viernes, junio 20, 2008

Come Fly With Me


He leído en Esquire algo que me sacó de mi letargo (defino letargo: estoy sentado en mi cama, leyendo mientras mi vecino hace ruidos sexuales que provocan mi más vil envidia). Superman nació Superman, y se disfraza para confunfirse con los mortales y pasar desapercibido. No es como Batman, que es Bruce Wayne y se compra un disfraz con sus millones. Tampoco es Peter Parker, que sufre la mordedura de una araña radioactiva y se convierte en Spiderman, disfrazándose de azafata de colgate y volando por New York. No, Kal-El nació Kal-El, y él, que es un dios, se disfraza de humano. La imagen que tiene de nosotros es Clark Kent: cobarde, débil y mediocre.

Cuando leí esto, descubrí por qué Superman tiene tantos adeptos en el mundo. Por qué compré el pack en caja metálica con todas sus pelis, y todititos sus extras aunque sólo me gustan Superman y Superman II. Por qué mi sobrino, de cinco años, rechazó el disfraz de Chucky que con tanto esfuerzo preparé para mi fiesta de cumpleaños, y decidió vestirse de rojo y azul, aunque su traje ya le quedaba algo corto, no importa tío, me dijo, es que Chucky no sabe volar.

Recuerdo, entonces, la foto de mi tío el viajero, que venía en su primer lote de cartas, tras escapar del país. Se le ve joven, delgado y lleno de ilusión, con sonrisa de niño, al lado de la estatua de Superman, en el Museo de Cera de Madrid. Yo quiero tener la misma foto. Tengo una en que, arrodillado, estoy al lado del escudo de su familia, en el parque Warner, con gafas de sol y camiseta roja (con la inscripción “Fuckin’ Criminal” en el pecho), tengo el pantalón de lino empapado por culpa de una atracción acuática del West Village y se trasluce el calzoncillo negro que, idiota yo, llevaba debajo. Es lo más cerca que estaré jamás de vestir como Superman, con las vergüenzas al aire.

Cuando era niño, mi afición por los comics era tal que la vendedora de revistas del barrio me dejaba leerlos, si no los arrugas, chino, aunque no llevara dinero en el bolsillo. Leía de todo: Lulú, Archie, X-Men, Daredevil, Hulk, Batman, y siempre, siempre Superman. Tengo en casa una miniatura de Batman, y cuando mis amigos preguntan que ¿Por qué no Superman? Contesto que él lo tuvo muy fácil para ser héroe, Bruce Wayne la luchó un poco más. Obviamente, mis amigos me miran como a un bicho raro, y cambian el tema mientras alguna de sus novias, no muy discretamente, susurra: ¿éste es el mismo que te dijo que Paul McCartney estaba muerto?

Cuando cumplí doce años, un doctor inoportuno descubrió que mis dolores de cabeza se debían a una temprana miopía, que explicó también mi insano apego por las chicas feas. Unas gafas de pasta después veía todo claro, cristalino, cambié de amigas y las rechazadas, en un acto de venganza totalmente comprensible me rebautizaron como Clark Kent desnutrido. Que derivó en Clark, con los años. Era común, en el barrio, verme doblar alguna esquina, cuatrojos total, y recibir efusivos y espontáneos, Habla Clark, a tutiplén. Y entonces compré la miniatura de Batman.

La maldición del disfraz de Superman me persiguió muchos años más, dejando huellas imborrables en mi corta historia, como por ejemplo la vez en que bailando como un loco, rompí los cristales graduados contra una pared, y me pasé el resto de la fiesta al borde de la ceguera. Mis amigos, tan crueles como yo (nos veremos en el infierno, cabrones) me retaron a levantarme a una morena que se contorsionaba, cual posesa, sobre la pista de baile. No tengo que demostrar nada, dije, sin dejar de servirme de forma compulsiva la cerveza que habíamos comprado, uy que maricón, Clark, me dijo uno, y mis ojos rojos enfocaron a la bailarina que ataqué como si fuera un tiburón de Spielberg. Quince minutos después, y con su sabor en los labios todavía, me acerqué, según yo ganador, a la mesa de la discoteca y no mencioné más el tema, seguro de que el silencio de mis amigos venía provocado por el asombro colectivo. Tres días después, mis fotos besando a una gorda horrible inundaron la universidad, y yo, Clark Kent otra vez, quería que la tierra (o la gorda, qué importa) me tragase.

Superman se disfraza de hombre común, para pasar desapercibido. Mañana estaré en Metrópolis, bautizada así en los comics como homenaje a la película de Fritz Lang, ya no seré Clark Kent, porque el láser ha borrado las imperfecciones internas de mis ojos. Podré ver el Empire State, el MoMa y las tiendas del East Village y Manhattan. Pero estoy seguro de que si alguna mujer queda colgada de una cornisa, me entrarán ganas de romper los botones de mi camisa, y volar hasta rescatarla mientras los New Yorkers se preguntan, ¿es un pájaro?, ¿es un avión? No, es el huevón de Clark que ha combinado café irlandés con Red Bull.

miércoles, junio 18, 2008

La señora del escote y el de la cartera gorda


Ella llegó una mañana de esas en que no sabíamos si ver el correo, leer los periódicos on-line o reorganizar lo organizado en una empresa dedicada a mover cajas. Yo le calculé unos 38 años, aunque por su forma de vestir y de andar ella gritaba al mundo que le hubiera gustado quedarse en los 25. Su pelo rizado saltaba sobre su pecho con cada paso que daba y el graciosito de la oficina fue el primero en pegarse a su falda, Hola morena, cómo te va, y dónde trabajabas antes, y te fuiste o te fueron, y ese anillo es de casada o de moda. Ella respondía a cada pregunta con una sonrisa, ellos siempre le veían el escote y nunca a los ojos como sí lo hacía yo, que noté que un ojo miraba a Madrid y otro a Toledo cuando se ponía nerviosa.
¿Tu no eres de aquí, verdad? Me preguntó ese mismo día y yo admiré su gran perspicacia, no, no soy de aquí ni soy de allá, no tengo edad ni porvenir, le dije y seguí con lo mío, que era poco, pero más interesante.

A la hora de la comida, los comentarios sobre la nueva no se hicieron esperar: peazo de orejas, a mi me parece un poco cutre, yo creo que esta sabe más que los ratones coloraos. Ella, mientras, chateaba desde su sitio y cambiaba su fondo de pantalla por fotos suyas: una en la playa, ahora en un pueblito, otra con amigos, aquí con bikini. El informático de la empresa quedó prendado desde el primer momento, ¿juegas al pádel? le preguntó cruzando los dedos, y gracias al cielo ella dijo que sí, porque de lo contrario ya veíamos al pobre callado como siempre y sin tema de conversación, recurriendo a contarle cómo había configurado el servidor de correo, o maldiciendo a la jefa de recursos humanos y asuntos varios que es una hija de puta de mucho cuidado, y mastica la comida con la boca abierta y bufando como las vacas. Yo voy con una amiga que juega que te cagas, ¿tú tienes pareja de pádel?, preguntó ella, y el informático al verse perdido invitó al jefe de ventas, que es un bocas, a ser su pareja de pádel. Estás metiendo al zorro en tu gallinero, le dijeron, pero él prefirió el riesgo a tener que volver a configurar el windows en la soledad de su cubículo.

Un mes después, ella ya no jugaba al pádel y cada vez que el informático lo proponía algo la señora del escote le daba largas, hasta que el pobre, acostumbrado, me imagino, se rindió y se convirtió en un amigo fiel al cual ella le contaba sus penas laborales, que éste me ha chuleado la comisión, que me ha dicho la enana de recursos humanos que no puedo usar shorts porque no es corporativo, imagínate tío, como los niños pequeños. Pero cuando el jefe de ventas le proponía algo, sus ojos (el toledano y el madrileño) brillaban y ella decía que sí. A todo. Las lenguas vivaraces de la empresa mueve cajas se activaron como los poderes de Hulk, basándose en un mal sentimiento, y la pobre señora del escote tuvo que fingir desconocer los rumores que llovieron sobre su rectísima espalda. Comían juntos, jugaban al pádel juntos, y cuando ella no estaba en la oficina, él salía pronto a ver unos clientes.

Yo lo vi, hasta en los hospitales / escapándose al motel los cirujanos/¡Tan complicados los simples mortales/y tan fácil saber que se traen entre manos!

Cada vez que ella se acercaba a la mesa del elegido, yo le susurraba a mi compañero si éste no se la está follando, es pa’ darle, ‘amos, y él, conversador convulso allá donde los haya, aprobaba el dictamen con un simple, pero nunca bien ponderado o se la mete él o se la meto yo, que ésta viene con las bragas en la boca. Alguno afirmó haberlos visto caminando de la mano, cosa que me es muy difícil imaginar sin cagarme de risa. Otro dijo que la noche de la cena de navidad, cuando todos volvíamos a casa, vieron un VW Passat azul en un semáforo, cuyo conductor, al reconocer a los que iban en el coche de al lado, se saltó la luz roja como alma que lleva el diablo motivando un comentario que tuvo mucha cola: ¿viste quiénes iban en ese coche? eran el éste con la otra.

Las risitas, secretitos y llamadas a voz baja se acabaron cuando una mañana fria la señora del escote le dijo a su jefe eso de oye que mañana no vengo, ni pasado, que me piro. En su lugar pusieron a un imbécil que el primer día se presentó a sí mismo como Sales Manager, hasta que alguien le respondió ¿sales, qué? Ah, que eres comercial, bajándole los humos per sempre y encerrándole en el mundillo de los vendedores de puerta en puerta. El jefe de ventas perdió un ascenso, algunos dicen que porque al jefazo, íntimo amigo suyo, le dan alergia las relaciones entre empleados y esa fue su manera de castigarlo. A veces su teléfono suena y él al reconocer al interlocutor cambia el tono de voz, entonces sabemos que está hablando con ella y que después de comer saldrá antes y dirá estoy el móvil, chicos, para cualquier emergencia, que significa en realidad, al primero que me llame me lo follo.

Clara, evidente, manda la libido/la fidelidad, brumosa palabra/con su antigua lista de gestos prohibidos/muerde siempre menos de lo que ladra.

martes, junio 17, 2008

Apadrina un chándal (salva una vida)


La Casa Verde es la única librería de Lima que puede tener ese libro sobre el Interiorismo de Vermeer, y Mariana lo sabe. Por eso ha esperado lo que a ellos les ha dado la gana, a pesar de que el Mongo, cibernáutico, le ha ofrecido comprarlo por Amazon con la tarjeta que le robó a Joao. Mariana se niega, no quiero nada de ese fumón imbécil, dice, y el Mongo le corrije, no es fumón, es coquero.
Mariana hojea el libro y descubre una vez más a "La Lechera", y desea estar en Amsterdam, contempla "El arte de la Pintura", y quiere volar a Viena, pero con quien más se identifica es con la "Chica leyendo una carta con la ventana abierta", esas cortinas, esas sombras, esa soledad, le recuerdan a su propia niñez en Cieneguilla, cuando papá decía en sus cartas que volvería de Londres, y ella, entonces, le creía.
Paga el libro, unas 80 lucas, y sale feliz con su bolsita de papel en los brazos imaginándose que camina por New York y no por la asquerosa Lima. Doblando una esquina se encuentra a Graciela, embarazadísima y chatísima, le hace hola con la mano y cambia de acera a la vez, luego te llamo y tomamos un tecito o algo, chola, le grita, pero piensa: las mujeres tan chatas no deberían tener hijos, se ve que sufren horrores llevando la panza, deberían ser como mi chihuahua que tuvo una cría y se jubiló.

Suena su motorola que el Gitano le regaló cuando la cortejaba y ella dice ¿alo?, con su vocecita de locutora nocturna. Es el Gato. Se verán en el Jirón de la Unión, a las 7 o 7 y media, y te invito un churro mientras lateamos hasta la plaza San Martín. Ella, asqueada, acepta y una vez más se pregunta por qué. ¿Por qué no salir mejor con el Mongo?, que sabe quién es Vermeer y entiende mis chistes copiados de libros de Wilde, ¿por qué no salir con el Gitano?, que se caga en plata, y me regaló este teléfono, rosadito y todo ¿por qué no salir con Joao?. No con Joao no, que es un fumón, ay no, no, un coquero.

Ella llega puntual a la cita. Lleva puestas unas Vans blancas, un jean Fiorucci y una camiseta que compró en un casino de Atlantic City ¿o fue en Chinatown? El gato aparece, y a primera vista no se le distingue de los pirañas y carteristas del centro de Lima. Tiene unas Dunlop, que ha usado en algún momento (¿quién sabe si unas horas antes?) para jugar al fútbol, un polo de Alianza Lima, chándal, una gorra Nike falsa y un colgante con la forma de una hoja de marihuana (porque me gusta Bob Marley, flaca).
¿Qué le ves a ese huachafo? Le ha preguntado Charo mil veces ya, y Mariana nunca ha sabido qué responder. Será una fase, se dice, mientras buscan un vendedor ambulante de churros que esté dispuesto a rebajar unos céntimos del precio final. Yo pago, no quiero caminar más, dice Mariana, y el Gato, ofendido, replica que ni cagando, que ella es su hembrita y él tiene que pagar, que para eso ha llenado techo todo el fin de semana. Mariana se rinde. Una vez logró convencerlo y llegaron hasta Larcomar después de una tarde de compras por las tiendas de Shell y Larco, él miraba a todos lados y sentía que todos los lados miraban hacia él; cuando quisieron entrar al Hard Rock el vigilante le dijo a Mariana bienvenida señorita, pase, su muchacho la puede esperar en el jardín. El Gato tiró las bolsas al suelo y se largó sin decir ni mú. Mariana recogió sus cosas, entró al bar y pidió un Sex on the Beach, que bebió con toda la pachorra del mundo mundial. Su muchacho no la volvió a llamar (desde una cabina) durante una semana.

Mientras llegaban las salchipapas, el Gato amenizaba el encuentro contando sus últimas hazañas futbolísticas; Mariana seguía preguntándose cuando había sido la última vez que alguien limpió la mesa en que estaban y sin dejar de sonreir distinguió a lo lejos a Diego que, gracias a dios, no la había visto. Te cambio de sitio, Gato, que aquí me da mucho el sol. Se levantan, pero con tan mala suerte que el frasco de ketchup resbala y cae sobre las Dunlop del piraña, que grita desesperado, putamare’ asi no es flaca, me han costado 15 lucas, éstas no son de las baratas, ahora me compras otras, cojuda, ahora me compras otras. Mariana teme lo peor, y eso se confirma cuando Diego, por culpa del alboroto, la ha visto roja como un tomate, casi tan roja como la zapatilla zarrapastrosa que se acaba de manchar. Se acerca a la mesa, pregunta si pasa algo y ella, qué tal Dieguito, no pasa nada, cholo, un accidente laboral nada más. El gato no entiende nada, y Mariana le dice perdón amigo, aquí te dejo 20 soles por las molestias creo que con eso se cubre lo de las zapatillas (y toda tu ropa, de paso: piensa). Diego le dice, mala suerte chochera, y le da una palmadita en la gorra Nika falsa, que despide una nube de polvo al recibir el impacto. ¿Qué haces por acá, Dieguito? Pregunta ella, y él le dice que buscaba un libro viejo, una primera edición de "Los Heraldos Negros", que no he conseguido donde un librero viejo de la avenida Abancay. Ella pregunta si ha venido en su carro y si la puede acercar al barrio, que encontrar un taxi limpio es muy difícil por acá, el dice que sí, que cómo no, y de paso vemos a la China que está enferma en casa.

- ¿Qué tiene? – pregunta ella, forzando el interés.
- Nada flaca – dice él señalando la calle por donde está el parking – sólo que se emborrachó con los chicos, y tiene una resaca del carajo.

El Gato los ve alejarse y mientras moja una servilleta con saliva para limpiar las zapatillas, se mete en el bolsillo el billete de 20 soles, según él, sin que nadie lo vea. Horroroso.

lunes, junio 16, 2008

Con el culo en pompa


Me llamó a eso de las siete, mientras disfrutaba un descanso, entre Estadística y Análisis Financiero, cuando lo normal era que mis neuronas estuviesen reventadas por tanto intentar comprender la distribución de Poisson. Dijo que estaba en Madrid desde hace unos días, y que le gustaría verme.

Habíamos dejado de hablar por unos meses, casi doce, después que desde un locutorio miserable le dijera que lo nuestro no podía ser, que eso del amor de lejos era de pendejos y que mejor se buscara otro que la llevara a pasear, o al cine, o le haga cosquillitas a escondidas de su viejo. Comprendió todo, o así me pareció. Preguntó, entonces, si yo tenía otra, sólo quiero saberlo. Le dije que no, pero en realidad yo moría por una dominicana de ojos verdes que nunca me hizo caso, aunque su sola presencia fue suficiente para hacerme saber que en el mundo había mucho territorio por explorar y que no compensaba quedarme pensando en mi pampa limeña. Ella sabía que yo mentía. Me dijo que a pesar de todo me iba a querer para siempre. Yo sabía que ella mentía.

Por eso me sorprendió su llamada, pero accedí, nos vemos en Sol, le dije, frente al Oso y el Madroño, donde queda todo el mundo. Esa mañana me la pasé preguntándome, ¿qué quería? si ya me había dicho que salía con un tipo de Barcelona, uno que había conocido mientras cuidaba a una vieja, y como si fuera la protagonista de una telenovela se había enamorado del señorito de la casa para vivir felices y comer perdices. ¿Para qué vernos, ahora?
Llegué puntual, y al no verla, me alejé un poco hasta detrás del puesto de periódicos que está frente al oso, desde donde la vi llegar diez minutos después. La decepción en su rostro era indescriptible, y por una mezcla de piedad y curiosidad me acerqué por detrás y le susurré hola en la oreja, como lo hacía cuando nos queríamos. Nos abrazamos y parecía que había pasado media hora desde que la vi por última vez, en el aeropuerto de Lima. Mis amigos decían que era muy fuerte que una chica cruzara el mar sólo por verme, pero yo no creía que fuera así, ella viene a estudiar, me defendía, y Andrea, la gaditana decía que yo era un gilipollas, como todos los tíos, queréis que las tías nos pongamos en bandeja de plata y con el culo en pompa.

Yo seguía sin creerlo, ella estaba aquí como muchos otros, buscando nuevos aires, no por mí. Vamos a la Mallorquina, propuse, y ella sólo puso como condición que allí sirvieran helado. Subimos y yo pedí una manzanilla, mientras ella, golosa, no dejaba de saborear lo que fuera que había en su copa. Los minutos pasaban tensos. Me preguntó que qué tal me había ido y yo le dije que bien, que tenía trabajo, que era una mierda, pero mucho mejor que estar en Lima, que aquí al menos tengo la oportunidad de viajar y Europa está al lado. Esto es Europa, me corrijió, no, esto es el norte de África, contradije, sólo por joder. Me dijo que sus tías no la habían ayudado a venir, como prometieron en un principio, tuve que buscármela, confesaba, y me contó la historia de una amiga, que tenía un padre, que trabajaba con el Rey, y que eran quienes finalmente la habían ayudado a escapar del Perú. Yo no podía dejar de mirarla, su cabello estaba más oscuro y aunque se había maquillado un huevo no dejaba de tener la mirada inocente y desorientada que estoy seguro que la acompañará por el resto de su vida. Seguía hablando y yo, en mi mundo, seguía analizándola al máximo: esos pendientes no pueden ser tuyos, no es tu estilo, esa camisa te queda perfecta, como siempre, te están sudando las manos y no sabes cómo secarlas sin que me dé cuenta, no importa, hazlo, ya nos conocemos de sobra. Le dije que había empezado a salir con una amiga de mi hermana, hace un par de semanas, nada serio, es francesa así que no creo que nos entendamos por mucho tiempo. Ella me dijo lo mismo del catalán, y me enseñó su teléfono móvil apagado, porque sino me estaría llamando cada cinco minutos. Touché.
Pasamos a las formalidades: me preguntó por mi familia y yo le dije bien gracias. Devolviendo el interés le pregunté por su familia y me dijo que su mamá estaba desbocada, como un perro que tras estar encerrado durante años sale al parque por primera vez, ha tenido cuatro novios ya, que yo sepa. Sonreí, y recordé ese rumor de barrio que hablaba de las escapadas de su vieja, y de la amistad con mi padre (y otros tantos) que según las vecinas no era del todo inocente. En ese instante aprendí para siempre que cuando alguien te pregunta "¿qué tal la familia?" responder un “bien, gracias” es más que suficiente.

Se hacía tarde y la acompañé hasta el metro. Bajando las escaleras me confesó que llegó tarde porque la duda se apoderó de ella en plena calle Preciados y se escondió en una zapatería. Hubiera sido una pena que te cagaras de miedo, no muerdo, a menos que me lo pidas, le dije y sonreí de lado, tras recordar que ese era uno de mis gestos que más le gustaban. Pasamos los controles y llegó el momento del adiós, yo voy por el otro lado, tú tienes que ir en dirección norte, tu amiga españolita colega del Rey te estará esperando. Me pidió un beso. La besé en la mejilla, pero me dijo con los ojos que no era suficiente y me ofreció sus labios que ni tonto ni perezozo, acepté sin rechistar. Fue un beso dulce, y suficientemente largo como para ser recordado varios años después. Su olor era igual al de nuestra última vez y cuando la vi perderse entre los túneles del metro supe que no la vería nunca más.

Manual del treintañero (o morir en el intento)


Acuéstate con una chica 10 años menor que tú. Sí, puede que sea pederastia, sí, papa lindo te castiga, sí, estás abusando de su “inocencia”, pero que te quiten lo bailao.
Cómprate un Ford Mustang.
Atropella al matón del barrio, ese que siempre te quitaba la pelota o te pegaba sin razón, sólo por haberte atravesado en su camino. No lo hagas con tu Ford Mustang, sino con un VW escarabajo que no sea tuyo.
Cámbiate el peinado, ya no está de moda imitar a Jordan Knight, ni siquiera si eres Jordan Knight.
Quítate los pendientes de las orejas, y guarda tus discos de Nirvana para escucharlos en la intimidad. La juventud reggaetonera no merece tamaña cultura.
Escribe un libro, y que nadie lo lea.
Salta en paracaídas.
Lee el Ulyses de Joyce. Y entiéndelo.
Juega al fútbol a 3000 metros de altura sobre el nivel del mar.
Lárgate de tu barrio de toda la vida, tus antiguos amigos harán que te quedes clavado en el pasado, leyendo Condorito y escuchando Radiomar Plus.
Dile a esa flaca, que te mueres por ella.
No te cases. Hacerlo simplemente porque “se acerca la madurez” es de idiotas y te arrepentirás luego, cuando veas que gente de treinta y tantos sigue viviendo feliz mientras tú tienes que buscar con quién dejar al niño.
No te hagas tatuajes, ni piercings, ni huevadas varias. Imagínate a tu abuelo, en pelotas, con un dragón entre los omoplatos, o una sirena en la ingle. Así te verás tú en 20 años cuando salgas de la playa y haga fresquito.
Baila sobre una mesa en una discoteca. No te verás como Ricky Martin, pero al menos sabrás lo que es ser un perfecto imbécil por un día. Y mejor que te pase antes de cumplir los 30, porque después te pasará con mucha frecuencia.
No leas el Quijote. Aprende a escribir (bien).
Escribe a los amigos que dejaste cuando te largaste de tu primer barrio. Si te contestan diez, bien, si te contestan dos, mejor.
Escribe tu nombre, meando.
Busca a tu primera profesora, esa de la que te enamoraste cuando tenías cinco años. Cuando la encuentres y compruebes lo mal que ha llevado los años, no te deprimas. Si por el contrario, sigue tan apetecible como entonces, invítala a salir, ¿quién sabe?, puede que aún tenga muchas cosas que enseñarte.
Roba seis rosas rojas.
Regala a alguien (que no sea tu madre) seis rosas rojas.
Deja de creer en dios.
Graba una canción. Esto tiene truco: no vale grabarse a sí mismo en casa, tiene que ser en un estudio real con músicos reales. Las grabaciones caseras sólo tienen valor si eres John Lennon o Bob Dylan, las tuyas sonarán como aullidos de foca, sin el debido procesamiento profesional.
Baila calato frente al espejo.
Ten sexo en un probador de ropa.
Ten sexo en un avión.
Ten sexo en un barco.
Ten sexo en un bus.
Ten sexo en un confesionario.
Ten sexo en un baño público.
Ten sexo en el trabajo. (Ésta y las anteriores deben realizarse con otra persona, el onanismo resérvalo para las noches de aburrimiento. La clásica paja Diazepán.
Conoce Machu Picchu.
Emborráchate al recibir el año nuevo en una playa, y cuando recuperes el conocimiento lo primero que veas debe ser el techo de tu dormitorio.
Bájate el cuello de los polos, a los dieciocho eras cool, ahora pareces un vendedor de coches usados. No, no insistas, no te queda bien.
No te compres una moto si antes nunca te han gustado, es patético. Recuerda: Ford Mustang forever and ever.
Vuelve a acostarte con la chiquilla 10 años menor que tú.
Asiste a un clásico U-Alianza (en tribunas populares, un clásico en cualquier país vale también). Esto puede parecer fácil, pero no mucha gente está dispuesta a sumergirse en la multitud y sus efluvios corporales. Se va, se va…
Sube a lo alto de la torre Eiffel, y desde arriba observa la ciudad más bella del mundo, el Campo de Marte, el Trocadero, el Sena. Cuánta mariconada.
Amanece desnudo al lado de una desconocida (que esté buena y desnuda también).
Asiste a un concierto de los Rolling Stones. A falta de The Beatles y Led Zepellin, son lo único que nos queda a lo que se pueda llamar “leyenda”.
Pide dinero en la calle, eso servirá para valorar lo que has conseguido hasta ahora. Pero no le cojas gustito.
Dale un beso a Thalía. Y una patada al Papa.
Participa en un trío.
Viaja a Tokio, y consigue comer chanfainita.

viernes, junio 13, 2008

Viernes 13:00


Mi amigo el supersticioso, buscó una vez en Internet el número de billete de lotería que yo, equívoco y confeso, le dije haber soñado la noche anterior. Estaba disponible en una delegación de Málaga, en un barrio pequeñito y con olor a pescaíto. Llamó y les mandó e-mails pero no obtuvo respuesta a su afán comprador. No contestan, me decía desesperado, frente a su humeante y negrísimo café, me imagino que no le has contado el sueño a nadie. Le mentí a medias, ya que aunque había dicho a un par de amigos que soñé con el número premiado, sólo a él le había dado el correcto; menos por egoísmo que por mi ya famosa mentepollo que me hacía olvidar las cosas a la velocidad del rayo.
Cuando el supersticioso buscaba un billete en autobús a Málaga, apareció en su bandeja de entrada la tan esperada respuesta, un enlace a una tienda virtual, y un “agradecemos enormemente su confiaza” para cerrar el correo. Sacó la tarjeta de crédito de su cartera y en menos de diez segundos había comprado cuatro décimos. Intenté disuadirlo, sólo es un sueño, no se cumplen, sino yo sería campeón del mundo (con Italia) y habría hecho un trio con Monica Bellucci y Giselle Bundchen; pero él ya había pagado, y feliz, como si se hubiera quitado el apéndice, me dijo que no importaba si no ganaba nada, lo peor hubiera sido quedarse con la duda eterna.

Cuando era niño, ayudaba a mamá en la cocina, en un principio obligado por su frustración de no tener una hija mayor, y después le cogí el gustito y hasta la superé en casi todos los platos (confieso que el cebiche se me resiste, forever). Una tarde, mientras preparábamos algo que llevaba pato, tiré accidentalmente la sal sobre la mesa. Ella, casi histérica y asustadísima gritó nos vas a traer la mala suerte, no lo toques, no lo toques, y acto seguido tiró un chorro de agua encima, formando una cruz mientras yo miraba estupefacto el ritual y preguntándome si la sal estaría poseída por Bazuzu, el mismo demonio que se le metió a Reagan, en la primera película del Exorcista. Recogió la sal con un trapo que luego quemó y me expulsó de la cocina. No opuse resistencia temiendo que me bendijera a mí también, y al pasar al salón, tiré un espejo al suelo y lo hice trizas.
No, no, no, explotó, hay que enterrarlos lejos de la casa. Recogió los trocitos y los metió en una bolsa negra, para que la mala suerte no nos encuentre, corrió hasta el parque y a la sombra de un fresno, le dio al espejo cristiana sepultura.

Katty fue la primera en sacarse el carnet de conducir, y llevaba el VW viejo de su abuelo, y de vez en cuando nos daba un paseo a los escogidos, que éramos aquellos que también babeabamos por ella, pero que además teníamos el privilegio de poder sentarnos en su sofá a tomar Inka Cola con galletitas. Iba yo en el asiento de copiloto cuando al doblar una esquina nos encontramos un gato negro que, inmóvil, nos observaba como si fuéramos el Guernica, con la cabeza de lado y todo. Putamare, nos va a salar, dijo ella, bájate y mátalo, tíralo al rio, me ordenó. Me vinieron a la mente versos de Edgar Allan Poe: “Una mañana, obrando a sangre fría, le pasé un lazo por el pescuezo y lo ahorqué en la rama de un árbol; lo ahorqué mientras las lágrimas manaban de mis ojos y el más amargo remordimiento me apretaba el corazón”. Intenté calmarla, no somos Sicilianos, le dije, además en Inglaterra, el gato negro es símbolo de buena suerte. Ella seguía tocando el claxon y el puto gato se quedaba inmóvil, esto no es Londres, sollozó, y ese gato de mierda tiene más sarna que mi abuelo, no nos da suerte ni cagando.

Hoy es viernes 13, no he soñado con billetes premiados ni he tirado la sal (eso fue anoche, y el guiso quedó incomible). Me quedé atascado en la M-30 durante 45 minutos para un recorrido que debía durar 5 y, no sé por qué, un molestísimo escorbuto ha surgido en un lateral de mi lengua, lo que me obliga a estar más callado de lo normal. Sin embargo, Rafa ha encontrado una tele de oferta, y al salir iré a verla, toda la próxima semana mi jefe estará de vacaciones y mi compañero saldrá de viaje, por lo menos hasta el jueves. He conseguido un vuelo casi gratis a New York y es muy probable que en un par de semanas esté cenando en Broadway. Si veo un gato negro, le sonreiré como siempre, y me imaginaré que está dibujado por Toulouse-Lautrec. El sol ha salido y “I need to laugh and when the sun is out/I've got something I can laugh about”. Es viernes, no sé como alguien puede creer que eso es mala suerte.

jueves, junio 12, 2008

Mamita, ábreme la puerta


Una tarde, después del trabajo y cuando todavía no se ocultaba el sol, descubrí que alguien había roto la llave del portal del edificio en el que vivo. Mi llave entraba, pero no giraba, y tuve que llamar al timbre para que Sol me abriera la puerta, caltelo comelcial, dije, imitando el acento de los chinos que nos dejan siempre sus sospechosamente baratos menús en el buzón, junto a los recibos de luz y las cosas que compro en ebay. Cuando entré en casa me dijo que todo el día había estado abriendo la puerta a extraños, primero fue una mujer muy educada que dijo por favor, hija ábreme que mi llave no funciona soy la del 2º C, la del perrito negro, ya sabes, y claro le abrí sin más pero me quedé viendo por la mirilla de la puerta. Yo me estaba sirviendo un vermut rojo con una rodajita de limón y dos hielos, después de comprobar que se había terminado el Rioja, eres una paranoica, le dije, seguro que hasta echaste llave a nuestra puerta.

Caminé hasta el sofá y abrí un libro de cine, que había comprado en Lyon, ella siguió con su historia.

- Y después llamó un hombre, ése es el que más me acojonó, - yo intento ver alguna foto del libro - porque tenía voz de vendedor, no le abrí pero la vieja de al lado sí, tenías que haberla oído “¿oiga?¿quién es?¿eres tú, Jose ? te abro hijo, te abro” y al minuto el tipo estaba llamando a su puerta
- ¿Cómo sabes? ¿seguías viendo por la mirilla? Qué cotilla.
- No soy cotilla, tenía miedo. Total, que era un vendedor, y cuando la vieja vió que no era el tal José le cerró la puerta en la cara.
- Pobre, hay que tener un poco de respeto, igual termino yo de vendedor también.

Esa noche recibimos a unos amigos para cenar y algún buen samaritano había dejado la puerta abierta de forma que no era necesario usar las llaves. Cuando nuestra cena terminó y despedíamos a los invitados vimos que la puerta estaba cerrada otra vez, y alguien había escrito “sierren la puerta, coño, que se nos cuelan la gentusa”. Dormí como un niño, no leí más mi libro de cine y soñé con un amor imposible. La mañana siguiente, cuando salí a comprar el pan, la puerta estaba abierta otra vez, ahora de par en par, y había otra nota a modo de respuesta “la puerta está rota, no todos podemos entrar por el garaje. P.d.: cerrar se escribe con c no con s”.

- Qué divertidos son estos vecinos, - susurré – mucho mejores que la idiota que hacía mear a su perro en el ascensor.

Volví con el pan y le conté a Sol (cuando despertó, dos horas más tarde) el episodio de las notitas de amor del portal. Estoy tentado a poner una yo, confesé, preguntaría si alguien sabe a qué satélite está orientada la antena comunitaria.
Esa tarde salimos a visitar la Feria del Libro y al volver, mojados por una inoportuna lluvia de mayo, vimos que las notas habían desaparecido y la puerta estaba cerrada. Metí mi llave, y después de un breve esfuerzo la puerta se abrió. Voy a extrañar a los epistolares, le dije guiñando un ojo. Mientras cenábamos y ella me contaba cosas, yo me imaginaba saliendo en la oscuridad de la noche, para romper, con alevosía y ventaja, la cerradura del portal.

miércoles, junio 11, 2008

Prison Break


El Mongo busca entre los mil papeles que tiene en su cuarto algo que lo ayude. Se llamaba Laura, estoy seguro, dice, y sigue escarbando entre el montón de fotocopias, revistas y libros que algún día tirará a la basura. El Gitano ha usado su llamada de preso para hablar con él, la cagada Mongo, le ha dicho, estaba en Bass y ese imbécil no dejaba de mirarme el culo, le he tenido que partir la cabeza con una yarda. Las yardas, hasta ese día, eran copas enormes que sólo se usaban para llenarlas de algún coctel y jugar con los amigos a quién era el más machote que podía beberlas de un tirón. El Mongo nunca pudo, lo intentó varias veces, pero la piña colada le salió, varias veces, por la nariz y algunos dicen que hasta por las orejas.

Por aquí, yo lo anoté el día que tenía examen de Estadística. El cuarto está recién pintado, de azul, que es su color favorito. Ha colgado un poster de Kurt Cobain, a modo de atrapasueños, y otro de los Tres Chiflados porque se imagina que junto a sus dos hermanos, podría haber protagonizado una versión moderna de la serie, yo sería Moe, sueña. La cama está rota, es lo que la niña ha dejado como eterno souvenir, tras sus tardes de brincos y saltos conjuntos que pronto pasarán al olvido. Debajo hay tres cajas que el Mongo está dejando para el final, no creo que esté allí, piensa, porque las usa para guardar sus álbumes de fotos, de Sport Billy, y de los mundiales de fútbol.

Lorena, era Lorena, aquí está: 4436158. Baja las escaleras como un loco, pobre gitano se lo estará cachando algún negro en la cárcel, piensa, y no puede evitar reírse. Marca el número en su teléfono rojo y después de diez segundos la escucha y le viene a la mente su cara pecosa, con un pisco sour delante.

- El gitano está preso, me ha dicho que te llame y que…

Ella dice que no le importa, que lo fusilen de mi parte, flaco, tu amigo es un jijuna que en el mes y medio que salimos me puso los cuernos dos veces, que yo sepa, claro, y encima ni lo negó, tu eres la catedral, mamita, me dijo, las otras son capillitas nomás. El Mongo reconoce las palabras de su amigo, y sabe que la abogada no lo ayudará pero termina de dar el mensaje, es la comisaría de San Borja, estaba en el Bass y le rompió la cabeza a un tío que se burló de su pantalón. La abogada ahoga una risita, uy, dice, eso es peor que si insultaran a su vieja, con su ropa no se mete nadie, que huevón, tiene veinte años y se sigue peleando por pavadas. El Mongo le da la razón, le dice que por favor lo ayude, que no conoce a nadie más y que el Gitano ya usó su llamada de preso, como en las películas, flaca. Tu voz me suena, dice ella, ¿no eras tú el que afanaba a mi amiga Marta?. Traga saliva.

El Mongo y el Gitano se encuentran en un bar de Shell, piden dos cocacolas y unos piononos. Gracias por ayudarme, Monguito, te debo una, dice el Gitano, mientras se limpia el forro de piel de su chaqueta alemana. El Mongo dice que de nada, pero menos mal que la abogada se apiadó de ti, y eso que le sacaste la vuelta, brother.

- ¿Qué abogada?
- Lorena, - sorbo de cocacola – la hembrita a la que llamé.

Esa no es abogada, huevas, se burla el Gitano, y dice que el abogado es su viejo, pero que sabía que Lorenita no lo iba a dejar preso ahí con todos los cholos y zambos de la ciudad.

- El señor Loreno llegó a la comisaría y me sacó diciendo que era su sobrino, tenías que ver la cara de los tombos, huevón, parecía que estaban viendo al Papa.
- Totus tuus – dice el Mongo, y hace una seña pidiendo dos piononos más – su santidad - brinda con cocacola.

Lorena llega a la cafetería y busca a alguien con la mirada. El Mongo es el primero en verla y pregunta ¿qué hace aquí?, y el Gitano, limpiando la punta de sus zapatos de ante dice, le he dicho que venga, me la voy a tirar en casa de mi abuela, no creías que iba a sacarme de cana gratis, ¿no?

martes, junio 10, 2008

Amigo, ¿por qué tomas tanto? (Reloaded)


Llego al bar de siempre, al salir del metro Bilbao, y me encuentro con un amigo músico que tuvo un cuarto de hora de fama en Lima, haciendo covers de Radio Futura. Yo pido una cerveza y él un cubata a pesar de que aún son las siete de la tarde y el sol brilla en Madrid. ¿Qué tal, brother?, le pregunto, y él dice que bien, que de vez en cuando toca por ahí, en algún bar peruano o donde le paguen. Sigue vistiendo como estrella de rock, usa sombrero y sus ojos vivarachos están asombrosamente rojos, y creo que no es por culpa del humo del local.
Le cuento que me he sumergido un poco en la música de los 70, y que llevo en el Ipod el Aqualung de Jethro Tull. Se ríe y me dice que en Lima lo llamaban alienado y acomplejado por escuchar siempre música en inglés, pero no les decía que escuchaba a Miguel Ríos o a Soda Stereo, brother, que se vayan a la mierda y piensen lo que quieran todos esos huevones. Le cuento que mis amigos de Danza Rota (que ahora se llama Violáceo) me decían que yo siempre me la pasaba comparando las cosas, porque para mí Soda Stereo era una mala copia, sobretodo en los discos anteriores a Canción Animal, de U2; sí, puede ser, pero después Cerati se desahuevó e hizo discos alucinantes.
Seguí hablando mientras él fumaba sin parar, ya iba por el tercer Marlboro cuando le confesé sin ningún pudor que para mí los Enanitos Verdes eran tan repetitivos como Manolo García, y encima su disco se llamaba Igual que Ayer, me interrumpió, para luego soltar una carcajada llena de sarcasmo. Le dije que el hecho de que él ganara su platita poniéndole música a un poema llamado "No es amor”, le daba derecho a ser tan cachoso, y me uní a la carcajada. Pedí otra cerveza, y él ya iba por la mitad de su segundo cubata.

El camarero trajo mi vaso chorreando espuma, y le dijo a mi amigo que la chica de la barra le pedía que, por favor, le firmara el posavasos, ¿por qué no viene ella?, preguntó, y el camarero se encogió de hombros dejando el posavasos sobre la mesa y largándose sin esperar a cumplir con el encargo de la tímida fan enamorada. Café Tacvba, en cambio, dije, están entre mis favoritos, se reinventan en cada disco y no son como los de La Ley, que no pudieron superar su disco “Invisible” que era espectacular. Mi amigo, alarga una calada al cigarro y me suelta ¿sabes que ese disco lo hicieron hasta arriba de coca, llorando la muerte de un miembro del grupo? Me quedo de piedra y pienso en George Harrison, no sé por qué.

La chica llega a recoger su posavasos, él garabatea algo que parece decir “graias x tu apoyo” y garabatea también un dibujo que a mis ojos es obsceno. Ella se va feliz, y mete el posavasos en su bolso, falso, de Tous. Seguimos hablando y él me suelta que, en Lima, las radios siguen poniendo música de los Auténticos decadentes y Virus, que los Prisioneros siguen vendiendo discos aunque su música y sus letras han caducado ya, ahora que Pincohet está muerto. Le cuento que mis tíos son muy pegados a esa época, lo que es normal porque representa a los años ochenta, cuando eran adolescentes, y que gracias a ellos conocí a Frágil, Miguel Mateos, o G.I.T. pero no me explico porqué gente de quince años prefiere escuchar rock en castellano sólo por el hecho de que así se sienten más “latinos”. Eso es una hachafería, me dice golpeando la mesa, ya borracho, es un argumento de acomplejados como Raúl Romero que se la pasa diciendo conoce el Perú primero y el se va de vacaciones a Orlando y Barcelona todos los años, allá los cojudos que le hacen caso. Con la misma caligrafía que usó para el autógrafo, me anota en una servilleta el nombre de unos discos que tengo que escuchar, distingo a duras penas el nombre de Libido y algo que parece ser Charly García, me hace adiós con la mano y se va, como siempre, sin pagar.

Apuro mi cerveza y salgo en dirección al metro que está justo en la puerta del bar. Enciendo el Ipod y escucho el primer disco de Libido, cómo se parece al Pablo Honey de Radiohead, pienso, mientras me digo a mí mismo que debo dejar de etiquetar todo, como si fueran latas de atún.

viernes, junio 06, 2008

Estoy fatal de lo mío


-Cuando voy en el metro y veo a extranjeros con sus mochilas, o cansados de volver del trabajo, sin ilusión en los ojos o pensando, me imagino, en qué estará haciendo ese ser querido que está lejos, no puedo evitar identificarme con ellos. Eso, dicen los entendidos es algo completamente normal, pero no dejo de pensar que lo mío es algo que al menos debería ser tratado por algún tipo de mente superior o en el peor de los casos un psicólogo de la UNED.

>>Mis síntomas no son tan graves, no llego al extremo de fruncir el sueño o masticar un “putos fachas” cuando alguien hace un chiste sobre inmigrantes o suelta algún comentario despectivo. Cuando eso sucede, se pone de manifiesto una vez más ese amariconamiento europeísta que me ha convertido en un ser civilizado in extremis y ha enterrado además en algún lugar sin marcar una “x” en el suelo al activista confeso que había en mí, en los tiempos en que Kurt Cobain vivía. Lo mío, es extraño, porque cuando veo a un inmigrante limpiar una ventana o trabajar en la construcción bajo la lluvia intensa, pienso que pronto llegará el día de mi suerte (seguro que mi suerte cambiará) y entonces al apagarse mi buena estrella dejaría de vestir traje todos los días. ¿Quién sabe si esta gente merece, o no, un trabajo mejor?
>>Mientras estoy envuelto en esos complejos tercermundistas, me dejo comer por la culpa y llego a lamentar la buena estrella que me acompaña allá donde voy. Aunque, todo hay que decirlo, mi trabajo me ha costado lograr que cada empleo que tengo sea, siempre, mejor que el anterior. Lejos quedan los días en que, en Lima, un jefe me dijo eso de si no tienes un título no eres nada y si quiero me lavas el carro, papito; ahora que tengo un par de diplomas en el trastero de casa sólo he conseguido, como logro supremo, que mi novia lave el Kia una vez en tres años. Al día siguente llovió en Madrid y su esfuerzo se fue a la mierda.

>>Pero aparte del candor y respeto que me inspira el esfuerzo de los extranjeros por conseguir sus metas, existe un grupúsculo al que, estoy seguro, nunca llegaré a pertenecer y que despierta mis más bajos instintos de exterminio y purificación de la raza latina. Son aquellos que cuando se acerca el fin de semana puedes ver borrachos, sucios y desorientados en los barrios más populares o cerca de alguna estación de tren. Cuando la casualidad hace que comparta espacio con ellos, la vergüenza ajena me invade y deseo que reaccionen en algún momento y el síndrome del nuevo rico (pasar de ganar 100 euros a 1500 es para ellos lograr la riqueza) los abandone lo antes posible. Viví de cerca esta situación cuando un primo mío, que en Lima no trabajaba, llegó a Madrid y consiguió con mucha suerte un trabajo bien pagado. A los dos meses se había comprado a crédito un Seat negro nuevecito y volaba por las carreteras de la ciudad. Cuando empezaron a llover las multas, los choques y las deudas, y no pudo hacer frente al seguro del coche dejamos de verlo con la frecuencia a la que nos tenía acostumbrados (en mi caso no era mucha, le puse la cruz a la mínima). Cuentan que el Seat está abandonado en alguna calle, abollado y con el seguro caducado y muchas multas sin pagar.
>>Espero algún día poder disfrutar de lo poco que he conseguido sin sentir lástima por aquellos a los que les va un poco peor, tomar un vermut en una terraza del Retiro sin pensar, ¿Dios, no puedes vestirte un poquito mejor, brother? cuando veo a un inmigrante caminar con jeans, camiseta de fútbol (normalmente de la selección de su país), zapatillas blancas y gorra roja.

- ¿Con quién hablas? ¿De quién es esa foto?
- De nadie. Oye, Sol ¿no crees que debería ver un psicólogo? Estoy fatal de lo mío, estoy mu mal.

martes, junio 03, 2008

¿Quién detiene palomas al vuelo ?


Hay una bici estática libre, tengo una tabla de ejercicios nueva y he pagado sólo medio mes, porque a finales de Junio me voy de vacaciones no sé donde y no pienso regalar mi dinero a esos calvitos musculosos que son los dueños del gimnasio. A mi lado esta una de la rubias del spinning que calienta pensando en sus cosas. Miro mi tabla y veo que hoy toca dorsales y biceps, ademas de los tipicos abdominales. Rubén está ya entrenando, me acerco y me pregunta que por qué no esperé a Antonio para que nos acercara al tren.

- Sale muy tarde – contesto, secandome el sudor – y además cuando la gente te hace favores se supone que no debe hacerte saber que los hace.
Rubén no entiende lo último que digo, me señala de reojo a la rubia del spinning y me susurra que se llama Viviana y que tiene 25 años. Bien por ella, digo, y sin venir a cuento le digo que Beatriz me acercó hasta la avenida de América.

- ¿Falete? – contesta, y reímos juntos por el apodo que le cae como anillo al dedo – esa gorda me tiene hasta la polla, siempre te restriega las tetas por la cara.
- Qué asco – digo – las gordas con ubres deberían estar prohibidas.
- Ahí, ahí. O sea, una tía sin tetas es un tío, tronco, pero esta lo de esta piba ya es exageración. Encima el otro día me dijo que le habían dicho que se parecía a Angelina Jolie.
- Ein? Eso es blasfemia, se le va caer el colágeno que se ha metido a los morros. ¿qué le dijiste? Te habrás partido el pecho.
- Casi le suelto un guantazo, chaval.
No quería ser menos en el anecdotario y decidí contarle lo que me había pasado antes de llegar al gimnasio, no sin antes soltar el clásico “eh, no se lo digas a nadie, que va a saber que he sido yo quién lo contó”

- Vale, vale cuenta.
- Bajaba yo por la escalera, feliz ya de salir de una puta vez y pensando en que tenía que pasar por el cajero cuando apareció Obélix.
- Obélix, qué bueno, chaval
- Sí, si, así la llamo en la intimidad, y me preguntó que si pensaba salir esta noche.
- Es una perra
- Le dije que no, y ofreció acercarme a algún lado porque la venían a recoger. Como de todas formas en el metro voy casi siempre al lado de seres desagradables, acepté, así al menos ganaba unos minutos. Llegamos a su coche y dentro me pareció ver a una mujer con el cabello muy corto, me senté en el asiento trasero mientras Beatriz, a modo de explicación decía “vamos a acercar a un compi a la avenida de América”.
- ¿Y estaba buena la amiga?
- Espera que viene lo mejor. Cuando me pongo el cinturón y la pelocorto habla, ¡hablaba como un tío!. Entonces le presté más atención y vi que vestía como tío, se movía como tío y ya cuando le gritó a otro coche algo como “me cago en tus muertos, vieja hija de puta”, asumí que su estrógeno la había abandonado hace mucho tiempo. O sea, era un marimacho.
- No jodas, y encima la Falete parece un travelo.
- Sactamente. Entonces comenzó la paranoia, me dije aquí voy yo en un Citroen con una mujer que parece travesti, y un tio que tiene pinta de lesbiana, o viceversa.
- ¡Hala chaval!, que no te extrañe. Si ésta tiene pinta de guarra. Igual hasta son pareja y todo.
- Yo que sé, pero me hizo gracia el creer que en ese coche estaban representados, de alguna forma los tres sexos.

Reímos y volví al banco Scott a trabajar los biceps, Rubén volvió a la prensa de piernas y un par de minutos después cuando ya yo estaba concentrado en qué iba a prepararme para cenar, él se acercó y dijo vaya mierda de pibas que nos han metido, con lo buena que estaba la Vero ¿eh?, dándome una palmadita cómplice en la espalda. Asentí, derrotado, y dije encima la nueva, ¿Teresa se llama? Es más rara que yo, mejor sigamos viendo el culito de la rubia del spinning.

- Ahí, ahí – aprobó Rubén - tu sí que sabes, mamón.

lunes, junio 02, 2008

Carne de Mangomarca


Carnola medía 1.55, pesaba 55 kilos (a ojo) y tenía los brazos gorditos, como de recién nacido. Nunca supe bien dónde vivía, ni tampoco hice muchos esfuerzos para averiguarlo. Arturo y yo se lo preguntamos una vez, y ella nos dijo que por Mangomarca, chicos, por Mangomarca vivo; pero en esos días no existía el Google Maps y ese nombre me sonaba a Madagascar, o sea, igual de lejano e inexplorado. Así que asumimos que nunca iríamos a su casa a tomar lonchecito. Sus amigas del alma, la Gordis y Chiquilidia, la seguían a todos lados, como en el cole, y si eras amigo de Carnola ellas también tenían que entrar en tus planes. Yo las conocí cuando se me perdió un diskette (mejor dicho, se me olvidó como tantas otras cosas) y ellas amablemente lo recuperaron para mí de las garras de uno de sus amigos, cuyo nombre ahora he olvidado (igualito que el diskette).

Nos gustaba la gente honrada y por eso Arturo y yo las hicimos nuestras amigas, las saludábamos al pasar aunque fueran nuevas en la universidad y nosotros ya lleváramos casi dos años en ella. ¿Te has fijado que la casaca de la Gordis se parece a la de Chayanne? Pregunté, travieso, un día y Arturo preguntó ¿en qué video? A lo que contesté Fiesta en América y reímos no sé si por la cojudez que acabábamos de soltar o por imaginarnos a la Gordis cantando hoy corren buenos tiempos ya lo sabes, buen amigo.

Carnola se aburría en la universidad, y aunque era muy tímida siempre hablaba en clase me imagino que intentando convertirse en una gran lideresa. Quizá por eso empezó a salir con un dirigente estudiantil bastante mayor que ella, un Power Ranger de gafas intelectuales que la llevaba siempre de la mano, como si fuera su hermanita menor y estuvieran a punto de cruzar la calle. Un día, Arturo y yo estábamos sentados en el balcón de la facultad de Química esperando a las mellizas y rivales (dos peliteñidas que estaban de moda por esos días) y vimos a la parejita llegar de la mano y oliendo las flores a su paso. No les dimos mayor importancia y seguimos esperando a nuestras presas, pero cuando Carnola nos vió su timidez le jugó una mala pasada y el nerviosismo, o la vergüenza, o el simple hecho de querer pasar rápidamente y quedar fuera de nuestro rango visual, o todo junto, provocó que nuestra amiga dejara de ver el camino, y tropezara con un arbusto XXS que la engulló unos segundos para escupirla dentro del jardín después, cayendo pesadamente sobre las margaritas recién florecidas y dejando a su amado con una mezcla de estupor y roche dibujada en su cara de Power Ranger. Obviamente me cagué de risa y tuve que ir corriendo hasta el meadero más cercano porque en esa época ya cobraban por usar los baños y yo no tenía ni diez céntimos para pagar la meada.

Meses después, y cuando ya Carnola había dejado al Power tirando cintura, Arturo atravesaba un bache sentimental y empezó a verla guapa. ¿No te gusta aunque sea su pelo? Me preguntaba, y yo respondía a todo que no, pero si gustas sírvete nomás, con confianza, lo animaba. No sé bien si alguna vez se mandó, pero una tarde así como comenzó (di colpo, ¡flash!) se le fue el enamoramiento y dejó el camino libre a Barbieri, Miguel, y a todo los machos around the block que intentaron sin éxito llegar al corazón de nuestra amiga, provocando tal presión en ella que no le quedó más remedio que escapar a otra universidad famosa por su ausencia de estrógeno y porque sus alumnos se excitaban sexualmente resolviendo matrices y rebatiendo teoremas.

La última vez que la vi fue en una provincia perdida de la sierra peruana, ella bailaba con un gordito que parecía ser su nuevo novio y yo intentaba sin éxito cazar algo entre el ganado local. Nos saludamos y después de muchos ¿qué es de tu vida? y qué alegría me ha dado verte prometimos llamarnos al volver a Lima, cosa que como era de esperar no hizo ninguno de los dos. Tiempo después escapé del país buscando aires mejores y creo recordar que ella no estaba en el aeropuerto para despedirme, no supe nada de su vida hasta hace unos meses cuando la descubrí en el hi5 y, sorprendido, vi en las fotos de su luna de miel, que generosamente compartía con el ciberespacio, que había estado en Roma el mismo día y casi a la misma hora que yo, paseando por la Via dei Fori Imperiali. Se lo conté a Arturo en una de esas charlas de gtalk casuales en las que me anima a escribir un libro y yo le cuento sobre el último libro o la última película que he visto. Nos sorprendió que nuestra amiga tuviera plata como para viajar a Europa de luna de miel, y nos alegró que le fuera bien en la vida, ¿sigue igual? Me preguntó mi amigo y yo, sin mentir un ápice contesté, sí, sigue igual de carnosa que siempre.

miércoles, mayo 28, 2008

Amigo ¿por qué tomas tanto?


Arturo me pregunta si alguien ha influenciado mis gustos musicales (inclinados de forma abrupta hacia el rock de los 60 y 70) o yo ya era así. Más o menos es la misma pregunta que me hizo Sol hace unos meses, cuando, harta de que escucharme cantar “I am the Walrus”, soltó eso de ¿desde cuando eres tan fan de los Beatles? Entonces, me hundo en una espiral de colores, en plan “That 70’s Show” y recuerdo el principio de los tiempos.

Todo comenzó cuando Luis Miguel sacó ese esperpento de disco navideño, y busqué entre los cientos de discos descargados de Internet hasta encontrar el “Let it be…Naked” que escuchaba cuando hacía páginas web porque su melodía fácil me permitía un trabajo relajado. Aburrido, y frente al PC, busqué la historia del disco y descubrí que había una película que hicieron los Beatles, a modo de documental intentando que quede registrado todo el proceso de creación de un disco. Me pareció muy interesante y busqué más datos sobre esa época. Entonces, entre los resultados de la búsqueda de San Google encontré también un recopilatorio del mejor rock de los 60/70, y lo descargué sin complejos.
Así descubrí a “The Animals” y “House of the Rising Sun”, el “Like a Rolling Stone” de Dylan, comprobé que esa canción que me devolvía la moral en días grises era “Wouldn’t it be nice” de Beach Boys, y que la melodía pegajosa de Shrek pretenecía a “The Monkees” y su “I’m a Believer”, y no a Smash Mouth que la cantaba en el soundtrack de la película.

Como siempre, me entusiasmé con mi gran descubrimiento, que en realidad ya había estado allí y seguí buscando información. Conseguí todos los discos de “The Beatles” y entendí que la mayoría del rock y pop actual venía influenciada por su música. Paul McCartney dejó de ser el viejecito simpático padre de Stella y John Lennon obtuvo un reconocimiento mayor al de ir tatuado en el hombro de la Kika. Leía historias que ellos mismos contaban y en ellas mencionaban a Roy Orbison, a los primeros Stones de “Exile on Main Street” y a The Who y fui entrando más en esa época cuando todo el mundo experimentaba con drogas y música.

Sigo prefiriendo a Santana por encima de Jimmy Hendrix, aunque esto suene a blasfemia, pero en ese aspecto me dejo llevar más por valores sentimentales que por el icono en sí mismo. Y durante todo ese tiempo no dejé de escuchar música actual, para no ser uno más de esos que piensan, equivocadamente, que sólo el rock de los 60 era bueno. Existen bandas como Coldplay, Radiohead y su último “In Rainbows”, el “Neon Bible” de Arcade Fire o incluso el “Dig Lazarus, Dig” de Nick Cave, no dejé escapar los discos de The Good, the Bad and the Queen, ni tampoco olvidé mis discos de los 80 como el “Brother in Arms” de Dire Straits o el insuperable (incluso para los mismos Guns N’ Roses) “Appetite for destruction”.

Hoy mi mp3 está compuesto de:
- Mothership (rematerized edition) - Led Zeppelin
- Love Songs – Billie Holiday
- Cómplices – Luis Miguel
- Axis Bold as Love – Jimmy Hendrix
- In Rainbows – Radiohead
- Dicen que el Alma – Francisco Céspedes
- Plastic D’amour – Nicolas
- Aujourd’hui, maintenant - Experience

Así que como se ve, intento mezclar lo ya descubierto con lo que está por descubrirse. Y aunque no sé si este post ha respondido a las preguntas iniciales, al menos me ha servido de catarsis como casi todos los que he escrito hasta ahora. I tried so hard / And got so far / But in the end / It doesn’t even matter

lunes, mayo 26, 2008

Meet the Parents


Papá volvió de Galicia lleno de ilusión e historias que contar. Mientras lo escuchaba, recordé con ternura mi primer viaje a Salamanca y las mil cosas y aventuras que contaba a quien quisiera oir. Me decía que la comida es buena y barata pero sobretodo abundante, y eso a un peruano como mi padre, fanático del buen comer, le abre las puertas del cielo. Tal fue su ímpetu con la comida gallega que la segunda noche tuvo retortijones e insomnio provocados por el aluvión de carnes, pescados y mariscos que se metió entre pecho y espalda. No podía dormir, contaba, y encima el huevón que dormía conmigo no dejaba de roncar. Me trajo un vino blanco, y le agradecí el gesto, intentando recordar cuando fue la última vez que me trajo algo de sus viajes, y antes de que pudiera leer el año del vino me regaló también una lámina publicitaria de una exposición de piezas de oro, pa’ ti que te gustan los museos, pero se ha jodido un poco con la lluvia. Prometí intentar restaurarla, y no rechacé el regalo imaginando que venía como compensación por romper mi cuadro de Star Wars, que ya restaurado preside una pared de mi nueva casa.

Mamá había preparado una sopa consistente, de esas que parecen llevar todas las verduras del mercado, y nos sentamos a comer después de ver la correcta salida de Fernando Alonso en Mónaco, Kubica le cerró el paso y dejó escapar a los Ferrari y McLaren en un típico caso de no come ni deja comer, que se da mucho en la Fórmula 1. Les conté que las cosas van mejorando poco a poco entre Sol y yo, y que mi trabajo sigue igual de mierda que siempre, tengo menos futuro que el Chikilicuatre, confesé sin ningún pudor y amparado por esa confianza que te da el seno paterno. Sorbí un poco de Heineken mientras papá decía que lo importante era trabajar y mamá miraba a algún punto infinito, pensando quizá si mis hermanos estarían comiendo algo, allá donde estén. Por cierto ¿dónde están los mongolos de tus hijos? pregunté para cambiar el tema.

Mamá dijo que los dos estaban trabajando, ella de azafata para una feria de turismo, o algo así, y él grabando algo para la BBC (bodas, bautizos y comuniones). Llegó el momento del segundo plato, y después de que mamá rechazara mi ayuda (sólo consigo que se quede sentada durante toda la comida cuando estamos en mi casa) vimos a Alonso embestir a Heidfeld y joderse la carrera. Pusimos las noticias en Antena 3. Ha muerto el líder de las FARC. ¿Who cares?

Papá tiene que volver a viajar, esta vez a alguna parte de La Rioja, le ofrezco acercarlo a la estación de tren y él acepta gustoso. Me despido de mamá y le prometo venir a verla más seguido y llamarla cuando llegue a casa, me da pena dejarla solita y triste pero ella me dice que no me preocupe, que mi hermano ha llamado avisando que está por llegar. Sospecho que me engaña para que vuelva tranquilo a mi casa a 30 kilómetros de la suya. Dejo a papá en el tren y ya en la carretera, violando todas las leyes llamó a mamá, ya dejé el bulto, le digo, y la hago reir, ella me dice que está chateando con sus amigas de Lima, ya te llamo luego a tu casa, promete. Llamo a Sol, pero una voz me dice el teléfono al que llamo está apagado o fuera de cobertura, debe estar en el Metro, pienso. Llego a casa y dejo el coche en el parking, subo y encuentro a Sol, que ha vuelto de comer con sus amigas en un restaurante mexicano de la calle Mayor. Papá te ha traído un vino, le miento, qué majo, dice ella y lo mete a la nevera. Pongo un disco de Coldplay y nos tiramos al sofá, a disfrutar de lo que queda del fin de semana. Tengo que buscar una farmacia de guardia, digo, voy contigo, dice, pero ninguno de los dos se mueve del lugar.

miércoles, mayo 21, 2008

No sé tú, pero yo no dejo de pensar


Papá nunca quiso que nos dedicásemos al fútbol. Él lo intentó, pero todo lo que lo rodea (fiestas, mujeres, alcohol) terminó distrayéndolo, junto a casi todo su equipo del objetivo final: hacerse notar y llegar a la selección nacional. Decían que el mejor era mi tío Javier, un 8 de los de antes capaz de dar un pase de treinta metros y ponértela en el pecho, o dando botecitos en el punto de penal, pa’ que la metas nomás, decían los mayores. Papá, llegaba como lo que sería hoy un tercer delantero, muy técnico y capaz de romperte la boca o ponerte el codo en la mandíbula, como hizo Messi con Heinze en el último Madrid- Barça, si te veía que ibas con mala intención. Su equipo ganó todo en el barrio, pero cuando le propusieron entrenar con Alianza Lima, simple y llanamente, le dió pereza y se quedó con sus amigotes de toda la vida. El más malo del equipo, ése al que obligaban a ponerse en el arco, sí aprovecho eso de ya que no vienen tus amigos, ven si quieres, y jugó en Municipal, llegó a la selección y se enfrentó a Maradona. Antes de eso ya se había convertido en padrino de mi hermano, y él, orgulloso, siempre decía mi padrino tapa en la selección.

A medida que fuimos creciendo, nos dimos cuenta que algunos del barrio que eran bastante mejores que nosotros jugando al fútbol, no tenían suerte, ni siquiera por tener lo que papá llamaba buena talla. Iban a entrenar en la YMCA, se compraban sus camisetas y demás, pero ni por esas llegaban siquiera a entrar en el tercer equipo del Sporting Cristal. Mi hermano y yo decidimos estudiar y dejamos los partidos de fútbol para mejor ocasión. Ya en la universidad, el fue campeón y yo me rompí una costilla; él celebró un título y yo perseguí (con poco éxito) durante toda mi convalescencia a las chicas que se me ponían por delante.

Desde hace meses el único contacto que tuve con una pelota fue cuando acudí al llamado de un colega de trabajo, en un colegio de Alcalá de Henares. Creía que el hecho de correr cuatro kilómetros cada dos días, haría que mi agilidad y fuerza de disparo veinteañeras estuvieran allí, listas para ser usadas. Pero cuando recibí el primer pase, me convertí en un giñapo de futbolista, en un pelotero de barrio, en el peor malabarista de la historia y mi disparo llegó dos minutos después a las manos del arquero, que no se rió quién sabe por qué. La cosa no mejoró ni siquiera con el paso de los minutos, y ya resignado me dediqué a correr alrededor de la cancha, a cazar algún pase, a merodear el área hasta que terminó el tiempo de alquiler del campo.
Volví a casa preguntándome cómo me habría quedado la blanquirroja, si hubiera llegado a la selección, y si hubiera hecho tantos goles como Batistuta, o al menos más de 30 para batir ese récord miserable de Teófilo Cubillas que sigue vigente desde 1982. Encontré a mi hermano sentado en el sofá, con su pierna derecha sobre un reposapiés de IKEA. No me preguntó por el partido, me imagino que porque él se rompió los ligamentos cruzados dos meses atrás, en una pichanga. Abrí una cerveza y me senté a su lado, a ver Pasapalabra. Había decidido no volver a jugar con estos tipos, que encima me habían restregado su gran estado de forma en la cara a pesar de ser bastante más viejos que yo. Sonó el teléfono y era papá que llamaba desde Galicia. ¿Cuánto cuesta una ración de pulpo? Le pregunté, pero en realidad quería decirle que mi futbolista había muerto y que ahora me iba a dedicar a coleccionar vinilos o a ver la eurocopa sentado cómodamente en mi sofá.

martes, mayo 20, 2008

Singin' in the classes, music for your masses


Ví a mi jefe en el metro, pero disimulé al máximo sumergiéndome en mi lectura del Calígula de Camus. Las estaciones pasaban y mientras se desarrollaba el primer acto de la trama, llegamos a la Avenida de América, donde solemos coger el mismo autobús. Me vió él, y se sentó a mi lado, muy buenas, dije con la mejor de mis sonrisas falsas y no llegué a entender qué me contestó, pero también sonreía, me imagino que con la misma fiabilidad que yo. Hablamos de House (la serie, que increíblemente Erika no sabía que existía), de la oferta de comida francesa en el Lidl, de próximos conciertos ochenteros (B-52, Christopher Cross, The Police) y demás, mientras leíamos el 20 minutos que le habían regalado en el metro.

Al llegar a nuestra siguiente parada de autobús, donde cada día hacemos un pequeño transbordo para llegar al trabajo, encontramos a una sudamericana que, sentada y escondida bajo su descuidado cabello, escuchaba una especie de bachata postmoderna en su teléfono, y sonaba horrible. ¿No sabes para qué sirven los headphones, darling? Pensé, pero dije, Oye Roberto, creo que te llaman, porque está sonando un móvil. Ella ni se inmutó, pero si levantó la mirada y eso me permitió comprobar que no llevaba las cejas depiladas, como dice Verónica que hacen las sudamericanas. No sé cómo la miraría, o quizá fuera porque Roberto y yo nos reíamos disimuladamente cuando sonó la siguiente canción y yo dije, sin disimulo, anda, esa sí que la conozco, ¿bailamos?

Entonces se levantó, y comenzó a hablar con el teléfono, oye chata, habla juerte que no tescucho, decía, con risitas nerviosas, y yo sospechaba que hablaba con alguien imaginario, pero agradecía que el ruido se hubiera terminado. Llegó el autobús y Roberto subió antes que yo, y buscó ansiosamente un asiento en el bus que venía a medio llenar, mientras yo, callado como una puta, comprobaba que la chica musical se sentaba a su lado. Lo miré de lejos y no pude evitar reirme, esta vez sin fingir, mientras el super bachatazo seguía su curso al lado de mi nunca bien ponderado jefe. Una mujer me cedió el asiento, no sé porqué, y retomé mi libro de Camus, concentrándome en comprender al máximo el francés, y además la historia.

Llegamos a nuestro destino, y al bajar, le pregunté, ¿qué tal el concierto?, y él, divertido, dijo me he quedado a la mitad de la última canción, nunca sabré si los amantes vuelven a verse, o ella se queda con su marido. Entramos a la oficina, y yo me quedé pensando que a la chica esta no le vendría mal una depilación del entrecejo, y un tratamiento capilar, o a lo mejor volver a nacer.

lunes, mayo 19, 2008

Si naciste pa' martillo...


El Mongo llamó a casa, a eso de las seis para pedir más dinero. Estaba en una provincia del Perú, con unos amigos y se había quedado casi sin nada, después de comprar recuerdos para media familia Corleone. Su hermano, comprensivo, le destinó algo más del presupuesto familiar y al día siguiente, después de discutir media hora con una vieja en el banco, recibió el giro que le devolvía la vida para un par de días más. Era uno de esos viajes que se suele esperar con muchas ansias, pero que al pasar tres días en el lugar de “ensueño” acabas harto y deseando volver a tu sofá, a escuchar tu música en casa, a ver tu tele, y a hablar con ese amigo especial. Al Mongo le pasaba eso, quería regresar ya, pero habían pagado tres noches más de hotel y el billete de vuelta era cerrado.

-Un par de días más entre tanto serrano – dijo, mientras comía un poco de vaca, aderezada con cerveza.
- Tranquilo Mongo – le dijo Camarón, sin perder de vista sus tallarines verdes – esta noche la hacemos linda, con las cholitas éstas.

La noche a la que hacía referencia era la noche de La Cueva, una discoteca que en Lima sería de barrio, pero que en Cajamarca era de lo mejorcito. Eso los hacía sentirse más seguros, sin temor a que algún acomplejado los atacara por el simple hecho de ir bien peinados, y sin oler a queso. El Mongo terminó de rumiar la carne, y bebió de un golpe el vaso de vino malo que le habían servido. Camarón hizo lo mismo y salieron caminando del mercado en el que habían parado a comer. Los ambulantes, los olores, las mujeres, todo era distinto y los amigos sólo querían que llegue la noche para irse de juerga y olvidar un poco lo horrible que era esa ciudad. Casi tanto como Lima.

Después de una siesta reparadora que terminó cuando alguien descubrió, gritando, que había un agujero secreto en el baño de las chicas, El Mongo y Camarón comenzaron su ritual pre-fiesta en el que el perfume, la camisa planchada, y el gel para el cabello no podían faltar. El Mongo renegó una vez más de su mala suerte al comprobar que había olvidado el exfoliante, pero se consoló a sí mismo recordando que para el ganado que habrá, no vale la pena ir con la cara tan limpia. Camarón entró de golpe en la habitación y dijo que había cola para ver a alguna de las chicas mientras se bañaba, ¿te animas?, preguntó, y el Mongo, sin dejar de limpiar sus zapatos con desesperante parsimonia le hizo que no con la mano y susurró un casi inaudible, ¿pa’ qué? Si tus amigas son asquerosas.

Salieron del hotel, a eso de las diez, y el taxi que habían pedido los estaba esperando. Le pidieron que se acercase un poco más a la puerta, para no pisar la tierra de la calle y subieron no sin antes comprobar que los asientos no tenían restos de alfalfa o alguna otra mierda que comen los conejos. La carrera costó tres soles, pagaron cinco y bajaron como si llegaran a una premiere de cine.

- Dos Heineken – dijeron a coro. Una guapa cajamarquina les trajo las cervezas y tomaron eso como un buen augurio.

El antro tenía forma cavernosa, con salas a media luz y una pista de baile central con un techo iluminado desde el que colgaban algunas estalactitas de yeso. Sonó una de Maná y el Mongo se acercó a una de las tantas universitarias que pululaban por el lugar. ¿Tú también vienes al congreso estudiantil? Preguntó, ella dijo que sí con la cabeza y él la llevó de la mano a la pista. De reojo veía a Camarón volar al lado de una negrita a la que le sacaba una cabeza. Dejó de sonar Maná y retumbaron los primeros tambores de una batucada. Eso cansa mucho, le dijo al oído a su compañera de baile, vamos a buscar donde sentarnos. Ella volvió a asentir sin hablar y el Mongo se preguntaba ya si no sería muda, la comadre. La batucada seguía retumbando a los valientes que quedaban en la pista, hasta que un grito de horror se impuso sobre los acordes de la Magalenha de Sergio Mendes.

Una estalactita se había desprendido por culpa de tanto tamborileo y, aunque no rozara siquiera a algún bailarín, una de ellos se horrorizó tanto al verla caer que gritó como si la estuviera masticando un tiburón. La música paró de golpe, y el Mongo, fastidiado, llamó a Camarón con un gesto, pidiéndole salir del lugar. Ambos olvidaron a sus acompañantes, y subieron a un triciclo que los acercó a la Plaza de Armas de la ciudad. Vaya mierda de discoteca, los adornos eran provisionales, dijo Camarón, como todo en este país, reflexionó el Mongo. Bajaron por una calle en la que habían estado antes, llena de bares, y entraron al que estaba más lleno. Un grupo de estudiantes de Texas bebían como cosacos, y el Mongo se pegó a una rubia que gracias al alcohol debió confunfirlo con Ricky Martin o algo así porque de inmediato lo rodeó con el brazo y lo llevó a bailar entre dos barriles de acietunas apestosas. Camarón pidió una garrafa de vino, del más caro huevón, no el que venden en el mercado. La noche siguió lenta y aunque ninguno durmió solo, ambos querían volver cuanto antes a sus discotecas en la playa, donde lo único que caía del techo era espuma.

viernes, mayo 16, 2008

Sueños de viernes/lunes


Ayer estuve en la pradera de San Isidro, y me clavaron ocho euros por una ración grasosa de alitas de pollo y otro ocho más por un pan payé, que no es más que un cuarto de baguette con tomate, jamon y un chorro de aceite de oliva por encima. Suerte que llevamos las cervezas que teníamos en casa. Al volver cansados de tanto trajín, nos tiramos en el sofá esperando el fatal desenlace y sabiendo que al día siguiente era viernes/lunes. Casi no cenamos y creo que eso provocó que volviera a tener un sueño de esos en los que nunca sé si sigo durmiendo o ya es la realidad lo que vivo.

Vivía en una casa oscura de mediados del siglo XX, pero en mi mesa de noche se mezclaba la luz de las velas con mis entradas para el próximo concierto de The Police en Arganda del Rey y la revista Esquire, con un multicoloreado Steve Jobs en portada. Las mantas eran de lana de alpaca y olían a semanas sin lavar, pero no llegaban a apestar. Mi pijama era como la de Cristopher Robin, pero bajo ella llevaba una camiseta vieja de Led Zepellin. Cool. En algún lugar alguien escuchaba un viejo disco de Nat King Cole, y me vino a la mente la letra de Yellow de Coldplay: your skin, oh yeah your skin and bones.

Me quedo dormido pensando en que al día siguiente hay que trabajar, y aunque me toque media jornada me jode un huevo. En el sueño, sueño que juego al fútbol con mis amigos de universidad, que Shemi me espera a un lado de la cancha con una botella de Aquarius, pero justo detrás de ella hay una valla publicitaria de España ’82. Acaba el partido y me acerco a besarla, pienso al fin, ya era hora, pero como siempre pasa, justo en el momento en que nuestros labios se van a juntar, despierto y recuerdo un capítulo de Scrubs en que a J.D. le pasa lo mismo y pregunta si no será una disfuncionalidad psíquica. Veo el reloj de mi mesa de noche, que está cubierto parcialmente por uno de esos antifaces que se usan para dormir en los aviones y marca las 17:00 en números rojitos. Pienso en dos cosas: en agradecer al cielo la operación láser que me permite leer sin gafas, y que Sol se ha equivocado al definir la hora en el despertador. Quiero encender la luz y no encuentro el interruptor, entra mi tio Hugo y me asusta, ¿qué haces en mi sueño?, pregunto no sé, yo estaba ahora tocando la batería con Miguel Ríos.

Pongo la hora bien y me vuelvo a dormir. Me despierto sobresaltado segundos después, o al menos creo que ha pasado ese tiempo, y ahora parece que estoy en tiempo real porque hay otro bulto debajo de las mantas, que ya no son de lana de alpaca. No compruebo la realidad, porque la última vez que lo hice seguía soñando y el bulto era en realidad la princesa Leia, con el bikini que llevaba cuando la capturó Java The Hud, y me dijo son abrir los ojos hazme tuya Luke, te quiero más que a Chewbaca. Vuelvo a dormirme, ya tenso creyendo que no oiré el despertador entre tanto sobresalto y llegaré tarde al trabajo. Pasan segundos y suena la alarma, me levanto como un resorte y salgo a la calle, que no es mi calle. Rio y me dejo llevar por el sueño que sigue, y me pongo en la cola del autobús. Detrás de mi llega Alyssa Milano, con una amiga y hablan español del barrio de Salamanca. Alguien las empuja y Alyssa me pide perdón, yo le digo que no pasa nada, sonreímos y le digo mi nombre, yo soy Marta dice ella y su pelo crece hasta ser tan largo como la Marta de Roma que nunca olvidaré. Quiero darle un beso, en plan presentación, pero fallo y la beso en los labios, reimos y lo volvemos a intentar y ahora ella me besa. Nos miramos a los ojos y ahora nos besamos sin más, como en un anuncio de Hugo Boss. Mientras dura el beso pienso dos cosas: que esta vez no se me ha interrumpido el sueño, y la horrible pareja que hacían Billy Cristal y Meg Ryan en “When Harry Met Sally”.

Vamos a un sitio más cómodo dice ella, que le den por culo al trabajo, digo yo.

Salimos de la cola y estoy en mi primer barrio. Reconozco la casa del negro, la librería y el restaurante de don Lucho. Ella me lleva de la mano hasta una casa que tiene dos puertas en la entrada, espera aquí, me dice, y siento frío en los pies, me los miro y veo que voy descalzo. Dentro de la casa se oyen gritos, es la casa que te dejó tu padre, respeta su memoria, dice una voz, a ti qué mierda te importa, es mi vida, dice Alyssa Milano/Marta de Roma y sale dando un portazo. Abre la otra puerta con la llave que le acaban de dar y me empuja dentro, como empujan las mujeres, con esa fuerza que hace cosquillas. El cuarto tiene posters de superhéroes antiguos, de la Marvel, y una cama matrimonial que no llego a ver del todo bien, por que ella se lanza sobre mí, y me llena de besos, yo no me resisto y le toco el culo comprobando lo duro que lo tiene y lo fácil que es llegar bajo su falda de colegiala y dejar que mi dedo (el preferido de Fiorella) haga su trabajo. Pero suena el despertador, y ahogo un grito de frustración cuando compruebo que son las 19:00 horas, justo las que había marcado como destino final. Me ducho y salgo rápidamente rumbo al metro. Una mujer sale del parking de mi edificio, en un BMW gris y para al lado de los contenedores de basura. En su parabrisas lleva un distintivo de residentes que le permite aparcar en las zonas verdes. ¿para qué tiene eso, si tiene parking? Me pregunto. Veo el puesto de periodicos, la parada del autobus, a la chica que reparte periódicos gratuitos y que me odia desde que rechacé uno, hace dos semanas. Bajo al metro y hay un gato al lado de un tipo que canta, mal, una de Bob Marley. La línea 6 va casi vacía, no es normal, sospecho, y creo que sigo soñando. Sigo escuchando el “Neon Bible” de Arcade Fire en mi reproductor mp3 y cuando salgo a la calle, el semáforo se pone verde justo en el momento que voy a cruzar. Cool. Si esto es un sueño ninguno de los imbéciles del trabajo estará en la parada del autobús, pienso. Y no están. Recuerdo mi dedo travieso y el olor de Marta en el sueño anterior, un sueño con olores muy reales. Llego al trabajo y enciendo el PC. Escribo como un loco, esperando todavía que en algún momento suene de verdad el despertador y tenga que salir de la cama, o vuelva a ella y Marta esté a mi lado.

lunes, mayo 12, 2008

Devuélveme el rosario de mi madre


Cuando era niño, el día de la madre era esperado con ansias. Los hijos normalmente pedíamos a papá dinero para comprarle un regalo, y corríamos a la tienda del barrio a comprarle unas flores, chocolates o alguna de esas tarjetas con angelitos horribles y gordos que llevaban en sus manos un lazo con la frase “feliz día mamá” inscrita en oro. Guardábamos el regalo hasta el viernes anterior al segundo domingo de mayo, y aprovechábamos la ceremonia que siempre se celebra en cualquier colegio peruano para homenajear a nuestras queridas mamás. Yo a veces cantaba algo, con mis amigos detrás haciendo como tocaban instrumentos de juguete. Espero, desde lo más hondo de mi ser que mamá haya quemado las fotos tal y como se lo pedí cuando me preguntó en mi 20 cumpleaños, qué quería de regalo. Quema las fotos en las que canto como Pimpinela

Ella también hacía regalos a mi abuela, aunque ésta prefería mil veces un abrazo de un nieto a un reloj de oro dado por un hijo, cosa que nunca nadie supo explicar. Mi teoría era que a mi abuela le tocó toda la vida ser el policía malo al educar a sus hijos, pero cuando aparecimos los nietos, guapos y radiantes (sobretodo yo) dejó de representar ese papel y nos llenó de todo el amor que pudo. A mí, incluso, me dejaba robar juguetes y cromos del “Rincón Mágico” una tienda que inauguró mi tía y que luego mi abuela siguió atendiendo.

El domingo, nos reuníamos casi todos en casa de la abuela materna, en una mesa enorme. Era muy divertido ver a papá incómodo porque prefería comer con su madre, y a mi tío dándole el regalo a mi abuelo seguido de un abrazo y un sarcástico feliz día de la madre, papá. El día del padre, le regalaba algo a la abuela. En esa época sólo a dos de mis tías las habían convertido en madres, y el resto o no sabía del tema o, por el contrario, sabían tanto que veían a los hijos en una galaxia muy, muy lejana.
Después de comer, salíamos a caminar y veíamos a los maridos del barrio, borrachos todos, después de haber celebrado como si fueran los protagonistas de esa fecha tan señalada.

Ahora todo es distinto. Mamá y sus hermanas lo celebran dos veces: una el primer domingo de mayo, día de la madre en España, y el siguiente, que es cuando se celebra en el Perú y balnearios. El mejor regalo posible para ellas es comer en un restaurante peruano, ellas solas, sin hijos ni maridos, hablando de fantasmas, apariciones, chismes y cosas varias. Nosotros les regalamos el primer domingo, pero el segundo, tenemos al menos que comer cada uno con su familia. Nos sentamos a la mesa, y le entregamos a mamá los regalos, comprados ya con nuestro propio dinero. Reímos y hablamos de nuestros últimos viajes a Roma, Lyon, París o Marrakech. Compartimos un buen vino que he escogido porque mamá cree fiel y equivocadamente que soy un gran conocedor, y disfrutamos al máximo hasta que ella, con el tiempo medido, me pide que la acerque al centro de Madrid porque a quedado a tomar café con sus hermanas.

De camino le pido que se quede en mi casa, tomaremos té helado y te enseñaré cómo la hemos decorado, aunque Sol dice que no la he dejado opinar. Se disculpa y dice que ya ha quedado con sus hermanas, y yo, despechado le suelto tus hermanas aburren, aunque en verdad no lo siento. La acompaño al metro y le indico como llegar a su destino, ella se va y me dice que le alegra que no me hayan despedido el viernes pasado, sonrío y le digo que nada es seguro con ese jefe gilipollas, pero que me importa cada día menos. No me oye, ya ha desaparecido en el subsuelo y yo me pregunto si hemos cambiado tanto desde hace mil años, si no hubiera sido mejor quedarnos para siempre en esa mesa enorme riendo todos juntos, con el abuelo borracho y mi viejo molesto, en un barrio perdido del Callao. Ojalá que al menos le guste el DVD de Julio Iglesias, si ella es feliz, yo también, pienso en voz alta mientras vuelvo a casa, solo, caminando por la avenida.

miércoles, mayo 07, 2008

Calle Luna Calle Sol


La familia del Pelao era de las que asustan a cualquiera. El abuelo, era padrino de mi viejo, y ni por esas me respetó cuando un día le toqué el culo a su nieta y me persiguió a patada limpia por todo el barrio. Papá se acercó a él, conmigo de la mano, y le dijo padrino, yo a usted lo respeto mucho, pero la próxima vez que toque a mi hijo le meto un cabezazo. El viejo se quedó de piedra y miró a sus hijos de 90 kilos para ver cuál de ellos lo iba a hacer respetar, pero ellos, que conocían a mi viejo desde niños, miraron al cielo y dijeron claro papá, es que cómo vas a patear así al chiquillo.

La abuela estaba medio loca por culpa de sus hijos contestones y su marido de virilidad intranquila. Todo el barrio sabía que el abuelo se tiraba a una vieja loca apodada la Chilindrina y eso, a la pobre mujer, la trastornó. Dicen que en el mercado, mientras esperaba que le quitaran todas las plumas a la gallina que acababa de comprar, comentaba a otras señoras que oiga mire usted, mi marido me pondrá los cuernos, pero a mis hijos nunca les ha faltado un pan sobre la mesa ni una camisa que ponerse, y las viejas, cornudas como ella, asentían aprobatoriamente mientras preguntaban si iba querer la molleja, o me la puede regalar, vecina…para mi perro.

Los hijos, vecinos de mi viejo desde el principio de los tiempos, habían seguido distintos caminos. El mayor se hizo policía corrupto y, con gran olfato, entró en el escuadrón de control de contrabando. Cada dos días llegaba a casa con radio, tocadiscos, televisores, y todo lo que podía robar a los contrabandistas del mercado central, que al reconocerlo, le daban algo de mercadería para que no dijera nada de su venta ilegal. Su casa parecía una tienda y de vez en cuando algún vecino le hacía un pedido especial del tipo, ¿me puedes conseguir una Sony Trinitron de 21 pulgadas, Willy? Te pago al cash. El segundo, vividor y mujeriego, se hizo taxista al ver que el negocio de la venta ladrillos no le daba muchos beneficios ni le dejaba disfrutar de la noche chalaca. En cambio su VW guerrero lo llevaba por las calles más oscuras y le hacía vivir mil aventuras, mientras su mujer, a la que nunca vi peinada ni sin delantal, lo esperaba fiel cada domingo a las doce después de la misa. El tercero, una mezcla de los anteriores, se hizo regidor municipal, y la última vez que lo vi se había convertido en el tránsfuga más famoso del barrio al pasar de un partido político a otro cambiando su voto para no ratificar a un alcalde investigado por corrupción. Hijo de puta, dicen que gritó el alcalde saliente, mientras el tercero lo miraba protegido por sus nuevos compañeros de partido.

Pero las estrellas de la familia eran las nietas.

La mayor apareció un día de la nada, ya con cinco años y el pelo enredado. Mis amigos y yo creímos la historia que uno de mis tios contó: la habían rescatado de la selva donde hasta entonces había sido criada por dos monos y un jagüar. Tenía sangre selvática y cuando cumplió quince años, le salieron de la nada unas tetas más grandes que mi cabeza, y cambió de inmediato de ser la chiquilla fea esa a la señorita Luz, buenas tardes, ¿no quiere que le ayude con su bolsa del mercado? Ella, sabedora de su encanto, destruyó todos los corazones que pudo y a mí me prometió que me haría un regalo especial cuando cumpliera dieciocho. Me entró tanto miedo que me escondí hasta el día de hoy.
La segunda, también tenía sangre charapa, pero a ella sí la vimos nacer en el barrio y por eso ya no creíamos eso de que sabía gritar como Tarzán cuando llegaba al orgasmo. Tenía cara de manzana y siempre, siempre, había rubor en sus mejillas. Una tarde, mientras jugábamos al fútbol en la calle, su viejo salió como loco y nos preguntó si la habíamos visto. No sabemos nada, Willy, dijimos y seguimos con el desempate de nuestra copa mundial imaginaria. El poli volvió a casa, y ya con su revolver bajó la camisa buscó a su hija por cielo mar y hostales del barrio. Regresó ella solita, feliz y más roja que nunca, a ésta ya la han bautizado, dijo mi tio, que de eso sabía mucho, y yo no entendí nada hasta varios años después.
La menor, era un diablo de cabellos rubios y ojos verdes que nadie sabe de quién heredó. La apodábamos la Gringa y siempre la mandábamos pa’ su casa cuando quería venir a jugar con nosotros. Años después, cuando bailaba en una fiesta en la playa, se me acercó una rubiecita y después de tirar suavemente de mi camisa y provocar mi asombro tras verla no precisamente a los ojos, dijo Hola, ¿no te acuerdas de mi? Soy la Gringa. Sonreí como un imbécil mientras mis amigos lobos me pedían mil veces y sin disimulo que presentara a mi nueva amiga, que qué buena que esta la gringuita, tráela para acá, dile que somos fáciles.

Esa era la familia del Pelao, mi más grande rival del barrio del que me acuerdo cada vez, como hoy, que no llueve, ni hace frio, ni calor, sino todo lo contrario.