lunes, marzo 26, 2007

Te cuento el chiste del pescado


Merluza limpia, decía el paquete. Limpia, mis cojones, diría mi jefe. Influyó también que justo en el momento en que la comía, se me ocurrió llamar a Solenne. “Para hablar con mujeres y comer pescado hay que tener mucho cuidado”, y como yo estaba haciendo ambas cosas a la vez: la cagada. Sentí clarito cuando se me clavó en el paladar, me metí una cucharadaza de arroz, pero nada, la seguía sintiendo allí, bebí agua, té caliente y hasta una cocacola. Nada, cada vez que pasaba saliva (acto reflejo que justamente ahora ocurría cada 10 segundos) sentía a un pequeño duende que me clavaba alfileres en la garganta.
Mis compañeros de trabajo me contaron, al verme sufrir, que a Rafa le pasó lo mismo hace más de un año. El pobre, con un amplio historial hipocondriaco en su haber, siguió sintiendo la espina clavada en las amigdalas por más de 8 meses, fue seis veces al hospital y dos al psicólogo, le hicieron dos lavados estomacales, una laproscopía, tres radiografías y un TAC, pero nunca encontraron la espina. No les creí, pero mientras llenaba mi botella de agua en la cocina vi a Rafa, que almorzaba plácidamente un trozo de salmón a la cerveza, con sus espinas respectivas.

- tú, ¿comiendo pescado? – le dije, sin ocultar mi sorpresa.
- Si, ¿por? – contestó, engullendo una patata.
- Porque me he clavado una espina en la garganta y me contaron tu historia. Pensé que odiarías el pescado, ahora.

Me confirmó la historia, completita, y mientras me daba palmaditas deseándome una pronta recuperación se levantó de la silla y tiró el salmón, casi completo, al bote de la basura.

- Todo está en la mente - me dijo, señalándose la sien – tú eres más fuerte, todo está en la mente.
- ¿Y por qué has tirado el pescado, entonces?
- Porque me ha dao’ mal rollo.

La tarde fue horrible, y la noche más. Cené pasta y sentía que los fideos se me enredaban como serpentinas. Quise ignorar y no pude, (mi lamento y mi dolooor) y a eso de las diez de la noche, en plan bulimia, me metí la mano en la boca hasta donde pude, aguantando el vómito, y la toqué. Ya te jodiste, le dije a la espina de los huevos, me vestí y me fui a urgencias. Me atendió un gordo que descuidó su bocata sólo el tiempo necesario para llenar mi ficha de ingreso. Y minutos después unas enfermeras amables me quitaban la espina del paladar.

- La tenías metida en tó el medio – me dijo una.

Volví a casa feliz, y al día siguiente mis padres me llamaron para comer con ellos, a una pescadería si era posible. Los convencí para comer parrillada y paella, al pescado no quiero verlo, por lo menos por un par de meses más.

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