viernes, junio 20, 2008

Come Fly With Me


He leído en Esquire algo que me sacó de mi letargo (defino letargo: estoy sentado en mi cama, leyendo mientras mi vecino hace ruidos sexuales que provocan mi más vil envidia). Superman nació Superman, y se disfraza para confunfirse con los mortales y pasar desapercibido. No es como Batman, que es Bruce Wayne y se compra un disfraz con sus millones. Tampoco es Peter Parker, que sufre la mordedura de una araña radioactiva y se convierte en Spiderman, disfrazándose de azafata de colgate y volando por New York. No, Kal-El nació Kal-El, y él, que es un dios, se disfraza de humano. La imagen que tiene de nosotros es Clark Kent: cobarde, débil y mediocre.

Cuando leí esto, descubrí por qué Superman tiene tantos adeptos en el mundo. Por qué compré el pack en caja metálica con todas sus pelis, y todititos sus extras aunque sólo me gustan Superman y Superman II. Por qué mi sobrino, de cinco años, rechazó el disfraz de Chucky que con tanto esfuerzo preparé para mi fiesta de cumpleaños, y decidió vestirse de rojo y azul, aunque su traje ya le quedaba algo corto, no importa tío, me dijo, es que Chucky no sabe volar.

Recuerdo, entonces, la foto de mi tío el viajero, que venía en su primer lote de cartas, tras escapar del país. Se le ve joven, delgado y lleno de ilusión, con sonrisa de niño, al lado de la estatua de Superman, en el Museo de Cera de Madrid. Yo quiero tener la misma foto. Tengo una en que, arrodillado, estoy al lado del escudo de su familia, en el parque Warner, con gafas de sol y camiseta roja (con la inscripción “Fuckin’ Criminal” en el pecho), tengo el pantalón de lino empapado por culpa de una atracción acuática del West Village y se trasluce el calzoncillo negro que, idiota yo, llevaba debajo. Es lo más cerca que estaré jamás de vestir como Superman, con las vergüenzas al aire.

Cuando era niño, mi afición por los comics era tal que la vendedora de revistas del barrio me dejaba leerlos, si no los arrugas, chino, aunque no llevara dinero en el bolsillo. Leía de todo: Lulú, Archie, X-Men, Daredevil, Hulk, Batman, y siempre, siempre Superman. Tengo en casa una miniatura de Batman, y cuando mis amigos preguntan que ¿Por qué no Superman? Contesto que él lo tuvo muy fácil para ser héroe, Bruce Wayne la luchó un poco más. Obviamente, mis amigos me miran como a un bicho raro, y cambian el tema mientras alguna de sus novias, no muy discretamente, susurra: ¿éste es el mismo que te dijo que Paul McCartney estaba muerto?

Cuando cumplí doce años, un doctor inoportuno descubrió que mis dolores de cabeza se debían a una temprana miopía, que explicó también mi insano apego por las chicas feas. Unas gafas de pasta después veía todo claro, cristalino, cambié de amigas y las rechazadas, en un acto de venganza totalmente comprensible me rebautizaron como Clark Kent desnutrido. Que derivó en Clark, con los años. Era común, en el barrio, verme doblar alguna esquina, cuatrojos total, y recibir efusivos y espontáneos, Habla Clark, a tutiplén. Y entonces compré la miniatura de Batman.

La maldición del disfraz de Superman me persiguió muchos años más, dejando huellas imborrables en mi corta historia, como por ejemplo la vez en que bailando como un loco, rompí los cristales graduados contra una pared, y me pasé el resto de la fiesta al borde de la ceguera. Mis amigos, tan crueles como yo (nos veremos en el infierno, cabrones) me retaron a levantarme a una morena que se contorsionaba, cual posesa, sobre la pista de baile. No tengo que demostrar nada, dije, sin dejar de servirme de forma compulsiva la cerveza que habíamos comprado, uy que maricón, Clark, me dijo uno, y mis ojos rojos enfocaron a la bailarina que ataqué como si fuera un tiburón de Spielberg. Quince minutos después, y con su sabor en los labios todavía, me acerqué, según yo ganador, a la mesa de la discoteca y no mencioné más el tema, seguro de que el silencio de mis amigos venía provocado por el asombro colectivo. Tres días después, mis fotos besando a una gorda horrible inundaron la universidad, y yo, Clark Kent otra vez, quería que la tierra (o la gorda, qué importa) me tragase.

Superman se disfraza de hombre común, para pasar desapercibido. Mañana estaré en Metrópolis, bautizada así en los comics como homenaje a la película de Fritz Lang, ya no seré Clark Kent, porque el láser ha borrado las imperfecciones internas de mis ojos. Podré ver el Empire State, el MoMa y las tiendas del East Village y Manhattan. Pero estoy seguro de que si alguna mujer queda colgada de una cornisa, me entrarán ganas de romper los botones de mi camisa, y volar hasta rescatarla mientras los New Yorkers se preguntan, ¿es un pájaro?, ¿es un avión? No, es el huevón de Clark que ha combinado café irlandés con Red Bull.

miércoles, junio 18, 2008

La señora del escote y el de la cartera gorda


Ella llegó una mañana de esas en que no sabíamos si ver el correo, leer los periódicos on-line o reorganizar lo organizado en una empresa dedicada a mover cajas. Yo le calculé unos 38 años, aunque por su forma de vestir y de andar ella gritaba al mundo que le hubiera gustado quedarse en los 25. Su pelo rizado saltaba sobre su pecho con cada paso que daba y el graciosito de la oficina fue el primero en pegarse a su falda, Hola morena, cómo te va, y dónde trabajabas antes, y te fuiste o te fueron, y ese anillo es de casada o de moda. Ella respondía a cada pregunta con una sonrisa, ellos siempre le veían el escote y nunca a los ojos como sí lo hacía yo, que noté que un ojo miraba a Madrid y otro a Toledo cuando se ponía nerviosa.
¿Tu no eres de aquí, verdad? Me preguntó ese mismo día y yo admiré su gran perspicacia, no, no soy de aquí ni soy de allá, no tengo edad ni porvenir, le dije y seguí con lo mío, que era poco, pero más interesante.

A la hora de la comida, los comentarios sobre la nueva no se hicieron esperar: peazo de orejas, a mi me parece un poco cutre, yo creo que esta sabe más que los ratones coloraos. Ella, mientras, chateaba desde su sitio y cambiaba su fondo de pantalla por fotos suyas: una en la playa, ahora en un pueblito, otra con amigos, aquí con bikini. El informático de la empresa quedó prendado desde el primer momento, ¿juegas al pádel? le preguntó cruzando los dedos, y gracias al cielo ella dijo que sí, porque de lo contrario ya veíamos al pobre callado como siempre y sin tema de conversación, recurriendo a contarle cómo había configurado el servidor de correo, o maldiciendo a la jefa de recursos humanos y asuntos varios que es una hija de puta de mucho cuidado, y mastica la comida con la boca abierta y bufando como las vacas. Yo voy con una amiga que juega que te cagas, ¿tú tienes pareja de pádel?, preguntó ella, y el informático al verse perdido invitó al jefe de ventas, que es un bocas, a ser su pareja de pádel. Estás metiendo al zorro en tu gallinero, le dijeron, pero él prefirió el riesgo a tener que volver a configurar el windows en la soledad de su cubículo.

Un mes después, ella ya no jugaba al pádel y cada vez que el informático lo proponía algo la señora del escote le daba largas, hasta que el pobre, acostumbrado, me imagino, se rindió y se convirtió en un amigo fiel al cual ella le contaba sus penas laborales, que éste me ha chuleado la comisión, que me ha dicho la enana de recursos humanos que no puedo usar shorts porque no es corporativo, imagínate tío, como los niños pequeños. Pero cuando el jefe de ventas le proponía algo, sus ojos (el toledano y el madrileño) brillaban y ella decía que sí. A todo. Las lenguas vivaraces de la empresa mueve cajas se activaron como los poderes de Hulk, basándose en un mal sentimiento, y la pobre señora del escote tuvo que fingir desconocer los rumores que llovieron sobre su rectísima espalda. Comían juntos, jugaban al pádel juntos, y cuando ella no estaba en la oficina, él salía pronto a ver unos clientes.

Yo lo vi, hasta en los hospitales / escapándose al motel los cirujanos/¡Tan complicados los simples mortales/y tan fácil saber que se traen entre manos!

Cada vez que ella se acercaba a la mesa del elegido, yo le susurraba a mi compañero si éste no se la está follando, es pa’ darle, ‘amos, y él, conversador convulso allá donde los haya, aprobaba el dictamen con un simple, pero nunca bien ponderado o se la mete él o se la meto yo, que ésta viene con las bragas en la boca. Alguno afirmó haberlos visto caminando de la mano, cosa que me es muy difícil imaginar sin cagarme de risa. Otro dijo que la noche de la cena de navidad, cuando todos volvíamos a casa, vieron un VW Passat azul en un semáforo, cuyo conductor, al reconocer a los que iban en el coche de al lado, se saltó la luz roja como alma que lleva el diablo motivando un comentario que tuvo mucha cola: ¿viste quiénes iban en ese coche? eran el éste con la otra.

Las risitas, secretitos y llamadas a voz baja se acabaron cuando una mañana fria la señora del escote le dijo a su jefe eso de oye que mañana no vengo, ni pasado, que me piro. En su lugar pusieron a un imbécil que el primer día se presentó a sí mismo como Sales Manager, hasta que alguien le respondió ¿sales, qué? Ah, que eres comercial, bajándole los humos per sempre y encerrándole en el mundillo de los vendedores de puerta en puerta. El jefe de ventas perdió un ascenso, algunos dicen que porque al jefazo, íntimo amigo suyo, le dan alergia las relaciones entre empleados y esa fue su manera de castigarlo. A veces su teléfono suena y él al reconocer al interlocutor cambia el tono de voz, entonces sabemos que está hablando con ella y que después de comer saldrá antes y dirá estoy el móvil, chicos, para cualquier emergencia, que significa en realidad, al primero que me llame me lo follo.

Clara, evidente, manda la libido/la fidelidad, brumosa palabra/con su antigua lista de gestos prohibidos/muerde siempre menos de lo que ladra.

martes, junio 17, 2008

Apadrina un chándal (salva una vida)


La Casa Verde es la única librería de Lima que puede tener ese libro sobre el Interiorismo de Vermeer, y Mariana lo sabe. Por eso ha esperado lo que a ellos les ha dado la gana, a pesar de que el Mongo, cibernáutico, le ha ofrecido comprarlo por Amazon con la tarjeta que le robó a Joao. Mariana se niega, no quiero nada de ese fumón imbécil, dice, y el Mongo le corrije, no es fumón, es coquero.
Mariana hojea el libro y descubre una vez más a "La Lechera", y desea estar en Amsterdam, contempla "El arte de la Pintura", y quiere volar a Viena, pero con quien más se identifica es con la "Chica leyendo una carta con la ventana abierta", esas cortinas, esas sombras, esa soledad, le recuerdan a su propia niñez en Cieneguilla, cuando papá decía en sus cartas que volvería de Londres, y ella, entonces, le creía.
Paga el libro, unas 80 lucas, y sale feliz con su bolsita de papel en los brazos imaginándose que camina por New York y no por la asquerosa Lima. Doblando una esquina se encuentra a Graciela, embarazadísima y chatísima, le hace hola con la mano y cambia de acera a la vez, luego te llamo y tomamos un tecito o algo, chola, le grita, pero piensa: las mujeres tan chatas no deberían tener hijos, se ve que sufren horrores llevando la panza, deberían ser como mi chihuahua que tuvo una cría y se jubiló.

Suena su motorola que el Gitano le regaló cuando la cortejaba y ella dice ¿alo?, con su vocecita de locutora nocturna. Es el Gato. Se verán en el Jirón de la Unión, a las 7 o 7 y media, y te invito un churro mientras lateamos hasta la plaza San Martín. Ella, asqueada, acepta y una vez más se pregunta por qué. ¿Por qué no salir mejor con el Mongo?, que sabe quién es Vermeer y entiende mis chistes copiados de libros de Wilde, ¿por qué no salir con el Gitano?, que se caga en plata, y me regaló este teléfono, rosadito y todo ¿por qué no salir con Joao?. No con Joao no, que es un fumón, ay no, no, un coquero.

Ella llega puntual a la cita. Lleva puestas unas Vans blancas, un jean Fiorucci y una camiseta que compró en un casino de Atlantic City ¿o fue en Chinatown? El gato aparece, y a primera vista no se le distingue de los pirañas y carteristas del centro de Lima. Tiene unas Dunlop, que ha usado en algún momento (¿quién sabe si unas horas antes?) para jugar al fútbol, un polo de Alianza Lima, chándal, una gorra Nike falsa y un colgante con la forma de una hoja de marihuana (porque me gusta Bob Marley, flaca).
¿Qué le ves a ese huachafo? Le ha preguntado Charo mil veces ya, y Mariana nunca ha sabido qué responder. Será una fase, se dice, mientras buscan un vendedor ambulante de churros que esté dispuesto a rebajar unos céntimos del precio final. Yo pago, no quiero caminar más, dice Mariana, y el Gato, ofendido, replica que ni cagando, que ella es su hembrita y él tiene que pagar, que para eso ha llenado techo todo el fin de semana. Mariana se rinde. Una vez logró convencerlo y llegaron hasta Larcomar después de una tarde de compras por las tiendas de Shell y Larco, él miraba a todos lados y sentía que todos los lados miraban hacia él; cuando quisieron entrar al Hard Rock el vigilante le dijo a Mariana bienvenida señorita, pase, su muchacho la puede esperar en el jardín. El Gato tiró las bolsas al suelo y se largó sin decir ni mú. Mariana recogió sus cosas, entró al bar y pidió un Sex on the Beach, que bebió con toda la pachorra del mundo mundial. Su muchacho no la volvió a llamar (desde una cabina) durante una semana.

Mientras llegaban las salchipapas, el Gato amenizaba el encuentro contando sus últimas hazañas futbolísticas; Mariana seguía preguntándose cuando había sido la última vez que alguien limpió la mesa en que estaban y sin dejar de sonreir distinguió a lo lejos a Diego que, gracias a dios, no la había visto. Te cambio de sitio, Gato, que aquí me da mucho el sol. Se levantan, pero con tan mala suerte que el frasco de ketchup resbala y cae sobre las Dunlop del piraña, que grita desesperado, putamare’ asi no es flaca, me han costado 15 lucas, éstas no son de las baratas, ahora me compras otras, cojuda, ahora me compras otras. Mariana teme lo peor, y eso se confirma cuando Diego, por culpa del alboroto, la ha visto roja como un tomate, casi tan roja como la zapatilla zarrapastrosa que se acaba de manchar. Se acerca a la mesa, pregunta si pasa algo y ella, qué tal Dieguito, no pasa nada, cholo, un accidente laboral nada más. El gato no entiende nada, y Mariana le dice perdón amigo, aquí te dejo 20 soles por las molestias creo que con eso se cubre lo de las zapatillas (y toda tu ropa, de paso: piensa). Diego le dice, mala suerte chochera, y le da una palmadita en la gorra Nika falsa, que despide una nube de polvo al recibir el impacto. ¿Qué haces por acá, Dieguito? Pregunta ella, y él le dice que buscaba un libro viejo, una primera edición de "Los Heraldos Negros", que no he conseguido donde un librero viejo de la avenida Abancay. Ella pregunta si ha venido en su carro y si la puede acercar al barrio, que encontrar un taxi limpio es muy difícil por acá, el dice que sí, que cómo no, y de paso vemos a la China que está enferma en casa.

- ¿Qué tiene? – pregunta ella, forzando el interés.
- Nada flaca – dice él señalando la calle por donde está el parking – sólo que se emborrachó con los chicos, y tiene una resaca del carajo.

El Gato los ve alejarse y mientras moja una servilleta con saliva para limpiar las zapatillas, se mete en el bolsillo el billete de 20 soles, según él, sin que nadie lo vea. Horroroso.

lunes, junio 16, 2008

Con el culo en pompa


Me llamó a eso de las siete, mientras disfrutaba un descanso, entre Estadística y Análisis Financiero, cuando lo normal era que mis neuronas estuviesen reventadas por tanto intentar comprender la distribución de Poisson. Dijo que estaba en Madrid desde hace unos días, y que le gustaría verme.

Habíamos dejado de hablar por unos meses, casi doce, después que desde un locutorio miserable le dijera que lo nuestro no podía ser, que eso del amor de lejos era de pendejos y que mejor se buscara otro que la llevara a pasear, o al cine, o le haga cosquillitas a escondidas de su viejo. Comprendió todo, o así me pareció. Preguntó, entonces, si yo tenía otra, sólo quiero saberlo. Le dije que no, pero en realidad yo moría por una dominicana de ojos verdes que nunca me hizo caso, aunque su sola presencia fue suficiente para hacerme saber que en el mundo había mucho territorio por explorar y que no compensaba quedarme pensando en mi pampa limeña. Ella sabía que yo mentía. Me dijo que a pesar de todo me iba a querer para siempre. Yo sabía que ella mentía.

Por eso me sorprendió su llamada, pero accedí, nos vemos en Sol, le dije, frente al Oso y el Madroño, donde queda todo el mundo. Esa mañana me la pasé preguntándome, ¿qué quería? si ya me había dicho que salía con un tipo de Barcelona, uno que había conocido mientras cuidaba a una vieja, y como si fuera la protagonista de una telenovela se había enamorado del señorito de la casa para vivir felices y comer perdices. ¿Para qué vernos, ahora?
Llegué puntual, y al no verla, me alejé un poco hasta detrás del puesto de periódicos que está frente al oso, desde donde la vi llegar diez minutos después. La decepción en su rostro era indescriptible, y por una mezcla de piedad y curiosidad me acerqué por detrás y le susurré hola en la oreja, como lo hacía cuando nos queríamos. Nos abrazamos y parecía que había pasado media hora desde que la vi por última vez, en el aeropuerto de Lima. Mis amigos decían que era muy fuerte que una chica cruzara el mar sólo por verme, pero yo no creía que fuera así, ella viene a estudiar, me defendía, y Andrea, la gaditana decía que yo era un gilipollas, como todos los tíos, queréis que las tías nos pongamos en bandeja de plata y con el culo en pompa.

Yo seguía sin creerlo, ella estaba aquí como muchos otros, buscando nuevos aires, no por mí. Vamos a la Mallorquina, propuse, y ella sólo puso como condición que allí sirvieran helado. Subimos y yo pedí una manzanilla, mientras ella, golosa, no dejaba de saborear lo que fuera que había en su copa. Los minutos pasaban tensos. Me preguntó que qué tal me había ido y yo le dije que bien, que tenía trabajo, que era una mierda, pero mucho mejor que estar en Lima, que aquí al menos tengo la oportunidad de viajar y Europa está al lado. Esto es Europa, me corrijió, no, esto es el norte de África, contradije, sólo por joder. Me dijo que sus tías no la habían ayudado a venir, como prometieron en un principio, tuve que buscármela, confesaba, y me contó la historia de una amiga, que tenía un padre, que trabajaba con el Rey, y que eran quienes finalmente la habían ayudado a escapar del Perú. Yo no podía dejar de mirarla, su cabello estaba más oscuro y aunque se había maquillado un huevo no dejaba de tener la mirada inocente y desorientada que estoy seguro que la acompañará por el resto de su vida. Seguía hablando y yo, en mi mundo, seguía analizándola al máximo: esos pendientes no pueden ser tuyos, no es tu estilo, esa camisa te queda perfecta, como siempre, te están sudando las manos y no sabes cómo secarlas sin que me dé cuenta, no importa, hazlo, ya nos conocemos de sobra. Le dije que había empezado a salir con una amiga de mi hermana, hace un par de semanas, nada serio, es francesa así que no creo que nos entendamos por mucho tiempo. Ella me dijo lo mismo del catalán, y me enseñó su teléfono móvil apagado, porque sino me estaría llamando cada cinco minutos. Touché.
Pasamos a las formalidades: me preguntó por mi familia y yo le dije bien gracias. Devolviendo el interés le pregunté por su familia y me dijo que su mamá estaba desbocada, como un perro que tras estar encerrado durante años sale al parque por primera vez, ha tenido cuatro novios ya, que yo sepa. Sonreí, y recordé ese rumor de barrio que hablaba de las escapadas de su vieja, y de la amistad con mi padre (y otros tantos) que según las vecinas no era del todo inocente. En ese instante aprendí para siempre que cuando alguien te pregunta "¿qué tal la familia?" responder un “bien, gracias” es más que suficiente.

Se hacía tarde y la acompañé hasta el metro. Bajando las escaleras me confesó que llegó tarde porque la duda se apoderó de ella en plena calle Preciados y se escondió en una zapatería. Hubiera sido una pena que te cagaras de miedo, no muerdo, a menos que me lo pidas, le dije y sonreí de lado, tras recordar que ese era uno de mis gestos que más le gustaban. Pasamos los controles y llegó el momento del adiós, yo voy por el otro lado, tú tienes que ir en dirección norte, tu amiga españolita colega del Rey te estará esperando. Me pidió un beso. La besé en la mejilla, pero me dijo con los ojos que no era suficiente y me ofreció sus labios que ni tonto ni perezozo, acepté sin rechistar. Fue un beso dulce, y suficientemente largo como para ser recordado varios años después. Su olor era igual al de nuestra última vez y cuando la vi perderse entre los túneles del metro supe que no la vería nunca más.

Manual del treintañero (o morir en el intento)


Acuéstate con una chica 10 años menor que tú. Sí, puede que sea pederastia, sí, papa lindo te castiga, sí, estás abusando de su “inocencia”, pero que te quiten lo bailao.
Cómprate un Ford Mustang.
Atropella al matón del barrio, ese que siempre te quitaba la pelota o te pegaba sin razón, sólo por haberte atravesado en su camino. No lo hagas con tu Ford Mustang, sino con un VW escarabajo que no sea tuyo.
Cámbiate el peinado, ya no está de moda imitar a Jordan Knight, ni siquiera si eres Jordan Knight.
Quítate los pendientes de las orejas, y guarda tus discos de Nirvana para escucharlos en la intimidad. La juventud reggaetonera no merece tamaña cultura.
Escribe un libro, y que nadie lo lea.
Salta en paracaídas.
Lee el Ulyses de Joyce. Y entiéndelo.
Juega al fútbol a 3000 metros de altura sobre el nivel del mar.
Lárgate de tu barrio de toda la vida, tus antiguos amigos harán que te quedes clavado en el pasado, leyendo Condorito y escuchando Radiomar Plus.
Dile a esa flaca, que te mueres por ella.
No te cases. Hacerlo simplemente porque “se acerca la madurez” es de idiotas y te arrepentirás luego, cuando veas que gente de treinta y tantos sigue viviendo feliz mientras tú tienes que buscar con quién dejar al niño.
No te hagas tatuajes, ni piercings, ni huevadas varias. Imagínate a tu abuelo, en pelotas, con un dragón entre los omoplatos, o una sirena en la ingle. Así te verás tú en 20 años cuando salgas de la playa y haga fresquito.
Baila sobre una mesa en una discoteca. No te verás como Ricky Martin, pero al menos sabrás lo que es ser un perfecto imbécil por un día. Y mejor que te pase antes de cumplir los 30, porque después te pasará con mucha frecuencia.
No leas el Quijote. Aprende a escribir (bien).
Escribe a los amigos que dejaste cuando te largaste de tu primer barrio. Si te contestan diez, bien, si te contestan dos, mejor.
Escribe tu nombre, meando.
Busca a tu primera profesora, esa de la que te enamoraste cuando tenías cinco años. Cuando la encuentres y compruebes lo mal que ha llevado los años, no te deprimas. Si por el contrario, sigue tan apetecible como entonces, invítala a salir, ¿quién sabe?, puede que aún tenga muchas cosas que enseñarte.
Roba seis rosas rojas.
Regala a alguien (que no sea tu madre) seis rosas rojas.
Deja de creer en dios.
Graba una canción. Esto tiene truco: no vale grabarse a sí mismo en casa, tiene que ser en un estudio real con músicos reales. Las grabaciones caseras sólo tienen valor si eres John Lennon o Bob Dylan, las tuyas sonarán como aullidos de foca, sin el debido procesamiento profesional.
Baila calato frente al espejo.
Ten sexo en un probador de ropa.
Ten sexo en un avión.
Ten sexo en un barco.
Ten sexo en un bus.
Ten sexo en un confesionario.
Ten sexo en un baño público.
Ten sexo en el trabajo. (Ésta y las anteriores deben realizarse con otra persona, el onanismo resérvalo para las noches de aburrimiento. La clásica paja Diazepán.
Conoce Machu Picchu.
Emborráchate al recibir el año nuevo en una playa, y cuando recuperes el conocimiento lo primero que veas debe ser el techo de tu dormitorio.
Bájate el cuello de los polos, a los dieciocho eras cool, ahora pareces un vendedor de coches usados. No, no insistas, no te queda bien.
No te compres una moto si antes nunca te han gustado, es patético. Recuerda: Ford Mustang forever and ever.
Vuelve a acostarte con la chiquilla 10 años menor que tú.
Asiste a un clásico U-Alianza (en tribunas populares, un clásico en cualquier país vale también). Esto puede parecer fácil, pero no mucha gente está dispuesta a sumergirse en la multitud y sus efluvios corporales. Se va, se va…
Sube a lo alto de la torre Eiffel, y desde arriba observa la ciudad más bella del mundo, el Campo de Marte, el Trocadero, el Sena. Cuánta mariconada.
Amanece desnudo al lado de una desconocida (que esté buena y desnuda también).
Asiste a un concierto de los Rolling Stones. A falta de The Beatles y Led Zepellin, son lo único que nos queda a lo que se pueda llamar “leyenda”.
Pide dinero en la calle, eso servirá para valorar lo que has conseguido hasta ahora. Pero no le cojas gustito.
Dale un beso a Thalía. Y una patada al Papa.
Participa en un trío.
Viaja a Tokio, y consigue comer chanfainita.

viernes, junio 13, 2008

Viernes 13:00


Mi amigo el supersticioso, buscó una vez en Internet el número de billete de lotería que yo, equívoco y confeso, le dije haber soñado la noche anterior. Estaba disponible en una delegación de Málaga, en un barrio pequeñito y con olor a pescaíto. Llamó y les mandó e-mails pero no obtuvo respuesta a su afán comprador. No contestan, me decía desesperado, frente a su humeante y negrísimo café, me imagino que no le has contado el sueño a nadie. Le mentí a medias, ya que aunque había dicho a un par de amigos que soñé con el número premiado, sólo a él le había dado el correcto; menos por egoísmo que por mi ya famosa mentepollo que me hacía olvidar las cosas a la velocidad del rayo.
Cuando el supersticioso buscaba un billete en autobús a Málaga, apareció en su bandeja de entrada la tan esperada respuesta, un enlace a una tienda virtual, y un “agradecemos enormemente su confiaza” para cerrar el correo. Sacó la tarjeta de crédito de su cartera y en menos de diez segundos había comprado cuatro décimos. Intenté disuadirlo, sólo es un sueño, no se cumplen, sino yo sería campeón del mundo (con Italia) y habría hecho un trio con Monica Bellucci y Giselle Bundchen; pero él ya había pagado, y feliz, como si se hubiera quitado el apéndice, me dijo que no importaba si no ganaba nada, lo peor hubiera sido quedarse con la duda eterna.

Cuando era niño, ayudaba a mamá en la cocina, en un principio obligado por su frustración de no tener una hija mayor, y después le cogí el gustito y hasta la superé en casi todos los platos (confieso que el cebiche se me resiste, forever). Una tarde, mientras preparábamos algo que llevaba pato, tiré accidentalmente la sal sobre la mesa. Ella, casi histérica y asustadísima gritó nos vas a traer la mala suerte, no lo toques, no lo toques, y acto seguido tiró un chorro de agua encima, formando una cruz mientras yo miraba estupefacto el ritual y preguntándome si la sal estaría poseída por Bazuzu, el mismo demonio que se le metió a Reagan, en la primera película del Exorcista. Recogió la sal con un trapo que luego quemó y me expulsó de la cocina. No opuse resistencia temiendo que me bendijera a mí también, y al pasar al salón, tiré un espejo al suelo y lo hice trizas.
No, no, no, explotó, hay que enterrarlos lejos de la casa. Recogió los trocitos y los metió en una bolsa negra, para que la mala suerte no nos encuentre, corrió hasta el parque y a la sombra de un fresno, le dio al espejo cristiana sepultura.

Katty fue la primera en sacarse el carnet de conducir, y llevaba el VW viejo de su abuelo, y de vez en cuando nos daba un paseo a los escogidos, que éramos aquellos que también babeabamos por ella, pero que además teníamos el privilegio de poder sentarnos en su sofá a tomar Inka Cola con galletitas. Iba yo en el asiento de copiloto cuando al doblar una esquina nos encontramos un gato negro que, inmóvil, nos observaba como si fuéramos el Guernica, con la cabeza de lado y todo. Putamare, nos va a salar, dijo ella, bájate y mátalo, tíralo al rio, me ordenó. Me vinieron a la mente versos de Edgar Allan Poe: “Una mañana, obrando a sangre fría, le pasé un lazo por el pescuezo y lo ahorqué en la rama de un árbol; lo ahorqué mientras las lágrimas manaban de mis ojos y el más amargo remordimiento me apretaba el corazón”. Intenté calmarla, no somos Sicilianos, le dije, además en Inglaterra, el gato negro es símbolo de buena suerte. Ella seguía tocando el claxon y el puto gato se quedaba inmóvil, esto no es Londres, sollozó, y ese gato de mierda tiene más sarna que mi abuelo, no nos da suerte ni cagando.

Hoy es viernes 13, no he soñado con billetes premiados ni he tirado la sal (eso fue anoche, y el guiso quedó incomible). Me quedé atascado en la M-30 durante 45 minutos para un recorrido que debía durar 5 y, no sé por qué, un molestísimo escorbuto ha surgido en un lateral de mi lengua, lo que me obliga a estar más callado de lo normal. Sin embargo, Rafa ha encontrado una tele de oferta, y al salir iré a verla, toda la próxima semana mi jefe estará de vacaciones y mi compañero saldrá de viaje, por lo menos hasta el jueves. He conseguido un vuelo casi gratis a New York y es muy probable que en un par de semanas esté cenando en Broadway. Si veo un gato negro, le sonreiré como siempre, y me imaginaré que está dibujado por Toulouse-Lautrec. El sol ha salido y “I need to laugh and when the sun is out/I've got something I can laugh about”. Es viernes, no sé como alguien puede creer que eso es mala suerte.

jueves, junio 12, 2008

Mamita, ábreme la puerta


Una tarde, después del trabajo y cuando todavía no se ocultaba el sol, descubrí que alguien había roto la llave del portal del edificio en el que vivo. Mi llave entraba, pero no giraba, y tuve que llamar al timbre para que Sol me abriera la puerta, caltelo comelcial, dije, imitando el acento de los chinos que nos dejan siempre sus sospechosamente baratos menús en el buzón, junto a los recibos de luz y las cosas que compro en ebay. Cuando entré en casa me dijo que todo el día había estado abriendo la puerta a extraños, primero fue una mujer muy educada que dijo por favor, hija ábreme que mi llave no funciona soy la del 2º C, la del perrito negro, ya sabes, y claro le abrí sin más pero me quedé viendo por la mirilla de la puerta. Yo me estaba sirviendo un vermut rojo con una rodajita de limón y dos hielos, después de comprobar que se había terminado el Rioja, eres una paranoica, le dije, seguro que hasta echaste llave a nuestra puerta.

Caminé hasta el sofá y abrí un libro de cine, que había comprado en Lyon, ella siguió con su historia.

- Y después llamó un hombre, ése es el que más me acojonó, - yo intento ver alguna foto del libro - porque tenía voz de vendedor, no le abrí pero la vieja de al lado sí, tenías que haberla oído “¿oiga?¿quién es?¿eres tú, Jose ? te abro hijo, te abro” y al minuto el tipo estaba llamando a su puerta
- ¿Cómo sabes? ¿seguías viendo por la mirilla? Qué cotilla.
- No soy cotilla, tenía miedo. Total, que era un vendedor, y cuando la vieja vió que no era el tal José le cerró la puerta en la cara.
- Pobre, hay que tener un poco de respeto, igual termino yo de vendedor también.

Esa noche recibimos a unos amigos para cenar y algún buen samaritano había dejado la puerta abierta de forma que no era necesario usar las llaves. Cuando nuestra cena terminó y despedíamos a los invitados vimos que la puerta estaba cerrada otra vez, y alguien había escrito “sierren la puerta, coño, que se nos cuelan la gentusa”. Dormí como un niño, no leí más mi libro de cine y soñé con un amor imposible. La mañana siguiente, cuando salí a comprar el pan, la puerta estaba abierta otra vez, ahora de par en par, y había otra nota a modo de respuesta “la puerta está rota, no todos podemos entrar por el garaje. P.d.: cerrar se escribe con c no con s”.

- Qué divertidos son estos vecinos, - susurré – mucho mejores que la idiota que hacía mear a su perro en el ascensor.

Volví con el pan y le conté a Sol (cuando despertó, dos horas más tarde) el episodio de las notitas de amor del portal. Estoy tentado a poner una yo, confesé, preguntaría si alguien sabe a qué satélite está orientada la antena comunitaria.
Esa tarde salimos a visitar la Feria del Libro y al volver, mojados por una inoportuna lluvia de mayo, vimos que las notas habían desaparecido y la puerta estaba cerrada. Metí mi llave, y después de un breve esfuerzo la puerta se abrió. Voy a extrañar a los epistolares, le dije guiñando un ojo. Mientras cenábamos y ella me contaba cosas, yo me imaginaba saliendo en la oscuridad de la noche, para romper, con alevosía y ventaja, la cerradura del portal.

miércoles, junio 11, 2008

Prison Break


El Mongo busca entre los mil papeles que tiene en su cuarto algo que lo ayude. Se llamaba Laura, estoy seguro, dice, y sigue escarbando entre el montón de fotocopias, revistas y libros que algún día tirará a la basura. El Gitano ha usado su llamada de preso para hablar con él, la cagada Mongo, le ha dicho, estaba en Bass y ese imbécil no dejaba de mirarme el culo, le he tenido que partir la cabeza con una yarda. Las yardas, hasta ese día, eran copas enormes que sólo se usaban para llenarlas de algún coctel y jugar con los amigos a quién era el más machote que podía beberlas de un tirón. El Mongo nunca pudo, lo intentó varias veces, pero la piña colada le salió, varias veces, por la nariz y algunos dicen que hasta por las orejas.

Por aquí, yo lo anoté el día que tenía examen de Estadística. El cuarto está recién pintado, de azul, que es su color favorito. Ha colgado un poster de Kurt Cobain, a modo de atrapasueños, y otro de los Tres Chiflados porque se imagina que junto a sus dos hermanos, podría haber protagonizado una versión moderna de la serie, yo sería Moe, sueña. La cama está rota, es lo que la niña ha dejado como eterno souvenir, tras sus tardes de brincos y saltos conjuntos que pronto pasarán al olvido. Debajo hay tres cajas que el Mongo está dejando para el final, no creo que esté allí, piensa, porque las usa para guardar sus álbumes de fotos, de Sport Billy, y de los mundiales de fútbol.

Lorena, era Lorena, aquí está: 4436158. Baja las escaleras como un loco, pobre gitano se lo estará cachando algún negro en la cárcel, piensa, y no puede evitar reírse. Marca el número en su teléfono rojo y después de diez segundos la escucha y le viene a la mente su cara pecosa, con un pisco sour delante.

- El gitano está preso, me ha dicho que te llame y que…

Ella dice que no le importa, que lo fusilen de mi parte, flaco, tu amigo es un jijuna que en el mes y medio que salimos me puso los cuernos dos veces, que yo sepa, claro, y encima ni lo negó, tu eres la catedral, mamita, me dijo, las otras son capillitas nomás. El Mongo reconoce las palabras de su amigo, y sabe que la abogada no lo ayudará pero termina de dar el mensaje, es la comisaría de San Borja, estaba en el Bass y le rompió la cabeza a un tío que se burló de su pantalón. La abogada ahoga una risita, uy, dice, eso es peor que si insultaran a su vieja, con su ropa no se mete nadie, que huevón, tiene veinte años y se sigue peleando por pavadas. El Mongo le da la razón, le dice que por favor lo ayude, que no conoce a nadie más y que el Gitano ya usó su llamada de preso, como en las películas, flaca. Tu voz me suena, dice ella, ¿no eras tú el que afanaba a mi amiga Marta?. Traga saliva.

El Mongo y el Gitano se encuentran en un bar de Shell, piden dos cocacolas y unos piononos. Gracias por ayudarme, Monguito, te debo una, dice el Gitano, mientras se limpia el forro de piel de su chaqueta alemana. El Mongo dice que de nada, pero menos mal que la abogada se apiadó de ti, y eso que le sacaste la vuelta, brother.

- ¿Qué abogada?
- Lorena, - sorbo de cocacola – la hembrita a la que llamé.

Esa no es abogada, huevas, se burla el Gitano, y dice que el abogado es su viejo, pero que sabía que Lorenita no lo iba a dejar preso ahí con todos los cholos y zambos de la ciudad.

- El señor Loreno llegó a la comisaría y me sacó diciendo que era su sobrino, tenías que ver la cara de los tombos, huevón, parecía que estaban viendo al Papa.
- Totus tuus – dice el Mongo, y hace una seña pidiendo dos piononos más – su santidad - brinda con cocacola.

Lorena llega a la cafetería y busca a alguien con la mirada. El Mongo es el primero en verla y pregunta ¿qué hace aquí?, y el Gitano, limpiando la punta de sus zapatos de ante dice, le he dicho que venga, me la voy a tirar en casa de mi abuela, no creías que iba a sacarme de cana gratis, ¿no?

martes, junio 10, 2008

Amigo, ¿por qué tomas tanto? (Reloaded)


Llego al bar de siempre, al salir del metro Bilbao, y me encuentro con un amigo músico que tuvo un cuarto de hora de fama en Lima, haciendo covers de Radio Futura. Yo pido una cerveza y él un cubata a pesar de que aún son las siete de la tarde y el sol brilla en Madrid. ¿Qué tal, brother?, le pregunto, y él dice que bien, que de vez en cuando toca por ahí, en algún bar peruano o donde le paguen. Sigue vistiendo como estrella de rock, usa sombrero y sus ojos vivarachos están asombrosamente rojos, y creo que no es por culpa del humo del local.
Le cuento que me he sumergido un poco en la música de los 70, y que llevo en el Ipod el Aqualung de Jethro Tull. Se ríe y me dice que en Lima lo llamaban alienado y acomplejado por escuchar siempre música en inglés, pero no les decía que escuchaba a Miguel Ríos o a Soda Stereo, brother, que se vayan a la mierda y piensen lo que quieran todos esos huevones. Le cuento que mis amigos de Danza Rota (que ahora se llama Violáceo) me decían que yo siempre me la pasaba comparando las cosas, porque para mí Soda Stereo era una mala copia, sobretodo en los discos anteriores a Canción Animal, de U2; sí, puede ser, pero después Cerati se desahuevó e hizo discos alucinantes.
Seguí hablando mientras él fumaba sin parar, ya iba por el tercer Marlboro cuando le confesé sin ningún pudor que para mí los Enanitos Verdes eran tan repetitivos como Manolo García, y encima su disco se llamaba Igual que Ayer, me interrumpió, para luego soltar una carcajada llena de sarcasmo. Le dije que el hecho de que él ganara su platita poniéndole música a un poema llamado "No es amor”, le daba derecho a ser tan cachoso, y me uní a la carcajada. Pedí otra cerveza, y él ya iba por la mitad de su segundo cubata.

El camarero trajo mi vaso chorreando espuma, y le dijo a mi amigo que la chica de la barra le pedía que, por favor, le firmara el posavasos, ¿por qué no viene ella?, preguntó, y el camarero se encogió de hombros dejando el posavasos sobre la mesa y largándose sin esperar a cumplir con el encargo de la tímida fan enamorada. Café Tacvba, en cambio, dije, están entre mis favoritos, se reinventan en cada disco y no son como los de La Ley, que no pudieron superar su disco “Invisible” que era espectacular. Mi amigo, alarga una calada al cigarro y me suelta ¿sabes que ese disco lo hicieron hasta arriba de coca, llorando la muerte de un miembro del grupo? Me quedo de piedra y pienso en George Harrison, no sé por qué.

La chica llega a recoger su posavasos, él garabatea algo que parece decir “graias x tu apoyo” y garabatea también un dibujo que a mis ojos es obsceno. Ella se va feliz, y mete el posavasos en su bolso, falso, de Tous. Seguimos hablando y él me suelta que, en Lima, las radios siguen poniendo música de los Auténticos decadentes y Virus, que los Prisioneros siguen vendiendo discos aunque su música y sus letras han caducado ya, ahora que Pincohet está muerto. Le cuento que mis tíos son muy pegados a esa época, lo que es normal porque representa a los años ochenta, cuando eran adolescentes, y que gracias a ellos conocí a Frágil, Miguel Mateos, o G.I.T. pero no me explico porqué gente de quince años prefiere escuchar rock en castellano sólo por el hecho de que así se sienten más “latinos”. Eso es una hachafería, me dice golpeando la mesa, ya borracho, es un argumento de acomplejados como Raúl Romero que se la pasa diciendo conoce el Perú primero y el se va de vacaciones a Orlando y Barcelona todos los años, allá los cojudos que le hacen caso. Con la misma caligrafía que usó para el autógrafo, me anota en una servilleta el nombre de unos discos que tengo que escuchar, distingo a duras penas el nombre de Libido y algo que parece ser Charly García, me hace adiós con la mano y se va, como siempre, sin pagar.

Apuro mi cerveza y salgo en dirección al metro que está justo en la puerta del bar. Enciendo el Ipod y escucho el primer disco de Libido, cómo se parece al Pablo Honey de Radiohead, pienso, mientras me digo a mí mismo que debo dejar de etiquetar todo, como si fueran latas de atún.

viernes, junio 06, 2008

Estoy fatal de lo mío


-Cuando voy en el metro y veo a extranjeros con sus mochilas, o cansados de volver del trabajo, sin ilusión en los ojos o pensando, me imagino, en qué estará haciendo ese ser querido que está lejos, no puedo evitar identificarme con ellos. Eso, dicen los entendidos es algo completamente normal, pero no dejo de pensar que lo mío es algo que al menos debería ser tratado por algún tipo de mente superior o en el peor de los casos un psicólogo de la UNED.

>>Mis síntomas no son tan graves, no llego al extremo de fruncir el sueño o masticar un “putos fachas” cuando alguien hace un chiste sobre inmigrantes o suelta algún comentario despectivo. Cuando eso sucede, se pone de manifiesto una vez más ese amariconamiento europeísta que me ha convertido en un ser civilizado in extremis y ha enterrado además en algún lugar sin marcar una “x” en el suelo al activista confeso que había en mí, en los tiempos en que Kurt Cobain vivía. Lo mío, es extraño, porque cuando veo a un inmigrante limpiar una ventana o trabajar en la construcción bajo la lluvia intensa, pienso que pronto llegará el día de mi suerte (seguro que mi suerte cambiará) y entonces al apagarse mi buena estrella dejaría de vestir traje todos los días. ¿Quién sabe si esta gente merece, o no, un trabajo mejor?
>>Mientras estoy envuelto en esos complejos tercermundistas, me dejo comer por la culpa y llego a lamentar la buena estrella que me acompaña allá donde voy. Aunque, todo hay que decirlo, mi trabajo me ha costado lograr que cada empleo que tengo sea, siempre, mejor que el anterior. Lejos quedan los días en que, en Lima, un jefe me dijo eso de si no tienes un título no eres nada y si quiero me lavas el carro, papito; ahora que tengo un par de diplomas en el trastero de casa sólo he conseguido, como logro supremo, que mi novia lave el Kia una vez en tres años. Al día siguente llovió en Madrid y su esfuerzo se fue a la mierda.

>>Pero aparte del candor y respeto que me inspira el esfuerzo de los extranjeros por conseguir sus metas, existe un grupúsculo al que, estoy seguro, nunca llegaré a pertenecer y que despierta mis más bajos instintos de exterminio y purificación de la raza latina. Son aquellos que cuando se acerca el fin de semana puedes ver borrachos, sucios y desorientados en los barrios más populares o cerca de alguna estación de tren. Cuando la casualidad hace que comparta espacio con ellos, la vergüenza ajena me invade y deseo que reaccionen en algún momento y el síndrome del nuevo rico (pasar de ganar 100 euros a 1500 es para ellos lograr la riqueza) los abandone lo antes posible. Viví de cerca esta situación cuando un primo mío, que en Lima no trabajaba, llegó a Madrid y consiguió con mucha suerte un trabajo bien pagado. A los dos meses se había comprado a crédito un Seat negro nuevecito y volaba por las carreteras de la ciudad. Cuando empezaron a llover las multas, los choques y las deudas, y no pudo hacer frente al seguro del coche dejamos de verlo con la frecuencia a la que nos tenía acostumbrados (en mi caso no era mucha, le puse la cruz a la mínima). Cuentan que el Seat está abandonado en alguna calle, abollado y con el seguro caducado y muchas multas sin pagar.
>>Espero algún día poder disfrutar de lo poco que he conseguido sin sentir lástima por aquellos a los que les va un poco peor, tomar un vermut en una terraza del Retiro sin pensar, ¿Dios, no puedes vestirte un poquito mejor, brother? cuando veo a un inmigrante caminar con jeans, camiseta de fútbol (normalmente de la selección de su país), zapatillas blancas y gorra roja.

- ¿Con quién hablas? ¿De quién es esa foto?
- De nadie. Oye, Sol ¿no crees que debería ver un psicólogo? Estoy fatal de lo mío, estoy mu mal.

martes, junio 03, 2008

¿Quién detiene palomas al vuelo ?


Hay una bici estática libre, tengo una tabla de ejercicios nueva y he pagado sólo medio mes, porque a finales de Junio me voy de vacaciones no sé donde y no pienso regalar mi dinero a esos calvitos musculosos que son los dueños del gimnasio. A mi lado esta una de la rubias del spinning que calienta pensando en sus cosas. Miro mi tabla y veo que hoy toca dorsales y biceps, ademas de los tipicos abdominales. Rubén está ya entrenando, me acerco y me pregunta que por qué no esperé a Antonio para que nos acercara al tren.

- Sale muy tarde – contesto, secandome el sudor – y además cuando la gente te hace favores se supone que no debe hacerte saber que los hace.
Rubén no entiende lo último que digo, me señala de reojo a la rubia del spinning y me susurra que se llama Viviana y que tiene 25 años. Bien por ella, digo, y sin venir a cuento le digo que Beatriz me acercó hasta la avenida de América.

- ¿Falete? – contesta, y reímos juntos por el apodo que le cae como anillo al dedo – esa gorda me tiene hasta la polla, siempre te restriega las tetas por la cara.
- Qué asco – digo – las gordas con ubres deberían estar prohibidas.
- Ahí, ahí. O sea, una tía sin tetas es un tío, tronco, pero esta lo de esta piba ya es exageración. Encima el otro día me dijo que le habían dicho que se parecía a Angelina Jolie.
- Ein? Eso es blasfemia, se le va caer el colágeno que se ha metido a los morros. ¿qué le dijiste? Te habrás partido el pecho.
- Casi le suelto un guantazo, chaval.
No quería ser menos en el anecdotario y decidí contarle lo que me había pasado antes de llegar al gimnasio, no sin antes soltar el clásico “eh, no se lo digas a nadie, que va a saber que he sido yo quién lo contó”

- Vale, vale cuenta.
- Bajaba yo por la escalera, feliz ya de salir de una puta vez y pensando en que tenía que pasar por el cajero cuando apareció Obélix.
- Obélix, qué bueno, chaval
- Sí, si, así la llamo en la intimidad, y me preguntó que si pensaba salir esta noche.
- Es una perra
- Le dije que no, y ofreció acercarme a algún lado porque la venían a recoger. Como de todas formas en el metro voy casi siempre al lado de seres desagradables, acepté, así al menos ganaba unos minutos. Llegamos a su coche y dentro me pareció ver a una mujer con el cabello muy corto, me senté en el asiento trasero mientras Beatriz, a modo de explicación decía “vamos a acercar a un compi a la avenida de América”.
- ¿Y estaba buena la amiga?
- Espera que viene lo mejor. Cuando me pongo el cinturón y la pelocorto habla, ¡hablaba como un tío!. Entonces le presté más atención y vi que vestía como tío, se movía como tío y ya cuando le gritó a otro coche algo como “me cago en tus muertos, vieja hija de puta”, asumí que su estrógeno la había abandonado hace mucho tiempo. O sea, era un marimacho.
- No jodas, y encima la Falete parece un travelo.
- Sactamente. Entonces comenzó la paranoia, me dije aquí voy yo en un Citroen con una mujer que parece travesti, y un tio que tiene pinta de lesbiana, o viceversa.
- ¡Hala chaval!, que no te extrañe. Si ésta tiene pinta de guarra. Igual hasta son pareja y todo.
- Yo que sé, pero me hizo gracia el creer que en ese coche estaban representados, de alguna forma los tres sexos.

Reímos y volví al banco Scott a trabajar los biceps, Rubén volvió a la prensa de piernas y un par de minutos después cuando ya yo estaba concentrado en qué iba a prepararme para cenar, él se acercó y dijo vaya mierda de pibas que nos han metido, con lo buena que estaba la Vero ¿eh?, dándome una palmadita cómplice en la espalda. Asentí, derrotado, y dije encima la nueva, ¿Teresa se llama? Es más rara que yo, mejor sigamos viendo el culito de la rubia del spinning.

- Ahí, ahí – aprobó Rubén - tu sí que sabes, mamón.

lunes, junio 02, 2008

Carne de Mangomarca


Carnola medía 1.55, pesaba 55 kilos (a ojo) y tenía los brazos gorditos, como de recién nacido. Nunca supe bien dónde vivía, ni tampoco hice muchos esfuerzos para averiguarlo. Arturo y yo se lo preguntamos una vez, y ella nos dijo que por Mangomarca, chicos, por Mangomarca vivo; pero en esos días no existía el Google Maps y ese nombre me sonaba a Madagascar, o sea, igual de lejano e inexplorado. Así que asumimos que nunca iríamos a su casa a tomar lonchecito. Sus amigas del alma, la Gordis y Chiquilidia, la seguían a todos lados, como en el cole, y si eras amigo de Carnola ellas también tenían que entrar en tus planes. Yo las conocí cuando se me perdió un diskette (mejor dicho, se me olvidó como tantas otras cosas) y ellas amablemente lo recuperaron para mí de las garras de uno de sus amigos, cuyo nombre ahora he olvidado (igualito que el diskette).

Nos gustaba la gente honrada y por eso Arturo y yo las hicimos nuestras amigas, las saludábamos al pasar aunque fueran nuevas en la universidad y nosotros ya lleváramos casi dos años en ella. ¿Te has fijado que la casaca de la Gordis se parece a la de Chayanne? Pregunté, travieso, un día y Arturo preguntó ¿en qué video? A lo que contesté Fiesta en América y reímos no sé si por la cojudez que acabábamos de soltar o por imaginarnos a la Gordis cantando hoy corren buenos tiempos ya lo sabes, buen amigo.

Carnola se aburría en la universidad, y aunque era muy tímida siempre hablaba en clase me imagino que intentando convertirse en una gran lideresa. Quizá por eso empezó a salir con un dirigente estudiantil bastante mayor que ella, un Power Ranger de gafas intelectuales que la llevaba siempre de la mano, como si fuera su hermanita menor y estuvieran a punto de cruzar la calle. Un día, Arturo y yo estábamos sentados en el balcón de la facultad de Química esperando a las mellizas y rivales (dos peliteñidas que estaban de moda por esos días) y vimos a la parejita llegar de la mano y oliendo las flores a su paso. No les dimos mayor importancia y seguimos esperando a nuestras presas, pero cuando Carnola nos vió su timidez le jugó una mala pasada y el nerviosismo, o la vergüenza, o el simple hecho de querer pasar rápidamente y quedar fuera de nuestro rango visual, o todo junto, provocó que nuestra amiga dejara de ver el camino, y tropezara con un arbusto XXS que la engulló unos segundos para escupirla dentro del jardín después, cayendo pesadamente sobre las margaritas recién florecidas y dejando a su amado con una mezcla de estupor y roche dibujada en su cara de Power Ranger. Obviamente me cagué de risa y tuve que ir corriendo hasta el meadero más cercano porque en esa época ya cobraban por usar los baños y yo no tenía ni diez céntimos para pagar la meada.

Meses después, y cuando ya Carnola había dejado al Power tirando cintura, Arturo atravesaba un bache sentimental y empezó a verla guapa. ¿No te gusta aunque sea su pelo? Me preguntaba, y yo respondía a todo que no, pero si gustas sírvete nomás, con confianza, lo animaba. No sé bien si alguna vez se mandó, pero una tarde así como comenzó (di colpo, ¡flash!) se le fue el enamoramiento y dejó el camino libre a Barbieri, Miguel, y a todo los machos around the block que intentaron sin éxito llegar al corazón de nuestra amiga, provocando tal presión en ella que no le quedó más remedio que escapar a otra universidad famosa por su ausencia de estrógeno y porque sus alumnos se excitaban sexualmente resolviendo matrices y rebatiendo teoremas.

La última vez que la vi fue en una provincia perdida de la sierra peruana, ella bailaba con un gordito que parecía ser su nuevo novio y yo intentaba sin éxito cazar algo entre el ganado local. Nos saludamos y después de muchos ¿qué es de tu vida? y qué alegría me ha dado verte prometimos llamarnos al volver a Lima, cosa que como era de esperar no hizo ninguno de los dos. Tiempo después escapé del país buscando aires mejores y creo recordar que ella no estaba en el aeropuerto para despedirme, no supe nada de su vida hasta hace unos meses cuando la descubrí en el hi5 y, sorprendido, vi en las fotos de su luna de miel, que generosamente compartía con el ciberespacio, que había estado en Roma el mismo día y casi a la misma hora que yo, paseando por la Via dei Fori Imperiali. Se lo conté a Arturo en una de esas charlas de gtalk casuales en las que me anima a escribir un libro y yo le cuento sobre el último libro o la última película que he visto. Nos sorprendió que nuestra amiga tuviera plata como para viajar a Europa de luna de miel, y nos alegró que le fuera bien en la vida, ¿sigue igual? Me preguntó mi amigo y yo, sin mentir un ápice contesté, sí, sigue igual de carnosa que siempre.