban por descubrir. La India y Egipto quedaban a años luz de mi bolsillo y terminé subido (solo, con un bocata de chorizo como equipaje de mano) en un autobús de la Avenida de América con rumbo a Barcelona. Caminé por Paseo de Gracia y me enamoré del Parc Güell, pero también me aburrí a muerte cuando descubrí que la Semana Santa, sin importar si cae a primeros, a mediados, o a finales de abril; es siempre un periodo pasado por agua en el que la gente te mira mal si pides un buen filetaco en cualquier restaurante. Así que este último puente, mientras Marie-Flore huía a Lille y Julio a New York, yo me quedé tumbado en el único punto del planeta en el que el sol pegaba con dulzura: El Retiro. Leí el libro de Kundera que compré en Brooklyn y no eché de menos nada. Hice siestas eternas que sólo interrumpían las ardillas e imaginé con cierta malicia a los pobre padres primerizos que en ese momento pelearían con su hijo de tres años en algún lugar de la costa, porque el nene quería ir a la playa aunque estuviese cayendo un chaparrón de tres pares de cojones. Os jodéis.

Ahora, que empieza el tercer puente, de Mayo, que no si es por el día de la Madre o por el del Trabajo (que yo creo que son sinónimos, pero esa es otra rayada de la que escribiré un día de estos), pienso quedarme en casa también, y, como mucho aprovechar one more time de la ciudad en la que vivo que en días como estos mola más. Porque:

  • No haces cola para entrar en los garitos .
  • No tienes que abrirte paso a codazos para llegar a la barra a pedirte un whisky, entre niñatos que beben lo más barato del lugar, con aires de agente secreto.
  • El metro no está petado, la gente no huele mal ahí abajo, porque pocos curran esos días.
  • Puedes pasear por la ciudad sin verte arrastrado por alguien que camina como si fuera a perder el Last Train to London.
  • Los museos no están llenos de señoras que están ahí sólo para aprovechar el aire acondicionado.
  • Hay menos posibilidades de que algún cani se equivoque de sesión en el cine, se siente a tu lado y se pase criticando tu película de Haneke porque no entiende una mierda. En los puentes, ese cani se ha ido a su pueblo a fardar de las cosas guays que hace "en Madrí".
  • Haces la compra con tu paz. Y las cajeras no sonríen (nunca lo hacen) pero al menos no pasan por el escaner los huevos que acabas de comprar con una velocidad endiablada, como si fueran un explosivo radioactivo a punto de estallar. (De hecho, cuando no es puente, alguna vez estallan, le dan a un botón rojo y viene una cajera que por su gesto parece llevar muchos años en esto del "cabreamiento cajerístico" limpia todo con una bayeta que huele a pies y te dice que tienes que ir tú, el cliente, a buscar otro paquete de huevos porque ellas "ya lo pasaron por el escaner". Acojonado, porque ella tiene una bayeta apestosa y tú no, vas a por los huevos y si eso de paso pillas un paquete de salsa de tomate de marca, para calmarla).
  • Aparcas de putamadre.
  • No hay atascos.
  • Hay descuentos en el Teatro Español, y ya no me tengo que sentar en el último asiento de la fila de al lado del techo. Que sí, se ve bien, pero mola más abajo, y ver así bien a Aitana Sánchez-Gijón.
Esta noche antes de salir de copas con las francesas compraré provisiones para estos tres días. Prepararé mis aposentos y como decía Michael voy a relax my mind, lay down and groove. A los que se vayan al pueblo y eso, mil gracias, por dejarme la ciudad.

lunes, abril 25, 2011

Sábado Crucis


A Cecilia le gustaba más mi pelo largo, como el de tu perfil del facebook. Le digo que me lo corté en una barbería de Chelsea, en New York, a la que entré cuando estaba cansado de caminar. Magaly nos contactó en el facebook y yo, sinceramente no me acordaba ni cómo era ella. Sólo recordaba que se moría por mi amigo Toño, hace más de 20 años. Cuando me dijo de quedar, me pregunté que cómo nos reconoceríamos, ella contestó yo no me olvidaría de ti. Entonces debí sospechar, pero como soy toli...

Magaly insistió mucho en que saliera con ella, por eso de que no conocía la ciudad mucho y demás. Ok, le dije, pero que no espere peruanadas porque yo de eso no gasto. Y entre procesiones, comilonas y el gol de Ronaldo al Barça en la final de la Copa del Rey, le mandé un mensaje por facebook, en plan hola, soy yo, ¿qué tal por Madrid? quedamos cuando quieras. Me contestó al nanosegundo y me dijo que si eso salíamos un día a bailar y me dejó su número de teléfono. Yo estaba más pendiente de buscar mis gotas para los ojos (Hyabak, pero que siempre pido como Tsyapka, por una extraña razón) que en pensar en quedar con ella. Encima había un rumor en la oficina de que la mitad más uno pasaba de hablarme por cotilla y tuve que fingir (por recomendación de un tercero) que esas cosas me importaban. Hablé con Estefi, con Esther y Silvia pero sólo esta última entendió la lógica de mi razonamiento:

- Vamos a ver, Silvia, yo, que paso de la gente, yo, que invito 6 personas de 80 a mi cumple (sorry por no incluirte, by the way), yo, voy a perder mi tiempo para contarle al mundo que dos pibas pillaron en la última noche de juerga. Venga ya.
- Tienes razón, Chumi. Pero ellas creen que sí.
- Me la sopla - confesé y terminó así mi cruzada por limpiar mi imagen.

Así que quedé con Cecilia el sábado de gloria. Llegó 30 minutos tarde y me pilló chateando con Magaly por el móvil.

- ¿Que dice?
- Que nos lo pasemos bien y subamos fotos al feis.
- Mandale saludos.
- Ya apagué el chat. Y si haces fotos no me etiquetes, porfa.

La llevé a un sitio pequeñito, que Julio me había enseñado, donde las Caipiroskas. Pedimos dos y nos contamos un resumen de nuestras vidas pasadas. Ella estaba separada con dos niñas, yo separado y el niño era yo; ella acababa de llegar a Madrid, yo llevaba ya diez años y era hincha del Aleti; ella nunca había estado enamorada de Toño sino de mi, pero de eso ya hace mil años jajajaja; yo nunca había estado enamorado de Magaly, sólo me gustaba una niña de otro barrio pero ni recuerdo su nombre jejejeje; a ella le gustaba mi pelo un poco más largo, y a su prima y a su vecina Mary también; yo no sabía donde vivían ellas exactamente ¿al lado de los Figueroa? ¿o de los Reyes? Mi tío se casó con una de los Reyes.

Salimos del garito y ella dijo que le apetecía un buen whisky. Recordé entonces uno de los pocos lugares sin garrafón (al menos tan escandaloso) de los alrededores y bajamos hasta allí. Pedi dos Johnnies y cuando pagué con tarjeta la camarera me dijo, con guiño incluido "eres paisa, lo imaginaba" y Cecilia flipó un poco. Yo le devolví las copas y le dije, por ese gusto ponnos un poco más de whisky, anda. Y coló. Sentados en una mesa con velitas ella me contó que igual retomaba sus estudios, y yo le dije que después del máster decidí no estudiar más porque descubrí que no servía de nada; ella me contó que parlaba un po d'italiano y que pensaba subir a Roma dentro de poco, yo le dije que yo ya había ido dos veces; me dijo que le gustaban mis ojos, le dije que cada uno me había costado 1000 euros en una clínica de láser de la Castellana. ¿Quieres bailar?

- ¿Te gusta este sitio? Se llama Berlín Cabaret y es lo único decente que hay por aquí.
- Sí, es muy... rojo.

Bailamos, pedimos la copa de garrafón que te dan con la entrada, un tío de Vallecas me dijo que Cecilia estaba buenísima y yo le propuse cambiarla por su novia. Me dijo que no, al menos esta noche. Sonó I just can't get enough y eso se volvió Sodoma y Gomorra.
Magaly me escribió al día siguiente preguntándome si había ido todo bien con su amiga.

- Buf- contesté.
- ¿Ese buf es de aburrimiento o de satisfacción.?

Preferí no responder. Soy un gentleman.

viernes, abril 15, 2011

Ay cosita linda, mamá


Anoche, anoche rompí contigo y tú no lo sabes.
Me aburre que me preguntes cosas, si voy a verte voy a lo que voy. Paso de escuchar tus historias, ¿o no ves que yo no te cuento las mías? Desde un principio dijimos que nada de enamoramientos y vas y me dices que si no me ves me echas de menos. Mu tierno, sí, pero no me agobies, anda.

Anoche, anoche rompí contigo y estuve a punto de decírtelo.
Te lo iba a decir cuando abriste la puerta y estabas en pijama. ¡Venga ya! Sólo te faltaban los rulos esos de Doña Florinda y una crema de pepinos all over the face. Me dieron ganas de decirte "no soy tu marido, tía. Cúrratelo un poco". Pero me callé y me bebí tu cerveza.

Anoche, anoche rompí contigo a eso de las once.
Veía mi reloj mientras no dejabas de hablar y yo pedía auxilio a Jared Leto que bailaba en la tele, en un video de 30 Seconds to Mars, infaltable en KissTV. El cabrón se lo estaba pasando bomba con una tía cañón mientras tú, (rubia natural sí, eso que te llevas ¿por qué te tiñes de castaña, by the way?) me decías que si no fuera por las clases de Pilates que das no llegabas a los 2000 al mes.

Anoche, anoche rompí contigo cuando me metías prisa.
O sea, ¡no, tía! ¿no sabes que hay millones de mujeres que se quejan de lo contrario? Yo me tomo mi tiempo, disfruto, y me gusta que quien está conmigo disfrute. Mis años de onanismo han pasado, blondie, si tú ya estabas, al menos espérame que yo ya llegaría. Damn it!

Anoche, anoche rompí contigo tras tu pregunta final.
No. No estaba grabando lo que pasaba en tu habitación con el móvil que estaba en tu salón. El Bluetooth no sirve para eso, loca de los cojones. Paranoica. Si lo primero que hice después de fue coger el móvil es porque tenía mensajes ¿sabes? Tú fumas, vale, pues yo veo mi facebook. Y si no me crees I don't really care. Ahí te quedas.

Anoche, anoche rompí contigo al bajar tus escaleras.
Borré tu número del teléfono. Porque estás buena que te cagas, pero loca como una cabra. Borré tus mensajes también y tus e-mails. Te he bloqueado en el facebook y agradezco al cielo no tener amigos en común contigo. Pasando de ti, me subí al coche y puse la SER para comprobar que el Villarreal estaba en semifinales. Me alegré por ellos y volví a casa. El mensaje que vi era de Magaly: se había liado con un gay en el East Village de Manhattan. Contesté: well done, bitch!

lunes, abril 11, 2011

Mi voto no es secreto.


No me gusta la política, o mejor dicho, dejó de gustarme cuando descubrí que ni organizando reuniones y marchas contra Fujimori se cambiaba el resultado que los de arriba habían definido. Por eso iba siempre a votar como un renegado, vestido casi con ropa de jugar al fútbol, a diferencias de los viejos ceremoniosos que para ese día vestían sus mejores galas. Algunos lo hacían por respeto a ese acto cívico que era elegir al nuevo presidente, otros simplemente por si algún canal de televisión los pillaba metiendo su voto en la urna, y sonreír así de punta en blanco. Mis abuelos eran de esos.

La última vez que voté en Lima lo hice con la convicción de quien ya sabe que abandonará el barco y metí mi voto en la urna como si metiera una petardo en una caja de grillos. Escribí "Arriba Alianza" sobre los símbolos de los partidos y me fui tan pancho a beber un jugo de papaya. Fuera me esperaban mis amigos y alguno que otro ex compañero de colegio que, al haber nacido el mismo año que yo y en el mismo barrio, había tenido la suerte de encontrarse conmigo en la cola de acceso. Hola, me decía el pobre desgraciado y yo respondía con un levantamiento de cejas que decía ¿quién coño eres? mientras apuraba el paso huyendo de una conversación no deseada casi siempre basada en: ¿qué tal?¿qué haces ahora?¿te acuerdas del López? Se casó ¿tienes hijos ya?. Pasando.

Cuando la última elección de Alan, yo ya vivía en Madrid, con Sol, y huía de la peruanada como quien huye de la peste. Si me entraban ganas de comida peruana iba siempre al mismo restaurante (uno de los pocos con manteles y servilletas de tela) y hacía siglos que había dejado de leer El Comercio por internet. Por eso, cuando dejé mi coche aparcado cerca de la Casa de Campo y tuve que caminar los doscientos metros que me separaban de mi mesa el trayecto se me hizo eterno. Vi vendedores ambulantes de papa rellena, de causa y cebiche. En las escaleras del metro una mujer ofrecía cortes de pelo a buen precio y un poco más allá el listo de turno vendía fundas paras DNI con el escudito de Perú, sin las cuales no se puede entrar a votar. Al llegar al pabellón que nos habían acondicionado para las votaciones me encontré una cola de mil quinientos metros de largo. A tomar por culo, exclamé, y Sol secundó la moción. A punto de rendirme y de volver a casa sin cumplir con mi deber vi cómo una mujer le daba su recién nacido a un hombre y éste le daba a cambio cinco euros. Curioso, me acerqué con mucho sigilo y descubrí que todo se trataba de un negocio: ella alquilaba a su hijo y los clientes entraban sin hacer cola diciendo que el niño estaba malo y no podían esperar. Llamé a mi hermano, le pedí prestado a su hijo y en media hora estaba ya toda mi familia fuera. Me prometí que sería mi última votación.

Por eso ayer me quedé en casa durmiendo como un oso mientras mi familia se preparaba toda para ser los primeros en votar por PPK o Keiko (la hija gorda de Fujimori). Nadie quería votar por Humala, que, además de ser cholo, tenía en su currículum haber intentado un par de ridículos golpes de estado. Yo me levanté con mi paz, me exprimí unas naranjas y me compré el Esquire de Abril con John Malkovich en la portada. Borré las últimas huellas que quedaban de los tacones de Cris en mi casa y me tumbé en el sofá a ver "Blue Blood", una serie a la que estoy enganchado más por sus exteriores neoyorkinos que por la calidad de su guión. Como al mediodía comprobé que Marie-Flore seguía enfadada conmigo por haber preferido a Susana al hacer las invitaciones a mi cumpleaños; llamé a mi hermana para ver si los votantes querían comer conmigo, ya que estaban todos around my place. Me dijo que no, que volvían al pueblo, pero antes me contó una de esas cosas que explican el cómo soy: resulta que todos llegaron a tiempo al Ifema sólo para descubrir que su mesa no estaba puesta y no había nada preparado para votar. No estaban ni siquiera los suplentes encargados de vigilar el proceso y pasados cinco minutos (la tolerancia en mi familia es mínima) mi viejo se puso a gritar como un loco, indignado hasta el tuétano porque (sic) a pesar de estar en Europa nos portamos como si estuviésemos en Lima. Un hombre se acercó a calmarlo y papá lo mando a tomar por culo, con tan mala (¿o buena?) suerte de que ese hombre era el Cónsul de Perú en España y las cámaras y micrófonos de EFE estaban captando todo el momento. I love my family, molamos más que los Simpson.

Mi hermana me lo iba contando y yo me descojonaba en la cocina, mientras me preparaba unos penne rigatti. Terminé de comer y subí al Retiro a tumbarme en topless a hacer la siesta con mi revista y un libro de Santiago Roncagliolo que sirvió como almohada (porque no tiene otra utilidad). Al volver a casa vi que una amiga limeña le había puesto "te vi en la tele, chola!!!" a mi hermana en su muro del facebook. Suspiré, sonó el "cling" del microondas que avisaba que mi té estaba listo y respiré aliviado al saber que me importa una mierda quién gane las elecciones en Perú.

miércoles, abril 06, 2011

No way, Mckay


La ves, te sonríe, bailas, hablas, bailas más, Shakira, David Guetta y Papanamericano; la cosa se calma, la miras one more time, le dices algo al oído y le besas el cuello. No te empuja. Un poco tiempo después le propones "tomarte la última en tu casa". Vale, dice. Bien. Pero, ¿qué pasa en el trayecto? ¿Qué hacer? ¿Qué decir? A continuación una lista de grandes cagadas de la humanidad, entre las que (obviamente) incluyo las mías.

La insoportable levedad del ser:
- Es que lo acabo de dejar con mi novio, y yo no suelo hacer eso - dice, mientras te va metiendo mano en pleno taxi.
- Shht - interrumpes - da igual si lo haces siempre, ya verás como lo vamos a pasar bien.
- ¿Perdona? ¿Siempre?- separación brusca, mirada al retrovisor del taxista - déjeme aquí porfa.

El señor de los anillos:
- ¿Y hace cuánto tiempo que estás en Madrid?
- 11 años.
- Ah mira qué bien. Yo vivo aquí hace 6, cuando mi marido...
- Tu ¿qué, perdona?
- Mi marido. Consiguió un trabajo de segurata en una empresa - lo imaginas: dos metros, calvo, vestido de negro, coche tuneado y esposa tuneada - y por eso nos vinimos de Valencia y...
- Oye me siento mal, creo que me han dado garrafón. ¿Te importa darme tu teléfono y te llamo otro día?

Nothing "Gili":

- Joer, no estoy pedo ni nada. El taxi ha venido super rápido.
- Sí, si, es que vivo al lado del centro. Este whisky es muy bueno, me lo regaló mi hermano.
- ¿No tienes JB?
- ¿Qué es eso?
- Whisky, siempre bebo eso con Red Bull. ¿Y esa música, qué es?
- Miles Davis.
- Pon los 40, mejor.
- Ok, si quieres. Mierda, pásame el libro ese porfa, que lo vamos a mojar.
- De qué es.
- De arte. Botticelli, Modigliani...
- ¿Esos jugaban en la Juve?
- Are you fuckin' kiddin' me? Get the fuck outta here!!

Cuando Harry conoció a Sally

- Me encanta tu casa. Esta lámpara es chula.
- No digas nada, niño. Túmbate - baila y se quita el vestido de un tirón.
- Preciosa.
- Gracias, ¿quieres beber algo?
- Vino, si tienes.
- Vuelvo en nada.
Te quedas esperando, y de golpe oyes un grito electrizante. Te levantas corriendo y ves a la chica tapándose con un trapo de cocina, gritándole a un pervertido que la observaba a través de la ventana. Le insulta, llama a la policía que llega a los dos minutos. Te vas a casa preguntándote por qué la gente no sabe que en IKEA las cortinas son super baratas.

La Vita non è Bella:

- Mi piace molto la tua bocca.
- E troppo utile, Chiara. Con il labbro faccio spazio.
- Haha, ¡stronzo!. Attenti, non voglio innamorarti, eh.
- Tranquila. Non è possibile
- ¿Ah no? ¿Perché?
- Percho io sono ancora innamorato d'un altra.

La Ciudad y Los Perros:

- Al NH de Ciudad de Barcelona -pido, y el Mercedes vuela.
- Oiga ¿se folla mucho en el taxi? - pregunta ella, medio pedo.
- Depende, hay noches que se triunfa - responde el taxista - a vosotros, por lo que veo, se os ha dado bien.
- Uf no crea - responde, mientras yo admiro sus piernas eternas - yo a este chico le tengo que ver a diario, no puedo aunque quiera.
- ¿Cuanto es?
- 8 con cincuenta.
- Tenga.
- Que triunfes.
- Va ser que no.

lunes, abril 04, 2011

Entre Madrid, New York y La Tila de mamá.


Temblando en mi cama con sudores fríos y una depresión de caballo me preguntaba en qué me había equivocado en mi vida para llegar en ese estado a mi cumpleaños 35. Gilipollas yo (ahora puedo evaluarlo y ver que la tristeza que me ahogaba la provoqué yo mismo, porque quería) pensaba en todas las cosas que mis amigos neoyorquinos tenían: casas, hijos, mujeres fieles en apariencia y un backyard donde hacer barbacoas. Daba vueltas en mi cama aún alcoholizado, con un máximo de 15 horas de sueño acumuladas en 6 días y pensaba en todas las mujeres que habían pasado por mi vida. Sólo recordaba el nombre de tres con cariño. Quise llamarlas. Me dije, "no, nunca" y seguí temblando como un flan.

Hace rato que había amanecido y la absenta que bebí con Bea seguía haciendo que mis oídos zumbaran. Si tú bebes yo bebo dijo, e Iván desde mi sillón vintage aprobaba el reto cagado de miedo y diciendo a mi ni me miréis, cabrones. Cris aplaudía, guapísima, y Susana me miraba con terror. Slurp. Mi lengua sabía a todos los alcoholes al final de la noche. ¿Por qué nos dan un reservado, guay, con sofás y mesa de billar y no nos dan marcavasos? Creo que bebí whisky, ron, zumo de piña, zumo de nada y un poco de sudor de Estefi. Una tía que no se donde salió bailó sobre nuestra mesa de billar y nosotros la ignoramos como a un músico ambulante. Recuerdo más, las horas no pasan, quería dormir en esa cama que a Esther le pareció tan bonita horas atrás. Qué guay, ¡es roja! gritó mientras yo reía complacido.

Intento invertir mi posición para ver si así pillo el sueño de New York pero sólo logro marearme más y siento nauseas. Las mismas que sentí cuando vi a Elena enrollarse con el amigo de Julio delante de todos, después de que minutos antes (sin venir a cuento) me dijese que no pensaba besarme porque para ella yo era sólo el graciosito de la ofi. Qué decepción. Ya me estaba despidiendo de todos cuando lo dijo. Salí huyendo de su propuesta de ir a un after, y mi camino hacia el metro con los primeros rayos del sol en la cara fue de total desazón y confusión. Cuando Susana me llamó horas después y le conté lo de mi depresión mañanera me soltó, como siempre, una de esas frases que me encantan y hacen que quiera que sea mi amiga para siempre : "A ti no te gusta Elena, tío, No se te ve, pero te jode que se haya enrollado con otro y no contigo porque eres hombre, punto". Zas. Salgo de la cama, los vasos vacíos dicen hello y llamo a mamá sin quitarme la imagen de Elena follando con el amigo de Julio en algún piso de la zona norte de Madrid. Macho adolorido.

Subí volando por la carretera y en el trayecto recordé mis caminatas por Manhattan. Las barbería de Chelsea, las casas de Litte Italy, los cafés al lado de Central Park y el olor a mierda de caballo. Pensé en mis amigos y sus vidas, en la sonrisa eterna y la voz de niña de Magaly, que me acompañó la mitad del tiempo, en el Bronx y en las margaritas bien batidas. Vi one more time la estación de Penn Station, a la que llegaba cuando subía de Long Island al Midtown a comenzar mis paseos y la tienda de Abercrombie donde descubrí que soy un misio que no siempre puede comprar todo lo que quiere. Me pasé la lengua por los labios sólo para comprobar que ya se había curado la quemadura que me hice con el té hirviente de un Starbucks e intenté buscar algún resquicio (que obviamente ya no había) de mis adorados Snaples. Vi los jardines de Brentwood y los de Garden City y cuando casi me duermo como hice en el tren, comprobé que no tenía gasolina suficiente para llegar a Alcalá de Henares. Entrada en boxes.

Llegué a Alcalá al mediodía y mamá y mi hermana me ayudaron mogollón a remontar el bajón. Mamá me dio manzanillas y mi hermana me hizo ver que todo venía por los 6 días de juerga que lleva en el cuerpo, más el no dormir, más que me hacía mayor y el páncreas ya no regulaba bien y el perrito y la calandria me habían provocado un síndrome pre-menstrual de tres pares de cojones. Comí, me tumbé en la cama de mis padres como hacía cuando de niño tenía pesadillas y me dormí durante tres horas. Antes, puse en el facebook una nota de agradecimiento a todos por los buenos momentos pasados durante estos días. Pocos sabían que esos días casi perfectos terminaron con mi resistencia numantina al alcohol (al que ahora respeto más que a las olas del Pacífico) y conmigo tiritando en varias camas y con un mantel que compré en los chinos roto porque a alguien se le enganchó en el cinturón.

Al final del domingo, cuando más echo de menos alguien con quien acurrucarme (con depresión o sin depresión), mi hermano me llama y me dice que baja a verme. Cenamos juntos en casa y entre que ya he dormido, comido y demás, me encuentra de muchísimo mejor humor. Me dice que es normal lo que me ha pasado, que me pasará más veces porque soy un tío muy cerebral y busco errores en todo de forma involuntaria, por qué no en mi propia vida. Aún así, añade, te veo en la mejor forma desde que llegaste a España, te relacionas con la gente, intentas quedar, salir, ya no asumes que lo tienes todo ganado. Ya no eres el gilipollas que eras a los 24 años. Nos reímos juntos y le agradezco la visita. Me siento mejor, soy un gilipollas de 35 en plena forma, y antes de tumbarme a dormir recuerdo la última cosa de la noche: Bea y yo bailando con las narices pegadas y los dedos entrelazados. Mis amigos, juntos por mí en Madrid y en New York, música de fondo, bebidas y risas. Cierro los ojos seguro de que dormiré bien, tranquilo y dispuesto a vivir mejor este año que comienza.

lunes, marzo 21, 2011

Primavera non è più


Anoche, antes de dormir, me dio mi clásico ataque de primavera. No es alergia, no. Es peor.

Cuando era niño, creía que era porque, además de la proximidad de mi cumpleaños, la llegada de la última semana coincidía con el inicio del año escolar. Entonces, se acababan mis días de verano (en Lima, el mundo está al revés) y veía a mamá forrar cuadernos y libros, preparar el uniforme del cole y decirme vez tras vez que me tenía que cortar esos pelos. Yo me negaba, pues papá había decidido que ya estaba bien eso de peluqueros que venían a casa con sus tijeritas y sus perfumitos y que yo debía ir, como todos mis amiguitos, a la peluquería del barrio. Lo odiaba. El peluquero me sentaba en la sillita esa con forma de caballo y me cortaba el pelo usando navajas. No tijeras, navajas, que afilaba en una tira de piel atada en un lateral del caballo. Veía la navaja subir y bajar y me sentía como un pollo de mercado a punto de ser degollado.

- Mami, mira que no me mate, porfi- imploraba, con la barbilla pegada al pecho e intentando ver mi reflejo.
- No pasa nada, papi - decía mamá, mientras hojeaba una revista.

Salíamos de la peluquería, yo con un corte de pelo que parecía un niño de peli de postguerra española. Esas crisis me duraron hasta los trece años, cuando aprendí a escaparme a casa de una amiga con madre peluquera. Cambiaba besos a la hija por cortes de pelo a tijera.

Las crisis adolescentes ya las asociaba a eso de que la primavera la sangre altera y, además de sentarme en cualquier banco de mi colegio sólo para chicos, pensaba en salir apenas pudiese a buscar a las chicas del colegio femenino de al lado. Casi todas eran feas. Pero Magaly no. la esperaba siempre en una esquina, y ella llegaba con sus dos amigas, la gordita y la enana. Creo que el hecho de ser tan guapa, y haber sido elegida reina de la primavera tantas veces le había generado un trauma pequeño que la obligaba a representar a pequeña escala su Comunidad del Anillo. Mis amigos, carroñeros máximos, distraían a la hobbit y al orco y yo me iba con mi Elfa por los parques del Callao. Poco me duró la alegría, pues una tarde primaveral, apareció el Elfo máximo (mientras nosotros veíamos un sunset, con música de Luis Miguel) puso su tabla sobre las piedritas de la playa, se sacó la camisa y bailó sobre las olas de espuma. No la culpé por dejarme, pues el surfer me gustó hasta a mi. Hasta que cumplí los dieciocho, temblaba por las noches previas a la primavera, temeroso de sufrir un nuevo y humillante desamor.

Pasada esa edad, la primavera me mostró su mejor cara. Las chicas comenzaban a mostrar el ombliguito, tiradas panza arriba en el césped de la facultad y yo, desde un balcón estratégico, disfrutaba el paisaje. Un día, sazonado con algunas birras, bajé de mi atalaya y me acerqué a una rubita que me había llamado la atención por dos cosas: leía un libro de Saramago y las piernas le brillaban como si estuviesen hechas de mármol rosa. Me acerqué, con mi libro en la mano (yo también leía al portugués) y le pregunté si ella también creía (como mamá) que yo ardería en el infierno por culpa de que me gustara tanto "El Evangelio Según Jesucristo". Sara me dijo que no, y que si acaso nos encontrábamos en el infierno sería por culpa de mi sonrisa diabólica y de su facilidad para mandar a la mierda a los idiotas. Nos hicimos amigos, comenzamos a salir, y una tarde la besé en los pabellones abandonados de la uni. Un día me dijo que la esperase frente al pasillo de coches. Aproveché entonces para llevar a mis mejores amigos de entonces y, de una vez, presentarles a la chica de la que llevaba semanas hablando. La vimos llegar en una carroza, rodeada de flores y globos y enfundada en un vestido de Bella Durmiente. La universidad entera la había escogido como reina de la primavera.

- Te la tiras? - preguntó Tomy, románticamente.
- Todavía no - respondí, babeando - dame tiempo.

Pero anoche. Anoche entre los estertores de muerte del último domingo de invierno, me vinieron otra vez los sudores fríos. Recordé al peluquero y su navaja, al caballo que sonreía como poseído, a mis libros, a mis cuadernos, mi pantalón gris rata de uniforme, los desfiles, los colores verdes, cartulinas, a mamá y mis poesías del día de la juventud. Recordé a Sara, a Magaly, a la conjuntivitis y a Tomy. En ese orden. Era casi medianoche y en El Larguero hablaban de lo mal que jugó el Aleti y de que Nadal había perdido ya casi la final de Indian Wells. Cogí el móvil y abrí los contactos. El primer nombre que aparecía era el de costumbre, el que sigue al "AAA" que pidió la Cruz Roja que marcásemos como contacto de emergencia. Casi te llamo. Pero no era momento de hundirme, la noche era cálida y me dormí deseando dos cosas: pasármelo bien en Nueva York esta primavera, y que no me dé conjuntivitis, comme d'habitude.

lunes, marzo 07, 2011

Carnaval tiene la culpa


Otro carnaval más que pasa y yo que no voy a la fiesta del Círculo de Bellas Artes. Siempre he querido ir en plan disfraz veneciano, con mi máscara blanca y bailar en el salón de actos como si formase parte de "Eyes Wide Shut". Pero , este año tampoco ha habido nadie con quien me apeteciese ir.

Yulia, Cris, Vero y Bea salieron rumbo a un pueblo perdido de León para ponerse ciegas de comida y alcohol, intercambiando disfraces y ánimos hasta terminar exhaustas y roncas de tanto...todo. Me llegaron algunas fotos del evento, una con una tabla de carnes en la que calculo que hay un jabalí entero y otras en las que mis compañeras de oficina están disfrazadas de viejas. Coincido con Carlos en que, viéndolas así, no nos enrollábamos con ellas ni hartos de vino. Adorables viejecitas: ¿me dais la paga?

Mi carnaval empezó en Boggo, un restaurante de la calle Velázquez, bebiendo cuatro copas de garrafón con Julio e Iván. Hablamos de todo y todas y mientras Iván y yo compartíamos proyectos futuros Julio me mandaba un whatsapp, en el que ponía "mira, a la tía de tu izquierda se le ve el culo cuando se mueve. Y tiene una verruga en la nalga". Miré sin disimulo, pero no pude llegar a la misma conclusión. Pedí una copa más y me la bebí casi de un trago porque Iván ya se iba a casa, y había llegado a vernos en su moto BMW y con el viento, tío, y medio pedo, no me arriesgo y su putamadre. Yo ya quería fiesta. Voló en su megamoto rumbo a su chalet en Barajas. Yo, confiado en mi instinto, doblé a la derecha en María de Molina y cuando quise retomar mi izquierda para buscar Príncipe de Vergara, me distraje y (aún hoy no sé cómo) terminé en Nuevos Ministerios. A las diez y media estaba ya en casa y le mandé un mensaje a Iván para saber si había llegado bien. Me wassapeó tres caritas felices.

El sábado subí a Alcalá a comer con mamá, que me había invitado comme d'habitude. Después de una siesta de tres horas, desperté con ganas de fiesta y salimos a ver el desfile de carnaval. Nos encontramos con veinte pitufos en la plaza de Los Santos Niños y cuando bajamos por la calle Mayor vimos también a los extraterrestre de "V", a un equipo de fútbol americano y a seis barbies dentro de sus cajas. En la plaza Cervantes escuchamos el pregón dado por una karateca campeona del universo a la que nadie conocía y cuando ya me empezaba a sentir seco propuse bajar a un bar a meternos unos cuantos tragos. Descubrí entonces que mi adorado Tony Roma's se había convertido en una taberna de barrio y que los "chicken fingers" que ya saboreaba tendrían que ser reemplazados por tosta de lomo o hamburguesa Rusty. Vimos el partido del Barça y salimos a ver si seguía la fiesta. Raquel me wassapeó y me dijo que si quería quedar con ella, sobre la 1:30. Esta se pincha, susurré, a esa hora no quedo con nadie.

En la plaza ya tocaba la orquesta de turno y el público seguía disfrazado. Papá vio con poco asombro cómo yo me acercaba dando vueltas hacia una Pantera Rosa que giraba como Bisbal. Bailamos "Esclavo de tus Besos" y cuando sonó el Waka-Waka terminamos nuestra relación. El aire invernal me pegó en la cara de golpe e imaginé a la pobre Yulia tiritando en León, con sus piernas bonitas al borde de la congelación. Vamos a ver al Aleti, ¿no? propuse, y mis padres secundaron la moción.

En casa, tirado en el sofá, recibí la llamada de Rubén que decía que se rajaba, que pasaba del cumple de Vero. Mierda, Rubén, contesté, sabes que no puedo ir solo. Pilar apareció en el chat del facebook y dijo que tampoco salía, que mucho frío, que Raquel estaba loca por querer quedar a la una y media. El Aleti ganó 3-1 y, pasada la medianoche, decidí que ya tenía bastante de carnavales. Cogí las llaves del mercedes y me despedí de mis padres. Mamá me pidió que le avisara cuando llegase a casa para saber que estaba bien. Lo hice: le envié por wassap tres caritas felices.

miércoles, marzo 02, 2011

Willy Fucks


Mi primer viaje de verdad fue a un nevado de los Andes, con mis amigos del cole. Uno de ellos no soportó la altura (3200 m.s.n.m.) y se desmayó en plena ascensión. Cuando coronamos la cima, lo veíamos desde arriba como una estrella de mar abandonada en la nieve y forrada de Timberland. Me lo pasé muy bien: comí pan con moscas, bebí vino barato, cené en plena calle y dormí congelado en un hostal de medio pelo. Esa noche descubrí que los profesores también follan y mis amigos y yo nos pasamos el día siguiente bombardeandolos con indirectas del tipo "Profe, ¿por qué tiene ojeras si nos acostamos a las nueve?". Traje de recuerdo una réplica del lanzón monolítico de Chavín de Huantar que duró un año cogiendo polvo en la cómoda de mamá.

Mi segundo viaje fue otra vez a la sierra peruana. Esta vez con amigos de la facultad, que no quisieron creer en mi abstinencia alcohólica y aprovechando mi poca fuerza de voluntad me llenaron de alcohol las venas antes siquiera de que bajáramos del autobús. Conocí la ciudad de los baños del Inca borracho y descubrí que allí las chicas eran guapísimas hasta que hablaban y no se les entendía una mierda. Tenían un acento extraño de erres arrastradas y eses silbantes que me confundía. Me pasé las noches de fiesta intentando hablar con ellas y casi siempre terminaba con alguna turista inglesa o alemana. Traje de recuerdo un queso, una botella de vino que llegó a Lima completamente seca y una resaca del carajo.

Mi tercer viaje fue a Madrid y sólo cargué mi maleta con libros y discos. Volé solo y a mi lado se sentó un hombre que no se decidía entre leer un libro de Química, uno de Voltaire y una revista de coches. El pobre tenía un problema de próstata y se levantaba cada diez minutos al baño. Yo creo que a la altura de las Bahamas, ya meaba aire. Bebí vino y whisky y una azafata me mandó a tomar viento cuando le pedí que me regalase su pin de Iberia, me dormí mal y llegué a Barajas sudando por culpa de que cuando salí de Lima era invierno cerrado y aquí comenzaban ya con fuerza los primeros ardores del calentamiento global. Me llevé de recuerdo la mantita del avión, el libro de Voltaire (La Henriade) de mi compañero de viaje y la certeza de que siempre, siempre, me pediré ventanilla en los vuelos que haga de aquí hasta que muera.

Mi cuarto viaje (paja) fue a Valencia. El de Barcelona es mejor olvidarlo porque esa ciudad es bonita, pero está llena de catalanes. Llegué en autobús, y mamá (que aún cree que tengo 10 años) insistió hasta el hartazgo en ir a despedirme a la estación de Conde Casal. Llegué al piso vacío de mi tío y tuve que comprar de segunda mano una nevera, dos sillones, y una cómoda para meter mi ropa. Caminé por la arena caliente y descubrí que el Mediterráneo nunca está frío y siempre tienes la sensación de que alguien se acaba de mear a tu lado. Descubrí también mi adicción a la paella y a tirarme al sol en plan lagarto, sabedor de que no hay ladrones de monedas al lado. Me traje de recuerdo a Sol, que me duró ocho años.

Mi quinto viaje fue a París. Me quedé en casa de unos amigos cerca de Nation y disfruté mi primer reveillon con cientos de miles de personas al lado, la última noche del año en Champes Elysees. Bebí vino, comí foie, caminé acompañado por la rues más románticas del mundo y visité las tumbas de Victor Hugo y Dumas. Me quise tumbar al sol en Tulleries pero no había sol, y compré en las tiendas de Montmartre en lugar de osar siquiera meterme a las galerías Lafayette. Descubrí lo que es el aire frío del Sena y decidí volver, al menos una vez al año, a esa ciudad con tanto encanto en la que nunca me gustaría vivir. Traje como souvenir llaveros, camisetas y una foto al lado de la torre Eiffel que apenas enmarqué rodó por los suelos y se quedó para siempre con el cristal rajado.

Mi sexto viaje fue a Marruecos. Llegué de noche y el aire seco me dio un bofetón nada más bajar del avión. Quise volver a Madrid a la media hora, horrorizado de que existiese un lugar más caótico que Lima (de donde venía huyendo, al fin y al cabo) y más poblado. Fui convencido de buena gana para quedarme y al día siguiente disfruté de esa civilización desconocida para mí. Vi riads, palacetes, souks, y burkas. Olí curry, pimientos, naranjas y mil especias. Sentí el calor de la gente y el de una cobra que un ambulante bromista me colgó en el cuello. Me dormí cansado en el jardín de un rey y confundí al príncipe con un dependiente de Western Union. Me traje de recuerdo un juego de mesa hecho con maderas y piedritas y unas Converse All Star falsas (que por cierto, no sé donde coño están).

Mi séptimo viaje fue a Roma. Vagué por las calles como un desgraciado, sabedor de que lo que fui a buscar con tanto ahínco ya no existía más. Conocí la casa del papa y vi su colección de tesoros que era tan extensa que terminó por aburrirme e interrumpí la visita para echarme la siesta en sus jardines, al lado de una escultura con forma de piña. Me emborraché de vino blanco y vomité pescado en el muro de Marta con tanta furia y despecho que la pobre tuvo que mandar a pintar la habitación después de mi visita. Me colé en un tren y mi gran sonrisa hizo que la azafata me colase en el vuelo del día siguiente cuando, por mi culpa, perdí el ansiado vuelo de regreso a casa. Descubrí que soy capaz de aprender un idioma en tres meses y me traje de recuerdo un Colosseo horrible que estuvo en el recibidor de casa durante un tiempo y una réplica de La Donna y el Ermellino que mamá tiene hasta hoy.

Mi octavo viaje (joer, sí que viajo, sí) fue a Liverpool, para celebrar que en Toshiba estaban a punto de despedirme. Me empapé de Beatles hasta la médula y bebí pintas como si no hubiera mañana. Viaje en ferry for once in my life y me alojé en una casa de las afueras en la que siempre encontraba, al volver de mis paseos a un adolescente que me saludaba con un desganado, Hi, mate. Estuve a punto de ir a un partido de fútbol, pero preferí romper con mi novia en Queen Square y comer beans & eggs para ahogarme en la pena y los gases. Me traje de recuerdo una taza del Cavern y un parche de Rubber Soul que cosí una tarde de domingo al bolsillo de mi chaqueta de los conciertos.

Mi noveno viaje fue a la capital del mundo. Llegué al JFK de día, con sueño y hablé inglés de Tailandia cuando los agentes de aduanas me preguntaron que qué coño quería yo en New York. Fui de rebajas, y desayuné Snapples y muffin sentado en la hierba de Central Park. Hablé con las ardillas en español y en inglés con un mexicano. Compré en Gap, Barnes & Nobles, Bloomingdales y Chinatown. Bebí margaritas en Broadway y escuché jazz en vivo en un bar de Harlem. Comí en un diner como Tony Soprano y bebí coca cola hasta reventar en un Friday's de Time Square como Mirella. Me traje de recuerdo un reloj Montblanc y las ganas de volver, ya con más calma. Con mi paz. Y por eso me largo allí a celebrar mi cumpleaños. Me recogerá Oscar del aeropuerto, dormiré en casa de John y saldré de fiesta y de compras con Magaly.

Me encanta esto de tener amigos cosmopolitas.

viernes, febrero 25, 2011

Mamá dame tres pesetas.


Mamá me dijo que siempre oliera a las niñas. Si el pelo les olía bien, entonces eran de familia bien, con una madre hacendosa que las cuidaba y las ayudaba a crecer hasta convertirlas en mujeres de fiar. Si el pelo les olía mal, entonces había que desconfiar de esa pobre criatura y jugar con ella, pero sin llegar a más. Mamá: la última niña que despertó a mi lado tenía el cabello rubio como el sol y le olía a marihuana. Con ella me lo pasé mejor que con muchas de las que olían a Johnson & Johnson.

Mamá me dijo que siempre pensara en los demás, que así diosito pensaría en mí y sería recompensado. Me enseñó que mis actos eran observados desde algún altar invisible y que desde allí se sabría si yo había pateado a fulanito con alevosía o si había ayudado a menganito sin esperar nada a cambio. Me prometió un edén de paz y amor en el que dormiría cuando quisiese y podría correr sin temor a nada. Mamá: disfruto más siendo malo, es más divertido, no quiero llegar a ese edén, porque seguro que no encontraría a ninguno de mis amigos. Dios no existe.

Mamá me dijo que la verdad siempre sale a la luz, que no importa cuanto te esfuerces en ocultarla, la mentira es como una gran bola de nieve que crece y te aplasta, como una piedra en el pecho, como un atracón de frejoles con seco de cordero. Te deja sin respiración y tarde o temprano el agobio es tal que terminas confesando hundiéndote en la vergüenza de saberte mentiroso e indigno. Mamá: tienes razón a medias. Puedo mentir, y sí, es como una gran bola de nieve que va creciendo, y aunque no me gusta hacerlo mola ver como los demás te creen sin pensarlo.

Mamá me enseño a vestir bien. Me hacía la ropa y zapatos a medida, en los mejores sastres y zapateros de la ciudad. Usaba el pretexto de que le costaba los mismo ajustarme la ropa (al ser yo tan pequeño) y que mi pie izquierdo tenía el empeine diez milímetros mas alto que el derecho. Hasta los diez años llevaba botines que sólo usaban los miembros del grupo Menudo, pantalones con tirantes e iba al cole con un maletín tipo James Bond. Mamá: tuya es la culpa de que ahora no me guste nada de la ropa normal, y mis camisas sean o de Hilfiger, Gant o Hollister. Thank you very much, mommy, ahora se me ha jodido un pantalón de Gap y pienso volver a la tienda de New York para comprarme uno igual.

Mamá me dice que las mujeres no son la solución, pero tampoco el problema. Que si no he tenido suerte con las tres últimas, no significa que no encontraré el amor de mi vida en alguna de las tres próximas. O seis, al paso que vas. Asegura que es mejor no buscar nada, que eso ya aparecerá solo, como mis calcetines perdidos que un día, milagrosamente, deciden volver a estar en mi vida asomando la punta por cualquier cajón. Mamá: puede que tengas razón, pero como te dije un día a la hora del vermut, yo creo que mi tren del matrimonio ya pasó. Me imagino soltero hasta el fin de mis días, me gustan muchas y no me engancha (ya, tanto como para querer casarme) ninguna.

Mamá dice que siempre hay que estar donde uno es bien recibido. Que es mejor no ir a las fiestas esas de familia, si tienes la más mínima sospecha de que alguien no te quiere allí. Por eso paso de ir a la casa de mi tío el ingeniero, porque su mujer no me traga; creo que nunca más iré a Brest o a la casa de Delphine en París, ni tampoco creo que vuelva a mi oficina cuando al fin consiga dejar este trabajo. Pero sí voy a comprar un billete a New York, para ver a mis amigos de la infancia que llevan un año convenciéndome (via facebook) de que suba a vistarlos. Mamá: haz las maletas ya, que nos vamos al JFK, que es un aeropuerto para gordos, a ver a la gente del barrio. Tú te emborrachas con tu comadre y sus hermanas, y yo, con suerte, me cepillo al fin a la hermana de Pepe, que ahora es azafata de American Airlines.

Ay omá que rico.

martes, febrero 15, 2011

Sweet Home no Alabama


Ventana al mar
La primera casa que recuerdo estaba al lado del mar y yo despertaba con el olor de la brisa y dormía con el murmullo de las olas. Allí murió mi único perro, y me caí a un pozo sin agua. La recuerdo rodeada de arena y con niños descalzos corriendo por todos lados, con papá llegando con regalos en navidad y con mamá sentada en una esquina, como encerrada. Nos largamos cuando a papá le robaron todo el dinero que traía encima un fin de mes, y mamá dijo que en ese barrio no había nada bueno para nosotros. Vendimos la casa veinte años después, quizá creyendo que algún día ese barrio asqueroso se arreglaría y tendríamos playa one more time.

Callejón de un sólo caño.
La segunda casa era de mi abuelo. Grande y dividida, como es costumbre allende los mares, para cada uno de los hijos. Allí conocí a mis primos y allí me aburrí de ellos. Allí mi hermano se curó de espanto de la pirotecnia cuando un cohete le explotó en la mano, y allí descubrí que soy malísimo escalando cuando caí desde el techo sobre el suelo del salón. Allí, mis tíos se enamoraron de la mediocridad y allí descubrí que el amor no es eterno. Nos fuimos cuando mamá no podía más con mis tías y mi hermana empezaba a crecer. Dejé atrás a mis amigos de la infancia, a mi primeras calles y a las chicas que nunca me dijeron que sí.

Esperanza ¿dónde vas?
La tercera casa estaba a diez minutos de la segunda, pero a mí me parecían días. Me aplatané allí a dejar pasar mi adolescencia y comencé con la costumbre de conquistar a las amigas de mi hermana y a alguna vecina. Hice amigos de esos que duran y fue suyo el primer techo que vi después de la mayor de mis borracheras. Me robaron, robé, me patearon, pateé, me olvidaron, olvidé, y cuando me harté de todo llené una maleta para ir a ver a mamá, como Marco, al otro lado del charco. Ahora está abandonada, y mamá también se resiste a venderla.

Moratalaz, mola más.
La cuarta casa fue el piso de mis padres en Moratalaz. Rodeado de árboles y parques para que jueguen niños, pero habitados por jubilados. Es el primer sitio donde descubrí el valor de una siesta y a donde vino a buscarme una antigua novia de Lima. Le dije que volviera por donde vino, más por pereza que por desamor. Allí recibí el primer mensaje de Sol, y desde allí salí hacia el Retiro, donde los dos buscamos sin éxito la Feria del Libro, ya que me equivoqué de fecha. Desde ese piso comencé a descubrir Europa y a escribir como un desgraciado, en un cuaderno gordo que perdí cuando mandé a mi padre a tomar por culo y abandoné la casa familiar con sólo una mochila llena de calzoncillos y camisetas.

En Oporto, no me comporto
Mi quinta casa la compartí con Sol. Después de que yo huyese de la mía y ella se hartase de sus compañeras del ático en Guzmán el Bueno. No teníamos ni cama, ni cubiertos, ni tazas en donde desayunar. La primera noche compramos unas sartenes en una tienda de árabes, que se quemaron al segundo uso. Allí comencé mi vida de casado, y me aficioné a los paseos de domingo o a las películas caseras de un viernes por la noche. Allí me esperaba ella cuando volvía de mi trabajo asqueroso escribiendo en una revista latina; con una taza de manzanilla y su impagable sonrisa. Nos fuimos cuando el dueño nos quiso subir el alquiler. Todos nos aconsejaron comprar ya, y dejar de tirar el dinero. Gilipollas yo, les hice caso.

Complutum
Mi sexta casa, la compré a pachas con my brother. Escogimos un barrio en el centro de Alcalá de Henares, pero lejos del ruido de los bares. Parques, colegios, hospitales, todo al lado para cuando llegara su hijo. Vivimos los dos solos durante unos meses, en los que compaginamos el orden de casa con el caminar en calzoncillos. Un tiempo después se nos unió Sol, que volvió de su aventura inglesa, y la mujer de mi hermano, que venía a vivir la aventura, a la que chucha. Todos chocamos en un big bang enorme y yo terminé hastiado de mi cuñada, mi hermano de Sol y Sol de mí. Buscando arreglar mi relación le dije a mi hermano que me iba, que se quedara con el piso, y que ya cuando lo vendiese me diese mi parte. Hasta hoy, mi sobrino no entiende por qué lo abandoné.

Los Mesejo, no los mensajes.
Mi séptima casa no es mía, sino de un amable head-hunter. Sol (la única mujer con quien de verdad he querido casarme, aunque a otras les haya mentido vilmente sobre ese tema) la encontró con su habitual suerte y pagamos un chollo por una casa grande, con piscina, plaza de garaje y desde la que se puede ir andando al Retiro. Allí intentamos, sin éxito arreglar lo nuestro, y allí terminé al fin de mal escribir mi novela corta. Allí echo de menos todo, a mi familia, a mis amigos, a Sol, a mí mismo, y a mi risa. Allí, también, me alegro cuando recibo visitas y me dicen que mi casa es super cool y que mola mi muñeco de Batman al lado del tocadiscos. Allí paso los findes leyendo y desde allí me proyecto a veces a pensar cómo será mi próxima casa: si tendrá piscina, si tendrá terraza, si tendrá perrito o, si simplemente, tendrá ruido rico los domingos por la tarde. Y pisos de parquet.

viernes, febrero 11, 2011

No oigo no oigo, soy de palo.


- Desde que lo he dejado con mi novio, mi padre dice que ha sido un no parar.
- ¿Tu padre? - pregunto - ¿What the Fuck?.
- Eso, ¿qué tiene que ver tu padre, tía?
- Yo cuando lo dejé con mi novio, al principio me faltaba un brazo. Después golfeé como una perra.
- Uy, yo tenía siempre dos novios a la vez. Así que ese problema no es pa' este body.

Miro a mi tupper y pienso "¿te has visto al espejo, gorda?", los macarrones que me puso mamá en mi última visita empiezan a ganar interés en mi cerebro.

- Es que salgo y salgo, y la última vez hasta me caí. ¿No veis? Iba pedo y con las manos en los bolsillos, me caí y ¡zasca!
- En toda la boca, Estefi - le digo - yo creía que te había salido una calentura.
- ¿Y qué pasó cuando llegaste a casa? Se habrán descojonado.
- Ssssss - añade la Procu - tiene que haber sido lo más verte llegar sangrando. Momento Estefi, flash.
-Yo tenía un novio que siempre me hacía sangrar.

¡Dios! ¿En qué momento acepté comer con esta gente? Laura no me habla, la procu está muy lejos, estefi está desbocada, y la gorda ésta se inventa novios guarros con una facilidad pasmosa. Si al final, esto de comer de tupper no compensa tanto como creía.

- Bah, pero prefiero salir con amigas y caerme ¿saes? Que cuando salía con mi ex, siempre me llevaba al baño y me hacía la cuchara.
- ¿Y eso cómo es? - pregunto, no sé pa' qué, si calladito estaba más guapo.
- Pues fácil - contesta Estefi - Te abraza, te mete las manos por el culo, debajo de las bragas, desliza los dedos hacia adelante y "plonch".
- Ay, eso me lo han hecho alguna vez.
- ¡Y a mí! - dice la Procu, avergonzada, rojísima.
- Pues eso me lo hacía otro novio mío, mucho, cuando bailábamos en verano en las discotecas petadas.
- A si que te petan, perra.
- Que no, zorrón. Pero es que éste sí que era muy guarro. Más que el del culo de coco.
- ¿Culo de coco?
- Chicas...esto...sigo aquí- digo, pero pasan de mi culo. Que no es de coco, como mucho de papaya.
- Sí, cómo que "culo de coco". ¿Porque lo tenía así de duro?
- Uy ojalá. No, no, por los pelos, guarra, por los pelos. No sabes lo que era lamerle las bolas a ese.

Creo que estoy a punto de desamayarme. Me pregunto si debo usar mi nuevo poder de invisibilidad para hacer el bien o el mal. Que vale, que ninguna de estas tías me interesa (con excepción de la Procu, que está tremenda), pero de ahí a que tengan una conversación de vestuario de sauna conmigo delante, hay un paso de gigante.

- Agg, Sandri. Qué asco por dios - suelta Estefi, y yo le agradezco infinitamente con la mirada. No hablo, porque sé que no me escuchan.
- Sí, tía. te has pasado.
- Ssssssss, imagina que me ponga yo a contar cuando me enrollé con el negro ese que me dejó el culo como....
- ¡ESPERA, ESPERA! - grito, y me levanto de golpe, no quiero oír más. Ellas ni lo notan, veo a la Procu abriendo las brazos en un gesto que lo dice todo y me deja muy malas expectativas.

Lavo mi tupper, lo meto en una bolsa y salgo de la cantina a buscar aire. Me imaginaba que mis amigos y yo eramos los seres más asquerosos del planeta. Uno era capaz de soltar pedos mientras se enrollaba con una; el otro no encontró sus calzoncillos una noche y llegó a la universidad con bragas sucias. Yo, para no ser menos, hace poco estaba en una disco de Madrid besando a una tía mientras me sangraba la nariz profusamente.
Pensaba en todo esto sentado en las escaleras del edificio, tratando de aspirar el nuevo aire contaminado de Madrid, viéndome la mano de vez en cuando para saber si había recuperado mi visibilidad. Supe que sí cuando una de las chonis de mi club de fans (según Julio, que se fija en esas cosas más que yo) pasó a mi lado, me miró, y se puso roja como un tomate cuando le devolví una sonrisa.

Tirito. No ha llegado el tiempo aún de estar como estoy: en camisa.

Oigo risas que reconozco y veo a mis compañeras de curro que aparecen por la puerta. Laura me ve encantada, creo que disfruta mi dolor. Estefi se ha puesto sus Ray-Ban nuevas estilo Kathie Holmes y se peina cada dos segundos. Sandra sigue hablando de otro de sus novios imaginarios. La Procus se esconde tras sus Carrera y enciende un Vogue. Yo las miro fascinado por lo guarras que pueden llegar a ser, me encanta, y disfruto de ese momento voyeur en que ellas saben que las miro pero que me cago de miedo y por eso no me acerco. Pienso: soy un maestro cucharero, y no lo sabía hasta ahora.