martes, enero 15, 2008

El porqué de las cosas


Carmen de la Legua 1989, se celebraban 200 años de la Revolución Francesa. Teníamos buen equipo y nos inscribimos en el Mundialito. Jugamos casi todos bien, hice un par de goles que el árbitro anuló, y llegamos a la final por penales (gracias Pelusa). El último partido tuvimos mucho público y eso hizo que no pudiéramos remontar el 1-0 que llevábamos a cuestas desde el primer minuto. Quedamos segundos y Pepito se quedó con el trofeo porque él había pagado la inscripción y era su pelota. Mis tíos Victor y Toño nos invitaron Inca Kola en la tienda de la esquina. La dueña de esa tienda me odia, y yo reviento la pelota de Pepito, que era el balón oficial de México ’86.

Carmen de la Legua 1996, ya había muerto Lolo Fernández. Mi hermano y mi abuelo me han apuntado a un campeonato de fulbito en el parque del barrio. Llegan equipos de todos lados, es de noche y a esas horas soy más ciego que un topo deslumbrado. Hago lo que puedo, toco un par de pelotas y cuando veo que el arco es una rectángulo borroso y no logró afinar la puntería decido jugar como Maestri: de espaldas y tocando al compañero mejor colocado. Ganamos, pero no siento el triunfo como mio. En casa mi abuelo me dice que ya habrán partidos mejores. No vuelvo a jugar ese campeonato, y comprendo lo que decía Pelé: “cuando no haces goles, sales triste de la cancha”.

Callao 1998, Perú y Ecuador firman un acuerdo de paz fronteriza. Después de negarme varias veces, accedo a ir a jugar a un club del Callao, sólo es una prueba me dicen. No entro hasta el segundo tiempo y me la pasan rodeado de tres rivales, pico el balón hacia atrás y voy dribleando en sentido contrario hasta dársela al defensa de mi propio equipo. Alguien grita desde la tribuna “es para el otro lado, chibolo”. Duro dos minutos más y me cambian por un negro que corre como si lo persiguiera un león y que manda la pelota hasta el mar de un zapatazo. Vuelvo a casa en microbús, sin ducharme y oliendo a pescado fresco.

Bocanegra 2000, termino la carrera (al fin, carajo). Un amigo me dice que falta gente en su equipo y que, por ese día, vaya a rellenar nomás. Hago dos goles y doy un pase a la espalda de la defensa que me sorprende a mi mismo. Me invitan a volver el domingo siguiente, lo hago y genero mucho juego por la derecha, tanto, que desquicio a mi marcador que termina expulsado. Me emociono, pero el siguiente sábado, mientras jugaba en el barrio, caigo casualmente sobre la rodilla de mi hermano y me rompo una costilla. Me duele hasta cuando voy a cagar así que abandono el equipo del que ni sabía el nombre y me dedico a leer y a escribir estupideces en mi cama, mientras me recupero.

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