martes, julio 21, 2009

Well, well, well (oh, well)


De vuelta de tomar el sol, panza arriba, en la Costa Azul, veo los casi treinta mensajes que tengo pendientes en facebook.

Me invitan a una noche de copas para celebrar un cumpleaños (de alguien que, a pesar de formar parte de mi familia, me cae bien). Confirmo mi asistencia al evento a pesar de que el punto de reunión es famoso por ser la zona favorita de los prostitutos madrileños. Antes de llegar aviso que estoy unas calles más abajo, esperando a lo que surja en un bar e hidratándome con sangría.

También veo que Teresa ha vuelto a la vida cibernética. Me ha mandado un mensajito de esos que no puede ver nadie y descubro que es capaz de bromear sobre su propia situación incómoda. Algo que yo hago también cuando la gente habla de eyaculación precoz. Le contesto y le prometo falsamente que la llamaré en cuanto pueda para tomarnos algo antes que el verano se acabe. No le digo de qué verano estoy hablando.

Arturo me anuncia su visita a París, todo enmarcado en su World Tour, y me propone que quedemos a cenar en algún restaurante del 6e arrondissement. Despistado, no le prometo nada y busco con ansias un vuelo para las fechas que él propone. Como acabo de volver de vacaciones, me da un poco de estúpida vergüenza intentar coordinar mis fechas con el gilipollas de mi compañero. Pero cuando él empieza a ponerse tonto descubro que, coincidencias de la vida, ya tenía esas fechas separaditas para descansar. Le anuncio a Arturo mi disponibilidad y pregunto a Sol si se quiere venir a cenar con nosotros.

Rechazo cuatro invitaciones de amistad (dos que no conozco de nada, y dos que he visto un par de veces en mi vida), y descubro a la vez que Verónica me ha borrado de su lista de amigos. Por eso había afinidad entre nosotros, porque somos despiadados por igual. Me perderé las fotos de su hijo creciendo, se perderá las fotos de mis múltiples viajes.

Oasis me incluye en su lista de newsletter y se queja del mal funcionamiento del festival de Benicassim. Me alegro de no haber comprado las entradas a 80 euros, en la reventa. Se cancela el concierto de Kings of Leon por mal tiempo y yo me paso dos días más en una playa de Valencia que, para mi sorpresa, es nudista. No me atrevo a desnudarme ni a poner mis miserias al sol. No consigo sacar de mi mente a las dos tías que jugaban, en pelotas, al ping pong. Ping...Pong.

Esquire reconoce que el chiste que publicaron en el último número es de mi autoría, aunque se lo atribuyeron a alguien que, para colmo, se llama igual que un amigo mio que no tiene nada de gracia. Pido (por si cuela) una suscripción anual a modo de compensación y me contestan con silencio administrativo.

Mi hermano me dice por el chat que me ha comprado un parche de Guns n' Roses. Porque yo lo valgo. Se lo agradezco y le digo que no me importa tener dos parches iguales, que ya encontraré dónde coserlo. Pienso hacerlo en mi próxima chaqueta de motero.

Rolyn anuncia al mundo su blog. Me meto y leo un poco. No entiendo nada, porque habla en su mayoría de cosas de la carrera que pasé estudiando cinco años en la universidad.

Dario ha escogido los cinco grupos que más ama en el mundo. Me sirve para confirmar que es gay, y le pregunto que por qué no ha incluido a Gloria Gaynor en su lista. Es una pequeña vendetta que me sale del alma después de ver las fotos de la noche en que salió a tomar algo con nuestra joven/guapa/belga profesora de francés, sin invitarme. Dios le da pan al que no tiene dientes.

Subo fotos de mis vacaciones y pongo los comentarios en francés.Me hago fan de las tetas de Megan Fox y de un club llamado Harry Potter sucks. Apago el Pc y pienso, en silencio, en mi próxima cena en un bistrot.

martes, julio 07, 2009

He's out of my life


Michael entró en mi mundo a principios de los ochenta, cuando yo no sabía qué quería ser o hacer en mi vida. Más de veinte años después sigo en la misma situación.
Entonces pasaba la mayor parte de mi tiempo en casa de mi abuela, rodeado de mis tías contemporáneas que bailaban, casi siempre, al son de la música disco. Una tía era Irene Cara, la otra Madonna, y la más rara se conformaba con ser Yola Polastri. Mis tíos iban por otro camino: uno se convirtió en el gato de Kiss, otro en Freddy Mercury, y el más rebelde escogió (hasta hoy) a Chacalón. Todos, sin excepción, amaban a Michael Jackson.

Su música sonaba en el salón de mis abuelos casi todo el día, de lunes a viernes. Mi tía Madonna, en los descansos del Like a Virgin imitaba el Moonwalk en el suelo recién encerado. Yo intentaba conseguir esos pasos de baile, pero mis zapatillas Sinfin no se prestaban mucho al espectáculo y el deslizamiento sobre la imaginaria superficie lunar era prácticamente nulo.

- Tienes que coordinar - me decía Madonna - no es arrastrar los pies, desliza suaveciiiito.

Pero era inútil. Billie Jean fue un hit mundial que, como nuestros presidentes, tenía a todo el país caminando hacia atrás. Mejor dicho, casi todo el país, yo tuve que esperar al siguiente single para poder bailar con Michael: Beat It. En el video Jackson aparecía con pandilleros reales bailando en calles asquerosas mal iluminadas y llenas de meados. O sea, mi barrio del Callao.
Convencí a unos amigos para imitar el videoclip y tras muchos ensayos conseguimos reproducir a la perfección el baile, la pelea con navajas y la escena en el billar, pero nuestra efervescencia ochentera murió cuando el papá (policía) de Pepito nos dispersó con un par de balazos al aire y se llevó a su hijo de las orejas gritándole algo así como no vas a ser maricón como tu tío Larrea, carajo, maricones en mi casa, no.
Me metí a mi casa haciendo el paso del gusanito, desde la esquina de José Gálvez con Julio C. Tello. You better run/ you better leave while you can.

La explosión nuclear llegó con Thriller.

Yo no sabía que el single era del mismo cantante, ni del mismo disco, ni siquiera que pertenecía a la misma época. Es verdad que, en esa época, mi cultura musical se reducía a Parchis y un par de engendros más, pero Thriller rompió también mi miserable estructura del mundo pop, y, hasta yo, supe que estaba ante algo brutal la primera vez que lo escuché. La narrativa, el sample, los coros, Vincent Price, los giros de la voz de Michael, todo era nuevo. Mis tíos, como el mundo, se volvieron locos.

En todo barrio, había al menos uno (el niñito de papá) que tenía el LP en casa. Por suerte mi tío Freddy Mercury era muy amigo de los niñitos bien y, cada dos semanas, una copia del disco llegaba a la casa de mis abuelos. Cuando eso pasaba yo me sentaba como una gallina hipnotizada y dejaba que la música me envolviera. Yo no sabía que Michael había fusionado el pop con el soul, ni que la música negra era distinta a la música blanca. Para mí Génesis y Stevie Wonder estaban en el mismo saco, sólo me importaba si la canción me gustaba o no. Paul McCartney era ese señor que canta con Michael "The Girl is Mine". No existía entonces el CD ni el Mp3, así que habré escuchado, hasta 1986, unas cien veces el LP completo. Por eso, cuando Rihanna usó parte de "Wanna Be Startin' Something" en una de sus canciones, la reconocí de inmediato y casi me salgo de la carretera tras comprobar el sacrilegio.

Con mi adolescencia llegó Bad, y, como le confesé a Sol hace poco, me pasé varios años soñando con el momento en que el malote del barrio me arrinconaba contra una pared (realidad) y yo me vestía de cuero y cadenas y le daba una paliza (fantasía) mientras le gritaba "Who's Bad?". Perseguía a mis amigas al compás de "The Way You Make Me Feel", y me caí de cara un par de veces mientras intentaba la imposible inclinación de 45º que Michael hacía en el video de Smooth Criminal. A mi me salió pelo en algunas partes del cuerpo donde antes no existía y Michael pasó de ser un negrito simpático a un blanco amariconado. La gente del barrio decía que dormía en una cámara de oxígeno, que le gustaban los monos, que tenía una llama como mascota, y que él y su hermana Latoya eran la misma persona.

Pasaron los años. Llegó Dangerous (lo trajo mi tío Mercury de España) a casa de los abuelos y, aunque mi puntería estaba puesta en las piernas de Mila, no por eso dejé de comprender que ese disco era genial. Lo malo es que Kurt Cobain y sus amigos gobernaban el mundo y pocos prestaban atención al blanquito de melena negra que bailaba encima de la Estatua de la Libertad cantando "it's black it's white, yeah yeah yeah". Mila (y las otras) pudo más y le perdí la pista a la música por un largo tiempo. Cobain, Jackson y Axl se quedaron en un cajón hasta el verano del 2001, cuando mamá me regaló el Invincible para animarme tras una pelea a muerte con papá. Mi hermanito menor y yo bailamos entonces "You Rock My World" en el minúsculo salón de un piso de Moratalaz. Meses después papá me echó de casa y me llevé mi disco.

Hace unos días, planeaba cómo convencer a Sol de que viniera conmigo a Londres y pagar 150 libras por ver a Michael moverse como una lagartija jubilada sobre el London Arena. Un año atrás la había convencido de unirse a la Beatle's Week, así que esto tendría que ser (en teoría) mucho más sencillo. Había pensado en cenar con ella en un restaurante temático y que un imitador de Michael llegara bailando y tocándose la entrepierna (esto último era opcional) con una mano mientras con la otra nos dejaba dos entradas para el concierto sobre la mesa. Iba en el coche pensando qué restaurante escoger para la noche del viernes cuando una voz en la radio me jodió el plan.

- Michael Jackson murió la pasada noche de un paro cardiaco en su casa de....

Suerte que iba casi parado por culpa del atasco. Se me hizo un nudo en la garganta y sentí un gran vacío en el pecho. ¿Es esto la pena? Había muerto gente en mi familia y no me habían provocado la misma mezcla de rabia, dolor y frustración. De la radio salían canciones y todas me traían imágenes de tiempos pasados, de risas, de fiestas con amigos, de juergas, de borracheras haciendo el payaso gritando "aauuu" en plena calle, de amigas, de amigos, de tías, de primas, de abuelos, de cines, teatros, estadios vacíos y conciertos cancelados. Nadie vió las tres lágrimas que solté por mi amigo Michael. Mi primer pensamiento fue llamar a mi hermanito, pero al llegar a la oficina vi en Facebook que él ya sabía la mala noticia "Descansa en paz, Michael" rezaba su estado. Llamé a Sol para darle la mala noticia y, como yo, no quiso creerlo. Mis tíos estaban igual de tristes que yo y mi tía Madonna dijo que ya sólo le quedaba Madonna, que no había más reyes en el mundo del pop. Me pasé el fin de semana viendo videos de Michael y escuchando su música, sonriendo y agradeciendole por todos los buenos momentos que ayudó a construir.

Thank you, Michael, por todo. Hiciste bien en no dejarle ni un dolár al cabrón de tu viejo. Descansa en paz, hasta la vista, baby.

viernes, junio 26, 2009

¿Eres tú?


- No tengo catálogos de la Virago 250 - dijo Adriana.
- Ni de ninguna otra, me imagino.
- No, bájatelos del Internet - aconsejó.

Salí del concesionario Yamaha preguntándome cómo una tía guapa podía tener una voz tan horrible, como de ardilla o personaje secundario de Dragonball. Mientras bajaba por la avenida recordé las risas que Julio y yo nos echamos, horas atrás, cuando le dije que mi jefe se parecía a Goofy.

- Es igualito, huevón - me dijo, colombianísimo - puta que risa.
- Sólo le falta golpearse con las paredes, o caer por las escaleras mientras ríe.

El ruido de los motores y los claxon seguían formando parte del sonido de Madrid, y yo, de jueves, me reía como un loco. Recordé también a Natalia discutiendo con Dario y diciéndole que lo habían despedido de Accenture porque era un inútil. Me compadecí del pobre y me detuve frente a un escaparate de Mazda. Alguien gritó algo de cagarse en los muertos de una hija de puta. El vendedor me miraba desde detrás del cristal implorando al patrono de los préstamos y las deudas que me animara a entrar. Seguí de largo.

- Es igualito huevón, y mira cuando se sube a la moto. Parece que lo han dibujao'.

Recordé que me había quedado sin té helado y me metí a un Ahorra Más a comprar un par de botellas de litro y medio. Sol se beberá una ella sola, pensé, así que mejor me aseguro. Una viejita pagaba con monedas 200 euros de compra. Pasé por la pescadería soñando con un par de rodajas de salmón, pero mucha más gente había soñado lo mismo y asumí mi derrota. Cogí el té y me largué. Al salir una gitana me pidió dinero y me escondí detrás de mis gafas de sol. Entonces fue cuando me pareció ver a María. Subía en dirección contraria, distraída como siempre.

- María, - le dije - hola.

Me miró. O mejor dicho, miró hacia donde yo estaba, pero la expresión de su cara no cambió. Era como ver a una tortuga rubia fumando marihuana y enfundada en un vestido marrón que le quedaba grande. Pasó de largo, dejando un rastro de humo gris como el de las locomotoras de las películas viejas del oeste.

-¿Hola, Maria? ¿Aló?

Ni . Siguió con su cansina subida pensando, seguramente, en cómo concentrar su energía para lanzar un Kame-Kame-Ha. Seguí, entonces, bajando con mis bolsas de supermercado pensando en que ésta tía debería cambiar de camello.
Pasé al lado de la autoescuela y quise preguntar si el examen para el que me había inscrito valía para todo tipo de motos o sólo para las de 250cc. Pero vi desde fuera que había gente esperando y me dio pereza.

Antes de entrar en casa vi que la depuradora ya casi había terminado de limpiar el agua de la piscina y me imaginé chapoteando como un delfín preñado. Sol me esperaba sentada en el sofá con un diccionario en la mano y traduciendo lo traducible.

- He visto a María - le dije.
- ¿Ah, si? ¿Cómo está?
- No sé, me ha mirado, pero no me ha visto.
- Estaba drogada ¿o qué?
- Fácil. Si se metía de todo la tía.
- Igual te ha ignorado.
- Puede ser. Creo que no se tomó muy bien el que no quisiera follar con ella.
- ....

Me tiré en el sofá y no había nada en la tele. En mi mesa descansaba el comic Watchmen, pero no tenía fuerzas para cogerlo. Mi nuevo disco de John Lennon me pedía que lo llevara al día siguiente al trabajo para sobrellevar el atasco cantando "Power to the People". Le dije que sí. De la calle llegaba el ruido de unos niños jugando y mientras me quedaba dormido, en calzoncillos, imaginé a María y a Goofy encontrándose en la estación de Atocha.

- Es igualito huevón, - dijo Julio - qué mamón eres buscando apodos a la gente.

lunes, junio 22, 2009

La tía Tolete


Estoy sentado en Atocha, escuchando a Gianmarco y leyendo a Christian Jacq en francés. Dario, mi nuevo compañero, me ha recomendado a su nutricionista para que me ayude a recibir el verano en mejor forma. No creo mucho en esta gente, pienso que se aprovechan de los gordos para engordar su cuenta corriente.

- Me ha ayudado mucho - dijo - con sólo verme supo que mi cuerpo estaba 45% por encima de su nivel normal de grasas y 60% con más líquido de lo normal. ¡Es un genio!
- No sé, tío - contesté, sin soltar mi cerveza - voy a ir para que dejes de dar por culo, pero nada más.

La oficina de la nutricionista no era tal, en su lugar había una tienda herbolario/naturista que, además, formaba parte de una franquicia. Decepcionado, y a punto de salir corriendo, pregunté por la nutiricionista a una gorda que devoraba una barrita de muesli.

- Soy yo - bramó el cetáceo -, ¿eres el amigo de Dario?

Pasamos a su "despacho" que no era otra cosa que una mesita llena de manchas de mermelada. Me senté frente a ella en una silla pegajosa. No estoy gordo, le dije, como tú, pensé. Ella me dijo que me veía un 30% por encima de mi nivel de grasa y 55% con líquidos retenidos. Levanté una ceja, concediéndole al menos el mérito de haber cambiado las cifras aleatorias de diagnóstico.

- No me vas sacar sangre ¿o algo?
- No, no - abrió un cajón - vas a seguir esta dieta, baja en grasas y además tienes que tomar estas pastillas con cada comida - la hoja tenía algunas migajas pegadas.
- Y esas pastillas las venden...
- Aquí mismo, en mi tienda.

La cosa iba tomando forma. Y mientras yo pensaba en huir como Jonás, de la ballena, la gorda me hizo one moment con un dedo, y sacó de su cajón de las dietas un sandwich descomunal al que le dio un bocado que me dejó aterrorizado.

- Entonces - pregunté - con estas pastillitas perderé esos siete kilos que tengo de más.
- Y con la dieta, no olvides la dieta.
- Ah claro, la dieta es vital - dije-, ¿por qué no la haces tú, pedazo de cerda? - pensé.

La gorda me hizo another moment, después de chuparse un dedo y me dejó sentado en la sillita pegajosa. Leí rápidamente la dieta y vi que me prohibía los quesos, los flanes, la papa, el arroz, el pan, las frutas por la noche, los huevos fritos y los embutidos. Podía comer carne o pollo, pero sin sal y sin aceite. Me imaginé, entonces, alimentándome sólo de lechugas y zanahorias como los conejos de mi abuela (que además eran gordos, según recuerdo) y estuve a punto de llorar.
La tía Tolete volvió de las tinieblas de la trastienda con una cocacola en la mano y se sentó de golpe. Su silla gritó de dolor.

- Creo que voy a pasar - dije, diplomático a más no poder - no estoy tan gordo y no quiero alimentarme a base de pastillas y gelatinas.
- Pero, estar delgado es saludable - argumentó, sin soltar su cocacola - ¿no lo ves como una inversión?

Preferí no responder, gracias por tu tiempo, gordita dije y me levanté de la silla pegajosa. La gorda no pareció sorprenderse, y cuando estuve fuera vi a través del cristal que empezaba a zamparse un chocolate XL.

A la semana siguiente Dario me preguntó que cómo iba mi dieta, y yo le dije que había perdido tres kilos. Feliz, me dijo que su nutricionista era la mejor, y no pude evitar confesarle que no había sido ella, sino un artículo de Men's Health quien me había ayudado. Además de muchas horas de gimnasio. Su decepción fue muy notoria, y sólo atinó a decir pues a mí si me ha valido, tío, y yo me encogí de hombros. La camarera del restaurante llegó a nuestra mesa y preguntó si sabíamos ya lo que queríamos comer.

- Buffet de ensalada y una pechuga de pollo a la plancha - pidió Dario.
- Yo quiero paella de primero y aguacate relleno- dije, disfrutando el momento.
- ¿Para beber? - preguntó la camarera.
- Agua - dijo él.
- Cerveza - pedí yo.

Cuando llegaron los platos el pobre Dario se relamía como un perro vagabundo.Estuve a punto de tirarle un hueso.

Thanks, Perich

jueves, junio 04, 2009

El año que pasé contigo


Abril: Te cedo el asiento, pago las cocacolas los helados y la canchita, caminamos de la mano, te miro las tetas de reojo, me encanta tu sonrisa, Luis Miguel canta para nosotros cuando llueve (aunque en Lima llueve poco) tus viejos me adoran, el sexo es un sueño no muy lejano, thanks god.

Mayo: Nos sentamos juntos, te cedo la ventanilla, sigo pagando las cocacolas y los helados, mis manos ya conocen tus tetas, tus manos me conocen por completo, tus viejos ya me conocen, me encanta tu hermana (es tan alegre), tu perro siempre me recibe cuando voy a buscarte, el sexo ya no es tabú.

Junio: Me ganas el asiento en las combis, pagas tus cocacolas y descubrimos que ambos preferimos Sprite (el helado engorda), tus tetas son pequeñas, tu viejo me aburre y descubro que tu vieja tiene mala fama en el barrio (pero no creo los rumores), de vez en cuando ceno en tu casa, no sé si tu hermana se rie conmigo o de mí, tu perro me odia, hemos roto mi cama un par de veces, somos felices.

Julio: Odio ir en combi (¿tus viejos no te dan para el taxi?), te compras una Sprite y olvidas la mía, recuerdo las tetas de Daniela (mejores que las tuyas), tu viejo es un cornudo (confirmado), paso de cenar en tu casa one more time, tu hermana me detesta, tu perro me mea, el sexo está bien, pero ya no es nada del otro mundo, ¿dime, adónde va el amor?

Agosto: ¿Caminamos?, te bebes mi yogurt, te compras una camisa con un súper escote para ir a estudiar, ¿cómo dices que se llama tu profesor favorito?, Daniela me llama tres veces al día, tus viejos me ven con recelo, escucho Nirvana y no pienso en ti, mi hermanito dejó a tu hermana y ahora ésta me odia a muerte, pateo a tu perro sin que me veas, voy al urólogo porque el sexo se está yendo a la mierda y creo que es mi culpa.

Septiembre: Ya no caminamos juntos, planeas un viaje de fin de curso sin mí, Daniela y yo no hemos llegado a nada, tu viejo me cita para advertirme de que si te hago daño me hace mierda (me aguanto la risa), escucho a Chayanne y me pregunto ¿en qué estamos fallando, niña?, mi hermanito sale con una que está más buena que tu hermana, tu perro empieza a quererme pero ya es tarde, hago caso al urólogo y cuando follamos pienso en jugar al fútbol.

Octubre: Nos vemos poco, dices que tu viaje de fin de curso fue genial y (sin venir a cuento) dices que no pasó nada con nadie, me cruzo por la calle con tu viejo y sólo nos falta desenfundar los Colt, Luis Miguel canta ahora de amores que hasta que me olvides voy a intentarlo, tu hermana me pregunta que cuándo me largo del país, mientras follamos pienso que no es una mala idea esto de largarme.

Noviembre: Vamos al cine con más gente, cada uno compra su cocacola, tu profesor favorito (¿Manolo, Alberto? ) dice que puedes ayudarle con unas tutorías, tu viejo me recibe en calzoncillos cuando voy a buscarte, vuelvo a mis discos de Nirvana, le digo a tu hermana que ya tengo el pasaporte, me dices que ya no sientes nada al hacerlo conmigo, Daniela no opina lo mismo.

Diciembre: Vienes a una fiesta y mis amigas se burlan de ti, salgo con tus amigas y las aburro con mis ideas, "el profe (¿Julio, Lucho?) es más chévere" susurran sin saber que tengo súper oido, me encuentro con tu vieja al salir de una discoteca y ella finge no verme, al día siguiente follamos en tu casa porque ahora me siento a prueba de balas, te digo que tengo el visado listo y pienso "ojalá el urólogo hubiera visto lo que acabo de hacer"

Enero: Mis amigos me piden que no te lleve a nuestras fiestas, tus amigas te piden lo mismo, empiezas a vestir mejor y te maquillas más, sales por ahí con tu vieja, My Girl, my girl, don't lie to me, me invitan a cenar a tu casa y digo que no me gusta el trigo, tu hemana me dice que no haga ruido al tomar la sopa, tu perro se folla mi zapato, me largo y al día siguiente compro un viaje a Madrid.

Febrero: Veo pasar a tu vieja súper arreglada y le silbo, ella me hace chau con la mano y me guiña un ojo, me llamas y dices que no podrás venir a verme, empiezo a salir más con mis amigos aunque en el fondo quisiera estar más contigo, bailo hasta la madrugada y una tía me da un teléfono falso que sé que es falso y tiro a la basura, una chiquilla (que está más buena que la última)llama a mi puerta y pregunta por mi hermano y yo me pregunto en qué me estoy equivocando, te mando un SMS confirmando la hora y el día de mi vuelo.

Marzo: Mis amigos y tú me despiden en aeropuerto, sé que no te veré en mucho tiempo pero me da más pena dejar mi casa, tu vieja vino a verme unos días antes y me dijo "yo te la guardo" y yo no sabía a qué se refería, escucho otra vez la primera canción de Luis Miguel que habla de lluvia y ya no me pasa nada en el cuore, paso los controles y me imagino tus lágrimas pero sólo puedo pensar que ya no tengo que pagar cocacolas, ni esconderme de tu viejo, ni escuchar historias de tu profe, y decido cortar por lo sano apenas llegue a Madrid. Cuando aterrizo intento recordar (sin éxito) cómo eran tus tetas.

martes, mayo 26, 2009

A las muelas me remito


Mi familia tiene un amplio historial de problemas dentales. Y yo, unfortunately, no he podido escapar a esa maldición.
Quien sí lo hizo, de manera circunstancial, fue mi hermano menor. Jugábamos al fútbol en la calle, como siempre, usando algunas piedras o ladrillos sueltos como arco y haciendo rodar la pelota por el asfalto imaginando que era la alfombra verde del mejor estadio del mundo. Un triciclo de carga, de esos que abundan por los barrios vendiendo pan, dobló la esquina a una velocidad extrema y yo lo esquivé por poco gracias a un instinto desarrollado después de que un heladero (que iba a veinte kilómetros por hora) me hiciera volar por los aires, años atrás. Pero mi hermano no poseía el mismo instinto.
Cuando de lejos vimos a un niño tirado y al triciclo de pan parado al lado, nuestra primera reacción fue la risa tonta, cruel y burlona típica de los barrios del Callao al ver a otro en desgracia; pero cuando comprobamos que el caído era de los nuestros corrimos en tropel, unos a rodear al panadero y otros a levantar del suelo al herido, que escupía sangre. Los médicos vieron en las radiografías que las raíces de los dientes no estaban dañadas y aconsejaron extraer los que tenía partidos. Mi mamá aceptó la operación, mientras mi papá daba explicaciones a la policía en el cuarto contiguo, a donde había ido a parar el pobre panadero después de la paliza que él mismo le dio, porque me calenté al ver a mi hijo sangrando, compadre, ¿no habrías hecho tú los mismo?.

Meses después el cabrón de mi hermano lucía su nueva sonrisa perfecta, que lo acompaña hasta el día de hoy.

En mi caso, el diente torcido, lo gané gracias a mi ya mundialmente conocida estupidez. Reté a mi hermano (el segundo) a una pelea de lucha libre, emocionado al ver lo fácil que hacía "Andre The Giant" las dobles Nelson. Él me miró, desganado, y rechazó mi oferta con la mejor de sus frases: "mi mamá dice que no hay que pelear". Como siempre, lo manipulé a mi antojo y le dije que era un aniñado, un hijito de mamá, que no sabía pelear y que además (esto le dolió en el alma) era un serrano cobarde. Saltó como un tigre sin darme tiempo a preparar los puños, ni media Nelson, ni la grulla del Karate Kid. Me puso un pie delante de mi pierna izquierda, con la mano derecha inmovilizó mi brazo bueno, y con la izquierda me cogió del cuello. Caí como un maniquí, golpeé el suelo con la boca y sentí un calambre que corrió desde mis dientes hasta la base de mi cráneo. Mi hermano se apartó de mí, consciente de lo que había hecho, y gritó pidiendo ayuda. Yo me retorcía de dolor y no quería ver de dónde venía tanta sangre.
El doctor del barrio dijo que me había movido un diente, cosa extraña señora, lo normal es que salga volando, que ya se caería y, entonces, el nuevo nacería perfectamente delineado con el resto de los incisivos. Sigo esperando que se caiga, hasta hoy. Y sonrío con un diente mirando a mi laringe.

El caso más flagrante de dentadura ofensiva era Elvira, la mujer de mi tio Manrique. Si soy sincero, nunca le vi una sonrisa completa. Mi primera imagen suya se remonta a casi veinte años atrás cuando entró del brazo del que sería su marido, maquillada con el peor de los gustos, para anunciarle a mi abuela (que se desmayó, como hacía las poquísimas veces que se quedaba sin argumentos) que estaban esperando un hijo. A pesar de la seriedad del momento, y del contrasuelazo de mi abuela, Elvira nunca dejó de masticar su chicle.

Con los años, el azúcar y los embarazos siguientes, su dentadura se deterioró de forma notable. Los niños del barrio se burlaban de ella y la pobre desarrolló una nueva forma de sonreír que consistía en apretar labio contra labio y mover los cachetes. Esto le funcionaba de maravilla, pero yo, pendenciero, siempre conseguía con mis ocurrencias que se riera a carcajada limpia y entonces mis amigos y yo podíamos comprender el significado de la palabra "caries" en toda su magnitud. Nunca quiso ir al dentista, argumentando que ya estaba vieja para eso, a los 32 años. Todos nos acostumbramos a verla al lado de sus hijos, compartiendo la condición de desmuelados cuando a éstos se les caían los dientes de leche.

Como no quiero correr el mismo destino, acudí hace poco a mi cita con el dentista dominicano que suele atenderme.
Después de que certificara que no tenía caries, le pedí que me preparara una férula de descarga, ya que, por culpa del stress europeo, rechinaba los dientes al dormir y despertaba con una jaqueca del carajo. El dominicano me dijo que era una sabia elección; no sé si porque así dejaría de tener dolores de cabeza o por los 150 eurazos que costaba la cosa esa de plástico. Pagué sin rechistar, recordando a mi hermano menor (que también la usa), a mi otro hermano (gran luchador) y a Elvira (la desmuelada de la familia) y volví a casa con un molde plastificado de mi torcida dentadura. Me lo puse para dormir y a eso de las cuatro de la mañana no pude soportar más la combinación de incomodidad y asco que me invadía. Vi a Sol dormir de lo más tranquila, soñando quizás con Roman Duris, y la odié un poquito. Bebí un poco de agua y traté de conciliar el sueño nuevamente, cosa que logré una hora después. Soñé que era un boxeador al que alguien había untado el protector bucal con pegamento extrafuerte. Desperté sin jaquecas y eso bastó para disfrutar del resto del día.

Quedé ese mismo día con unos amigos para tomar el aperitivo y les hablé de mi última adquisición. Obviamente, se burlaron de mí, y cuando les expliqué que sin eso rechinaría los dientes sin parar durante toda la noche uno de ellos me dijo joder, como para meterte algo en la boca mientras duermes.

miércoles, mayo 20, 2009

Mi primer viaje de negocios


El tele-taxi llamó a mi puerta cinco minutos antes de lo previsto. Casi muero ahogado por un sorbo de té en el que flotaba un trozo de brioche. A la T4, le dije, y me despatarré sobre el asiento trasero, con los ojos cerrados. Una conversación que parecía salida de una radionovela me despertó, ¿qué es eso? pregunté, y el taxista (en cuyo respaldo había un cartel que rezaba "no asepto billetes de 50 euros") contestó Holocausto, una serie que viene con el Mundo. Me levanté, entonces, y vi que el cabrón aprovechaba el atasco madrileño para ver su pantalla de dvd y ponerse al día con su serie favorita. Rogué que no nos parara ningún policía.

En el control de embarque estaba ya Dario, mi nuevo compañero, che tempismo! dijo, con su acento italiano y pasamos los detectores de metales quitándonos relojes, zapatos, cinturones, monedas y teléfonos. Comprobamos en las pantallas que el vuelo salía o'clock, pero habíamos llegado con demasiada anticipación y aprovechamos para tomar un café. Hablamos de los horarios, los sueldos, las nostalgias, los gatos, Dan Brown y Roma, la ropa de H&M y mil chorradas más. Todas divertidas. Una hora después, aterrizábamos en Lisboa.

El taxi olía a sepulcro, y era casi tan viejo como los taxis de Marrakech. 12 euros después estábamos ya en la oficina, donde fuimos recibidos sin honores y con un task list del carajo. Dario fue al departamento de riesgo en la tercera planta, con ventanas y mucha luz, y yo a las mazmorras de los informáticos, que apestaba a pies y sólo tenía un armario con facturas viejas como único paisaje natural. Bruno, mi homólogo portugués, me estuvo explicando durante tres horas toda la estructura funcional del departamento de sistemas de la empresa. Yo asentía como los perritos de juguete y juro que intentaba captar al máximo todas sus enseñanzas. Pero mi carne es débil, mi fuerza es tan débil, que lo olvido todo.
Comimos en un menú asqueroso, de esos con manteles de hule, en el que un amable señor nos ofrecía platos muy baratos, con su (amable también) mosquita incluida. ¿Qué es eso naranja que tiene tan buena pinta? pregunté, y Ana, guía de Dario por estos lares respondió, creo que pastel de zanahorias. En ese instante supe que no debía dejarme llevar por mis instintos.

Sol llegó a eso de las cuatro. Decidió con muy buen criterio aprovechar mi hotel de cuatro estrellas para visitar la ciudad y usando una fotocopia de mi DNI que lleva a todos lados, pudo registrarse en la recepción sin ningún problema. Espérame en el lobby, le dije, que llego, me cambio y salimos a patearnos el centro histórico. No contaba con que Bruno se ofrecería a hacernos de guía turístico y que tendríamos que esperarlo casi una hora, perdiendo así mucho tiempo de luz solar. Cuando caminábamos por una callecita aledaña a la Praça do Comercio, un lugareño (morenito y menudo) vio a Dario fijamente a los ojos, y le espetó "Marijuana, Weed, Coke" motivando nuestras risitas nerviosas y la indignación de mi colega romano. Al caer la noche nos metimos en un restaurante pequeño, acogedor y atendido por un camarero que sabía más idiomas que el director general de Toshiba España.

Dario comió jabalí.
Sol comió un plato típico de nombre impronunciable.
Me too.
Bruno pidió un filete de pollo con patatas. Qué cabrón.

Pasé la noche sudando por culpa de la indigestión. A eso de las cuatro de la madrugada estuve tentado a encender la TV pero supe que Sol me empotraría contra la pared de un almohadazo, y decidí contar ex-compañeras de trabajo desnudas para conciliar el sueño. Funcionó, es mucho mejor que contar ovejas.

Al día siguiente tuve unas veinte reuniones más, y con la cabeza como un bombo llamé a Sol para preguntarle donde estaba. Me susurró que estaba en el Monasterio de los Jerónimos de Belem, y me colgó. Le mandé un SMS pidiendo que, a las cinco de la tarde, me enviará su posición exacta para recogerla en taxi camino al aeropuerto. Así lo hizo, y cuando el taxista metía mis maletas en el coche le dije Vamos, a la Praça do Marquês de Pombal, y despois al aeroporto. El dijo que sí a todo y salió como si se estuviera jugando la pole position en Montmeló.
Dario dijo allí está, y yo vi a Sol, tranquila y bronceada, leyendo frente a las oficinas de AXA Lisboa. El taxi paró, le pedí que esperara un segundo, el taxista preguntó si iba a bajar maletas, le dije que no. Cuando puse un pie en la acera, salió disparado llevándose al horrorizado Dario dentro.

Cinco minutos después volvían. Me pidió perdón por el malentendido, y yo, ya hasta los cojones de los portugueses, le dije, al aeropuerto por favor, obrigado. Por suerte el avión salió puntual y llegamos a casa a la hora prevista. Me tiré en mi cama dos estrellas y, cerrando los ojos, deseé que este fuera mi último viaje interestelar.

martes, mayo 12, 2009

Driving me (crazy)


Nadine y yo esperamos con el autobús que nos acercará al metro. Sino logramos subir tendremos que caminar 700 metros cuesta arriba combatiendo las nubes de polen que nos rodean, perezosas y voladoras.

- Entonces - pregunto - este autobús es de la empresa y está sólo para esto.
- Oui -contesta, suizamente aunque vuelve al español segundos después - tiene horarios establecidos y es gratuite.

Una chatarra verde dobla la esquina y me imagino que este armatoste debió sobrevivir el viaje transoceanico al que todos los autobuses europeos están condenados para terminar, cual cementerio de elefantes, usados como transporte público en algún país sudamericano. Como el mío. Las chicas del call center - arregladas ellas, como para una fiesta - suben en graciosa manada y Nadine y yo vamos detrás. Veo que el conductor es peruano.

- En mi país decimos chofer - le cuento- no chófer, como se dice aquí.
- Suena más francés -me dice ella, mientras yo asiento - como si pronunciases chauffeur.
- O fercho - remato, pero ella ya no me entiende.

Una mano me sujeta el brazo impidiéndome el acceso. El fercho me dice algo que no entiendo, le pido que lo repita, por favor, y me espeta "tú no puedes subir, no tienes la tarjeta". Miro a Nadine y ella me hace un gesto, avergonzada, pidiéndome que ignore la broma. ¿Es broma? pregunto con los ojos, y ella me hace que sí, con la cabeza. Me río, entonces, y hago el amago de seguir mi camino pero el chofer insiste y enseñándome una tarjeta verde llena de mierda remata su faena con un yo no me estoy riendo, compadre.

Descolocado, mato al idiota con la mirada y me siento al lado de Nadine que, sudando de la vergüenza, me dice, en francés, que ignore el hecho. No sé si está de broma, o quiere que le cruze la cara, respondo, confundiéndola aún más.
La pobre bajó intentando no verme con parte de la manada en el metro La Granja y yo seguí hasta Valdelasfuentes.
Cuando llegamos, el chofer no abrió la puerta trasera, como es debido, sino que nos obligó a bajar por la parte delantera. Yo ya iba por la segunda canción del "Presence" de Led Zeppellin pero con rabillo del ojo vi que, una vez más, intentaba cogerme el brazo (¿quién sabe?) quizá para disculparse. Mi orgullo hizo que lo rechazara como a un leproso y bajé sin siquiera dignarme a mirarlo. En el tren camino a casa, planeé mi venganza.

Al día siguiente me encontré en la cafetería con la Facility Manager, a quien había conocido un par de días antes, y, entre cafés y porras, le conté mi culebrón venezolano. Ella prometió, sin dejar de ver mi flequillo y jugar con su cabello, que tomaría cartas en el asunto, porque este individuo ya tiene varias quejas encima. Ese pata se pasa de confianzudo,dijo alguien que resultó ser uno de los vigilantes del edificio, es peruano como yo, y cree que todos son sus colegas, has hecho bien pararle los pies flaco. Lo dibujé en mi mente entonces, con su polo mugroso, su sonrisa rococó de dientes de oro, y sus gafas de sol de plasticorro. Sentí piedad, y un poco de culpabilidad porque quizás por mi queja encantadora perdería su trabajo; pero al compartir el ascensor con una rubia de esas que paran el tiempo, lo olvidé para siempre. Tuve dos razones de peso para hacerlo.

Hoy, después de un día de altibajos en el que el Director General me dijo que no se me ocurriera desconfigurarle su conexión a Internet nunca más, subí destrozado al autobús rogando que llegara pronto a la estación de tren. Ringo cantaba "I wanna be your lover, baby, I wanna be your man" pero una incómoda voz me devolvió a la tierra. Bajé el volumen de la canción y, recordando su existencia, le pedi al fercho que me repitiera lo que acababa de decir. ¿Valdelasfuentes, no, caballero? preguntó, temblando como una hoja. Vestía una camisa replanchada, estaba peinado y ya no olía mal. Sí, por favor, contesté y me senté victorioso, ansioso por llegar a casa y brindar conmigo mismo, cerveza en mano, por este pequeño triunfo.

viernes, mayo 08, 2009

Bienvenue chez les Ch'tis


Mi nuevo trabajo es particular, cuando llueve se moja y todo lo demás. Es una empresa que no es una empresa porque es parte de otra empresa con accionariado en una empresa que no deja que la nueva empresa se desligue de la empresa original. Mi misión, ya que he decidido aceptarla, definir la estructura técnica de la nueva empresa, antes del verano, y entonces asumir las funciones de IT Manager. O como diría Rosa: "o sea, jefazo, amos".

No creo que sea para tanto, pero el puesto tiene bastante distancia con el anterior, en donde mi máxima preocupación era parecer preocupado para que así todos creyeran que tenía mucho que hacer y en qué pensar.
Los jefes son de Lille, y han contratado un profesor de francés para pulir mis voules-vouz y, sobretodo para que deje de presentarme como Christianne, cada vez que alguien me dice enchanteé.

Las oficinas están a tomar por saco de mi casa, y aunque en un principio decidí ir con mi Kia sufridor, abandoné esta idea después de pasarme treinta minutos buscando un sitio donde dejar a mi chatarra verde esperando hasta que mi día acabara. El polígono industrial estaba a reventar, y cuando se lo comenté a mi nuevo compañero (que para colmo se llama igual que el anterior, así que ya lo odio), me dijo que por eso se compró la moto, porque venir en coche es de gilipollas.

Entonces, viajo en metro. Lo que no está mal si descontamos la mujer que se cuelga de tu hombro, el asqueroso que ya huele mal a las 8 de la mañana, el idiota que tiene la música a todo volúmen como si el móvil fuese un radiocasette, o la vieja que dice que sufre achaques pero corre a hiper-velocidad cuando ve un asiento libre. Cuando bajo del metro, subo al tren (en Chamartín) y miro los paneles informativos para saber en qué anden pararme a esperar. la putada llega cuando la información cambia de golpe y todos, la vieja hiper veloz incluida, salimos corriendo como el ganado que somos para lograr subir al tren que, al vernos llegar, hace buuuuuuuffff y sale disparado.

Ya sentado, abro mi libro. El autor dice que el socialismo no es tratar a todos por igual, sino a los desiguales como si fueran iguales. Me parece interesante, pero cuando quiero seguir leyendo se sienta frente a mí un mariconazo que habla con otro maricón (me imagino) sobre la fiesta de nosequién a la que fueron los nosecuantos. Gritando de vez en cuando. Cierro el libro como queriendo atrapar un tábano, pero él ni se inmuta, sigue hablando a voz en cuello, y sí tío es superfuerte, oooaooo, es que eres una guarra, colega. Subo al máximo el volumen de "Wish you were here" pero David Gilmour parece cansarse también de la locaza que tengo como compañero de viaje y se queda mudo poco a poco. Me largo, y me siento frente a una morena que se ha quedado dormida y babea.

El trayecto de vuelta es el mismo, pero en él voy recordando a mis compañeros franceses y sus historias: uno ha trabajado en Portugal y España, otro en Italia y Francia, y alguno en Suiza y Alemania. Me preguntan de vez en cuando si me gusta viajar y yo digo que oui oui, y a los diez minutos me entregan una reserva de vuelo para la quincena de Mayo porque tengo dos días de reuniones en Lisboa. La cagada.

En casa Sol me espera alegre y yo llego reventado, le digo que todo tres bien, pero que no me gusta el horario, aunque es mejor que estar en casa viendo porno todo el día. Ella asiente y pregunta si quiero ver algo, le contesto que lo que quiera y pone un capítulo de Bones. A los diez minutos me duermo y estoy tan cansado que ni siquiera tengo fuerzas para soñar con Angelina Jolie.

sábado, abril 25, 2009

El Diario de Patricio


Me encanta estar en pelotas. He vuelto del gimnasio, no hay nadie en casa y puedo hacer lo que me dé la gana (y, no sé por qué, lo primero que he hecho es poner un disco de Natalie Imbruglia). Estoy contento porque ayer hice mi buena acción mensual: ayudar a una amiga en horas bajas, porque sí, queridos cuatro gatos, yo también puedo tener amigas sin follármelas. No es mi estilo, pero la excepción confirma la regla.

Teresa estaba de baja por depresión en casa y la llamé para hablarle un poco, contarle cosas y hacerla reír. El plan funcionó y después de hora y media de telefonazo lo que empezó con sollozos contenidos terminó con carcajadas sonoras que me hicieron pensar que los antidepresivos son una gran invención. Espero que demande a su jefa por mobbing, pero creo que no se atreverá e incluso la perdonará porque no sabe lo que hace. Yo les hubiera puesto una denuncia.

Sol se ha ido a pasear en bicicleta con sus amigos por los prados de Aranjuez. Yo decliné amargamente acompañarla, eso no es pa' mí , dije, a mí invítame cuando sea una barbacoa con chelas y rio pa' dormir la siesta. Aún así tuve que salir de la cama para ayudarla a preparar la bicicleta, que estaba tirada en el trastero, con las llantas desmontadas, sin aire, y la cadena anudada en el timón. Después de usar la máquina compresora del taller de motos vecino, colocar la cadena que parecía uno de esos juegos de ingenio en donde hay dos clavos doblados que tienes que separar, y desajustar los frenos (no para que se desbarranque, sino para que dejara de frenara por nada), le di las llaves de mi coche con el tanque lleno y nos despedimos en el parking de casa. Una hora después la llamé para ver cómo había ido todo y me dijo que estaba volviendo a casa porque las cámaras de la bici habían explotado con un estruendo a los diez metros de la partida. Obviamente, me reí.

Antonio me ha invitado a ir a una barbacoa, mañana, en su chalet con piscina. Veremos, de paso, como el Madrid dice adiós a la Liga en el campo del Sevilla. Avisa a los demás, me pide, porque no he pagado mi móvil y me han cortado la línea. Que traigan algo para compartir, yo pongo la casa, la tele, el jardín y la carne. Dejo de hacer los abdominales que hacía y mando un mensaje grupal pidiendo que confirmen con el anfitrión antes de que cierren el mercado. Dos horas después llamo a uno de los invitados para ver si ha llamado a Antonio, pero su mujer me dice, amablemente, que no inquiete a su marido.

Vuelvo a poner el disco de Natalie Imbruglia y me tiro en el sofá. Sol entra y dice que hay que cambiar las dos cámaras, revisar los cambios, y los frenos. Pienso en la cabrona de María que me vendió la bici y ruego que la cague una paloma enferma. En la boca.

miércoles, abril 15, 2009

La Haine


Desde la zona VIP del Mr. Chopp se ve la vida igual de aburrida que desde cualquier otro punto del planeta Perú. Apoyado en la barra, juego a seguir las trayectoria de las trencitas de colores que forman la pulsera que llevo en la muñeca. Intento recordar quién me regaló tremendo adefesio, pero no lo consigo. Si al menos hubiera sido una pulserita de cuero, pienso, o un Citizen falso de la avenida Abancay; pero no, tenían que regalarle una pulserita de 50 céntimos de mierda. Me rasco la cabeza y sigo el recorrido de los cables que rodean toda la discoteca. Uno se pierde detrás de una bola de espejos, y otro justo detrás de la azafata de Heineken. La imagino electrocutada, pero es por que una hora antes me negó una tercera chela gratis, ya te he dado dos flaco, me dijo, no seas conchán.

Tomy baila como siempre, como si el mundo fuera a acabarse. se ha puesto la camiseta que compró en el mercado de segunda mano. Yo también llevo una camisa celeste, que compré para que mi amigo obtuviera un descuento: ya pe tía, le dijo, dos por seis lucas. He lavado la camisa mil veces, pero no consigo quitarle ese olor a muerto que lleva. Antes de llegar a la discoteca me he metido al Metro de la Marina y me he bañado de Old Spice, pero ni con esas se me va el olor a jubilado de encima. Mi amigo me hace señas. Sus dedos índice y medio se señalan los ojos, y su cabeza se mueve, en series de cinco repeticiones, a la derecha. Eso significa que alguien, desde esa ubicación, me está mirando.
Sigo la línea imaginaria que Tomy ha trazado y, con disimulo, logro ver a un grupo de chicas, no muy feas, que me ven desde abajo, preguntándose seguramente ¿quién será ese huevón que mira a todos con la mano en la barbilla?

Dejo mi posición César Vallejo y bajo, total, no hay nada que perder. Miro a la azafata de Heineken al pasar, y antes que le pregunte, me hace no con la cabeza. Pienso: tiene buenas tetas la chola ésta. Veo de lejos a Tomy le hago salud con mi copa y el responde levantando el índice como si hubiera metido un gol, no conozco a la enana que baila con él. Paso al lado del grupo de chicas y escojo rápidamente a una; ¿bailas? pregunto, y ella levanta los hombros, como diciendo ya pe' qué mierda.

- ¿Qué hacías arriba? - pregunta, acomodándose el pelo.
- Tratar de conquistar el mundo, Pinky.
- ¿Ah?- dice, pero sigue bailando al son de Carlos Vives - ya pues, dime, ¿qué hacías?
- No sé, me aburría, mayormente - "como ahora", pienso, pero no lo digo.
- ¿No ha venido tu flaca, te han plantado?
- No tengo - miento - ¿y tú?
- ¿Ves alguno? - contesta a mi pregunta con otra pregunta, cosa que odio, pero no digo nada porque se le ha abierto un botón de la blusa y el escote es tentador.

Tomy me guiña un ojo desde lejos, dando su innecesaria aprobación a mis actos. Las canciones van sonando una tras otra, sin pausas, veo el reloj y me digo que ya está bien de idioteces por un día. Le pido el teléfono a la bailarina, me lo da, y le digo que ahora vengo, que voy al baño, y me largo.

Después de una semana de universidad, novia, exámenes y fútbol, llamo a la tía de la disco cuando encuentro su número borroso en un papel lavado dentro de mis Levi's. Hola, soy el del Mr. Chopp; Ah, si, ¿qué te cuentas?; Nada especial, oye, ¿qué tal si nos vemos? no sé, este jueves; ¿Este Jueves? mejor el viernes, a eso de las seis; Ok, frente al cine del Marina Park.

Esperé unos diez minutos, y cuando ya me largaba me cerraron el paso dos chicas que parecían sacadas de la publicidad de Benneton: una china y una negra. La china me dijo que su amiga no podía venir, que estaba enferma. La negra dijo enferma, sí enferma. La china me preguntó que qué pensaba hacer, y yo le respondí que tomar un helado. La negra dijo, maldito, vamos a tomar un helado. Nos metimos a una heladería del centro comercial y yo pedí una cocacola, la china pidió helado de vainilla y la negra de chocolate. Era como verlas comiéndose a sí mismas. Les dije que no me iba a quedar mucho tiempo, que ya que su amiga no venía, me iba a estudiar. La china preguntó qué estudias, y la negra le hizo eco. Les dije que Física Nuclear, pero creo que si les hubiera dicho el abecedario hubieran puesto la misma cara de perdidas.

Cuando los helados se acabaron, me levanté y dejé dos soles sobre la mesa, y dije bueno chicas, un placer, pero ya me quito. La negra dijo ¿no nos pagas los helados? y la china preguntó lo mismo con los ojos. Dije ni cagando y salí de la heladería. Doscientos metros más adelante la china y la negra me alcanzaron y me dijeron que su amiga no estaba enferma, sino que las había mandando para que vieran si yo era un buen chico, alguien de confianza con quien ella pudiera salir sola. No lo podía creer. Seguí caminando y ellas gritaron si no nos pagas los helados le decimos a nuestra amiga que no salga nunca contigo, tacaño. Volví hasta donde estaban ellas y le dije, con la mejor de mis sonrisas, anda y dile a tu amiga que la cache un burro ciego, de mi parte.

Salí a la avenida La Marina, subí a una combi y dos segundos después el cobrador me pidió que le pagara. Pasaje, chino, pasaje, dijo. Le di un sol, y aguante que un hierro del asiento se me clavara en la espalda hasta que llegué a mi destino. Al entrar en casa sonaba el teléfono. Descolgué y eran mis viejos que llamaban desde Madrid. ¿Qué tal hijo? preguntaron, y yo, sólo pude contestar: Me tengo que largar de esta mierda, pero ya.

martes, abril 07, 2009

Calor que penetra, calor que alivia


Tenía cita a las 6 y media. Tengo un vale regalo, dije, es un por un masaje terapéutico de 30 minutos. La recepcionista, sonriente, me pidió que esperara un momento mientras llamaba a la masajista. Le hice caso y mientras leía una revista de decoración con titulares como "hazlo tú misma", "sorprende a tus amigas con tus habilidades" o " dale más luz a ese rincón", pensaba en mi poca fe en los masajes, que, según yo, tienen la misma utilidad que la hipnosis regresiva.

La masajista apareció, me llamó por mi nombre y me pidió que la siguiera. Al ver que no se parecía en nada a Phoebe Buffay sufrí una pequeña decepción, total, esta señora pequeñita de acento portugués estaba a años luz de la rubia masajista de Friends. Llegamos a un cuartucho que, desde el suelo hasta el techo, estaba lleno de azulejos azules y blancos, una especie de baño descartado que más parecía el cuarto de un prostíbulo mexicano. Una luz roja iluminaba una esquina y había un lavabo enano. A la derecha, y bajo la única y minúscula ventana, una mesita blanca guardaba cremas y encima de ella había una radio despreciable que, a un toque de la portuguesa, comenzó a soltar música de esa que llaman chill-out.

- Quítati toda la ropa, zapatos, todo, y ponta boca abajo. Ti podes tapar con esta toalla.

Y se fue. No sé si por pudor, o por no querer parecer idiota, no me quité el boxer y me acosté en la camilla metiendo mi cara en el agujero ese que hay para la cara. En el suelo, justo frente a mis ojos, había un agujerito pequeño y misterioso.
La masajista volvió, me imaginé que era la misma, al menos tenía el mismo acento. Me quitó la toalla del culo como si estuviera descubriendo una estatua y, doblándome el boxer hasta dejarlo hecho un tanga, me metió papeles por los bordes. Totalmente confundido, me dejé llevar. De la radio salían tres sonidos constantes que, en mi imaginación, venía de un hombre vestido de krishna que hacía ayyayyyaa ayyyayyayyy, un mono que, feliz, jugaba con un xilófono, y un estúpido koala que colgaba de un chelo y de vez en cuando lo hacía sonar. Era como oír una versión mala y eterna del "Within you Without you" de George Harrison.

- ¿Hay mucho dolor?- preguntó, y el mono y el koala se quedaron quietos.
- Sobretodo en la espalda -respondí - me paso mucho tiempo sentado.

Un chorro de algo tibio cayó sobre mi columna y, mientras lo esparcía, la masajista tarareaba la canción del krishna, y el mono, feliz again, la seguía con el xilófono. No pude resistir, y me dio la risa, muda, es verdad, pero al instante me contuve, imaginando que en el agujerito misterioso del suelo había una cámara escondida. Ella seguía con su ayyayyayyyy ayay mientras yo, ya adolorido soltaba de vez en cuando un ¡ay!, más para hacerle saber que me estaba haciendo daño, que para hacerle los coros. Pero la masajista parecía no enterarse, se contagió del entusiasmo del mono y mi columna se convirtió en un xilófono y golpeó vértebra a vértebra mientras yo, por mi agujero de la camilla veía sus pies envueltos en zapatos blancos con puntitos negros. ¿Son esas las nuevas Converse masajista? me pregunté, para intentar olvidar el dolor.

- Tienes la espalda muy cargada - diagnosticó - necesitas al menos unos cinco masajes más. ¿Te apunto para un circuito de masaje y spa?
- Va ser que no - dije, desde el dolor- los masajes suelen dejarme más adolorido de lo que estaba.

No terminé de decir esto cuando, ya convertido en una pechuga de pollo aplastada, sentí que sus codos recorrían mi espalda con toda la saña que permite la fisioterapia. ¡Ay! grité, y hasta levanté una mano pidiendo al árbitro que le sacara tarjeta amarilla. No se inmutó, me bajó el boxer de un tirón, y recorrió mi columna haciendo presión con los dedos desde el culo hasta la nuca. Cuando llegó a su destino solté un bufido, deseé que en verdad hubiera una cámara en el suelo y me dieran mi foto haciendo muecas al salir, como hacen en los parques de atracciones; y supe lo que sentía mi cama hinchable cuando me revuelco sobre ella para quitarle todo el aire. La pobre.
Me soltó al fin y ya yo era una marioneta tirada sobre una camilla, ella seguía con su ayyayyaayy ayay, el koala parecía haber despertado, y sentía su mirada clavada sobre mi cuerpo despatarrado.

Dime que se ha acabado, por favor, pensé, pero no podía moverme. Algo me mordió el culo y, sin soltarme, subió por el lado derecho de mi espalda. ¿Duele? preguntó, y yo respondí, claro, coño. Ella dijo entonces, es que tenis los músculos de la espalda mal, deberías facer ejercicio. Le dije que voy al gimnasio casi a diario, que mis músculos estaban bastante ejercitados, se quedó muda, sin argumentos, pero respondió mordiéndome todo el lado izquierdo. Cuando me soltó levanté la cabeza de golpe y vi que tenía sobre la mano una ventosa.

- ¿Falta mucho Papa Pitufo?
- No, no falta mucho.

Metí mi cara en el agujero otra vez. Mis deseos se cumplieron y alguien había disparado al koala, ya sólo quedaba el mono con su xilófono, el krishna seguro se había ido por ahí a tocar la pandereta. Un chorro de aceite me bañó, sentí sus manos ir desde mis tobillos hasta las orejas, y cuando ya creía que se había acabado tiró de mi muñeca como si quisiera separar mi brazo del cuerpo. Algo hizo "crac". Me cubrió con una toalla enorme y se fue. Me quedé esperando que alguien viniera a poner una etiqueta con mi nombre en el dedo gordo del pie.

Cuando pude moverme, me vestí y salí del cuartucho. Encontré a la portuguesa hablando animadamente con la recepcionista, no sé, quizá de tendones, huesos, o aceites. Al verme pasar me preguntaron si tenía el teléfono del centro de masajes, les dije que no, pero que vivía cerca, que ya las llamaba, si eso.
Volví a casa y Sol estaba subiendo fotos en Facebook de nuestro último viaje a New York, ¿qué tal? preguntó, y yo quise minimizar los daños, bien, dije, pero al quitarme el polo para darme una ducha, el espejo nos mostró dos enormes hematomas a lo largo de mi espalda. Parecía que un águila real me había capturado con sus garras y luego soltado a la altura del puente de Vallecas. Ella reprimió una risita nerviosa y huyó al salón, y yo, ya cabreado y malagradecido por completo, grité desde la ducha ¡tenías que haberme regalado el Album Blanco de los Beatles, maldición!, y dejé que el agua caliente lavara mi deshonra.