domingo, diciembre 14, 2008

La Jolie del Mongo


La tenía más chiquita que nunca y no sabía si era por el frío, por la humedad, por el miedo, o por la falta de generosidad de la madre naturaleza. El Mongo buscaba en sus bolsillos el último billete de la noche, para poner en el tanga de la morena de piernas interminables que bailaba para él. Para él y para otros diez hombres que también rodeaban esa barra. La luz rosa era muy diferente a la que roja que él siempre vio en las películas, las sillas eran pegajosas y el humo de los cigarros hacía el ambiente irrespirable. La morena se acercó otra vez y él con su sonrisa cojuda le enseñó un par de monedas, ¿qué crees, papito, que soy un teléfono público?, lo humilló.

Salió a la calle y la fría noche le encogió más lo encogible. Un tipo lo llamó desde una esquina y, conocedor de su negocio, le ofreció lo mejor del género a buen precio. No sé, dijo el Mongo, sólo por cumplir, pero el proxeneta acostumbrado a que le regateen los precios, lo convenció con una frase perfecta: I have a twenty years old russian girl, for your eyes only. Pararon un taxi.
Bajaron hasta un bar oscuro. Las chicas que adornaban la barra podrían, no sé si con más suerte, formar parte del catálogo del Private y participar en la próxima película "Dr. Do me a Little" o "Las colegialas sólo quieren divertirse". Una de ellas, a una seña del caficho, se acercó contoneante y con sólo un dedo en su barbilla lo arrastró hasta una mesa como si lo hubieran atado a diez caballos. Le sacó una botella de champagne, y él sólo pudo beber una copa, pues cuando ella supo que era el momento le susurró al oído do you want to fuck?. El Mongo, tras asentir tuvo su primer orgasmo de la noche, ahí mismito.

Salieron y él comprobó entonces que el taxista que los había traído hasta allí con las luces apagadas, los esperaba. Agradeció al cielo, pues el bar estaba en un polígono industrial perdido, y apenas se sentó en los asientos del taxi, que olían a sexo, puso manos a la obra, cual pulpo hambriento de fitoplancton, pescado, algas y bolsas de plástico. Llegaron al hotel que la puta había escogido y subieron sin que el recepcionista tuviera que decirles hola. La habitación tenía una cama, más que suficiente, pensó.
Se acostó y se abrió la camisa, imitando a Daniel Craig, sosteniendo un imaginario vaso de martini. Con la ceja levantada vio a la puta quitarse el abrigo, y el ajustado vestido que llevaba encima. What's your name?, le preguntó mientras la veía desabrocharse los zapatos. Angelina, respondió. You gotta be kidding, exclamó, Angelina? Like Angelina Jolie? La puta, en bragas, le dijo, yes babe, y le alargó un DNI ruso en el que el Mongo rápidamente comprobó, además del nombre, que tenía 25 años.

Mientras recibía la mejor felación del universo, el Mongo veía pasar su vida ante sus ojos: el colegio, la universidad, la nieve, un pescado, una botella de vino de 300 euros, un hombre de pelo naranja, ¿el taxi era un Mercedes?, jamón serrano, cecina, la lluvia, Obama, Bush, Putin, sobretodo Putin, hasta que una orden le hizo volver a la realidad: eat my pussy, motherfucker. En eso estaba, y mientras intentaba memorizar para siempre ese sabor, seguía pensando en sus cosas: el precio de los pisos en Lima, el Congreso, flamenco, azulejos y mayólicas Casinelli, la avenida Abancay, la Gran Vía, navidad, año nuevo, un pavo relleno y por dónde voy a rellenar este pavo, Sarita Colonia, la Virgen de la Almudena, i'm coming, i'm coming. Esta vez, al acostarse otra vez sobre la almohada, comprobó con satisfacción que no tenía pelos en la lengua.

Cabalgaba con la mejor de las destrezas, y, mientras tanto, el Mongo pensaba ta-ta-ta-ta-ta-ta-ta... y Goooooool... Gooooool...Quiero llorar! Dios santo! Viva el futbol! Golazo!... Es para llorar perdonenme... una corrida memorable, en la jugada de todos los tiempos...barrilete cósmico... de que planeta viniste? ... Gracias dios, por el fútbol, ...por estas lágrimas. Angelina, se baja del potro domado, y, con las cuatro extremidades abiertas recibe al Mongo, que, por educación, oiga usted, no rechaza la invitación. La ataca con sutileza, como cuando llegas a una casa y está la puerta abierta y entras y a la vez preguntas "hola, ¿se puede?". Ella, con sus increíbles ojos azules, lo mira fijamente y dice c'mon, fuck me, harder, harder. Él, dolido en su orgullo de chico de barrio, recuerda esas duchas en el gimnasio al lado del Negro piezón y se dice a sí mismo, a Angelina, al mundo: te vas cagar y le levanta las piernas (duras como el mármol, tibias e infinitas) para enseñarle el mejor de sus movimientos. Se pregunta: ¿eres de verdad?, ¿ese perro que está ladrando tendrá frío?, ¿el taxista habrá parado el taxímetro? yes, yes, harder, harder, ¿mi teléfono acepta tarjetas de 4 o de 8 Gb?, ¿qué me regalará mi novia para navidad? ¿qué le regalo? don't stop, please, don't stop, faster, faster, ¿por qué el árbol de navidad tiene que ser rojo? ¿por qué las sábanas del hotel están limpias? ¿cuánto me va costar esta mierda? yes, yes, i'm coming, yes.

El taxista lo espera en la entrada del hotel. Angelina vuelve con él al bar de origen y al despedirse le da un beso de tornillo, tan falso como el hombre de nieve que los mira sonriente. De vuelta en su hotel el taxista le cobra y tras recibir los trescientos euros a los que asciende la aventura desaparece por una calle sabiendo que su cliente lo está maldiciendo para toda la eternidad. El Mongo, ya en su cuarto, se da una ducha caliente y mientras el agua le lava la vaina se pregunta ¿será la última vez que me voy de putas? y, con una sonrisa en los labios, sabe que la respuesta es No.

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