martes, marzo 25, 2008

High


Desayuno rápido, un café negro y una tostada con queso. Bajo por las escaleras, el ascensor tarda demasiado y odio ver su luz parpadeando, sin que la puerta se abra jamás. Llego al portal y veo que he olvidado las llaves del coche, subo, entro a casa, meto las llaves al bolsillo, un poco de más de café, bajo corriendo, arranco, pongo un disco recopilatorio con las mejores actuaciones del Unplugged de MTV, Eric Clapton canta “Tears in Heaven” y me imagino a su hijo cayendo por la ventana de un edificio, siempre pasa cuando escucho esa canción.
Atasco, todos han vuelto ya de sus vacaciones de semana santa.
Bajo la ventanilla, el café me ha alterado un poco, respiro hondo, pero en ese momento el Seat podrido que tengo delante acelera y me llena los pulmones de humo azul. Me encierro otra vez en el habitáculo del coche, ahora canta Seal, me calmo un poco, o al menos eso creo, me imagino cantando esa canción en una fiesta con un piano negro, borracho hasta las cejas y sin olvidarme la letra. Puto café, siempre se me olvida que no debo beberlo en ayunas. El atasco sigue, pongo la radio y dicen que no lloverá, amanece de golpe y tengo que buscar las gafas de sol en la guantera. Imagino que el ruido de mi corazón es como el de King Kong al caer de las torres gemelas. Ya voy llegando al final del atasco, K.D. Lang suena mejor en versión acústica.

Un camión me pide paso, para cambiar de carril, le dejo hacerlo y esa buena acción me calma un poco el ritmo cardiaco. Llego al trabajo escuchando a Sting y respiro hondo una vez más, me pego a Rafa para entrar juntos, porque además he olvidado mi tarjeta de acceso.

La mañana pasa tranquila, he desayunado un colacao y galletas crackers, me voy calmando mientras recuerdo divertido la cara de asombro de mi prima, la que al verme tras tres meses, quedó impresionada de forma exagerada con mis nuevos biceps y mi desaparecida barriga, ejercita también las piernas, me dijo, no te vayas a quedar como Popeye. Voy al baño a beber agua y me cruzo con Vero, que tiene mucha prisa y parece más agobiada que yo. Me mojo la cara y sigo sintiendo como bajan mis pulsaciones, maldito café, digo.
Llega la hora de comer, y, imbécil, compro una cocacola para acompañar el pollo al horno que traje. Después del tercer sorbo siento otra vez mi corazón latir con rapidez, pero ya no hay Unplugged que lo detenga. Llegan Los Otros y hablamos de tetas, fútbol, la chica nueva, los cólicos de Eli, y la liberación femenina. Me relajo, y Jose me ofrece un café. No quiero despreciar su iniciativa, descafeinado por favor, le pido, pero en poco tiempo me doy cuenta de que o no me ha escuchado o se ha equivocado. Me desboco como un potro alazán y mi pierna izquierda empieza a moverse sin control. Bebo más agua, pero la cafeína se ha apoderado ya de mi organismo.

Dentro de unos minutos tendré mi primera sesión de Pilates, y espero desde el fondo de mi corazón que sirva para calmar mis ansias. Pero sospecho que ver a la instructora en mallas, sólo hará que mis pulsaciones suban hasta el infinito y más allá.

lunes, marzo 24, 2008

La noche en blanco


Los amigos de mi hermano planean hacer, en Lima, una reunión de ex alumnos. Jugarán al fútbol, llevarán a sus hijos, comeran y se emborracharán, todo un ejemplo de confraternidad. Le digo que está bien, (qué lindo, dice mamá) que nunca está de más ver en lo que te podías haber convertido, o comprobar que te no siempre el que mejor apunta llega a despuntar. Vamos hablando mientras intento que mi Kia no haga el ridículo en los cuatro carriles de la M-45.

- Sí, parece que va estar bien, y esos idiotas me escriben como si estuviera ahí – dice él, divertido.
- ¿Cómo es eso de “como si estuvieras ahí? – pregunto, cambiando de cuarta a quinta, por hacer algo.
- O sea, me dicen cosas del tipo “tú llevas esto o lo otro”. Pá vacilarme.

Mamá sugiere que envíe un representante, a mi madrina por ejemplo, que siempre está dispuesta para arreglar nuestros problemas en Lima: que si alguien entra a robar a casa, ella lo denuncia a la policía; que hay que pagar los recibos de luz, ella va y lo hace; que hay que preparar una fiesta con regalos para los niños más pobres, ella organiza todo y nosotros le mandamos el dinero. Pues ahora, según mamá, tendría que llevar una fuente de causa limeña y emborracharse como un veinteañero más, en esa reunión.

- Yo no podría hacer algo así – pienso en voz alta.

Mi mejor amigo, de época escolar, estaba preso cuando escapé de Lima. Otro más del grupo murió mientras dormía, por causas que nadie supo (lo de investigar la causa de la muerte, sólo pasa en las películas), y a otro lo apuñalaron al salir de una fiesta en un barrio bajo del Callao. El encargado de la biblioteca, y máximo estandarte de nuestro colegio se casó con un transexual, y por ello fue repudiado hasta el infinito, por la hipócrita sociedad limeña. Y yo, adalid de la libertad de expresión en tiempos adolescentes, me borré de todo escenario político y me dediqué a intentar ser burgués al descubrir que ninguna protesta/marcha/pancarta servía para cambiar el sistema democrático.

- Tendría que conseguir una ouija para hablar con mis amigos – dije, incorporándome ya a la A-2 – o visitar alguna cárcel.
- No todos están presos – me recordó mamá – te quedan los de la universidad.

Me imaginé entonces organizando una reunión de ex alumnos universitarios. Todos deberían asistir vestidos de blanco, incluso ellas, para que nadie supiera (a través de la marca de la ropa) lo bien que le iba al otro en la vida. Beberíamos cerveza, de una sola marca, y se escucharía todo tipo de música, aunque todos saben que odio la cumbia y el reggaetón. Hablaríamos de los sueños que teníamos hace 10 años, y les haría a todos la pregunta que me hago a mi mismo, cada vez que me acuerdo.

- Si el niño que eras a los cinco años, te conociera ahora, ¿estaría orgulloso de tí?

Con suerte, al hacer la pregunta mis amigos se lanzarían sobre mi, y me bañarían con cerveza, arrojándome desnudo a la calle. Y sería feliz.

martes, marzo 18, 2008

Tanto monta, monta tanto


Un reciente estudio de una universidad de prestigio, ha obtenido un resultado alarmante: cuanto más sexo se tiene en la época universitaria, menos bueno es el rendimiento académico. Yo eso ya lo sabía pues me lo pasé tan bien, que no es de extrañar que ahora trabaje dando soporte técnico mientras compruebo (gracias, a flickr, hi5, etc.) que mis amigos, que estudiaban más que yo, se van de luna de miel por Europa.
Cuando Ely y yo comenzamos a estar juntos (había pensado no escribir tu nombre, pero todos los de la universidad saben ya la historia, y a los que no te conocen les da igual), pusimos demasiado énfasis en lo nuestro. Los amigos nos decían que tanto beso, y metida de mano no podían ser buenos para aprobar Matemáticas II. Las aulas de la universidad se convertían en improvisados reductos de amor, y las escaleras más obscuras en nuestro refugio preferido. La primera vez que le dije que me gustaba, tardé casi cinco horas en hacerlo; comimos juntos y ya cuando oscurecía le abrí mi corazón y ella dijo que lo quería pensar un poco. Tienes un minuto, dije, si quieres estar conmigo deberías saberlo ya, y si no quieres, también. Cinco minutos más tarde había comenzado una espiral vertiginosa que duró más de un año.

Ibamos juntos a todos lados: a la playa, a sus clases particulares de Algebra Lineal (donde conocí a los Pezuña, mis amigos para siempre), a descansar en la hierba de la universidad entre clase y clase, a esperar el bus, y siempre parecía que yo me iba a la guerra y ella, cual Penélope, mi iba a esperar fiel y constante. Besos por aquí, arrumacos por allá; sólo parábamos de tocarnos cuando veíamos llegar algún choro y teníamos que estar alerta para no perder el poco dinero que llevábamos encima.
Pasaban los días sin darnos cuenta, y nuestro rendimiento académico bajaba a la par que nuestra fogosidad aumentaba exponencialmente. Una tarde le dije que ya estaba harto de escondernos debajo de las mesas de clase, o en el laboratorio abandonado de química ¿Por qué no vamos a un hotel, chiquita? Abrió sus ojos, color de la coca-cola, y adiviné que estaba reprimiendo las ganas de soltarme un puñetazo en toda la boca.

Cuando acabó el semestre descubrí que ella, en casa, no veía el Gran Chaparral, sino que estudiaba a fondo. Fue fácil averiguarlo, Ely aprobó todas las asignaturas difíciles (Matemáticas y Física ) y yo las fáciles (Sociología y Dibujo). Por un momento pensé en reducir mi ímpetu sexual, y ya cuando había dejado de insistir en lo del hotel, ella me dijo que sí. Y se me pusieron los huevos de corbata. Volví a dejar atrás los estudios, y me abandoné a la lujuria.
A medida que ella y yo nos conocíamos más (una vez nos conocimos cinco veces en una sola tarde) mi aprovechamiento universitario llegaba al subsuelo. Sabía que la carrera no me iba a servir de mucho, pero tampoco quería terminar haciendo taxi, como Tito, y sin que nadie lo supiera me puse a estudiar en la biblioteca de otra facultad, donde nadie me conocía. Ely y yo dosificamos esfuerzos (al parecer ella también quería aprobar algo más que Geometría Descriptiva) y nuestro expediente académico mostró frutos de esfuerzo sobrehumano, la lucha de el hombre (y la mujer) contra sus instintos dio resultado y pudimos aprobar suficientes créditos como para llevar la frente en alto al llegar la navidad.

Yo seguí estudiando en la biblioteca de la facultad de Química, aprobé Mate II, Estadística y Física II de un tirón, y cuando ya cada vez extrañaba menos esa montaña rusa sexual en la que estaba metido, vi sentarse a mi lado a una rubia finísima, tanto que daban ganas de darle algo de comer. Abrió su libro de Matemáticas I, y se peleaba con unos ejercicios que yo ya me sabía de memoria. Le ofrecí mi ayuda, y su sonrisa me sacó a Ely del cerebro (y de lan glándulas reproductivas) de un patadón. Se llamaba Shemi y siempre le agradeceré que sirviera sin saberlo como antídoto a mi arrechura, antídoto gracias al que terminé la carrera de forma sobresaliente. Ely se consiguió otro novio.

lunes, marzo 17, 2008

Tepanyakis, no




Era la noche inaugural, así que no había opción a que sirvieran sobrantes. Sol y yo habíamos visto el cartel anunciando la apertura del nuevo buffet unas noches antes.
- ¿Venimos el viernes? Propuse con cierto desgano.
- Sí, a ver qué tal está esta vez.

Ella se refería a que, en ese mismo sitio, estaba antes el Complutum, que a nuestro entender era el mejor restaurante de Alcalá de Henares, con mesas, sillas y decoración medieval, y una carta bastante apetitosa (y cara). Sólo cenamos allí una vez, y éramos los únicos comensales. Meses después, el sitio cambio de dueño y se convirtió en un megabar de viejos, en el que servían cañas, vermut de grifo y raciones de morcilla, patatas bravas y alitas de pollo. Entonces tuvo más éxito, al parecer porque el nicho de mercado respondía mejor ante esta propuesta, pero nosotros dos añorábamos el antiguo restaurante en el que cenamos sintiéndonos parte de la Corte del Rey Arturo.

- ¿Cómo serán los camareros? – pensaba ella en voz alta - ¿chinos?
- Seguro, y con un poco de suerte hasta hacen un espectáculo de karate, o algo así.

En secreto deseé que este buffet fuera tan bueno como el del Plenilunio, en el que la comida no es espectacular, pero al menos he pasado momentos inolvidables. Y con esa esperanza entré por la puerta decorada en plan chinolandia, flanqueado por dos chinitas vestidas de negro que cuando pedimos una mesa para dos, preguntaron ¿fumadol o no fumadol?.
Nos sentamos detrás de una pareja, él comía las alitas con los pies y ella parecía una mezcla de Belén Esteban y Karmele. Me serví un poco de arroz, carne con pimientos, pasta y algo que parecía pollo. Sol, pilló rollitos de primavera, un poco de pasta y una cosa que parecía sopa. La cerveza, por apertura, era gratis hasta Abril. Hablamos de todo un poco, le conté que las momias de la cultura Paracas eran embalsamadas en cuclillas, y las envolvían en mantos con bordados espectaculares, que en Nazca habían dibujos en la arena que se supone que forman parte de un gigantesco almanaque y tienen equivalentes, aquí al lado en Glastonbury, donde hay un inmenso caballo blanco dibujado en medio del campo y que se puede ver sólo desde una altura determinada. Ella me habló del libro que está traduciendo, que conoció al autor en un congreso en Francia, que trata sobre el comunismo y las sociedades capitalistas, que es muy pesado traducir, pero que al fin ha podido enviar el prólogo a la ONG para la que trabaja. Seguíamos cogiendo comida, yo alitas y verduras, ella sushi, y algo que parecía salmón. Y venga más cerveza.

- ¿Telminado?- preguntó la china a la que en mi imaginación había bautizado como Chun-Li.
- Sí, ¿puedo pedir un té? – contesté, pero ella no sabía español y huyó como un conejo.
- ¿Sabes si “té” significa algo en chino? – pregunté a Sol, y en eso un chino se acercó a nuestra mesa.
- ¿El té no incluído menú, sólo celveza? – dijo.

Salimos y me sentía pesado. Propuse tímidamente ir a bailar salsa, pa’ bajar la comida, pero ella no estaba muy animada y decidimos volver a ver alguna peli en casa. Preparó un par de manzanillas, y tras beberlas, entré en coma. Me habré levantado cuatro veces durante la noche, y ni siquiera disfruté las pesadillas como solía hacerlo (sólo me dan miedo esas en las que mato a mi padre, y digo eso de “¿Quién es éste y qué me tiene que comunicar?) al día siguiente era un autómata y esa noche la pasé con sudores frios y amanecí con una calentura en la boca que arruina un poco mi belleza natural.
Le he pedido a Sol que, como muchas cosas más, me recuerde no ir nunca a un buffet por la noche, soy como un Gremlin, le dije, no me puedes dar de cenar tanto, o seguiré mutando. Ella rió y se quedó en la T2, esperando el avión que la llevaría a pasar la semana santa con sus padres. Yo volví a casa y esperé una llamada que nunca llegó.

domingo, marzo 16, 2008

Cuando éramos Teleoperatas


Era la primera opción para no estar en paro, era dinero fácil, y ya estaba harto de vender chatarra en Eurodata (y que me chulearan la comisión). Tras pasar un riguroso test técnico con preguntas del tipo ¿qué es un diskette?, empecé mi andadura en SITEL, que a su vez era una subcontrata de HP, Nokia, etc, etc. Hubo un curso previo en el que conocí un poco a Abel, que hacía las veces de profesor (formador, era el nombre oficial) y que preparaba clases sobre qué es un chip, qué es un ordenador, y dónde está el botón de reset. O sea, todo un máster, esa semana estúpida me preparó para lo que venía. Terminé en el departamento de portátiles, cosa que agradecí hasta el último día.

Quedé en manos de Lucio, que entonces era agente Kana, meses después pasó a ser mentor, luego volvió a ser agente, después coordinador, ahora piensa en convertirse en replicante, y durante todas esas etapas siempre pudo beber más alcohol que yo. Él me enseñó todos los tejes y manejes del mundillo del teleoperata, yo para agradecérselo le ofrecí una copia de mis DVD’S de Mazinkaizer. En el departamento (compuesto por dos filas de cubículos, PC’s de antepenúltima generación, y una moqueta con ácaros del tamaño de una garrapata), había de todo un poco:

- Antuan – del Aleti
- Villalba – bebedor compulsivo de leche.
- Cerro – semental en ciernes, mediajornada worker, y fanático del snowboard.
- Pablo – bebedor los jueves, trabajador en modo a prueba de fallos los viernes.
- Dario – italiano, de la Roma, spaguettiwestern friki y con un pisazo en Malasaña.
- Juanfran – ripeador de DVD’s, y workaholic.
- Ana - tía buena, con hijo grafittero, y fanática de Betty Boop.
- Esteban – escaqueantis maximus.
- Mine – su nombre en egipcio significa “Hombre que odia a Zahi Hawass y sale en un libro de Iker Jimenez”.
- El Criado – un crack.
- Héctor – chef, y lector de "El Mundo" que me hizo descrubir las bondades del "Metrópoli".
- Y algún otro actor secundario (un beso en el cuello a Bea, que pasó como un estrella fugaz).

Con ellos la vida se hizo más llevadera, y las llamadas estúpidas (desde entonces dudo mucho en llamar a un servicio técnico) provocaban respuestas más estúpidas aún. Nos pagaban una mierda y casi no había espacio para el recocijo sexual. No por falta de ganas, sino por escasez de materia prima y el bajo PIB. Aunque desafiando todas las leyes de la física y la lucidez se formaron algunas parejas y se les podía ver, entre los jardines del parque empresarial, tocarse disimuladamente una pierna, o meterse la lengua hasta la garganta, dependiendo del especimen o grado de cachondez mamífera.

Había pocos bancos con sombra, y siempre estaban ocupados por el típico grupo pibita-buenorra moscones-revoltosos, así que no quedaba más opción que tostarse al sol. El invierno era bien recibido siempre y cuando no lloviese, todos agradecíamos los descansos (cronometrados) en que podíamos salir a pasear y respirar aire de verdad. Alguna vez me encontraba con un “jefe” que apuraba un cigarro, iban en manada como los jinetes del Apocalipsis, y también había de todo un poco: la gorda odiosa, la tía buena, el enano pelota, el pintas, y el gilipollas. Nosotros, los teleoperatas nos hinchábamos de cerveza en el bar de Mariano y a veces olvidábamos que ya era hora de volver a coger llamadas. Íbamos tan seguido que hasta nos regalaban el merchandising que en esos bares (con alfombra de servilletas usadas) sólo dan a la clientela selecta. Una vez subí a trabajar superando por muy mucho la tasa de alcoholemia, con una gorra de Ballantine's mal puesta y en las siguientes dos horas de trabajo le formatee el portátil a todo el que osara llamarme. Obtuve un récord en felicitaciones de los clientes y una palmadita en la espalda por parte del jefazo gilipollas.

Ya fuera de ese mundo, intento (no es fácil) seguir viendo a aquellos que me hicieron esa vida más llevadera. Vi a Ana hace poco, pero me dejó pronto porque tenía una cita con su camello. Había quedado con Dario para ver la derrota del Madrid ante la Roma, pero se me olvidó ir y a él recordármelo. Comí con Lucio una tarde, y espero que lo volvamos a hacer. Chateo con Criado de vez en cuando, le digo que todo es un sueño de Hugo y él quiere que Mr.Eko resucite. Y siempre, siempre, en cada uno de esos encuentros recordamos sin nostalgia esa época en que de 9 a 6 éramos teleoperatas, pero sí añoramos el buenrollismo que parece que muy pocos han encontrado en sus nuevos trabajos.

martes, marzo 11, 2008

El viejo y el Dart


Nadie sabía su nombre, casi nunca iba a pie y su Dodge Dart del 65 estaba siempre reluciente, con un disco de Rolando Laserie a todo volumen. Solía dar vueltas por los parques, por donde jugaban al fútbol los adolescentes, y hacía de motorizado espectador. El Mongo ya lo había visto un par de veces, acompañado de los más malotes del barrio, poniendo el Dodge con rumbo desconocido. Se decía que si subías a dar una vuelta, volvías a casa con dinero, ropa o zapatillas nuevas. Y eso en un barrio como el del Mongo, se notaba mucho, por lo que si alguien estrenaba alguna prenda todos los ojos inquisidores caían sobre el pobre afortunado.

El Mongo, curioso al máximo, preguntó a uno de los amigos de su padre si era verdad eso del viejo maricón, que te regala zapatillas por subirte a su chatarra; el tipo, sin soltar su cigarro ni quitarse las ray-ban que usaba siempre (aunque ya no estuvieran en 1975) le dijo, como se entere tu viejo que preguntas esas huevadas te mata, mocoso. Pero no se rindió, el Mongo, buscó entonces, otra fuente de información: los malotes.

Solían reunirse en una casa abandonada al lado del rio, allí escuchaban casettes en una radio vieja, casi siempre de Police o Genesis, que era la misma música que escuchaban los tíos del Mongo. Eso lo animó, y entró a la guarida. El jefe, al que llamaban Laberinto, se adelantó, y le lanzó un trozo de plátano, pero no consiguió asustarlo, peores cosas le habían caído encima al pobre Mongo, en su colegio pseudo-militar. Sólo voy a estar un rato, dijo, quería saber algo del viejo del Dodge. Al ver las risas ahogadas del grupito, y sus zapatillas relucientes, supo que estaba en el lugar correcto. Le contaron que el viejo se llevaba a los chiquillos al malecón, sin disimular, lo sabe todo el barrio; que una vez allí te miraba a los ojos y te preguntaba ¿zapatillas o plata? Si dices zapatillas, te la chupa, si dices plata te hace una paja. Los ojos del Mongo cada vez se abrían más, de fondo sonaba la voz de Sting cantando DE-DO-DO-DO DE-DA-DA-DA.


- ¿Y si no quieres nada? – se animó a preguntar.
- Eso no se puede, si subes al carro tienes que escoger, o plata o zapatillas. No hay otra.

El Mongo agradeció la información y se fue sabiendo que si no fuera porque sus tíos eran también de los malotes, no habría salido de allí con tanta facilidad. Quizo contar la historia a sus amigos, al fin sabía algo que ellos no, los esperó en una esquina, y allí fue donde el Dodge rojo lo encontró.
El viejo lo miró de arriba abajo, sonriendo y con un brillo asqueroso en los ojos. ¿Vienes o no? Preguntó, y el Mongo escapó lo más rápido que pudo.

Años después el viejo cayó enfermo. En el barrio decían que tenía SIDA, y ese rumor hizo que todos los malotes lloraran como niñas en la sala de espera del hospital, esperando el resultado de sus pruebas. El Mongo nunca tuvo zapatillas gratis, y al morir el viejo su inseparable Dodge se quedó para siempre abandonado en una calle, al lado de la guarida de los malotes. Deberían haberlos enterrado juntos, incluyendo un par de Nike Air, un disco de Rolando La Serie y un fajo de billetes de veinte.

lunes, marzo 10, 2008

Il Addio della bella


Había llegado tarde, como siempre, por culpa del transporte público. Las combis en el Callao se caracterizan por dos cosas, su rapidez y su irregularidad, y yo fui víctima de esta última. Subí a mitad de la calle, porque no tienen paradas obligatorias, y me senté esperando llegar a mi destino diez minutos más tarde. Pero el conductor, hábil estratega, decidió que ya que éramos pocos pasajeros, podía saltarse la mitad de la ruta por un atajo que casi nadie conocía. Pasábamos delante de un mercado cuando el neumático delantero explotó, la combi se ladeó hacia la derecha y nos estrellamos contra un poste de teléfonos. No quiso devolvernos lo pagado por el viaje, y estábamos bastante desviados del camino original por lo que tuve que caminar unos diez minutos hasta volver a encontrar otro medio de transporte que no fueran mis Reebok recién compradas.

Cuando llegué a su casa, todas las luces estaban apagadas y la señora de la tienda de al lado fumaba un cigarro en plena calle, creo que no hay nadie, chino, me dijo, porque hoy dia hay procesión y estos italianos son muy devotos. Maldije al puto chofer y cuando ya volvía a quitarme el reloj y mi cadena de oro (que me puse al llegar) una luz se encendió, al fondo del salón. Salió por la ventana, sonrió de lado y segundos después abrió la puerta.
Nos había presentado mi prima, mira, ella es Paula, es italiana, dijo y el primer impacto fue gracias a su espectacular vestido de flores que hizo que olvidara la promesa (que años después también haría a mi hermana) que le hice de no tener nada con sus amigas. Ella me había sacado a bailar, después de que yo bailara toda la noche con la novia de Carlosquique, y aprovechando un respiro en el balcón nos besamos sin más, teniendo a mi abuelo como casual testigo. Era especial, y lo suficientemente guapa como para hacer que la visitara en su barrio putrefacto, casi sin alumbrado público y con perros meones en cada esquina.

Ciao bimbo, me dijo, ciao Paula, contesté. Sus rizos castaños hacían que ignorara lo apestoso del lugar, y su olor a hierba fresca me hizo volar hasta la Toscana. No éramos novios ni nada eso pero cuando me soltó eso de devo dirti una cosa, e importante ma spero che non ti incollerirai. Estaba jodido, ¿Quién me mandaba a llegar hasta aquí? ¿Por qué había gastado tanto perfume? ¿Alguien, además de ella, seguía usando el verbo “incollerirsi”? Non voglio avere un ragazzo, cioè, non adesso, tu sei bello, gentile, ma, questo è andando molto rapido, veloce…

No lo podía creer, otra vez me estaba pasando lo mismo. Luego diría a mis amigos que no importa, total, sólo era para pasar el rato, qué más da si estábamos juntos un mes o una semana, que yo lo que quería era levantarme a la italiana y punto; pero en el fondo sabía que me había hecho ilusiones, y que una vez más volvería a casa con el rabo entre las piernas. Literalmente.

Ti voglio bene, ma andaré a Napoli subito, la prossima settimana, e preferisco dirtilo a la faccia. Guardami bimbo…

Le quería decir que no me importaba, que buen viaje y que me mandara una maglietta di Maradona, pero sólo le dije guardami bella, guardami piano, perche non mi guarderai più. Y me fui.

Tenía que haber dado media vuelta en la esquina del perro cojo, y volver a casa de Paula. Le había llevado un regalo, una tontería, pero con la bronca que llevaba encima no se me ocurrió dárselo. Mi orgullo pudo más y seguí caminando distraído, tanto, que no vi a los dos ladrones que me saltaron encima.
Dos minutos más tarde, sin zapatos ni reloj, seguí bajando la cuesta que me llevaba a casa. Esperé en vano a que mi teléfono sonara y nunca más supe de la italianita que me dijo eso de Ti voglio baciare la misma noche que nos conocimos.

viernes, marzo 07, 2008

La chica Laive y el slow-motion


Evelyn tenía el pelo largo y bonito. Tomy no tenía pelo porque se lo acababa de rapar. Fabiola tenía el pelo castaño y olía a mantequilla. Yo, simplemente, tenía pelo.
Tomy había dejado de salir con Evelyn, cuando según ella, él la cagó, y, según él, me gusta más como amiga. Yo sabía (como toda la facultad) que Tomy se había llevado a hurtadillas, como un zorro a una gallina, a Julissa, y por eso Evelyn le puso la cruz. A mí Verónica me acababa de poner la cruz, porque le hice un test extraño, y al descubrir (yo más asustado que ella) que tenía la edad mental de un niño de 6 años, me dijo que no era una rata de laboratorio, que qué me creía yo para hacer experimentos con ella, que no le gustaba mi peinado, que me fuera antes de que llamara a su novio, y no volví nunca más. Fabiola, no salía con nadie, su último chico estaba en una correccional, por robar espejos retrovisores de volkswagen.

Y una tarde, a Tomy se le ocurrió que podíamos salir todos juntos.

Yo me dejé llevar y mi amigo escogió el cine, uno aquí cerca de mi casa, vamos en micro nomás, que ellas paguen su entrada. No sé cómo ni por qué, las chicas aceptaron. Nos esperaban en casa de Evelyn, en uno de los barrios más bravos del Callao, frente a la fábrica de cerveza y famoso por ser un sitio de menudeo de droga. Tú cuidas mi espalda y yo la tuya,chato le dije, pero sabía que a la primera muestra de peligro Tomy huiría como un perro ante una explosión, y eso me tuvo intranquilo todo el trayecto. Hasta que ellas aparecieron. Evelyn estaba guapísima, con la cara lavada y sólo un poco de color en los labios, Fabiola no se quedaba atrás, y le susurré a mi amigo que a ver si tenemos suerte y la película se presta pa' la estrategia.

- Ojalá, huevón – dijo – pero tú vas con Evelyn, a mí déjame a Fabiola, que me está haciendo ojitos.

No sé a qué ojitos se refería, pero me importaba poco. Me pegué a Evelyn todo el viaje en bus y hablamos de mil y una tonterías que ya no me acuerdo. Dos asientos más allá, veía a Fabiola sonreir y a Tomy usar su miradita de Diego Bertie que algún poder oculto debía tener, porque no se cansaba de sacarla cada vez que podía. Llegamos al cine, y sólo quedaban entradas para “Matrix”. Qué mierda, dijo él, pidió dinero a las chicas (y se quedó con el vuelto, para comprarse una cocacola).
Entramos y disfruté como un niño, olvidándome de Evelyn, de Tomy, y del olor a mantequilla. Caminamos un poco después de la película, y yo intenté acercarme a ella, sobretodo porque mi amigo parecía ir ganando bastante terreno. Las dejamos en su barrio, y antes de despedirnos pregunté a Evelyn, ¿Te gustaría salir conmigo, otra vez? Y dijo que sí, me fui muy contento, esperando a que nadie me matara al doblar la esquina. Desgraciadamente (o afortunadamente para ella) no pasó nada entre nosotros y nos hicimos grandes amigos, a tal punto que cuando me contó que el chico con el que salía le había susurrado “te deseo” mientras caminaban, no me la imaginé en pelotas, ni nada por el estilo. Tomy intentó golear a Fabiola, pero las apariencias engañaron y ella solo había sido amable con el pobre cabeza rapada de reloj bonito (prestado por Pepe), no salieron nunca más, y al mes él ya hablaba de su shampoo Laive. Huí de Lima sin despedirme de nadie, Evelyn tuvo un hijo (al parecer ese chico, sí que la deseaba con ganas), Fabiola me imagino que seguiría tan inteligente como siempre, y Tomy tiene una empresa en la que no puede robar a nadie que no sea cliente suyo. A veces veo sus fotos, y cada vez que veo a Keanu Reeves esquivar las balas en slow- motion recuerdo a Fabiola esquivar a mi amigo, a lo largo de toda la avenida Brasil.

jueves, marzo 06, 2008

Hoy que no estás


He llegado pronto, sin quererlo, a pesar de haber salido tarde de casa por volver a coger mi abono, que estaba en otra chaqueta (hoy llevo un abrigo gris, porque ayer casi me meo encima, por el frio). Al pasar por Makro recordé que aquellas dos que sabían tu “secreto” solían desayunar allí, pero no paré, además tenía en el bolso una napolitana de chocolate que haría las veces de desayuno. Al llegar a la oficina, lo primero que vi (y que se ve) fue tu sitio, no estaba la loca de tu jefa, ni tu compañera; una seguramente estaría pensando cómo conquistar el mundo y llenarlo de maldad, mientras se acomoda la bufanda esa que no se quita ni para ir al baño; La otra, seguiría con remordimientos por decirte aquello que te dijo, sin maldad, pero que hizo que creyeras que eras la rival más debil, en el mundo TEC. Y no es verdad, pero sé hasta donde llega la mente cuando quiere, y así como da momentazos y me hace imaginarte con cabeza de conejito saltando sobre almohadas, también tiene ratos en que me llena de dudas y preguntas in respuesta que no dejan dormir. Y jode que te cagas. Hoy no hay sonrisas reconfortantes, de esas que sueltas sin saber el bien que haces, asi que no me queda más que hablar con mi vecino de mesa, que sigue admirado tras comprobar que fui yo, el último sabedor del secreto, es como el marido cornudo, dice, el más cercano siempre es el último en enterarse.

¿Con quién como? Voy con Los Otros, y hablan del proyecto loterías, de la empresa de Joan, que si es un nido de piojos en un edificio antiguo. Yo sonrío y asiento de vez en cuando, pero extraño las historias de okupas. Cuentan que hay posibilidades de cobrar objetivos, pero sé que no hay opción, intento distraerme viendo el escote de una chica de la mesa de enfrente, pero me descubre y fijo mis ojos en el vinate que nos han servido, ahora hablan de lo gitanos que son los distribuidores, yo quiero seguir escuchando historias de patinaje, caídas, y Darek.
Volvemos a la oficina, Antonio me promete una vez más un disco lleno de mp3 con música cutre española de los 80 y 90, La Frontera, Nacha Pop, Los Secretos, espero que esta vez cumpla, y mi jefe se burla de mi esperanza, si todavía no has terminado de asimilar el disco de Ñu que te regalé, dice. Yo quiero seguir regalándote música, Ely está en tu sitio, Esa Ely, digo, Hey, contesta. No es lo mismo no es igual, ya volverás, y seguiremos comiendo juntos, preguntarás si lo todo lo que escribo en mi blog es cierto, y, avergonzado, confesaré que si, que casi todo, para hacerme el misterioso. Seguramente te grabaré más discos, pero ya no pondré chocolates en tu coche, porque alguien los roba. ¿La fiesta que preparabas es tu boda? Hoy ha venido una chica, para una entrevista, ha hecho la prueba en el ordenador ese en el que la hiciste tú, era gorda, grande, tochísima, con ojos verdes y vestida de negro, parecía que habían hecho dos moldes de plastilina (uno tuyo y otro de Ely) y los habían fundido para crearla. Mi imaginación vuela mucho

Me voy a casa, pasaré por el gimnasio y escucharé música para aumentar pulsaciones, algo de Tiziano Ferro (en italiano) y después de una ducha fria veré una peli. Me gusta pensar que te gusta hablar conmigo, y que todas esas charlas que nos quedan compensará lo aburrido y frio que ha sido todo hoy, que no estás.

martes, marzo 04, 2008

Bandeja de entrada (3)


Recibí un e-mail de la Ninfo, y aunque han pasado dos años, sigue igual de salida y haciéndome reir. Me cuenta que su novio y ella no tienen problemas, que se van de vacaciones y todo, que ojalá todas las parejas del mundo mundial pudieran conocer por un minuto esa felicidad completa y extasiante en todos los aspectos. Sobretodo en ése aspecto. Como siempre, disgusta un poco tanto detalle, pero sigo leyendo, total, además del suyo sólo tengo un par de mails de inmobiliarias, uno de ebay con ofertas de mis vendedores favoritos, y otro de Ryanair, con vuelos a menos de 15 euros.

Su definición de recuerdo es distinta a la de los demás, e intenta buscar en mi memoria un episodio que creo que se ha inventado: una tarde en que, subidos a un carrusel, ella en un caballo y yo en un unicornio (no lo tomé a mal), reíamos felices porque a esas horas, ya nadie más había en la plaza, y entonces, ella saltó de su caballo a mi unicornio y sin importarle que alguien nos mirara, me metió mano sin más. ¿Te acuerdas, darling?
Yo, obviamente, no me acordaba de nada, pero el correito de los huevos empezaba a ponerse interesante. Puse un disco de Robbie Williams.

Why don't we talk about it /Why do you always doubt /That there can be a better way

Y seguí leyendo. Según su imaginación un policía nos libró de aquella pequeña aventura y escapamos hacia un bar cercano, en el que ella aprovechó para hacer pis, mientras yo pedía una sprite, nunca cerveza, sprite, darling, que fino que eres. Y desde el baño me llamó, diciendo que tenía un problema, y cuando llegué en su ayuda lo único que necesitaba era más cariño y, claro, como siempre, yo estaba dispuesto a dárselo.

You said we're fatally flopped /When I'm easily bored Is that okay?

Esta tía está enferma, pensé, pero seguí leyendo, ya quedaba poco y al final de mail, además de mandarme mil besos y un abrazo para mi novia, que no sé porqué sigues con ella, darling, con lo exigente que eras tú, me dice que quizá un día venga a verme, y nos escaparemos como siempre, por ahí, a jugar un poco.

Me imagino a su pobre novio, despeinado y cornudo como un alce, esperándola al salir del metro, y ella sale hablando con un rumano, y quedan para después. El sonríe, y la abraza, ella le chupa los molares. Robbie suelta sus últimos versos:

Screw you /I didn't like your taste /Aniway, I chose you/ Let's all gone to wasted Saturday/ I'll go out and find another you

Cierro mi correo, y salgo al gimnasio, ojalá no vuelva a ver a la Ninfo, pero si eso pasa, intentaré, esta vez, no acostarme con ella. Siempre me deja la espalda hecha polvo.

miércoles, febrero 27, 2008

Anoche soñé contigo (ay, cosita linda, mamá)


- Alorrr?
-Hola… ¿está Carla?
-Sírr, ¿de parte de quién?
-Un amigo, señora.
- Ok, esperarrr un segundorrr. Carlitaaaaaaaaaaarrr teléfonoooooooooooooorrr.

El Mongo bajó el volumen de la música, que nadie sepa que escucho a Luis Miguel, pensó. Ahora podía oírse claramente la voz del vecino, que en esos momentos preguntaba a su mujer por unas llaves, que había dejado sobre la mesa, y que cuando iba a dejar de mover sus cosas, ¿me quieres volver loco o qué?

- ¿Hola?
- Hola Carla, soy yo, el Mongo – dijo, y se preguntó si no sería ya hora de cambiar de apodo.
- Hola Monguito, ¿qué pasa? Justo te iba a llamar, he quedado con las chicas para ir al cine, ¿te animas? Creo que vamos a ver algo de los simios, o no se qué, algo de terror, será.
- Puede ser, puede ser, pero yo te llamaba para otra cosa.

El vecino seguía sin encontrar sus llaves, el Mongo tenía ahora la boca seca y con tal de hacer que ese tipejo se callara era capaz de dejar a Carla en espera y ayudar al loco en su búsqueda. Unos niños escogieron la pared del Mongo para jugar al fútbol, y tarde o temprano algún pelotazo lo dejaría sin cristales en todas sus ventanas. Malditos niños.

- Anda, que misterioso, cuenta cuenta.
- No, flaca, no es nada misterioso, ya quisiera yo. Es que anoche…
- ¿Anoche qué? puta que emocionante te pones cuando cuentas cosas, deberías escribir novelas.
- Ya, ya, eso dice mi profesora, pero eso es de maricones o borrachos. Y yo no bebo.
- Jajaja, que gracioso eres flaco.
- Me gusta tu risa, Carla, y si prometes reir así siempre, yo prometo convertirme en payaso.

Ya no se oye al vecino, el primer cristal ha caído hecho trizas y el Mongo, que ha dicho a Carla espera un toque, está gritando desde su ventana, te he visto virolo, te he visto, corre nomás que sé donde vives. Vuelve al teléfono y le cuenta a su amiga que otra vez le han roto una luna, que ya van tres, que ojalá esos engendros escojan otra pared para jugar a ser Oliver y Benji.

- Y esa luna, ¿quién la paga?
- Sus viejos, aunque la última vez tuve que amenzar con romper la de sus casas para que me pagaran la mía. Este barrio es una mierda.
- El mio tampoco es que sea Beverly Hills, monguito.
- No, para nada. pero yo te quería contar una cosa, no me interrumpas, oye.
- Uy, es verdad, cuenta, cuenta.
- Anoche, anoche soñé contigo.

Carlitarrr, ¿bájame estorrr?, gritó la abuela, colocando como siempre varias erres en cada palabra que terminaba en vocal. Al grito de la vieja siguió un silencio y el Mongo, después de tragar saliva, se mandó con todo.

- Estábamos los dos, en un bosque, no era ni de noche ni de día, y era raro porque no cantaba ni un sólo pájaro. Una abeja nos seguía todo el tiempo, y como sé que las odias, la quise espantar, pero se transformó en una abeja con cara, como las de la película Bichos, y me dijo que ese camino que íbamos a tomar no era el mejor. Nos asustamos y corrimos y tú no parabas de gritar, nos escondimos tras un árbol, y todo parecía el video Thriller de Michael Jackson. Yo hasta llegué a pensar que me iba transformar en lobo y que nos pondríamos a bailar de un momento a otro, pero no pasó eso y no sé como te calmaste cuando cogí tu mano y te dije don’t you know it’s gonna be alright, volviste a sonreir y el cielo se despejó los pájaros volvieron a cantar y apareció de la nada, un camino por el que caminábamos sin mover los pies. Me gustas mucho, dijiste, y sentí que mi cara hervía, ya sabes que me pongo rojo con facilidad, y después de mirarte a los ojos…te besé. Ahora sonaba tu canción favorita, Unchained Melody, y justo al llegar a la parte de Lonely rivers flow to the sea/to the sea, explotaste y te convertiste en una nube de color rosa, que subió al cielo y que parecía seguirme a todos lados. Me senté en una explanada a verte, y me quedé dormido, ¿raro, no? Dormirse en un sueño. Al despertar estaba ya en mi cama, y salté del susto. Entonces desperté realmente, creyendo estar todavía en el sueño. Y decidí que te llamaría para contártelo.

Silencio. El Mongo creyó que se había equivocado, que no debía haberle contado, de esa forma, el sueño a su amiga, ¿y si ahora ha jodido la amistad para siempre?, tragó saliva y empezó a disculparse, que era un sueño nomás, que no había que darle importancia, que…

- Sorry flaco, ¿a qué no hay que darle importancia? Me he perdido una parte de la conversación por culpa de mi abuela.
- ….
- ¿Hola? ¿estás ahí?
- Sí, si. No importa, era una tontería – respondió el Mongo, sin saber si estaba aliviado o lo comía la decepción.
- Pero soñaste conmigo, eso sí lo escuché, me lo tienes que contar, ¿esta tarde después del cine?
- Puede ser, si no se me olvida el sueño, ya sabes que tengo una memoria de mierda.
- Ya, ya. Nos vemos entonces.
- Si, nos vemos, luego.

Respiró hondo, y al colgar el teléfono, la luna ruta lo trajo de vuelta al mundo de los vivos. Voy a matar al virolo, dijo, y salió intentando olvidar el sueño, la llamada, a Carla, y a su abuela fanática de las erres.

martes, febrero 26, 2008

Nefertiti


Ajenatón (1353/2 a 1338/6 adC) es, para mí, el faraón más carismático de los que gobernaron Egipto. No sólo por ser el primero en promover con mucha fuerza el monoteísmo, decretando que se rindiera tributo sólo al dios Atón, sino además por su esposa: Nefertiti.

Cuando los egiptólogos descubrieron las primeras inscripciones y representaciones de Ajenatón, no sabían si era un hombre o una mujer, por lo andrógino de sus facciones. Además se planteó una teoría que hablaba sobre una posible homosexualidad del faráon, ya que en repetidas ocasiones se le veía acompañado de un apuesto joven de finas facciones. Pero luego esa teoría se desestimó al descubrir que Ajenatón estaba acompañado de su bella esposa, Nefertiti, cuyo nombre (nfr.u itn, nfrt.y.ty) significa en lengua egipcia “la hermosa ha llegado”, que sería la primera esposa de gobernante que aparecía representada junto a un faraón.

Tal era su influencia, que no sólo acompañó a su marido cuando éste decidió trasladar su base de operaciones de Tebas a Ajetatón (porque su dios, Atón, así se lo había indicado) sino que algunos la señalan como la artífice de la gran revolución que Ajenatón estaba llevando a cabo. Quizá por ello, el faraón la nombró esposa real, dándole el mismo nivel jerárquico de un faraón y rebautizándola como Neferneferuatón. Y es allí cuando comenzó el misterio.
Tras el 14º año de reinado de Ajenatón, Nefertiti desaparece para siempre. No se ve rastro de ella en papiros, representaciones o escritos. Algunos estudiosos dicen que murió violentamente y otros que simplemente deshonró al faraón y fue desterrada, pero hay una teoría que indica que sucedió en el trono a Ajenatón, asumiendo un papel masculino, con el nombre de Semenejkara. Al morir Ajenatón, Semenejkara reinó por un breve tiempo, hasta que los sacerdotes invistieran a un joven faraón (Tutankamón) que restableció el orden normal de las cosas y volvió a definir Tebas como centro del reino. La momia de Nefertiti nunca fue encontrada, y no se sabe hasta hoy, el motivo de su desaparición. Quedará para siempre como la primera (única) mujer que tuvo el mismo nivel jerárquico de un faráon.

Nefertiti, la hermosa ha llegado, eso es lo que pienso cada vez que cruzas esa puerta, y me sonríes.

jueves, febrero 21, 2008

La gran noche y el botón




Tomy me prestó un jean para la gran noche. Lo había comprado hace poco, en la Cachina, a una mujer que vendía ropa donada por la ONU que misteriosamente se había desviado de su destino final. Era un pantalón Armani, una talla menos de la que normalmente solía usar.

- Así vas apretadito, como Chayanne – me dijo, mientras vagábamos juntos por los pasillos de la universidad.
- No sé, huevas – objeté – la última vez que usé un pantalón apretado me dolieron los huevos un par de días.

El jean originalmente había sido un poco más ancho, pero la mamá de Tomy, gran costurera, le había hecho unos pequeños ajustes. Yo era uno de sus clientes habituales, y me había ajustado anteriormente un pantalón de cuadros (que Tomy decía que parecía hecho con tela del gorro del Chavo del Ocho) y una camisa Banana Republic, de lino. Por eso, ahora el Armani me apretaba los huevos, y si me sentaba, se abría el botón dejando al aire mis abdominales, entonces existentes y casi perfectos. Aún así, decidí ponérmelos para la gran noche.

Llegamos tarde a la fiesta, y todos nos llevaban dos cervezas de ventaja. Cosa bastante extraña ya que los presupuestos eran reducidos y para comprar alcohol había que hacer colectas vergonzosas, por eso las chicas siempre decían “no gracias, yo no tomo” cuando en el fondo sabían que se morían por beber directamente de la botella como vikingas, pero si lo hacían se quedaban sin plata pal’ taxi. Compramos un vino Toro, que no sé quién nos había recomendado y nos metimos de cabeza entre la multitud. Era una imagen graciosa, cuatro tipos, bien vestidos, con relojes de marca (imitación, pero no se notaba) bailando sin ritmo música de los Auténticos Decadentes y bebiendo directamente de la botella de vino. Sabía a vinagre, pero no quise ser yo, otra vez, el que se quejara de la calidad del licor; ya me habían tildado de aniñado cuando no quise beber, como todos, del vaso de una prostituta en Comas, cuando se llevó a su cliente y olvidó su jarra de sangría en la mesa de una discoteca. Yo seguía a mi bola, bebiendo de la botella (y limpiando el pico, sin que nadie se diera cuenta), mirando sin disimulo a una morena de ojos verdes que bailaba a dos metros de distancia, y preguntándome cómo iba a volver a casa, si me había gastado ya casi todo mi dinero en un tragamonedas mientras esperaba a mis amigos.
Y de repente, el botón del jean salió volando.
Mariana tenia cara de papaya, pero su cuerpo era el botín más preciado entre todos nosotros. Por culpa de mi botón volador (que Tomy buscó a gatas por más de media hora) yo la miraba de lejos, como a los toros, con un vaso de ron en mi mano. Lamentaba mi mala estrella, porque la gran noche al fin había llegado y mis posibilidades de ser uno de los agraciados disminuían con el paso de los minutos, los bailes, los abrazitos por aquí y besitos por allá, en la pista de baile; empezaba a resignarme a volver a casa solo, y ya nada más esperaba a que nadie estuviera mirando para salir, sujetando el pantalón, a buscar un taxi.

No sé quién se llevó a Mariana esa noche, el pacto había sido que las chicas escogerían y nosotros callaríamos para siempre, por una noche harían con nosotros lo que quisieran y nosotros seríamos sumisos gatos en sus manos. Yo me había hecho ilusiones con Katty, pero nada aseguraba que me hubiera escogido esa noche, por mucho jean Armani que llevase. Con este pantalón la haces, decía mi amigo, y ahora seguramente seguía preocupado por aquél botón con el logotipo de las alitas, que había aterrizado quién sabe dónde, quizá en el escote de Mariana, y así tuvo más suerte que yo, aquella gran noche.

lunes, febrero 18, 2008

There will be Oscar


Mili me había dicho que era imbécil, por escribir cartas de amor para otro, acababa de romper una vitrina de la panadería, y además no me habían invitado a la fiesta de cumpleaños de la charapita. No quería ver a nadie, y puse la tele para ver que había esa noche en “Función Estelar”. La película no tenía buena pinta, quién quiere ver la historia de un impedido que sólo puede mover el pie izquierdo y que, además, pinta. Me alegró saber que alguien la pasaba peor que yo, y me tragué la peli completa. Así descubrí a Daniel Day-Lewis.

Dicen que tiene fama de huraño, maleducado, mujeriego y muchas cosas más, pero para los aficionados al cine y los buenos actores (no siempre van juntas las dos cosas) es siempre un placer verlo trabajar. Su interpretación en “My left foot” fue espectacular, nunca había visto a nadie transmitir sentimientos usando sólo los ojos, y quitando protagonismo a todo el elenco que tenía sobre él la ventaja de poder gesticular, moverse y hablar. Aún así, ganó el Oscar al mejor actor por ese trabajo. Su actuación me marcó tanto, que cuando veía a mi amigo Mono, que sufría retardo mental, se me antojaba falso, y creía que tenía que sufrir más para hablar y expresarse, como Christy Brown, en esa peli de Jim Sheridan.

Años después, llegó a mis manos, “In the name of the father”, y no pude, hasta hoy, terminar de verla. La historia de la injusticia, violencia, y tristeza de Gerry Conlon, al ser acusado injustamente de pertenecer al IRA, me conmovió mucho, sobretodo cuando le dice a su padre “cuando salga de este encierro, seré mas viejo que tú” o algo así. Daniel obtuvo su segunda nominación al Oscar, y se rumoreaba que pidió que lo torturasen realmente para preparar el papel. Me he prometido a mi mismo que terminaré de ver la película, algún día.

Cuando ya estaba a punto de terminar la carrera, supe que Scorsese había vuelto a las andadas, y se estrenaba “Gangs of New York”. “La edad de la inocencia”, en la que también se luce Day-Lewis, tiene demasiados altibajos, causados, a mi parecer, por una insufrible Winona Ryder. Llevé a una chica al cine, para que no me vieran entrar solo, y mientras ella suspiraba por DiCaprio, yo me regocijaba con “Bill the Butcher”, un personaje espectacular. Otra nominación al Oscar. Salí del cine extasiado, pensando que esa tarde Scorsese y Day-Lewis se habían dejado de mariconadas y el cine volvía a estar en mi agenda.

Ayer, después de que el Caixa Forum me decepcionara, Sol y yo nos metimos a nuestro cine preferido. Conseguimos buenos asientos, y “There Will be Blood” se proyectó en la pantalla con la música del guitarrista de Radiohead de fondo. Casi tres horas, que se hacen cortas, en las que este monstruo arrasa a los demás actores, desde la primera escena en que cae a un pozo que el mismo está excavando, hasta el final en que tira (de verdad) bolas de Bowling a su compañero de reparto. La frase final “I´m finish”, suena a despedida, pero en el fondo de mi corazón cinéfilo, una vez más, espero que sólo sea un hasta luego. Ah, se me olvidaba, por esta película también está nominado al Oscar.

jueves, febrero 14, 2008

Qué milagro que viene por acá


El 14 de febrero se conoce como el día de los Enamorados, es una celebración tradicional en la que novios, amigos (ojo, en España, esto no vale, así que si le das un regalo a tu amiga, la has cagao), enamorados o esposos expresan su amor y cariño, casi siempre, mediante regalitos, cartas, y ya si hay suerte y la luna y los astros confluyen, matatirutirulá. Eso de que también es el día de la amistad, sólo lo he visto en Perú, pero quizá en otros países latinos también pase.

Cuenta la leyenda que durante el año 270 d.C., Roma se encontraba ya frente a una situación bastante penosa, y veía que llegaba la decadencia del imperio, entonces el emperador Claudio III consideró que los hombres casados rendían menos en el frente de batalla por estar emocionalmente ligados a sus familias, como Rusell Crowe en Gladiator. Y no se lo ocurrió mejor idea que prohibir el matrimonio.

Pero como en todos lados existe la oposición, en esta época, un obispo cristiano, llamado Valentín comenzó secretamente a unir en sagrado matrimonio a las parejas de jóvenes enamorados (siempre hombre y mujer) que a él acudían. Cuando Claudio III se enteró capturó a Valentín y lo torturó intentando que renunciara al cristianismo, pero como el obispo era terco (hace falta serlo, para llegar a obispo), decidió mandarlo al cielo. Pero, oh, maravilla del amor, mientras estaba preso, que uno de sus carceleros creyó que Valentín podría ser un buen profesor y le llevó a su hija Julia -ciega de nacimiento- para que reciba lecciones de él. El obispo le leyó cuentos de la historia romana, le enseñó aritmética y le habló de Dios. Julia aprendió a ver el mundo a través de los ojos de Valentín, hasta que finalmente parece que se le pasó la conjuntivitis y recuperó la visión. Antes de morir, Valentín le escribió una carta, firmando “De tu Valentín", sin saber que daba origen a la tradición de enviar mensajes de amor en esa fecha.

Fue ejecutado al día siguiente, el 14 de febrero del año 270, cerca de una puerta que más tarde fuera nombrada Puerta de Valentín para honrar su memoria.El Día de San Valentín, en la actualidad, se celebra mediante el intercambio de notas de amor conocidas como "valentines", con dibujos como la forma simbólica del corazón y Cupido y mariconadas varias. Desde el siglo XIX se introdujo el intercambio de postales producidas masivamente, práctica a la que se sumó luego dar otro tipo de regalos como rosas y chocolates, normalmente regalados a las mujeres por los hombres, pero en estos tiempos de modernidad, ya no se sabe que puedes recibir en esas fechas. Yo he regalado un GPS, y espero recibir a cambio un smartphone. Si me quieres, mi amol espero esta noche encontrar un HP Ipaq (con Wi-Fi) debajo de mi almohada.

martes, febrero 12, 2008

Dominadas



Era martes y llegué a la oficina con la sensación de que mis brazos estaban hechos de concreto armado, y mis tendones de acero. Aunque parezca mentira, no es una sensación nada agradable, y era mayor el dolor que la sensación de saber que, al fin, formaba parte del homo erectus clan, gracias a que mi columna tenía algún músculo sobre el que fijar una buena postura. Y todo gracias a las dominadas, que es uno de los ejercicios más difíciles de realizar, si, como yo, no se tiene práctica. Simplemente (¿?) hay que colgarse de una barra con una abertura mayor a la de nuestra espalda y levantar, sin ayuda todo el peso de nuestro cuerpo. Siempre escapé cuando, en el colegio, tenía que hacerlo; mi cobardía llegó a tal punto que me inscribí en la escolta al enterarme de que ellos no estaban obligados a entrenar como todos los demás (militarmente) porque necesitaban ese tiempo para ensayar pasos para los distintos desfiles que había durante el año. Era un poco humillante llevar por calles y plazas la bandera del colegio, desfilando marcialmente, pero al menos no tenía que hacer dominadas ni correr 6 kilómetros una vez por semana, como el resto de los alumnos.

Pues ahora, más de diez años después, no he podido escapar. Esta vez me había prometido hacer todos los ejercicios que mandara el instructor del gimnasio, especialmente después de que mi hermano hiciera una correcta observación sobre mi progreso muscular, en Lima en un mes estabas como Vegeta, dijo, y es verdad, pero en Lima no tenía que trabajar, ni cocinar mi comida para el día siguiente, ni preocuparme de estar siempre atento a lo que quiere decir mi novia (que es distinto, casi siempre, de lo que dice), y esas cosas, amigo mío, desgastan. Así que cuando Alex (el instructor) me dijo que me colgara de la barra, lo hice, y dieciséis repeticiones más tarde, sentía que mis manos llegaban al suelo.

Estoy como Rambo, cuando lo capturó el Vietcong y lo colgó dos días de los brazos, en una ciénaga con sanguijuelas, le dije a mi compañero de trabajo, pero como siempre, me miró extrañado y preguntó, ¿no puedes decir sólo que te duelen los brazos? Esa noche, el dolor, o la tensión, me despertaba cada dos horas, pero siempre conseguía volver a dormir, susurrándome: no pasa nada, ya verás como en una semana te ríes de esto. Los días siguientes entrené con normalidad, soportando el dolor que era cada vez menos intenso, y ayer, cuando volví a ver desde a bajo a esa barra no me acobardé. Llamé a uno de los musculosos del gimnasio y le pedí que me ayudara a hacer las dominadas, y él contestó, si no haces más de diez no te ayudo, hice diez, exactas, y dejé las demás para mejor ocasión. Lo bueno es que ya le perdí el miedo al ejercicio, muchos años después, y espero que eso ayude a que mi hermano vuelva a verme como Vegeta, aunque él se peine como Trunks.

jueves, febrero 07, 2008

La venganza de Chuck Norris


El ninja tenía un bar en la esquina, y preparaba el mejor cebiche del barrio. Su clientela era selecta y poco a poco fueron llegando nuevos comensales que, de una forma u otra, conocían su buena mano con los mariscos. Tan buena mano tenía que la dueña del local se convirtió, en poco tiempo, en su más rendida y complaciente amante. Paseaban por el parque, reían, comían heladitos, y a veces nos quitaban espacio a los adolescentes, que, quizá con más derecho, buscábamos un lugar donde retozar con nuestras parejas.
La cosa fue bastante bien con el restaurante, y cuando descubrieron que les faltaban manos contrataron a una rubia joven que, según mis amigos y yo, se parecía mucho a Chuck Norris. Mamá la tasó de inmediato: es machona, y además de las que pegan, ella es el hombre.

Pasaron los meses y el ninja, que se hizo nuestro amigo, nos contaba que él y la dueña estaban cada vez más distanciados, ya no dormían juntos, y él se contentaba con dormir en el restaurante y atender por las noches a los borrachos cebicheros. Nos enseñaba algo de artes marciales, hasta que mi viejo se enteró y me dijo que no quería verme más con ese maricón, porque tanto ejercicio no es bueno, ese seguro que es del otro equipo. La dueña ahora paseaba con Chuck Norris, y ésta hasta había traído a sus hijos de la selva, porque los extraña mucho. Los vecinos (mamá incluída) hablaban hasta por los codos, y mis amigos también dejaron de frecuentar al ninja, interrumpiendo así su aprendizaje marcial.

El ninja se alquiló un cuartito pequeño, al lado del rio, y dejó de atender el restaurante por las noches, para encargarse de abrir los domingos para los cuatro trasnochados que iban a cortarla mientras escuchaban discos de Lavoe. Un domingo de esos, unos borrachos se pusieron sabrosos y rompieron una mesa, dos sillas, diez botellas y dos cuadros de perros jugando al póker. Nunca supimos cuál de ellos voló por la ventana, o quién fue el primero en perder los dientes delanteros, sólo se veía una sombra que volaba de borracho en borracho dejando a su paso sangre, ayes, y en mi imaginación veía pequeños bow” “capoom” “crash”, en el aire tras cada golpe, como en la serie del Batman gordo. La dueña lo despidió en el acto, y al dia siguiente Chuck Norris se mudó con ella y se trajo a sus hijos.

Nadie se encargaba ya del restaurante y los borrachos desparecieron del lugar, la cuñada de la dueña, gran amiga de mamá, contaba a quien quisiera oir que Chuck Norris era tremenda en la cama, y que tenía, además, una gran colección de consoladores. La dueña sonreía más, y el ninja desapareció para siempre, el hijo de Chuck Norris se tiró a la hija de la dueña, y yo, hasta muchos años después, no supe qué era un consolador.

miércoles, febrero 06, 2008

Eso te pasa por salir de casa


Collique es un barrio del cono norte de Lima. Está rodeado de cerros, y se caracteriza por ser una zona bastante inhóspita con todo aquél que vaya limpio y/o arreglado. Pero eso al Mongo no lo asustaba, porque ya era visitante oficial, sobretodo desde que sus primos lejanos habían empezado a hacer fiestas un mes sí y el otro también. Solían avisar semanas antes, y lo ideal era llegar el mismo día, como sea, pero dispuesto a emborracharse y vivir aventuras. Mientras los grandes discutían sobre si el hijo de tal era ladrón, o si el primo pascual se había metido a escondidas (cada tarde, mi alma vibra, mi cuerpo arde) a la cama de la prima puta, el Mongo y sus primos jugaban a lo que sea. Una de esas noches, en que el aburrimiento podía más que todo, Chacho (delincuente juvenil en potencia) propuso una excursión a un cerro vecino, en el que no pasa nada, pero a veces bajan gallinazos. El Mongo y su primo Pechón no querían ir, pero su prima (la Mocos) los obligó amenazándolos con pegarles los labios, otra vez, con UHU. Tenía un gran poder de convencimiento, y ellos muy poca fuerza de voluntad, así que a la mañana siguiente, después de desayunar pan con camote, partieron rumbo al cerro de los gallinazos.

El primer obstáculo era un muro de dos metros, que saltaron usando como escalera un par de ladrillos sueltos. Pechón cayó sobre blandito (unas bolsas de basura) y se sintió envalentonado por su suerte para el resto del día. El cerro era asqueroso, como casi todo en Collique, rodeado de basura hedionda y sin nada que ofrecer. ¿Para qué vamos a subir?, preguntó el Mongo, y propuso volver y jugar un partido de fulbito. Chacho no se inmutó y siguió subiendo, el ahora valiente Pechón también, y al Mongo no le quedó más opción que seguirlos. Treinta metros más arriba encontraron una pequeña explanada, que aunque tenía una inclinación ligera, les supo como si hubieran conquistado la cima del Everest. El Mongo comenzó, entonces, a entender a Chacho; el pobre estaba rodeado de gente estúpida en casa: primas feas, tías adúlteras y tíos mantenidos, y tenía que refugiarse en este tipo de cosas para no deprimirse a morir. Él vivía en una situación similar, pero hasta ahora no se había planteado una vía de escape.

Sobre un montón de tierra, encontraron un cerdo acribillado a balazos.

Pechón se persignó tres veces, Chacho le tiró un par de piedras, pá ver si racciona, y el Mongo se tapaba la nariz con asco, pensando en que el olor le recordaba a la tienda de embutidos del mercado. Se acercaron un poco, y los gusanos empezaban ya a salir por los orificios de la cabeza del animal. ¿Quién lo habrá matado? Preguntó Pechón, pero todos le dijeron “que huevón eres” con los ojos, y se calló por un par de minutos, recordando con nostalgia el cobarde que siempre había sido.
Dejaron el cerdo atrás y siguieron caminando, esta vez por una pendiente más pronunciada. Veían los techos de los vecinos llenos de troncos, basura y pelotas viejas.

El Mongo sintió que ya esto de la excursión se estaba poniendo aburrido, y que ya estaba bien de tanto cerrito y ropa tendida de los vecinos de Collique, el chancho, gritó, que viene el chancho. Pechón ni siquiera quiso comprobarlo, echó a correr como un loco y la gravedad se encargó de atraerlo hacia abajo. Lo vieron rodar como una bola de nieve, hasta que se detuvo al chocar contra una roca del tamaño de un Volkswagen. No se movía. Chacho se disfrazó de prima llorona, y dijo algo así como le voy a decir a mi tía China que me obligaron a venir, y desapareció tras una nube de polvo. El Mongo ayudó a Pechón a levantarse y mientras bajaban el cerro juraron no decir nada de la aventura o la caída (juramento que no sirvió para nada porque la sangre en la cabeza de Pechón los delataba), al llegar a casa, el inocente Pechón miró al Mongo con ternura y le preguntó, sin dejar de limpiarse la sangre de los nudillos, ¿oye de verdad venía el chancho? A lo que el Mongo, reprimiendo un sopapo, respondió, si huevón, de verdad venía, pero pasó de largo.

viernes, febrero 01, 2008

Mi vida sin Miyagi


Cuando ves por centésima vez Karate Kid, y revives a Daniel Laruso y su grulla salvadora en el último minuto (con la pierna rota, masajeada por Miyagi) del combate, sientes que la vida no es como las películas. En el día a día, la gente no se alegra de que saltes bien los obstáculos que te ponen en el camino, al contrario, te odian cada vez más. Un ejemplo: el tipo que trabaja conmigo debía preparar conmigo una convención, se fue de vacaciones dejándome con todo el trabajo. En España existe una gran tradición de dejar todo para última hora, preparar la cena, compras navideñas, salir o volver de vacaciones, etcétera; y quizá por eso este individuo pensaba que me jodería vivo dejándome así o asá. Pero, no contaba con mi astucia, y yo ya había hecho la mitad de mi trabajo (y ahora pasaba los días en foros de Internet) por lo que al descubrir que el cabrón estaba en Roma sin hacer nada, no me quedó otra cosa que preparar lo que faltaba.

No tenía un Miyagi al lado, que me dijera algo así como “enfocar puedes, Daniel San, y derrotar tus temores”, y me encerré en mi mismo hasta terminar con todo lo pendiente. El día de la convención todo salió bien pero al dormir el stress escapó de mi cuerpo en forma de calambre. Desperté gritando de dolor mientras intentaba infructuosamente estirar la pierna, que me duele hasta hoy. Ahora el engendro mutante que se sienta a mi lado de 9 a 6 vive más amargado que nunca, y sospecho que es porque esperaba que la cagase en mayúsculas y, como no pasó, tendrá que esperar mejor ocasión para que me despidan. Qué ganas tengo de acercarme y darle una palmadita en la espalda mientras le digo, “tú tranquilo, que la rabia sale sola, si algo es seguro, es que de nosotros dos, el único que se quedará aquí para siempre eres tú”.

Por eso cuando mamá pregunta “¿ya vino tu amigo de vacaciones?” le respondo acertadamente, “ese no es mi amigo, como mucho un compañero de trabajo”. Uno de estos días, le meto una patada voladora en medio de la cara, pero sin rencor.

martes, enero 22, 2008

Le casting


La cita era a las 5 y media, pero no el cine Romeo. Días antes, el Mongo había leído un anuncio en El Comercio en el que un grupo de rock buscaba cantante. En realidad, esa tarde su intención era encontrar un trabajo decente, como el que se le escapó por no saber Autocad ni AS400, pero al ver la convocatoria musical no lo dudó y llamó para pedir información. Ellos eran un grupo de covers, no tenían canciones propias y de vez en cuando tocaban en bares del norte de Lima, sólo es por huevear, le dijeron, pero queremos alguien que cante más o menos bien.
El mongo ya veía su cara en los carteles, y se imaginaba cantando frente a cientos de personas. Ensayó y ensayó hasta que llegó el día de la cita. Esa tarde, siguiendo las indicaciones del guitarrista, llegó a un barrio de Los Olivos, cerca de la casa de un amigo suyo (y rogó no encontrárselo, para no dar explicaciones); tocó el timbre y no respondió nadie. En un minuto su mente voló y el pobre Mongo creyó que, una vez más, se habían burlado de él, y no había ni grupo, ni casting, ni nada. Pero unos segundos después, una morena pequeñita que se parecía a Shakira, abrió la puerta. Pasa, le dijo, estamos ensayando al fondo y no habíamos escuchado el timbre, te he visto de suerte, flaco.

La casa estaba anclada en los ’70 y no faltaba el típico almanaque en cada pared, aquí es difícil olvidarse en qué dia estamos, dijo el Mongo, y Shakira sonrió divertida. En un cuartito de tres por tres, estaban los músicos: Charlie, el guitarrista, y Tito, el dueño de la batería. ¿Qué canción te sabes?, le preguntaron, un montón, dijo el Mongo. Decidieron que cantara una de Maná, y el Mongo empezó con “Rayando el Sol” y a juzgar por las caras del público, lo hizo bastante bien, hasta Shakira empezaba a mirarlo con más interés. Cuando acabó de cantar le pidieron que cantara, ahora, algo más movido, y el Mongo, emocionado, se mandó con todo y dijo: “Smells Like Teen Spirit”, y los músicos ahogaron un risita pero empezaron a tocar.

Fue un desastre. A la mitad se le olvidó la letra, y ya al final, la garganta se le cerró, como diciéndole, con lo bien que estábamos antes, lo nuestro son las canciones romanticonas. Shakira miraba para otro lado y las guitarras se apagaron de golpe. Nadie decía nada, y el silencio sólo se rompió cuando, alguien, que parecía ser un cobrador, golpeaba furioso la puerta de la casa. Tito salió a ver qué mierda pasaba, y el Mongo se sentó derrotado en un sillón, sabedor de que su trampolín a la fama se había desinflado. Shakira se acercó y le dio un poco de agua, pero cuando el Mongo quiso hablarle volvió Tito con un flaco que, sin pedir permiso ni nada dijo algo así como “ Crazy Litte Thing Called Love” en concierto, y empezó a cantar y a hacer pasitos tipo Freddie Mercury. No desafinó nunca y a Shakira se le caía la baba, el Mongo se bebió el agua de golpe y se fue sin que nadie se diera cuenta. En el bus de vuelta a casa pensó que todos esos que le decían que cantaba bien deberían ver al imitador de Freddie moviendo el culo entre almanaques, yo sólo sirvo para cantar cosas románticas, dijo. Esa noche se conformó con cantarle a una vecina algo al oido, detrás de una pila de ladrillos, y dijo así adiós a su carrera musical.

martes, enero 15, 2008

El porqué de las cosas


Carmen de la Legua 1989, se celebraban 200 años de la Revolución Francesa. Teníamos buen equipo y nos inscribimos en el Mundialito. Jugamos casi todos bien, hice un par de goles que el árbitro anuló, y llegamos a la final por penales (gracias Pelusa). El último partido tuvimos mucho público y eso hizo que no pudiéramos remontar el 1-0 que llevábamos a cuestas desde el primer minuto. Quedamos segundos y Pepito se quedó con el trofeo porque él había pagado la inscripción y era su pelota. Mis tíos Victor y Toño nos invitaron Inca Kola en la tienda de la esquina. La dueña de esa tienda me odia, y yo reviento la pelota de Pepito, que era el balón oficial de México ’86.

Carmen de la Legua 1996, ya había muerto Lolo Fernández. Mi hermano y mi abuelo me han apuntado a un campeonato de fulbito en el parque del barrio. Llegan equipos de todos lados, es de noche y a esas horas soy más ciego que un topo deslumbrado. Hago lo que puedo, toco un par de pelotas y cuando veo que el arco es una rectángulo borroso y no logró afinar la puntería decido jugar como Maestri: de espaldas y tocando al compañero mejor colocado. Ganamos, pero no siento el triunfo como mio. En casa mi abuelo me dice que ya habrán partidos mejores. No vuelvo a jugar ese campeonato, y comprendo lo que decía Pelé: “cuando no haces goles, sales triste de la cancha”.

Callao 1998, Perú y Ecuador firman un acuerdo de paz fronteriza. Después de negarme varias veces, accedo a ir a jugar a un club del Callao, sólo es una prueba me dicen. No entro hasta el segundo tiempo y me la pasan rodeado de tres rivales, pico el balón hacia atrás y voy dribleando en sentido contrario hasta dársela al defensa de mi propio equipo. Alguien grita desde la tribuna “es para el otro lado, chibolo”. Duro dos minutos más y me cambian por un negro que corre como si lo persiguiera un león y que manda la pelota hasta el mar de un zapatazo. Vuelvo a casa en microbús, sin ducharme y oliendo a pescado fresco.

Bocanegra 2000, termino la carrera (al fin, carajo). Un amigo me dice que falta gente en su equipo y que, por ese día, vaya a rellenar nomás. Hago dos goles y doy un pase a la espalda de la defensa que me sorprende a mi mismo. Me invitan a volver el domingo siguiente, lo hago y genero mucho juego por la derecha, tanto, que desquicio a mi marcador que termina expulsado. Me emociono, pero el siguiente sábado, mientras jugaba en el barrio, caigo casualmente sobre la rodilla de mi hermano y me rompo una costilla. Me duele hasta cuando voy a cagar así que abandono el equipo del que ni sabía el nombre y me dedico a leer y a escribir estupideces en mi cama, mientras me recupero.

lunes, enero 14, 2008

Hagamos amigos


Sol quiere que tengamos más amigos. Pero eso no es algo que se pueda forzar, digo yo. Mi forma de hacer amigos es bastante más rara que la suya, pero así me evito darme contra la pared. Una vez, estuvimos en Roma y fuimos a visitar a una amiga suya, llamamos al timbre y una voz (misteriosamente bastante parecida a la de la chica que buscábamos) nos dijo ¿Marta?, ha andato a la palestra; cioè, tornerà troppo tardi, tardísimmo, clic. Indignado, le sugerí irnos y mandar a la mierda a esa putana, pero ella, fiel e inocente, quiso que volviéramos a las diez y media de la noche, que era cuando Marta solía volver del gimnasio. La acompañé, pero cual diablillo del hombro izquierdo, fui diciéndole que esa no era amistad, que tenía razón yo al ser sociópata, que vaya mierda de persona era esa Marta, volvamos al piso y veamos una película de Mastroianni o “Mira quién baila” versión italiana.

Cada vez que me pide que sea más flexible al escoger a mis amigos, le recuerdo esta anécdota cruel. Pero esa tarde, sentados en el Starbucks nuevo de Alcalá de Henares, me mordí la lengua, e hice como que no había oído nada mientras ojeaba mi Libro-DVD de Hitchcock. Si no fuera más selectivo seguría viendo a Iñaki, y volvería a casa cabreado y deprimido como lo hacía cuando quedábamos a tomar unas cañas y me hablaba de prejubilaciones, despidos, sindicatos, lo malo que era el mundo y lo injusta que es la vida porque yo debería ser alto y guapo y no, como soy. Esas noches (3) yo intentaba animarlo, pero ni con cuatro Prozac lo hubiera logrado; al final dejé de contestar sus llamadas e incluí su mail en la carpeta de spam. A veces, cuando voy a tomar unas cañas, lo recuerdo y deseo que ahora sea más positivo y haya conseguido pareja, que era lo que en el fondo deseaba a morir. No sé de qué sexo, pero de que necesitaba una pareja, no hay duda, hasta la loca Rosalía le hubiera servido.

De niño se me daba bastante bien, pero es que por esa época no había miramientos, además siempre se me pegaron más las chicas que los chicos (thank god!). Mi viejo y su pandilla, creían que yo era marica, lo bueno era que algunas chicas también, y se acercaban sin miedo, luego, ya no había marcha atrás para las pobres. Ahora, no sé porqué, me es más difícil conservar la amistad, cuando alguien me dice que no puede quedar conmigo, por lo que sea, ya creo que me está evitando (como hice con Iñaki) y no insisto más. Pero por ella, esta vez creo que lo haré. Quizá el próximo fin de año ya tenga amigos, y no necesite irme hasta París para celebrar el año nuevo. Aunque un viajecito a la ciudad más bonita del mundo, nunca está demás.

viernes, enero 11, 2008

Hola soledad, no me extraña tu presencia


Hay una reunión familiar esta tarde. Uno de mis propósitos de año nuevo ha sido volver a ser yo mismo, o sea que ya no me preocuparía demasiado por los demás, ya que eso sólo me generó decepciones y depresión durante todo el 2007 al comprobar que los demás no me daban la misma importancia. Pero no quiere decir que incluya a mi familia en los demás. Hace poco un amigo me dijo que cuando uno se va haciendo mayor, empieza a disfrutar las reuniones familiares. Entonces me queda mucho por llegar a ser mayor.

He escogido quedarme en casa. Abro una botella de vino (la cerveza me hincha como un sapo) tinto y pongo una de esas pelis raras que sólo veo cuando estoy solo: Offside. Me divierto mucho y recuerdo la época en que iba al fútbol con mamá, para ver a nuestro equipo de barrio, e insultar juntos al árbitro, eso es penal, huevonazo, gritábamos arropados por la turba; era una de las pocas veces en que me dejaban decir palabras altisonantes. Cuando acaba la película, salgo a dar una vuelta por el centro de Alcalá de Henares, hay muchos turistas, como siempre, y más de uno compra cosas en la feria navideña. Casi todos los puestos son de ecuatorianos que venden camisetas negras con dibujos de grupos de rock, además de bufandas, guantes, y máscaras de la película Scream. Compro la revista Esquire, que he preferido sobre la GQ, después de hojear esta última y descubrir decepcionado que parecía un catálogo de compras navideñas. Leo una entrevista a Dustin Hoffman en la que confiesa sin pudor que el pedo que soltó en Rainman fue real, y que Tom Cruise casi lo mata por hacerse el payaso. Vuelta a casa, preparo un poco de té.

Pongo un disco de Billie Holiday y me despanzurro en mi sofá naranja con manchas. Viendo al techo pienso que este es mi último año en el piso, y me pregunto cómo sera mi siguiente casa ¿tendrá terraza? ¿podré colgar mis posters de cine? ¿tendré vecinos agradables? Al menos sé que la nueva no olerá siempre a ajos fritos. Se va haciendo de noche y sé que mis compañeros de piso volverán. Preparo mi cena, y la como frugalmente, esperando el fatal desenlace. Hay un partido en la tele pero me la pela. Vuelvo a la habitación y leo un poco más del enorme libro Anthology de los Beatles, hasta que se me cansan los brazos por el peso soportado. Suena la puerta. Enciendo la tele de mi habitación y pongo un DVD de Friends, cómo me hace reir este Chandler, una vez más compruebo que Mónica es más guapa que Rachel. He disfrutado mucho este día de silencio, creo que puedo empezar a hacerme mayor, y asistir a las reuniones familiares; pero siempre aprovechando cada vez que pueda para quedarme solo en casa y aburrirme de mi mismo.

martes, enero 08, 2008

The Sting


El trabajo parecía fácil, pero aún así, necesitó ayuda para conseguirlo. El día de la entrevista, el Mongo se levantó muy temprano, emocionado, buscando su mejor camisa y un buen pantalón. No había mucho para escoger: un levi’s y la camisa Banana Republic que había comprado en la cachina. Las oficinas estaban en Santa Beatriz, en un edificio muy limpio que olía bastante bien. Antes que él había llegado más gente y ya estaban sentados, como en el colegio, cada uno en su pupitre. Les dieron un par de hojas en blanco y un lápiz y un cuestionario psicotécnico de esos que no sirven para nada. el mongo contestó a todo muy rápido y en el apartado de dibujo libre, pintó a un hombre bajo la lluvia, que se cubría con un periódico y sin olvidar dibujar también el suelo y el cielo, porque un amigo suyo le había dicho que si no los incluía, lo tomaban por loco o retrasado mental.

Al salir del examen lo esperaba Armando, un gordito cabezón que había sido novio de su tía (hasta que ésta se largó a otro país, y lo dejó tirando barriga –cintura no tenía – en su barrio del Callao) y que ahora se ofrecía a ayudarlo a pasar el riguroso filtro de selección. Se despidieron amistosamente y mientras el Mongo bajaba las escaleras vio a Armando hacer fotocopias con la dedicación de un gran profesional. A la semana siguiente supo que el puesto de “embolsador” era suyo.
El trabajo era fácil, tenía que pararse al lado de las cajeras del supermercado, y, además de hablarles sin aburrirlas, ir embolsando los productos a medida que las chicas (casi siempre feas, pero siempre jovencísimas) los pasaban por el scaner. Si algún cliente camagüey te pedía que le llevaras las bolsas al coche, no te negabas, y así podías esperar alguna propina. El supermercado estaba en pleno centro del Callao, asi que la mitad de la gente era más misia que el Mongo, y en el poco tiempo que duró en el puesto sólo obtuvo propinas suficientes para ir y volver, una vez, en bus.

Una tarde, mientras se quitaba el asqueroso uniforme (rojo y gris) notó que todos sus compañeros tenían las taquillas llenas de perfumes caros, shampoo, y jabones de marca. Al principio no le dio importancia, pero poco a poco comprendió que ninguno había pagado por ellos. Son mermas, chino, le explicaron con delicadeza, no pasa nada por un Colgate más o uno menos. El Mongo se debatió entonces, entre lo que siempre había pensado (robar es malo, agg, caca), y lo que la realidad le mostraba (el vivo vive del tonto, y el tonto de su trabajo).

Se dejó crecer la barba (no mucho, porque no le salía más) y cuando nadie lo veía se escondió debajo de la gorrita una máquina de afeitar. Está es la mía, pensó, y al final del día se la llevó al baño con la intención secreta de usarla. Pero no contaba con la astucia de un vigilante que pasaba por ahí y que se ganó con toda la jugada del ladrón amateur. Lo esperó a la salida del baño y, sin mediar palabra lo llevó hasta la oficina del administrador. El Mongo, porteño hasta los huesos, sólo pensaba en que tardaría un poco más en salir y en que ya no podría llevar al cine a la morena de la caja 7, que le hacía ojitos. Aquí no queremos rateros, dijo la autoridad, firma tu renuncia o te denuncio a la policía. El Mongo sabía que por una prestobarba en la comisaría del Callao ni te abrían la puerta, pero firmó la hoja para acabar con eso de una vez, total, odiaba el trabajo y estaba hasta los huevos del puto uniforme.

Subió al bus y ya en casa abrió un libro que también había robado. Sonó el teléfono y era la chica de la caja 7, ¿qué has hecho?, le preguntó, y él, nada flaca, dicen que te han despedido por falta grave, dijo ella, no creas todo lo que escuchas, dijo él. Ella le dijo que era testigo de jehová, y no podía salir con rateros, él se cagó de risa y colgó. Se tiró en la cama, desempleado una vez más, y suspiró: tanta huevada por una prestobarba.

jueves, enero 03, 2008

¿Pilates? yo le voy al Necaxa


Rafa propone a Vero dar clases de Pilates en la empresa, after-hours. Vero dice que María también sabe. Rafa mandará un e-mail a la jefa de recursos humanos, asuntos varios y que además está embrazada, proponiendo la idea. Yo aparezco en medio de la conversación y digo que eso del Pilates es una pérdida de tiempo y dinero.
El Método Pilates, (Pilates, pa’ los amigos) fue desarrollado, durante la primera guerra mundial por un tal Joseph Pilates, que, además de no romperse mucho la cabeza para darle nombre al invento, lo usaba para rehabilitar a los veteranos de guerra. El método consiste en que la mente siempre está por encima de la materia (WTF??), y que los músculos que forman el tórax, son el centro de nuestro cuerpo (really??) y de allí nace la energía para las extremidades.

- Pero vamos a ver, Rafa, ¿tú crees que un libro con una tía sentada sobre una pelota, puede ser serio?
- Claro, ¿tu no?
- Por supuesto que no, si veo a una gorda jugando con una pelota, me imagino que es una foca.

Otro de los puntos fuertes del Pilates es la respiración, y según Joseph y toda su manada de seguidores, debemos controlarla y respetarla no sólo durante el desarrollo del ejercicio, sino también en la cotidianidad de la vida. No sé porque eso me recuerda a la vez que un urólogo nos habló en el colegio sobre la eyaculación precoz.

- O sea que para ti, ¿hacer Pilates no es hacer ejercicio? – preguntó ella, indignada.
- No, ir al gimnasio, es hacer ejercicio.

Además, para los conocedores del método, es obvio que no importa cuántos ejercicios hagas, sino lo bien que los hagas. O sea, como en todo, importa más la calidad que la cantidad. Yo sigo viéndolo como ejercicios para viejos, y aunque sé que, como me maldijo Rafa, algún día llegaré a serlo, por ahora me conformo con seguir yendo al gimnasio y levantar cada vez más peso para darle forma mis músculos. Es superficial, lo sé, pero cuando vas a la playa nadie te ve y dice, mira ese chico tan gordito y tripón, pero ¿qué más da? Seguro que tiene muy bien localizada la respiración y su mente es más fuerte que la materia. Lo malo es que ahora, fijo, que Vero no querrá ir conmigo al cine (nunca), pero aún sabiendo que la perdía para siempre no podía ir contra mis principios y/o creencias religiosas.

Minutos después, ya en nuestros sitios, me acerqué a Rafa y le pregunté: ¿no te gustaría más jugar al fútbol con nosotros?, y él infinitamente más sabio que yo contestó algo para la posteridad: ¿y a ti no te gustaría hacer Pilates, con tal de ver a Vero en mallas? Ay, la experiencia que da la abstinencia.