lunes, agosto 23, 2010

Que buena que está tu prima


- Me gusta observar a la gente - confesó Jorge, una noche de Vistillas sobre el viaducto de Madrid.
- A mi también - contesté, sin dejar de ver el culo de Beatriz; pero pensé: "para poder escribir después".

Lo malo viene cuando el punto de observación son mis amigos. Entonces me siento raro, e impotente ante el hecho de que, por más que intento, no puedo evitar analizar cada situación común, y ya no digo las especiales. Porque este domingo era especial.

Antonio volvía de Lima, a donde había huido después de confirmarnos (también después de un partido de fútbol) su divorcio de mi tía favorita. Todos los sospechábamos, y a algunos nos sirvió de inspiración para cortar una relación que no iba a ningún lado. Pero cuando nos dijo que ya habían firmado todo y que él se iba a Perú por tres semanas prometimos guardar luto hasta su vuelta, cuando volveríamos a hablar más del tema.
Durante ese tiempo a cada uno de nosotros (amigos y familia política, aunque suene incompatible) nos llegaron varias versiones referentes a los términos del divorcio. Mamá decía que ella tenía que pagar dos millones de euros de indemnización, alguno me contó que él debía vivir a base de colacaos durante 15 meses, tras los cuales tendría derecho a usar de vez en cuando la piscina del chalet (previa ITV). No hice caso a nada y cada vez que me llegaba un rumor nuevo, desconectaba, y pensaba en la escena de "Malena" en la que el niño protagonista espía a una Bellucci espectacular.

Llegué a la cancha puntual, y encontré allí a mis hermanos, mi tío, y mi padre. Hablaban de Ozil y del partido en que el Barça le había roto el culo al Sevilla la noche anterior. Me senté en el suelo con ellos, y vimos llegar, poco a poco, a los demás. Nadie comentaba nada sobre el retorno de Antonio y yo asumí que, ahora, el tema estaba zanjado. Nos pusimos a jugar con la pelota, esperando a que llegaran los demás. El sol de Madrid era brutal y me pegaba en la cabeza como un lanzallamas. Pateé un par de veces la pelota Adidas de mi hermano y la mandé a cuarenta metros de donde la quería poner. Formamos dos equipos y alguien llamó a Antonio, que llegó tarde, como siempre.
Lo vi tranquilo, lo abrazamos y vimos que había traído camisetas de fútbol para algunos de nosotros. Me tocó una de Inglaterra, que me quedó como un guante. Jugamos un segundo partido que duró diez minutos, hasta que mi hermanito bailarín se dislocó el dedo del pie (quinto metatarsiano, dirían en las noticias deportivas). Paramos todo, compramos cervezas y el bombardeo comenzó:

- Orlando no ha venido porque no le dan permiso...tú, Kun, ya no necesitas permiso ¿no?
- Mira venden ese piso, son 600 mil euros. Tú, Kun, ¿a cuanto vendes el tuyo? Porque te lo has quedado tú, ¿no?
- ¿Qué tal por Lima, tio? Has comido rico...imagino
- Tenías que haber jugado en el equipo de solteros, ¿no?
- Yo he jugado en el de casados - repliqué - y no lo soy.
- Tu eres divorciado también, Totti.
- Qué buena que está tu prima.

Se acabaron las cervezas y me sentí orgulloso de que, a pesar de las necesarias bromas, todos habían sido civilizados con el Kun. Algunos, como mis tios, tuvieron más problemas y roces entre ellos y nadie buscó romperle las piernas, como me temí desde un principio. Imaginé que si lo del divorcio les hubiera pillado con quince años menos, igual las cosas habrían sido diferentes. Pero ahora, nadie podía tirar la primera piedra porque (pongo mis manos al fuego) todos habían querido tirar a sus parejas por la ventana, más de una vez.
Concertamos una cita para dentro de quince días, cuando el sol estuviera más débil y volvimos a casa. Yo me duché tranquilo y con la conciencia idem por no haber mostrado mi vela en un entierro que no era el mio, y por no haberle roto las rodillas al colombiano idiota (que trajo Antonio) que le dislocó el dedo a mi hermanito bailarín.

No hay comentarios: