lunes, julio 26, 2010

Tú te acostumbraste, a todas esas cosas.


Cuando Mirella me dijo que me esperaba en el Orange Bar, cerca de Argüelles, yo no tenía la más mínima idea de en qué me estaba metiendo. Subí en metro hasta San Bernardo y desde allí tuve que caminar gracias a las super obras que gobiernan Madrid en verano. A medida que iba bajando por Alberto Aguilera iba reconociendo calles, tiendas, bares, en un progresivo deja que culminó cuando, al llegar al Corte Inglés, descubrí que el Orange Bar no era otro que el Chesterfield Café, que había cambiado de nombre vendiéndose al mejor postor. En ese bar, hace más de ocho años, conocí a Sol.

- Mirella me cagüen tus muertos - pensé en voz alta.

Entré y descubrí al minuto que el bar conservaba el aire cutre de antaño y fui directo hasta la barra a pedir la cerveza que incluía mi entrada. Sólo cerveza de barril, me dijo el camarero cuando le pedi una Carlsberg, es lo que incluye la entrada. Lo dicho, la cutrez madrileña representada. Desde la barra veía a niños de catorce años, adultos trasnochados y más de un tarado que no ha leído Esquire o GQ en su vida y cree que puede ir a los garitos con bermudas y sandalias. ¿Dónde me he metido?, me pregunté, y avancé hasta el escenario, donde empezaba el concierto de Funky al que Mirella me había invitado. O sea, invitado es un decir, porque pagué mi entrada, a pesar que la chica de mi facultad conocía a la cantante: una búlgara con la mirada más súper golfa que yo había visto en años.

Cuando acabó el concierto, y después de ignorar a la prima fea de Mirella (a la menos fea, al menos le dije "hola"), pregunté ¿qué hacemos?, apenas es media noche. Y recibí como respuesta una proposición terrorífica: ir a una discoteca peruana a celebrar la independencia del Perú.

- ¿No te parece tonto celebrar la independencia de España, en España? Osea...
- No pues oye, vamos nomás, está bien el sitio.
- ¿Bien?¿Bien, cómo? ¿Como ésto de bien? ¿O mejor?
- Más o menos como ésto, pero con más luz. Ya sabes que a los peruanos nos gustan las fiestas recontra iluminadas, pues.
- A mi no, pero con tal de que no haya gilipollas con bermudas o que parezca que vienen de llenar techo...venga una copa y ya.

Salimos del Orange/Chesterfield/Suputamadre y al llegar a Alberto Aguilera la prima menos fea de Mirella pregunta si Tribunal está muy lejos, porque lleva tacones. Le respondo que no, pero me da pereza caminar con esa compañía y (mientras mentalmente me digo "quédate, igual ellas tienen amigas interesantes") paro un taxi. El taxista es peruano, pero no me corto:

- No sé chicas. Un sitio peruano en Madrid, eso no puede ser bueno.
- Hay show y todo, cholo...
- No me llames así, porfa.
- Ay, perdone usted señor pijo. Como te decía, tocan de todo, salsa, merengue, cumbia...
- Pero. ¿No decías que se podía comer?
- Claro, pues. Es como una peña.

Tragué saliva. El taxista ahogó una risa. Por la ventana del taxi vi a dos alemanas, borrachísimas, cayendo en plena Glorieta de Bilbao. Quise ser ninja, tirar una bomba de humo y desaparecer. Déjanos acá nomás, hermano. Bajamos por la Corredera Baja de San Pablo y a medida que los números de las calles iba aumentando, el número de gente guay disminuía. Lejos iban quedando, incluso, los típicos perroflautas de Madrid que, cerveza en mano, acostumbran beber en la calle. Mirella, de repente, paró en seco frente a un letrero que ponía "C stumbres" y me aclaró, al verme confundido, que el verdadero nombre era "Costumbres" pero, se le ha caído la "o", pues, flaco.
Una gordita (adicta al arroz con pollo, afirmo) nos cobró 3 pavos por entrar y yo pregunté, porque sino reventaba, si esos 3 euros incluían una ración de rachi. Dijo que no. Bajamos unas escaleras hediondas, forradas en terciopelo rojo, y en el descenso vi de reojo a Seina, la empresaria/cantante folclórica/personaje/amiga de mi madre, y, como tiene que ser, le rehuí la mirada; no vaya a ser que me reconozca as usual y me cante allí mismísimo el mejor de sus huaynos ancentrales, con ayayayayyyys incluídos. Eso sí que no.
Al finalizar la escalera, encontramos a los hermanos de Mirella (mis hermanos...un amigo de la facultad) y a un calvo gordo que, en Lima, sería cobrador de combi o arreglador de tumbas del cementerio Baquíjano, pero que aquí, en Madriz, en Europa, tenía un polo Lacoste, y ostentaba el grandísimo título de novio de la prima menos fea de Mirella, a quien, gracias a la luz deslumbrante del local, empecé a descubrir un rebelde mostacho. No sobra decir que el 80% de los danzantes (de algo que parecía ser una cumbia unplugged) vestía bermudas de jugar al padel y camisetas del Decathlon. Los hermanos de Mirella incluídos.

Un vaso llegó a mi mano, y yo, absorto, bebí su contenido para, segundos después, comprobar que la gente lo llevaba compartiendo durante varias rondas. Qué asco. Dejé de mirar a la family de mi amiga universitaria y desvié mi atención hacia la pista de baile, intentando contener el vómito que se manifestaba, no sé si por beber del mismo vaso que los demás o por el polo sin mangas tipo Nadal que llevaba uno de los asistentes, que, ebrio, intentaba sacar a bailar a una mujer con dientes de oro. La cumbia se convirtió en salsa y negué por primera vez, sin sentirlo, cuando el hermano mayor de Mirella me preguntó "no serás pituco, ¿no?" Una joven sin cuello y vestida de negro nos dijo que había una mesa lista para nosotros. Ilusionado, pensé que esto sería como el "Sachún" de Barranco, donde sólo le daban mesa a la gente cool. Grande fue mi decepción cuando nuestra mesa tenía un mantel de papel, que más parecía una servilleta gigante de un Kebab de Gran Vía y estábamos sentados al lado de un par de borrachos que no dejaban de hablar de su estancia en la prisión de Lurigancho. Descubrí que, en el antro, el hecho de tener mesa te aseguraba tener un vaso para cada comensal y me bebí de un trago la cerveza de la jarra, que en ese momento me supo a Champagne.

- Bueno ¿qué opinas? - me preguntó la ex tia buena de mi facultad.
- Es...pintoresco.
- Venimos siempre - afirmó el hermano menor de forma innecesaria - está bien este sitio pa meterse unas chelas.
- Sí - dijo el tío calvo, meganovio de la prima menos fea -, aquí la gente es zanahoria, cholo. Te metes unas chelitas, comes un cevichazo y nadie te jode.
- Ah - dije, tomándome las pulsaciones.
- El que canta es bueno - dijo la prima menos fea, para inmediatamente gritar: - AHHH ES MI CANCION, RASPADILLA - y salir disparada hacia la pista de baile.
- ¿Raspadilla? - pregunté, inocente yo.
- Así le decimos peeee ¿no ves que es pelao? - me espetó el hermano mayor - ¿no la paras? oe, causa¿de qué barrio eres, ah?
- Del...ejem...del Callao.
- Ah, chucha...suave contigo, entonces.
- No, no, brother. Tranquilo, no pasa nada.
- ¿Seguro que no eres un pituco, un pijito de esos?
- Noooo,¡que va¡ - negué por segunda vez - yo soy más de barrio que los columpios.

Busqué con la mirada las posibles salidas, a lo Jason Bourne, y descubrí que sólo podía volver por las mismas escaleras por donde había entrado, que el gordo de la mesa de al lado era zurdo y no comía cebolla; que la mujer de los dientes de oro se sabía de memoria las canciones del Gran Combo; que la pareja que no dejaba de besarse estaba vestida con ropa del Primark y que él tenía un bulto extraño en sus medias blancas de deporte; que la única tia pasable del local estaba rodeada por cuatro amigas feas y acosada por dos tíos que parecían salidos de un partido de fulbito (sudor incluído); que el tío calvo que se follaba a la prima menos fea de Mirella me miraba de forma extraña, y amenazante. ¿No nos conocemos de algo, causa?

- Mirella - le susurré - voy a desaparecer en breve.
- Ya, me imaginaba.

Sonó una canción que supongo era super conocida por la reacción del populorum y aproveché el barullo para salir corriendo, sin despedirme de nadie. Al llegar a la puerta la gordita adicta al arroz con pollo me preguntó si iba a volver, a lo que respondí con un ¡ni de coña! que me salió del alma y no dejó lugar a dudas. Ella, sin dejar de mascar chicles me espetó a modo de insulto: ¡qué pijo! Y yo, por no escuchar gallos, le dije que sí, que qué pasa, que soy pijo y que no volvería a pisar esa mierda de sitio, y salí sin más, dejando atrás para siempre a los bailarines en bermudas y zapatillas blancas.
Cabreado, caminé hasta Tribunal, y desde allí bajé por Fuencarral. Ya en Fuencarral, me dije que no estaría de más caminar hasta Gran Vía, y en Gran Vía se me ocurrió bajar hasta Cibeles, buscando un taxi. Ya en Cibeles, los taxis eran escasos y, harto del mundo, me subí a un autobús nocturno de esos que por un euro te regresan a casa sin hacer preguntas.
Durante el camino, revisé mis mensajes y vi que Marie-Flore quería comer conmigo al día siguiente. Le dije que sí, que tenía partido de fútbol, pero que después podíamos vernos. Quedamos en La Latina para comer en Los Huevos de Lucio y me dije a mi mismo que ya estaba bien eso de jugar al autóctono. Respiré aliviado al saber que tengo opciones, y que puedo ser peruano sin creer que eso significa ir a bailar siempre a esos antros de mala muerte que sólo sirven como focos de exclusión social. Al bajar del autobús me vi reflejado en una marquesina y me imaginé atrapado en ese mundo, vestido como con pantalones pirata y con cadenas de oro pobre colgadas del cuello. Me reí de mi ocurrencia y entré en mi casa, tiré la ropa sobre mi sofá nuevo y me dejé caer sobre la cama. Al despertar, vi un mensaje de Marie-Flore:

- Je t'espere a deux hores à La Latina, feignasse. N'oubliez pas tes commerages :)

Contento, me fui a jugar al futbol con mis amigos en Moratalaz. Al llegar, les conté que, por una noche, había descendido a los infiernos, pero que huí de ellos apestando a ají panca.

viernes, julio 23, 2010

Blondie (Call me)


-Tío, tenemos que hablar mañana con Julio.
- No sé, ¿no será un poco violento?
- Ya. Pero mejor aclararlo. Le voy a llamar.
- No, no...mejor mañana bajamos a tomar un café y se lo decimos.
- Sí, mejor en persona.

Colgué y me puse una camiseta sin planchar directamente del tendedero. Habíamos quedado a las 8 y media en un bar de La Latina y mi intención era llegar tarde. Ya llevaba un whisky puesto. Cuando entré en el bar la mitad de los invitados ya había llegado y, en el medio de todos, Susana lucía radiante y más rubia que nunca. Me alegró verla así, feliz y sin tener que preocuparse por las perradas que le hacía su jefa. Desde lejos, y mientras saludaba a los demás (Estefi me preguntó que cuanto tiempo había estado decidiendo mi look, y me pellizcó un pezón) la envidié un poquito por tener los cojones de dejar todo con tal de estar tranquila. Los mismos cojones que, en su día, tuve yo y que hoy debo haber usado hasta el último cartucho cuando comenzó el Año del Mapache. Julio me llama.

- Oye, ¿dónde estas?
- En un sitio que se llama ...¿cómo se llama esto?
- Los huevos de Lucio - me responde una desconocida.
- Los huevos de Lucio, Julito. Y está en la Cava...
- Baja - desconocida, again.
- En la Cava Baja, el número no lo sé.
- ¿Y cómo se llega allí? Tú sabes que yo sólo conozco el Berlín Cabaret.
- Cuando llegues me llamas, marica.

Susana se acerca y le doy dos besos. Le digo lo guapa que la veo y se sonroja, porque sabe que no sé mentir. Te voy a echar de menos, blondie. Desde el otro lado de la barra, veo a Silvia llorar y me acerco a preguntarle qué pasa. No sabía que era tan emotiva y me imagino que la intensidad del momento ha podido con ella. No es así. Ella, como yo, tiene los ojos operados con láser y el humo del cigarro de Natalia la está destruyendo. Huye conmigo y nos posicionamos, mal, al lado de Estefi, que no para de comer croquetas. Y me pellizca un pezón, one more time.

- ¿Dónde está tu novio?
- Bah, es un soso - responde Silvia, secándose las últimas lágrimas.
- Venga, no lo llames así.
- Es verdad... pero es mi soso.
- Mu rico.

Las copas van y vienen y la comida, solo va. Julio llega con Cristina y mi amigo al instante ya está posicionado al lado de los huevos rotos con patatas; Cristina, al lado de los tíos (El lobo de Twilight, y sus amigos). Piernacas. Helena, a la que había estado ignorando sin querer, viene justo en el momento en que Esther y yo estábamos comprobando cuál de los dos tenía la piel más suave. El macizo de la empresa, me dice, y me acaricia el pecho sin piedad. Tranquila, no soy tu mulato, le respondo, y desvío la atención hacia la historia en que, una noche de oscuro invierno, Helena quiso cepillarse al guardián de su edificio (un dominicano de veintipocos años) usando el truco de "se me han volado los plomos". Reímos con ella cuando, al finalizar su narración, nos dice que el mulato le ha prometido un tour por sus playas, cuando ella esté libre. Los imagino, con mi cuarta copa en la mano y acariciando a Esther, corriendo por las playas dominicanas al son de una bachata de Juan Luis Guerra. Él, va atado a una correa que ella guarda con celo.

Iván me llama y le paso el teléfono a Natalia. Dos minutos después me lo devuelve, dice que no viene, que quiere hablar contigo. Paso. Le doy el teléfono a Cristina que huye con él hacia la calle y vuelve cinco minutos después, Culo Inmenso dice que quiere hablar contigo. Me rindo y contesto:

- Tío, no voy. Estoy en pantalón corto
- ¿Y qué? El lobo de Crepúsculo también está en shorts.
- Estoy sudado.
- Jajajaja. Hablamos mañana, perraco.

Cuando Julio, ya sazonado, me incita a bajar al Berlín Café, huyo con Susana. La noche ha terminado para ambos y bajamos en un coche que tiene puesta en la radio música para las masas. El coche nos deja en la calle Cavanilles y bajamos, agradeciendo al actor secundario Bob por habernos acercado a casa. Nos despedimos y ella prometió llamarme cuando volviese de su tour por la Costa Azul. Sí, sí, contesté, y ella insistió, que sí, tío, que te llamaré y quedaremos y eso. Quise creerle, pero yo dije lo mismo a mis amigos de Toshiba cuando me fui y después ni siquiera acepté sus invitaciones de Facebook. Le di dos besos y bajé solo hasta casa. Intentado recordar el nombre de la canción que antes sonaba en el coche.

- Lalalalalalalalalalalalalalala ....my eyes...¿qué coño sigue?

jueves, julio 15, 2010

Down Under


Cuando le dije a Sol "este año, mi propósito es ser mejor persona", mentí como un bellaco. Y no mentí de forma consciente, no, lo hice apoyado en mi voluntad de ser aceptado (mínima) y atacado por mi (máximo) ego que se resistía a ver decrecer de forma alarmante mi lista de amigos en hi5. Corría el año 2007 y yo me había dado cuenta que decir abiertamente lo que pensaba me estaba hundiendo en la escoria.

Me hundí en lodo catalán cuando le dije a una chica que la dejaba por Sol. Fui sincero y le confesé que estaba enamorado de otra, mientras recibíamos la miserable lluvia de un año de sequía, sentados en el Paseo del Prado. Ella me juró amor eterno y dos meses después me enteré que, entonces, ya tenía novio. Años después me condenó al olvido y yo le perdí el rastro. Una tarde, contestó a una de esas cartas cursis que mando por navidad a todos mis amigos y retomé el contacto, sólo para que mi subconsciente la tratara mal, empujado por mi sentimiento de culpa, y lograse que, one more time, me dedicara la mejor de sus maldiciones. En forma de escupitajos. Años después logré, sin querer, establecer contacto, pero siempre me recuerda de una u otra forma que, señor, no soy digno de entrar en su casa, y que sólo una palabra mía bastará para cagarla.

Me hundí en barro chalaco cuando dejé plantados a mis amigos del barrio en mi última (espero) visita a Lima. Ellos que me habían escrito cartas llenas de buenaventura y que, once in a while, pedían información de mis aventuras europeas, quedaron para siempre en el cajón del olvido en el que tengo mis Thundercats, mi camiseta de Alianza Lima, el libro de Ecuaciones Diferenciales, el disco de Topo Gigio, unas zapatillas rojas tipo Chapulín Colorado, un condón "Sultán" y el pasquín "Memorias de una Pulga". Paseé por Lima solo, pateando latas y comprobando que mis sentidos arácnidos seguían alertas ante la presencia de raterillos ocasionales, siempre vestidos con zapatillas sucias y escondidos bajo una gorra asquerosa, con publicidad en la frente. Cuando mi pandilla supo que había pasado por la ciudad, sin llamarlos siquiera, me olvidaron para siempre. O mejor dicho, hasta que el facebook me presentó en sus sugerencias automáticas de amigos, y ellos, al menos de forma virtual, me volvieron a aceptar en sus vidas para dejarme ver cómo abrían galletitas de la suerte o ganaban una vaca en sus Farmville de los cojones.

Me perdí en Mordor cuando le dije a mi tío, el ingeniero, que no iba a la fiesta de cumpleaños de su hija porque no tenía ganas. Mamá, me dijo, con gran sabiduría, que a esas cosas se va aunque no se quiera. Que es familia. Que hay que estar si o si. Yo, díscolo salmón, fui contracorriente y pasé olímpicamente de cumpleaños, fiestas y demases para volcarme (mal) en mi relación de pareja. Mi familia materna me hizo la cruz, y me perdí bodas bautizos y comuniones. Así pasaron varios años, hasta que, no sé por qué, un día me invitaron a una comunión en una casa ruralen las afueras de Madrid. Contra todo pronóstico, no había que pagar nada por formar parte de la celebración y, animado por la nueva incursión a la familia que se me presentaba acudí vestido con mis mejores galas. Mi coche explotó en el camino a Cuenca y fui rescatado por mi tío, el ingeniero (lo qué es la vida), que se quedó conmigo hasta que llegó la grúa y me llevó, después, en su coche destartalado hasta la fiesta, donde mi entonces amada esposa y mi familia nos recibieron con sinceros aplausos. Esa noche me prometí seguir siendo mala persona con quien no valía la pena, y abrazar sólo a los que aprecian mis abrazos.

Me hundí en el río de La Velilla, cuando confundí las señales de Laura y creí que le gustaba que le dijera lo que pensaba.Todo el tiempo. La pobre se cansó, con razón, de su amigo Luis Miguel y rechazó sin piedad mis piropos, la tarde en que España llegó a la final del Mundial de Sudáfrica. Es una putada, porque la ves a diario, dijo Rubén, pero yo no lo creo. Simplemente dejaré de decirle las cosas que pienso, y como todo es bonito, y no quiere que le diga cosas bonitas, mis silencios serán largos. Comeremos de vez en cuando, hablaremos de sus problemas informáticos y, ¿who knows? algún día coincidiremos en las pausas, mientras ella fuma esos cigarros que le dejan un olor a abuelo de pueblo y yo bajo a respirar el aire caliente del norte de África, bebiendo té helado, y viendo a las Chonis que hablan tan alto. ¡Dios!

Me hundí en el mar de Brest, cuando perdí a Solenne. Y me comen las langostas azules. Pero no duele. Es una sensación extraña contemplar como los restos de lo que fui, no se parecen en nada a lo que soy. Observo a las langostas comer mi yo antiguo, que tirita, porque el mar de Brest es frio de cojones, y es como estar en un acuario de barrio. Me dan ganas de decirles "se están dejando un dedo, ese, el del medio, que es el más jodido", pero no hablo langosta y ellas siguen, a su ritmo, comiendo los restos de mi naufragio mental mientras mi nuevo yo sale a flote y sólo se preocupa por buscar alguien con quien ir a ver "Toy Story 3".

martes, julio 13, 2010

Deux femmes dans la nuit


- ¿Hace cuanto tiempo que no escucho un disco de Alejandro Sanz? - me pregunto mientras subo por Ayala en un taxi, para reunirme con mis amigos.

Madrid me encanta cuando es gobernada por su cielo azul, africano, y sus balcones se dejan de complejos y muestran flores, banderas y alguna que otra mesita para tomar el vermut, con rubia en bikini incluida. Entro al Lateral de Velasquez y Julio, Helene y Marie-Flore ya están allí. Han pedido una jarra de sangría. Hablamos de todo un poco, comemos casi nada y nos hacemos confesiones sin sentido. Helene está radiante. Tiene 37 años, un marido y dos hijos y nada de eso ha hecho mella en su elegancia francesa. Debe ser descendiente directa de Maria Antonieta, pienso.

- ¿Por qué las tías usan tacones, si no saben caminar con ellos.
- Parecen velociraptores.
- Ouais, specialment Marta. Mais je pense que elle fait ça...
- Porque está enamorada de su jefe.
- Hahaha...Quel con!

Devoramos las tapas mientras Marie-Flore mira a un rubio de la mesa de al lado, Helene parece que anuncia Ferrero Rocher, yo miro disimuladamente a una chica castaña que debe tener la misma edad que Estefania y que pesa lo mismo que pesaba ella cuando entró a trabajar a la empresa, antes que se hinchara el culo a gominolas y risketos. Julio...no sé qué mira. Suena su teléfono y es su amigo colombiano, primer compañero de piso y maestro de juergas. Le dice que se nos una un poco más tarde, como a las 12 que pensamos ir a Gavana.

- ¿Ah, si? - pregunto a Helene, que me dice que ella ya fue una vez...pas mal.
- No venga con zapatillas - aconseja Julio por teléfono - que sino usted no entra.
- Sont sympa les colombienes - susurro a Helene, y aprovecho para embriagarme con su perfume -. Ils vouvoyaient tout le temp!
- Oui -me sonríe. Pienso, sin dejar de verla: Ah dios, yo quiero una de estas.

Pagamos, subimos a Gavana y está cerrado. Pasamos por el O'live y yo me pido un mojito para entrar en ambiente. Un venezolano bilingüe inglés/español (y marica) nos da la brasa al hablar sin parar y a un nivel de decibelios que la ley prohibe. Llega el amigo de Julio, y, después de corroborar que el veneco es maricón, bebe un tinto de verano. Marie-Flore, que ahora está sentada a mi lado, me pincha el brazo con la palmerita de su margarita. Ah putain! exclamo, y ella se descojona. Bajamos Velasquez hablando huevadas.

- Imagina que te tienes que cepillar a Natalia.
- Ni de coña, hijoputa - respondo.
- Mais, pourquoi pas? - suelta Marie-Flore - elle est une bombe sexuelle!
- Si, en Melmak.
- C'est quoi Melmak?
- No conoces a Alf?
- Oui, bien sur.
- Donc, c'est la-bas qu'il habite. Avec tous les Natalias.
- Hahahahaha...c'est vrai!

Cuando al fin entramos en Gavana, sólo vemos que 17 euros después hemos accedido a un recinto que hiede a pies y que está poblado por putas y viejos calvos que visten como el culo. Nos bebemos la copa y salimos volando, rumbo a Garamond. Allí nos reciben tres gogos que bailan al son de Lady Gaga y más personas (fijo) de las que el local permite. Me pido un Johnnie y alcanzo a mis amigos, que ya han buscado un sitio en la mezzanine del local. Suena La Bilirrubina y llego bailando como un muñeco. Me cierran el paso tres pijas, que me rodean y bailan conmigo. Sensor Terminator On: ésta, buenas tetas; ésta, culito recio, fijo que hace spinning; a ésta le fallan los dientes (puto Iván, ¿para qué me has enseñado a ver eso?).

- Esta es mi amiga -me dice una, y me lanza a los brazos de una gordita mona vestida con una malla de pescar de la que cuelgan golosinas - baila con ella.
- Come unas gominolas - me pide - sin usar los brazos.
- Ok - grito, y de reojo veo a mis amigas susurrando algo que no es necesario susurrar, porque seguramente será en francés y aquí nadie entiende un carajo.

Vuelvo al grupo y el amigo de Julio me dice "no cayó lo que tenía que caer" a lo que no me queda más que encogerme de hombros. Suena Mika y bailo con Helene. Julio, ya está con los brazos levantados, y cantando "love love me, love love me" con todas sus fuerzas. Las canciones van pasando, bailo con las dos, sin parar, me suda todo el cuerpo y, a eso de las 3 y media, Marie-Flore se rinde y me pide irnos. Acepto y me despido del lugar( al que no creo volver porque no quiero pagar 15 euros por una copa), para salir a buscar el coche de las chicas.

- Te llevo chico- me dice en español - si ne sont pas onze kilometres.
- No, no - respondo - vivo aquí al lado.

Me dejan en Doctor Esquerdo, y les hago una seña para que recuperen la M-30, rumbo a la Moraleja. Bajo mi calle (con 60 euros menos) pensando en que no está mal esto de salir en plan amigos con tias que ya tienen la vida hecha, con hijos, ex maridos, y los ovarios ya curtidos de nuestras estupideces. Mola.

jueves, julio 08, 2010

Un hombre pegado a una pelota de cuero


Susana, Laura y yo llegamos a un bar del barrio de Retiro para ver el partido contra Alemania. Susana pasó antes por casa para hacer no sé qué y yo aproveché el momento con Laura para contarle el shock que me había causado la noticia que sacaba a mi amigo del armario.

- Tu ya lo sabías, ¿no?
- Sé quién te lo ha dicho. Y...me parece una hija de puta.
- A mi no me importa, me jode que me engañe y vaya de machito. Pero en sí, es cosa suya. Incluso me da un poco de pena porque el pobre tiene que vivir en la sombra, siempre.

La puerta del bar se abre y Susana entra, sonriente. Laura me susurra, tú y yo vamos a terminar luego esta conversación. Nos sentamos en una mesa desde la que tengo visión perfecta de la tele, en la que pasan entrevistas a Fernando Torres y a David Villa. Pedimos la primera ronda de birras y yo, nervioso, dejo que un hombre me pinte en la cara la bandera de España. Laura y Susana piden que se las pinte también, pero como un brazalete. Mientras yo intento adivinar el sistema de juego que usará Alemania para el partido, ellas intercambian rumores y chismes de oficina. De vez en cuando me acoplo, porque, como todos los hombres de mi familia, soy una vieja chismosa. Salen los equipos, suenan los himnos, rueda la pelota y compruebo el esquema de los alemanes.

- Mira Laura - me pongo en plan profe - han formado dos líneas de cuatro, marcan en bloque. Qué hijos de puta.
- Ah, vale.
-Podolski es polaco, pero el cabrón prefirió jugar por Alemania. A pesar de que sus abuelos murieron a manos germanas durante la segunda guerra mundial. Y es muy bueno el mamón.
- Esto...vale.
- Si Xabi Alonso tiene el día, España ganará fácil porque el balón va muy rápido y gira de forma extraña.
- ...
-Que sí, que sí, tío - suelta Susana - no seas pesado.

Pido la segunda ronda de birras y el tío del bar me dice que me va a servir, mejor, en las copas grandes. No objeto nada, y le pido también cosas para comer. Susana, pendiente al 200% del partido, me dice que el tío de la mesa de enfrente se parece a Rupert Everett. Laura lo confirma. Yo, lo busco en Google y digo que ni de coña. España se adueña de la pelota y la mejor selección alemana que he visto en mucho tiempo corre detrás de ellos como locos. La presión de las dos líneas funciona muy bien, pero aún así los rojos se sacan cuatro disparos que, por primera vez en todo el mundial, nos dejan ver qué tan bueno es el portero alemán. Soy un mar de nervios, pero espero hasta el final del primer tiempo para ir al baño. Cuando llego, encuentro dentro a Rupert y a su amigo, besándose. Puto Pollo, pienso. Cuando vuelvo a la mesa, ha llegado la hermana de Susana, que se quiere unir a la fiesta.

- Vosotros, ¿estáis liados? - nos pregunta la hermana a Laura y a mi. Así, sin más.
- No - contesto, entre el ruido del bar - yo quiero, pero ella tiene novio.
- ¿Tienes novia? - me repregunta.
- No, no. Dije que ella tiene novio.
- Ya, pero ¿tienes novia?
- No. Sólo este feeling por ella.
- Ya, eso lo vi desde el primer minuto - sentencia.
- Es que mi hermana es psicóloga - aclara Susana.
- Ah, claro, es por eso- digo yo, y añado: - pero esto es unidireccional. Yo, a Laura, no le gusto.
- Eso, eso - dice Susana - totally unidireccional.

Comienza el segundo tiempo y pregunto a las chicas si van a querer beber algo más. Copazo, ya, responde Susana y yo pido en la barra Brugal con coca cola y un chorrito de limón, Brugal con Limón (¿?) y Johnnie Walker con coca. La psicóloga se aburre y desaparece sin que me de cuenta. Corner. La pelota vuela y Puyol acierta de lleno. Gol. Salto, grito, me abrazo a un transexual, a dos tías y a un par de tíos embutidos en camisetas españolas. Se mueve el suelo de España y nadie, como es lógico, oye los comentarios posteriores al gol que salen de la tele. Me bebo el trago de un golpe para calmar mi castigada garganta tras tanto grito y al segundo le digo al camarero: ponme otro igual. Laura esta hablando con Susana de no sé qué cosa. Me siento a su lado y, no recuerdo (o no quiero recordar) por qué me dice mejor que no vuelvas a sacar el tema de que te gusto, y tal.

El trago me sabe como el culo y me voy al baño. Me hablo en el espejo y me digo, da igual, tío,¿por qué te cabreas? No es su culpa. Desde el primer minuto sabías que esto no llevaba a nada y, admítelo, has seguido con esto porque te gusta el tonteo. Además, te acercaste a ella, justamente por eso, para no tener problemas, ni tentaciones, porque la tía tenía novio, por lo de Solenne. Si dijiste que no querías, . Pero claro, va ella y te suelta lo de "no puedo tomar nada contigo porque mi a mi novio le puede sentar mal" Y dijiste o sea, ¿pa' qué el frenazo? Mira, brother, pasa. Como al principio. No te comas el coco y disfruta la victoria de España.

- Eso, tío pasa - me dice Rupert, que sale de cagar y había estado escuchando mi monólogo - disfruta la victoria.

Vuelvo a la mesa y las chicas ya están listas para volver a sus casas. Salimos del bar y no oigo nada de lo que dicen. Estoy cansado, pienso en mis cosas, y sólo quiero tirarme a la cama. Al llegar a Doctor Esquerdo decido recuperar mi coche y acercarlo un poco a casa.

- Me piro, chicas - digo, sin dejar siquiera tiempo a que me respondan. Cruzo el semáforo en rojo y vuelvo a casa pensando en que igual no puedo jugar al fútbol el domingo. ¡Tengo que ver la final!

Despierto a las seis de la mañana, preguntándome si me despedí de mis amigas ,o no. Me imagino, para justificarme, que cuando dejaron de hablar, miraron para atrás y yo, sin que se dieran cuenta, ya me había ido. Me odio un poquito y me siento en la bañera a recibir el agua fría, que me despierta como un electroshock. Quiero llamar a Laura para desearle buen viaje, pero recuerdo su petición y lo dejo estar. Me entra shampoo al ojo y maldigo en tres idiomas distintos.


martes, junio 29, 2010

Mis amigos, pollos


El presidente de Bolivia, Evo Morales, dijo hace unos meses que comer pollo te volvía maricón. Medio planeta se rió de él, y yo recordé en silencio (y avergonzado) que papá decía lo mismo, añadiendo con saña que su consumo reducía considerablemente el tamaño del miembro viril. Basaba su teoría en que a los pollos peruanos se les inyectaban hormonas femeninas para que engordaran de forma más rápida y con el consiguiente menor consumo de nicovita, engorde y demás sustancias, nocivas y caras. Yo, entonces, tenía ocho años y mi papá era Superman y su palabra ley. Me creí toda la mierda esa, y aunque con el paso del tiempo la fui olvidando, últimamente he hecho un files recovery desde el lado formateado de mi memoria.

Mesplico.

A pesar de los consejos paternos, me encanta el pollo. Cuando quedo con mis amigos en algún bar, y me preguntan que voy a pedir para comer, siempre respondo lo mismo: alitas a la barbacoa. Pero no me siento maricón, entonces, la teoría de Evo cojea considerablemente. Me pregunto, mientras muerdo la alita como un perro, si eso hará que empiece a gustarme "Sexo en Nueva York" o los libros de Crepúsculo. Respiro tranquilo cuando veo que a la camarera se le cae la servilleta, y al agacharse a recogerla, mis ojos fuerzan al máximo lo que la generosidad de su falda deja ver. Ah, me digo, soy inmune al virus del pollo. Puedo seguir comiendo cuanto quiera, y seguir siendo el follador nato de siempre.

Pero entonces, cuando mi compañera de mesa termina de engullir su tercer bocado de ensaladita de rúcula y me suelta: ¿sabes que fulanito...es gay? La nube de ceniza volcánica aparece y no tiene la cara de John Locke, sino la de Ricky Martin. Pienso en mi amigo y ato cabos. Nunca lo he visto con una tía; si hablamos de tetas y culos él, simplemente, guarda silencio; no practica deporte alguno (sólo va al gym) y siempre, siempre, va bien vestido. Fue el primero en contarnos que tenía amigos gays, y un día dijo que no descartaba cambiar de bando, pero, que si se daba el caso, sería activo. Yo creí, en el momento de su confesión, que hablaba de temas contables.

Mi amiga me dice que tengo todavía el Chicken Finger entre los idems y me fulmina con los detalles: además, no sólo es gay, o bi, no sé, sino que además rompió con su novia porque se enrolló con un tio. Suelto el chicken finger e imagino a mi amigo comiendo pollo asado, arroz con pollo, sopa de pollo, pollo con patatas, milanesa de pollo, pollo a la orange, pollo relleno de pollo, y pollo a la jardinera. Recuerdo - mientras me limpio los dedos con una servilleta del Friday's- la noche en que, en mi sofá, me contaba lo mucho que sufría por romper con su novia. Esa vez lo vi desolado, tanto o más de lo que estaba yo, tras romper con Sol por el bien de nuestra estabilidad mental y por el mal de mi cuenta bancaria. Lo consolé diciéndole que un clavo saca otro clavo, sin pensar que, igual esa noche, era a él a quien se la iban a clavar. Mientras aullaba a la luz de la luna.

- No puede ser, tía. ¿estás segura? Pero si el otro día me dijo que no podía caminar bien de tanto follar...
- Pues eso.
- ¡Mierda!

Por la ventana veo a la calle, buscando una explicación. Pero sólo veo a un grupo de amigos organizando una despedida de soltero, y, sí: habían disfrazado al novio de pollo. Quise gritarle: ¡Cuidado con tus gónadas, tío! ¡Come mucha carne roja! Pero aún me resistía a aceptar la teoría que mi padre y Evo habían metido en mi cabecita. Recordaba, mientras mi amiga comenzaba a contarme sus planes veraniegos, a los pollitos que mi abuela me enseñó a cuidar de niño. Lo hice con esmero, y ellos reemplazaron los muñecos y transformers que papá (mariconadas las justas) nunca me quiso comprar. Los subía a plataformas improvisadas de cartón y madera y desde allí los lanzaba a la aventura jamás soñada de aprender a volar. Ellos, canarios temporales, parecían sonreír mientras caían atraídos por la fuerza de gravedad y por un puñado de maíz molido que siempre les dejaba al final de la rampa, para motivarlos. Mis juegos polleros acabaron cuando a uno lo quise travestir en pato y el pobre no superó el casting, muriendo ahogado en el fondo de un balde y mirándome desde su muerte con total reprobación. Mamá me prohibió entrar al corral.

- ...y después subiremos por la costa azul, hasta donde nos lleve el coche.

Suena mi teléfono y veo el nombre de mi amigo en la pantallita. Respondo, y aguanto estoicamente sus bromas acostumbradas: que si estoy en Chueca, que si me ha interrumpido mientras pensaba en Ricky Martin, que si me estaba preparando para ir a la marcha del Orgullo Gay. Le digo que estoy comiendo con Marie, me pide que le mande un beso y yo cumplo con el encargo, callándome como un cabrón, sin decirle que nuestra amiga común ha desvelado su secreto. Le digo que iré a comprar zapatos después, que si eso lo llamo cuando acabe para tomarnos algo. Se alegra y me dice que sí, que nos veremos en unas horas y que me presentará a la chica con la que está saliendo. O mejor dicho, con la que ha vuelto.
Cuelgo, pago la cuenta, y salgo del restaurante pensando en el alto índice de amigos mios que han comido pollo en su infancia y ahora bailan moviendo los brazos por encima de la cabeza; en que los quiero igual, aunque tengan los esfínteres dados de sí, y en el puto Evo Morales, al que le deseo que sea enculado por un sudafricano y su vuvuzela.

miércoles, junio 23, 2010

Kissology


Me pareció buena idea llevar unas camisas a la costurera china antes de subir hasta Goya, para el concierto de Kiss. Cuando entré en la tienda, la china no estaba y había dejado en sus lugar a su marido mongolo que, ni sabe español, ni se mueve con soltura y a veces me pone hasta nervioso con sus andares de panda borracho. Intenté explicarle que quería que me entallara una camisa pero el pobre hombre sólo me miraba y asentía. Como no pensaba llevarme la bolsa con ropa al concierto la dejé allí (cagadito de miedo) y le escribí una nota a la china para cuando volviese de cazar gatos para la cena : "Ajustar camisa, igual que la azul. Azul bien. Otra muy grande".

Llegué al Palacio de los Deportes con diez minutos de retraso, sabiendo que mi tío tardaría todavía una media hora más en aparecer. Lo llamé por si acaso, y confirmé que estaba dando vueltas buscando un sitio libre y gratis para aparcar. 30 mil personas más hacían lo mismo. Le dije que cuando llegara me llamase, mientras, me senté a esperar en una terraza de Felipe II. Mis compañeros de bar iban también al concierto y llegaban bastante mejor preparados que yo: con la cara pintada, botas militares, camisetas negras y tatuajes en los musculados brazos. Yo iba en jeans, converse y camiseta blanca de Kiss, exactamente igual que un niño de seis años que estaba sentado en la mesa de al lado y que me miraba, ya hace varios minutos, de manera sospechosa.
Cuando mi tio llegó, yo ya me había bebido tres euros cincuenta de cerveza y le ofrecí el mismo nivel de alcohol. Lo bebió como si fuera un Alka-Seltzer y nos metimos a la marabunta que ya poblaba el recinto. Las azafatas nos iban guiando hasta el sitio de nuestras entradas, pero a mitad de camino me aburrí y jalé del brazo a mi tío para meternos por la primera puerta abierta que encontramos. Resultó ser la Zona Vip. Teníamos el escenario a veinte metros, con las pantallas gigantes en todo su esplendor y los fuegos artificiales dándolo todo. Cuatro letras doradas, formadas con focos, nos dieron la bienvenida y los Kiss ya entonaban la primera canción, que, obviamente, yo no conocía.

Pasó una hora de concierto y Paul y Gene salieron del escenario para retocar su maquillaje, momento que aprovechó un individuo para pasar por la zona VIP con una mochila de cazafantasmas que, por un tubito, disparaba cerveza. Dame un vaso, chato, ordené, y él aceptó gustoso. Lo malo fue cuando, de mis veinte euros, sólo me devolvió diez. Puta Zona Vip, pensé. Peter Criss seguía volando en una plataforma mecánica y mi tío el ingeniero decía ¿ves? eso se mueve por motores y sistemas hidráulicos, el humo es sólo vapor de agua homogeneizado que... A lo que yo respondí como se merecía: ¡Chupa oe, que me calientas la cerveza!

Las luces se apagaron de golpe y los cuatro Kiss volvieron al escenario entonando "Love Gun". Todos explotamos. Todos menos una chica que estaba de pie a mi lado y que me recordaba a la estatua de sal de la Biblia. Imaginé que la pobre deseaba, seguro, estar en el concierto gratuito que Estopa daba en Torrebronx. Dos canciones más tarde, sonó al fin "I was Made For Lovin' You" y Paul Stanley voló hasta posarse en nuestra Zona Vip, a escasos tres metros de donde estabamos. A mi tío casi le da algo y en su cara se veían los recuerdos de adolescencia, las escuchas colectivas del vinilo en casa de los amigos, o en la propia, soñando con la banda propia y siendo famoso entre los famosos. Recordé, yo también, cuando poníamos el "Dinasty" a todo volumen y los conejos de la abuela cavaban túneles `para esconderse de ese demonio que venía a comerlos en su imaginación conejil. Paul seguía moviéndose como un poseso y a mi tio le explotó la cámara Lumix que su amiga Julita le había prestado. Gene, en el escenario, se mordía la lengua hasta hacerla sangrar.

Al salir, bajamos por Menéndez Pelayo con las lunas del coche bajadas, cantando Love Gun con la poca voz que nos quedaba. ¿Sabes que toca Miguel Rios? me preguntó mi tio, y yo le respondí con toda la sinceridad del mundo Si vas, yo voy.

viernes, junio 18, 2010

Ocho rayadas de un feriante cabreado


UNO
Cansado de la incertidumbre y de andar con ojos rojos me bebo el colirio de un golpe. No muero. Se me queda un sabor a hierro en la garganta que hace mis despertares más (si cabe) amargos. Ya no compro naranjas para exprimir por las mañanas, tengo suficiente acidez incorporada. Muerte al Tobrex, vivan los caramelos. Mi oftalmóloga carísima me recomienda unas gotas con flúor para recuperar mi mirada matadora. Se parece a Aramis Fuster. Me dice, "estás curado, a ver cuánto dura". Bajo por Doctor Esquerdo y, sintiéndome imbécil, compro otro frasco de gotas. Ahora lo uso todas las mañanas, como si fuera Listerine. He descubierto que me coloca un poco.

DOS
Llamo a María. Me arrepiento, cuelgo. Me voy al cine y veo la versión gorda de Robin Hood y casi me duermo durante la quema de Nothingham. Me ha llamado María. La llamo, me arrepiento y cuelgo. Al día siguiente me llama mientras estoy en el gimnasio. Paso, estoy en mitad de la segunda serie de Peck-Deck, que le den por el culo, y no seré yo. En la tele del Gym echan un programa para fans de Playstation. Me cabreo. ¿Porqué no ponen música? No todos los tíos somos mongolos adictos a Resident Evil. Me ducho, salgo y veo que una rubia perfecta hace abdominales en pleno pasillo. Perdona, me dice, es que arriba está todo lleno. Comprendo entonces porqué hay algunos tíos que están siempre peinaditos en el gym. Subo las escaleras y le digo adios, forever maybe.

TRES
Te encuentro en el chat. Me preguntas qué haré en verano. Ni siquiera yo me lo había planteado y, as usual, me quedo sin respuesta. Entro entonces en Ryanair y encuentro un viaje a Girona por 35 pavos. Me dices que sería raro vernos allí, digo que sí, que sí a todo. Qué ganas de mandar todo a tomar por culo. No soy la mejor persona para convencer a nadie, pienso. Mientras tú me das mil razones (que paso de leer) por las que no podemos vernos, pongo un vídeo de Luis Miguel en youtube y él canta "¿Y que has hecho del amor que me juraste?, ¿Y qué fue de aquellos besos que te di?" Ya me veo en la puta playa, solo, y pidiéndole a unos jubilados que me cuiden el Ipod y los Ray-Ban

CUATRO
Discuto con Laura. O peor, se enfada conmigo porque le digo lo que pienso. Qué razón tenía mamá cuando me dijo que callado estaba más guapo, el día que le dije a mi tía que estaba gorda y que a su marido le apestaban los pies. Pues más o menos fue lo mismo. Yo que creía que Laura estaría feliz al confirmarle que le daría lo que ella pidió y nada más y resulta que se pone triste y poco más y me desea que me folle un pez espada. No podría soportar tamaño castigo, mis orificios rectales no han sufrido más exploración que los supositorios que el doctor me obligaba a consumir a los cinco años. Curiosamente, días después de confesar mis sentimientos a mi tía y a los pies de su marido. Quiero que Laura vuelva a sonreirme pero estoy cansado de la vida, y mi modo payaso se me cala.

CINCO
Me autoinvito a una fiesta en París. Las reacciones son diversas y me quedo inquieto. Françoise me dice que en España ese tipo de espontaneidad no es mal vista. Le digo que en Lima eso es un acto de desesperación y que mi orgullo ha quedado muy tocado. Me dice, con gran acierto, que en el peor de los casos, puedo crearme un finde en mi ciudad favorita, y que si los fiesteros no me aceptan que les den por el culo. Busco la dirección del Museo Picasso, y me veo ya en Gibert Joseph comprando discos sin pagar el 18% de IVA. Pienso en llamar a Vincent, a Delphine y a Mariola. Julio me dice que espera que no babee mucho con las francesas delante, que no quiere avergonzarse con mis actitudes de salido. Me cabreo, pero a la vez me río de él en silencio. Piadoso como nunca no me burlo recordándole quién de los dos fue el que triunfó en la fiesta de Iván. Fuckin' Fat Loser.

SEIS
Hago cola en el supermercado con mis gafas de sol puestas y veo, de reojo, a la típica abuela que sólo lleva dos cosas, y te mira para que la dejes pasar. Me hago el loco, la música de Beyoncé (que escucho más desde que discutí con Laura) me ayuda a ignorarla. La vieja carraspea, yo, a mi bola. La vieja intenta un adelantamiento mortal por la derecha, le cierro el paso y queda atrapada entre el papel de cocina y el líquido limpiasofás. La vieja mira, derrotada, hacia otra cola, y logra colarse delante de un matrimonio joven que ni se entera porque el niño que llevan en el carrito ha tirado al suelo todos los chicles. Veo, de refilón, a una maciza que lleva en la mano una botella de Aquarius, ¿quieres pasar? le pregunto y ella me agradece con una sonrisa que sólo me confirma que no me la follaré jamás. La vieja, ya desde afuera, me maldice con la mirada.

SIETE
Me aburro en casa. Escucho "Oh, You Pretty Things" y decido comprar un piano. Entro en Ebay y encuentro uno muy barato: 200 pavos. Lo venden por mudanza. Pago y compro también un póster de "El Bueno, el Feo y el Malo" para darle a mi habitación un aspecto más masculino (recomendación hecha por Susana, que se burló de mi cuando le dije que echaba de menos la reproducción de Le Moulin de La Galette que se llevó Sol consigo). Unos días después llega el piano y, cuando me siento a intentar sacarle alguna nota descubro que está cojo, con la madera casi podrida y que le faltan tantas teclas que al verlo desde arriba me recuerda a la sonrisa diezmada de mi tia Gladys. Pongo una reclamación en Paypal y el vendedor responde diciendo que avisaba que el piano "tenía algunos daños". Pido a mi banco la devolución del recibo, aduciendo estafa y a la hora tengo los 200 euros de vuelta en mi cuenta. Estoy pensando ahora en comprarme un Porsche y usar el mismo método para no perder mis ahorros.

OCHO
Me siento en el jardín de Marie-Flore con un whisky en la mano. Desde donde estoy se oye el ruido de la piscina y a los niños pijos correr de un lado a otro. Llamo a mi casero y le digo que me baje el precio del alquiler, que ya sé que nuestra piscina no abrirá este año. El mamón me dice que está conduciendo, que si no me importa llamarle luego. Cuelgo. Marie-Flore está hablando en francés con una mujer que lleva a un niño en brazos. Le dice que puede hablarme en francés, y ella me pregunta que por qué no estoy viendo el partido. ¿Quelle match? pregunto, La France, mon ami responde. Buah, digo, c'est pas interesante, y vuelvo a mi whisky mandandole un beso. Cuando Marie-Flore vuelve a sentarse a mi lado me dice que su amiga es la directora general de Clarins. Le pido que me consiga descuentos en cremas masculinas.


lunes, junio 07, 2010

Canciones para no dormir


Cuando mi doctora me confirmó que ella tampoco podía hacer nada, y que, además, se iba de puente (la muy zorra) llamé a mi tía. En veinte minutos estaba en su casa, sentado en su terraza y recibiendo de su mano unas gotas de veterinario que debía ponerme una sola vez al día. No sé, le dije, esto está mu chungo, creo que voy a usarlas, por lo menos mañana, tarde y noche. Me dijo que yo mismo con mi mecanismo, pero que, eso sí, llegara a casa y descansara los ojos al máximo, que los cerrara todo el tiempo posible y si me dormía...pues que me durmiese. Volví esuchando a Technotronic, y fue lo único que hizo que no me matara en la A-3, ciego de legañas como iba.




Ya en casa bajé todas las persianas. Me quedé en calzoncillos y en un segundo mi vida pasó a ser una escena de Drácula. Me tiré en la cama y puse música en Internet, usando un playlist que había preparado antes. Random On. La primera canción, de golpe, me hizo recordar a ti, a esos paseos eternos, a las peleas estúpidas, a nuestra despedida que no fue despedida hasta que dejamos de vernos sin querer, a lo simple que se vuelve un recuerdo cuando ya no duele. Luis Miguel cantaba y antes de dormirme, subí la canción al facebook, sin dedicatorias. Porque luego te pones a llorar, y no es plan.




Al despertar, eran ya las once de la noche. Me eche dos gotas de caballo en cada ojo y sentí como si me hubiese echado LSD. Las pupilas se dilataron al máximo y fuera, en la calle, el ruido de la gente parecía multiplicado al escucharlo sin asociarlo a imagen alguna. A tientas, cogí un disco de Nirvana y recordé que meses atrás me había comprado unos Sennheiser por los que pagué alrededor de 100 pavos y que sólo había usado en mi viaje a Sevilla. Me tiré en el sofá y las guitarras de Kurt me cabrearon con el mundo, las enfermedades, el polen y su puta madre. Puse en el facebook, I feel stupid, and contagious, y me dormí feliz.



Al día siguiente, vi que las gotas de caballo habían empezado a funcionar, ahora el progreso de la hinchazón en mis ojos era parejo y tenía los dos como si hubiese llorado durante una semana. Parecía un chino malo de película de Bruce Lee y después de desayunar e intentar (en vano) ver algo de tele sin cansarme, volví a cerrar los ojos y enchufarme a los Sennheiser, que empezaban a valer lo que costaron. Momento Sanz, pensé, y puse el Tren de los Momentos sólo para recordar a Vero y a la canción que le grabé una tarde que su jefa le dio por culo más de lo normal. Ven que no voy a cambiarte... Qué tiempos.




Las horas pasan más rápido cuando no haces nada, me dije, y seguí con mi rutina musical y evocadora. Busqué el soundtrack de Once, una película que Susana me había prestado sin que yo se lo pidiese y que me encantó desde el minuto uno. La gente nunca acierta con los regalos que me hace, pero esta tía me caló desde el primer instante y eso me ha sorprendido gratamente. Con los ojos cerrados y escuchando la voz de la cantante, recuerdo la escena del piano, a media luz, y me enternezco de nuevo viendo llorar a la chica checa por un amor lejano. que cree que no va a volver. Escucho el disco completo, dos veces.




La progresión lenta de mi curación no hacía mucha gracia a mi jefe, que me llamaba cada vez que podía para que conteste mails a Francia. No sé si lo hace para comprobar que no estoy en Valencia, con un mojito en la mano, frente al mar mediterraneo de mierda que no tiene olas ni nada y siempre está caliente, como si alguien se hubiese meado dentro, o por que simple y llanamente, es gilipollas y no sabe lo que significa "estar de baja". Salgo a la farmacia escondido tras mis gafas oscuras, y me acompaña Enrique Iglesias. Como es de esperar, mi jefe llama, le digo "estoy en el hospital" y le cuelgo. No vuelve a intentarlo. De vuelta en casa llamo a Laura para calmarme. Siempre funciona, es como un antídoto contra la mala leche en un botella de 10 ml. Le canto "Hero" en un arranque de estupidez, y lo más raro es que le gusta.




La última mañana de rojura, me entusiasma ver que mis ojos empiezan a dejar de sentir vergüenza de si mismos. Feliz, veo que, durante El Corpus Christi, mi corpus ha perdido masa muscular y me digo que no, no, que eso no puede ser. Pongo un disco de Bunbury y me dejo caer hacia adelante para hacer 100 flexiones mientras el maño canta "El Club de los Imposibles". Pienso, mientras decido hacer también abdominales, que quizá no es buena idea ir a New York, que ¿pa' qué? Que sí, que allí viven todos mis amigos de la infancia, pero que igual al ver el capullo en que me he convertido me meten en una bolsa de Gap y me tiran al Hudson en alguna orilla de New Jersey. Tirado sobre mi suelo de parquet, cansado, susurro, 'Wow, moriría como un personaje de Los Soprano".




Mamá llama. También Julio, Laura y Susana. Marie-Flore me dice por el chat que sorry, que tuvo mucho trabajo y por eso no llamó, que vuelva pronto y deje de hacer el grosse feignasse. Mis amigos italianos me dejan mensajes en el facebook deseando pronta recuperación, y otro me pide que, en cuanto me cure, lo llame para tomarnos unas cañas. Llega la última noche de conjuntivitis severa, y agradeciendo a quien sea por las gotas de mi tía, pongo un disco de Ricky Martin. Canto varias canciones, con fuerza y rabia, pues hablan de amores rotos y malagradecidos. Pero, casi al final, suena una canción que me hace pensar que, aunque he pasado días oscuros y en reclusión, aunque soy un capullo integral que asustó para siempre a las únicas dos mujeres que me han querido de verdad, aún existe gente en el mundo que (incomprensiblemente) piensa en mi. Y eso, es de agradecer.