jueves, febrero 07, 2008

La venganza de Chuck Norris


El ninja tenía un bar en la esquina, y preparaba el mejor cebiche del barrio. Su clientela era selecta y poco a poco fueron llegando nuevos comensales que, de una forma u otra, conocían su buena mano con los mariscos. Tan buena mano tenía que la dueña del local se convirtió, en poco tiempo, en su más rendida y complaciente amante. Paseaban por el parque, reían, comían heladitos, y a veces nos quitaban espacio a los adolescentes, que, quizá con más derecho, buscábamos un lugar donde retozar con nuestras parejas.
La cosa fue bastante bien con el restaurante, y cuando descubrieron que les faltaban manos contrataron a una rubia joven que, según mis amigos y yo, se parecía mucho a Chuck Norris. Mamá la tasó de inmediato: es machona, y además de las que pegan, ella es el hombre.

Pasaron los meses y el ninja, que se hizo nuestro amigo, nos contaba que él y la dueña estaban cada vez más distanciados, ya no dormían juntos, y él se contentaba con dormir en el restaurante y atender por las noches a los borrachos cebicheros. Nos enseñaba algo de artes marciales, hasta que mi viejo se enteró y me dijo que no quería verme más con ese maricón, porque tanto ejercicio no es bueno, ese seguro que es del otro equipo. La dueña ahora paseaba con Chuck Norris, y ésta hasta había traído a sus hijos de la selva, porque los extraña mucho. Los vecinos (mamá incluída) hablaban hasta por los codos, y mis amigos también dejaron de frecuentar al ninja, interrumpiendo así su aprendizaje marcial.

El ninja se alquiló un cuartito pequeño, al lado del rio, y dejó de atender el restaurante por las noches, para encargarse de abrir los domingos para los cuatro trasnochados que iban a cortarla mientras escuchaban discos de Lavoe. Un domingo de esos, unos borrachos se pusieron sabrosos y rompieron una mesa, dos sillas, diez botellas y dos cuadros de perros jugando al póker. Nunca supimos cuál de ellos voló por la ventana, o quién fue el primero en perder los dientes delanteros, sólo se veía una sombra que volaba de borracho en borracho dejando a su paso sangre, ayes, y en mi imaginación veía pequeños bow” “capoom” “crash”, en el aire tras cada golpe, como en la serie del Batman gordo. La dueña lo despidió en el acto, y al dia siguiente Chuck Norris se mudó con ella y se trajo a sus hijos.

Nadie se encargaba ya del restaurante y los borrachos desparecieron del lugar, la cuñada de la dueña, gran amiga de mamá, contaba a quien quisiera oir que Chuck Norris era tremenda en la cama, y que tenía, además, una gran colección de consoladores. La dueña sonreía más, y el ninja desapareció para siempre, el hijo de Chuck Norris se tiró a la hija de la dueña, y yo, hasta muchos años después, no supe qué era un consolador.

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