lunes, agosto 03, 2009

La Mer


Lo mejor de estar tomando el sol en la Costa Azul francesa, es que no estoy en Lima. Y (thanks, god) mucho menos en Madrid. A esta playa llena de gente que habla bajito, de chicas lindas y niños que respetan al vecino de toalla llegué en un Megane sufridor que aguantó muy bien que lo lleváramos varias veces por el cementerio, perdidos por las calles de Marsella.

Cuando iba a la playa, en Lima, era todo más miserable. Nadie de mi familia tenía coche, y por eso mis tíos como mucho organizaban excursiones a las playas del Callao que olían a meado de pescadores. Se tumbaban sobre piedras y bolsas de plástico y se tostaban al sol como si fueran pescados cubiertos de sal. Yo me dejé llevar una vez, por no despreciar la buena intención de uno de mis tíos que me ofreció un paseo en bicicleta hasta la playa de Chucuito. Subimos por la Faucett, hasta la Argentina, y desde allí bajamos hasta el Ovalo del Callao para, no sé como, llegar hasta Saenz Peña y desembocar en ese paraje poco hospitalario con el que colindaban un colegio de mala muerte y dos prostíbulos.

Nos acomodamos (por decir algo) al lado de una señora mayor que parecía honrada y le pedimos que nos cuidara la bicicleta destartalada a la que sólo le faltaba sacar la lengua después de tamaño viaje. Claro, muchachos, nos dijo, báñense nomás, que yo les cuido la bicicleta. Avanzamos hacia el mar sin dejar de ver a la vieja con el rabillo del ojo y el agua helada nos mojó los pies. Mi tío se agachó, movió un par de algas, se mojó las manos y se persignó.

- ¿Por qué te persignas? - pregunté.
- ¿Crees en Dios? - respondió.
- No sé, creo que sí.
- Pues por eso - remató, dejándome más confundido.

Nadie me ha sabido explicar, jamás, el significado de persignarse. Se lo pregunté a mi profesor de religión, cuando tenía unos diez años, y me dijo que era un especie de saludo amistoso hacia dios. Por eso, decía, cuando pasas por una iglesia te persignas, es como decirle "hola" a un amigo. Le pregunté entonces si era necesario persignarse cada vez que pasabas delante de una iglesia, y me dijo que no, porque a los amigos sólo se les saluda una vez al día¿no?.
Como yo ya me había persignado (con agachadita de cabeza y todo) al pasar frente a la Iglesia del Carmen, no quise hacerlo al entrar al mar. Mi tío me miró divertido y me aseguró que si me ahogaba, iría al infierno.

Desde dentro del agua veía niñas feas, gordas y morenitas, con sus madres más gordas aún. Vi a un hombre meando en la orilla del mar, y me pregunté si su orina flotaría hacia mí. Mi tío nadaba feliz entre las algas y las bolsas de arroz mientras yo me imaginaba que el hombre aquél que vendía sánguches de pollo había escupido en cada uno de ellos, o peor, los había cocinado después de ir al baño y sin lavarse las manos. Unos chicos, más grandes que yo, corrían sobre las piedras y pateaban la toalla de una pareja que, seguramente, disfrutaba del sol como si eso fuera Cancún. Cuidado carajo, gritó el novio, pero los chiquillos lo desafiaron amparados en la fuerza del grupo, y éste tuvo que cambiar el tono de su queja por un corran con cuidado, pues, chibolos.

El agua verde de Chucuito llegaba en pequeñas olas que se rompían en mi espalda. Una de ellas me cayó como un latigazo y al girarme descubrí que me había azotado un trozo de tela vieja proveniente de algún naufragio o de algún vertedero cercano.

- ¿Nos vamos? - imploré.

Mamá supo de mi aventura y me prometió un viaje a las playas del sur. Papá prometió llevarnos y, como siempre, incumplió su promesa semana tras semana. Una tarde, mamá se hartó y nos llevó a mis hermanos y a mí al terminal de autobuses, dejando a papá dormido en casa. Subimos en un autobús destartalado que ponía Chilca pintado en la ventanilla con témpera blanca. Estábamos felices, y a medida que el bus avanzaba entre las calles asquerosas de Lima, yo me imaginaba el mar limpio de Punta Hermosa. Al menos más limpio que el del Callao.
Después de un par de horas llegamos a la playa y fue casi como un dejavú. La situación era la misma, el comportamiento de la gente era igual, y lo único que cambiaba, si acaso, era el color de su piel. Aún así disfruté de todos esos paseos y siempre los recordaré como parte de mi azarosa vida.

Marsella me dejó la sensación de ser una ciudad que, en el algún momento, fue abandonada por los franceses para que la invadieran los inmigrantes.
Hay que cruzar bosques, subir y bajar acantilados durante horas, y perderte en carreteras de un sólo carril para llegar a una playa decente. Pero cuando lo consigues, todo eso vale la pena. Te sientas en la arena, sobre tu toalla, y ves el mar azul diciéndote a ti mismo que para esto has trabajado todo el año. Cierras los ojos y te dejas caer mientras sientes cómo, poco a poco, el sol te va tostando la piel a lo Alain Delon. Dejas que el sueño te derrote y las primeras imágenes de sirenas con la cara de Virginie Ledoyen llegan a tu mente....hasta que escuchas un prrrrrtttt sonoro e inconfundible.

- ¿Eso ha sido lo que creo que ha sido? - susurro, y Sol asiente mientras me señala a una morena amorfa que, dormida, ha soltado un pedo de esos que hacen bajar la marea.

- Cari - le dice su novio - has soltado un pedo que te cagas.
- ¿Ah si? - dice ella - ha debido ser la fabada que hemos comido en el restaurante español.
- Córtate un poco tía.
- Bah - responde - no pasa nada, tronco. Que se jodan.

Recojo mi toalla y me muevo un poco, buscando, ahora sí, un sitio donde no haya nadie hablando en español. S'il te plait.

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