viernes, febrero 27, 2009

La boda de mi mejor ¿amiga?


Cuando el Mongo supo que Mariana se casaba sintió un escozor en los huevos inexplicable. Era la misma sensación que tuvo cuando vio a Christopher Reeve en un video de Pimpinela, el mismo sentimiento de desazón que vivió cuando supo que las tetas de Pamela Lee eran falsas, la misma herida en el costado que lo hizo recapacitar al descubrir que la música de Erasure sólo le gustaba a los maricones. Se sintió un huevón al cubo.

¿Porqué no me lo diría? se preguntó.

O sea, hace mucho que ya no eran novios, ni nada, y ella había dejado clara su posición cuando una tarde, después del cine, el Mongo le dijo que quería estar con ella, que sí, que ambos tenían nuevas relaciones, pero qué mierda Mariana, vivamos el hoy. Ella lo miraba, intentando poner el máximo espacio de por medio en el pequeño habitáculo de su Peugeot, jugaba con su llave: la quitaba, la ponía, la movía, jugaba con el volante, no puedo Monguito, no me lo perdonaría. Esa tarde, el Mongo soltó mucho cordel y la lubina se sintió libre, con metros y metros de ventaja. Ok, dijo el huevas, respeto tu decisión, pero comprende que tenía que decirte lo que sentía; y se bajó del coche francés para volver a casa. Caminando pensaba, equivocadamente, ojalá rectifiques, lo vamos a pasar en grande juntos tú y yo, no sé porqué lo sé, pero lo sé. Iluso.

Pero Mariana, sabia, optó por el camino fácil y siguió regalándole sonrisitas al Mongo, y hasta algún besito en plan ay que mono eres, que él equivocadamente interpretaba como ya voy, espérame en el cielo, papito. Hasta que una tarde Charo, perruna, aprovechó que el Mongo estaba con la moral baja y le soltó eso de no me han invitado al matri de Mariana, ¿y a ti? El Mongo, sin cambiar el gesto y prestando, como antes, más atención a su helado que a Charo, dejó pasar unos cuantos segundos, deletreó en su mente la palabra paralelepípedo como hacía siempre en situaciones extremas y, ya cool, contestó: no, ni siquiera sabía que se iba a casar.
Charo, carroñera, le preguntó que cómo era posible, si eran tan amigos, no puede ser, yo juraría que tú ibas a estar en primera fila en la ceremonia. El Mongo, limpiándose la boca con una servilleta siguió viendo el ir y venir del tráfico de Lima y dijo de corazón, a lo mejor no somos tan amigos como parecía. Miró la hora en el Patek Philippe que heredó de su abuelo y dijo tengo que irme volando, ¿compartimos el taxi? Pero Charo, que ya lo conocía, leyó el asco en sus ojos y respondió que no, que ella se iba a quedar un ratito más.

- No entiendo - le dijo al taxista - no sé porqué lo ocultaría. No tiene sentido.
- Así son las mujeres, hermano, no siquiera el Froin ese las supo entender.
- Freud.
-¿Quién?
- Freud, me imagino que te refieres a Freud.
- Sí ese que dijo: "La gran pregunta que nunca ha sido contestada y a la cual todavía no he podido responder, a pesar de mis treinta años de investigación del alma femenina, es: ¿qué quiere una mujer?"- el Mongo estaba anonadado- fue ése Froig ¿no? Contesta pues hermano.

Ya en casa, el Mongo se dio una ducha de dos minutos. Fría. Subió a su cuarto y tirado en la cama con la vista clavada en el póster de Los Tres Chiflados se imaginó la boda de su lubina. Cogió lápiz y papel y, como cuando iba al mercado, hizo una lista de preguntas y respuestas.

- ¿Cuántas veces la he llamado? - Muchas.
- ¿Cuántas veces me ha llamado?- Un par, y siempre devolviendo llamadas.
- ¿Cuántas veces le he escrito? -Muchas.
- ¿Cuántas veces me ha escrito?- Un par, y siempre cuando pensaba que ya no le iba a escribir.
- ¿Cuántas veces te ha pedido una cita? - Nunca.
- ¿Cuántas veces te ha hecho sentir querido? - Nunca.
- ¿Cuántas veces? - Nunca.
- ¿Cuántas veces? - Ni una.
- ¿Cuántas veces?- No preguntes más, por tu bien.

Y entonces comprendió que Mariana no era su mejor amiga. Tiró el papel arrugado por la ventana y buscó algo entre las hojas de su libro de Nietzsche. Despechado, le echó una última mirada a los ojos preciosos de Mariana, qué buena estás hija de puta. Bajó a la cocina y tiró la foto a la basura. Cayó entre los restos del spaghetti, que por ironías del destino, fue lo que ella y el Mongo comieron en su primera cita. Su perro lo mira moviendo la cola y el Mongo le da un poco de esas bolitas que tanto le gustan, mojadas en Heineken, perro borracho, le dice, como tu dueño, cojudo.

Suena el teléfono y son sus amigos de la universidad; el Mongo dice que sí, que se anima, que va a la fiesta, y antes de colgar le dice a quien está al otro lado de la línea. ¿Sabías que Mariana se casa? Y la muy cabrona ni siquiera me llamó para contármelo. Al otro lado de la línea tenían puesto el manos libres y se oyen varias voces gritando qué chucha, vente y con un par de rucas te olvidas de esa huevada.
Minutos después cuelga, feliz de tener amigos más asquerosos que él, y sale a comprar una camisa en Gap; de camino borra el número de Mariana del móvil y apuesta consigo mismo que pasarán años, sino toda la vida, sin volver a saber nada de ella. El chico que le ha vendido la camisa le pregunta si la va a usar en una ocasión especial, no, contesta, es para celebrar que me he quitado un peso de encima.

- ¿Cosas del corazón? - pregunta, indiscreto y maricón Erasure.
- No, cosas del pie - firma el ticket de la tarjeta Visa y añade: - es que hoy me he quitado un uñero, y era de los bravos. Por eso soy feliz.

viernes, febrero 20, 2009

Báñate,causa


Odio a la gente que apesta. De niño huía de los locos callejeros, y de los indigentes, más por asco que por miedo.

En Lima, probaba mi resistencia pulmonar al subir al transporte público porque no importaba cuál fuera el destino final, si era un barrio bonito o feo, siempre, había alguien que apestaba. A veces tenía mala suerte y se sentaban a mi lado, y mi desesperación me hacía abrir la ventana y aspirar aliviado el olor a chanfaina que casi siempre tenía el centro de la capital. Había (y hay) asquerosos por todos lados, pero el récord del barrio lo tiene mi amigo Martín.
Trabajaba de taxista pirata, usando el carro viejo de su familia. Su horario preferido era la noche, porque las calles tenían menos tráfico y podía hacer más carreras. Además, de vez en cuando, algún borrachín se quedaba dormido en el asiento y él, le pasaba bola, o sea, le robaba todo lo robable. Una tarde nos faltaba uno para completar dos equipos de fulbito. Pensé en Martín, que me había pedido más de una vez que lo despertara cuando íbamos a pelotear.

- ¡Vamos a jugar, panzona! - grité, golpeando el cartón que hacía de luna en su ventana.
- Apúrate Mercedes Sosa - me secundó mi hermano- y saca una china para tu apuesta.

Martín salió como estaba, vestido todavía de taxista, y en la cancha se puso un short que llevaba en la mano. Jugamos toda la tarde, más por culpa de mi hermano que se dedicaba a contestar todos mis golazos con otro zapatazo de los suyos. No importaba que avisara a mis defensas que sus tiros siempre iban rectos, los muy maricones se apartaban, agachaban la cabeza, o, como Martín, se ponían detrás del arco, listos para recoger la pelota que salía despedida tras su Tiro del Tigre. Nos ganó la noche y nadie se llevó la apuesta, porque alguien gritó que teníamos fiesta en la casa de alguna y que si no llegábamos temprano no alcanzaríamos las chelas gratis que solía poner. Volamos a bañarnos, y juro que de mi cuerpo saldrían dos kilos de tierra que se perdieron por el desagüe de la ducha.
Perfumados y con nuestras mejores galas de barriobajeros llegamos a la fiesta. Martín ya estaba allí, con su ropa de taxista, y según su propia confesión, con el mismo calzoncillo de hace dos días.

-Tienes en la cabeza más mosquitos que Santa Rosa - le dije, aguantando la respiración.

Mis primeros días en Madrid coincidieron con el fin del verano de 2001. Estaba fascinado con la belleza extraña de las madrileñas y el perfume a hierbas y flores de mi barrio de Moratalaz, alrededor del Camino de Vinateros. Me encantaba sentarme en el parque a leer y a ver pasar a los viejos, que, a mis ojos, eran demasiados. Vamos al Retiro, propuso mamá una tarde de domingo, te va a gustar, ya verás. Dejé mi libro sobre la mesa del salón y subimos al autobús. El aire acondicionado me pasteurizó los pulmones, y, cuando me acomodaba con mamá para pasar mejor el viaje, un español se colgó del pasamanos para no caer en una de las muchas curvas del barrio de La Estrella. La pasteurización de mis pulmones se transformó en infección cuando el hedor de sus axilas invadió hasta mi último alveolo. Abrí la boca para respirar, en un acto reflejo aprendido en mi terruño, pero todo era inútil. Es normal, hijito,me consolaba mamá, acá las únicas que huelen bien son las chiquillas, los hombres apestan a sobaco, fritanga, tabaco o pacharán.
Bajamos en el Hospital del Niño Jesús y crucé a toda velocidad la calle Menéndez Pelayo. La gente que me veía creía que había robado algo y, al entrar en el Retiro aguantando la respiración , no pude evitar derribar a un colombiano disfrazado de Mickey Mouse que vendía caramelos. Tirado en la hierba respiraba a bocanadas y, decepcionado, comprendí que los apestosos estaban por todo el planeta. ¿Cómo puedes apestar a primera hora de la mañana? pregunté, y mamá sólo me contestó, llena de sabiduría, son cosas del Orinoco, que tú no sabes y yo tampoco.

Por eso, y ya con años de experiencia en el arte de la apnea en superficie, puedo soportar los hedores de Jose. Huele como cuando encuentras una camiseta mojada en una caja después de meses, le conté anoche a Sol, mientras devolvíamos el libro de Dumas que había terminado de leer; no lo entiendo, son las ocho de la mañana y el tío ya huele a estropajo, ¿no hay duchas en Guadalajara, o qué? Sol me mira, ya con sus comics que se llevará en la mano, y me suelta algo como tienes el olfato muy sensible, creo yo. Le confirmo que sí, que han sido muchos años hundido en el pozo de la miopía que hicieron que mis otros sentidos se agudizaran, soy como un hombre lobo, digo, huelo y oigo casi tan bien como los perros. Sol me dice que quizá el pobre Jose no ha tenido tiempo de poner una lavadora y está reutilizando su ropa sucia. Me llena de esperanza y me preparo para, al día siguiente, sentarme a su lado y respirar por una vez el olor a suavizante marca Carrefour que saldrá de sus ropas.
Pero no pasa.Es viernes por la mañana y mi apestoso compañero de pupitre se acerca, me saluda, y yo me imagino un campo de flores marchitándose, a Eva Green cayendo de su columpio al ver que nadie compra los perfumes que vende, a Jude Law cogiéndose la cabeza, impotente, porque a este hombretón castellano no a podido convencerle de que usar colonia no es de maricones. La clase empieza y yo pienso que serán seis horas larguísimas. Jesús, el profesor, borra la pizarra y dice su frase de todas las mañanas: ¿preguntas, chicos? Me animo, y levanto la mano, él me mira y, cuando me da la palabra suelto una pregunta en la que me juego la vida:

- ¿Puedo abrir la puerta para que esto se ventile?

lunes, febrero 16, 2009

Oscar goes to


- ¿Sabéis algo de Oscar? -pregunta Jesús, el profesor del curso de MCSA.
-No -mentimos Jose y yo-, no sabemos nada.

La verdad es que Oscar ya llevaba varios días quemado. Poco quedaba ya de el chico risueño de Vallecas que se sentaba a mi lado y que me ofreció, a buen precio, su abono de liga del Atlético de Madrid. Estoy hasta los cojones de este equipo, dijo, te lo dejo a precio de saldo: cien pavos. Me pregunté si yo hubiera sido capaz de vender así, a mitad del camino, a mi Alianza Lima (corazón). No. Fueron muchos los momentos (sobretodo en competiciones internacionales), cuando mi equipo blanquiazul me dejó con el culo al aire, siendo el hazmerreir de los lunes en el colegio, trabajo, barrio, cumbres nevadas, ríos, quebradas; pero nunca renuncié ni le dí la espalda. Eso no es de machos, me decía mi abuelo, mientras se iba del brazo de una de sus nuevas novias, eso no es de machos, oiga usted.

- Te doy 70 euros - propuse, aprovechando la bajada de pantalón de Oscar - ni un euro más.
- Puede ser - disimuló su alegría -, pero me lo dejas para los partidos de Champions. Que quién sabe cuándo volverá el Aleti a Europa con esos hijos de puta de los Gil como dueños del equipo.

Sellamos el casi pacto con un apretón de manos y volvimos a clase. Nos sentamos uno al lado del otro y, de repente, como si todos los espíritus rojiblancos se enseñaran con él y castigaran su desdén, su PC hizo unos ruiditos extraños, como retortijones cibernéticos, y se jodió. Oscar intentó reanimarlo pero había perdido el controlador de dominio principal de su Active Directory, y los dos routers que tenía montados en su infraestructura virtual tenían, en todas sus tarjetas de red, la misma MAC. Mi compañero de pupitre sólo atinó a soltar un ¡halá, chaval! y remató su diagnóstico técnico con un a tomar por culo la bicicleta.

- ¿Qué has hecho? - pregunté, maravillado ante tal cúmulo de desgracias.
- No sé colega - respondió, y juro que parecía querer hacerle el boca a boca a la CPU - sólo le he dado al botón de restaurar máquina en el VMWare.

El VMWare es, para quienes no lo sepan (como yo mismo, hasta hace un mes) un software que se encarga de crear una infraestructura virtual para fines didácticos. Usándolo puedes configurar servidores, clientes, routers, etc. Siempre y cuando tengas una máquina que responda a sus requerimientos de hardware. Sino, el cabrón no te replica entre los nodos que defines, elimina usuarios creados dentro de tus dominios, se rebela y cambia tus Ip's o, como me hizo a mí una tarde, no te deja crear más máquinas por eso de "poca memoria virtual". Yo lo soporté y dije ¿no quieres crear más máquinas? pos . Oscar, no se lo tomó tan bien, y, derrotado, nos anunció esa misma mañana, a la hora del café, que se largaba.

Intentamos convencerlo pero no hubo forma. Jose por empatía, y yo porque no quería perder un abono (del Aleti, que juega como el culo, pero abono al fin). Oscar incluso adelantó su partida y el jueves pasado, justo cuando empezaba ya lo más fácil del curso (Directivas de grupo) desapareció. Desde entonces, todos nos preguntan que si sabemos algo. Como nos pidió discreción, cosa que no entiendo, yo me limito a encogerme de hombros y a decir, creo que se ha pirado, su máquina era una mierda. Entonces, sin importar quién sea el interlocutor oigo eso de joder, pero si ya no quedaba nada, y vuelvo a encogerme de hombros y sigo bebiendo mi café americano, que me sirve a diario un camarero cubano, en un bar italiano, cuyo dueño es un señor que parece ser de Ecuador, y donde todos los viernes me robo el suplemento Metrópoli del Mundo.

Volvemos a clase y Jose, al encender su equipo, se encuentra con un pantallazo azul. La cagada, digo, y de las gordas, me confirma. Ahora las dos placas que me rodean han muerto oficialmente, Jose tiene que reinstalar todo y le pregunta a Jesús si es necesario. Él lo tranquiliza y le dice que sólo necesitaremos dos 2003 Server y un cliente XP. A mi compañero le vuelve el alma al cuerpo y yo, congelado, no sé si darle al botón de "restore" que parece hacerme ven, con el dedo, como hacen las sirenas cuando llaman a los marineros antes de hundirlos para siempre en el mar. Cierro los ojos y dejo mi suerte a merced de mi dedo, como hice en mi primera vez sexual, y las máquinas vuelven a la vida. Juro que oí trompetas y un Stradivarius. Tú nunca me fallas, le digo a mi dedo índice, justo antes de besarlo.

La clase termina y Jesús vuelve a acercarse a nuestra mesa, no hay ningún mail de Oscar, nos dice a modo de exclusiva; yo me encojo de hombros y digo, estaba muy quemado, su máquina era una mierda. Él se rasca la barbilla y me susurra, joder, pero si ya no quedaba nada, justo antes de decir en voz alta, mañana más chicos. Pero casi todos, como Oscar, se han ido ya.

martes, febrero 10, 2009

La suerte de la fea, la bonita la desea


Skipe es una máquina de chismes por IP. Te conectas y, con un buen micrófono, el ciberespacio proyecta tu voz mejor que un teléfono. Y más barato. Pepe me llama y me cuenta que la chata esa, ¿te acuerdas? la de la esquina, la que era amiga de tu tía, la de ojos verdes, esa pues huevón, ha tenido un hijo.

- No jodas - digo,sin saber todavía de qué está hablando mi amigo lejano.
- Si huevón, - respira - no te imaginas huevón - bebe algo que debe ser Pepsi - se ha casado huevón.

Pienso que mi amigo huevonea mucho al hablar, pero no lo interrumpo, total, debería estar agradecido de que me volviera a dirigir la palabra a pesar de que ni siquiera le dí un toque cuando estuve paseando por su Brooklyn hace unos meses. Cuando se enteró me mandó un e-mail fulminante y ridículo en las mismas proporciones; en él me decía que siempre me escribía y yo no le contestaba, que eso no era de amigos, que si no quería seguir con nuestra amistad debería mandarle poco menos que una carta notarial besada por el Papa para acabar con lo nuestro, que así no es pe' causa, que has pasado por mi barrio y ni me has avisado, huevón. Un escándalo mayúsculo, recuerdo. No sé por qué la gente exagera tanto cuando los pierdo de vista. Un tal Iñaki hizo lo mismo cuando dejé de quedar con él y, también via e-mail, me hizo saber su desazón ante mi alpinchismo. Eres un pasota, colega, me escribió, deberías valorar más la amistad que es un bien escaso, sentenció. Reconozco que me esfuerzo muy poco en mantener el contacto, le escribí, pero por eso tengo un blog, que usan mis amigos (mayormente) y cotillas (en algunos casos) para saber lo que me pasa.

Pero Pepe me había perdonado, y por eso ahora compartía detalles conmigo, que, confundido,no pude más y pregunté con el mayor rigor científico posible: ¿de quién mierda me estás hablando? Después de eructar sonoramente y gritar ¡In my bedroom for chrissake! How do you say bedroom in polish, you idiot? volvió a mí. Me aclaró las dudas y me explicó que una tarde estaba aburrido y se metió al hi5 a ver las fotos de los amigos de sus amigos.

- ¿Eso se puede hacer? -pregunté -, en Facebook sólo tus amigos pueden ver tus cosas.
- En hi5 ves todo, huevón, es la cagada. Entonces, resulta que veo que la gringuita esa estaba como amiga de una amiga.
- Y dijiste aquí voy.
- Claro, huevón, ni cagando me iba a quedar con la curiosidad.
- ¿Y ? - pregunto ya un poco aburrido. Pongo un disco de Genesis - ¿qué había?
-Fotos de ella, y de su marido, te mando una.

La recibí en segundos y cuando la abrí reconocí a la niña que tenía locos a mis primos por culpa de unos ojos verdes (¿quién me los quiere comprar?). A la hermana del zurdo con el que emborraché en una playa de Miraflores. A la amiga de mi tía, con la que tiraba rabanitos a los chicos. Y todas eran la misma persona.

- La conozco, huevas -exclamé - ¿ese es su marido?
- Si huevón. Parece un salsero ¿no? uno de esos que tocan las maracas en una orquesta de pueblo. Mira esa camisa, parece un panadero hincha del Sport Boys.
- Don't be cruel.
- ¡Cruel my ass!, ese gordo care'balde tendría que estar con una gorda fea como él. Por lo menos.

Recordé entonces una conversación con Ruth, una tarde de verano. Nos encontramos por casualidad, y, superando toda improbabilidad, nos sentamos a hablar en un parque mugroso .Me dijo que estaba harta de Lima, de la gente, de la hipocresía, de su familia, de su casa y de su pelo rubio, que pensaba teñir de negro. Yo miraba sus ojos verdes y sus piernas doradas. Me habló de mi tía, y le mandó besos. Yo soportaba, estoico, el viento fuerte que provocaban sus pestañas al moverse. Me dijo que mis amigos eran unos cerdos, sobretodo Pepe, que había salido con ella una vez y esa misma noche se la quiso llevar a la cama, y eso sí que no, cholo, yo no soy tan fácil. Asentí y le dí toda la razón mientras admiraba su lindo ombliguito.

- ¿No estarás dolido, compadre?- pregunté, y un silencio de varios segundos me dejó escuchar perfectamente la voz de Peter Gabriel en I Know what I Like.
- Puede ser - resucitó Pepe - pero eso no me quita la razón. Como dice la Chimoltrufia "hay cosas que ni qué".

Llaman a mi puerta y sé que son unas amigas que vienen a cenar, te tengo que dejar, brother, le digo, y él me dice que ok, que de todas formas tenía que bajar a Manhattan a comprar unas cosas para su restaurante. ¿Tienes un restaurante?, pregunto, interesado, y él contesta que claro, huevón, cuando vuelvas a Brooklyn te invito unas chelas, pero eso sí, como vengas con las fachas del compadre ése mejor ni se te ocurra, porque te meto un plomazo en los huevos. Le digo que no se preocupe, que me pondría mis mejores galas. Pero miento, porque sé que aunque llegue en sandalias mi amigo siempre me tendrá reservada su mejor mesa. Cierro la sesión de Skipe y no pierdo ni un segundo en mandarle un mail a mi tía: ¿Ruth se casó, sabías? Y su marido es más feo que el tuyo, escribo. Abro la puerta y allí están mis amigas, preciosas, como siempre.

- ¿Qué has cocinado? - pregunta la pelirroja.
- Arroz caldoso- contesto - pero me faltó tiempo para agregarle el conejo.

jueves, febrero 05, 2009

¿Qué quieres que te traiga, hijito?


Mamá y papá se han largado de vacaciones a Lima. Admito que cuando supe que lo harían entré en un estado catatónico, de shock, o sea, ¿pa' qué?
Decidieron en una de esas charlas amables que dicen tener (y que yo nunca he visto) que ya que había tanto tiempo libre con esto de la crisis, qué mejor manera de pasar el rato que bajar a Lima y ver a los amigos, y, ya de paso, asistir a la boda de la hija de una sus mejores amigas. Mamá buscó en la web de la compañía aérea información sobre el equipaje, usos y costumbres de las azafatas, menú del día y tiempo estimado de vuelo. Papá caminaba nervioso por Alcalá de Henares, me imagino que pensando lo mismo que pensaba yo antes de mi viaje a Perú, allá por el 2002: ¿cómo estará mi casa? ¿mis amigos estarán vivos? ¿o presos? ¿cuántos soles hay en un euro?

Una semana antes de su vuelo intergaláctico me encontré con mamá en el chat de gmail. Después de hacerle unas cuantas preguntas para comprobar su identidad y enterarme de que en su curso de informática le habían enseñado a usar el chat (¿?) le pregunté por cómo iban los preparativos. Me contó que se había comprado un vestido elegante para asistir a la boda, porque los vestidos del mercado central son para cholas, y que papá también había renovado en algo su armario. Me preguntó si quería algo y le dije que sí, pero que era difícil y no lo conseguiría, te vas a perder, le dije, quiero algo de una tienda que está por Cailloma, por la calle de las putas. Grande fue mi sorpresa, y mayor mi alegría cuando ella, conocedora de su marido, me soltó eso de ¿por las putas? dime nomás, chato, si voy con tu papá, él conoce, fijo.
Le pedí entonces una chaqueta (di casaca en Lima, sino no te entienden) Adidas, de las que usaba la selección de fútbol cuando ganaba partidos, y algunos pósters de cine originales (los vende una tía en el jirón Quilca).

Me prometió intentarlo. O sea, que no lo haría.

- Me voy a Abancay y allí seguro que tienen algo.
- No, mamá, no. Allí venden ropa horrible para gordos sin cuello y con culo de chofer.

Pasaron los días y mis viejos se largaron un jueves a medianoche. No sin antes recibir una llamada urgentísima e importantísima de mi hermana que, emocionada al máximo apuró hasta el último minuto de tolerancia en el avión y antes de que la azafata les hiciera apagar los teléfonos les comunicó quién había ganado la última edición de Gran Hermano.

Esa misma noche soñé que entraba en la tienda Adidas de la calle Fuencarral y sólo vendían la chaqueta, modelo Firebird, que tanto anhelaba. Me desperté entusiasmado y se lo conté a Oscar, mi compañero de pupitre en el curso de MCSA, que, coincidencias de la vida, era también un apasionado fan de esa prenda tan cool. Tengo tres, confesó, pero esa de Perú no la conocía. Pasamos el resto de la clase buscándola por internet y encontramos a un pavo que la vendía, en España, a 60 euros.
Le escribí con la intención de pedir rebaja, total, hay crisis. Me contestó pidiendo 80 euros más gastos de envío, y, obviamente, le dije que se peinara y que ya seguiría buscando alguien con un poco más de piedad y menos concha. No obtuve respuesta.
Se me ocurrió fabricarla y busqué en ebay "firebird+ adidas+ white+ red", pensando en comprarla y luego pegarle el escudo de la federación de fútbol. Un inglés ofrecía algo parecido a 10 euros, vintage, pero cuando le pregunté por mi modelito famoso me dijo que no sabía que existía, pero que si él no lo tenía, ya estaba descatalogado. Otro vendedor más despistado me preguntó si Perú pertenecía a Filipinas.

Si Jamiroquai la tiene, yo también puedo tenerla, me digo cada noche al dormir. Y esperanzado creo que mis viejos serán los reyes y me traerán el regalo prometido. Pero en el fondo sé que los milagros no existen y como mucho me darán un frasco de rocoto, un choclo y un sublime recalentado. De parte de tu madrina, hijito, que te quiere mucho.

miércoles, enero 28, 2009

La maciza del gym


Así como vino su fue.
Rubén y yo hablábamos de su rumana imposible, una chica rubia que trabaja en el Lario's Café de Madrid y que, según él, no le quita ojo de encima cada vez que él llega al bar las noches de los fines de semana. ¿Por qué no le hablas? pregunté como siempre, y él, confundiéndome más, contestó que era más fuerte que él, pero que había lago entre ellos, un no se qué, y que, si le hablaba, igual perdía el encanto. Su timidez me recordó a la mía, y una de mis tantos enamoramientos fugaces que duraron lo que dura normalmente una canción de Luis Miguel. Volvieron a mí, las Magalys, Shemis y demás y, rabioso, le dije, como no te espabiles va a venir un cabronazo y se la va a llevar. Mi amigo, impasible, siguió trabajando los tríceps y dijo mejor, un problema menos, dejándome turulato.

Y entonces, llegó ella. Morena, cabello ensortijado atado con una esas gomas que venden los chinos a 6 por 60 sesenta céntimos. Mallas y una camiseta blanca que dejaba ver sus abdominales. Levanté una ceja en señal de aprobación y mi amigo se mordió el labio inferior, confirmando el veredicto. Pasé a su lado, tanteando el terreno, y supe entonces que olía a rositas. Huele a rositas, corrí a decirle aRubén, no jodas, dijo él, y tras comprobar que mi sentido el olfato funcionaba perfectamente volvió hasta la prensa de piernas en donde yo estaba ya desparramado y dijo es la única piba que conozco que viene perfumada al gimnasio.
Su presencia no pasó inadvertida entre los demás forzudos, porque si por algo se caracteriza el gimnasio al que vamos es por su total y absoluta ausencia de ganado femenino. Sí, es machista, lo reconozco, pero como no es mi objetivo principal ir a ver culitos subir y bajar en los steps, nunca me había quejado de la falta de chicas ricotonas en la sala de musculación. Como los demás, me conformaba con la charla amena de Encarni, una mujer de sesenta años que viene a mover sus huesos y siempre nos trata como si fuésemos sus nietos putativos. Por eso, esta morena, alborotó el gallinero.

Mi ego me hizo creer que ella me miraba, y el cabrón de Rubén subrayó mi error. Entonces, envalentonado y empujado por mi actual situación ('cause I got too much life/ running to my veins/ going to waste) me coloqué en la cinta estática que había libre a su lado y, sin más, le dije te apuesto una caña a que llego antes que tú al espejo.
Mi amiga Rubila me dijo una vez que los graciositos son los que llevan, casi siempre, el gato al agua. Pues en este caso la gata reia de mis chistes y, minutos después, ya me hablaba como si nos conociéramos de toda la vida. Me dijo que tenía una amiga enana ninfómana que se dedicaba a ir por la noche madrileña preguntando a los chicos si se la querían follar. Alguno caerá, decía yo, y la morena asentía y con acento vallecano decía, ya ves chaval, la chiqui esa liga más que yo. Asumí entonces que no tenía novio, y adivinándome el pensamiento me dijo que ella iba libre por la vida, que lo había dejado con un bombero súper celoso y que ahora vivía con sus padres, pero los fines de semana dormía en casa de una amiga, ya sabes, no voy a llegar con mis ligues a la casa de mis padres, tío, ni de coña

Me la imaginé entonces, volviendo a casa de noche, en taxi, y siendo más manoseada que el jamón de degustación del Alcampo. Mi diablito interior me puso por un momento a su lado en ese taxi que, no sé por qué, era igual a los taxis de Londres.

Pasaban los minutos y yo calculaba mentalmente que, más o menos, había corrido en la cinta unos doscientos millones de kilómetros. Las rodillas me temblaban y bajé la velocidad, mientras veía a la morena hablar y hablar como un loro amazónico y descarriado. Sonreía y asentía y, desde lejos, Rubén me hacía señas como si fuera un entrenador de baseball. La morena comenzó a contarme algo de una fiesta de halloween y, cansado ya, le dije, ya me voy, hablamos otro día, y la dejé allí corriendo hasta Australia.

Pasó el fin de semana y el lunes siguiente la saludé desde lejos, aterrado por su verborrea. Rubén me contó que la había visto hablar con uno de los musculitos que, como ella, va al gimnasio perfumado, peinadito, y con zapatillas y camisetas de marca. Pasaron los días y cada vez nuestros saludos eran más esporádicos, la veía reír las gracias de otros y, con poco margen de error, una tarde solté desde el fondo de mi corazón dije ésta viene a buscar quién se la folle, y seguí con mis mancuernas. A la semana siguiente, la maciza desapareció. Rubén sospecha que se ha cambiado de gimnasio, yo creo que la pobre nos veía como nosotros a Encarni, con mucha ternura pero sin ánimo de lucro. ¿Ande andará?

lunes, enero 26, 2009

Cada domingo a las doce


- ¿Te han dicho que eres igual al cantante de Travis?
- Que sí, un huevo de veces.

Mi amigo y yo compartimos el poco de sol que chorrea de las nubes en Madrid. Hemos quedado para recorrer el Rastro, yo busco un Lp y unas revistas viejas, él necesita unos DVD's y unos calcetines de colores de esos que tienen un espacio para cada dedo. Son calenticos, dice. Nos metemos entre la gente y yo me escondo detrás de mis gafas robadas del H&M, unas japonesas miran a mi amigo y lo bombardean de flashes, él ya ni se molesta en sacarlas de su error y hasta se abraza a una, que, eufórica aulla algo en una lengua oriental y se va chapurreando un zenkiu, zenkiu, mister Healy. Seguimos bajando por la calle atestada de gente y me detengo, como siempre, frente al puesto de la mujer que vende ropa de la segunda guerra mundial. Me pruebo un abrigo del ejército suizo, 25 euros, dice la mujer, pero yo recuerdo que hace más de un mes, cuando vine con Arturo, me pidió 20.

- Ésta es una estafadora - susurro a mi amigo almoust famous.
- No, colega - me corrige - es la crisis. Agradece que no te ha pedido 30.

Le cuento que sigo metido en el curso de MCSA, que lo paga el estado y sólo tendré que soltar billete para los exámenes. Al menos así te distraes y no le estás dando vueltas a la cabeza, dice, mientras examina los primeros calcetines de la mañana. Horribles. Me dice que él sigue trabajando, pero porque en su trabajo no despiden gente, vendemos móviles, tío, a nosotros no nos ha pegado la crisis tanto como a otros. Veo una bufanda que me gusta, pago cinco euros y me hago con ella un nudo en el cuello que dura dos minutos, no hace tanto frío ¿no? ¿una birra?. Nos metemos a un bar cercano y, a grito pelado, pedimos dos cañas. Llegan acompañadas de un platito con cuatro aceitunas que parecen descartadas de un casting culinario. Suena algo de música, pero el ruido de la gente no deja escuchar qué es.

- No importa el país en que estés - grita mi amigo - puedes identificar a un español donde sea. Será siempre el único que habla como si estuviera sordo.
- Es cierto - confirmo, entusiasmado, como hago siempre que alguien comparte mis ideas -, incluso gritan más que los ingleses. Lo comprobé en el metro de Londres, habían dos españoles en el otro extremo del vagón y me enteré de toda su conversación.

Dejamos tres monedas de un euro en la barra y salimos sin preguntar si ese era el precio. Bajamos directamente hasta un puesto que yo conocía. Saludo al dueño, un cruce genético entre Buda y Bin Laden y le pregunto si tiene el Hunky Dury, de Bowie. No hay suerte, me ofrece el Aladdin Sane por 10 euros, pero me hago el interesante y le digo que ya vuelvo, que voy a buscar otra cosa. Me odia un poquito y mi amigo, que se estaba haciendo fotos con unas españolas que le dicen I lovyurmiusik, mientras él, imitando el acento escocés, agradece. Me saluda con la mano y me acerco, las chicas me anotan unos números telefónicos en una publicidad de menú indio y yo les prometo que se los entregaré a Francis.

- ¿Hablas con la gente de tu antiguo trabajo? - pregunta mientras aprueba con los ojos unos calcetines que no llevaría un payaso.
- Con un par de ellos - me llevo también unos, por probar - con los menos aburridos.
- Para ti todo el mundo es aburrido.
- Casi, casi todo el mundo.

El vendedor de DVD's está al lado del gitano de las revistas, quien apenas me ve llegar me dice que no ha conseguido todavía la Rolling Stone de noviembre del 2007 que tanto busco, es difícil, confiesa, hasta he llamado a la editorial y está agotada. El falso Francis Healy a tenido más éxito y, sonriente, llega con sus compras metidas en una bolsa blanca. Subimos hasta la calle Toledo, y nos sentamos en una terraza para que el sol nos pegue en la cara. Me bebo una cerveza más y suena la alarma de mi teléfono, avisándome de que Sol se ha despertado, porque son casi las dos. Me piro, digo, y le doy un abrazo a mi amigo de los domingos.

- ¿La próxima semana, misma hora, mismo canal?
- Puede ser, a ver si hay más suerte con mis búsquedas. Te pongo un mensaje en el Facebook.
- Ok, then.
-Oye.
- ¿Qué pasa?
- ¿Sabes que te pareces un huevo al cantante de Travis?
- Que te follen - dice, y se descojona.

viernes, enero 16, 2009

Sound Loaded


No aguanto el ruido en este antro. Mariana dijo que llegaría a las diez, y ya son diez y diez. ¿Y si me convierto por unos segundos en el Gato y pido un vaso de agua con hielo en el bar? No. Eso es demasiado mierda, incluso para mí. Hay una pareja en la mesa de enfrente, ella está sentada y él acaba de llegar con una jarra de cerveza que pone Heineken pero debe ser de las baratas, tus zapatos te delatan, piraña, esas Timberland han subido muchos cerros, deberías cambiarlas. No sé ni cómo te han dejado pasar. Ella se sirve un vaso, poquito nomás, cholo, parece decir. Él insiste, es espuma nomás, creo que le dice, la flaca lo mira y deja que haga lo que le dé la gana, lo mira y sus ojos dicen, sirve nomás, huevón, que ni borracha tiro contigo. El idiota baila, o tiene un gusano en el culo, no sé, pero se mueve, ella levanta las cejas, mira el reloj. La imito. Mariana de mierda, siempre llegas tarde, son diez y veinte ya, si me ven mis amigos aquí, solo, se burlarán. Cinco minutos más y me largo.
There you are, in a darkened room.

¿Ricky Martin? ¿Quién es el genio que pone una balada en un pub? Es una señal, me levanto y me largo, la verdad está allá afuera, no voy a esperar a esta cojuda ni un minuto más. Además, ¿Para qué me ha citado aquí? El portero me conoce, menos mal, sino, hubiera tenido que pagar la entrada como el resto del populorum. Me despido, ¿te quitas, flaco? pregunta, no, no, vuelvo en un toque, miento. La humedad de Lima me da una cachetada y mi camisa de seda se infla como mi obligo acabara de estornudar. Un taxi se para en la puerta del pub, baja Mariana. Maldita sea, si no estuvieras tan buena...
Le alarga un billete verde al taxista y no logro ver si son soles o dólares. Siempre paga en dólares, le he dicho que no lo haga, que pierde plata, pero dice que en el despacho le pagan así, y le da flojera ir al banco a cambiar esos billetitos con caras de presidentes gringos por otros asquerosos con caras de losers. Hay cambistas en cada esquina, le dije una vez, pero ella me mató con la mirada (preciosa) y moviendo su boca con forma de corazón dijo que ya cuando le faltara plata cambiaría sus dólares. Vino hacia mí, seria, y me dió dos besos, a la europea, como aprendió en su última visita a Madrid. Me descolocó su nuevo perfume. Ella lo adivinó y dijo "nosequé" de Jean Paul Gautier. Me llevó de la mano hacia el pub, dijo hola Rodolfo y el portero se la comió con los ojos. Mi mesa todavía estaba libre, pero ella quiso entrar en la zona VIP, very imbécil person, exclamé fastidiado, Mariana fingió no escucharme y también ignoró que le viera el culo a la azafata de Ron Pampero.

Mira Monguito, empezó, esto ya no tiene futuro. Yo no sabía si se refería a lo nuestro, al país, al fútbol, a mi camisa de seda azul, a su Cosmopolitan que bebía como si estuviera en una película, a mi peinado, o a la canción de Sangre Púrpura que sonaba por todo el local. Ya sé, dije, para no parecer tonto, me imagino que saldrás con otro. La clase personificada ni se inmutó, se limpió (no sé por qué: su lipstick seguía perfecto) el labio superior, y, sin cambiar el tono de voz, dijo no seas pendejo, te has tirado a mi amiga.

Manual del infiel: 1.- Niega todo. 2.- Siéntete ofendido. 3.- Gana tiempo.

- ¿Que qué? - indignación máxima - si tus amigas no me gustan, oye. No sé quién te ha ido con el cuento, pero si es un tío quiere algo contigo, y si es una tía, bueno, puede que también porque estás muy buena - nada, ni un gesto, ni una risita - pero lo normal es que vaya detrás de mí. Sea lo que sea, me ofende que lo dudes, Mariana, me duele, de verdad. Quiero estar solo.

Hice el amago de levantarme, pero ella levantó un dedo, y usando la telekinesis, logró que me volviera a sentar. Te han grabado, imbécil, escupió, y me han enseñado el VHS, cinco minutos de pura acción.
Levanté una mano como un autómata y cuando la azafata acudió al llamado pedí un vaso de Chivas con hielo, del verdadero, mamita, ya sabes que conozco al dueño. Mariana se recostó en el respaldo del sofá de piel y desde allí me miró. Me recordó a su viejo la noche en que, invitado a cenar fui diseccionado como el marciano de Roswell, ahora veía en los ojos de la que hasta hoy era mi amante el orgullo de su familia italiana, no había escape. ¿Salgo bien el video? me quise hacer el gracioso, pero ella no se rió, terminó su trago y tiró sobre la mesa al presidente Jackson, invito yo, dijo y se levantó sin hacer el más mínimo ruido. Intenté cogerle la mano pero una descarga eléctrica me lo impidió. Sacó un cassette del bolso y lo tiró en una papelera, segura de que la estaba viendo. Me mandó un beso volado y desapareció entre la gente que ya llenaba el local. Mi whisky llegó, tarde, y me lo bebí de un solo trago.

Debí parecer un loco escarbando en el tacho de basura, hasta que conseguí rescatar el video. Salí disparado y, sabiendo que Mariana ya no me daría oportunidad alguna, subí a un taxi rumbo a casa. Al llegar, puse el video para verme en acción. Humillado, comprobé lo que sospechaba: después de un poco de estática, en la pantalla aparecía Mariana haciéndome "no" con un dedo, niño malo, dijo, niño tonto, sabía que lo confesarías. Mi amiga es un puta, pero creía que tenías más clase. Hasta nunca.
CursivaApagué la tele y, sonriendo, subí a mi cuarto a dejar que un sueño reparador me dijera cómo hacer que Mariana me perdonara. Es demasiado inteligente para dejarla escapar, pensé en voz alta, y mi perro, que ya dormitaba, levantó una oreja y salió disparado. El cabrón se había vuelto a mear en la puerta de mi dormitorio.

viernes, enero 02, 2009

Vestida y alborotada (Are you O.K. Annie?)


Lateaba el año 1993, a muchos ya se nos había pasado la mierda esa de celebrar los 500 años del descubrimiento de América y pensábamos en otras cosas, como por ejemplo, la próxima Copa del Mundo en gringolandia. La gente de mi barrio apostaba a que ganaría Argentina con un Maradona recuperado a base de milagros y rutinas de ejercicios que ni el mismo Rocky soportaría. Yo asentía callado, como hago siempre que creo que mis interlocutores tienen menos coeficiente intelectual que yo, porque en el fondo confiaba en el rey de espadas que tenía Brasil: Romario.

Demás está decir que Perú no clasificó a ese mundial (tampoco).

Creo que el principio de los noventa, fue, sin temor a equivocarme, mi época más misia. Acababa de salir del colegio y, sin oficio ni beneficio, me dedicaba a vagabundear por las calles sin ton ni son. Subía de mi barrio a cualquier otro sin motivación especial y cuando me cansaba me sentaba a pensar en cualquier parque, tratando de encontrar la forma de convertirme en escritor sin que mi viejo pensara que era un maricón perdido y, de paso, sin morirme de hambre. Y así, sentado en un parque de La Punta, conocí a Matilda La Grande.
Era una de esas mujeres que para mi, imberbe vago, aparecía inalcanzable. Abrió El Comercio y sacó de su bolso un vaso con medio litro de algo caliente que parecía ser café. Como en las películas, pensé, cuando la gente se sienta en Central Park, y bebe café del Starbucks mientras lee el New York Times. Pero esto era el Callao, apestaba a harina de pescado y en el vaso había impresa publicidad de una pollería. Pasaban los minutos y estaba casi convencido de que, al fin, había conseguido hacerme invisible y me preguntaba si usaría mis poderes para hacer el bien o el mal, cuando Matilda me preguntó si tenía hora. Sí, cómo no, señorita, contesté, atado todavía a las respuestas dictadas por el colegio militar. Ella, obviamente, se cagó de risa.

- No soy tan vieja, papito - mintió - ¿cuántos me echas?
- No sé, ¿treinta? - dije, y me refería a los años.
- Te has pasado por uno - mintió otra vez -, tú tendrás unos quince ¿no?
- No, no, señorita - mierda - tengo diecisiete.

Un choro nos rondaba como una hiena, pero ella, más canchera que yo, se le quedó mirando durante un par de minutos, y él, descubierto, meó en una pared y se fue. Me preguntó si venía siempre a ese parque, y le dije que no, que había llegado hasta allí de casualidad, lateando, pero que ya me iba.

- No te estoy botando oye, chibolo. Lo que pasa es que ésta es mi banca.
- Ah - respiré, y la tuteé por primera vez-: ¿qué llevas en el vaso?
- Tones. Para los preguntones, sapazo.

Hablamos hasta que casi cayó la noche, que pinta el cielo del puerto de un naranja distinto, como de mandarina y si le echas un poco de imaginación ves al agua del mar evaporarse cuando el sol se hunde en ella. Le conté que no trabajaba, que no sabía que hacer y que me aburría un huevo. Ella me miraba sin decir nada y no me juzgaba cuando, con la certeza de no volverla a ver jamás, le dije que quería ganar plata y no tener que escaparme siempre de las fiestas cuando llegaba la hora de comprar trago. Entonces, abrió su bolso y me dio una tarjetita con su nombre, su teléfono, el logo de Pepsi, y Marketing Assistant impreso en letras negras, ven a verme el lunes, por ahí que te puedo dar chamba. Me guardé la tarjeta en el short y, después de agradecerle con reverencias japonesas me largué antes de que cambiara de opinión.

Matilda me incluyó, una semana después y tras testimoniales pruebas de selección, en el staff del próximo evento que Pepsi Music organizaba en Lima, un mega concierto, me dijo, y cuando pregunté de quién y ella respondió casi me da un ataque al corazón: Michael Jackson, cholo, ¿en qué planeta vives? Mi labor sería llevarle al señor Jackson todo lo que necesitara en su camerino, que si Michael quería helado de Lúcuma, yo lo conseguía; si al señor se le antojaba un lomo saltado, yo mismito corría a la cocina y amenazaba a quien sea para tenerlo antes de cinco minutos; si a Michael le daba calambre ahí estaba yo para hacer volver a circular la sangre; si quería escuchar chistes de Melcochita, yo mismo era.
Me dieron una identificación intransferible e infalsificable con "V.I.P. Guest" impreso, me la metí en el calzoncillo de vuelta a casa, y la escondí en la Biblia, hasta que llegara el día señalado: 12 de octubre de 1993. Faltaban todavía varios meses, pero la publicidad era asfixiante. Todos querían ir al concierto y yo no tuve que guardar el secreto porque cuando intenté contarle a mis amigos que era el rascahuevos oficial (pagado por Pepsi Music) de Michael Jackson me ignoraron como cuando me inventé que me había tirado a Mili delante de su prima la gorda, eres un mentiroso del carajo, dijeron, y no hice mucho por hacerles cambiar de opinión. Por las noches cogía la Biblia y comprobaba que mi identificación estaba allí todavía. Mis padres creyeron que al fin dios había entrado en mí, y cuando ellos pensaban que yo leía la Carta a los Corintios en realidad me imaginaba a Michael dándome las llaves de Neverland como propina por mis servicios prestados.

Pero pasaron dos meses, y el cabronazo canceló el concierto. Dijo que le dolía la espalda y los rumores sobre su afición por los niños eran ya demasiado fuertes, así que desapareció y no completó el Tour. El escenario se quedó armado en el Estadio Nacional porque nadie le pagó a los obreros e incluso se jugó un Universitario - Melgar en el que los recogebolas tenían que meterse entre los hierros cada vez que una pelota iba detrás del arco. Matilda y yo nos hicimos más que amigos, y, aunque lo nuestro no duró mucho porque ascendió y la mandaron a trabajar a USA, me enseñó algunos trucos que hasta hoy me sirven y son de gran ayuda con las mujeres: me enseñó a mentir. Nunca vi a mi querido Michael en concierto, ni estreché su mano, ni le llevé un tecito a su camerino, ni hicimos juntos el Moonwalker La única forma en que he podido verlo bailar, antes de que fuera totalmente blanco, ha sido descargándome el DVD de su "Bad Tour" por Internet. Qué cabrona, la Jackson.

domingo, diciembre 28, 2008

Así juega Perú


Creo que es la quinta vez que nadie acude al llamado de Michael. Ya nos había citado varias veces para jugar al fútbol un domingo por la mañana, y cuando la gente llegó a la cancha lo hizo porque quería, y no porque él era el convocante. El pobre aprovecha las reuniones familiares para, cuando ve que la gente ya está relajada soltar su eterna pregunta: "¿un partididito este domingo?", y entonces, las miradas piadosas y las lenguas mentirosas le dicen sí, sí, cuenta conmigo.

Yo siempre me niego, y con un simple no dejo clara mi posición. Pero los cabrones de mis tíos siempre dicen que irán, haciéndome dudar, como buenos mentirosos que son. La primera vez que me engañaron yo vivía todavía en Alcalá de Henares. Cenábamos juntos (si a comer patatas fritas de los chinos se le puede llamar cenar) por el cumpleaños de una de mis tías y Michael soltó su frasecita famosa ya, a nivel transoceánico. Hubo momentos de júbilo, acompañados de exclamaciones: "hace tiempo que no juego", "vamos a pelotear","mañana va a hacer bueno". Me vi entonces regateando a todo el mundo y haciendo uno de esos goles que me han hecho indiscutiblemente famoso, en mi familia. Me despedí de todos y el domingo siguiente, contento, bajé a Madrid en coche vestido de futbolista. Sólo estaba Michael y tres amigos más, ninguno de mis tíos había acudido y sólo me quedó aprovechar el viaje. Pusimos las mochilas a lo ancho de la cancha y corrimos un poco, jugando dos contra dos. Volví a casa seriamente decepcionado.

Meses después, cuando ya casi había olvidado la afrenta, estaba otra vez reunido en familia cuando Michael, cómo no, se quedó sin tema de conversación y otra vez propuso el partidito de los huevos. Miré a mi hermano y le susurré ¿este huevón no se da cuenta de que nadie viene cuando él lo pide?, obtuve un levantamiento de ceja como toda respuesta, y, como siempre, mis tíos dijeron alegremente que sí, que jugarían el domingo, antes que llegue el invierno. Ya me había mudado al centro de Madrid y Sol me convenció de ir a la cancha, total, ¿qué podía perder? si estoy al lado, y así me dejas en paz unas horas, dijo, para convencerme del todo.
Llegué a la cancha y por el espejo retrovisor vi que no había nadie. Había aparcado con "Welcome to The Jungle" sonando a un volumen considerable, pero nadie apreció mi gran entrada. Varios minutos después llegó Michael, y casi enseguida mis dos hermanos. Nos vimos las caras durante un rato insufrible hasta que solté: estos idiotas no van a venir, vámonos, y cada uno cogió su coche, asqueado de la falta de seriedad de nuestros familiares. Encontré a Sol viendo un capítulo de "Sex and the City".

Llegó el invierno, la crisis, la navidad y la puta cena familiar. Cuando ya todos estuvimos cansados de comer pavo, y mientras hablaba con mi tío sobre su próximo viaje de vacaciones a New York, alguien me llamaba insistentemente. Sospechaba quién era, y quise ignorarlo pero mamá me hizo tu primo te está hablando con los ojos, y giré la cabeza a la vez que soltaba un ¿qué? lo más cortante posible. ¿Un partido este domingo?, preguntó, y obtuvo una negativa rotunda por mi parte que cortó el aire del salón. Mis tíos, as usual, dijeron que irían y yo volví a mi conversación newyorker. Anoche Michael llamó a mi casa y me encontró tirado en el sofá, viendo Los Soprano, y tramando maldades para hacer esta nochevieja en París.

- ¿Qué pasa?
-Oye primo, ¿dónde están tus hermanos?Justificar a ambos lados
- Y yo qué se. - dije, y rematé con una frase bíblica que seguro no conocía: -¿soy yo, acaso, guardián de mi hermano?
- Los he llamado y no están en sus casas. Esteeee, ¿Juegas mañana?
-¿Qué te ha dicho esta gente? - pregunté, abriendo la nevera para servirme un poco más de té helado.
- Que venían.
- Ah, entonces yo también voy, mañana nos vemos.

A eso de las diez de hoy salí de la cama y para terminar de despertarme puse un documental sobre momias incas que tenía bajado de internet hace un mes. Es muy común que en cualquier parte del Perú, al establecerse la gente en asentamientos humanos, empiecen a surgir de debajo de la tierra restos arqueológicos. En ese aspecto también nos parecemos a los italianos: levantas una piedra y aparece una vasija. Así había pasado en el asentamiento Túpac Amaru mientras se instalaba la red de alcantarillado.
Llegó la hora del partido y tras enfundarme la camiseta de fútbol de la selección marroquí llamé a mi hermano, que recién despertado y todavía en Alcalá de Henares, confirmó mis sospechas. Vuelve a dormir, sorry, le dije, y colgué, yo también odio que me despierten. La segunda persona a la que quería ver antes de volar a París era mi tío, el ingeniero, así que llamé a su casa. Allí estaba, y me dijo que no iba a jugar, que nadie le había confirmado nada y además iba a dedicar el finde a su hijita, buen viaje, dije, si vas a Chinatown, me compras una camiseta de Obama.
Quise llamar a Michael para decirle que no iría, pero ninguno de los tres teléfonos que tengo resultó ser suyo. En el primero me contestó un peruano borracho, en el segundo una ecuatoriana que parecía estar comiendo cancha mientras hablaba, y el tercero, simplemente, no existía. Pensé, entonces, que mi primo era igual de informal que mis tíos, y me planteo ahora subir al Retiro, cualquier tarde con mi ropa deportiva, y unirme a algún grupo de futbolistas a los que les falte uno para completar dos equipos. Quizás esa sea la única manera de que mi inenarrable talento pelotero se pierda, junto a mi inapreciado vigor sexual, mientras pasan los años.

martes, diciembre 23, 2008

La Logia de los Búfalos Mojados


Mi móvil no dejaba de sonar, y me levanté de la cama. El número oculto me hizo pensar que podría tratarse de una entrevista de trabajo. Ejem, ejem me aclaro la garganta y contesto. ¿Qué pasa monstruo? me dice una voz que me resulta bastante familiar, Hola Roldán, respondo, me has despertado cabrón.

Me invita a jugar a los bolos, cosa que detesto, el miércoles al salir del curro, que hace mucho que no se te ve el pelo. No lo dudo, acepto, iré un poco antes y aprovecho para hacer mis compras de navidad, Roldán. Él, después de unos segundos de silencio, pregunta si no me pasaré antes por la oficina para saludar a los demás, que les den, digo, los que quieran verme que bajen al Plenilunio. Sol también ha quedado a cenar con la gente de su universidad, ella va en metro, yo me llevo el coche y salgo del parking con el Rough Justice de los Rolling sonando:

One time you were my baby chicken
Now you’ve grown into a fox
And once upon a time I was your little rooster
Am I just one of your cocks?

El centro comercial estaba lleno de gente pero no me costó mucho conseguir lo que necesitaba, y, como había calculado, terminé de comprar todo en media hora como si de un concurso televisivo se tratara. Adán me esperaba en la puerta de la bolera.

- ¿Cómo estás, tío?
- Bien ¿y tú?
- De putamadre, a mí me habían echado hace un año, así que ya me había hecho a la idea.

Recordé entonces que lo suyo fue un caso extraño. Lo despidieron con un pre-aviso de un mes, pero cuando renunció su sustituto le pidieron que se quedase un poco más. Los demás siguen llegando y algunos me saludan con más efusividad que otros. ¿Qué tal la cena de navidad? pregunto y, sin mentir, me dicen que fue un tostón, que el jefe, no se sabe si para motivarlos, soltó que Toshiba Tec no había tocado fondo y que podría haber más despidos. Entramos y pedimos unas cervezas mientras esperábamos que nos asignaran un par de pistas, juntas a ser posible. Mientras José Luis me rodeaba con su brazo y soltaba frases del tipo, cómo te echamos de menos, cabrón, yo pensaba en las chicas que habían pasado por la empresa durante los dos años que duró mi etapa y a las que ya nadie echa de menos. Supe que mi PC se usa ahora para consultar el inventario y que Rafa, cagón, asistió a la cena porque Ángel de Dios lo obligó. Me contaron que despedirán al chaval de Valencia, un comercial que parece más un reportero de CQC. Y, no sé cómo, sabían de mi entrevista en la empresa de la competencia. Víctor, tiene que haber sido él. Coldplay llenaba la bolera de música.

Time is so short and I'm sure
There must be something more

Mi mano derecha todavía no se había recuperado de la tendinitis que me diagnosticaron un mes atrás, en una clínica del barrio del Retiro. Aún así lancé la bola con toda la pasión que pude. Se fue por un costado, sin derribar una sola de esas cosas blancas que Juan Carlos llamaba palitroques. Mira a la morena de al lado, dice, se le marca el tanga. Volví con el grupo y le dije a Ely que estaba más delgada, por las medicinas, respondió, me van a hacer una endoscopia para ver si descubren de dónde vienen los dolores.
Empezaba a sudar y me quité el jersey, Adán gritó desde lejos, cómo se nota los que vamos al gimnasio ¿eh, mamón? Lo tomé como un cumplido. Le tocaba tirar a Ely, pero antes se giró y me preguntó ¿sabes algo de Vero?, y yo, sin ganas de mentir, dije que no, que lo último que supe fue que se casó.
Las horas pasaban y yo volaba de grupo en grupo. En todos hablaban mal de Toshiba, que si era una mierda, que la cesta era una miseria, que no sabían tratar a la gente, que si Ángel de Dios era un gitano y un prepotente; empecé a creer que venir a jugar para despejarme y no pensar en el trabajo había sido una mala idea. Una mano me tocó el hombro, era María.

- ¿Cómo estás, guapa?
- Bien ¿y tú? estás cachas - dijo, apretándome los bíceps.
- Ejem, ¿qué tal la cena?¿hubo un minuto de silencio por los ausentes?
- ¿Qué ausentes?

Alguien me avisó que era mi turno. Herido en mi orgullo por lo rápido que mis compañeros habían olvidado mi existencia recordé a Pedro Picapiedra y lancé la bola con todas mis fuerzas. Tiré todos los palitroques y hasta juraría que alguno había intentado apartarse del recorrido de la bola asesina. Se jodió la pista y tuve que ir a avisar a la encargada. Iba pensando en que no tenía que ser tan bestia, y que si la gente te olvida ¿who cares?, cuando vi aparecer, vestido de traje y corbata al Misterioso, que es como llamamos en mi familia al novio de mi hermana, porque, sabiamente, ha decidido no asistir a ninguna de nuestras reuniones familiares. Reuniones a las que, cada vez que puedo, también falto por el bien de mi salud mental.

- Hola Misterioso - le dije.
- Hola tío, ¿qué haces aquí?
- Vengo a jugar a los bolos con los colegas.
- Ah, yo también. Estoy buscando a los pringados de mi empresa.

Nos despedimos y cuando volví, seguí con el juego y ya sólo deseando que la noche acabara y casi seguro de no volver en mucho tiempo. Me dolía la mano y le susurré a María que me largaba cuando acabara esa partida. Ella, mirándome como Candy miraba a Terry, me dijo que también se iba, y que qué pereza ir sola a casa, que se aburría mucho y demás. No dije nada. El juego terminó y prometí a mis ex compañeros volver a verlos pronto, les deseé feliz navidad y toda esa mierda y emprendí la retirada. Cuando llegaba a la escalera que hay frente al buffet chino, escuché a María,que me llamaba usando la poca potencia de su voz.

- ¿Te vas, hermoso?
- Claro, ya acabamos de jugar.
- Pues yo me voy a casita, me voy a dar un baño de espuma y...
- ¿Dónde tienes el coche, María?
- Por allí -dijo, señalando el norte.
- Ah, pues yo lo tengo por allá -dije, señalando el sur- hasta luego, Lucas.

Se dio la vuelta como un robot y mientras yo bajaba las escaleras susurraba back off bitch, y me imaginaba a Duff McKagan y Slash haciéndome los coros gritando bitch, bitch, bitch. Respiré hondo en el asiento de mi coche y cambié el disco de los Rolling por el de The Last Shadow Puppets. Subiendo por la oscuridad absoluta de la carretera de Coslada a Vicálvaro me preguntaba si no había tardado mucho tiempo en salir de Toshiba. Nada de más salidas en grupo, prometí.