jueves, marzo 15, 2007

Si estando en la carretera, oyes un beep beep...


No hacía footing hace más de un mes (dejémoslo en tres meses, ni pa’ ti ni pa’ mi). Y los partidos de fulbito eventuales con la gente de Toshiba no son suficientes, al parecer, para mis envejecidos tendones. Había comprado un porta MP3, de esos que se pegan al brazo, y lo estrené esa tarde. Rompí el cierre y no había suficiente bícep para mantenerlo quieto. Primera decepción. También tenía, nuevecitas nuevecitas, unas zapatillas para correr que cada vez que me veían pasar saltaban como los perritos de la perrera, las saqué de su caja, vengan con papi, vamos a dar una vuelta.
Bajé corriendo las escaleras del edificio y en la puerta vi a un par de niños que jugaban con una PSP, giré a la derecha en la esquina, y, como si hubiera recordado que tenía algo urgente que hacer en quíensabedonde, corrí como un poseso. Diez metros más adelante, respiraba ahogado y con la mano derecha apoyada en un árbol mientras un perro que había sacado a pasear a un viejito ahogaba una risa burlona.

Retomando mi ejercicio, lluegué hasta la puerta de un colegio, y a lo largo de la calle veía a varios hombres calvos haciendo lo mismo que yo, más acabados, con menos ritmo y, lo que es peor, su ropa deportiva no hacía juego con las zapatillas (de las medias, ni hablamos). Eso me llenó de moral fashion y corrí, cabeza en alto, hacia el parque más cercano. Se respiraba polen, había niños, con sus respectivas madres. Unas niñas bebían algún líquido sospechoso y se reían de todo, mientras sus amigos compartían un porro. Yo iba mirando al infinito y más allá, imaginando que detrás de mi una rubia gritaba “corre forrest, corre”, y sonriendo como un tonto (aunque tonto es el que hace tonterías…)
De vuelta en casa, con las calorías y las energías quemadas, mi cerebro no coordinaba y no podía encontrar mis llaves. Menos mal que apareció mi vecina (la maciza) y abrió la puerta.

- Buenas, señor presidente - me dijo
- Muy buenas - respondí, e intenté estirar el cuadríceps de mi pierna izquierda pa' hacerme el deportista, pero un tirón en la espalda me hizo ver al diablo calato.

Entré tras ella, y haciéndome el machote subí por las escaleras, con la secreta intención de retorcerme de dolor apenas alcanzara el primer piso. Pero subió detrás de mi, y tragándome el dolor, llegúe hasta el 2º B, muerto. Me tiré de mala manera en la cama, y encendí la tele, busqué a tientas una lata de cerveza y disfruté por unos minutos de Teri Hatcher.


- Esto es lo mío - susurré y me zampé la Carlsberg de un trago.

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